Luna roja

Luna roja


29. De luto por la última víctima

Página 31 de 52

29

De luto por la última víctima

Nada más terminar de comer, Margot se quedó pensando en la voz y en las manos del sacerdote. Todo en él daba miedo: su envergadura, su voz cavernosa, sus manos enormes y su mirada profunda. Se quedó dormida en el sofá unos minutos mientras la radio sonaba de fondo. Saturnina la tenía puesta todo el día y Camila iba aprendiendo español gracias a eso. Ya cogía el hilo principal de las conversaciones. Se le escapaban algunas palabras, pero poco a poco se iba haciendo con el idioma.

Como todo Madrid, las dos mujeres no dejaban de hablar sobre el asesino y las teorías que unos y otros se inventaban. Conocedoras de su doble faceta como investigadora, Sátur y Camila a veces le preguntaban sobre el caso, pero Margot no quería compartir con nadie su hipótesis de que un sacerdote podría estar detrás de aquellas muertes. Es más, si les contara el plan que barajaba en su cabeza para acercarse más al asesino, Camila pondría el grito en el cielo e inmediatamente llamaría a Londres para que sus tíos la hicieran regresar a la capital británica. Y no, eso era lo último que quería.

Para evitar preguntas curiosas, se fue a su cuarto y, tumbada en la cama, comenzó a fumar en la pipa que perteneció a su padre. Su perfección con las volutas le hizo sonreír. Era su momento y lo estaba disfrutando. Cuando viniera su tío a Madrid volvería a proponerle una competición. Esta vez ganaría ella.

Se levantó bruscamente de la cama y miró en su bolso para comprobar que llevaba la pistola. Tenía que volver a hacer prácticas de tiro, se dijo a sí misma. Margot rebuscó en el costurero y se hizo con la aguja del tamaño más grande. Desde ese día, la llevaría siempre prendida en la ropa para tenerla a mano por si le hacía falta defenderse, tal y como le dijo Parker.

Comenzó a arreglarse y finalmente se vistió toda de negro. En cuanto estuvo lista, se despidió de sus dos «guardianas», como las llamaba, y se fue al domicilio de Aline Griffith en El Viso.

Aline la recibió en su amplio salón, donde estaba tomando el té junto a un empresario norteamericano que iba a estar unos días en España, alojado en su casa. Mientras la condesa de Quintanilla se retiró a vestirse de luto para el funeral de la joven, sus invitados se quedaron sentados en el sofá hablando en inglés. El empresario le contó a Margot algo muy curioso. En Estados Unidos había nacido una tarjeta de plástico que sustituía al dinero. Al parecer, todo había empezado en un restaurante, cuando un empresario olvidó su cartera y no pudo pagar la cuenta. Creó el Diners Club, una tarjeta de crédito que ahora se extendía a otros negocios. El empresario iba a invertir en ello porque presentía que era el futuro.

Margot se mostró preocupada ante la idea de que desapareciera el dinero físico; sin embargo, el amigo de Aline insistía en que las monedas y los billetes tenían los días contados frente a la tarjeta de plástico que estaba teniendo tan buena acogida.

Aquel hombre bien parecido, vestido de traje y corbata, le abría la mente a un mundo que no había podido imaginar. Aprovechó su conocimiento de lo que ocurría en Estados Unidos para preguntarle por el joven del que querían que escribiera: Elvis Presley. A su interlocutor le sonaba el nombre, porque tenía dos hijas adolescentes, de quince y diecisiete años, que no paraban de escuchar una canción suya en la radio. También le dijo que «no veía con buenos ojos la locura que estaba despertando entre las adolescentes». Ella le replicó que comenzaba una nueva etapa en la que «los jóvenes por fin dejaban oír su voz, a la vez que cambiaban también las formas de expresarse, la forma de vestir, incluso la forma de pensar». El empresario la intentó convencer con el argumento de que «no podían pretender cambiar la sociedad de golpe», a lo que Margot replicó que los cambios entraban en nuestras vidas sin pedir permiso.

