Luna roja

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27. Una rosa blanca

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Una rosa blanca

Cuando Margot llegó a la brigada, le comentaron que un sacerdote estaba reunido con el comisario y con Harry Parker. El inspector Gutiérrez le informó de que tanto la hija de los condes de Romelinos, Casilda de los Llanos, como la primera víctima, Genoveva Font, la marquesa de Torquemada, tenían como consejero espiritual a don Javier Cuadrado, párroco de la iglesia de San José, en el número 43 de la calle Alcalá.

Esta iglesia estaba construida sobre el primitivo convento de San Hermenegildo, de la Orden de los Carmelitas Descalzos, que se demolió en el siglo XVIII. En 1730, se encargó a Pedro de Ribera la construcción de la iglesia actual, con el convento de carmelitas anexo. A dicha iglesia acudían muchos aristócratas. No en vano su principal promotor fue el undécimo duque de Frías. Estaba repleta de obras de arte. Destacaban en su interior la capilla de Santa Teresa y el Cristo del Desamparo, conocido popularmente como el de los Siete Reviernes, una escultura muy venerada de Alonso de Mena. La tradición aseguraba que, si acudías siete viernes seguidos, se te concedía una gracia.

En San José celebró su primera misa el escritor Lope de Vega, después de ser ordenado sacerdote. También en este templo se había casado Simón Bolívar con María Teresa del Toro. Una plaquita lo recordaba nada más entrar.

Margot hablaba con Gutiérrez de esta iglesia donde se concentraban las historias milagrosas de las tallas que allí se veneraban. Igualmente, se trataba de un lugar del que las leyendas se contaban en racimo. El inspector informó que Morales tenía conocimiento de una que navegaba entre lo esotérico y lo milagroso.

—¿A qué leyenda se refiere? —saltó Margot.

—No he prestado atención. Pregúntaselo a él.

—Si no hay más remedio…

Tragó saliva y se fue a hablar con el inspector Morales. Se acercó muy seria hasta su mesa y le preguntó por el tipo de leyenda que se cernía sobre la iglesia.

—¿Vienes como periodista o cómo inspectora? Bueno, solo puedes venir como periodista… —respondió Morales.

—Me da igual lo que pienses sobre mí. ¿Me puedes decir qué te han contado?

—Está bien… Se trata de la leyenda de la dama de la rosa blanca. Cuentan que resucitó para vivir su último baile una noche de luna llena. Un joven diplomático la vio entre los muchos asistentes al baile de máscaras y bailaron juntos. Después, ella le pidió al joven que pasearan juntos por Madrid y que entraran en la iglesia de San José. El joven la siguió y ella le mostró un ataúd que se encontraba cerca del altar. Le dijo que era el suyo. El joven huyó muerto de miedo y horas más tarde acudió de nuevo a la iglesia, donde se estaba oficiando un funeral. Pudo comprobar que se trataba del funeral de la joven misteriosa del baile. Posteriormente, fue enterrada con una rosa blanca entre las manos.

—¿Dónde se va a oficiar el funeral de la bailarina, la hija de los condes de Montesquinza? —preguntó Margot.

—Precisamente en la iglesia de San José.

—¿Cuándo?

—Mañana a las siete de la tarde.

—Tenemos que estar allí presentes.

—Pensábamos hacerlo, señorita pseudoinspectora… —se burló Morales.

Margot lo miró fijamente a los ojos y no le respondió. Estaba llena de ira. Se fue hasta la mesa de Gutiérrez mientras le daba vueltas a lo que le había contado el antipático y maleducado de Morales. La joven del ataúd… El último baile en luna llena… La rosa blanca. Las dos primeras asesinadas tenían al párroco como consejero espiritual. Y el funeral de la tercera se iba a celebrar en la misma iglesia donde las dos primeras víctimas se confesaban. ¿No era demasiada casualidad?, se preguntaba. La leyenda de la bailarina que resucitó para bailar un último baile, y la tercera víctima se dedicaba a la danza. Estaba todo conectado…

—¿Qué te contaron en el Ritz? —preguntó a Gutiérrez.

