Luna roja
33. La intuición de Parker
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La intuición de Parker
Hacía más de media hora que deberían haber bajado a la fiesta y Margot no había aparecido. Harry Parker empezaba a preocuparse. Llamó a la puerta de la habitación de su amiga, pero no obtuvo respuesta. Lo intentó de nuevo. Esta vez con cierto nerviosismo en su voz ante esa intuición que siempre le ayudaba a resolver casos y descubrir enigmas.
—Margot, soy Harry. ¿Continúas arreglándote? ¡Ábreme!
Puso la oreja en la puerta y le pareció oír un ruido. Era muy raro que la periodista no contestara. Algo estaba sucediendo. Comenzó a dar golpes con su cadera en la puerta de madera maciza hasta que finalmente pegó una patada y la cerradura cedió.
Margot yacía en el suelo con un golpe tremendo en la cabeza, del que manaba sangre. Comprobó si tenía pulso y vio que era muy débil. La ventana estaba abierta y se asomó por si todavía podía ver a la persona que había huido por ahí. Era un primer piso, tampoco hacía falta ser un gran atleta, teniendo en cuenta que un toldo se interponía entre el suelo y la ventana.
Colocó a Margot boca arriba y apoyó la cabeza de la chica sobre su pierna derecha. Comenzó a hablarle sin ningún éxito. Lo primero que hizo fue taponarle la herida por la que brotaba una gran cantidad de sangre y empezó a gritar:
—¡Un médico! ¡Un médico!
El conde de Briones, que caminaba en ese momento por el pasillo, acudió presto a la habitación de donde salían los gritos del jefe de seguridad. Tras observar a la joven en el suelo con la herida en la cabeza, se fue solícito a pedir ayuda a los dueños. A los pocos minutos, aparecieron Luis Figueroa y Aline Griffith, que mandó a Primitivo a llamar al médico del pueblo.
—Vaya a caballo a por don Sebastián, ¡lo más rápido que pueda! —solicitó la condesa con verdadera ansiedad.
Aline pensó que la sangre era por el impacto de la caída contra el suelo, pero Parker sabía que alguno de los invitados había intentado matarla. Le pidió a la condesa que lo sustituyera y que siguiera presionando la herida.
El jefe de seguridad bajó las escaleras a gran velocidad. Quería ver las caras de los que estaban en la fiesta y encontrar en la mirada de alguno de ellos al asesino. Todos parecían ajenos a lo que acababa de acontecer en la habitación de Margot. El cuadro flamenco se preparaba para volver a cantar, mientras que las americanas, Betty y Mary, cogían sitio. Juan Palomeque escuchaba muy atento las palabras de Ava Gardner, que se reía sin parar de lo que le decían sus amigas actrices. Casares se encontraba en la terraza, observando la luna. Fumaba un cigarrillo con la mano derecha mientras parecía que se sacudía los pantalones del esmoquin con la izquierda. Todos estaban relajados, como si en el piso de arriba no hubiera ocurrido nada.
El sacerdote irrumpió en el salón con la respiración entrecortada. Parker se fijó de inmediato en que llevaba el lateral de la sotana manchado de blanco y se dirigió a él.
—¿De dónde viene, don Javier? ¿Me puede decir cómo se ha manchado la sotana? —Su tono era agrio y mal encarado.
—¿Qué dice? Vengo de la cocina y, no sé… —dijo mirándose la ropa—, me he debido manchar de harina. Estaban haciendo pan y…
—¡No me mienta! —exclamó nervioso el jefe de seguridad—. Usted se ha manchado al saltar por una ventana. Se ha rozado con la pared al caer del toldo al suelo.
—Pero ¿qué está usted diciendo? No entiendo nada.
Sin perderlo de vista, Harry gritó el nombre del inspector que estaba en la fiesta, camuflado entre los camareros.
—¡Gutiérrez! ¡Rápido! ¡Vengan!
El policía dejó las bandejas que estaba pasando entre los invitados en la mesa principal y se fue rápidamente a donde se encontraba Parker con el sacerdote.
—Este señor acaba de intentar matar a Margot. Está muy malherida.