Estaban enfrascados en esa conversación cuando Aline regresó al salón vestida de luto riguroso. La condesa, que había escuchado solo el final, participó en la conversación: «Mi llegada a la sociedad aristocrática ha sido difícil e incómoda en ocasiones, pero ya me he hecho con ella, o más bien me han acabado aceptando. Estoy del lado de los jóvenes. Hay que derribar muros». Margot sonrió porque apoyaba su tesis. La condesa miró su reloj y le explicó al empresario que no podían llegar tarde al funeral y que aproximadamente en dos horas regresaría para continuar la conversación en el punto en que la dejaban. Margot se despidió de él dándole la mano, al tiempo que le susurraba al oído: «La clave de la vida está en adaptarse, ¿no cree?». El empresario le dio la razón y la periodista fue tras los pasos de Aline. Finalmente, ambas se subieron al coche que las iba a llevar hasta la iglesia de San José.

La tarde era soleada y el calor ya hacía presagiar que el verano estaba cerca. Ambas hablaban de la incertidumbre de no saber quién estaba tras la muerte de las jóvenes.

—Tiene que ser alguien cercano que goza de nuestra confianza —sugirió Margot.

—¿Tú crees? Al principio pensaba igual que tú, aunque ahora creo más bien que es alguien que tiene relación, pero no pertenece a nuestro círculo.

—Ya… Cercano, pero no aristócrata… Por cierto, el hecho de que el funeral se celebre en San José, ¿es por algún motivo?

—Sí, el padre de la pobre chica asesinada es miembro de la Archicofradía de Indignos Esclavos del Cristo del Desamparo. Por eso, estaba claro que las exequias religiosas tendrían lugar allí.

—¿Sabes si el párroco de esta iglesia también era consejero espiritual de la joven? —preguntó Margot.

—No lo sé, la verdad. De lo que sí estoy segura es de la relación del sacerdote con su padre, el conde. ¿Por qué me lo preguntas?

—No, por nada…

Llegaron a los aledaños de la iglesia. La imagen de Nuestra Señora del Carmen parecía que las recibía desde la mitad de la fachada. Aline y Margot entraron al mismo tiempo que varios conocidos de los condes de Montesquinza. A la izquierda se encontraba la capilla dedicada a santa Teresa, pero prefirieron situarse cerca del Cristo de Alonso de Mena, el conocido como de los Siete Reviernes. Sentadas en uno de los bancos, esperaron el comienzo del oficio religioso. Veinte minutos después, la iglesia estaba llena de conocidos y familiares de la bailarina asesinada. La policía también había hecho acto de presencia. Margot enseguida los reconoció, distribuidos entre los diferentes bancos de la iglesia. A la hora en punto salió de la sacristía don Javier Cuadrado, acompañado de un monaguillo. Ese sacerdote imponía tanto a Margot que volvió a sentir un escalofrío al verlo y tardó en ponerse en pie. La periodista miró hacia atrás y reconoció a algunas de las caras que estaban allí presentes, entre ellas las del modisto Pedro Casares y su ayudante. Les hizo un saludo con la cabeza, que fue correspondido. En los primeros bancos identificó a José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, alcalde de Madrid y amigo del padre de la víctima. Junto a él se encontraba el ministro de la Gobernación, Blas Pérez González. Igualmente había muchos invitados que se solidarizaban con Mariemma y su cuerpo de baile.

Llegó el momento de la homilía y el sacerdote habló de las muchas virtudes de la joven asesinada: «Era una artista excepcional. Regaló su arte a cuantos se acercaron a verla. No parecía de este mundo».

Margot se preguntaba el porqué de esas palabras. ¿No le parecía de este mundo? Siguió escuchando atenta a don Javier Cuadrado, que intentaba consolar a esos padres, rotos de dolor, que habían perdido a su única hija de la forma más horrible. La madre no podía dejar de llorar. Sus sollozos acompañaban las palabras del sacerdote. Finalmente, el párroco concluyó afirmando que «ya había encontrado la paz» y que los que continuaban en «el valle de lágrimas» eran los que estaban allí presentes.

