Luna roja
36. El regreso
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El regreso
El día que Margot regresó a casa, llegó su tío de Londres. Nada más verse, se fundieron en un abrazo. Julián quería a su sobrina como si se tratara de su propia hija. Fue difícil para ellos adoptar ese papel con una niña que, durante un tiempo, reclamaba a sus padres, sin entender que la muerte se los hubiera llevado para siempre.
Margot siguió recuperándose en casa. No podía evitar mirarse al espejo y contemplar el aspecto que tenía con la venda en la cabeza. El médico no se la quitó hasta la tercera cura. Desde ese momento, tuvo que enfrentarse a las preguntas de todos con los que se cruzaba por la calle, cuando empezó a salir. Llevaba a la vista cinco puntos de sutura que resultaban muy escandalosos. Le habían rapado el cabello alrededor de la herida y parecía todavía más aparatosa. Por eso, a los pocos días de estar en casa tomó la decisión más drástica: abandonar por un tiempo la melena rubia que la había acompañado toda la vida. No se lo pensó dos veces; cogió las tijeras y se cortó el pelo mechón a mechón. Fue un acto de rabia y de rebeldía ante lo que le había ocurrido. Sabía que Camila y su tía Frances lo desaprobarían, pero ella optó por el camino más radical. Y, efectivamente, no se equivocó; ambas se quedaron impactadas cuando la vieron. Camila intentó mejorar el corte que se había hecho sin ningún tipo de misericordia para su imagen.
—What a funny thing you did with your hair! —Le decía que menuda escabechina se había hecho en el pelo.
Todavía tuvo que cortárselo un poco más para igualárselo y que tuviera cierta gracia. Frances no daba crédito y contemplaba la nueva imagen de su sobrina sin reprocharle nada. La única que fue más explícita fue Sátur. «¿Pero qué te has hecho, muchacha? Menos mal que el pelo crece», manifestó.
Sin embargo, a Parker, que acudió a despedirse de ella, le pareció que seguía estando guapa y así se lo dijo a todos. Fue a su casa cargado con un magnetofón y una cinta abierta con una grabación del joven estadounidense, Elvis Presley. Margot se lo había pedido con mucha insistencia antes de ir a Extremadura. Finalmente, un amigo se lo había enviado por correo diplomático desde Estados Unidos. Harry Parker había conseguido un magnetófono Ampex de bobina abierta y así pudieron escuchar la canción que sonaba en las radios norteamericanas: That’s All Right. Esa frase, «todo está bien», se repetía como una letanía que remarcaba la determinación de un joven de marcharse de casa para emprender un nuevo camino. Así dejaría todo atrás, hasta la relación que sus padres no veían con buenos ojos. La canción sugería un acto de rebeldía para no dejarse influenciar por nadie.
—Me gusta su voz —afirmó Margot después de escucharle un rato. Es diferente. Te atrapa. That’s all right. Todo está bien, Harry. That’s all right. No sabría definir su estilo.
—A veces parece que canta country, otras blues y las más rhythm and blues. ¡Me encanta también!
—Es una invitación a hacer lo que te dicte el corazón, a pesar de lo que te aconsejen. ¿Cuándo volverás por aquí? —se interesó Margot.
—Más bien cuándo regresarás tú a Londres. Tus tíos tienen en mente que vayas.
—That’s all right…, yo me quedo aquí. Quiero seguir colaborando con la policía.
—Pero ¿cómo lo harás sin que se enteren tus tíos?
—No lo sé, pero lo conseguiré…
Siguió tarareando la canción mientras daba vueltas por la habitación. Harry se dio cuenta de que su decisión no tenía vuelta atrás. Estaba dispuesta a seguir en contacto con la Brigada Criminal mientras ejercía su actividad periodística. Parecía que, después de la conmoción cerebral, tenía más determinación y fuerza que antes. En una pausa de la canción, el jefe de seguridad sacó de su cintura, tapada por la chaqueta, la pistola de la joven.
—Aquí la tienes de nuevo. Ten mucho cuidado, aunque el párroco esté en la cárcel. Sabemos que tiene un cómplice que lavó el mazo del mortero con el que te golpeó en la cabeza.
—Lo que no entiendo es cómo me salvé. Yo ya había perdido el conocimiento.
