Luna roja

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41. Una visita sorpresa

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Una visita sorpresa

El ama de llaves abrió la puerta del atelier de Pedro Casares. Se quedó sorprendida de ver a Margot acompañada de dos hombres con cara de pocos amigos. Le preguntó si tenía cita con el modisto, pero la joven le dijo que no, que venía «acompañando a la policía».

—Señora, traemos una orden del juez para poder registrar la casa de Juan Palomeque —se adelantó a decir el comisario.

—Aguarden aquí un momento —pidió la mujer, inquieta.

Les hizo esperar unos minutos en la puerta y, finalmente, los invitó a pasar al salón, donde les iba a recibir el diseñador. Enseguida apareció Casares, perfectamente vestido con un traje de chaqueta claro, camisa blanca sin corbata y la cinta métrica colgando de su cuello. Su piel estaba bronceada y no parecía alterado por los acontecimientos de los últimos días, en los que su mentor y su ayudante habían sido detenidos y encarcelados.

—Ustedes dirán. ¿En qué les puedo ayudar? —se ofreció el modisto.

—Traemos una orden del juez para registrar la vivienda de Juan Palomeque, que, como ya sabrá, ha sido detenido —informó el comisario.

—Sus pertenencias se encuentran en su habitación.

Aunque vivían juntos, era cierto que tenían habitaciones separadas. Casares abrió con tranquilidad la puerta del cuarto de su ayudante. Estaba convencido de que no hallarían nada que lo pudiera comprometer.

Primero entró el comisario y, a continuación, el inspector Gutiérrez. Observaron con atención las fotos y los objetos que había en la estantería. Todo estaba perfectamente colocado. Saltaba a la vista que Palomeque era un hombre muy ordenado. El comisario comenzó a abrir y a revolver los cajones.

—¿Exactamente qué buscan? —preguntó Casares.

—Todo y nada. De momento, solo estamos observando sus pertenencias.

El inspector Gutiérrez le pidió que le enseñara su lugar de trabajo en el atelier. El diseñador hizo un gesto con la cabeza al ama de llaves, que acompañó al inspector hasta las diferentes salas donde estaban las telas y las modistas. Casares aprovechó para preguntar a Margot por su estado de salud.

—Estoy bien, gracias. Me duele todavía la cabeza, pero hoy precisamente me han dado el alta.

—Por curiosidad, ¿qué hace usted aquí con la policía? —preguntó extrañado.

—Se lo he pedido yo —contestó el comisario antes de que ella pudiera decir nada—. Estamos convencidos de que el señor Palomeque es cómplice de don Javier Cuadrado. Echaremos un vistazo, por si hay algo en la habitación que nos llame la atención y le despierte a la señorita Margot algunos de los recuerdos que todavía tiene dormidos.

—Me temo que están cometiendo otra equivocación. Los dos son incapaces de hacer daño a nadie. No van a encontrar absolutamente nada —dijo Casares, indignado.

—¿Podría ir al baño? —preguntó Margot al modisto.

—¡Por supuesto! Se encuentra al final del pasillo. Cerca del probador que usted conoce —indicó solícito.

Cuando Margot se retiró, el comisario comenzó a hacer preguntas en cascada a Pedro Casares.

La joven se movía con decisión por el pasillo y, cuando se cercioró de que nadie la veía, empezó a abrir y cerrar puertas a su paso. De pronto, tras una de ellas, se encontró con una gran habitación que intuyó que sería del modisto. No se lo pensó dos veces y entró cerrando la puerta tras de sí. El corazón se le aceleró. A gran velocidad, comenzó a rebuscar en los cajones. Tenía su ropa perfectamente ordenada por colores y tejidos. Abrió el armario principal y comenzó a palpar los trajes y las chaquetas. Al fondo, tocó con la mano algo metálico, que resultó ser una caja cerrada de galletas que tenía un segundo uso: contenía fotos. La dejó en su sitio y miró debajo de la cama; no había nada anormal. Lo intentó con los altillos del armario, pero con su estatura no llegaba tan arriba. Entonces le vino a la memoria la imagen de las fotos que acababa de ver de pasada en la caja metálica. Regresó tras sus pasos y la cogió de nuevo. Se fijó en las imágenes con detenimiento. En todas aparecía un niño y un hombre mayor. Pensó que debería ser Casares con su padre. Había un sobre blanco en el fondo y lo sacó para ver qué contenía. Eran esas fotos de la infancia que uno reserva para cuando la nostalgia lo invade, siguió elucubrando. Una mostraba a un niño de carita triste junto a una mujer con el rostro recortado. Todas tenían esa merma. Tan solo había una, muy desgastada, a la que se le estaba yendo la imprimación, que no hubiese roto. Se veía a un niño en pantalón corto sentado en el regazo de una señora delgada y rubia, bastante agraciada. Pensó que sería la madre de Casares. Debía ser el único documento gráfico que existía de ella. Guardó las fotos tal y como estaban en el sobre y lo volvió a colocar en el fondo de la caja. Cerró el armario y salió del cuarto. Después, siguió entrando en diferentes habitaciones; en casi todas había telas de diferentes colores y estampados. Uno de esos tejidos le llamó la atención y se guardó un trozo que encontró por el suelo. En otra habitación, vio a dos modistas que cosían con verdadero afán unos trajes de noche. Margot se excusó por haberse confundido con el baño. Una de las modistas se puso de pie y le señaló desde el pasillo dónde se encontraba la puerta que buscaba.

