Luna roja
32. Esperando a la luna
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Esperando a la luna
Llegó el día tan esperado. Margot solo pensaba en poder desenmascarar al asesino de damas. Por eso, no perdió el tiempo en elucubrar demasiado sobre cómo vestirse. Se puso una blusa blanca y un pantalón ancho de color negro. Así vestida, se proponía desafiar las viejas costumbres femeninas. Aline ya lo había hecho antes que ella. Ponerse un pantalón era más que llevar una prenda masculina, se trataba de la firme voluntad de no dar marcha atrás en la conquista de los derechos que hasta ahora no tenían las mujeres.
Para ese viaje, le había pedido a Camila la alianza que había pertenecido a su madre, y así fingir que estaba prometida con Harry Parker. Se la puso en el anular. Echó un vistazo al maquillaje que llevaba y salió de la habitación dispuesta a reencontrarse con los invitados.
Cerró la pesada puerta de veintiún cuarterones de madera de su habitación y bajó las escaleras con determinación. Era imposible no fijarse en la gran colección de platos de cerámica que estaban colgados en la pared. Una chimenea coronada de trofeos de caza presidía la planta baja, donde se encontraban el salón y el comedor muy rústico. La anfitriona de la casa le advirtió que en el campo siempre había que desayunar fuerte, máxime si iban a realizar una excursión. El inspector Gutiérrez, camuflado de camarero, le ofreció un par de huevos fritos, dos salchichas y un té con limón, como a ella le gustaba.
—Ha acertado de pleno —llegó a decirle.
—Sé que a los anglosajones les gusta desayunar de manera contundente —dijo disimulando.
—No se equivoca. Así es exactamente.
Poco a poco fueron apareciendo el resto de los invitados. El sacerdote, al verla sola hablando con el camarero, se sentó junto a ella. Margot volvió a sentir un pellizco en el estómago, como la primera vez que lo vio. Se ponía en marcha todo el mecanismo para que el pez mordiera el anzuelo.
—¿Y su novio? —preguntó el clérigo.
Vestía sotana a pesar de que Aline le dijo que intentara estar cómodo durante esos dos días de campo. No quiso bajarse de su condición de servidor de la Iglesia. Ejercería de párroco de San José hasta el final de su estancia allí.
—Mi novio —contestó Margot— debe estar recorriendo la finca de arriba abajo. Le gusta reconocer el sitio en el que estamos. Es un vicio que tiene como jefe de seguridad de la embajada española en el Reino Unido.
—Espero que superara aquel «problema» que me contó hace algún tiempo.
—Fuera del confesionario no me gusta hablar de ese tema. Se lo conté en secreto de confesión.
—Estamos solos y ahí quedará para siempre. De todas formas, creo que debe contener su instinto y ser más leal a sus compromisos.
Margot se sentía incomodísima hablando con él cuando estaba convencida de que era el asesino.
—Le dije que lo estoy intentando, aunque creo que, al fijarme en otros hombres, mi mente me está diciendo que mi prometido no es el hombre adecuado.
—Usted no tiene que pensar en nada. Es su novio y punto.
—Mire, don Javier, no pienso casarme si no estoy plenamente convencida de que se trata de la persona con la que deseo vivir toda mi vida. Antes de dar el paso, debo estar segura.
—Después de haber dicho blanco, resulta que es negro.
—El noviazgo es un momento para conocerse. Usted ya me está juzgando y Parker aún no es mi marido.
—Observo que viene usted con otra mentalidad; en España somos más recatados en todos los sentidos.
Margot iba a contestarle cuando Aline se acercó a ellos y les dijo que les estaban esperando para trasladarse a la excursión que tenían preparada. Margot se lo agradeció con la mirada. Se sentía absolutamente acosada por ese hombretón que tenía ya una idea preconcebida de ella. En el fondo, el cura estaba actuando según lo previsto.
