Luna roja
34. El primer recuerdo
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El primer recuerdo
Por la mañana se organizó todo para trasladar a Margot en ambulancia de Extremadura a Madrid. Antes de que saliera de Pascualete, sus tíos ya estaban avisados de la gravedad de su estado de salud. Parker había llamado a la embajada española en Londres y les había informado, omitiendo algunos detalles, de la noticia. Por su parte, Camila y Sátur se enteraron de la conmoción cerebral de la joven por Frances, que en realidad fue la primera en recibir la información de la lesión de su sobrina. El jefe de seguridad le explicó que «era un tipo de lesión que implicaba una pérdida de la función cerebral normal». Su recuperación podría tardar varias semanas, según siguió contándole: «Hasta que otras partes del cerebro aprendan a gestionar algunas de las funciones de la zona dañada».
La tía Frances tuvo que esperar veinticuatro horas para poder regresar a España. Julián, sin embargo, lo tenía más difícil y no podría abandonar la embajada hasta pasados unos días. La noticia llegó a oídos del embajador y, por extensión, a todos los trabajadores de la legación. El apoyo a la familia fue total. Sobre todo después de saber que el asesino de las damas había vuelto a actuar en luna llena, intentando acabar con la vida de la sobrina del diplomático.
Al llegar la ambulancia al hospital Clínico, en Madrid, el doctor Sainz de la Mata ya la estaba esperando. Había sido prevenido por su colega extremeño, al que le preocupaba mucho el estado de salud de la joven. La situación era muy grave y sabía que la lesión no podía ser tratada en el pueblo. Una vez que el neurólogo del hospital la examinó a conciencia, la ingresaron en planta. Hasta que no transcurrió una hora, no dejaron que la paciente recibiera visitas. Finalmente permitieron la entrada a Camila y a Sátur, a las que tampoco reconoció. Sin embargo, fue a las únicas a las que sonrió. La dama inglesa no pudo reprimir las lágrimas y la abrazó. A la vez, le explicó en inglés que la había cuidado desde que era una niña.
—You’re like a daughter to me. Your uncles will be here soon. —Le decía que era como una hija para ella y que enseguida llegarían sus tíos.
Margot la miraba con los ojos bien abiertos, pero realmente su mente se encontraba en blanco. No sabía ni quién era ni qué le había pasado. Sátur no paraba de santiguarse y de decir en voz baja, como si fuera una letanía: «¡Ay que desgracia!», «Sabíamos que algo así podía pasar», «Tanto fue el cántaro a la fuente…».
—¿Cómo me llamo? —preguntó—. No recuerdo nada.
—¡Margot Sanz Peters, hija mía! —contestó Sátur rápidamente.
—Margot. Me llamo Margot Sanz Peters —repetía reafirmándose—. No me acuerdo de nada, ni de quién soy.
—No te preocupes por nada. Has recibido un golpe muy fuerte en la cabeza.
Entró el médico y les dijo a sus dos acompañantes que la paciente tenía que descansar: «Le hemos puesto una medicación muy fuerte para ayudarla a recuperar su identidad y sus recuerdos. Estos enfermos necesitan tiempo». Pidió que no la dejaran sola en ningún momento y que se turnaran. De primeras, Camila decidió quedarse con ella durante el día y Sátur, por la noche.
Parker continuaba en la finca de los condes de Quintanilla, junto al resto de invitados. Su obsesión no era otra que encontrar la maza del mortero mientras daba vueltas a lo sucedido. Le preocupaba que Margot tardase en recuperar la memoria. «El cerebro —se decía a sí mismo—, además de controlar el funcionamiento de los músculos, es el responsable del habla, las emociones, los recuerdos». Y justamente estos últimos eran los que había perdido su amiga.
Por su parte, el comisario tenía todo el operativo preparado para la llegada del párroco a la brigada. Cuando los inspectores aparecieron con el detenido, don Eugenio Benito tan solo le dedicó una frase, nada más verlo frente a frente: «Le hemos pillado a pesar de su sotana. ¡Métanlo directamente en el calabozo!».
—Están cometiendo un error, se han equivocado de persona. ¡Por favor, avisen al obispo! —fue lo único que dijo aturdido y cansado por el viaje.
