Luna roja
31. Todo preparado para el plenilunio
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Todo preparado para el plenilunio
El ministro de la Gobernación nombró a Jacinto Velarde, un experimentado policía catalán, nuevo comisario jefe de la Brigada Criminal. Lo primero que hizo, nada más llegar a la Dirección General de Seguridad, fue presentarse ante todos y pedir a Benito Poveda que no dejara su despacho. Todo lo contrario, le solicitaba trabajar conjuntamente en el caso del asesino de las damas. Para eso necesitaba que le pusiera al día de lo que estaba sucediendo. Comentó que se proponía reforzar el equipo con dos inspectores experimentados, que vendrían de Valencia y Bilbao, para sacar adelante ese asunto que traía a todas las autoridades de cabeza.
Jacinto Velarde llegaba con ganas de resolver rápido el caso y los trató a todos, a excepción de Benito Poveda, como si fueran principiantes. Esto generó mucho malestar entre los inspectores, sobre todo en Morales, que siempre estaba predispuesto al enfado y a llevar la contraria por sistema. Margot se quedó con la duda de si el nuevo comisario contaba con ella. Se acercó al despacho de don Eugenio en cuanto se quedó solo.
—Señor comisario, soy consciente de que mi situación es completamente anómala. ¿Seguiré como hasta ahora, investigando junto a usted?
—Sí. Le he dicho al comisario Velarde que necesitamos de su intuición. Le he contado que es novia del jefe de seguridad de la embajada española en Londres y que escribe para la revista Siluetas y el periódico semanal El Caso. Sabe que nos es muy útil. De todas formas, ¿sigue con la idea de prepararse de forma oficial?
—Mi idea es prepararme para poder estar aquí, pero tengo que ir haciéndolo poco a poco. No puedo cortar con el periodismo de golpe, mi familia no lo entendería.
—Lo sé, lo sé. De momento, parece que el nuevo comisario va a respetar tanto mi condición anómala como la suya.
—Me alegro mucho. Ahora mismo solo puedo pensar en este caso y no tanto en mi futuro. Si me permite, comisario, he podido hablar con Aline y llamará a nuestro teléfono para quedar en cómo hacer el traslado de los camareros que he ofrecido gratis.
Benito Poveda pensó unos segundos y tomó la decisión de quién acudiría a la finca Pascualete.
—Muy bien, muy bien… Irá Gutiérrez con bigote falso, para que nadie lo pueda reconocer, y también la acompañarán los policías de refuerzo que nos pondrán. Nadie los conoce, luego no habrá ninguna sospecha por parte de los invitados a la fiesta. Los inspectores Morales y Suárez y yo mismo seguiremos desde aquí el desarrollo de toda la operación. Mientras tanto, reformaremos la brigada e incorporaremos una mesa más para ubicar a los nuevos. Usted seguirá compartiendo mesa con Gutiérrez.
—Me parece bien. Creo que, a la vuelta de la finca de la condesa de Quintanilla, el caso estará resuelto. Seguiré bien de cerca al sacerdote. Tengo la corazonada de que allí encontraré la pista que nos falta y lo desenmascararemos.
—Un consejo: no se fíe de nadie. En esa fiesta, todos estarán muy expuestos a la zarpa del mal, incluida usted.
—Sé protegerme. Además, me llevaré el arma.
—Bien, pero, frente a un loco, puede que no sea suficiente.
Entre las cosas que abordaron también estaba el plan que seguirían con los inspectores que acudirían a la finca. Ellos se integrarían con el personal de Pascualete para no despertar sospechas. El problema para la seguridad era la enorme extensión de la finca rústica. En la reunión que mantuvieron los inspectores que iban a desplazarse, acordaron ceñirse a una única estrategia.
—El palacete y los movimientos del sospechoso serán la prioridad. Gutiérrez, usted no perderá de ojo a Margot. El resto seguirá al cura con cualquier excusa. Le pediré a Parker que se centre en el resto de los invitados, con mirada panorámica. Por el perfil del asesino, todo apunta a que la noche en la que ese monstruo podría volver a actuar es la del 20 al 21 de junio, cuando se produzca el cambio de estación, el solsticio de verano. Margot, usted procure no cometer imprudencias. Si nuestra intuición no nos engaña, debe saber que va a estar expuesta a los ojos del asesino por la mañana y por la tarde. Aunque sabemos que solo actúa de noche.