Todos los coches estaban en la entrada para llevarlos al lugar de la cacería. A unos metros divisó el Lancia que conducía la propia Aline, y, a su lado, a Ava Gardner. Aline le hizo una seña para que las acompañara. Era la ocasión perfecta para entrevistar a la gran estrella. Margot sonrió y se acomodó junto a la actriz.
—¿Habías estado alguna vez en Extremadura? —Margot mantuvo con ella toda la conversación en inglés.
—No, es la primera vez —decía Ava—. Yo, de todas formas, adoro la naturaleza. Soy una chica de campo. Si cierro los ojos, me veo junto a mis hermanos jugando en Smithfield, en Carolina del Norte. Te confieso que nunca perdonaré a mi cuñado que pusiera mi foto en el escaparate de la tienda de fotografía que tenía. Si no llega a ser por ese cazatalentos que entró y preguntó por mí, aún seguiría viviendo entre los míos, y a lo mejor con dos o tres chiquillos. Hoy me miro al espejo y no sé en quién me han convertido, no me reconozco.
—Ava, todas las chicas de mi generación soñamos con parecernos a ti, pero da la impresión de que tú sueñas con ser una persona anónima.
—¡Exacto! Ese es mi sueño. Que me quieran por mí y no por quien sale en la gran pantalla.
Sin maquillar, la actriz estaba realmente guapa. Todavía resaltaban más sus ojos verdes. Tenía un hoyuelo en la barbilla que resultaba muy gracioso en las distancias cortas. Hablaron del amor y de lo poco afortunada que había sido la actriz con los hombres con los que se había casado. Mickey Rooney, el actor que gozaba de tanta popularidad, parecía un eterno adolescente. Al año de estar casada, se divorció de él. Después se enamoró del director de orquesta Artie Shaw, que siempre la despreció a nivel intelectual. También al cabo de trescientos sesenta días estaba divorciada. «Los hombres, en cuanto me ponen el anillo de pedida, se olvidan de mí y prefieren estar con cualquier mujerzuela», decía con un hondo pesar. Y, por último, habló del artista Frank Sinatra, con el que estaba casada desde hacía tres años. Eso sí, con una relación de lo más explosiva y tortuosa. Sus peleas eran conocidas por la policía, que se presentaba en su casa, en Estados Unidos, alertada por los vecinos. Sin embargo, eran incapaces de separarse. Se querían y se detestaban a la vez y con la misma intensidad. La distancia de los rodajes hacía más llevadera su relación. Pero Ava llevaba mal la soledad y pasaba la noche siempre acompañada. A veces, lo de menos era con quién. El caso era no pasar la noche sola. Últimamente se dejaba ver con el torero Luis Miguel Dominguín, que también estaba invitado a la finca Pascualete, pero que no había podido asistir. La actriz le habló de la película que se iba a estrenar ese año 1954.
—La condesa descalza, donde hago de una actriz y bailarina española, María Vargas. He tenido que aprender a bailar y creo que no se me da mal —presumió en inglés.
—¿Con quién has compartido protagonismo en el film?
—Edmond O’Brien, Marius Goring, Rossano Brazzi y Humphrey Bogart.
—¿Bogart? ¡Qué maravilla! —dijo Margot.
—Todo lo contrario. Es un ser despreciable, pero eso no lo pongas —bromeó—. Me hizo sentir la peor actriz del mundo. Es muy amigo de Frank y veía que la prensa española me relacionaba con unos y con otros. Fue un rodaje terrible. Tampoco me lo puso fácil el director, Joseph Mankiewicz. Se estrenará en septiembre. El argumento es un poco la historia de mi vida: actriz de éxito que solo tiene fracasos matrimoniales. Creo que eso nos pasa a los actores; parece que brillamos mucho, pero de puertas para adentro, en nuestro hogar, nuestra vida sentimental suele ser un desastre.