El sacerdote no volvió a decir nada más mientras lo trasladaban hasta el camastro con apenas luz, donde debería esperar a la autoridad judicial.
El comisario no quiso interrogarlo, esperó al juez de guardia. Estaba realmente preocupado por el estado de salud de Margot. Su amigo inglés le había comunicado que había perdido la memoria. Como responsable del grupo, se echaba la culpa de lo que había sucedido. Igualmente, pensaba que nunca debió dejar que se expusiera tanto. Andaba con esos pensamientos cuando el juez apareció por allí. Lo acompañaron al despacho del comisario y este mandó traer al detenido. Después de verlo cara a cara, el magistrado comenzó a preguntarle hasta el más mínimo detalle.
—¿Sabe qué es lo que hace aquí y por qué le han detenido?
—Me han dicho que soy el autor de tres crímenes y el intento de un cuarto, pero le aseguro que soy un siervo de Dios. Nunca he hecho daño a nadie. Soy vocacional y me gusta ayudar a los demás, no ir matando a gente inocente.
—Hay más que indicios que le señalan a usted como responsable de la muerte de varias mujeres.
—Están realmente equivocados. Serán indicios falsos.
—A todas las conocía, ¿verdad? —continuó preguntando el juez.
—Sí, pero no con todas tenía el mismo trato.
—¿Y no le parece extraño que justamente las tres, incluida la cuarta que está malherida, tuvieran relación con usted?
—A la cuarta solo la conocía de una vez que vino a la iglesia a confesarse, nada más. Es una iglesia que tiene mucha relación con las familias que tienen algún título nobiliario o algún vínculo con la alta sociedad.
—¿Qué le cuentan esas mujeres que a usted le sacan de sus casillas hasta pensar en matarlas?
—Me cuentan su vida, pero no por eso voy a matar a nadie. Es de locos.
El juez de guardia lo intentaba de nuevo con otras cuestiones, pero todo desembocaba en un intento desesperado por demostrar su inocencia. Pensó que el cura no decía toda la verdad. Intuía que callaba algo; se lo notaba.
—Si usted no ha sido, ¿tiene idea de quién ha podido hacerlo?
—No le puedo contestar.
—Tan fácil como que usted diga sí o no.
—No le puedo contestar —repitió el cura.
—Eso no es ni un sí ni un no. Intuyo que nos sugiere que no ha sido usted, dejando entreabierta la posibilidad de que usted conozca o sepa quién puede ser el asesino. Sin embargo, no quiere colaborar.
—Solo le puedo decir que yo, Javier Cuadrado, soy inocente. Me considero un hombre que saca adelante a los jóvenes descarriados, también a los que se han quedado huérfanos, y les procuro dar un oficio. Efectivamente, yo conocía a las jóvenes. A todas, sí. Pero eso no me convierte en un asesino.
—¿Cómo es posible que todas las pistas confluyan en usted?
—Puede ser una casualidad o que alguien esté pendiente de aquellas personas que vienen a confesarse conmigo o a pedir un consejo espiritual. Eso a mí me preocupa también.
El juez interrogó durante varios minutos más al detenido, que compareció con ojeras y el pelo completamente revuelto. Al acabar de tomarle declaración, el magistrado solicitó a la policía que el detenido continuara en el calabozo. En un aparte, le comentó al comisario que necesitaba algo más para retenerlo allí; las evidencias que tenían contra él eran muy endebles. Sin embargo, opinaba como el comisario; todo indicaba que era culpable.
—Las alianzas de todas las chicas a las que ha asesinado tienen que estar en alguna parte. Necesito algo que lo relacione con ellas. Una huella en el arma utilizada contra la última víctima. ¡Pruebas —manifestó el juez— que justifiquen su implicación!