—Además, no se olvide de la luna —comentó Margot—. Es fácil presuponer que intentará matar de nuevo en este plenilunio, máxime con tanta expectación.
—Esa es la teoría de Parker, que no viene exenta de lógica —reflexionó el comisario en voz alta—. Deberán estar alerta, aunque, con la presencia de tanto invitado famoso y en un lugar sin escapatoria, tal vez decida no actuar.
—Pienso que será al revés. Supone todo un reto para él —manifestó Margot con seguridad.
—No podemos cometer ningún fallo. Al nuevo comisario jefe le están apretando desde arriba para que obtenga resultados —concluyó Eugenio Benito Poveda.
Margot salió de la reunión con el convencimiento de que aquel podría ser el momento de capturar al asesino. Todos sentían la carga de esa responsabilidad sobre sus hombros.
Los días posteriores estuvieron planificando los puntos de encuentro que tendrían los inspectores y Margot para intercambiar información diaria.
Entre tanto, Parker llegó a España y se pasó por la Dirección General de Seguridad para reunirse con el comisario. Este le puso al día del operativo y le explicó el riesgo que creía que iba a correr Margot en aquella finca, que se iba a convertir para ella en un lugar peligroso.
—Nuestras sospechas se centran en el sacerdote.
—Para mí, todo el que esté allí se convertirá en sospechoso —replicó Parker.
—Eso es, visión panorámica —insistió— de lo que allí suceda. Margot ha lanzado el anzuelo al sacerdote. Veremos si pica.
—Estaré atento a cualquier movimiento que parezca que se sale de la lógica. De estar ahí el asesino, volverá a actuar. Se crece con la luna llena. Y esa fiesta es para él como un caramelo para un niño, no se podrá resistir.
Por su parte, Margot y Parker quedaron para ultimar los detalles. Fue ella quien la previno de que en la finca lo presentaría como su novio. Pero le advirtió también de que intentaría tontear con cuantos invitados o camareros se prestaran al juego del coqueteo en su presencia. Pretendía provocar al asesino.
—¡Menudo papel me has asignado en toda esta trama! El novio tonto que no se entera de las infidelidades de su novia.
—Nuestra misión es capturar al asesino, y sabemos que la única manera de alterarlo es esa.
—Te aseguro que no te perderé de vista —advirtió Parker medio en broma.
—Está bien… Va mi seguridad en ello, pero Gutiérrez tiene específicamente esa misión.
—Me da igual. Yo actuaré con mi propio criterio, te lo puedo asegurar.
Aline organizó el viaje de tal forma que el refuerzo del servicio debía llegar a la finca Pascualete antes que los invitados. Por otro lado, citó a todos sus futuros huéspedes a las siete de la tarde del día 19 en Trujillo. Parker y Margot salieron con tiempo suficiente de Madrid. A las tres horas de abandonar la capital, ya entraban en Extremadura. Se percataron de ello porque percibieron un cambio en el paisaje, la naturaleza parecía más exuberante. Se alternaban bosques de alcornoques con campos extensos de amapolas rojas. Al cabo de unos minutos, vieron ante sus ojos una ciudad medieval fortificada. ¡Acababan de llegar a Trujillo! Habían quedado en la plaza Mayor, a los pies de la estatua de bronce de Pizarro. Y allí, desde la espaciosa explanada rodeada de antiguas arcadas y señoriales mansiones de piedra, se contemplaba el resto del pueblo, que había crecido hacia lo alto con un castillo amplio y voluminoso coronando el pueblo.