—¿Cómo? ¿Qué le ha pasado a Margot? —dijo Gutiérrez, confundido.
—Han ido a por un médico. Todavía está inconsciente. Le han golpeado con algo contundente en la cabeza. He debido pillar a este monstruo con las manos en la masa, intentando ejecutar a su nueva víctima.
—No sé qué está diciendo. ¿Qué le ha pasado a su prometida? —preguntó el cura, sorprendido.
—No le voy a decir lo que le ha pasado, porque usted lo sabe perfectamente.
—Le juro que no sé a qué se refiere. ¿Está grave? ¿Sobrevivirá?
—¡Menudo cura! Sí, sobrevivirá, pero usted irá a la cárcel.
—Yo no he hecho nada. Le aseguro que…
—¡Queda usted detenido por el asesinato de tres mujeres y el intento de asesinato de otra joven! —Otro de los agentes camuflado de camarero pronunció las palabras de forma mecánica mientras le ponía las esposas.
—Pero ¿cómo puede pensar que yo…?
El sacerdote se calló por completo al ver que Pedro Casares se abría paso entre los invitados que se habían arremolinado en torno a él, siendo testigos de la escena. Desde la terraza, se había percatado de lo que estaba ocurriendo al oír chillar a las actrices y observar que los invitados hacían un corrillo mientras sujetaban una copa de vino que acababan de servirles los camareros. El anfitrión, Luis Figueroa, que justo había bajado de la habitación donde se había quedado Aline con Margot a la espera del médico, les sugería que pasaran al salón y que dejaran actuar a la policía. María, con la ayuda de sus sobrinos, intentaba recomponer el plantel de camareros y atender a los atónitos asistentes.
Parker trasladó al sacerdote a una habitación contigua a la cocina, mientras que los inspectores dejaban sus trajes de camareros y regresaban solícitos para llevárselo a Madrid.
—¡Es un error lo que están cometiendo! —insistía el sacerdote.
—Mejor que no diga nada, ya tendrá la oportunidad de hablar en comisaría.
Gutiérrez, ya cambiado, se hizo cargo del detenido.
—Yo me quedo con Margot —dijo Harry en voz alta.
—¿Qué le ha ocurrido a su prometida? —preguntó Casares, que se había quedado a distancia como testigo mudo de aquella operación policial.
—Está gravemente herida.
Casares volvió a encender un cigarrillo.
—¡Pedro! Tú, mejor que nadie, sabes que no tengo nada que ver —aseguró el sacerdote elevando la voz—. Diles que están cometiendo un error.
—Desde este momento, no vamos a decir nada a nadie —ordenó Harry a Casares—. Y a usted, don Javier, le aconsejo que no hable si no es en presencia de su abogado —dijo tajante el jefe de seguridad.
El inspector Gutiérrez se lo llevó esposado al coche en compañía de los otros dos inspectores. Una persona del servicio se prestó a coger un caballo de las cuadras e indicarles el camino de salida, difícil de encontrar para que quien no conocía esos parajes, sobre todo en mitad de la noche.
Salieron de la finca sorteando baches, árboles y piedras, y se cruzaron con el coche del médico de Trujillo, que conducía a una gran velocidad a pesar del mal estado de la carretera. Gutiérrez apretaba los puños, sentado al lado del sacerdote, mientras le oía decir una y otra vez que era inocente.
—¡Cállese de una vez! ¡Menudo sacerdote de pacotilla! ¿Por qué las mata? Usted está por encima del bien y del mal, ¿no es así?
—Yo no tengo nada que ver, se lo aseguro.
El cura comenzó a rezar, emitiendo un murmullo ininteligible. Oraba para él con cierta resignación. Fue así durante todo el camino hasta la capital.
Mientras tanto, el médico llegó a la finca Pascualete en compañía de Primitivo, que había dejado el caballo en Trujillo para guiarle en mitad de la oscuridad. Nadie como él conocía esos parajes, por los que podría ir a ciegas. Una vez en el palacete, le condujo hasta el primer piso, a la habitación diecisiete, donde se encontraba Margot en el suelo, tal y como había pedido Parker. «Solo la puede mover un médico», había dicho. Aline seguía presionando la herida. No se había movido del lado de su amiga en todo el tiempo.