El comisario Benito Poveda se quedó realmente preocupado después de escuchar las palabras del juez. Todo señalaba a don Javier Cuadrado como culpable, pero no había nada que lo incriminara directamente. La policía hubiera preferido que esta noticia no trascendiera, pero la detención del párroco acabó en la prensa. El semanario El Caso la dio en primicia al saber que su colaboradora había sido una de las víctimas del supuesto asesino de las damas. Por fortuna, solo habían publicado las siglas de su nombre. Extrañamente fue todo un detalle de José María de Vega, el rival de Margot a nivel informativo. Tampoco tardó en aparecer la presión del ministro de la Gobernación sobre la policía. Concretamente, quien recibía sus llamadas era Jacinto Velarde, el nuevo comisario jefe. Este los reunió a todos y les pidió que «encontraran una prueba de una puñetera vez que consiguiera resolver el caso».
Don Eugenio Benito llamó a la finca Pascualete y pidió hablar con Parker. El jefe de seguridad había registrado de arriba abajo la habitación de don Javier Cuadrado y no había hallado el arma. Tan solo se encontraron sus enseres de higiene personal, una biblia y un rosario. Nada más. Fuera de la maleta, había un pijama y una segunda sotana. Necesitaba dar con algo más antes de regresar a Madrid. Esa segunda noche, tras el intento frustrado de asesinato, la última de los invitados que aún continuaban allí, Parker dio una vuelta más por las habitaciones. Regresó a la número 17, donde había ocurrido la agresión. Lo miró todo de nuevo. Las cosas estaban tal y como las había dejado. Sin embargo, observó que la maza de bronce de gran tamaño desaparecida estaba colocada en el mortero. Fue a su cuarto y se puso unos guantes. La cogió y la metió en una bolsa de papel. La dejó a buen recaudo y se bajó a hablar con María y Primitivo.
—¿Quién la ha encontrado?
—¿A qué se refiere? —dijo muy serio el guardés.
—¡Al pilón del almirez!
—¿Ha aparecido? Nosotros no lo habíamos visto desde que desapareció.
Su cara era de absoluto desconocimiento.
—¿Quién se ha acercado por allí?
—Yo he procurado ordenar un poco —contestó María.
—¿Y estaba la maza?
—No me fijé, la verdad.
Aunque no se llegó a sentar en la mesa, preguntó si algún invitado se había acercado por la habitación y todos negaron haberlo hecho. Más bien tenían ganas de que aquella fiesta del solsticio de verano, que se había transformado en una pesadilla, acabara cuanto antes.
Parker se despidió de todos y se fue definitivamente rumbo a Madrid. Tenía consigo lo que tanto había buscado con la esperanza de que el equipo de la policía científica encontrase alguna huella.
Durante todo el camino le dio vueltas a qué había fallado en el operativo que habían montado. Creía que se lo habían puesto demasiado fácil al asesino. La doble llave en la finca a la vista de todos, el momento en el que Margot se quedó sola, los movimientos rápidos del sacerdote a pesar de parecer excesivamente corpulento… «La maldad no tiene freno, una vez que se ha optado por ella», reflexionaba. Igualmente se preguntaba por qué, de todas las jóvenes que estaban confusas durante su matrimonio o incluso antes de casarse, esas cuatro le habían provocado ese deseo irrefrenable de matar. ¿Qué tenían en común las cuatro? Intentaba atar cabos. Ese sería el punto de partida en la nueva investigación. En cuanto llegara a la comisaría, debería anotar todo lo que podía relacionar a las víctimas entre sí.
Llegó a Madrid atravesando la carretera del Sudoeste, con unos tramos mejor asfaltados que otros. Antes de dirigirse a la Puerta del Sol, se fue al Clínico San Carlos. Subió a la planta y allí preguntó por Margot Sanz Peters. Tan pronto le indicaron la habitación, entró en ella con sigilo. Camila estaba sentada junto a ella.
El jefe de seguridad le preguntó en inglés por cómo se encontraba la joven y, mientras conversaban, Margot abrió los ojos. Se lo quedó mirando fijamente y luego le preguntó quién era.
—Margot, soy Harry. Yo vivo en Londres, en la embajada española en Inglaterra. Tú vivías allí hasta que te trasladaste a Madrid. Estás en un hospital porque recibiste un golpe muy fuerte en la cabeza. ¿Recuerdas algo?
—No. No recuerdo nada.
—Estábamos investigando un caso de múltiples asesinatos y tú podías haber sido la última víctima mortal del asesino, pero afortunadamente llegué a tiempo.