Cada palabra pronunciada por el párroco quedaba registrada en la memoria de Margot. Todo le parecía que lo decía con doble sentido. «Ya ha encontrado la paz», se repetía para sí misma. Eso era tanto como asegurar que en vida tenía un conflicto. ¿Lo expresaba en el sentido figurado o realmente estaba confesando que la bailarina vivía su propia guerra particular? ¿Qué secretos debía conocer ese hombre de la víctima? ¿Se trataba de simple palabrería de misa? Margot dudaba todo el rato, necesitaba más pruebas.

Llegó el momento de la comunión y se formó una enorme cola. Casares y su ayudante fueron de los primeros en ir a recibir la forma sagrada. A Margot le sorprendió que fueran religiosos. En los anteriores funerales, se había fijado que Casares no se había movido de su asiento, pero hoy sí. Observó atentamente sus movimientos y vio que, al llegar junto al sacerdote, reclinó su cabeza y este le susurró algo al oído. Al darse la vuelta y pasar junto al monaguillo, le sonrió. Pensó que el modisto podía conocer al adolescente, pero ¿de qué? No parecía ser hijo de ninguna clienta.

Finalmente, la periodista decidió comulgar también, para observar más de cerca a don Javier Cuadrado.

—El cuerpo de Cristo… —El sacerdote posó la forma sagrada sobre su lengua.

—Amén —dijo Margot y tardó en darse la vuelta. Al pasar cerca del monaguillo, se fijó en la mirada triste del chiquillo.

Cuando terminó la misa, don Javier Cuadrado se fue directamente al primer banco, donde estaban los padres de la joven, a darles el pésame. Estuvo un rato charlando con ellos. Las autoridades allí presentes también escuchaban lo que les decía.

Margot se preguntaba cómo, si había sido él el autor del asesinato, tenía la frialdad de acercarse a unos padres que estaban destrozados. Una vez que concluyó el párroco, se retiró y se fue despacio a la sacristía. El monaguillo lo siguió. Aline, que observó cómo miraba al sacerdote, comentó:

—Es increíble la labor que hace este cura con los niños que se quedan sin madre o sin padre, en familias sin recursos. Los apoya en todo y procura darles un oficio. Tiene mucho mérito.

Margot no le respondió. Siguió dando vueltas a sus palabras, pero no se atrevió a desmentirle o a confesarle sus sospechas. Nadie debía saber que el cura estaba siendo investigado.

—Toda su vida sacando a los niños más vulnerables del pozo de sus familias. Mira, deberías dedicarle un artículo en Siluetas —continuó Aline.

—Sí, lo voy a proponer…

Margot, que seguía mirando hacia la sacristía, observó que el comisario fue el siguiente en entrar tras los pasos del sacerdote. Tenía la seguridad de que «le invitaría» a acudir a la comisaría. Ya no observó más movimiento. Después de un rato, no vio salir a nadie de allí. Pensó que debería haber una puerta trasera.

Aline y ella seguían en su banco, esperando a que la cola de personas para dar el pésame a la familia se aliviara un poco. La directora de la compañía de baile, Mariemma, también recibió el consuelo de los asistentes. La víctima tenía que haber actuado en Madrid, pero fue asesinada la noche anterior al estreno. Selene no volvería a ponerse las zapatillas de ballet ni los zapatos de baile español. Al igual que Mariemma, de niña se subió a un escenario y ya no se bajó hasta su muerte. Había recorrido medio planeta gracias a la compañía internacional de esta coreógrafa y bailarina reconocida mundialmente.

Al cabo de un rato, vieron que ya habían salido de la iglesia muchos de los asistentes y era más fácil acceder a la familia, por lo que Aline y Margot decidieron guardar su turno en la cola, detrás del cuerpo de baile. Se oían solo sollozos y ningún diálogo. Así llegaron hasta los padres de la joven. La condesa de Quintanilla fue quién llevó la voz cantante. Les dio el pésame y se ofreció para todo lo que necesitaran. Margot se limitó a decirles que los acompañaba en el sentimiento y que acudía en representación del diplomático Julián Martín-Briz y Frances Peters.