Charlaron sobre la vida y las personas. Ava le confesó que su gran frustración era «no haber encontrado al hombre adecuado para ser madre». Se dirigió a Aline y le dio la enhorabuena por la familia que había formado. «Ese es realmente el éxito», insistió la actriz. Margot vio que le estaba cambiando el tono de la voz y dio por concluida la entrevista, pero continuaron charlando de trivialidades incluso después de llegar al destino.
Caminaron por un terreno escarpado y salpicado de encinas hasta que alcanzaron una loma. Desde allí, los cazadores con sus escopetas se entregaron a la caza del faisán y no cesaron de disparar durante toda una hora. El resto escrutaba los campos de cereales y observaba cómo los rebaños de ovejas pastaban en la lejanía. Los camareros, un par de horas después, les ofrecieron un jerez, y todos los que no cazaban aceptaron. El ambiente era muy rústico y campestre. Después de varios minutos, cuando ya olía a pólvora, tuvo lugar el recuento y comprobaron quién era el que había cobrado más piezas. Sorprendentemente, Juan Palomeque fue quien obtuvo el mejor resultado. Casares, que no había disparado pero había estado de ojeador junto a él, se mostró orgulloso. El joven realmente disparaba con una gran maestría. Contó en el aperitivo que su familia era de campo y la caza le gustaba desde los ocho años, edad en la que apuntó con una escopeta a su primera presa: un conejo. «Donde pongo el ojo, pongo la bala», repetía orgulloso. Margot no le había visto nunca tan sonriente y hablador.
Aline explicaba a sus invitados que «la caza ha sido siempre la gran pasión de mi marido». Confesó que, al casarse, tuvo que enfrentarse al gran dilema de pasar seis meses lejos de su esposo o aprender y entusiasmarse también con esta actividad.
—Desde que restauramos la casa, organizamos grandes cacerías. Estáis todos invitados.
Una hora después, tuvo lugar la comida al aire libre. El cura de Trujillo, Juan Tena, se acercó para que Javier Cuadrado tuviera compañía eclesial. Allí cocinaron varias paellas, todas custodiadas por María, la mujer de Primitivo, que se llevó a dos jóvenes de la familia como ayudantes.
—Estos jóvenes no tienen ni idea de cocinar, pero pueden ayudarme como pinches. ¡Serán buenos camareros en el futuro, pero no están preparados para la vida! —protestaba la mujer.
Mientras tanto, Gutiérrez y los dos inspectores nuevos servían el aperitivo a los invitados. La mayoría pedía un martini con una aceituna en el interior. Estaba de moda entre la alta sociedad. Ava los bebía como si fueran agua. Margot disimulaba porque no bebía. Parker se tomó dos seguidos.
—Yo, como Winston Churchill, lo prefiero seco —comentó el jefe de seguridad.
—Pues yo, como Hemingway —dijo Ava en inglés—, con una alta proporción de ginebra, en lugar de la mezcla clásica.
Empezaron a discutir sobre si era mejor mezclado o agitado a lo James Bond, el protagonista de la novela de Ian Fleming que tanto éxito había tenido en su primer año de publicación. El agente especial del MI6, 007, actuaba como un engreído millonario en la novela Casino Royale. Margot pensó que sus compañeros, mucho más modestos, utilizaban como tapadera el trabajo de camareros. Cuando todo se resolviera, obtendrían tanto éxito como 007 en la ficción, pensó.
Margot estaba incómoda. Se sentía constantemente observada por el cura, que no le quitaba ojo desde lejos, ni a ella ni a Casares, con el que habló en más de una ocasión durante la mañana.
A María le salió muy rico el arroz y nuevamente su buena mano fue alabada por todos. Esta mujer reservada, enlutada y poco habladora tenía un don en la cocina. Parker y Casares hicieron un aparte para dialogar sobre la luna y la influencia sobre las personas. Los dos coincidían en que ejercía en los individuos un poder irrefrenable.