—No sabían nada de ninguna visita. Le llegó un ramo de rosas blancas sin tarjeta. Estaba viva cuando se lo subieron a la habitación. Al parecer le encantó el regalo. Ella debía saber quién se lo mandaba.

—¿Rosas blancas? La joven de la leyenda fue enterrada con una rosa blanca. Da la impresión de que el asesino sabe todo esto. Sigue yendo por delante, marcando un camino.

Observó que había movimiento en el despacho del comisario y decidió no estar delante cuando saliera el sacerdote. Había tomado la decisión de ir al día siguiente a confesarse con él para saber cómo era y qué les decía a sus feligresas. Iba con sotana, pero no era un hombre mayor; incluso era alto y bien parecido. ¿La clave estaría en aquel religioso? —se preguntaba observándolo desde lejos.

Cuando el cura salió por la puerta, Margot contó a Parker y al comisario la reflexión que había hecho Casares sobre el mal desarrollo de la investigación. Entraron en el despacho y encendieron un cigarrillo antes de escucharla.

—Casares no habla con voz propia, sino que dice lo que escucha a sus clientas. Me ha dado a entender que el comisario Juan Bilbao tiene los días contados. Le hacen responsable de la falta de resultados antes tantos crímenes de mujeres de buena familia. Se va a producir un terremoto en esta comisaría. Algún miembro del gobierno quiere pedir su destitución y debe estar presionando. Este modisto se codea con las esposas de todos los políticos y con mujeres de buena familia.

—Está claro que quieren hacer rodar cabezas. Si rueda la de Juan Bilbao, rodará la mía. Yo estoy aquí echando una mano al comisario jefe. Cumplo un horario que a él le conviene, y yo, que estoy jubilado, vengo por el placer de descubrir y desenmascarar a chorizos y asesinos.

—Lo mismo el nuevo, si es que hay un cambio, tampoco quiere que usted se vaya sin antes resolver este caso —comentó Margot.

—Ese extremo lo desconocemos. Tenemos que ponernos las pilas. El sacerdote puede tener la clave —sugirió Benito Poveda.

—No tiene manos como para asfixiar a nadie, son de pianista —aseveró Parker.

—Pero puede ayudarse de algún elemento que sea el que deja esa marca perfectamente lineal en el cuello de las víctimas. Dijo Arquímedes: «Dame una palanca y moveré el mundo» —comentó el comisario—. Pues yo añado: dame un elemento externo y podré matar aplicando nada más que paciencia. Se tarda mucho en morir de esa manera; incluso la víctima puede intentar defenderse y dejar alguna marca en el asesino.

—El problema es que las pilla siempre de espaldas y ellas no se esperan esa reacción. Tienen confianza con él y no se imaginan que las va a matar. Probablemente la luna llena sea el detonante. —Parker seguía erre que erre con su tema de siempre.

—Al final va a tener razón con su teoría de la luna —comentó Benito Poveda.

—La próxima víctima será en junio y coincidirá con el solsticio de verano. El momento en el que la luz alcanza su máxima expresión. El sol llega a la mayor inclinación angular hacia el Polo Norte, por lo que el hemisferio norte da la bienvenida al día más largo y a la noche más corta del año. Nuestro hombre necesitará volver a asesinar ese día, porque será un momento en el que se sienta poderoso. Tendremos un mes para pensar en sus posibles víctimas y protegerlas. Podemos y debemos pillarlo. Yo vendré a España antes del solsticio. Desafortunadamente, en este momento tengo que regresar a Londres —dijo Parker mientras se ponía en pie y se despedía.

—Comisario, me voy a acercar a la redacción de El Caso. Necesito saber qué está preparando el periódico sobre este tema. —Margot interrumpió la despedida—. Mañana, antes de venir, acudiré a la primera misa en San José. Haré todo lo posible para confesarme con don Javier Cuadrado. Intentaré hacerme asidua de sus misas y de sus confesiones. Tengo la impresión de que en esa iglesia está la clave.

—Como siempre digo a los policías: ¡sigan su instinto! Casi nunca falla. ¡Adelante! —respondió el comisario.

