Luna roja
37. La quinta víctima
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La quinta víctima
María Benavente, de pelo moreno y muy guapa, acababa de cumplir veinticinco años. Decían que se parecía a las mujeres que retrataba el pintor Julio Romero de Torres en sus cuadros: con los ojos de misterio y el alma llena de pena. Había vivido en París los últimos meses, aunque ese verano había ido a pasar unos días de vacaciones a San Sebastián, junto a su familia. Vacaciones que había interrumpido para acudir a la capital a realizar una serie de gestiones y papeleos con el fin de poder residir, por tiempo indefinido, en el país vecino. ¿Qué pasó esa noche en su casa, en Madrid? ¿Quién la fue a ver y la mató aprovechando que sus padres habían ido al acto de homenaje a Agustín Lara?
En la Brigada Criminal hubo una gran discusión entre los dos comisarios: el jefe actual, Jacinto Velarde, y el emérito, Eugenio Benito Poveda. El nuevo le achacaba al veterano «no haber sabido llevar la operación policial desde el principio». A su vez, el profesor y comisario jubilado le insinuaba «no tener la capacidad de ver que el asesino, en realidad, estaba jugando con la policía».
—Trata de despistarnos —manifestaba don Eugenio—. Alguien está interesado en que creamos que esta última muerte tiene que ver con las anteriores. Yo le digo que el cura está en el ajo. Sabe más de lo que dice y todas nuestras investigaciones confluyen en él. Otra cosa es que la persona que lo está encubriendo quiera imitarlo para que lo exculpemos. No caigamos en su trampa, por favor.
—Señor comisario, no entiendo que no le tiemble el pulso. ¿De verdad tiene la seguridad de que el sacerdote es el asesino de las damas? —le increpó Velarde—. Yo le confieso que tengo mis dudas. Podemos salir todos muy mal parados de este caso, y no estoy dispuesto a que me ocurra como a Juan Bilbao y me quiten este puesto de un plumazo. Si fallamos, le haré responsable a usted, ¿me entiende?
—Yo siempre he sabido asumir mis responsabilidades —se defendió el comisario—. De modo que no me tiene que decir qué decisión va a tomar si fallamos, ya lo haría yo motu proprio.
—¡Pues cuidado con los pasos que den! ¡Ni un solo error! Solo le digo eso.
El comisario Benito salió enfadado del despacho del comisario jefe. No tenía ninguna necesidad de escuchar esas cosas estando ya jubilado. Tenía razón su mujer cuando le decía que se quedara tan solo con la Escuela de la Policía y dejara la vida nocturna de la comisaría. Pero esa oficina, en pleno corazón de Madrid, era su vida y los inspectores, su otra familia. Los había formado a todos para combatir el crimen, incluida la más joven, la inspectora Peters.
Había que darse prisa, era evidente que el tiempo jugaba en su contra. Los invitados rezagados, que habían estado en la finca Pascualete y después habían partido a diferentes destinos, ya habían regresado a Madrid. Todos fueron citados para tomarles las huellas dactilares en la Puerta del Sol y no opusieron ningún tipo de resistencia. Los primeros en aparecer fueron Casares y su ayudante. El modisto, con su sequedad de siempre, y su introvertido ayudante quisieron saber el motivo por el que les había requerido la policía para la obtención de huellas. Los inspectores tampoco fueron muy explícitos y simplemente les dijeron que «lo ha pedido el comisario como pura formalidad». Se pusieron manos a la obra y un perito experto en dactiloscopia comenzó con el modisto: primero le humedeció la yema de los dedos en tinta y después las plasmó en un papel especial de color blanco. Casares fue en busca del comisario mientras el perito realizaba el mismo procedimiento con Juan Palomeque. A este le sudaban las manos y hubo que repetir la operación varias veces hasta que la huella fue legible.
Benito Poveda inmediatamente recibió al modisto en su despacho. Cuando este le pidió explicaciones, simplemente le dijo que querían «tener controlados a todos los invitados» de la condesa de Quintanilla por el suceso que había ocurrido en su finca. Omitió que habían encontrado media huella en el objeto con el que la joven fue golpeada. El modisto aprovechó para insistir en que estaban cometiendo un grave error con el sacerdote. «Es incapaz de hacer daño a nadie», decía. El comisario le explicó con vehemencia que todos los indicios apuntaban hacia él. Se daba la circunstancia, explicó, que era el consejero espiritual de todas las víctimas, incluida Margot Sanz Peters, que afortunadamente había salvado la vida.
—Dudo que le achaquen la muerte de la última víctima, porque ya estaba en la cárcel —dijo muy serio.
—Pensamos que hay un imitador que pretende que le exculpemos matando en su nombre.
—¿No le parece un sinsentido? ¿Un imitador?
—Sí, alguien que quiere suplantar al asesino —continuó el comisario—. Lo que realmente nos llama la atención es que sea en luna llena cuando se activa. Don Javier Cuadrado debe ser amante de las leyendas de licántropos. Petronio ya hablaba de la transformación de un soldado en lobo. En el fondo, la literatura ha recogido este fenómeno vinculado a las supersticiones, a la magia negra, también a la capacidad de algunos bebedizos, a dormir desnudo en luna llena y a ser el séptimo hijo varón y no estar bautizado… Podría estar aquí hasta mañana con las creencias unidas al mal en luna llena. En fin…, todo se podría resumir en la locura del que se cree un animal en las noches de plenilunio.
—¿Desnudarse en luna llena también ayuda a convertirse en lobo? Bueno, si se trata de locura, todos estamos locos. Por decirlo de otro modo, ¿quién está cuerdo? Vivir no es fácil para nadie. Quien mata lo hace por algún motivo —reflexionaba el modisto en voz alta.
