Luna roja
39. La media huella
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La media huella
El modisto Casares y su ayudante realizaron el viaje en coche y llegaron a San Sebastián de madrugada. Se alojaron en el hotel María Cristina, que estaba al completo porque el primer festival se había convertido en un aliciente para los clientes. Sin embargo, el modisto siempre tenía una habitación doble, estuviera al completo o no, ya que por allí acudían a probarse todas las grandes damas que veraneaban en la capital donostiarra.
A la mañana siguiente, muy temprano, a pesar de las pocas horas que había podido dormir, Juan Palomeque salió a pasear por la playa de la Concha, ubicada al oeste de la desembocadura del río Urumea. Palomeque no era el único que caminaba a esas horas cerca de la orilla. Se quitó la camisa para recibir sobre su torso los primeros rayos de sol y recorrió descalzo varios kilómetros en contacto con el agua fría. Las olas salían a su encuentro y no hacía nada por sortearlas. Después de una hora caminando, decidió regresar sobre sus pasos en dirección al hotel. Entró en el hall ya con la camisa abrochada y el calzado en su sitio, dispuesto a subir a la habitación. Sin embargo, el recepcionista le indicó que unos señores preguntaban por él.
Dos inspectores con traje y sombrero se le acercaron y le pidieron que los acompañara. En un aparte, le informaron del motivo de su visita.
—Somos policías. Le sugerimos que no haga ningún aspaviento si no quiere que todo el mundo se entere de que vamos a detenerle. No ofrezca resistencia. —Según le decía esto, el agente se abrió la chaqueta y dejó a la vista la pistola que llevaba ceñida a la cintura.
—¿Detenerme? ¿Por qué? —Parecía completamente desconcertado.
—Eso lo desconocemos, pero ayer la Brigada Criminal emitió una orden de búsqueda y captura contra usted. Nuestra misión es llevarle a Madrid.
—Debe ser una confusión, tengo que subir a la habitación y coger mis cosas. No me puedo ir sin avisar a mi jefe, el señor Casares —protestó enérgico.
—No puede avisar a nadie. Nos vamos de inmediato. Saldremos discretamente por la puerta de servicio, donde nos espera un coche.
—Pero… por favor. Déjenme al menos ponerme un pantalón. ¡Voy en bañador!
—Está usted detenido. ¿Es que no lo entiende?
Le pusieron las esposas, lo montaron en el coche y salieron camino de la capital.
Mientras tanto, extrañado de que Juan no regresara a la habitación, Casares llamó a recepción para preguntar si le habían visto. Le dijeron que se lo habían llevado dos policías que lo estaban esperando.
Colgó el teléfono y comprendió que la prueba dactilográfica del día anterior tenía que ver con lo ocurrido. Se puso a caminar por la habitación, necesitaba pensar. Fue a la mesilla de noche y cogió un cigarrillo. Después de un rato fumando sin parar, pidió a la centralita una conferencia con la Dirección General de Seguridad, en Madrid. Cuando le respondieron, solicitó, a su vez, que le derivaran la llamada a la extensión del comisario de la Brigada Criminal. Sin embargo, al otro lado del teléfono le atendió el inspector Gutiérrez. El modisto deseaba hablar a toda costa con Benito Poveda, pero no se encontraba allí. Entonces le exigió información al propio inspector.
—Quiero saber el motivo por el que han detenido a mi ayudante, y también a dónde lo han llevado.
—Lo traen a Madrid, pero no le puedo dar ningún dato más —respondió Gutiérrez.
—No entiendo qué ha cambiado de ayer a hoy. ¿Han sido las huellas dactilares?
—No le puedo contestar. Si viene por aquí, le atenderemos con mucho gusto.
Casares, todavía en shock mientras digería la noticia, supo que tenía por delante una jornada muy difícil. Debía atender los compromisos adquiridos con las señoras que deseaban acudir a la entrega de premios del festival, que había llegado a su fin. Contrató de urgencia a una modista que conocía y, sin decir nada a nadie de lo que acababa de suceder, procuró que estuvieran todas satisfechas con su trabajo y la confección de sus vestidos.
—Señoras, deben llevar el traje y no al revés, que el traje las lleve a ustedes. Se trata de que lo sientan como una segunda piel. —Les decía prácticamente a todas lo mismo. No estaba para pensar demasiado.
Esa noche, no pudo probar un solo bocado, ni tan siquiera bebió alguno de los combinados que tanto le gustaban del barman de la cafetería del hotel. Simplemente paseó por la playa mientras escuchaba el sonido monótono de las olas del mar. Sentía que todo se estaba desmoronando a su alrededor. Primero, la detención de don Javier Cuadrado, su mentor, y ahora, la de Juan Palomeque, la persona que de forma incondicional siempre estaba a su lado. Lo echaba de menos y tampoco entendía las razones que podría esgrimir la policía para su arresto. Pensó en cómo ayudarlos, con la seguridad de que ellos no eran los asesinos. Se tumbó en la playa y se acordó de lo que le dijo el comisario sobre las leyendas de los hombres lobo. Sobre todo, de la que decía que «bañarse a la luz de la luna desnudo, en una noche de plenilunio, ayudaba al que ya lo era a transformarse en lobo». Se prometió a sí mismo que, en la próxima luna llena, lo haría. No tenía nada que perder y esbozó una sonrisa. A sabiendas de que no le veía nadie, se desnudó y se metió poco a poco en el mar. La luna no iluminaba como cuando estaba llena, pero le dio igual. La sensación que tuvo fue tan placentera que logró aliviarle la noche, donde le pesaban tantos asuntos sobre los hombros. De todas formas, pensó que realmente él ya tenía mucho de lobo, sin que tuviera la necesidad de transformarse por una noche.
