Luna roja

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40. Alta médica

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Alta médica

El verano no daba tregua y las altas temperaturas consiguieron desviar la atención informativa hacia el calor y sus posibles peligros. Daba la sensación de que la investigación del asesino de las damas se había estancado y no le importaba a nadie la parte judicial, puesto que el culpable se encontraba ya en la cárcel. Parecía que todo el mundo quería consumir más otro tipo de asuntos en los periódicos y semanarios mientras la ciudad se quedaba poco a poco vacía, con una parte de la sociedad haciendo las maletas para trasladarse a las ciudades con mar. Los que se quedaban en la capital se tenían que conformar con abrir las ventanas y pasar las noches en las terrazas o los bares que permanecían abiertos hasta la medianoche.

Margot, por su parte, se recuperaba poco a poco de las heridas, sin bajar la guardia y sin dejar de buscar respuestas entre las cartas y los dibujos infantiles que encontró en la casa del cura.

La joven había extendido los papeles por el suelo de su habitación. Por un lado, campaban a sus anchas los dibujos y, por otro, las cartas sacadas del sobre, abiertas y preparadas para ser leídas una a una. Comenzó por los garabatos y figuras que le hicieron los niños a don Javier, recién acogidos tras su infierno particular. Unos parecían manchas oscuras, inconexas, tan negras como una mina de carbón. Otros representaban a todos los miembros de la familia cogidos de la mano. Pero la inmensa mayoría pintaba a la familia sin uno de los progenitores. De todos, hubo uno que le llamó la atención; solo salía un niño cogido de la mano de su padre. Y a lo lejos, como si fuera un espectro, la figura de una mujer que se perdía al final de un camino. Era evidente que se trataba de niños que acababan de sufrir una pérdida, por abandono o por la muerte de un ser querido. Había mucha carga emocional y mucho dolor en todos ellos.

Se fue al otro lado de la cama, donde estaban las cartas. Las leyó con detenimiento. Eran las solicitudes para que el cura hiciera de Pigmalión con ellos. Le sorprendió una en la que el padre renunciaba a su hijo por falta de recursos. Una situación de auténtica indigencia y precariedad. En otra, en cambio, se podía leer que la madre había abandonado al padre y al hijo de siete años. El progenitor se sentía incapaz de educarlo y pedía ayuda al cura. Le contaba que su hijo no entendía cómo su madre había desaparecido sin dejar rastro. El padre era conocedor de que su mujer se había escapado con su amante. «Así se lo he dicho al niño —contaba en la carta—. ¿Para qué andarme con paños calientes? Ha primado más en la madre el sentimiento amoroso que el maternal. No ha tenido ningún reparo en abandonarnos a mí y a su hijo. Por eso le pido ayuda. Está rarísimo el pequeño. De ser un niño alegre, se ha convertido en un taciturno que no se comunica con nadie. Necesito su ayuda. Yo no sé qué hacer con él». Después de releerla varias veces, la apartó. Recordó que Aline le contó una historia muy parecida de la infancia de Casares. ¿Sería esa carta la que escribió su padre?

Leyó otras que describían situaciones difíciles por las que atravesaban las familias: una madre sin recursos tras la muerte de su marido. «Salimos todas las tardes Manolín y yo a mendigar. No tenemos otra fuente de sustento. Por favor, ayúdenos». Su última esperanza era el cura.

Margot las leyó con tanto interés que intentó comprender qué había detrás de cada petición al párroco. Seguramente seguiría en contacto con esos niños, como era el caso de Casares. Al fin y a la postre, el cura se convertía en un referente para todos esos adolescentes que habían vivido situaciones tan difíciles a edades tan tempranas. Pensó que quizá Juan Palomeque tenía detrás otra historia como la de esos niños con carencias. Aunque, como decía Parker, «para matar no siempre hacen falta excusas».

El sueño paró la lectura de golpe y se quedó dormida. No le dio tiempo a tumbarse en la cama y así amaneció, en el suelo entre cartas leídas y releídas, esparcidas por aquí y por allá. Sátur se asustó al día siguiente al verla enterrada entre papeles.

—Pero ¿se ha caído de la cama? ¡Cómo tiene todo esto! Parece una pocilga.

