Luna roja

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30. Viaje a la finca Pascualete

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Viaje a la finca Pascualete

Camila y Sátur observaron que Margot estaba especialmente callada esos días. Era evidente que algo le pasaba, pero no soltaba prenda. Varias semanas después del funeral de la bailarina, les anunció que el día diecinueve de ese mes de junio iría con Aline Griffith a su finca de Extremadura. Allí conocería a la actriz Ava Gardner y aprovecharía para entrevistarla, ya que la revista Siluetas se lo había encargado. Sátur no pudo seguir mordiéndose la lengua y, finalmente, habló con ella en el desayuno.

—A usted le pasa algo, señorita. Lo venimos diciendo Camila y yo desde hace días. No sabemos qué le ronda por la cabeza, pero intuimos que tiene que ver con la muerte de tantas jóvenes.

—No poder culparte, Margot. —Era la primera vez que Camila se atrevía a expresarse en español. Al ver la sorpresa de sus interlocutoras, volvió al inglés—: Be cautious and do not trust anyone. —Le decía que tenía que ser muy precavida y no fiarse de nadie.

Y ciertamente tenía razón. El asesino podría ser cualquier persona del entorno en el que se movía, aunque sus sospechas se habían ido concretando poco a poco. Decidió tranquilizarla.

—Lo sé, y tomo precauciones —dijo mirando a Sátur inquisitivamente para que no dijera nada de la pistola que llevaba siempre encima.

The best way to prevent it is to avoid going to the police station. —Camila insistió en que la mejor prevención era no ir durante un tiempo a la comisaría. Margot saltó como un resorte.

—Todo lo contrario. Allí es donde estoy más segura y me entero de cómo van las investigaciones y de quién puede ser el sospechoso. De verdad, no tenéis motivo para preocuparos. Además, para vuestra tranquilidad, vendrá Parker en unos días y me acompañará a la fiesta de Aline.

—¡Menos mal! Una buena noticia —apuntó Sátur mientras servía el desayuno.

Aquella mujer de pueblo entrada en carnes había cogido cariño a la joven. Igual que Camila, no había tenido hijos y Margot le había despertado el instinto maternal. El hecho de que no vivieran sus padres le parecía que la hacía más vulnerable y, aunque estuvieran sus tíos y Camila, sentía la obligación de protegerla.

—¡Donde esté un buen tazón de leche que se quiten estos tés que toma tan a menudo! —refunfuñaba en voz alta—. Eso no alimenta nada.

Margot se echó a reír y la abrazó antes de sentarse a la mesa.

—Me tenéis muy protegida y me tratáis como a una niña pequeña. No os preocupéis tanto por mí.

Sonó el teléfono y Sátur fue hasta el despacho de Margot. A la vuelta, le dijo que había llamado el ayudante de Casares para decir que ya podía recoger sus trajes.

—Pues me acercaré esta misma mañana. Esta tarde tengo muchas cosas que hacer.

Camila se ofreció a acompañarla.

—¡Como quieras! —contestó la joven.

La ayudante inglesa se fue a su cuarto para vestirse y a los quince minutos ya estaba arreglada. Margot tuvo que hacer varias llamadas para sus trabajos de moda en Siluetas y sus reportajes pendientes como redactora de sucesos en El Caso. Siempre con la dualidad a cuestas. Al rato ya pudo salir de casa con Camila. El taller del modisto no estaba cerca para ir andando y fueron hasta donde la joven guardaba el coche descapotable. Quince minutos después, entraban en la calle Ayala, donde Casares tenía su atelier. A Camila le encantaba salir con Margot; ella apenas se atrevía a moverse sola por Madrid ante la dificultad de hacerse entender.

Llamaron al timbre y fue Juan Palomeque quien abrió. No se sabía nunca si el ayudante estaba contento o todo lo contrario. Había conocido a pocas personas tan inexpresivas como él. Bueno, Casares no le iba a la zaga. Nada más verlos, le daba un pellizco en el estómago. Un rechazo instintivo que no le había ocurrido en toda su vida con nadie más.