—Eres su sobrina, ¿verdad? —preguntó el conde.

—Sí.

—Me habían hablado de ti. Sé que escribes muy bien. También sabes lo que es perder a tus padres de la noche a la mañana, como yo a mi hija…

—Lo siento mucho, de veras. —Repitió su pésame—. No es el momento para molestarles, pero me gustaría escribir sobre ella, a modo de homenaje. ¿Podría visitarles un día de estos?

—Por supuesto…

Ya no pudo hablar más, pero le gustó que el conde la hubiera ubicado rápidamente. Se lo diría a su tío esa misma noche. Dejaría pasar unos días, pero su intención era acercarse a visitarlos cuanto antes para averiguar su relación con el sacerdote y qué se podía esconder tras las palabras de la misa.

Mientras el chófer las llevaba de vuelta a la casa de Aline, Margot aprovechó para conversar con ella sobre la fiesta que la aristócrata iba a organizar en su finca de Extremadura.

—¿Sabes?, Parker ha dicho que vendrá para la fiesta. Le apetece mucho.

—No sabes qué alegría me das. Todos nos sentiremos más tranquilos con su presencia. Ya no sabe uno qué pensar…

—¿Sabes ya cuántos vamos a ser?

—No quiero que sea una fiesta multitudinaria. No me parecería bien en estos momentos. Seremos pocos, pero bien avenidos. Vendrán Ava y unas amigas americanas; unos cazadores, amigos de Luis, acompañados de sus esposas; Casares y su ayudante, además de Parker y tú. ¡Ah!, un grupo flamenco y no mucho más. Siempre hay alguien que se añade a última hora.

Margot recordó que el sacerdote le había dicho algo al oído al modisto durante la comunión.

—Hablando de Casares, he visto que el sacerdote le decía algo al oído antes de comulgar. ¿Se conocen?

—¡Mucho! Cuando era un adolescente fue su monaguillo. Por eso es tan religioso. Se crio junto a él.

Los diferentes caminos confluían en el sacerdote. Para Margot quedaba claro que el cura estaba detrás o en medio de todo lo que ocurría. Podía tener la clave de las tres muertes de jóvenes de la alta sociedad a las que conocía. Resultaba terrible pensar que alguien que se suponía con sentimientos piadosos fuera en realidad un demonio. No se podían retorcer más las cosas. Sacerdote y asesino, parecía la perversión más absoluta. ¿Quién no se iba a fiar de alguien aparentemente bueno, generoso y amable? Tuvo una idea y, en cuestión de segundos, se la planteó a Aline.

—¿Sabes? Sería bonito que una persona de la categoría humana del párroco, amigo de Casares y amigo también de la familia de las víctimas, estuviera entre nosotros.

—¿Tú crees? No acabo de verlo.

—Su presencia le da al encuentro otro aspecto más acorde con lo que está pasando. Además, no me lo imagino en las sobremesas o en la fiesta tras la cena. Seguro que solo se quedará a las comidas y luego se retirará. Me da la impresión de que, con su presencia, nadie podría decir nada.

—Sabes que a mí las críticas me importan poco, pero tienes razón, podemos hacer un guiño a nuestros conocidos. Podríamos celebrar una misa campestre en homenaje a las víctimas. Tienes toda la razón. Acordarnos de los que han sufrido este zarpazo terrible estas últimas semanas. Además, siempre que vamos a Extremadura, invitamos al cura de Trujillo, el padre Tena, a que nos acompañe, por lo que el padre Cuadrado no se encontraría solo. ¡Gracias por darme una idea tan buena!

El coche llegó a su destino y Aline la invitó a tomar algo en casa con el empresario estadounidense, pero Margot le explicó que tenía que escribir sobre el funeral que se acababa de celebrar.

—Me pasaré pronto a recoger el libro de Sagan.

