Luna roja
28. Entre la moda y los sucesos
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Entre la moda y los sucesos
Comenzaba a clarear el día cuando el despertador retumbó en su oído. Margot ya estaba con los ojos abiertos desde hacía un buen rato. Por eso, al comenzar a repicar la campanilla de aquel reloj que la acompañaba hacía tiempo, le pegó un manotazo para apagar su escandaloso sonido.
Aunque no lo parecía, ese aparato tan pequeño como la palma de su mano le traía bonitos recuerdos. Fue el regalo de su tío cuando cumplió quince años. «Es importante que llegues a las citas con diez minutos de adelanto. La educación se ve en la puntualidad», le repetía. Recordó lo mayor que se sintió en aquel momento en que asumía la responsabilidad de levantarse ella sola, sin que nadie fuera a despertarla. ¡Lo que daría por volver a aquellos quince años! Ahora, con veinticuatro, era consciente de que la vida la dejó sin tiempo libre en cuanto empezó a trabajar. Y, en España, era como si las horas corrieran sin ningún sentido, precipitándolo todo. No se acostumbraba a vivir con tanta prisa, y menos aún con su doble vida: redactora de moda de mañana e inspectora de tarde, a la vez que columnista de sucesos. Era plenamente consciente de que su día a día se había convertido en una auténtica locura, pero disfrutaba de esa ambivalencia que solo conocía un pequeño círculo.
Después de arreglarse y desayunar, llamó desde su despacho a Justino Ochoa, el director de Siluetas, que llegaba muy pronto a la redacción. Le propuso una entrevista con la popular Ava Gardner. Al director le pareció bien, pero, mientras la actriz norteamericana se prestaba al encuentro, le pidió que escribiera de dos jóvenes que estaban arrasando en Francia y Estados Unidos.
—Querida Margot, hagamos olvidar a los lectores los sucesos de estos últimos meses —propuso Ochoa—. ¡Entérate de qué está pasando con una joven de la que todo el mundo habla en París! Y lo mismo, en Estados Unidos, con un joven cantante de Memphis.
—¿Quiénes son?
—Ella se llama Françoise Sagan. Ha escrito una novela, Bonjour tristesse, que ha conmocionado a los franceses. Habla de una sociedad vacía con personajes que viven el momento sin ninguna otra pretensión. Me gustaría que hicieras un artículo sobre ella y sobre su libro. Pero ten cuidado con lo que cuentes, que habrá que sortear la censura. Piensa que trata de forma desenfadada la sexualidad. La protagonista mantiene relaciones sexuales sin estar enamorada del joven con el que se relaciona, y su padre está con unas y con otras. Hay mucho placer, mucho lujo y mucha fiesta. Los personajes tratan de alcanzar la felicidad a través del hedonismo, es decir, con la búsqueda permanente del placer.
—¿Y tú crees que se publicará en España?
—Es muy probable que no, pero, hasta que lo lean los censores, contemos nosotros lo que está pasando en el país vecino.
—Está bien, conseguiré un ejemplar en francés y me pongo a ello. ¿Y el americano?
—Se llama Elvis Presley y también tiene diecinueve años. Ha hecho una canción titulada That’s All Right, Mama. Es un blanco con voz de negro. Se mueve como si fuera de goma. Los dos, tanto Françoise como Elvis, han roto moldes —informó el director—. Por eso, te pido que escribas algo sobre ellos, ya que están revolucionando a los jóvenes. Se está produciendo un cambio en la gente de menos edad del que quiero hacer partícipes a los lectores.
—Me gusta. Tengo mucha curiosidad. ¡Lo tendrás!
Cuando colgó a Justino Ochoa, Margot se dio cuenta de que la sociedad se estaba transformando y ella quería formar parte de ese cambio. Los jóvenes rompían con lo establecido. Ella, de alguna manera, lo estaba haciendo también. Poco a poco se estaba convirtiendo en una mujer que colaboraba en un mundo hasta ahora exclusivamente masculino. Era el momento de abrir caminos inexplorados por otras mujeres. La llamada del director de Siluetas le había servido para darse cuenta de la trascendencia de los pasos que ella misma estaba dando.