Hacía estas reflexiones mientras seguían a Palomeque por el pasillo. Las condujo hasta el vestidor y allí, con la ayuda de Camila, Margot se fue probando cada uno de los trajes que le habían confeccionado. Le quedaban como un guante, sin una sola arruga. Rozaban la perfección. Cuando finalmente Palomeque le acercó el vestido de noche y se lo puso, Camila se quedó boquiabierta.

Nunca la había visto tan bella y no supo disimular su sorpresa ante la mujer que tenía enfrente. No se había dado cuenta de que el tiempo había pasado demasiado rápido y que Margot ya no tenía nada que ver con la niña y adolescente que se esmeró en cuidar. Al salir de ese estado de ensimismamiento, le preguntó si lo llevaría en la fiesta de Aline Griffith.

—¡Sí! Creo que sí.

Palomeque, que oyó el final de la conversación, le dijo que tanto Casares como él también acudirían a la finca de la condesa de Quintanilla. Margot ya lo sabía, pero se hizo de nuevas. Justo cuando iba a cerrar la puerta del probador para quitarse el vestido, apareció Casares. Iba perfectamente de traje, como siempre, con su indispensable cinta métrica alrededor del cuello.

—¿He escuchado que llevará el traje a la fiesta de Aline?

—Sí. Eso tenía pensado.

—Pues una vez esté allí, se lo probaré de nuevo para que no lleve ni una sola arruga. Tiene que quedar perfecto.

—De acuerdo. Como usted dice, la tela habla. Es aún más bonito de como me lo había imaginado.

—¿Irá sola o acompañada?

—¡Sola!

Parker too. —Camila apuntó que el jefe de seguridad también iría.

—Sí, estará por allí un amigo muy especial que trabaja en la embajada española en Inglaterra.

—¿Es su novio?

Yes! —respondió Camila.

—No, en realidad no.

Margot miró enfadada a su medio madre. Camila no volvió a abrir la boca. Casares, más hablador que de costumbre, dijo que la finca Pascualete pertenecía a la familia del conde desde hacía más de setecientos años.

—Un lugar muy especial para recibir el solsticio de verano —concluyó el modisto.

—¡Y habrá luna llena! —dijo la joven de forma espontánea.

—A mí también me gusta observar la luna. Dicen que modifica las conductas de los humanos. Los vuelve más salvajes. ¿Usted que cree?

—No creo que la luna nos haga cambiar tanto a las personas. El que es bueno seguirá siendo una bella persona. Y el que es malo, con la luna, seguirá siendo una mala persona.

—Acaba usted de tirar por los suelos toda la literatura que existe sobre los licántropos, o sobre los efectos de las mareas, o sobre la importancia que tiene este astro tan cercano en las personas —bromeó el modisto.

—¿Es que usted se transforma en lobo cuando hay luna llena? —preguntó Margot, extrañada de ese amor por la luna al estilo de Parker.

—Bueno, lo verá en la finca Pascualete. Mi actividad se duplica.

—Mi… acompañante opina como usted. También es un apasionado del tema, así que podrán charlar sobre la luna el tiempo que necesiten —sugirió Margot—. El único satélite natural de la Tierra.

—Seguro que me espera una conversación interesante con su novio —dijo con una medio sonrisa, dirigida a Camila.

—No es mi novio…

Margot barajó si comentarle algo sobre el sacerdote Javier Cuadrado, puesto que extrañamente Casares estaba tan hablador. Finalmente se atrevió a hacerlo.

—Por cierto, me enteré en el funeral de la hija de los condes de Montesquinza que había sido monaguillo de don Javier Cuadrado. ¿De ahí viene su amistad?

A Casares le cambió el rictus; se quedó parado y sin saber qué decir. Carraspeó y finalmente contestó:

—No me gusta mucho hablar de esa etapa de mi vida, pero, efectivamente, lo conozco mucho…

Palomeque apareció al rescate y le dijo que había llegado otra clienta.

—La tengo que dejar. ¡Nos vemos en Pascualete!

Camila no llegó a entender qué se habían dicho, pero sí percibió la tensión. Margot quitó importancia a lo que acababa de suceder. Juan Palomeque le informó de que le enviarían los trajes a casa. Ella le dio su dirección. Se despidieron de él dándole la enhorabuena por el buen trabajo del taller.