—¡Por supuesto! Pero cuidado con justificar a los asesinos. El que decide matar lo hace porque se cree superior a la víctima. ¡En el fondo es un cobarde! Mata por la espalda, al descuido, a traición, cuando la víctima no puede defenderse.
—Bueno, es su punto de vista. Yo lo veo como un acto de coraje. No todo el mundo es capaz de matar.
—No le añada ningún tipo de mérito al que lo hace. ¿Usted podría? —preguntó el comisario.
—¿Y usted? —repreguntó Casares sin contestar—. Seguro que ha disparado su pistola en alguna ocasión. ¿Me equivoco?
—No, no se equivoca.
—¿Y lo hizo por su trabajo o por el placer de matar? Sea sincero.
—Cuando ocurrió, no sentí ningún placer. Al contrario. La cara de esa persona me perseguirá mientras viva.
—Si lo hizo por su sentido del deber, su conciencia tiene que estar tranquila. A lo mejor el asesino cree que lo hace por un bien a la sociedad.
—Yo maté por defenderme —insistía el comisario—. Nunca pensé que esa persona estaría mejor muerta que viva. ¡En absoluto!
La conversación fue interrumpida por el inspector Gutiérrez, que les comunicó que Palomeque ya había terminado con el perito. Casares alegó que debía irse cuanto antes, ya que tenía mucho trabajo. Se levantó, le dio la mano al comisario y se despidió.
—¡Interesante conversación! Podemos retomarla en cualquier momento —sugirió Benito Poveda.
—¡Cuando guste!
—Una cosa más, ¿a usted le activa la luna llena? —preguntó el comisario con una sonrisa.
—Digamos que me dejo atrapar por ella.
Casares salió del despacho con la misma frialdad con la que había entrado. No le puso nervioso hallarse en una comisaría, y menos aún las preguntas del comisario. No podía decirse lo mismo de su ayudante, que parecía que hasta respiraba acelerado.
Esa tarde acudieron también los marqueses del Río Tormes, que acababan de llegar de viaje. La mujer se mostraba muy nerviosa. No entendía por qué motivo tenían que prestarse a que les tomasen las huellas.
—Es simple rutina, señora —respondió Morales con su poca mano izquierda—. Además, si usted no ha tenido nada que ver con el intento de asesinato, no tiene por qué temer absolutamente nada.
—Perdone a mi mujer. Esta nueva muerte y el intento de asesinato de la joven que conocimos en Pascualete nos han impactado mucho. Por cierto, ¿cómo se encuentra?
—Recuperada.
El inspector Morales no quiso dar ningún dato más. La amabilidad en él siempre brillaba por su ausencia. Al menos, les dio las gracias por colaborar con la policía. En cuanto el perito obtuvo sus huellas, el comisario los recibió.
—Señores, ¿conocían a la hija de los duques de Mesena?
—Perfectamente. Se veía mucho con mi hija —manifestó el marqués— hasta que María se fue el año pasado a París. Era muy independiente y eso generaba discusiones con sus padres.
—¿A qué se refiere?
—Tenía muchas amistades, pero nada serio con nadie. Vivía sola.
—Bueno, eso no es un delito. Para la gente joven, pasar por el altar ya no está entre las prioridades, y menos aún si viven en Francia, en Inglaterra o en Estados Unidos. Las costumbres son diferentes —argumentó el comisario.
—Querido, creo que te estás extralimitando —dijo la marquesa en voz baja al marido, pero en tono recriminatorio.
—Bueno, en realidad, solo hemos venido a colaborar con ustedes.
—Pues muchas gracias. Pueden irse cuando gusten —concluyó el comisario.
Salieron de allí todo lo rápido que pudieron. El comisario se quedó preocupado con uno de los comentarios del marqués. ¿El asesino había matado a una joven por el hecho de vivir sola? Se salía del patrón. Hasta ahora, su objetivo eran mujeres que traicionaban a sus novios o maridos. En el caso de Margot también, ya que se ofreció como señuelo en la fiesta flirteando con unos y con otros en presencia de su novio. El sacerdote cuadraba en ese perfil rancio y estricto. Recriminaba las actitudes que se salían de la norma establecida por la religión y picó el anzuelo. Sin embargo, la muerte de la joven María Benavente no encajaba. Ni siquiera se parecía físicamente al resto de las víctimas. Todas, excepto ella, eran de pelo rubio y delgadas. Por lo tanto, perfectamente podía tratarse de un imitador que hubiera visto en la última joven un blanco fácil.
El comisario solicitó al juez una nueva orden de registro de la casa del cura. Necesitaban encontrar un eslabón, por pequeño que fuera, algo que reforzara la acusación de asesinato contra él. Al cabo de una hora, el juez le dio permiso para entrar en el domicilio, que se encontraba dentro de la parroquia de San José. Benito Poveda llamó rápidamente a Margot a su casa.
—Inspectora, ¿se ve con fuerzas para acompañarme a registrar de nuevo la casa del cura?
—¡Por supuesto! —exclamó con entusiasmo.
—Por cierto, ¿tiene ya el alta?
Se tocó la cabeza y aún le dolía con el simple roce de la mano.
—Todavía no, comisario, pero eso no será un impedimento para vernos e intentar resolver este caso de una vez por todas. ¿Cómo quedamos? —Margot estaba deseosa de volver a la acción.
—En una hora, en la iglesia de San José. Volveremos a registrarlo todo palmo a palmo, incluida la sacristía.
La policía ya había inspeccionado la casa del cura cuando lo detuvieron, pero seguramente se les había pasado algo por alto. Intentaban conseguir pruebas que le incriminaran.