Luna roja

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25. El regreso de la luna llena

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El regreso de la luna llena

Margot se fue a vestir rápidamente y le pidió a Camila que despertara a Harry Parker. Era un día demasiado trágico para tener resaca. A los diez minutos, regresó vestida al salón y el jefe de seguridad de la embajada ya estaba sentado en el sofá que le había servido de cama durante toda la noche. El dolor de cabeza que tenía crecía por momentos.

—¡Harry, no hay tiempo para encontrarse mal! Tómate tres cafés seguidos, si es necesario, pero tenemos que ir a la comisaria inmediatamente —apremió Margot—. Hay ropa de mi tío en el armario de su habitación que te puede quedar bien. Ve a cambiarte, rápido. No puedes ir así a la comisaría.

Harry seguía vestido de esmoquin, tal y como había asistido la noche anterior a la celebración de Chicote. No recordaba el motivo por el que había pasado la noche allí, pero le dolía todo el cuerpo.

—¿Qué ha ocurrido? —dijo en un tono muy bajo de voz, mientras se tocaba la frente.

—Han encontrado a otra una mujer muerta.

—¡Ohhh! ¡Mierda! —Hizo ademán de levantarse, pero no pudo.

Camila y Sátur se asustaron todavía más de lo que ya estaban. Comentaron en voz baja la situación tan peligrosa que se estaba viviendo en Madrid entre las mujeres de la alta sociedad. Ambas rogaron a Margot que, por favor, regresara a sus temas relacionados con la moda.

—No, no, no. ¿Qué decís? Hay que resolver este caso —negó rotundamente—. El criminal va por delante todo el rato. Incluso juega con la policía porque se siente poderoso.

—¡Tengo una resaca de impresión! —Harry Parker seguía encontrándose muy mal.

Sátur se fue a la cocina, regresó con un vaso de vino blanco y le obligó a tomárselo.

—Mejor que el café. Con un vaso de vino blanco arreglamos las resacas en mi pueblo. ¡Hágame caso! —indicó la mujer.

—Harry, hazle caso. A veces, estos remedios funcionan —le animó Margot.

El jefe de seguridad, con el pelo revuelto y barba de toda la noche, se tomó el vino blanco sin mucho convencimiento. Al cabo del rato, se fue corriendo al baño sin poder evitar las náuseas que le sobrevinieron y el vómito a continuación. A su regreso, sin embargo, parecía otra persona.

—Creo que, al echar todo lo que bebí y comí ayer, mi cuerpo lo ha agradecido —aseguró ya repuesto—. Ahora, me entonará ese café que me ofrecíais antes. ¡Gracias por el vino, Sátur! Desconocía su efecto antiresaca.

—¡Por desgracia, he tenido que dar un vaso de vino blanco a muchos bebedores de mi familia y de mi pueblo! El alcohol solo hace olvidar al que lo consume. La familia, en cambio, recuerda las borracheras toda la vida. El vino que se convierte en costumbre puede acabar con la paz en una familia —se lamentó Sátur.

—Yo no tengo costumbre de beber, solo en sociedad. Está claro que me ha sentado mal.

Se tomó el café de un sorbo y se fue a la ducha. Al poco rato, regresó vestido con un traje azul marino y una camisa blanca del tío de Margot. Coincidían en la misma talla, aunque la chaqueta parecía que no le abrochaba del todo. Se la dejó abierta. Nadie podría decir que no era su propia ropa.

—¡Vámonos! Estoy listo.

Margot cogió su bolso y se despidió de Camila y de Sátur a toda prisa; las dos mujeres no podían disimular su preocupación. Les pidió que llamaran al atelier de Casares para decir que le resultaba imposible acudir a la cita.

—No le digáis el motivo —remarcó—. Simplemente que me han llamado de la revista Siluetas y he tenido que acudir sin falta.

Se fueron de casa a toda prisa y, cuando accedieron al portal, Harry aplaudió su decisión de no acudir al atelier de Casares. La situación de la brigada era crítica.

