Luna roja

Luna roja


35. La huella

Página 37 de 52

35

La huella

El laboratorio policial encontró en la maza del mortero media huella de dedo índice perfectamente definida. Sin embargo, la otra mitad estaba borrosa. El pilón había sido limpiado con minuciosidad, aunque quien pretendió borrar cualquier secuela del intento de asesinato no logró eliminar esa prueba. Se produjo una euforia contenida en la brigada al saber los resultados. Por fin, pensaron todos, algo a favor de la investigación. El comisario se dirigió a los asistentes:

—No hay dos personas con las mismas huellas dactilares, ni siquiera los gemelos. Además, no cambian a lo largo de la vida, a menos que la capa profunda se destruya o se modifique intencionalmente. Esta prueba es de vital importancia.

El siempre didáctico comisario habló a los nuevos inspectores como si fueran sus alumnos y les explicó algo que ya sabía la mayoría: «Existen tres patrones principales de huellas dactilares: arcos, curvas y espirales. A la forma, el tamaño, el número y la disposición en estos patrones lo llamamos puntos característicos. Estos hacen de cada huella algo único. Ahora tendremos que cotejar esta marca dactilar con las huellas del detenido. ¡Estamos cerca, señores!».

Parker apareció por allí y compartió el entusiasmo de todos. Unió a los conocimientos del comisario los suyos propios, basados en el sistema dactiloscópico de Edward Richard Henry, utilizado en Scotland Yard. «Existen —dijo— ocho puntos característicos: la bifurcación, la línea cortada, el empalme, el ojal, el extremo de línea, la horquilla, el islote y el punto. A partir de ahí, si conseguimos demostrar las coincidencias entre la huella obtenida y la del sacerdote, será una prueba irrefutable».

El comisario, al que tanto le gustaba la docencia, tiró nuevamente por el camino del conocimiento: «En España tuvimos al antropólogo y antropómetra Federico Olóriz, que fue también profesor de la Escuela de la Policía. Un auténtico genio que iba por las cárceles madrileñas estudiando las huellas de los presos. Así comenzó el Laboratorio de Antropometría de la cárcel Modelo y su afán por lo que decía cada huella. Nos marcó un camino a principios de siglo».

El inspector Morales se mostraba verdaderamente inquieto ante tal duelo de conocimiento entre el comisario y el jefe de seguridad de la embajada. En un determinado momento, no pudo más y saltó:

—Con su permiso, comisario. —Se aclaró la voz—. A todos nos encantaría seguir escuchando sus explicaciones, pero creo que deberíamos centrarnos en resolver el caso.

Lo dijo en un tono lo más agradable que pudo. No le faltaba razón. A pesar de su amistad, Eugenio Benito Poveda y Harry Parker siempre rivalizaban en el conocimiento teórico del estudio del crimen. Ahora les tocaba aguardar el resultado final, tras cotejar la huella parcial conseguida con las huellas dactilares del sacerdote.

—Me parece demasiado fácil —comentó Parker—, pero esperemos los resultados. Siempre pienso que un asesino múltiple es difícil de atrapar, pero con media huella, si es idéntica a la del sacerdote, sería suficiente.

—Llevamos tiempo detrás de él. Ya es el momento de obtener resultados —comentó don Eugenio.

El jefe de seguridad inglés les deseó el mejor de los finales en ese tema tan espinoso y se despidió por unas horas. Iba a visitar a Margot al hospital. A su regreso, daría cuenta de su evolución. Gutiérrez apretó la mandíbula. Sintió rabia de que fuera Parker y no él quien comprobara la evolución de su compañera y amiga. Permaneció cabizbajo mientras el inglés se despedía de todos.

—A ti te gusta Margot, ¿verdad? —Morales llevaba tiempo observándolo y estaba convencido de que la aprendiz de policía le hacía gracia.

—No tienes ni idea —recriminó Gutiérrez—. Es nuestra compañera y han estado a punto de matarla. ¿No te conmueve?

—Ciertamente, no. Y tampoco la considero una compañera.