Los dos sacerdotes charlaban con el conde de Quintanilla de la finca y de los muchos antepasados que habían vivido en ella. Luis Figueroa les contó que, cuando empezaron a construir habitaciones y cuartos de baño en la casona de piedra, el nivel del agua que utilizaban bajó hasta límites preocupantes. Para la construcción de la piscina tuvo que buscar agua subterránea y no le quedó más remedio que acudir a su padre, el conde de Romanones, que era un experto zahorí.
—Aline no lo creía, pero, si hay agua, mi padre la encuentra. Y así fue: con dos agujas de hacer media de María y un cordel atado a cada aguja, empezó a buscar agua por toda la finca. De pronto, a ocho metros de la casa, señaló que el agua se encontraba en ese punto, a unos diez metros de profundidad. Y acertó.
El conde de Quintanilla confesaba que Pascualete se había convertido en su paraíso particular y las amistades que acudían le daban ideas. Incluso había mandado construir una pista de aterrizaje para avionetas, precisamente por sugerencia de uno de sus mejores amigos.
—Aline ha conseguido hacer un hogar de este palacio al que nunca veníamos.
Al hilo de lo que acababa de decir, el padre Javier Cuadrado preguntó al conde por el curioso nombre de la finca: Pascualete. Este le contó que, gracias a los libros que poseía el padre Tena, en Trujillo, se enteraron de que en el siglo XIII un tal Pascual Ruiz tenía una finca. No estaba casado y su casa siempre se encontraba repleta de amigos. Su sobrino era huérfano y se había criado con él. Al cumplir los dieciocho, lo mandó a estudiar a Salamanca y allí contrajo grandes deudas de juego. Para solventarlas, decidió vender la finca que tenía a su nombre sin decir nada a su tío. Pero este se enteró y montó en cólera.
—Imagínese el resto de la historia. El que mejor lo sabe es Juan Tena —señaló el conde.
—Me interesa mucho. ¡Cuénteme! —dijo Cuadrado al otro cura.
El sacerdote de Trujillo tomó la palabra y, finalmente, concluyó la historia:
—Pues, ya ve, son historias de pueblo. Según la ley no tenía derecho a vender nada sin permiso de su tutor, pero había firmado un contrato con los Orellana, la familia rival de esta zona. Uno decía que no era legal y los otros tomaron posesión de las tierras con caballos y hombres, ya que no estaban dispuestos a devolverle los terreros a Pascual. A partir de ese momento, las rencillas acabaron de la peor manera posible, con el asesinato de los hijos pequeños de ambas familias. Por un lado, murió el hijo de Pascual, al que tuvo tardíamente y llamaban Pascualete; por el otro, el hijo de los Orellana. Ya ven, aquí tuvieron lugar los asesinatos de dos inocentes. Ni se nos ha ocurrido cambiar el nombre.
—Bueno, no sigamos por ahí. Gracias a Dios, aquí estamos, siglos después. Miren, ya está el cuadro flamenco preparado para cantar —comentó Luis Figueroa, intentando que la conversación no continuara por esos fueros.
El guitarrista flamenco comenzó a rasgar la guitarra y las cantaoras iniciaron su cante. Los invitados se situaron en torno a ellos, sentados en sillas de tijera que habían desplazado desde la casona hasta el campo, donde se encontraban. La actriz Ava Gardner, que había aprendido a bailar flamenco para su última película, hizo una exhibición de arte delante de todos. Sus colegas norteamericanas, las simpáticas Betty y Mary, se animaron e intentaron imitarla, pero no poseían conocimiento alguno. Aline también se atrevió a bailar, igual que algunos de los invitados, los cazadores y los marqueses del Río Tormes. Margot prefirió seguir conversando con el empresario estadounidense, que, animado por la música y el exceso de vino, le hablaba a menos de un palmo de la boca. Parker prefería no mirar a su amiga, a sabiendas de que estaba provocando al supuesto asesino y, a la vez, le estaba dejando a él un papel ridículo de novio traicionado. También se fijó en que la periodista se había puesto en el dedo anular una alianza; todo allí formaba parte de la representación que habían iniciado el día anterior.