Los invitados, que iban llegando poco a poco, se percataban de la importancia que había tenido en la antigüedad ese territorio de conquistadores. Aline y su marido estaban esperando a que llegaran todos desde una hora antes. Las primeras presentaciones tuvieron lugar allí. A Margot, Ava Gardner le pareció especialmente cariñosa y simpática después del beso que se dieron. Sin duda era una de las mujeres más bellas que había conocido. Casares y su ayudante no tardaron en aparecer con su coche. En esta ocasión no parecían tan antipáticos. Margot les presentó a Parker como su novio. Casares quiso hacer una exhibición de su inglés con él, mientras hablaban de coches. Y llegaron dos empresarios norteamericanos; a uno Margot ya lo conocía. Habían mantenido una charla unas semanas antes en casa de Aline sobre el dinero de plástico que irrumpía con fuerza desde Estados Unidos. Los marqueses del Río Tormes y el conde de Briones, con su joven esposa inglesa, Mary, fueron los siguientes. También iban apareciendo coches con cantantes del cuadro flamenco de la famosa artista Lola Flores y dos actrices de cine norteamericanas no de tanta popularidad como Ava, pero tan atractivas como ella. Estaban invitados también varios cazadores amigos del conde de Quintanilla, que llegaron pasadas las siete de la tarde. Y, finalmente, apareció el hombretón de la iglesia, don Javier Cuadrado, al que Margot no quitaba el ojo de encima. El cura, ajeno a las sospechas de la joven, saludó a todos, incluida la periodista. Esta, en el momento en que estrechó su mano, sintió un pellizco en el estómago. Su mirada severa le parecía aterradora. Haciendo de tripas corazón, le presentó a Harry Parker como su novio. La estrategia estaba en marcha. El sacerdote se dirigió al jefe de seguridad:
—Vive usted fuera, ¿verdad?
—Sí, en Londres, pero vengo mucho a Madrid.
—No es bueno que los novios estén separados. La distancia es mala amiga del amor —comentó el sacerdote, acordándose de la confesión de la joven.
Aline, vestida con una elegante falda pantalón de color marrón, chaqueta verde y camisa blanca con corbata y sombrero, se dirigió a todos.
—Señores, están en la región que fue cuna de los más famosos conquistadores. A Pizarro, el descubridor del Perú, que nació en Trujillo; aquí lo tienen presidiendo la plaza a caballo. No muy lejos, en la villa de Medellín, nació Hernán Cortés, que fue verdaderamente importante en la historia de México. Podría hablarles de Balboa, que cruzó el istmo de Panamá y descubrió el océano Pacífico; también extremeño, por cierto. La lista de hombres con ansias de descubrir mundo es interminable. Por eso Trujillo está lleno de palacetes que se construyeron con la fortuna conseguida por sus hazañas al otro lado del mar. Estamos hablando del siglo dieciséis. Una joya para los amantes de la historia. Ahora sigamos hasta nuestra finca. Les pido que no se pierdan, porque les resultaría difícil llegar. Van a conocer Pascualete, el palacio más antiguo de esta región, perteneciente a la familia de mi marido.
Subieron a sus respectivos coches y siguieron al vehículo de los condes de Quintanilla, que encabezaban la caravana. Después de trece kilómetros por la carretera principal, torcieron a la derecha y tomaron un sendero de arena con numerosas piedras y chinos que hacía temer por las ruedas de los coches. La noche iba cayendo y el coche de Aline, que abría camino, serpenteaba por ese camino de cabras con el fin de evitar baches y árboles.
Finalmente divisaron un muro de piedra con un emblema inscrito en el mismo granito; entraban en la finca Pascualete. Un grupo de personas esperaba su llegada perfectamente uniformados y alineados a las puertas del palacete. Allí estaban los sirvientes que habían nacido entre aquellas cuatro paredes y el refuerzo de camareros que había llegado de Madrid. Todos rompieron en aplausos con la llegada de los invitados. Era todo un acontecimiento para ellos ver en persona a la actriz Ava Gardner.
—Señores, lo que les diga Primitivo va a misa —dijo Luis Figueroa, señalando al mayor de todos los empleados que estaban allí—. Bienvenidos a esta casa que ha pertenecido a mi familia desde hace siglos.
»Primitivo es el guarda de la casa, que, como su padre y su abuelo, nació aquí. Su mujer, María, también nos será de gran ayuda. Cocina como nadie. Ya quisieran muchos restaurantes de la capital elaborar platos de cuchara como ella hace. Tomen posesión de sus habitaciones y disfruten de su estancia.
María vestía de luto riguroso y tenía el pelo recogido en un moño tan estirado que era imposible que un solo pelo se desmandara.
