Luna roja
26. El pinchazo
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El pinchazo
Margot llamó al timbre y salió a abrir la puerta Juan Palomeque. Se quedó sorprendido. No la esperaba.
—El maestro la esperaba esta mañana. Ahora está almorzando, igual que el resto del personal —dijo en un tono molesto.
—He venido en cuanto me han soltado en la revista Siluetas. Había un compromiso urgente. Lo siento mucho. ¿No podría probarme ahora los trajes?
—Puedo hacerlo yo como un favor hacia usted —indicó de mala gana.
—Le estaría muy agradecida.
—Pase…
Después de recorrer un largo pasillo, se sentó en la salita de espera, donde había un tresillo y una mesita con revistas de moda. Entre otras, estaba el ejemplar de Siluetas con la portada dedicada a Casares y el artículo escrito por ella. En la pared, colgaban fotos con modelos luciendo trajes de noche espectaculares del modisto. En una de las instantáneas aparecía una bailarina en punta sobre un pie y con la otra pierna extendida formando un ángulo de ciento ochenta grados. Un espagat de la artista vestida con un traje de goyesca. «¡Qué belleza!», pensó. Realmente era un artesano de la costura, un hombre con un gran talento para vestir a las mujeres con elegancia, sacándoles el máximo partido.
Cinco minutos después, aparecía Palomeque con chaqueta y corbata y la cinta métrica apoyada sobre el cuello. En la mano izquierda, una especie de muñequera en la que se sustentaba un acerico repleto de alfileres.
—Vayamos al probador —indicó el ayudante del modisto.
Las distintas toiles de los trajes que había encargado descansaban en perchas. Estaban hechas en algodón crudo con la forma y el corte que había elegido. Era el paso previo a la pieza definitiva sobre la tela escogida. Así se podían corregir errores en el diseño y perfeccionar el resultado final.
—Cuando se ponga la primera, me avisa, por favor.
Margot se desvistió delante del espejo y se puso la toile de una chaqueta y una falda que le quedaban como un guante. Llamó a Palomeque y este entró sin pronunciar una sola palabra. La miró como si fuera una pieza de arte y comenzó a rectificar aquí y allá con alfileres. Estrechó un poco más las dos piezas.
—Ha quedado perfecto. ¡Vayamos a por el segundo modelo! —indicó sin más.
Margot no se había atrevido a hablar de nada. Se encontraba realmente incómoda en presencia del ayudante y amante de Casares. Tenía la mirada penetrante y daba la impresión de que le leía los pensamientos mientras comprobaba las piezas cosidas en el taller. Margot se probó el segundo traje con la chaqueta más larga y ceñida y la falda a media pierna. Volvió a llamar a Juan Palomeque. Regresó y la miró de nuevo de arriba abajo. Dio una vuelta sobre ella y rectificó de nuevo los pequeños defectos de la toile.
—Las mangas tiene que estar perfectas. Un buen traje se nota en las mangas.
—Sí, esa obsesión por las mangas la tiene también Balenciaga —añadió Margot.
—No solo Balenciaga, Casares también es capaz de hacer una manga farol, una plisada, con volantes, abullonada… que ya quisiera cualquier modisto instalado en París —puntualizó él—. De todas formas, son imprescindibles en los diseños, pero no todo el mundo sabe apreciarlas.
Margot se dio cuenta de que no había estado afortunada en su comentario sobre Balenciaga. Ya le había pasado con Casares algo parecido. Juan Palomeque no solo era el ayudante, sino el principal adulador de su maestro. Sus manos se movían a gran velocidad, prendiendo alfileres allá donde había una mínima arruga. Pensó que, con la prueba del tercer traje, debería sacar el tema de la bailarina asesinada. Era un ahora o nunca, se dijo a sí misma.
Se probó la tercera toile. La chaqueta era corta y la falda acampanada marcaba mucho la cintura. Cuando tuvo bien colocadas las piezas elaboradas en algodón, llamó al ayudante de Casares. Palomeque se presentó de nuevo y, como había hecho las veces anteriores, la miró de arriba abajo y se puso a colocar alfileres sobre la cintura de la falda.
—Hay que estrecharla más. Nos ha quedado demasiado holgada o usted ha adelgazado.
El ayudante iba prendiendo alfileres de forma compulsiva. Cuando se puso de pie para rectificar la chaqueta, Margot se atrevió a soltar su pregunta.
—¿Se ha enterado? Otra dama de la alta sociedad ha muerto asesinada… —dijo Margot simulando asombro.
Palomeque clavó uno de los alfileres más de la cuenta y llegó hasta la piel de Margot. Evidentemente estaba sorprendido ante la cuestión que le planteaba la periodista a bocajarro.