—Déjeme ver, señora condesa —pidió el médico.
En cuanto dejó de presionar, la sangre comenzó a brotar, pero ya no con tanta fuerza como cuando la descubrieron en el suelo. Lo primero que hizo el médico fue limpiar la herida y observar el golpe que había recibido. Inmediatamente la desinfectó y le puso varias gasas sobre la brecha y una venda bien apretada para que dejara de sangrar. Margot seguía sin volver en sí, pero su pulso ya no era tan débil.
—Tiene una conmoción cerebral. En cuanto recupere el conocimiento, observaremos hasta qué punto le ha afectado el golpe —explicó el doctor.
—¿Y la marca en el cuello? —preguntó Aline.
El médico la observó y no supo qué decirle. Parker, que había entrado en la habitación tras el doctor, los sacó de dudas.
—Han intentado estrangularla después de golpearla con un objeto contundente —comentó el jefe de seguridad, que observaba desde una distancia corta al médico.
—¿Cree que han intentado matarla? ¿No ha sido una caída fortuita? —repreguntó la condesa.
—No, no lo ha sido. Han ido a por ella.
—Señores, preferiría que guardaran silencio —replicó el médico—. Ella no ha perdido el sentido del oído.
Aline se retiró a cambiarse. Para ella la fiesta había concluido. Su marido, Luis Figueroa, atendió a los invitados. En sus caras se podía percibir mucha preocupación. Ava Gardner fumaba sin parar y Pedro Casares estaba sentado y cabizbajo. Juan Palomeque se encontraba al lado del modisto, también sin pronunciar una sola palabra. Había mucho desconcierto y muchas dudas sobre lo que había sucedido. Todos habían sido testigos de cómo detenían al cura, acusado de tres asesinatos y del intento de acabar con la vida de la joven Margot. ¡Lo que había ocurrido era difícil de digerir! La preocupación por el estado de salud de la joven era la única conversación que se escuchaba entre los asistentes.
En el primer piso, el médico, con la ayuda de Parker, trasladó a Margot del suelo a la cama. El doctor sugirió ponerla de lado y acompañarla permanentemente hasta que despertara.
—Conviene hablarle mucho. Me quedaré por aquí para poder asistirla en el momento en que se despierte —se ofreció el doctor.
—Baje a tomar algo. Yo estaré junto a ella. No pienso moverme —dijo Parker, desencajado y con el puño derecho de la camisa manchado de sangre.
María, a petición de Aline, entró en la habitación con la idea de ordenar todo un poco después de lo que había sucedido. Sugirió a todos que la dejaran a solas para ponerle el camisón a la joven y quitarle el traje de noche que no había llegado a lucir.
Al cabo de varios minutos, se oyó un grito y entraron Parker y el médico de nuevo a la habitación.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Harry.
—¡Una pistola… en el baño…, entre las cosas de la joven! —alcanzó a decir María.
—No se preocupe. La he dejado yo ahí. ¡Perdone! —respondió Parker para no desvelar que era de ella. La cogió y se la puso en la parte de atrás del pantalón.
—No me gustan las armas. ¡Me parecen peligrosas hasta cuando nadie las empuña! —dijo la mujer, todavía nerviosa.
Parker la tranquilizó y la invitó a irse de allí, una vez que Margot ya tenía puesto el camisón y se encontraba cubierta con la sábana de la cama. Volvió el jefe de seguridad a ponerla de lado, tal y como la había dejado el médico.
—¡Margot! ¡Tienes que hacer por despertarte! Soy Parker.
El jefe de seguridad le acarició la mano y no paró de hablarle. Se preguntaba con qué la habría golpeado el sacerdote. No había visto allí nada con lo que pudiera haberlo hecho. No habían cacheado al cura, lo mismo escondía el arma bajo la sotana, en alguno de los bolsillos del pantalón que solían llevar los curas bajo sus largos faldones. Cuando Aline regresó ya cambiada, Parker volvió a pedirle que se quedara junto a Margot.