No estuvo allí mucho más tiempo. Se salió del agua y, después de vestirse, regresó caminando cabizbajo hasta el hotel. Al día siguiente, recogió sus cosas y las de su ayudante y regresó a Madrid. Ese verano del cincuenta y cuatro estaba siendo excesivamente cálido y, a la vez, duro y difícil. Las detenciones de las personas más importantes de su vida le habían provocado más rabia que tristeza. No disimulaba su deseo de venganza para demostrar al mundo que, una vez más, la policía se había equivocado.
Mientras tanto, en la comisaría recibieron con euforia a los inspectores vascos que trasladaron a Juan Palomeque desde San Sebastián hasta Madrid. Lo dejaron en el calabozo en bañador y camisa, lo mismo que llevaba en el momento de su detención. Nunca pensó que aquella caminata por la orilla del mar acabara como el peor día de su vida. Los inspectores Suárez y Gutiérrez le proporcionaron un mono azul de trabajo y algo de comida. Su permanente halo de superioridad y elegancia desapareció por completo. En el calabozo lloraba como un niño.
Los policías que lo habían trasladado contaron que durante el viaje no abrió la boca, ni siquiera para decir lo que todos: «¡Soy inocente!». Había permanecido mudo, no sabían si por la impresión de verse detenido o por asumir que tarde o temprano lo iban a acusar de algo. Averiguarlo ya era trabajo de la Brigada Criminal.
Después de dejarle descansar media hora, el comisario Benito Poveda lo llamó para interrogarlo.
—¿Su nombre es Juan Palomeque Villoria?
—Sí.
—¿Sabe por qué está aquí?
—No. No me han explicado nada.
—Hemos encontrado su huella en el pilón del almirez que sirvió de arma para herir a Margot Sanz Peters.
Se mostró sorprendido ante la acusación. No lo entendía, pensaba que había tomado muchas precauciones a la hora de borrar las huellas y, torpemente, había dejado la suya. ¿Qué había salido mal?, se preguntaba.
—Debe ser una equivocación —alegó, convencido de que su huella no podía estar en el mazo del mortero. Estaba seguro de que el comisario se estaba marcando un farol.
Don Eugenio Benito, más seguro que nunca de sí mismo, le contestó:
—La ciencia, señor Palomeque, no se equivoca. Usted cogió el mazo para matar a la señorita Margot Sanz Peters o para encubrir a quien lo intentó.
—Ni una cosa ni la otra —dijo con una voz apagada.
El comisario se levantó de su asiento. Su paciencia estaba llegando a su fin. Volvió a dirigirse a él, apoyando la palma de las manos sobre la mesa.
—Cuanto antes confiese, será mejor para todos. Si usted declara exactamente lo que pasó, obtendrá beneficios penitenciarios, se lo aseguro. Si no, le espera a usted mucha cárcel, eso en el mejor de los casos. Cuando salga, si es que lo consigue, será ya un anciano. O también podría darse el caso de que lo condenaran a la pena capital: el garrote vil. Es una muerte mucho más rápida. A veces, dejar este mundo es una liberación ante el panorama de estar toda la vida encerrado.
Tras escucharlo, Palomeque se desmoronó completamente y comenzó a llorar como un niño. No volvió a pronunciar una sola palabra en presencia del comisario. Este le recomendó que llamara a un buen abogado. El comisario volvió a tomar asiento.
—Una pregunta más: ¿usted conocía a las víctimas, incluida Margot?
—Sí, ¿eso me convierte en el asesino?
Habló con un tono de voz prácticamente inaudible. Parecía más un anciano que un hombre de veinticinco años.
—¿Me puede decir qué le une a don Javier Cuadrado?
—Es el mentor de Pedro Casares. El hombre que más le ayudó de niño.
No llegó a mirar al comisario mientras respondía. Benito Poveda se centraba en averiguar aquellos flecos que tenía la investigación.
—¿Y María Benavente? ¿Qué nos puede decir de ella? —Se refería a la última víctima, que no tenía el mismo perfil que las anteriores.
Palomeque no contestó, decidió sellar su boca. El comisario, al ver su poca colaboración, mandó que lo encerraran de nuevo en el calabozo. Nada tenía que ver el joven al que tomaron las huellas dos días antes con el que había regresado a comisaría.
Dos horas después de la llegada de Palomeque a la Dirección General de Seguridad, apareció el juez de guardia y volvieron a requerirlo para realizarle otras preguntas similares a las del comisario. Sin embargo, obtuvo menos colaboración todavía. Finalmente, ordenó para el detenido prisión provisional sin fianza. La policía trasladó al ayudante de Casares en un furgón hasta la cárcel de Carabanchel. Pidieron que estuviera aislado hasta el juicio. No querían que hablara con el sacerdote, que continuaba recluido en la enfermería, ni con otros reclusos que podían agredirlo, como hacían con algunos recién llegados. Una vez realizadas las pesquisas necesarias, la policía presentó un informe al juez que intentaba demostrar que Palomeque y don Javier Cuadrado no solo conocían a las víctimas, sino que colaboraban a la hora de elegirlas.