Sin embargo, pese a su éxito como periodista, se sentía frustrada al no poder esclarecer al estilo Sherlock Holmes quién estaba detrás de la muerte de las tres mujeres. Probablemente, todos los asesinatos habían sido a manos de la misma persona. Le obsesionaba ese asesino múltiple, y ella estaba dispuesta a arriesgarse para desenmascararlo.
Era plenamente consciente de que tanto Camila como Sátur tenían razón al pedirle que abandonara el mundo del suceso que tanto la atraía. Pero era superior a sus fuerzas. Tampoco pretendía abandonar la moda. Gracias a la crónica de sociedad, había aprendido a moverse en los círculos madrileños, disfrutar del ocio de la capital y conocer de primera mano las nuevas tendencias. Y no solo eso, acababa de descubrir a Sagan y a Presley. Se acordó de que a Aline, con sus contactos, podría ayudarla una vez más a encontrar la novela. Y a través de Parker, intentaría conseguir uno de los discos del joven de Memphis. Sentía curiosidad por escuchar su ritmo y descubrir su voz. Se decía a sí misma que los jóvenes buscaban espejos en los que mirarse. Ellos dos podrían ser lo que tanto estaba esperando su generación.
Mientras tanto, la realidad se impuso. Debía darse prisa e intentar asistir a la primera misa en la iglesia de San José. Seguiría con el plan que había trazado mentalmente para llegar hasta el cura que, sin duda, conocía a las víctimas. Nada más salir de casa, se dirigió caminando hacia la iglesia. No estaba muy lejos de la Gran Vía. Se encontraba en el número 43 de la calle Alcalá. Se trataba de una iglesia barroca con una entrada en ladrillo rojo y piedra gris.
Al entrar, un cura acababa de comenzar el oficio religioso para unos pocos fieles que habían madrugado. Otro sacerdote, vestido con sotana y de gran envergadura, estaba sentado en un confesionario de madera que tenía dos ventanas con rejillas a cada lado. Era don Javier Cuadrado, la misma persona que había visto salir del despacho del comisario.
Margot pensó que había llegado el momento de entrar en acción. Se puso en pie y se dirigió al confesionario, pero una mujer de mediana edad y aspecto elegante se le adelantó. Tuvo que esperar diez minutos hasta que el sacerdote le dio la absolución. Esta vez, Margot se dio prisa y, en cuatro zancadas, se puso de rodillas en uno de los laterales del confesionario. A través de la rejilla pudo intuir la cara del sacerdote y, a la vez, comprobar el gran tamaño de sus manos.
—Ave María Purísima —dijo el cura.
—Sin pecado concebida —respondió Margot.
—¿Cuándo fue la última vez que se confesó en Cristo, hermana? —preguntó don Javier Cuadrado.
—Hace un par de años… —Tragó saliva y cogió aire.
—Debe acudir con más frecuencia… Se ha descuidado mucho. ¿No es de por aquí, verdad?
—Llegué hace poco de Londres, donde me he criado —intentó disimular marcando más el acento inglés.
—Está bien, fuera de España se tienen otros hábitos. Enumere sus pecados…
Tal y como Margot había planeado, comenzó a relatar la ansiedad que sentía al estar prometida en Londres y, a la vez, estarse enamorando de otra persona cercana a su entorno en Madrid. El sacerdote no paraba de hablar de «la terrible confusión» en la que vivía. Pidió que dejara de ver a esa persona de su entorno cercano. Pero Margot le insistía en que no podía.
—El amor tiene mucho de obsesión. Deje de pensar en esa persona cercana y céntrese en la fidelidad a su promesa de matrimonio. Uno debe ser esclavo de sus decisiones y de la palabra. No le puedo dar la absolución hasta que no me diga que lo va a intentar.