—¿Alguien me quiso matar? ¿Quién? —preguntó Margot con miedo.
—Eso nos lo tendrás que decir tú a nosotros cuando te vuelvan los recuerdos. A los ojos de los demás, nos hacíamos pasar por novios. Era la única manera de que el asesino picara el anzuelo.
—¿Novios? —preguntó confusa.
—Sí, los dos investigábamos el mismo caso. Estás colaborando con la policía. El comisario Benito Poveda es quien más ha creído en ti para resolver estos complicados crímenes. Ahora colaboras con ellos de manera espontánea. Dice que tienes un sexto sentido.
—¿Benito Poveda? Lo siento, señor. No soy capaz de recordar nada. No sé quién es usted, ni de todo esto que me habla. Por favor, yo solo quiero ver a mis padres. ¿Cuándo vendrán?
Con cara apenada, Camila le dijo que no le diera tanta información de golpe. Le recriminó al jefe de seguridad que la confundiera, ya que su verdadero trabajo era como periodista. Así rectificó a Harry mientras Margot asistía a esta especie de ceremonia de la confusión.
—¿Soy periodista o policía? —Parecía realmente confusa.
—Journaliste. —Camila le dijo que era periodista.
—Y policía. Eres las dos cosas —puntualizó Parker.
El médico entró en la habitación y, al ver la cara de la paciente completamente desencajada, les pidió que la dejaran descansar. Tomó sus constantes y la tranquilizó diciéndole que los recuerdos irían llegando poco a poco. Le estaban administrando una medicación muy fuerte a base de cortisona, analgésicos y antiinflamatorios para que su cerebro volviera a su ser. Le insistía en que las piezas en su cabeza irían encajando poco a poco. Le dio un sedante y, al poco rato, Margot ya dormía.
—El descanso es lo que verdaderamente puede reponer su cerebro. No tengan prisa. Los recuerdos acaban regresando. Deben tener paciencia.
Parker se despidió y, sin pasar por el hotel, se fue directamente a la comisaría, donde el cura continuaba en el calabozo. El juez pensaba ordenar prisión provisional. La investigación, junto con el ruido generado por la prensa y la presión de los políticos y del mismo gobierno por resolver el caso, había llegado a los miembros de la judicatura. El problema es que faltaban pruebas, aunque confiaba en que, antes del juicio, la policía las consiguiera. El comisario celebró su presencia, y más aún cuando le dijo que llevaba consigo el arma con la que habían golpeado la cabeza de la joven. Parker volvió a ponerse unos guantes y sacó de la bolsa de papel el pilón del mortero.
—Creo que alguno de los invitados lo colocó allí e intentó limpiarlo. El sacerdote podría tener un cómplice o alguien que quisiera ayudarle. Eso lo acabaremos descubriendo. Mientras venía hacia aquí, me he dado cuenta de que todas sus víctimas tienen el mismo patrón.
—Pues recopilemos la información que tenemos de todas. Seguramente ahí está la clave de todo.
Benito Poveda reunió al equipo, que llevaba muchas horas sin descansar, y comenzó a anotar en la pizarra.
—La primera víctima: la marquesa de Torquemada. Genoveva Font no tenía hijos y su marido viajaba a Francia constantemente —empezó diciendo—. Estuvo en la fiesta de máscaras bailando con todos los jóvenes que se lo pedían. Se echaba constantemente las manos al collar que llevaba, como si se lo hubieran prestado, y, sin embargo, apareció muerta sin él y sin el anillo de casada. El asesino le puso un zafiro en la mano izquierda.
—Sabemos que la última persona que entró en el baño con ella iba vestido de arlequín —comentó Gutiérrez—. Hasta ahí, la hipótesis de que el cura fuera disfrazado es posible. Detrás de una máscara puede esconderse cualquiera. En un primer momento pensamos en el marido, Juan Romero, por celos, e incluso en alguno de los jóvenes que la frecuentaban. Sospechamos del joven del guante, Mario Jiménez de las Heras, e incluso del hijo menor de los condes de Tomares, que estaba enamorado de ella. Al final, los descartamos.