El jefe de seguridad examinaba a todos y no tenía tan claro que aquel hombretón, párroco de la iglesia de San José, fuera el asesino múltiple que estaban buscando. Lo observaba de lejos y, aunque era cierto que no dejaba de mirar a Margot, sus ojos no le parecían los de un homicida. Sí poseía varias características que coincidían con las personas que amaban el mal: la fascinación por el poder y el control. Diría que también un retorcido sentido de la autoridad. Incluso el egoísmo podría ser su talón de Aquiles. Parker recordó que los asesinos siempre se suelen quedar con un trofeo de sus víctimas. A las jóvenes asesinadas les faltaba el dedo anular, donde se llevan las alianzas. Se preguntaba dónde podría tenerlos escondidos, si él era el autor de los crímenes. ¿Tal vez en algún rincón de la iglesia?
Era consciente de que los asesinos podían ser encantadores en ocasiones. Esa cuestión le atraía sobre manera. La había estudiado ampliamente en Inglaterra, pero nadie la había narrado nunca mejor que Robert Louis Stevenson a finales del xix, al describir la bondad y el altruismo del doctor Henry Jekyll y la misantropía y la crueldad de Edward Hyde. Un trastorno mental perfectamente definido en su libro. El dualismo o la multipersonalidad eran posibles: el doctor Jekyll ejercía el poder sobre Hyde hasta que, en un determinado momento, fue al revés. Eso provocó su final.
Mientras el resto cantaba y bailaba, Parker se acordó de algo que comentó con el comisario Benito Poveda: los asesinos podían ser personas involucradas con la comunidad en la que viven. Incluso se presentaban a veces ante la gente como personas serviciales, modélicas. El sacerdote, ciertamente, reunía todas las características salvo los ojos perdidos, saltones o de párpados caídos de algunos asesinos. También se dijo a sí mismo que no había un patrón exacto y común a todos.
El jefe de seguridad se acercó a hablar con Margot, una vez que esta se deshizo del empresario. Había estado toda la mañana y la sobremesa esquivándolo. Tardó en lograr hacer un aparte con ella.
—Cuando regresemos a la casa para prepararnos para la fiesta, empezará el peligro. ¿Seguro que no quieres que me vaya contigo a tu habitación? —insistió Parker.
—No. Lo que quiero es que venga el asesino a mi habitación. Deseo acabar con este caso cuanto antes. Me voy a exponer, pero sé defenderme. Solo pienso en su detención y en poder llegar a la comisaria con resultados.
—No bajes la guardia y, sobre todo, no des la espalda jamás a nadie. Acuérdate: patada en la entrepierna y el codo al estómago de tu adversario con toda la fuerza que tengas.
—Así lo haré.
Regresaron al palacete, junto al resto de invitados. Los anfitriones volvieron a ofrecer una copa antes de subir a descansar, después de toda una jornada en el campo. Todos debían prepararse para la fiesta del solsticio de verano. «El momento de máxima inclinación del eje de la Tierra hacia la estrella de su órbita. El momento en el que el Sol va a alcanzar su mayor altitud», comentó Harry Parker antes de que todos subieran a sus habitaciones. Iban a vivir el día más largo del año en aquella finca, y el más bonito a la vez.
Antes de irse a la habitación, el ayudante de Casares preguntó a Margot por la hora en que pensaba vestirse, para que el modisto revisara cómo le encajaba el traje.
—¡A las nueve espero a Casares! —contestó.
Se despidieron todos y se retiraron a las habitaciones a descansar. Quedaron en bajar al salón dos horas más tarde para vivir la fiesta de la llegada del verano. Los inspectores camuflados de camareros, así como Margot y Parker, sabían que era la noche en la que el asesino querría actuar. Pero la duda que tenía el jefe de seguridad de la embajada era si, como pensaba la periodista, el asesino se encontraba definitivamente entre los invitados.