—Debo hacer una llamada. Por favor, no la deje sola bajo ningún concepto.
—¡Por supuesto! Pídale a Primitivo que le lleve donde está nuestro teléfono.
Nada más ver al guardés, con su cara enjuta, severa, y con los surcos en la piel que le había dejado el sol durante años, le pidió un lugar discreto donde poder hacer la llamada. Desde allí, solicitó a la operadora una conferencia con Madrid. Al cabo de diez minutos, conectaban el teléfono de Pascualete con la Brigada Criminal. Cuando se puso el comisario, le dio la noticia.
—Señor comisario, soy Parker. Van para Madrid Gutiérrez y los inspectores de refuerzo con el sacerdote Javier Cuadrado detenido. Tristemente no hemos llegado a tiempo y Margot está malherida.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó con preocupación—. ¿Qué ha pasado?
—Ha intentado asesinar de nuevo. Margot estaba en lo cierto. Y su plan era perfecto… Tanto que ha ido a por ella. Lo pillamos in fraganti, pero, cuando conseguí entrar en la habitación, el cura ya había saltado por la ventana y Margot… —La voz de Parker sonaba entrecortada—. Nuestra Margot ya estaba inconsciente. ¡Maldita sea!
—¿Ha confesado?
—¡No! Incluso insiste en que es inocente.
—¿Le vio usted saltar por la ventana?
—Ciertamente, no.
—Pero entonces ¿qué pruebas tiene contra él, Parker?
—¿Pruebas? ¡Margot siempre dijo que era él! Dijo que atacaría y atacó, y…, y su sotana estaba manchada, seguro que se ensució con la cal de la pared al saltar por la ventana.
—Si no lo pilló con las manos en la masa y si no ha confesado, tendremos un problema —concluyó el comisario.
—¡Ha sido él! Se lo aseguro. No le quitaba ojo a Margot. —Parker no se daba por vencido—. Y antes de que le asestara el golpe tremendo en la cabeza, se presentó en su habitación con la excusa de querer encontrarse con Casares, que le estaba probando el vestido que le había hecho. Lo vi muy nervioso durante todo el día. Acabará confesando.
—Eso espero. Ayudaría mucho encontrar el arma con la que intentó matar a Margot. Tendrá sus huellas dactilares. Esas huellas son únicas e intransferibles, y ante eso un juez no podría poner ningún pero.
—Buscaré el arma hasta debajo de las piedras.
Cuando colgó al comisario, sabía lo importante que era para la investigación la aplicación de la dactiloscopia. En Gran Bretaña, el antropólogo inglés Francis Galton fue uno de los pioneros del estudio científico de las huellas dactilares y, de hecho, los policías que se formaban para ingresar en Scotland Yard aprendían su método basado en las impresiones dactilares.
Parker había estudiado este sistema de identificación y sabía que obtener una huella era clave para la resolución de un caso tan complicado como ese. Antes debía encontrar a toda costa el arma o el objeto contundente con el que habían golpeado a Margot. Estuvo buscando y no vio nada extraño. De pronto, al entrar en la cocina de donde vio salir al sacerdote Javier Cuadrado, observó una colección de objetos de bronce, entre ellos varios morteros de diferentes tamaños apoyados en el armario de la despensa. Uno, que sobresalía por su gran tamaño, tenía un pilón tan grande como una porra, pero de bronce. Pensó que ese objeto en realidad podía convertirse en un arma peligrosa fuera de la cocina. Preguntó a María si había más por la casa y esta le dijo que había uno en cada habitación, porque formaban parte de la colección de objetos antiguos de la señora.