—Porque aparecí yo. Está feo decirlo, pero me debes la vida…
Parker sonrió y Margot se quedó asombrada.
—¿Fuiste tú el que evitó que me matara?
—Sí. Tardabas mucho en salir de la habitación. Llamé varias veces a la puerta y, al no escuchar absolutamente nada, rompí la cerradura de una patada. Y allí estabas, tendida en el suelo, en un charco de sangre, con la misma marca en el cuello que el resto de las víctimas. Tu pulso estaba muy débil, pero aquí estás.
—¡Harry, muchas gracias! —susurró agradecida.
Margot lo abrazó con fuerza, y lo mejor es que estaba plenamente consciente. A Parker le encantó ese abrazo y correspondió satisfecho de que estuviera recuperándose tan rápido. Pensó que no todas las ilusiones puestas en ella estaban perdidas. Además, si algo no tenía Parker era prisa. Estaba acostumbrado a aparcar sus sentimientos. Tenía una absoluta adicción al trabajo. Lo que le había ocurrido durante la convalecencia de Margot era una excepción. Iba de hombre duro hasta que esa actitud le dejó de funcionar con la joven que, por otra parte, no podía apartar de su pensamiento.
Se iba a despedir definitivamente cuando apareció Julián y le pidió un último favor:
—¿Podrías acompañar a mi sobrina a la Brigada Criminal? Me ha llamado el comisario Benito Poveda para que acuda esta tarde. Tú te sabes mover en esos ambientes mucho mejor que yo —dijo.
—Está bien. No pasa nada porque regrese mañana por la mañana, en lugar de esta tarde. Será un placer. Llamaré a la embajada para que me cambien el vuelo.
—No sabes cómo te lo agradezco, harás un gran favor a esta familia.
Parker se fue a realizar unas gestiones y quedó en regresar a las cinco de la tarde para acompañar a Margot a la brigada. El tío desconocía que, para su sobrina, entrar allí era como acudir a su segunda casa.
Cuando apareció en la comisaría apoyada en el brazo de Harry Parker, los inspectores se pusieron de pie y comenzaron a aplaudir. Morales fue el único que no lo hizo, aunque sí se levantó de la silla. El comisario salió del despacho ante tal revuelo y, al ver a la joven, se incorporó a los aplausos. Emocionada, correspondió con los ojos acuosos, a punto de llorar, algo extraño en Margot cuando estaba entre policías. Fueron uno a uno a hablar con ella. El menos expresivo fue Morales, pero tampoco le extrañó a nadie. Después pasó al despacho del comisario, que tenía grandes esperanzas en su testimonio. Se llevó una gran desilusión cuando la joven le dijo que no recordaba nada de la agresión, ni tan siquiera alguna señal o voz que pudiera incriminar al sacerdote.
—Lo haría con toda la diligencia del mundo, pero no tengo ningún recuerdo de ese momento.
—Es normal, al ser tan traumático. —El comisario se mostraba muy comprensivo—. Hay que darle tiempo, aunque lo que menos tenemos para la resolución de este asunto es precisamente eso, tiempo. De entrada, estamos cotejando las huellas de todos los invitados con la mitad de una huella que hemos encontrado en la maza del almirez con la que la hirieron.
—¿Cómo, no es del cura? —preguntó sorprendida.
—No. Debe tener un cómplice.
—Si conseguimos las huellas de todos los que estábamos allí, tendremos al culpable.
—Ya estamos en ello.
Don Eugenio había ordenado al inspector Gutiérrez que llamara a todos los invitados y también al personal de servicio para obtener sus huellas. Estaba teniendo dificultades con algunos, pero tarde o temprano las conseguiría.
Margot dijo al comisario que volvería por allí en cuanto el médico le diera el alta. Parker regresó con ella a casa y allí, definitivamente, se despidió de todos. A sus tíos les contó que la visita a comisaría había sido para prestar declaración y comprobar si recordaba algo de lo ocurrido que fuera clave para la investigación.