—No es un buen día para probarse ropa. Nos vamos juntos andando. Está a un paso… Bueno, has visto que mi teoría de la luna llena no va desencaminada —recordó Parker.

—Te refieres siempre a cuando hay luna llena teñida de rojo o cuando tiene un halo rojo. Ayer me pareció que era completamente blanca o plateada. No sé —puntualizó ella.

—Para el que ha matado la primera vez cuando la luna estaba llena y roja, el instinto asesino se activa en cada claro de luna —aclaró Harry—. El plenilunio se asocia con la euforia, también con los excesos y hasta la locura. Es el momento para que el asesino siga con el plan que ha trazado. No lo puede evitar, mató la primera vez bajo los efectos de la luna de sangre.

—Sin embargo, no recuerdo que hubiera luna llena cuando se produjo la segunda muerte.

—Para matar no es imprescindible, pero ya te digo que se activa con la luna llena. Le gusta rememorar aquella experiencia. Si no le cazamos, seguirá matando cada vez que tenga la oportunidad.

—Nos lleva la delantera. Seguro que es alguien cercano que ni podemos imaginar. Mientras tanto, ¿crees que seguirán muriendo mujeres a nuestro alrededor? —preguntó Margot.

—Sí. Estoy completamente seguro.

A Harry le gustaba pararse en el que llamaban kilómetro cero y soltar alguna broma, pero ese día no hizo ni tan siquiera un comentario al respecto. En cuanto entraron por la brigada, Eugenio Benito Poveda les hizo pasar a su despacho. También convocó a los inspectores y policías que estaban allí.

—Esta vez se trata de la única hija del conde de Montesquinza —informó el comisario—. Se alojaba en el hotel Ritz. Hoy iba a ofrecer una exhibición de ballet. Era especialmente virtuosa en este arte.

—¿En su habitación? —preguntó Margot.

—Sí.

—¿Ha muerto de la misma forma que las anteriores?

—Por asfixia, ¡igual! Con la misma marca extraña en el cuello —confirmó el comisario Benito—. También le falta el dedo anular de la mano derecha y lleva una piedra en la mano izquierda, esta vez amarilla. El asesino lo ha vuelto a hacer.

—Creo que la piedra que llevaba la víctima podría ser un topacio. Voy a averiguar todo sobre esa piedra. Necesito comprender las señales del asesino.

El juez había tomado declaración a Juan Pérez de las Casas esa misma mañana, en presencia de su abogado, y le había puesto en libertad. Era conocedor también del nuevo asesinato de otra joven en las mismas extrañas circunstancias que las anteriores.

—No sé si tengo respuestas para las preguntas de los periodistas —confesó el comisario—. Tampoco para las cuestiones que nos planteen nuestros superiores. Este asesino múltiple nos tiene en jaque.

—¿Nos puede dar algún dato más de la nueva víctima? —preguntó Margot con nerviosismo ante este nuevo asesinato.

—Se llamaba artísticamente Selene y formaba parte del cuerpo de baile del ballet clásico de Mariemma. Era la hija única de los condes de Montesquinza. Iba vestida para asistir a algún acto, pero no llegó a salir de la habitación. Debe llevar entre diez y trece horas muerta.

Seguramente pensaba acudir a la fiesta de Chicote, donde estaba todo el mundo. ¡El asesino mata por el placer de matar! —comentó Parker.

El comisario estaba abrumado, intentaba digerir este nuevo crimen. No le servían las pesquisas ni los sospechosos de los anteriores asesinatos. Era consciente de que, de alguna forma, el asesino quería transmitir a la policía que las investigaciones no iban por el buen camino.

—Señores, la situación es muy grave. El asesino nos lleva la delantera —el comisario se dirigió a todo el equipo—. Cada vez que mata, reclama el protagonismo de esta historia truculenta. Nos está fallando el método utilizado, porque la técnica científica es la que es y la hemos aplicado con rigor.