Parker recordaba las palabras del comisario. Necesitaba una prueba que señalara directamente al sacerdote, pero en realidad no tenía nada. Debía aparecer el arma con la que habían golpeado a Margot y rebuscó por las habitaciones de los invitados. Primitivo fue abriéndolas una a una con las dobles llaves que poseía en la finca. En todas había objetos antiguos de metal, aunque lo que más abundaba eran los morteros. No encontró nada, salvo que echaron en falta la llave número 17, que correspondía a la habitación de Margot. En realidad, no hacía falta, porque con la patada que dio él mismo hizo saltar la cerradura. Regresó a la habitación de Margot, donde se había producido la agresión. La joven había sido trasladada a la suya, justo enfrente, ya que tenía cerradura y estaba en perfectas condiciones. Por lo tanto, pudo registrarla minuciosamente. Se fijó en el gran mortero que había en ella, al que le faltaba la maza de bronce. ¿Cómo no había caído en la cuenta?, se dijo. El agresor había entrado en la habitación después de robar la llave. Lo hizo sigilosamente y esperó con la maza del almirez en la mano a que la chica saliera del baño. Así es como la golpeó a traición. Se preguntaba si Margot habría visto la cara de su agresor antes de perder el conocimiento. De ser así, sería el mejor de los testimonios cuando volviera en sí.
Llamó a la que todavía era su habitación, sin usar la doble llave. Aline seguía al pie de la cama, confiando en que su amiga recuperara el conocimiento. Parker la relevó de nuevo.
—Dime la verdad, ¿sabíais que esto podía ocurrir? De repente los camareros eran policías. Margot, agredida. No entiendo nada.
—Entraba dentro de lo posible. El asesino de las damas se movía en vuestro ambiente. Pensábamos que había que reforzar tu seguridad, pero ya no hay nada que temer. Está detenido.
—¿Piensas que el cura es el asesino? Me cuesta creerlo, por más que le doy vueltas.
—Todo hace pensar que sí.
Aline se fue del cuarto muy seria. Parker comenzó a hablarle al oído a la joven.
—¡Margot! Necesito que vuelvas con nosotros. El peligro ya ha pasado. Estoy aquí y no voy a permitir que te pase nada.
Pasaron unos minutos y volvió a hablarle mientras le acariciaba el pelo.
—¡Margot! No sabes lo importante que eres para mí. Nunca te lo había dicho antes. ¡Vuelve, regresa! No te quedes en ese limbo del que te cuesta salir. ¡Inténtalo! ¡Puedes hacerlo!
Se dio por vencido y dejó de hablar. Minutos después, Margot comenzó a mover un dedo de la mano. Lo percibió después de un rato observándola.
—¡Margot! ¡Lo estás haciendo muy bien! ¡Abre los ojos!
Y la joven los abrió. Parker salió al pasillo y gritó para que alguien avisara al médico.
—¡Has vuelto! —Besó su mano. Estaba realmente emocionado—. ¿Pudiste ver la cara del asesino?
—¿Cómo? ¿De qué me habla? No le entiendo nada. ¿Dónde están mis padres?
—Margot, soy yo, Parker. ¿No te acuerdas de mí?
—¿Le conozco? —Su cara de confusión lo decía todo.
—Sí, soy el jefe de seguridad de la embajada de España en el Reino Unido. ¡Somos novios a todos los efectos!
—¿Novios? Yo no sé quién es usted…
Parker la miró con desesperación y llamó de nuevo a voces al médico. Al rato, don Sebastián regresaba con su maletín. «Es un gran paso el que acaba de dar para su recuperación», decía. Tampoco le extrañó que hubiera perdido la memoria.
—La amnesia normalmente implica olvidar aquello que causó la conmoción cerebral, pero, a veces, la memoria puede jugarte una mala pasada y no recuerdas todo lo que tiene que ver con tu vida. Voy a examinarla.
Le observó el fondo del ojo, le hizo seguir su dedo con la mirada, tocarse la nariz, todo parecía estar correcto. Sin embargo, la joven no fue capaz de decirle qué hacía allí, en Extremadura, y ni tan solo supo recordar su apellido.
—Es más severo de lo que creía. Debería ir a Madrid para que le hagan una revisión en el hospital Clínico San Carlos —sugirió el médico—. Ahora mismo llamaré a mi amigo Sainz de la Mata para que la trate nada más llegar.
—Habrá que pedir una ambulancia.
—Sí, es necesaria.
Parker se fue de nuevo al cuarto donde estaba el teléfono y la solicitó. Estaba frustrado e indignado. Su amiga no solo había olvidado el momento del golpe, sino que no recordaba ni tan siquiera quién era ella ni quién era él.