Del segundo asesinato también intentaron atar cabos, por si había coincidencias con el primero. Se trataba de la hija soltera de los condes de Romelinos, Casilda de los Llanos. Su novio, Ángel Biosca, fue descartado inmediatamente. Se trataba del cardiólogo compañero del marqués de Villaverde.
—Sus padres se encontraban en África, en uno de los muchos viajes que suelen realizar —comentó Suárez—. Del que sospechamos fue del primer novio de ella, Juan Pérez de las Casas, que tenía un carácter violento. Comprobamos que a ella la presionaron para casarse con el cardiólogo, pero seguía enamorada del primero. Se sometió al detector de mentiras de forma voluntaria. Su abogado, Fernando Andrade, puso el grito en el cielo. A la víctima también le amputaron el dedo anular y se llevaron la alianza. Primera coincidencia. También apareció con una piedra preciosa en la mano izquierda, un rubí, mientras que la marquesa de Torquemada apareció con un zafiro.
—Está bien…, tengamos estos datos presentes —comentó el comisario—. De la tercera víctima, ¿qué información tenemos?
—De la hija única del conde de Montesquinza, Selene, sabemos que era bailarina del ballet de Mariemma —volvió Gutiérrez a tomar la palabra—. Justo estaba vestida para la fiesta de Pedro Chicote, que se celebraba esa noche, pero no llegó a ir. La asesinaron antes en la habitación del hotel Ritz. Era amante de un hombre casado. El funeral se celebró en la iglesia de San José, la parroquia de don Javier Cuadrado. Más coincidencias: las tres conocían al cura e incluso podemos decir que era su consejero espiritual. ¡Ah!, y apareció con una piedra amarilla, un topacio, en la mano izquierda.
—Y no olviden que empezó matando con una luna de sangre y ha terminado intentándolo una vez más en luna llena con el cambio de estación, con el solsticio de verano. Su instinto criminal se activó la última vez el día en el que la luz estaba más presente y en la noche en la que la luna lo inundó todo de su energía.
—Parker, vayamos a los datos. No todo el mundo comparte las teorías del influjo de la luna sobre las personas. Falta una base científica, una evidencia… —dijo el comisario.
—Pues tengo una. La complexión de las cuatro mujeres es parecida. Son rubias, delgadas, de buena familia y atractivas. Todas se parecen, ¿No se han dado cuenta? Todas son mujeres independientes y eso no parece gustar al asesino. Habría que saber por qué motivo las elige parecidas.
—Esto está muy bien pensado, Harry —comentó el comisario—. ¡Muy bien pensado! Diría que tiene una obsesión. Denme algo más, remuevan las alfombras; necesitamos pruebas y respuestas a tantos enigmas. ¿Por qué cada mujer asesinada llevaba una piedra preciosa en la mano izquierda? Un zafiro, un rubí y un topacio. ¿Por qué les secciona el dedo anular de la mano derecha?
—Las piedras preciosas simbolizan temas distintos —comentó Gutiérrez—. Lo sé por Margot, que preguntó a joyeros y entendidos. Tengo anotado que el zafiro es la piedra de la firmeza de carácter contra la deslealtad. El rubí, la piedra de los elegidos. Y el topacio, la piedra de los artistas, que ayuda a atenuar los apetitos desordenados.
—De modo que el asesino les da una piedra para que, cuando estén camino del otro mundo, aplaquen sus bajos instintos. ¡No puede ser más retorcido! Tiene mucho de moralina. Atufa a incienso y cura de iglesia —añadió Parker.
—Debemos darle algo más al juez…
Parker debía regresar a Londres, pero el embajador le pidió que se quedara en Madrid hasta la llegada del tío de Margot, Julián Martín-Briz. Su esposa, Frances, había logrado subirse a un vuelo que aterrizaría a primera hora de la tarde. No había encontrado otra combinación que ir de Londres a la capital francesa para posteriormente viajar a España. Harry no dudó en irla a recoger al aeropuerto de Barajas. También solicitó al comisario que le llamaran cuando la brigada tuviera los resultados de los análisis de la maza del mortero.