—¡Ayyy! —exclamó la joven.
—Lo siento. Al ir tan rápido, a veces no controlo.
—Se han enterado, ¿no? —volvió a repetir después del pinchazo.
—Sí. Muchos admirábamos a Selene. De hecho, teníamos entradas para verla esta noche con el ballet de Mariemma.
—¡Era clienta suya! Seguramente la foto de la bailarina que tienen en la salita de espera es de ella, ¿no?
Hubo un silencio que finalmente rompió.
—Sí. Todo el que es alguien en la alta sociedad ha pasado por esta casa —afirmó Juan Palomeque sin apartar la atención del dobladillo—. La fama de Casares se ha extendido más allá de nuestras fronteras. Empiezan a llegarnos clientas americanas e inglesas, como es su caso.
—Bueno, yo soy española, aunque criada en Londres. ¿Quién puede querer matarlas, señor Palomeque? ¿Y por qué? —Margot recondujo el tema.
—Eso ya corresponde a la policía, que no parece que esté haciendo las cosas bien —añadió molesto—. ¡Es una vergüenza! Tres muertes y no tienen ni idea.
—Son mujeres que entre sí no parecen tener un nexo. Es imposible que la policía se adelante a la forma tan extraña de actuar del asesino —respondió Margot, sintiéndose aludida—. Yo me pregunto qué es lo que las hace vulnerables ante sus ojos.
—No tengo respuesta a esa pregunta. Yo soy un simple ayudante del gran Pedro Casares. Nada más. ¿Se prueba la toile del vestido de noche y ya acabamos? —concluyó el ayudante.
—Sí, sí…
Margot se sentía nerviosa. Sobre todo, dudaba si el pinchazo había sido espontáneo o aposta. Evidentemente, el ayudante del modisto se había sorprendido ante sus preguntas. Pensó que cuanto antes saliera de allí, mejor. Se puso la toile del vestido de noche, abrió la puerta del probador y volvió a avisar a Palomeque. Pero esta vez no entró él, sino Casares.
—¿Señora Peters?
—¡Don Pedro! —exclamó sorprendida al verlo—. Perdone que haya llegado sin avisar y a estas horas…
—Este vestido le queda perfecto. Una mínima arruga… ¡Deme un alfiler! —pidió a su ayudante y ajustó un poco más la pinza del pecho—. Cuando esté con la tela definitiva, improvisaré sobre el modelo que ha elegido. Ya sabe mi teoría de que las telas hablan. El punto final se lo daré yo a mi manera.
—¡Por supuesto! Sé que realizará una obra de arte. Hablaba con su ayudante de que ha muerto otra joven, también clienta suya. —Volvió al tema que le interesaba.
—Todos los artistas y mujeres de la sociedad están viniendo por aquí. Es como si usted dice que todas las que van a Lhardy o a Chicote están siendo asesinadas —argumentó el modisto—. Evidentemente, la respuesta solo puede ser afirmativa. Eso es tanto como no decir nada.
—¿Qué cree que le atrae al asesino de ellas?
—Yo me haría otra pregunta: ¿qué le molesta al asesino de su comportamiento?
—Interesante reflexión… Hay algo que le molesta de ellas o de su actitud. —Margot reprodujo las palabras del modisto.
—Tiene usted un cuerpo perfecto; si piensa casarse, me gustaría hacerle el traje de novia. —Casares cambió de tema.
—No tengo intención de casarme, la verdad.
—¡Todas las mujeres quieren casarse!
—¡Yo no! No es mi meta.
—¿Y cuál sería su meta?
—¡Escribir buenas historias! Lo de casarse no está entre mis objetivos.
Casares continuó hablando e incidiendo sobre el mismo tema.
—Me dijo Aline que mantiene una buena amistad con el jefe de seguridad de la embajada española en Londres —continuó diciendo el modisto de forma capciosa.
Se quedó asombrada de la información que le había dado la condesa de Quintanilla.
—Nada más que una buena amistad. Yo, perdone, es que estoy afectada por la muerte de esas tres mujeres. Seguramente usted también. ¡Las conocía a las tres! —Seguía cada uno con su particular pulso.
—¡Cómo no estarlo! Alguna era buena clienta —confesó al fin el modisto—. Ahora, quien está haciendo un mal trabajo es la policía. ¡Horrendo! ¡Deberían destituir al comisario Juan Bilbao, responsable de la investigación!
Tuvo la sensación de que Casares controlaba quién era quién dentro de la policía y señalaba al comisario jefe con conocimiento. Eso podría conllevar problemas a toda la brigada, ya que poseía una gran influencia sobre las mujeres de los altos cargos.
—¡Con todas las pistas que está dejando! ¿Nada de nada? —continuó Casares.
