Luna roja
38. Búsqueda de pruebas
Página 40 de 52
38
Búsqueda de pruebas
La ciudad mantenía su actividad frenética de siempre. Un ir y venir de gente que caminaba con prisa, ajena por completo a la investigación que llevaba de cabeza a la Brigada Criminal. En los bares, terrazas y comercios no se hablaba de otra cosa que del asesino de las damas. La policía no salía bien parada en esos comentarios e incluso se hacían chistes que dejaban en muy mal lugar la labor policial.
Mientras tanto, el comisario y los inspectores Gutiérrez, Morales y Suárez llegaban en un coche de la policía al número 43 de la calle Alcalá. Margot, que vivía a poca distancia, ya los estaba esperando.
—¡No parece la misma! —dijo el comisario, que no se acostumbraba a verla con su nueva imagen.
—Era la única forma de disimular los puntos que me dieron en la cabeza.
—Contribuyamos a incriminar a quien le hizo eso. ¡Entremos!
En ese momento, se estaba celebrando una misa, de modo que volvieron a salir y pasaron directamente al edificio colindante, donde se encontraba la casa del cura. Llamaron al timbre y una mujeruca vestida de negro les abrió la puerta. Le enseñaron la orden del juez y, después de identificarse como policías, entraron en el domicilio. La señora que vivía en la casa era la tía del cura y permitió que miraran con libertad por todas partes.
—En esta casa no hay secretos ni los ha habido nunca. Lo único que ha hecho siempre mi sobrino ha sido cuidar de todos los que llamaban a su puerta para pedir ayuda. Le puedo asegurar que solo piensa en hacer el bien.
El comisario se quedó con ella en el austero saloncito que daba a dos habitaciones. Gutiérrez y Margot entraron en el dormitorio. Abrieron los cajones y leyeron todos los papeles que se encontraron. Había muchas cartas que Margot decidió llevarse consigo, y rosarios, pequeñas figuritas y dibujos infantiles que la inspectora también requisó. En el armario, aparte de un par de camisas blancas y pantalones negros, había otra sotana a la que revisaron hasta los dobladillos. No se les podía pasar nada por alto. Morales y Suárez entraron igualmente en la habitación de la señora, que se sorprendió de que inspeccionaran sus cajones palmo a palmo.
—Pero ¿qué están buscando? —preguntaba la mujer al comisario.
—Cualquier cosa que pueda servirnos para la investigación.
—Me van a dejar todo hecho una pena y yo ya soy muy mayor.
—Acabaremos rápido —decía el comisario en un tono conciliador.
No encontraron alianzas, ni ningún tipo de objeto relacionado con las víctimas. Salieron de allí solo con las cartas y los dibujos que Margot creyó conveniente revisar con tranquilidad.
—Si se llevan todos esos papeles, les pido que los devuelvan en cuanto puedan. Son los únicos recuerdos de los niños que han pasado por aquí. Cuando vuelva don Javier —se había acostumbrado a llamarlo así, aunque fueran familia— quiero que esté todo como él lo tenía.
—Se los traeremos tan pronto como los revisemos —dijo Margot.
Una vez que acabó la misa, los cuatro inspectores entraron en la sacristía e igualmente no dejaron ni el vino por examinar. Pidieron al sacerdote que lo decantara para poder ver el fondo de la botella. También miraron el cáliz por la base para desterrar que tuviera doble fondo. Igual ocurrió con la patena que contenía las formas sagradas que se habían utilizado para la celebración de la misa. El suplente de don Javier lo vació sobre otro ciborio, que era el que utilizaba normalmente. Revisaron las casullas por si tenían algún cosido donde pudieran estar escondidos los anillos de las víctimas. Miraron con minuciosidad el hisopo, las vinajeras…, todo lo que encontraron por allí. No podían pasar nada por alto. Abrieron los armarios donde guardaban el material religioso y rebuscaron en los huecos por si tenían doble fondo. Pero todo estaba en su sitio, sin ningún objeto que perteneciera a las víctimas. Fue una salida infructuosa. En las cartas y en los dibujos que se llevó Margot, tampoco esperaban encontrar nada excepcional que pudiera añadir luz a la investigación.
Regresaron a la brigada con la frustración de no haber logrado ninguna prueba inculpatoria. Sin embargo, el perito en dactiloscopia les dio una noticia que les alegró el día. La huella parcial hallada en el almirez coincidía con la de uno de los invitados, al que siempre habían pasado por alto: Juan Palomeque, el inexpresivo ayudante de Casares. El comisario se quedó completamente sorprendido. No esperaba que el cómplice fuera el asistente del modisto. Urgía interrogarlo de nuevo. Llamó a Margot, que ya había llegado a su domicilio, para comunicarle esta novedad.
—Si le digo que me sorprende, le mentiría. Sin embargo, necesitamos saber por qué ha ayudado al cura —comentaba la joven mientras le daba vueltas en la cabeza a esta nueva prueba.