Margot sintió la despedida de Parker y suplió ese sentimiento sentándose ante la máquina de escribir. El trabajo siempre tapaba todos los huecos por donde ella hacía aguas. Aprovechó las notas de la entrevista que le hizo a Ava Gardner para escribir. Al principio parecía que le costaba ordenar las ideas, pero después cogió carrerilla. Una hora después había terminado. Camila y Sátur acudieron a la sede de Siluetas para entregar el artículo al director, Justino Ochoa, que se interesó por su estado de salud. También escribió para el diario El Caso sin que su tía lo supiera. Contó la detención del sacerdote y dio el dato de que todas las víctimas lo conocían. Cuando el periódico salió a la calle, varios obispos protestaron al director, Eugenio Suárez. Aseguraban que se trataba de un gravísimo error de la policía. El hecho de que un sacerdote estuviera detrás de tantos asesinatos supuso una conmoción en la sociedad. El ministro de Justicia, informado de lo que había sucedido, prohibió a la prensa que se publicara nada más al respecto. A su vez, el nuevo comisario jefe, Jacinto Velarde, llamó a Benito Poveda para advertirle que «esta vez no se podían cometer fallos, porque serían de extrema gravedad y con consecuencias para todos».
Mientras tanto, el sacerdote fue trasladado a la enfermería del centro penitenciario de Carabanchel. El juez había solicitado prisión provisional sin fianza. Tuvieron esa deferencia al tratarse de un servidor de la Iglesia. No podían exponerlo a la voluntad de los presos comunes. Su integridad podía correr peligro, por lo que le mantuvieron ese estatus preferente en la enfermería mientras se aclaraba lo ocurrido. Javier Cuadrado se pasaba el día con el rosario en mano, rezando. Había desarrollado un distanciamiento emocional ante todos los que lo atendían, aunque fueran funcionarios o enfermeras. Cuando le preguntaban, seguía contestando lo mismo: «Soy inocente».
La prisión tenía una estructura de hormigón armado y ladrillo visto en sus sobrios cerramientos de fachada. Había sido inaugurada diez años antes, aunque una de sus galerías estaba permanentemente en obras. A pesar de ser tan nueva, no había un solo recluso que se sintiera cómodo en las instalaciones. Todos soñaban con salir de allí o escaparse.
Antes de cumplirse un mes de la agresión, los tíos de Margot regresaron a Londres. Vieron que su sobrina tenía la determinación de no volver con ellos. Se quedaron más tranquilos sabiendo que el sacerdote estaba encerrado y reanudaron sus compromisos en la embajada.
Margot también regresó a la comisaría. Con su nueva imagen y su personalidad arrolladora, parecía otra persona. El inspector Gutiérrez la puso al día. Le comentó que todavía tenían pendiente tomar las huellas a varios de los invitados de Pascualete. Faltaban la actriz Ava Gardner, que se había ido a San Remo para hacer las fotos publicitarias de la película La condesa descalza, y Casares y su ayudante, que se habían marchado a San Sebastián para vestir a varias damas que querían deslumbrar con sus vestidos durante la celebración del primer Festival Internacional de Cine, que se iba a inaugurar en ese año. Acudiría mucha prensa de todo el mundo y un nutrido número de celebridades internacionales, incluida Gloria Swanson, la gran estrella del cine mudo e inicios del sonoro. Casares no podía dejar pasar la oportunidad de que su nombre se pronunciase entre tantas personalidades del firmamento cinematográfico.
La policía tampoco había podido tomar las huellas de los marqueses del Río Tormes, que estaban de viaje en Italia. Hasta el momento, las huellas del personal de Pascualete y los anfitriones e invitados no coincidían con la huella parcial encontrada en el mazo del almirez.
—Es cuestión de tiempo —dijo Margot—. Mientras Javier Cuadrado esté encerrado, todo irá bien.
—Sí, pero descubrir al cómplice es muy importante —replicó Gutiérrez—. Aunque no sea el autor, el peso de la ley también recae implacable sobre él.
Margot le dio la razón. Especularon y descartaron sospechosos hasta el punto de cerrar el círculo en Casares o en su ayudante. Uno de los dos debía ser su cómplice, por la cercanía del modisto al sacerdote. De momento, los tenían controlados. Sabían que se quedarían en San Sebastián hasta que los vestidos de sus clientas estuvieran listos. Además, para el modisto era importante dejarse ver por el lugar de moda de la aristocracia desde que la reina Victoria Eugenia lo eligiera como ciudad de veraneo, antes de salir camino del exilio. A pesar de la censura sobre los medios para que no hablasen del cura detenido, no se comentaba otra cosa en los círculos más pudientes. Todos ya lo habían sentenciado, incluso antes de celebrarse el juicio. La sociedad estaba conmocionada. Se suponía que debía ser un hombre entregado a su vocación religiosa y estaba en las antípodas, como responsable de la muerte de tantas mujeres. Alguien capaz de lo mejor del ser humano y de lo peor a la vez. Dos personalidades en una. Sin duda, se trataba de una patología severa, ya que su mente experimentaba una auténtica confusión de personalidades. Médicos psiquiatras hablaban de ello en círculos muy exclusivos.