Margot cerró la puerta de su cuarto. Dejó la pistola cerca, debajo de la almohada. Imposible cerrar los ojos. Solo podía pensar en el momento en que el asesino llamara con los nudillos para que ella le abriera el paso y entonces… En ese instante, alguien tocó sigilosamente a la puerta. La joven se sobresaltó. Cogió la pistola, se la puso en la parte de atrás del pantalón y se sacó la blusa por fuera. Tragó saliva y abrió. Al ver a Gutiérrez, respiró hondo.
—Traigo una limonada de parte de la marquesa, para mitigar el calor.
—Muchas gracias, pero no hace falta.
—Sé dónde se encuentra la copia de las llaves de todas las habitaciones —informó el inspector—. Están en un pequeño mueble del pasillo. En una especie de descansillo.
—Ya veremos si tenemos que utilizarlas —comentó en voz baja—. Lo mismo no hace falta.
Con una seña le indicó que despejara el pasillo cuanto antes. Sus ojos hablaron por ella. Gutiérrez se retiró todo lo rápido que pudo.
A los pocos segundos, alguien volvió a tocar la puerta. Estaba convencida de que era Gutiérrez de nuevo, pero se encontró con Casares perfectamente vestido de esmoquin.
—Me gusta ser puntual. Si se prueba el vestido ahora, me bajo cuanto antes al salón.
—¡Por supuesto! Pase y acomódese. No tardaré mucho.
Cogió del perchero el vestido y se fue al baño a ponérselo. Al salir, dejó la pistola debajo de su ropa, bien tapada. Cuando se vio en el espejo, pensó que no necesitaba ningún arreglo. Salió del lavabo y se encontró con Casares de pie, esperándola. Parecía nervioso.
—Creo que al vestido no le hace falta ningún arreglo —dijo la joven.
—Voy a ver… Dese la vuelta. —Casares observaba minuciosamente la caída del traje.
Margot pensó que su obsesión por la perfección era enfermiza. No entendía qué era lo que tenía que comprobar, si el vestido le encajaba perfectamente.
De repente, sonaron otros golpes en la puerta. Margot le pidió disculpas y abrió de nuevo. Esta vez eran el ayudante de Casares, Juan Palomeque, seguido del sacerdote Javier Cuadrado.
—¿Se puede saber qué hacen aquí? —dijo el modisto, alterado.
—Don Javier me ha pedido insistentemente que le localizara y he pensado que estaría aquí. —Palomeque, en presencia de la gente, lo llamaba de usted.
—Padre, ¿qué es lo que quiere? —preguntó el modisto, cada vez más molesto.
—Te estaba buscando para ir juntos a la fiesta —aclaró el cura. Después miró a Margot de arriba abajo—. Muy guapa, ciertamente.
Margot sintió un escalofrío cuando observó cómo la miraba. Este encuentro a cuatro dejó descuadrado a Casares, y a ella también. No sabía qué hacer cuando, además, se abrió la puerta de enfrente, donde se alojaba Parker.
—¡Cuánta gente esta noche en tu habitación, querida!
—Bueno, en realidad ya me iba —comentó Casares—. El traje está bien, a falta de pequeñas minucias. ¡Quizá en otro momento!
—Está bien —dijo Margot con cierta frustración. Sentía que había perdido una oportunidad de cazar al asesino por culpa de la visita del modisto.
—Dame unos minutos —pidió a Parker, y volvió a cerrar la puerta cuando se fueron todos.
—Margot, llama a mi puerta cuando estés lista —susurró el jefe de seguridad desde el otro lado del pasillo.
La periodista permaneció unos minutos inmóvil junto a la puerta por si regresaba el sacerdote. Al ver que no lo hacía, se fue al baño, se recogió el pelo, se dio colorete y se pintó los labios de rojo. Justo al salir del baño, sintió un golpe seco y rotundo en la cabeza. Todo se volvió negro.