—Sin Casares sería imposible que los diseños quedaran tan perfectos. A quien tiene que agradecérselo es a él —aseguró el ayudante.

—Lo haré.

Camila y Margot bajaron andando y, justo cuando salieron del portal, se atrevieron a hablar. La dama inglesa se había percatado de la tensión que hubo durante unos segundos en el ambiente y eso que no acabó de captar lo que había pasado. Precisamente le preguntó el motivo a la joven.

—Cuando alguien ha sufrido de niño, prefiere olvidarlo. Este es su caso. Se ve que el sacerdote lo acogió cuando su madre lo abandonó, pero lo mismo su ayuda no fue del todo satisfactoria.

Era evidente que hablar del cura había incomodado al modisto. Margot se preguntaba si don Javier habría sido muy duro con él y por eso se sentía tan incómodo. En realidad, lo único que tenía claro era que todos los caminos que habían investigado conducían al sacerdote. Sin embargo, no le acaban de cuadrar las cosas, era como si le faltaran demasiados cabos por atar. No quiso decirle nada más a Camila, quien ya estaba muy preocupada. A fin de cuentas, la joven periodista se iba a meter en la misma boca del lobo una noche de luna llena, en la finca de Aline. No tenía miedo, sino ganas de resolver todo ese puzle de sospechas y sospechosos.

Al llegar a casa, Margot se puso a escribir en la máquina hasta la hora de la comida. No tenía demasiada hambre y pidió comer solo el segundo: un pescado. Sin hacer sobremesa, regresó al despacho y continuó escribiendo. Camila le comentó a Sátur la tensión que había percibido en el atelier de Casares. Cuchichearon mucho en voz baja para que Margot no las oyera. Sobre las cinco de la tarde, la joven decidió irse a la casa de Aline. Tenía verdadera necesidad de leer el libro que estaba siendo un éxito entre los jóvenes en Francia. Cuando llegó al exclusivo hogar de la condesa, el mayordomo le contó que la señora no se encontraba en casa. Había salido a comer con su marido, recién llegado de París, y su invitado, el empresario estadounidense. Preguntó si Aline había dejado algo para ella y el mayordomo le sacó el paquete que estaba esperando. Dio las gracias y se fue rápidamente a su coche. En cuanto se sentó al volante, no lo pudo evitar y lo desenvolvió con curiosidad. Apareció ante sus ojos el libro que lo estaba revolucionando todo en Francia: Bonjour tristesse.

La novela comenzaba con una cita de Paul Éluard sacada de su libro La Vie immédiate. Y, en su primera parte, Sagan ya hablaba de que «a ese sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza». La protagonista tenía diecisiete años y en la primera página ya confesaba que había perdido a su madre cuando tenía dos años de edad. Eso golpeó directamente en el corazón de Margot.

Comprendía que ese desenfado al narrar los sentimientos de la adolescente y de las amantes de su padre es lo que unía a Sagan con la nueva generación. Era una novela atrevida. Los jóvenes querían leer sin tapujos ni paños calientes sobre la realidad que vivían. De repente, cayó en la cuenta de que las tres mujeres que habían sido asesinadas tenían algo en común: ninguna de ellas se sentía a gusto con la vida que llevaba. Todas tapaban un amor prohibido. Adiós tristeza. Buenos días tristeza. Mujeres amando a hombres con los que jamás se podrían casar. Mujeres que huían de la tristeza o tal vez la abrazaban.

La tristeza… Margot sabía bien lo que era ese dolor emocional que a veces la dejaba abatida, sin apetito y con unas ganas inmensas de llorar en silencio. Sus tíos habían conseguido sacarla de ese estado, a pesar de que, de forma recurrente, aparecía alguna nube por sus ojos. Echaba de menos a sus padres, y sus tíos solían decirle que era normal y que el tiempo lo curaba todo, pero tenía la sensación de que los años pasaban y no sanaba su herida.