—Seguramente la última muerte sea obra suya. Una imitación que se sale del patrón de los otros asesinatos. Ahora mismo mando una patrulla a detenerlo.
El comisario avisó al juez de guardia y le comunicó la inminente detención del ayudante del modisto. La huella parcial era una prueba irrefutable de que Palomeque había tocado la maza del almirez, seguramente cuando intentaba borrar las huellas del cura. Por su parte, el juez que instruía el caso le avisó de que al día siguiente citaría al sacerdote para un nuevo interrogatorio. La muerte de María Benavente y la detención de Palomeque cambiaban el rumbo del caso. El juez, nada más colgar, habló con el director de la cárcel de Carabanchel para pedir que al día siguiente trasladaran al cura de la enfermería al juzgado.
El obispado de Madrid, que no podía consentir ese escándalo, había contratado a un buen abogado para la defensa del párroco. Se trataba del letrado que tenía fama de ganar todos los pleitos en los que intervenía, Damián Aguirre. Fue citado también a las once de la mañana. La policía deseaba respuestas. El comisario tenía al cómplice, ahora necesitaba desenmascarar al cura.
La policía se presentó en el atelier de Casares, pero el ama de llaves les informó que no estaban ni el modisto ni el ayudante. Habían decidido regresar a San Sebastián esa misma tarde.
El comisario emitió una orden de búsqueda y captura contra Palomeque. Avisó a sus colegas de la capital donostiarra para que lo detuvieran en cuanto pusiera un pie en la ciudad. Era cuestión de horas.
Esa noche, todos se acostaron con la seguridad de que el caso estaba a punto de resolverse. La única que se desveló fue Margot. Comenzó a leer las cartas y a observar los dibujos que el cura guardaba de los niños y adolescentes a los que había ayudado a lo largo de su carrera eclesiástica. Los miró varias veces hasta que finalmente el sueño la venció.
Al día siguiente, a las once de la mañana, el sacerdote entraba por la puerta del juzgado acompañado de dos policías. Su abogado le esperaba a la entrada. Deseaba estar presente en el momento en el que le tomaran declaración. Le aconsejó que, si no estaba seguro de lo que iba a decir, era mejor guardar silencio. El comisario también estuvo presente.
—Señor Cuadrado, queremos hacerle unas cuantas preguntas —comenzó el juez—. ¿Conocía a María Benavente, la hija de los duques de Mesena?
—No. No la conozco. ¿Qué ha ocurrido?
—Díganoslo usted. ¿Ha ordenado desde la cárcel acabar con su vida?
—Pero ¿qué están diciendo? ¡Ya les he dicho que soy inocente de esta y de todas las muertes!
El sacerdote comenzó a sudar y se apoyó para no caerse a plomo al suelo. Tuvieron que darle un vaso de agua. El abogado pidió que no le hicieran más preguntas. Estaba completamente desmadejado y abatido.
—¿Ha muerto otra joven? —preguntó cuando pudo hablar.
El juez dijo que sí y el cura se quedó completamente pálido, como si se hubiera quedado sin sangre.
—No me encuentro bien —alcanzó a decir con un hilo de voz.
El abogado solicitó concluir la comparecencia, pero el juez pidió que contestara a una última cuestión.
—¿De qué conoce a Juan Palomeque?
—Pero ¿por qué me preguntan por él? No sé qué decirles.
—¿Le conoce o no? —preguntó el juez de malas formas.
—Sí, claro, es el ayudante de Casares, mi pupilo. No sé prácticamente nada de él. Simplemente que son amigos. Nada más. ¿Qué ha pasado con él?
—Hemos encontrado una huella suya en la maza del almirez. El instrumento que usted utilizó contra la joven Margot Sanz Peters.
—No he utilizado nada contra nadie. ¿Están locos? ¿La señorita Sanz se encuentra mejor?
—Eso a usted no le interesa.
—Aunque no lo crea, me importa. Me alegraría saber que se encuentra bien.
—Lo sabrá en su momento.
—¡Soy inocente! No sé en qué idioma quiere que se lo diga.
—Si es usted inocente, ¿conoce al responsable de estas muertes?
Se quedó callado y miró a su abogado como solicitando ayuda.
—Mi representado ya no va a contestar ninguna pregunta más. Ha respondido más de lo que yo hubiera querido —ratificó el letrado.
—Le vuelvo a formular la pregunta porque es importante. Si usted no ha sido, ¿conoce al autor de las muertes?
Volvió a mirar al abogado.
—Les he dicho que mi representado no tiene nada que añadir. Está haciendo un gran sobreesfuerzo—concluyó don Damián Aguirre.
—Está bien. ¡Llévenselo! —se dirigió a los guardias.
—¡Soy inocente! ¡Soy inocente! Señor juez, soy un hombre de fe y jamás le haría daño a nadie. ¡Soy inocente!
«Eso es lo mismo que dicen todos los asesinos», pensó el comisario Benito Poveda.