El comisario les interrumpió sin tener idea de lo que estaban hablando.

—No sé qué es lo que andan cuchicheando, pero por hoy ya basta de charlas. ¡Vamos a trabajar!

Los inspectores se retiraron a sus mesas y continuaron no solo con este caso, sino con los que seguían llegando a la brigada, de distinto calado. Afortunadamente, los dos policías que se habían incorporado con el nuevo comisario jefe se hicieron cargo de los delitos menores. El caso del asesino de las damas estaba por cerrarse con el trabajo de los inspectores que lo habían llevado desde el principio.

Media hora más tarde, Harry Parker llegaba hasta la habitación de la planta del hospital Clínico San Carlos, donde Margot se encontraba convaleciente. Se preguntaba qué evolución tendría de su conmoción. Deseaba que, de una vez por todas, dejara de estar tan confusa y tan falta de memoria.

Abrió la puerta de la habitación y se encontró con Sátur sentada cerca del cabecero de la cama, durmiendo con la cabeza apoyada en la almohada de la joven. Camila se había retrasado en relevarla en el turno. Parker le dijo que se fuera a casa, ya que no tenía intención de marcharse de allí hasta que viniera Frances o su ayudante inglesa.

—Se lo agradezco, porque no he dormido apenas. Me ha hecho mil preguntas y yo no sé qué contestarle. Ahora parece que ha cerrado los ojos. ¡Debe estar rendida!

—¡Váyase tranquila! —dijo Parker.

Margot descansaba. Al lado de la fría cama de hospital, Harry contaba las líneas de las losetas del suelo, hasta que se levantó y se acercó a la joven. La miró con detenimiento. Nunca la había visto dormir y quiso contemplarla durante un rato desde esa corta distancia. Siempre le había parecido una mujer muy atractiva. Ciertamente le gustaba, pero sabía que con ella no tenía ninguna posibilidad. Margot solo concebía la amistad entre ellos. Se lo había dejado siempre bien claro. Para Parker, esa situación era difícil. Estaba convencido de que era la persona que siempre había estado buscando. De repente, Margot abrió los ojos y lo vio a un palmo de distancia de su cara. Le sonrió y movió las manos, le cogió la cara, se acercó más y lo besó. Fue un beso largo, prolongado, inesperado.

Parker se quedó mudo, sin decir nada. Finalmente, sonrió.

—Quería saber si pasaba algo besándote. Ya que muchos creen que somos novios. —Margot hablaba con inocencia.

—¡Ajá! —Harry no podía pronunciar una sola palabra—. ¿Y?

—Tengo que volverlo a intentar.

Volvió a cogerle la cara y acercó de nuevo sus labios a los de él. El beso parecía en verdad de fuego. Margot cerró los ojos mientras lo hacía y se dirigió a él al volverlos a abrir.

—A mí me gusta, ¿y a ti? —manifestó Margot de manera campechana.

—Sí, ciertamente a mí me gusta también —respondió todavía incrédulo.

—Lo mismo deberíamos ser novios de verdad.

—¿En serio? Yo siempre he estado dispuesto, pero tú… no lo veías adecuado.

—¿Por qué?

—No sabría decirte…

En ese momento, llegaron Frances y Camila cargadas de álbumes de fotos con el fin de activar los recuerdos de la joven. Ahí estaba el resumen de su vida en fotos. Deseaban que recuperara la memoria cuanto antes. Tuvieron numerosas palabras de agradecimiento para Parker por haberse quedado hasta que ellas pudieron ir al hospital.

—Bueno, pues yo ya me tengo que ir… —No sabía cómo reaccionar después de los dos besos que acababa de darle la joven.

—¿Por qué? —preguntó Margot.

—Pues… estamos a punto de saber quién te golpeó en la cabeza. Y quién te hizo esa marca en el cuello.

Margot se tocó y se resintió del dolor.

—¿Por qué me han hecho esto? —preguntó a Parker deseando respuestas a sus lagunas.