Margot estaba somnolienta. Se había dormido pensando en las situaciones que describían las familias y en los dibujos de los niños. Y se levantaba igual, con el convencimiento de que vivir no era fácil, y menos para esos pequeños a los que la vida había tratado muy mal desde la infancia. Comenzó a imaginar cómo serían sus propios dibujos de niña, tras el trauma del accidente en el que perdieron la vida sus padres. Seguramente estarían también llenos de oscuridad.

Sátur comprobó atónita como volvía a cerrar los ojos.

—¡Está completamente dormida! ¡Claro! No ha descansado nada, seguro.

—¡He dormido! Aunque no muy bien. Esa es la verdad.

Sátur comenzó a recoger los papeles desperdigados por el suelo.

—¿Qué busca entre tanto papel? —preguntó con curiosidad.

—No lo sé. Busco e imagino las vidas de unos niños que llegaron a caer en manos del sacerdote que hoy está en la cárcel.

—¿El que la agredió?

—Sí.

—¡Menudo sinvergüenza con sotana!

Camila apareció por allí ante las exclamaciones de Sátur y se sorprendió de verla en el suelo con una de las muchas cartas en la mano.

What’s happening here? —Le preguntaba con estupor qué había ocurrido en la habitación.

—Nada. Estoy leyendo cartas dirigidas al sacerdote. Necesito respuestas, y a lo mejor están aquí, delante de mis narices.

Camila le dijo que hoy tenían médico y que seguramente le darían el alta. Eso animó a Margot a ponerse de pie y a arreglarse a toda velocidad. Estaba deseando volver a su actividad profesional. Mientras desayunaba, la llamó a casa el inspector Gutiérrez para comunicarle que la policía iba a ir a la casa de Casares para registrar la habitación de Juan Palomeque.

—¿A la casa de Casares? —repitió.

—Sí. Iremos el comisario y yo. Por cierto, me ha dicho que te pida que nos acompañes.

—¿A qué hora iréis? —preguntaba Margot para cuadrar antes su cita con el médico.

—Sobre las once.

—¡Allí estaré!

Se tomó el té de un sorbo y se vistió rápidamente. Ahora era ella quien azuzaba a Camila para que se arreglara cuanto antes. Pensó que, si el médico no la había recibido en su consulta a las diez y media de la mañana, se iría a la casa de Casares. Necesitaba ver al modisto. Quería saber de primera mano cómo se encontraba con todos sus amigos detenidos. ¿Estaría desolado? Era fácil pensar que sí, aunque parecía siempre una persona imperturbable.

Afortunadamente, el médico la encontró completamente restablecida. Le preguntó si se sentía con fuerzas para volver al trabajo. Margot le dijo que sí y le pidió al médico un volante que así lo acreditara. Camila tuvo que regresar sola a casa, aunque no le gustaba, porque Margot había quedado con Gutiérrez en encontrarse a las once en punto en el taller del modisto. A pesar de lo tarde que creía que iba a llegar, fue la primera en entrar en el portal de Casares. No tardaron en hacerlo, minutos más tarde, el comisario y el inspector.

—Margot, se la ve muy recuperada. Usted ahora viene con nosotros en calidad de víctima. No cambie de papel con Casares. Es mejor que no sepa que trabaja con nosotros.

—Está bien. Quiero ver cómo se encuentra después de las detenciones del sacerdote y de su ayudante. Tengo curiosidad.

—Mi consejo es que hable poco y observe mucho a su alrededor. Si se puede introducir con disimulo en alguna habitación cerrada, mejor. Yo estaré entreteniendo a Casares constantemente. No tenga ningún miedo a ser pillada in fraganti. Gutiérrez, por su parte, se ocupará del ama de llaves. Usted abra puertas y mire con descaro. Es fundamental. No tendremos mucho tiempo. Ponga la excusa de ir al baño.

—Está bien. No sé qué me ocurre, pero estoy nerviosa.

—Es normal, Margot. Has estado muy grave —comentó Gutiérrez.

—Sabiendo que me cubrirán las espaldas, estoy más tranquila.

—Un paso más, Margot. ¡Estamos cerca! Uno más que puede ser definitivo —comentó el comisario antes de llamar a la puerta.

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