—¿Qué más sabemos de la mujer asesinada? —preguntó Margot para dilucidar si había entre las tres víctimas alguna conexión más.

—Como ya he dicho, la víctima iba a participar hoy en una exhibición de baile español con Mariemma, una de nuestras figuras más internacionales. Las dos se han recorrido España entera rescatando danzas populares. El cuerpo de baile y la propia Mariemma están desolados.

El comisario les mostró a todos las portadas de los periódicos en que se hablaba del estreno de Mariemma. El día anterior había ofrecido una rueda de prensa en la que salía en compañía de sus bailarinas, entre ellas Selene. A la joven se la veía muy guapa, menuda, de pelo rubio, muy sonriente. Todos se fueron pasando los periódicos para verle el rostro.

—Una bailarina. Nada que ver con las dos anteriores… —comentó Parker.

—Pero también pertenece a una familia con título, como las otras víctimas. Habría que averiguar si se conocían entre ellas: Genoveva Font, marquesa de Torquemada, Casilda de los Llanos, hija de los condes de Romelinos, y la hija de los condes de Montesquinza. Seguro que hay algo que une a las tres víctimas y es lo que deberíamos averiguar.

—La última utilizaba un nombre artístico para sus actuaciones. Se hacía llamar Selene, pero en realidad su nombre era María del Carmen Jerez del Castillo —tomó la palabra el inspector Gutiérrez.

—Selene es la forma en que los griegos llamaban a la luna —dijo Harry, sorprendido—. La luna es lo que mueve de nuevo al asesino a matar. ¿Estaba casada?

—No, soltera, pero se cree que tenía una relación con uno de los promotores del musical, que, por cierto, estaba casado. También viajaba mucho a París, donde parece que mantenía una gran amistad con un pintor, según han dicho algunas de sus amigas —comentó Suárez.

—Al asesino no le gustan las dobles relaciones y la falta de compromiso. Un Dios que decide qué está mal y qué está bien —comentó el comisario—. Tenemos que volcarnos en recabar más datos sobre ella. En el hotel alguien ha tenido que ver al asesino.

—Iré al Ritz, donde se alojaba, a ver qué averiguo —Gutiérrez recogió sus cosas y se fue de la reunión. No le hacía ninguna gracia que estuviera por allí Harry Parker. Era algo visceral. No soportaba ni que fuera novio de Margot, como les había dicho el comisario, ni que viniera tanto a España.

La reunión se deshizo rápidamente. Cada uno intentó tirar de alguno de los hilos que quedaban sueltos.

Margot decidió ir a visitar al joyero Ramiro García Ansorena y después, aunque no lo comentó, pensaba pasarse por el atelier de Casares. Durante unos minutos, continuó escuchando la derivada de la conversación entre Parker y el comisario sobre el perfil del asesino.

—Está claro que no es una mujer —comentó el comisario—. Las mujeres, generalmente, matan con veneno. Y eso que el veneno se empezó a utilizar en la antigüedad por los hombres para la caza de sus presas. Fue con los romanos cuando se usó para asesinar a los adversarios, camuflado en las comidas, en bebidas… En la Edad Media, se extendió tanto que comenzaron a prepararse antídotos. Por su parte, los árabes descubrieron el arsénico inodoro y transparente. La epidemia de envenenamientos también se extendió por Asia.

—No se olvide, comisario, de los alquimistas italianos de los siglos catorce y quince, que siempre han tenido mucha fama —apuntó Parker.

—No me olvido. Y un poco más tarde, en el dieciséis y en el diecisiete, el uso del veneno ya era un arte. Incluso en Italia se crearon escuelas para aprender a utilizarlo —prosiguió el comisario—. Y su manejo pasó a Francia, donde se formaron verdaderos maestros.

—No dejemos atrás a Inglaterra. Todos los reyes y políticos pasaron a no fiarse de nadie y solo tenían a personas de su máxima confianza para probar su comida. Esa práctica se extendió por todos los países del mundo.