—Para mayor seguridad, espera a que te confirme que lo tengo.

—Eso haré. Muchas gracias por todo, Aline.

Se despidieron con dos besos y la periodista se fue caminando hasta la primera parada de taxis. Al no encontrar ninguno, siguió andando mientras pensaba en toda la información que manejaba. Cuando se quiso dar cuenta ya estaba cerca de la Puerta de Alcalá. Caminó un poco más y llegó hasta la Puerta del Sol.

Cuando entró en la brigada, le informaron que acababa de irse el padre Javier Cuadrado. Entró acalorada al despacho del comisario.

—¡Comisario, es él! Al menos todo le señala.

El comisario le pidió que se calmara y tomara asiento. Le explicó lo que había ocurrido en comisaría.

—Ha venido de forma diligente, pero ha pedido que estuviera un abogado presente en su declaración. Ha hecho una llamada y se ha presentado aquí un viejo conocido nuestro, el abogado de Juan Pérez de las Casas. No sé si lo recuerdas. Aquel joven violento, el primer novio de Casilda, la hija de los condes de Romelinos…, al que mantuvimos en el calabozo y se sometió a la máquina de verdad de forma voluntaria.

—Me acuerdo perfectamente. Le representaba el prepotente Fernando Andrada.

—¡Ese! Ha venido muy indignado y nos ha dicho que si estábamos locos por interrogar a un sacerdote que solo sabe hacer el bien con niños de familias con pocos recursos y huérfanos. A pesar de eso, le he preguntado si tenía trato con las jóvenes asesinadas y nos lo ha confirmado. El abogado ha añadido que don Javier tiene contacto con los hijos de los nobles porque la mayoría se han bautizado en su iglesia. Y poco más he podido sonsacarle, porque el maldito abogado le ha recomendado no hablar. Y, sin pruebas, hemos tenido que dejarlo marchar —añadió resignado el comisario.

—Pues es él —insistió—. Todo confluye en él. Todos los caminos nos conducen a él…

—Le vigilaremos de cerca. Pero no nos queda otra que esperar. ¡Con la iglesia hemos topado!

—¿Esperaremos a otro asesinato? —exclamó alarmada Margot.

—Intentaremos que no sea así.

Se quedó pensativa durante unos segundos. Finalmente, se atrevió a expresar en voz alta sus planes.

—Aline celebrará una fiesta con motivo del solsticio de verano en su finca de Extremadura. Le he sugerido que invite a don Javier Cuadrado. Le ha gustado la idea, veremos si el cura acepta. No me importaría hacer de anzuelo para que pique.

—Eso entraña más peligro del que imaginas. ¿Está segura?

—Nunca he estado más segura. Sé que es él.

El comisario se quedó pensativo un instante. Quizá la propuesta de Margot no era tan descabellada. Se levantó de la silla y estuvo paseando por el despacho mientras su mente trabajaba a toda velocidad. Sopesaba los pros y los contras. Finalmente se paró en seco y se dirigió a ella:

—Podríamos apoyarla desde dentro, si lográramos entrar como camareros o gente extra de servicio.

—Se lo puedo decir a Aline. Seguro que necesita más personal cuando tiene invitados. Si le ofrecemos el servicio gratis, seguro que acepta. Hay muchas empresas que, para abrirse camino, los primeros trabajos los hacen gratuitamente. Los camareros siempre se llevan propinas, más entre gente adinerada.

Gutiérrez se ofreció a acompañarla como camarero. Alguien sugirió que también fueran los inspectores de refuerzo, a los que no se les había visto por los distintos oficios religiosos.

—Afortunadamente, yo tengo una cara muy corriente. Vestido de camarero, nadie me va a asociar con la policía. Dale mi teléfono directo a la condesa. Contestaré yo. Coméntale que el personal es de absoluta confianza.

—¡Estupendo! Con vosotros estará Parker, que también ha sido invitado. Será un buen momento para acorralarlo. ¡Lo tenemos, comisario!

Ir a la siguiente página

Report Page