Mientras tanto, en la clínica, Margot comenzó a tener visiones a ráfagas de situaciones que no sabía si había vivido ella o pertenecían a su imaginación. Eran imágenes como chispazos del pasado. Vio a una niña que daba vueltas por el aire en un coche mientras oía los gritos de una mujer que también iba en el interior. Se lo comentó a Camila, ya que parecía conocerla bien.
—When your aunt arrives, she will talk to you. —Sabía que Frances llegaría en un rato y debía ser ella quien le hablara de ese capítulo difícil de su vida.
No tuvo que esperar demasiado. En cuanto la tía Frances aterrizó, Parker, que la había ido a recoger y vio su cara de preocupación, la llevó directamente al hospital. De camino intentó tranquilizarla, pero fue peor. Los nervios la hacían llorar constantemente. No atendía a razones. Así llevaba desde que se había enterado de la conmoción cerebral de su sobrina. No pudo articular una palabra durante el trayecto y su ansiedad creció cuando llegaron al hospital Clínico San Carlos. Al acceder a la planta, las piernas empezaron a fallarle. Harry la sujetó con el brazo. Tocaron la puerta con los nudillos y Frances entró temerosa.
—Hola, ya he llegado de Londres. ¿Cómo te encuentras, mi pequeña Margot?
—¿Quién eres? —preguntó la joven, confusa.
—Soy tu tía, cariño. ¿No te acuerdas de mí?
—¿Debería acordarme?
Frances miró para otro lado y soltó una lágrima. Nunca se había sentido tan mal y tan frustrada como con esa respuesta.
—She doesn’t remember anything. —Camila musitó que Margot no recordaba nada.
Las dos se fundieron en un abrazo. Camila no podía disimular su pena y Frances era un manojo de nervios. Una vez que la joven entendió que aquellas mujeres eran personas de confianza, aprovechó para contarles que tenía una visión recurrente.
—Ya que me conocen, tengo una imagen que se repite. Veo a una niña flotando en el aire, dando vueltas en el interior de un coche mientras oye los gritos de una mujer. También veo los brazos de un hombre intentando sujetarme desde el asiento de delante. ¿Quiénes son? ¿Tienen alguna explicación?
—No llamarme usted. —Camila se esforzaba por hablar español, aunque no conjugaba bien los sujetos con los verbos—. De niña, accidente. Tú, accidente. You know what I’m saying? —Preguntaba si la entendía.
—¿Yo tuve un accidente de pequeña?
Frances no podía hablar. Le suponía un esfuerzo sobrehumano, pero tomó la palabra. Habían intentado, durante todos aquellos años, convencerla de que ella no iba en el coche cuando sus padres murieron, pero ahora la verdad se imponía. Jamás Margot les había hablado de esos recuerdos y ahora llegaban en el momento más inoportuno.
—Bueno, tus padres tuvieron un accidente y perdieron la vida. Desde entonces yo me hice cargo de ti. Eras muy pequeña.
—Pero… ¿yo iba con ellos y me salvé?
—Sí. Estuviste muchas horas allí, hasta que os rescataron, pero ellos murieron en el acto. —Frances estaba visiblemente apesadumbrada.
—No murieron en el acto. Recuerdo a un hombre intentando cogerme y a una mujer gritando. Después, el silencio y la mano de ese hombre sobre la mía hasta que se cerraron sus ojos.
—Tu padre… se ve que vivió un poco más que tu madre, mi hermana, a la que adoraba.
Frances se echó a llorar. Margot jamás se había acordado de aquel momento, y le venían esas imágenes justo cuando hubiera sido mejor que las olvidara para siempre.
—¿Qué pasó? Quiero la verdad —repreguntaba Margot.
—Un camión se saltó un stop en la carretera y chocó contra el coche de tus padres de una forma muy violenta.
—A partir de ahí, se ve que tuve otra vida de la que no recuerdo nada…
—Ya vendrán los recuerdos. Tu tío y yo lo hemos hecho lo mejor que hemos sabido. Seguramente no has sido tan feliz como lo hubieras sido al lado de tus padres…
Frances volvió a echarse a llorar. Margot tocó su pelo rubio y se quedó pensando. Parecía que intentaba hurgar en sus recuerdos más profundos, que, de momento, se encontraban perdidos en algún lugar de su cerebro.