Los dos exhibían su conocimiento de la historia del crimen, en este caso del veneno, y Margot comenzó a inquietarse. El comisario retomó la conversación al darse cuenta.

—Mi querido Parker, este no es el caso. Se trata de un hombre que aprovecha su fuerza para asfixiar —puntualizó—. Además, utiliza su condición de persona de confianza para entrar en las habitaciones o lugares reservados de sus víctimas. Se trata de alguien que no ve con buenos ojos que estas mujeres mantengas relaciones con varios hombres a la vez. Considera necesaria la fidelidad.

Margot les interrumpió haciendo una reflexión en voz alta:

—Podríamos hablar de alguien muy religioso, incluso de un sacerdote que escucha secretos de confesión y no tolera las infidelidades. Podría ser el nexo entre todas estas mujeres. ¿Por ahí habían investigado? —planteó Margot.

—No. Se nos pasó por alto que podrían frecuentar la misma iglesia o que tuvieran al mismo confesor como confidente. Sería demasiado fácil, pero a veces lo evidente está tan cerca que no se ve —aseveró Benito Poveda.

El comisario llamó al inspector Morales, que fue el único que no quiso entrar en la reunión, siempre en desacuerdo con la presencia de Margot. Le pidió que entrevistara a los familiares para saber si había coincidencia en la iglesia que visitaban e, incluso, si algún sacerdote era su consejero.

—¡Esperaremos noticias! Esta nueva vía nos puede proporcionar la resolución final del caso —anunció el comisario.

—Podría ser —reiteró Parker mientras se mesaba la barba—. De momento, recogeré el maletín con el detector de mentiras. Mañana regresaré a Londres y me lo tengo que llevar. Seguiré en contacto con usted, señor comisario.

—Toda ayuda será poca.

—Me quedaré por aquí haciendo pesquisas —informó el jefe de seguridad de la embajada.

—Muy bien. Esta es su oficina.

Margot se fue a la calle Alcalá a visitar la joyería Ansorena. Confiaba en que, con un poco de suerte, estuviese el dueño y joyero más experto en gemas, Ramiro García Ansorena.

La joyería estaba a pie de calle. Miró primero el escaparate y después entró. Una empleada le dio la bienvenida y ella, rápidamente, se identificó y preguntó por el dueño. La joven se retiró y, al rato, regresó un hombre mayor bien parecido. Este la invitó a que pasara a su despacho, que estaba un poco más arriba, subiendo unas escaleras. Mientras iba hacia allí, vio a personas que trabajaban con gemas de gran tamaño, otras que manipulaban oro y algunas que engarzaban piezas.

El despacho de Ansorena estaba repleto de libros y dibujos. Ramiro realizaba el diseño de muchas de las piezas que tenían en la joyería. Enmarcado en un lugar preferente, estaba el dibujo de la tiara de la flor de lis que lució por primera vez la reina Victoria Eugenia de Battenberg en su boda con Alfonso XIII. Se quedó mirándolo.

—Se trata de mi obra maestra —comentó el joyero—. Nunca olvidaré el día de la boda de nuestra reina. Es una pena que esté en el exilio. Ya han pasado catorce años del final de la guerra. Me parece que debería volver. Franco está demorando demasiado su regreso.

Todo el mundo sabía de la devoción del joyero por Victoria Eugenia. De hecho, los grandes conocimientos de la reina sobre joyas se los habían transmitido él y su dama inglesa, lady William Cecil, a la que tanto echaba de menos desde que murió. Margot conocía muy bien la historia de la reina inglesa casada con Alfonso XIII. En la embajada era un tema recurrente en los muchos actos sociales que tenían lugar en Londres.

—Don Ramiro, necesito de sus conocimientos —indicó directamente—. ¿Qué me puede decir del topacio? Se trata de un tema que estamos haciendo en la revista Siluetas. Y, bueno, yo sigo buscando mi piedra para un anillo, como le dije por teléfono.