—Estabas en un lugar en el que creíamos tener controlado al asesino, pero fallamos.

—Me lo imaginaba. Mi sobrina se expuso demasiado, sabiendo ustedes que el asesino podría actuar de nuevo. ¿La utilizaron de cebo? —Frances estaba realmente enfadada.

Camila sabía que la propia Margot deseaba involucrarse en ese caso, pero decirlo sería tanto como descubrir que ella también conocía las circunstancias. No le había comentado tampoco que la joven colaboraba con la policía en las investigaciones. Salió al paso e intentó mediar.

—Todas chicas bien in danger. —Intentaba expresarse en español para que la tía de Margot viera sus progresos, pero le era imposible. Le decía que en realidad todas las chicas de clase alta estaban en peligro.

—Si se hubiera quedado en casa, no le habría ocurrido nada —protestó Frances.

—Solo parties con Aline Griffith o Cayetana Fitz-James. No more. —decía Camila.

—No la puede encerrar en una jaula de cristal —añadió Parker. Todas las jóvenes que se mueven en el mismo ambiente estaban expuestas. El culpable ya está detenido. Lo que le pasó a Margot fue determinante para su captura.

—En cuanto se recupere, vuelve a Inglaterra —dijo Frances en un tono imperativo.

Todos se quedaron callados. Margot no entendía nada. ¿Por qué no recordaba? ¿Por qué, excepto el accidente de sus padres, lo había olvidado todo? Miraba a Parker y realmente no podía dejar de pensar en el beso que le había dado. Ese hombre de ojos claros y barba y pelo oscuro le llamaba la atención. Lo que había dicho sobre la jaula de cristal y que no podían encerrarla le había gustado.

En ese momento entró el médico en la habitación. Les informó de que el tratamiento estaba funcionando y que en cualquier momento volverían los recuerdos. Estaba satisfecho de que estuviera remitiendo la inflamación del cerebro. La joven se recuperaba a pasos agigantados. Sin embargo, ella seguía sin entender nada de lo que le ocurría.

Parker se agobió por si la desinhibida Margot decía algo de los besos y se despidió de todos. Al acercarse a la cama, le guiñó un ojo y ella respondió con una sonrisa. Aquel chico, del que desconocía todo, le caía bien de verdad, pero los dos besos que le había dado no la habían ayudado a recordar. Sin embargo, estaba segura de que, en el futuro, estarían cerca la una del otro.

Cuando Parker salió y cerró la puerta de la habitación, se quedó intranquilo. Esa nueva Margot era infinitamente más amable que la anterior, que no le dejaba ni cogerla de la mano. Se preguntaba si, cuando volvieran sus recuerdos, seguiría tan cariñosa.

Se puso a caminar desde Moncloa hasta la calle Princesa, y de ahí a la plaza de España. Siguió andando hasta la casa de Margot, en la Gran Vía, y bajó por las calles interiores hasta desembocar en la Puerta del Sol. No supo cómo llegó tan rápido, porque los dos besos que le había dado Margot lo habían dejado noqueado. No estaba en sus planes enamorarse, pero algo ocurrió en esa habitación de hospital que no había sentido hasta ese momento. Pensaba en cómo, en cuestión de segundos, la vida de una persona podía cambiar.

Entró a la brigada y estaban ya todos reunidos de nuevo. Le habían tomado la huella dactilar al sacerdote. Los peritos habían concluido que ninguna característica coincidía con la huella parcial que habían descubierto en el pilón del mortero.

—Pase, mi querido Parker. Estamos verdaderamente confundidos. La huella que encontramos no coincide con la del sacerdote. Tenemos un problema. —Benito Poveda se mostraba realmente consternado.

—¡¿No coincide?! —preguntó Parker con asombro—. Está claro que, entre los invitados de la finca, el asesino tiene un cómplice. Le aseguro que, cuando detuvimos al sacerdote, había desaparecido la maza. Y, justo cuando ya habían trasladado a Madrid a don Javier Cuadrado, apareció.