Margot recogió sus cosas y salió de la comisaría con Parker. Quería despedirse de él y contarle que deseaba ponerse a la vista del asesino para hacer de conejillo de indias. Estaba convencida de que sería la única manera de pillarlo. Paseaban por las calles repletas de viandantes mientras Margot le confesaba su plan.

—Harry, voy a contarle al sacerdote que estamos prometidos, pero que hay otra persona que me gusta y no sé qué hacer. —Margot le expuso su idea—. Si te das cuenta, todas las mujeres asesinadas tenían una doble vida. Una estaba casada, pero se dejaba ver con chicos jóvenes. Otra estaba prometida, pero se veía con su antiguo novio. La bailarina parece ser que estaba con un hombre casado y a la vez mantenía una relación con un pintor. No sé. Siempre hemos dicho que parecía un guardián de la moral. ¿Qué piensas?

Harry había escuchado a Margot sin decir una sola palabra. Estaba sorprendido de todo lo que le estaba diciendo.

—No me gusta tu idea. ¿Quieres poner a prueba al cura?

—¡Sí!

—Te vas a exponer demasiado y vas a asumir un riesgo innecesario —advirtió Parker.

—¡No pueden seguir muriendo mujeres! Tengo que intentarlo. Puede que no sirva de nada, pero quizá el asesino tiene contacto con el cura o se fija en las personas que se confiesan con él. Seguramente también acuda mañana por la tarde al oficio religioso. Llamaré a Cayetana o a Aline. Confío en que alguna tenga intención de ir al funeral de la joven.

—¡No me gusta tu idea! ¡No sabes a quién te estás enfrentando! Lo mismo es alguien a quien ya has tratado, una persona cercana. O puede que, al entrar en la iglesia, te metas en la boca del lobo. Ahora con más motivo vendré antes del solsticio de verano. Volverá a intentarlo, eso está claro.

Fueron caminando hasta el Palace, donde se alojaba Parker. Había mucha complicidad entre los dos. Sobre todo compartían el mismo entusiasmo por encontrar al asesino. Margot estaba dispuesta a lo que fuera con tal de acabar con aquella situación. Solía enfrentarse al miedo de cara. Desde que murieron sus padres, siempre pensaba que al miedo había que superarlo mirándolo de cerca.

—Sinceramente, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Soy la única mujer de la brigada. Debo ser yo el cebo.

—Si no fueras tú, te diría que es coherente lo que dices. Pero no me gusta que te enfrentes sola a ese tipo de personas. Puede ser cualquiera: alguien de la sociedad en la que te mueves, el cura mismo, un compañero policía… Es alguien que tiene información y mata por placer. Lo probó la primera vez y le gustó la sensación de ser Dios. Alguien egocéntrico. Un hombre seguro de sí mismo.

—¡Tranquilo! Voy con mi pistola. Sé disparar y sé defenderme.

—Lo sé, pero… y ¿si son dos? Estarías en inferioridad de condiciones.

—¿Dos? Nunca habíamos pensado en esa posibilidad. Si fueran dos, las víctimas tendrían muy difícil defenderse.

Margot se sentó en una marquesina que había frente al palacio de las Cortes. No había contemplado la posibilidad que le planteaba Parker. No se lo esperaba.

—Es una de tantas hipótesis —respondió la joven—. En realidad, no sabemos cómo elige a sus víctimas. Sigo con la idea de ir a misa y verme con frecuencia con el sacerdote. Por intentarlo…

—Está bien. Pero ten en cuenta tres cosas: jamás des la espalda a nadie, por muy conocido que sea. Segundo, distancia: si se acercan demasiado, pierdes tu defensa. Si invaden tu espacio, inmediatamente da un paso atrás sin perderlos de vista. De frente y sin dejar de mirarlos. ¿Me has comprendido? —preguntó Parker.

—Sí.

—Y lo más importante. Si te han pillado por la espalda, da un pisotón con todas tus fuerzas, como si te fuera la vida en ello. Por lo menos su acto reflejo será soltarte. Infalible también: un rodillazo con toda tu alma en su entrepierna.