Margot se fijó de reojo en Gutiérrez, que llevaba bigote poblado, y en los nuevos inspectores, que vestían exactamente igual que el resto del servicio: una levita de color verde con solapas marrones y botonadura dorada de arriba abajo a cada lado. Un chaleco y pantalón del mismo color marrón completaban el uniforme. Gutiérrez se encargó de conducir a Margot y a Parker a sus habitaciones. En un determinado momento, se dirigió a ella:
—Margot, estaré pendiente de tus movimientos. No vamos a permitir que te pase nada. Parker estará justo enfrente.
—¿A quién han puesto en la habitación de al lado? —preguntó Harry, también preocupado.
—A las actrices americanas amigas de Ava Gardner —contestó Gutiérrez—. Así lo ha dispuesto la condesa de Quintanilla.
Una vez que todos dejaron sus maletas y ocuparon sus habitaciones, comenzó la cena con productos de la tierra: jamón y queso como aperitivo. Después sirvieron un consomé y una pieza de caza de segundo. De postre, un flan hecho por María y muy alabado por todos.
Llegó el momento de pasar a otro salón para tomar una copa y poder hablar de forma informal unos con otros. Margot aprovechó para conversar con el empresario estadounidense que conocía. Después inició una conversación con Luis Figueroa y Aline. Acabó riéndose sonoramente con Ava Gardner, a la que pidió poder entrevistar al día siguiente, antes de almorzar. La actriz accedió encantada en ese ambiente distendido que había entre todos. Parker se acercó a ellas y terminaron fumando y bebiendo juntos. Margot se mojaba los labios, pero procuró no ingerir nada de alcohol. Debía estar completamente lucida. Igualmente, aprovechó para hablar con Casares sobre el vestido de noche que se pondría al día siguiente para recibir el solsticio de verano.
—Me gustaría darle al vestido un último retoque, quiero que sea impactante. Si le parece, me pasaré por su habitación unos minutos antes de la cena para ajustarlo bien —sugirió el modisto.
—Está bien —accedió Margot, conocedora del perfeccionismo del modisto.
El sacerdote no se quedó a la sobremesa. En cuanto terminó la cena, se fue a su cuarto. Margot no pudo hablar con él. Solo le dirigió alguna que otra mirada, siempre desde lejos. Con el que sí pudo conversar Margot fue con Primitivo. Cuando se acercó a él, le dijo que «era un gran día para los trabajadores de la finca de toda la vida».
El día siguiente iba a ser muy intenso y decidió retirarse también a su cuarto. Se despidió de Parker delante de todos con un beso en la mejilla y el jefe de seguridad se quedó un rato más con los invitados. El inspector Gutiérrez la acompañó hasta su habitación y le dijo que todo estaba controlado.
—¡Ciérrate por dentro con el pestillo y descansa!
—Muchas gracias. ¿Has visto que el cura me ha esquivado toda la noche?
— Sí, no le he quitado ojo y he visto todas sus reacciones. Me ha sorprendido que con Casares no haya hablado. ¿No eran amigos? —preguntó el inspector.
—Fue su monaguillo. Tienen una relación extraña. Hay cierta sumisión del modisto hacia el cura, pero la relación se nota que es tensa. Resulta raro…
Margot y Gutiérrez estaban hablando en voz baja cuando Casares apareció por el pasillo. Al pasar por su lado les dio las buenas noches. Se los quedó mirando descaradamente hasta que entró en su habitación, un par de metros más allá. Instantes después, apareció Palomeque. El ayudante pasó por delante de ellos claramente incómodo y, sin tan siquiera saludarlos, llamó a la puerta del modisto, que apenas tardó unos segundos en abrir.
—Creo que no es buena idea que nos sigan viendo hablar juntos. Aunque, por otra parte, puede parecer que hay cierta atracción entre los dos y es lo que pretendíamos. Mañana seguiremos atentos a los movimientos de Javier Cuadrado —comentó Gutiérrez.
—Eso es. Habrá que estar pendientes de todo y de todos. Será una noche muy difícil.
—Sobre todo para ti, Margot. ¡Cuidado! Yo no estaré muy lejos.
—Gracias por estar cerca. Pero aquí ninguna mujer está segura.
Margot cerró con cerrojo y, en cuanto se desvistió, se echó en la cama. Sacó el arma del bolso y se la puso bajo la sábana. Cerró los ojos, pero le costó dormirse. El sueño, finalmente, la venció.