—Entonces deberíamos tomar las huellas a todos los que estaban allí —comentó el comisario.

—Incluido yo. Todos debemos tocar el piano, como dicen por aquí.

—Sí, Parker. Hay que dar ejemplo. Me parece bien. Ahora mismo quiero una lista completa de todos los que estaban en la finca Pascualete, invitados…, servicio, ¡todos!

—Llevará su tiempo, pero daremos con él —comentó Gutiérrez—. Mientras tanto, el cura seguirá a la sombra.

—Por supuesto. En cuanto nos diga el juez, lo trasladaremos a la cárcel a la espera de juicio. Mientras tanto, busquemos pruebas que le incriminen, señores.

Parker dijo al comisario que seguiría en Madrid hasta la llegada del tío de Margot, el diplomático Julián Martín-Briz. También solicitó que lo mantuviera informado. Mientras tanto, estaría pendiente de la joven y de su memoria. Quizá, antes de perder el conocimiento, llegó a ver algo que pudiera incriminar al sacerdote.

—¡Estamos cerca! —También quiso animar a todos.

El jefe de seguridad aprovechó su estancia en España para acercarse al Ministerio de Asuntos Exteriores. El edificio era el antiguo palacio de Viana, situado en el barrio de los Austrias. Si aquellos muros hablaran, podrían contar muchas historias de reyes, duques y marqueses, pensó Parker. El rey Alfonso XIII lo visitaba mucho en vida del segundo marqués de Viana, ya que era lugar obligado para la aristocracia madrileña. Después de la Guerra Civil, el Estado lo alquiló como sede del Ministerio de Exteriores, hasta que definitivamente lo acabó adquiriendo.

Estuvo hablando con uno de los jefes diplomáticos del que dependía no solo él, sino todo el personal de la embajada. Parker quiso comentarle los problemas que tenían, parecidos a los de su colega inglés en la embajada británica en España.

—El embajador, sir Ivo Mallet, lo está pasando mal en nuestro país. Sigue sin existir un buen entendimiento entre ambos países, y esa mala relación la sufren las embajadas y los embajadores. Máxime después del Royal Tour de la joven reina Isabel II, que finalizó en Gibraltar —comentó el funcionario Juan Gómez de la Gándara.

—Lo sé. Yo lo he vivido desde la otra parte. Eso sí, la buena conexión entre la reina y el embajador Primo de Rivera nos favorece —reconoció Parker.

—El general Franco acaba de conceder una entrevista al periódico Arriba y ha desplegado toda la artillería, no contra la reina sino contra sus asesores. Ha dicho que es una víctima más del espionaje dirigido desde el otro lado del canal de la Mancha. En este artículo, insiste en que Churchill prometió devolver el Peñón a cambio de la neutralidad española en la Segunda Guerra Mundial, pero la promesa no se ha cumplido. —El empleado del ministerio mostraba su intranquilidad.

—Bueno, las palabras de la reina al pisar suelo gibraltareño han resonado como latigazos en nuestra embajada, e imagino que aquí también. La tensión se palpa en el ambiente entre los que trabajamos allí.

—Desde aquí vemos con muy buenos ojos que el embajador siga limando asperezas con la reina. Es necesario que sepa de primera mano, y no a través de sus muchos aduladores, la importancia que tiene Gibraltar para España.

—Aprovechando que estoy aquí, querría solicitar otro ayudante más para la seguridad de la embajada. Hemos crecido mucho y yo tengo muchos frentes abiertos. Ahora mismo no puedo regresar hasta la llegada del diplomático Martín-Briz. A su sobrina han intentado asesinarla en España.

—¡Terrible! Ya me he enterado. Se lo diré al ministro. No creo que haya ningún problema, salvo el logístico.

—Ese yo lo resuelvo allí.

Parker le dio las gracias por atenderlo con tanta celeridad y se despidió de Juan Gómez.