—¡Qué belleza! Puede ir desde el amarillo hasta el naranja intenso —empezó a explicar el joyero—. En el comercio se maneja frecuentemente de modo equívoco para designar ciertas variedades del cuarzo citrino. Es que con el topacio es muy difícil trabajar, porque se rompe muy fácilmente.

—¿Tiene algún significado para quien lo lleva? —preguntó Margot.

—La veo muy interesada en la intrahistoria de las piedras —observó Ansorena—. Pues le diré que sí. Es una piedra que, para algunos, puede repercutir en la creatividad. Es la piedra indicada para quienes se dedican al arte en cualquiera de sus facetas. Hay quienes creen que tener un topacio puede influir para que se liberen pensamientos reprimidos, incluso los celos. Es conveniente buscarlo con luna llena. Existe la leyenda de que, si se busca con el sol, su brillo te puede dejar ciego. Los sabios antiguos se la daban a los religiosos y a los ermitaños, y también a todo aquel que prometía castidad. Ayuda a atenuar los apetitos desordenados.

—Es interesante lo que dice. ¿Con el zafiro usted me habló de los siete rayos?

—Bueno, sabe que soy un estudioso —señaló—. Hay que desmitificar los siete rayos. Los tomaremos como las siete vibraciones elementales conocidas, que uniremos a los siete colores del espectro de la luz. Por ejemplo, para los que creen en estas cosas, el topacio pertenece al primer rayo, como el citrino, el zafiro, el ámbar o la pirita. Está pensando en comprarse un anillo, ¿verdad? No solo su interés es por la revista.

—Sí, voy intentando conocer esa intrahistoria de las gemas para llevar con seguridad la que corresponda a mi personalidad.

—Le diré que usted no escoge, las piedras la eligen a usted. Podría estar horas hablándole de la maravilla que esconde cada gema. El topacio ayuda a desarrollar la creatividad y refuerza la personalidad. Sería estupenda para usted. Aunque la piedra de las piedras es el diamante. Es la gema con más alta dureza y conductividad térmica de todos los materiales conocidos por el ser humano. El diamante para mí es la mejor elección —aseguró el joyero.

—Me lo voy a pensar, don Ramiro. Le doy las gracias una vez más.

—Gracias a usted. Me encanta repasar en voz alta estas cosas que no parecen interesar a todo el mundo —declaró él.

—A mí sí, como ve, y a mi revista. Me tengo que ir. Ha sido una clase magistral.

Se levantaron y Margot le tendió la mano a modo de despedida. Ya tenía lo que quería. Pensó que en su próxima visita debería comprarse una sortija al menos. Pidió un taxi al portero y al rato ya estaba subida en él. Mientras se trasladaba por la calle Alcalá, decidió que no era demasiado tarde para ir al taller de Casares.

—Por favor, lléveme a la calle Ayala, número 27 —dijo al taxista, que la observaba a través del espejo retrovisor.

Durante todo el trayecto, fue cavilando qué excusa le pondría al modisto por no haber acudido a su cita de las once. Le diría que en la fiesta de Chicote había visto de lejos a Ava Gardner. La actriz había llegado después del rodaje, en los estudios Cinecittà de Roma, de una película en que hacía de una bailarina española; Humphrey Bogart interpretaba a un director de cine acabado. Se trataba de La condesa descalza, que había rodado a las órdenes de Josep Mankiewicz, con quien no se había entendido, y menos aún con Bogart. Pensó en decirle eso a Casares o a su ayudante. Conseguir una entrevista con la actriz norteamericana no era una misión tan imposible, puesto que sabía de la amistad de Aline Griffith con ella. Las prisas de la revista por sacar adelante temas podrían estar perfectamente detrás de su no asistencia a la cita prevista.

En cuanto llegaron al destino, Margot pagó al taxista y se bajó del automóvil con rapidez. Tomó aire al mirar el portal y subió las escaleras a toda prisa. Su filosofía de vida se basaba en que los malos momentos, cuanto antes se pasasen, mejor. Este era uno de ellos.

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