Margot le confirmó que iba a poner todo de su parte y el cura le pidió que siguiera yendo por allí para continuar ayudándola.
—Profundice en una vida de oración y acérquese a Dios, rece tres avemarías y tres padrenuestros…. Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.
—Amén —contestó Margot. Se retiró al banco donde estaba previamente y se puso de rodillas.
El sacerdote, al salir del confesionario para ayudar al cura que oficiaba la misa, se la quedó mirando. Intentaba averiguar si la conocía, pero no tenía ni idea de quién era. Hasta el momento, solo conocía su voz y ese enamoramiento por alguien cercano a su entorno que le acababa de confesar. Nada más. El anzuelo, pensó Margot, estaba echado.
Al sentirse observada y escrutada por aquel sacerdote de manos grandes, sintió un escalofrío por todo su cuerpo. Era un hombre de una edad no definida con una mirada muy profunda y una voz grave, de barítono.
La joven periodista salió de la iglesia y regresó a casa caminando mientras le daba vueltas a la cabeza sobre si ese hombretón con sotana podría ser el asesino. Parecía una persona amable, aunque, sin duda, con las ideas muy rígidas. Podría haberle dicho que dejara a su prometido y que aclarara sus ideas, pero no; le había pedido que se alejara de su compañero de trabajo. Para el sacerdote primaba el compromiso de matrimonio por encima de todo. Margot comenzó a elucubrar. Quizá a la primera víctima no le perdonó que no fuera fiel a su promesa matrimonial de fidelidad. Con la segunda ocurría lo mismo; iba a casarse, pero se seguía viendo con su primer novio. Otra vez fallaba la palabra de la víctima. Y la tercera se había inmiscuido en la vida de un hombre casado, mientras mantenía otra relación en París con un pintor. Su envergadura y sus manos enormes hacían verosímil la teoría de que fuera un hombre fuerte el que había acabado con ellas. Cuadraba completamente en el perfil.
Pero, al mismo tiempo, resultaba una contradicción que el asesino fuera un hombre entregado a Dios, parecía una auténtica perversión. Se supone que un sacerdote debe ser una persona bondadosa que ayuda a sus fieles y no precisamente quien acabe con sus vidas. El asesino era el que tomaba la decisión de si debía seguir viviendo o no de acuerdo a su conducta. La joven tenía el pálpito de que esa pista no iba desencaminada. Decidió que volvería a confesarse con él en breve e insistiría en que no sabía cómo resolver su conflicto entre dos amores. La pista del sacerdote le parecía crucial en la investigación. Ahora debería conocer su pasado para que todas las piezas encajasen. ¿Quién era en realidad don Javier Cuadrado? ¿Alguien lo conocía verdaderamente?
Al llegar a casa, se fue directamente al despacho y desde allí llamó a Aline Griffith, con la que se vería horas más tarde. La condesa de Quintanilla, aunque estaba reunida, respondió al teléfono.
—¡Margot! ¿En qué te puedo ayudar?
—Quería saber si tienes previsto un viaje a París o si tienes algún conocido que esté allí y vaya a venir a España en breve.
—Mi marido llega pronto de París precisamente. ¿Por qué lo dices?
—Necesito un libro que me ha pedido la revista Siluetas para que haga un artículo. Se trata de la novela Bonjour tristesse, escrita por Françoise Sagan.
—No problem… Cuando lo traiga, te aviso.
—Aline, millones de gracias. Nos vemos esta tarde. Iré a buscarte a tu casa para ir juntas al funeral de la bailarina, la hija de los condes de Montesquinza.
—Sí. Aquí te estaré esperando para ir con el chófer. Tremenda la situación que estamos viviendo en Madrid. Ya solo invito a mi casa a personas que conozco bien. Por cierto, daré una fiesta en mi finca de Extremadura, Pascualete, estás invitada. Seguro que nos sienta bien alejarnos de la ciudad unos días.