Mientras tanto, los funcionarios de la prisión informaban a sus superiores de que el sacerdote insistía en su inocencia y se pasaba el día rezando en la enfermería de la cárcel.
Desde su casa, Margot daba salida poco a poco a todos los encargos editoriales que le habían hecho antes de recibir el golpe que la obligó a pasar por el hospital. Solo le quedaba la comparativa de Elvis Presley y Françoise Sagan que le había pedido el director de Siluetas. Los dos rompían normas: Elvis por cantar como lo hacían en Memphis, sin ser negro, y la escritora de dieciocho años por escribir a la ligera sobre relaciones sexuales, como algo puramente físico y natural. En el libro hablaban también de un accidente de tráfico y una muerte súbita. Otra vez el coche segando vidas, se dijo Margot a sí misma. Y la soledad en compañía, la tristeza… y el vacío que dejan algunas personas. El artículo gustó mucho al director, que le agradeció que no hubiera dejado de lado sus obligaciones, a pesar de no estar repuesta del todo.
Al cabo de los días, una vez publicado su artículo, la revista recibió muchas cartas de indignación y crítica. Incluso escandalizó a varios políticos por lo atrevido del contenido del libro. El régimen de Franco prohibió su distribución en España, a pesar de que se hizo una rápida traducción por parte de la editorial José Janés. El gobierno emprendía su cruzada en pro del recato y la decencia ese verano de 1954. Margot se sorprendía de esas reacciones que nada tenían que ver con la corriente de libertad que llegaba desde Inglaterra, Francia e incluso Estados Unidos.
De todas formas, pensó que, aunque no llegara a España de momento, era solo cuestión de tiempo. Las mujeres querían ser dueñas de su vida y no depender de la decisión de los padres ni del marido ni de nadie. Esa semilla de pensamiento no hacía falta importarla, estaba ya dentro. La rebeldía y la conquista de derechos no tenían vuelta atrás.
Poco a poco, fueron llegando las primeras invitaciones para asistir a distintos actos nocturnos, pero Margot no se veía preparada. Máxime cuando la luna había alcanzado su mayor tamaño. Camila, Sátur y ella contemplaron juntas desde casa la superluna azul que iluminaba Madrid de noche. Esa luna tan brillante solía darse en verano. Según la miraba, sintió un escalofrío al acordarse de lo que le había ocurrido un mes antes. También pensó en Parker, que, de haber estado en España, la habría disfrutado como nadie. Contemplarla desde sus ventanales le pareció todo un espectáculo. Sin embargo, se sentía intranquila, a pesar de que Javier Cuadrado estaba entre rejas. Margot no salió esa noche. Había algo que le impedía hacerlo. Estuvo con mal cuerpo todo el día. No era una cuestión física, sino mental. En su interior no podía evitar recordar una y otra vez lo que le había ocurrido durante la luna llena anterior. No lo quiso verbalizar ante Camila y Sátur porque no deseaba preocuparlas.
Esa noche, había un acto en homenaje a Agustín Lara, compositor y artista mexicano, recién llegado de su país, a quien iban a conceder el premio Batuta de Plata. Toda la sociedad quería homenajear al autor del chotis dedicado a Madrid, que había comprendido la esencia de la capital sin conocerla. Cayetana Fitz-James, que estaba embarazada entonces ya de casi nueve meses, la llamó para acudir con ella, pero Margot le dijo que no se sentía bien. La duquesa de Alba, conocedora del episodio que había vivido recientemente, lo entendió. Todo estaba muy reciente. Se tocó la cabeza y todavía le dolía. Sus «guardianas» y ella estuvieron largo rato contemplando la luna desde el salón, con las ventanas abiertas de par en par.
A medianoche se retiró a descansar. El dolor de cabeza fue creciendo hasta hacerse insoportable. Parecía que hubiera recibido el golpe de nuevo. Le costó conciliar el sueño.