—¿A qué pistas se refiere? —preguntó extrañada.
—A las que cuentan los periódicos. Lo que leo —aclaró él.
—Ya…
—Bueno, ¡hemos terminado! La llamaremos cuando estén los trajes para la última prueba —concluyó Casares.
—Está bien. Muchas gracias.
—La próxima vez, llame antes de venir.
Casares siempre tan ácido y antipático, pensó Margot. Tan solo le había visto eufórico el día de la fiesta de Pedro Chicote. Parecía un hombre completamente distinto.
—Siento mucho haberme presentado así, sin avisar —se excusó.
—Me retiro, señorita. —Cogió la cinta métrica y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.
Se quedó sola en el probador y se volvió a vestir con su ropa. Seguía pensando en la bailarina que acababa de morir. ¿Por qué?, se preguntaba. Al abrir de nuevo la puerta del probador, se encontró con Palomeque esperándola con gesto serio. No hubo más comentarios de ningún tipo. Ella tampoco quiso preguntar nada más.
—Repito, muchas gracias —fue lo único que alcanzó a decir mientras atravesaban el pasillo.
—Está bien. ¡La llamaremos para la próxima cita! —comentó el ayudante después de abrir la puerta.
En el rellano, Margot respiró aliviada, aunque tenía la sensación de que Palomeque estaba observándola a través de la mirilla de la puerta. No quiso volver la cabeza para comprobarlo. Es más, bajó las escaleras sin esperar al ascensor. Necesitaba salir de su campo de visión cuanto antes. En la calle, se acercó hasta la parada de taxis y se subió al primero que vio libre. Antes de ir a la comisaría, se pasó por casa. Necesitaba hacerlo. El atelier de Casares tenía algo que no le gustaba. Es más, la incomodaba. Cuando llegó a la Gran Vía, disfrutó del día soleado que hacía y pidió al taxi que la dejara a dos manzanas de su casa para poder pasear un momento y pensar. En su cabeza todo daba vueltas. Estaba segura de que, cuando le dijo que el comisario lo estaba haciendo mal, había oído esa información en boca de alguien importante. Seguramente, la mujer de algún miembro del gobierno. Estaba convencida de que Juan Bilbao tenía las horas contadas.
Camila y Sátur siempre la esperaban para comer hasta las tres de la tarde. Si no se presentaba antes de esa hora, empezaban sin ella. Pero Margot llegó a tiempo, realmente necesitaba sentirse en casa. Tenía prisa, pero no lo dijo. Se sentó agotada de la mañana que había tenido. Todo había sido demasiado intenso. Camila le preguntó por la muerte de la joven. Desde que conoció la noticia, no había dejado de pensar en ella.
—Ahora me pasaré por la comisaría. Solo sé que era una bailarina del ballet de Mariemma —informó a las dos— y que Casares la conocía. Para los condes de Montesquinza se trata de una gran desgracia, ya que era su única hija.
Sátur se santiguó y comenzó a servir la comida. Camila se quedó muy afectada. Para cambiar de tema, Margot le contó que se había podido pasar por el taller del modisto.
—¿Sabes?, tenían una foto de ella en la sala de espera. Era muy guapa, con una carrera brillante por delante. —Igualmente les comentó lo incómoda que se sentía con Casares y ya no digamos con su ayudante.
Camila le dijo que con ella sí era amable y que, en cambio, desde el primer momento, ella no se había entendido con él. Le habló de su talento y de lo poco expresivas que eran algunas personas, sin que eso significara nada.
Margot empezó a comer la sopa que había preparado Sátur. No quiso seguir hablando del caso que ocupaba su mente.
—Parker regresa mañana a Londres. ¿Quieres que lleve algún paquete a tu familia? —preguntó a Camila.
—I don’t have enough time to do it as I would like to. —Le decía que no le daba tiempo a hacerlo como a ella le gustaba.
—A mí tampoco. Escribiré una carta a los tíos para que sepan por mí esta noticia tan macabra.
—I’m sure that under these circumstances, Aunt Frances would come to Spain until the crime is solved. —Pues seguro que en estas circunstancias la tía Frances se venía a España hasta que se resolviera el crimen, le dijo.
—Pues si viene, tendré que contarle la verdad de mi participación en la investigación —dijo resignada.
Camila le pidió que esperara. Pensó que igual todo se solucionaría rápidamente.
—También puede torcerse completamente.
Margot se fue de casa nada más comer. Además del arma, se llevó consigo la pipa de su padre y tabaco para fumar en comisaría, por si la tarde se complicaba. Tenía ganas de ver a sus compañeros. Sobre todo a Parker, para comentarle su intuición de que estaba a punto de producirse un terremoto en la brigada.