Harry regresó andando hasta el hotel y allí, después de cenar, se fue a la cama sin poder apartar su pensamiento de Margot. ¿Dos besos podrían haberlo trastocado tanto? Había visto a Margot transformarse de adolescente en la mujer que hoy era. Coincidía con el comisario en que tenía un sexto sentido. Algo que la hacía especialmente interesante para este mundo «más allá de la línea roja», como ella decía. Un mundo donde no había mujeres policía. Por eso, su condición de periodista le permitía acercarse a un universo todavía prohibido. Pensando en ella, se quedó dormido.

La actividad volvió a comenzar temprano. El reloj de su mesilla sonó a las siete de la mañana. Se tiró literalmente de la cama y se puso a hacer gimnasia. Si Parker tenía una cualidad era precisamente la constancia. Después de una ducha, pidió el desayuno en la habitación y, al filo de las ocho y media de la mañana, se fue en taxi hasta el hospital Clínico San Carlos.

Cuando abrió la puerta donde se recuperaba Margot, Sátur estaba despierta. El jefe de seguridad le sugirió que se fuera a descansar. Se ofreció a quedarse con ella hasta que llegaran Frances y Camila, como el día anterior.

Cuando estuvo solo, volvió a mirarla de cerca. Mientras la observaba, Margot abrió los ojos. Esta vez parecía sorprendida de que estuviera allí. Fue Parker el que tomó la iniciativa y la besó. No dio tiempo a que se convirtiera en un beso largo, ya que Margot reaccionó de manera distinta.

—¿Te has vuelto loco? —Lo apartó.

—Pero si ayer…

—Parker, siempre te extralimitas. Ni se te ocurra volverme a besar.

—¿Cómo? —Le pareció que aquella reacción podría suponer que los recuerdos habían vuelto a su mente.

—Hay que acabar con la patraña de que somos novios.

—¡Has vuelto a recordar! —comentó sorprendido—. ¿Sabes por qué estás aquí?

—No —se quejó molesta.

—¿Qué es lo último que recuerdas?

—Estábamos en la finca de Aline y yo salía del cuarto de baño después de arreglarme para la cena. Fue abrir la puerta y sentí un golpe muy fuerte en la cabeza. No recuerdo nada más.

—¡Margot, has recuperado la memoria! —exclamó emocionado—. Debo decirte que la chica que encontré ayer aquí, en esa cama en la que estás, me recibió con un par de besos que no olvidaré jamás. Pero me alegro de que estés aquí de nuevo.

—¿Cómo dices?

—¡Olvídalo! ¿No recuerdas una respiración, un olor, una voz, una imagen…, algo antes del golpe en la cabeza?

—Tengo que pensar… Ahora mismo no recuerdo nada. ¿Detuvisteis a don Javier Cuadrado?

—¡Sí!

—Recuerdo su mirada fría y escrutadora. De eso sí que me acuerdo. —Margot se esforzaba por hacer memoria.

Hizo ademán de incorporarse en la cama, pero le dolía todo el cuerpo. Sobre todo, la cabeza. Se llevó la mano a la cabeza y sintió que llevaba una venda.

—Quisiera verme, ¿me alcanzas un espejo?

—No. Todavía no.

Cuando entraron Frances y Camila, se quedaron sorprendidas al oír que las saludaba por su nombre. Las dos corrieron a abrazarla.

—¡Vuelves a ser tú! —dijo Frances—. La mayor alegría que nos podías dar. Al salir de aquí nos vamos a Londres.

—No, tía. Deseo quedarme aquí y seguir aprendiendo. Esto ha sido solo una mala experiencia. Todo el mundo tiene un gran susto en su vida. Yo ya he tenido dos. Creo que por estadística ya he cubierto el cupo. De todo se aprende y se crece como persona.

—Me gustan tus reflexiones. —Frances le dio la razón mientras le acariciaba la frente—. Está bien, me quedaré yo en España por un tiempo. Por lo menos, hasta que estés completamente restablecida.

—Ya me encuentro bien… —Intentó volver a incorporarse—. ¡Ayyy! Bueno, casi bien.

Ir a la siguiente página

Report Page