A las diez de la mañana sonó el teléfono. Margot seguía en la cama. No entendía por qué se encontraba tan mal, casi un mes después de recibir el golpe. Sátur tocó con los nudillos a la puerta y le comunicó que llamaba al teléfono el comisario. Se levantó de un salto y fue en camisón directamente a su despacho.
—Margot, soy Benito Poveda. Acabamos de recibir un aviso. Ha aparecido una joven muerta en la habitación de su casa. Sus padres salieron al acto de homenaje a Agustín Lara y no se dieron cuenta hasta esta mañana que estaba muerta. —El comisario le dio la noticia sin paños calientes.
—¿Quién es? ¿La conozco? —Margot no daba crédito. El asesino seguía suelto.
—La hija de los duques de Mesena. Se quedó en casa y allí la asesinaron. Desconocemos si es alguien que ha aprovechado la estela del asesino y lo está imitando o si, realmente, el cura es inocente.
—A Jack el Destripador le achacaron algunos asesinatos que no llevaban su sello. Con el paso del tiempo, se demostró que no había sido él. Hay cinco que se le atribuyen, el resto pudieron ser obra suya o de otra persona —arguyó Margot—. Voy para allá.
—Nos vemos allí —la citó Benito Poveda—. Espero que no tenga nada que ver con los asesinatos del cura y que estemos hablando de otra persona, porque, si no, tendríamos un problema muy serio.
El comisario le dio la dirección. Se trataba de una casa del barrio de El Viso, situado en la zona noroeste de la ciudad. La familia vivía muy cerca de Aline Griffith y lo primero que hizo tras colgar al comisario fue llamarla.
La condesa de Quintanilla no estaba en Madrid, había viajado con su marido a París. A Margot se le ocurrió preguntar al mayordomo si conocía a los padres de la víctima, los duques de Mesena. Este le contó que la familia había estado alguna vez en la casa. De la joven tan solo sabía que vivía en Francia.
Se vistió a toda prisa y, al salir del portal, tuvo la suerte de encontrar un taxi en la parada. Cuando Margot llegó al lugar del crimen, la policía había establecido un cerco alrededor de la casa. Se identificó y preguntó por el comisario. Inmediatamente la dejaron pasar. El juez todavía no había llegado; esperaban que lo hiciera de un momento a otro. Don Eugenio Benito Poveda la condujo a la escena del crimen. En cuanto vio el cadáver, recordó la primera vez que contempló a una persona muerta. Fue en el baile de disfraces. Le impactó mucho ver sin vida a la marquesa de Torquemada. Ahora observaba a la nueva víctima con cierta empatía por la creencia de que podría haber sido ella en su lugar. La mujer estaba de espaldas, en el suelo, y había unas gotas de sangre en su falda. Estaba todo colocado y en orden. Precisamente por eso, Margot supuso que el asesino conocía a la víctima. El comisario estuvo de acuerdo. Necesitaban ver el cuello. Eso sería determinante. De lejos se escuchaban los llantos de los padres, que no podían creer lo que había sucedido. Cada vez se iban incorporando más voces de familiares y amigos.
Por fin llegó el juez y, tras un primer reconocimiento, ordenó el levantamiento del cadáver. Al colocarla sobre una camilla para trasladar sus restos, observaron que en el cuello había una marca roja. Igual y del mismo tamaño que en el resto de las víctimas. Instintivamente, Margot se echó la mano a su cuello y después a la cabeza. Pensó que había tenido mucha suerte. El asesino había vuelto a actuar. Se preguntaba si habían encerrado a un inocente.
Al cadáver no le faltaba ningún dedo, pero, al igual que las otras víctimas, tenía una piedra preciosa en la mano izquierda. Esta vez se trataba de una piedra azul muy intensa.
—¡Un lapislázuli!, la piedra de los escarabajos sagrados y las máscaras funerarias de Egipto —dijo Gutiérrez para asombro de todos. Él los miró e intentó dar una explicación—: Me gusta mucho todo lo relacionado con la cultura egipcia. El color azul es símbolo de pureza y nobleza.
—Estamos ante un nuevo caso del asesino de las damas —aseveró Margot—. No sabemos si es por imitación o realmente el verdadero asesino anda suelto.