Tuvo que interrumpir la lectura y sus reflexiones porque se le hacía tarde para pasarse por la comisaría. Fue en dirección a la Gran Vía y aparcó su coche en el garaje de la calle adyacente. Después, a buen paso, se fue caminando hasta la Puerta del Sol. Cuando entró en la brigada, había un gran revuelo. El inspector Gutiérrez le contó que el comisario Juan Bilbao había sido destituido por el ministro de la Gobernación, Blas Pérez González. Nadie sabía qué iba a pasar con la brigada y menos aún si ese cese iba a traer alguna consecuencia a Eugenio Benito Poveda.

—Estamos pendientes del nuevo nombramiento. De él dependerá que siga el comisario o no —informó Gutiérrez.

—Pero ¿qué ha ocurrido?

—La falta de resultados ante tantos crímenes ha exasperado al ministro y ha tirado por la calle de en medio. En el fondo, es una llamada de atención para que les demos resultados cuanto antes. Quieren detenciones y, sobre todo, que desaparezca en la ciudad esa sensación de inseguridad entre las mujeres de buena familia.

—Estamos cerca de dar con el asesino. Estoy segura.

—Quieren algo más que una intuición, Margot.

El comisario Benito Poveda salió de su despacho muy serio y con la cara desencajada, y les pidió a todos que siguieran trabajando en el caso. Estaba disgustado con todo lo que había ocurrido. Tenía una relación de amistad con Juan Bilbao y no sabía si el nuevo que entrara consentiría que él siguiera trabajando por allí, debido a su condición de jubilado.

—Inspectora Peters, pase al despacho, por favor.

Margot sabía que, si él estaba en una situación fuera de la legalidad, ella también acudía a trabajar sin siquiera pertenecer a la plantilla. Era una periodista que había empezado a colaborar con el comisario hasta que fue reclutada por él para llenar ese hueco que tenían en la brigada. No había mujeres y, según el comisario, convenía esa visión diferente de la delincuencia y esa forma de interrogar tan distinta al resto del equipo. Confiaba en su sexto sentido.

—Inspectora, ha llegado el momento de que se forme como investigadora. Imagínese que me destituyen, usted no podría completar su trabajo. La policía no se puede permitir perderla.

—Sí. Aquí estoy en una situación muy extraña para algunos compañeros.

—Si yo continúo, no habrá ningún problema, pero debemos curarnos en salud. Usted ha nacido para esto. No sé si lo sabe. Y el hecho de que ejerza como periodista le da un plus añadido.

—Gracias por sus palabras. Yo seguiré trabajando en el caso, don Eugenio. En los próximos días iré a la finca de Aline y tengo la corazonada de que allí podremos resolverlo todo. Solo necesito que dé un paso en falso, y será nuestro.

—Ya le dije que necesitamos que varios miembros de la brigada entren como camareros.

—Se lo voy a sugerir a Aline. Confío en que le parezca bien que le recomiende personal de apoyo para su fiesta del solsticio de verano.

—¡Adelante con ello!

Salió del despacho preocupada por el comisario. Le había cogido afecto. Nadie había confiado tanto en Margot como él. Y estaba dispuesta a arriesgarse para que finalmente dieran con el asesino y las cosas volvieran a su ser.

El único que sonreía con aquella situación parecía ser Morales, el amigo de José María de Vega, compañero de El Caso que tenía fijación con conseguir más información que ella en este asunto del asesino múltiple. Se le veía tranquilo, mientras que los demás parecían nerviosos y evidentemente preocupados.

Desde la mesa de Gutiérrez, Margot llamó a la condesa de Quintanilla. Enseguida se puso al teléfono.

—Aline, ¿no necesitarás camareros para tu fiesta? Un buen amigo me ha comentado que le gustaría ofrecerte sus servicios gratis con tal de que cuentes en sociedad que te ha gustado cómo lo hacen sus empleados —mintió.

—Pues no te digo que no… Creo que la fiesta va creciendo por momentos. Para que te hagas una idea, hasta el cura me ha dicho que viene. Toda ayuda es bienvenida.

—¡Será estupendo, verás! Te paso el teléfono de la empresa de mi amigo. Se llama Gutiérrez y solo podrás localizarlo por la tarde. Cede los camareros gratis con tal de que hagas propaganda de su empresa —insistió.

—Pero ¡qué maravilla! ¡Por supuesto! Ahora mismo lo llamo.

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