—¿Cómo?

—Lo que oyes. Con todas tus fuerzas. Hay más. Si te coge por las muñecas para inmovilizarte, tienes que actuar a mucha velocidad; giras las muñecas y subes los codos, te zafarás de él.

Harry inmovilizó por las muñecas a Margot y le pidió que pusiera en práctica lo que le acababa de decir.

—Gira las muñecas y sube los codos. Tienes que hacerlo muy rápido —insistió él.

Al principio, Margot no lograba zafarse, pero al cabo de tres intentos aprendió. A pesar de hacerlo cada vez mejor, vieron que empezaba a arremolinarse gente en torno a ellos, pensando que estaban peleando.

—Oh, no. Es… un juego. Nada más que eso. ¡Ya está! ¡Dejamos de hacerlo! —comentaba Margot.

—Ha sido una estupidez… —insistió Parker.

Siguieron caminando y la concurrencia se disolvió.

La noche parecía agradable. No hacía ni excesivo calor ni excesivo frío. Era una temperatura ideal para estar en la calle.

—¿Quieres tomar un té? Dentro hay una cafetería y una cúpula preciosa —dijo Harry.

—No. Tengo que irme corriendo a la redacción de El Caso. Gracias por tus consejos. ¿Esa técnica de defensa cómo la has aprendido?

—La historia es un poco larga. Un amigo inglés que estuvo en Japón estudiando el idioma y que ahora da clase en el British Council que se abrió allí el año pasado, aprendió la técnica del kárate Do Shotokan. Cada vez que viene a Londres, me enseña algunos de los movimientos de defensa que ha aprendido. Lo cierto es que son muy útiles. Yo nunca he tenido que utilizarlos, pero puede que tú sí. Nunca dejes que el sospechoso se acerque demasiado, siempre a un paso de distancia de ti. Si se acerca más de la cuenta, ya no te podrás defender. ¡Distancia! Esa es la clave. Y algo que le enseñaba mi madre a mi hermana: siempre una aguja en la ropa, por si se la tienes que clavar a alguien.

—Dios mío, pero ¿a quién crees que me voy a enfrentar?

—A un asesino.

Se despidieron con un abrazo y un «¡hasta pronto!». Margot decidió no prolongar ese momento y salir corriendo sin mirar atrás. Cada vez le costaba más despedirse de aquellos a los que apreciaba, aunque no lo quería reconocer ni para sí misma.

Se fue hasta la parada de taxis y le pidió al primero de la fila que la llevara al periódico, en la calle Jordán. Como siempre, Clotilde y el cocodrilo Leopoldo le dieron la bienvenida. La secretaria de redacción le indicó que entrara a la reunión que mantenía Eugenio Suárez con toda la redacción.

—Pasa, Margot —dijo el director nada más verla—. Estamos hablando de este caso que tiene a toda la sociedad atemorizada. ¡Lo quiero todo! Os tenéis que esforzar en tener algo que la competencia no sepa. ¿Irás al funeral mañana? —se dirigió a ella.

—Sí. Voy a ir.

—Pues quiero todos los detalles de lo que ocurra allí. ¿Me oyes? No pases como periodista, pasa como amiga de la víctima. Te encontrarás allí con José María de Vega. A diferencia de ti, estará con la libreta en la mano. Tendremos dos perspectivas diferentes.

Margot sintió de nuevo un pinchazo en el estómago, pero disimuló. Sabía que estaba a prueba permanentemente.

—Al resto os pido que tengáis los oídos muy atentos a cualquier rumor o información. ¡Esto es prioritario! —informó Suárez.

El director ponía de nuevo a sus dos mejores reporteros compitiendo por la misma información. Ella intentaría fijarse en los pequeños detalles. Esos que la mayoría pasa por alto.

Antes de salir de la redacción, llamó a Cayetana, pero estaba de viaje en el extranjero. Lo intentó con Aline. Ella sí acudiría al funeral. Quedó en ir a buscarla a su casa para ir juntas. Pensó que sería interesante conocer la opinión de la condesa sobre esta tercera muerte que llevaba a la policía de cabeza.

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