—Muchas gracias… ¿En qué fecha? —Pensaba excusarse diciendo que tenía otro compromiso.
—El 21 de junio. Quiero celebrar este año la entrada del verano. Ha sido un año muy difícil. Por cierto, vendrá mi amiga Ava Gardner y nuestro conocido Pedro Casares con su ayudante. Están invitados muchos amigos para celebrar el solsticio de verano y vivir juntos la noche de San Juan. Tenemos que hacer una buena hoguera, quemando lo viejo y todo lo malo de este año, que ha sido mucho.
—Te lo agradezco. Pues me encantará ir. ¡Cuenta conmigo! —Al escuchar el nombre de los invitados que iban a acudir, se animó a aceptar.
—Puedes invitar a Parker, que un hombre como él siempre conviene tenerlo cerca.
—Se lo diré. Muchas gracias, Aline. Tus consejos son una guía para mí. Vine de Londres muy despistada. Si no hubiera sido por ti y por Cayetana, no habría sobrevivido a esta jungla, y más con todo lo que está pasando.
El ofrecimiento de la condesa fue como un regalo caído del cielo. La oportunidad de estar con Ava hacía viable lograr la entrevista que le habían pedido. Sin embargo, estar con el antipático de Casares no era precisamente el plan que más le apetecía.
Margot continuó haciendo gestiones para conseguir el disco de Elvis. Llamó a Parker en primer lugar y, como esperaba, no le falló. Al contarle que necesitaba la canción del joven de Memphis, enseguida se ofreció a buscarla. Le comentó que, a través de la valija diplomática de las distintas embajadas con las que tenía contacto, podría conseguirla y, una vez que la tuviera consigo, ya vería cómo se la haría llegar.
—Por cierto, si no tienes plan para el solsticio de verano, Aline Griffith me ha pedido que te invite a la fiesta que va a celebrar en la finca que tiene en Extremadura. Estará Ava Gardner, entre otros.
—Más que por Ava, que también, me encantará vivir esa luna llena contigo… Y con tus amistades. —Carraspeó—. Será una noche inolvidable.
Margot se quedó sin argumentos. No se esperaba esa contestación.
—Bueno, ya me dirás qué haces. Tengo mucho lío. Te volveré a llamar en unos días. —Colgó de golpe.
—Está bien. —No dio tiempo a que la joven escuchara esta última frase.
Parker se dio cuenta de que, una vez más, había sido imprudente. Con Margot debía ir muy poco a poco. Cualquier insinuación la ponía en alerta y huía. No había conocido a una mujer más especial que ella. Pero le gustaba que hubiera acudido a él. «Eso es que confía en mí antes que en nadie», se dijo a sí mismo. Buscaría, a través de algún diplomático en Estados Unidos, el disco que le había pedido. Era lo menos que podía hacer para enmendar la metedura de pata que acababa de tener. Margot era la mujer más especial que había conocido y, a la vez, la más difícil de tratar.
Ajena a estos pensamientos de Parker y encelada en encontrar al asesino, Margot llamó al comisario y le comunicó su mala impresión sobre el sacerdote Javier Cuadrado. También le avanzó que no iría a la comisaría hasta la tarde, cuando concluyera el funeral de la bailarina, la hija del conde de Montesquinza. Don Eusebio Benito Poveda le informó que ellos estarían desplegados por allí también y le pareció muy acertado que ella fuera en calidad de acompañante de Aline, sin tener nada que ver con la policía en esa ocasión.
—Estamos cerca, Margot. Lo intuyo —le transmitió el comisario.
—Yo también tengo el mismo pálpito. Voy a frecuentar la iglesia, me voy a dejar ver en misa y cerca del confesionario. Tal vez así…
—Me parece buena idea, aunque puedes estar exponiéndote demasiado.
—Yo sé defenderme. Usted y Parker me han enseñado.
—No sabemos todavía a quién nos estamos enfrentando.
—Sí lo sé. A un asesino múltiple.