Para disimular, entró en el servicio y echó también un vistazo. Abrió uno de los armarios, que contenía diferentes medicinas, barbitúricos y analgésicos principalmente. Igualmente había diferentes colonias de marca alineadas por tamaño, tanto de mujer como de hombre. Cuando salió, hizo ruido a conciencia al caminar por el suelo de madera para anunciar su vuelta, y regresó a donde estaban Casares y el comisario. Al oírla, el inspector Gutiérrez dejó al ama de llaves en la cocina, realizando sus tareas. Margot se dirigió a él.

—¿Le importaría decirme dónde está la cocina para pedir una manzanilla?

—Por supuesto, vengo de ahí. ¿Es que no se encuentra bien? —preguntó Gutiérrez.

—Algo me ha debido sentar mal del desayuno. —Se llevó la mano al estómago y le hizo un gesto cómplice a Gutiérrez, que enseguida entendió.

—¡Qué contrariedad! —dijo Casares—. La acompaño yo.

—No, usted siga con el comisario. ¡Ya lo hago yo! —se ofreció Gutiérrez.

En el corto trayecto hasta la cocina, Margot pudo decirle al inspector que mirase en el altillo del armario de la habitación de Casares. Todo lo demás estaba revisado sin ninguna novedad digna de mención. Al llegar donde el ama de llaves estaba cocinando, pidió una manzanilla. La mujer se la preparó, aunque no le ofreció ningún tipo de conversación. Margot, sin embargo, la forzó a hablar haciéndole preguntas triviales, mientras Gutiérrez las dejaba solas e intentaba acceder al altillo del armario del modisto. El comisario, a su vez, seguía preguntando a Casares por su ayudante:

—¿Notó algo extraño en su comportamiento en la finca de los condes de Quintanilla?

—No, no noté nada extraño ni diferente. Estoy convencido de que él no es el asesino que buscan —insistió Casares.

—Bueno, podría ser el cómplice de su mentor, ¿no cree?

—Le digo que se trata de un error. Mi ayudante es incapaz de hacer daño a nadie y mi mentor, menos aún.

—¿Qué explicación da a que haya una huella suya en el mazo del mortero?

—¿En el mazo? Ciertamente, no lo sé. —Se quedó pensativo.

—¿Palomeque conocía a todas las jóvenes asesinadas?

—Tanto él como yo nos movemos en un círculo muy cerrado de personas de la alta sociedad. Es lógico que conozcamos a la mayoría de ellas. Creo que no están ustedes llevando bien esta investigación. Piensan que tienen encerrados a los responsables de los asesinatos, pero le aseguro que ni uno ni otro tienen la personalidad necesaria para hacerlo.

—Será un juez quien decida si son o no culpables —consideró el comisario—. Palomeque y Cuadrado podrán defenderse durante el juicio.

—¿Ha pensado en la posibilidad de que el padre Cuadrado sepa quién es el asesino, pero no pueda decirlo? —sugirió Casares.

—Créame, si él no es y conoce quién es el asesino, confesará tarde o temprano. Yo me ocuparé de que sea así —afirmó Benito Poveda, muy seguro de sí mismo.

—Supongo que sabe de sobra que un cura no puede romper el secreto de confesión.

—¡Secreto de confesión! —murmuró el comisario, casi para sí mismo—. ¿Cree que podría saber quién es el asesino porque se lo haya contado él mismo en secreto de confesión?

—Eso lo dice usted, yo solo se lo he insinuado.

—Es una buena apreciación —reflexionó—. Y Palomeque, ¿por qué no habla?

—No sabría decirle a ciencia cierta…

—¿Tiene familia?

—No, señor, su familia soy yo.

—¿Ni padres, ni hermanos, a pesar de ser tan joven?

—Me tiene a mí. Soy su jefe… y su amigo.

Casares hablaba con ambigüedad de su relación. Ese verano, precisamente, se iban a endurecer las normas para los homosexuales y, aunque no lo dijo, eso le preocupaba. El modisto sorteó las preguntas y dejó claro que, sobre todo, había una relación profesional. Margot regresó y a los pocos minutos lo hizo el inspector Gutiérrez. Se quedó pensativa mirando al modisto. No perdía detalle de lo que decía y de cómo se movía. Como si algún recuerdo quisiera regresar a su memoria. Se quedó callada y de pronto comenzó a sentirse mal.

—Creo que debería irme. No me siento bien —dijo angustiada—. Lo siento, señores.

—Gutiérrez, ¡llévela a casa! Yo me quedo unos minutos más conversando con el señor Casares —ordenó el comisario.

El modisto le interrumpió el paso, la miró a los ojos y supo que alguna información había llegado a su cerebro.

—Quisiera regalarle uno de mis trajes después de la mala experiencia con el último —dijo Casares, casi impaciente—. Tendría que volver a tomarle medidas.

—Se lo agradezco mucho, pero hoy no puede ser. Mi cabeza va a estallar. Lo siento. Necesito meterme en la cama.

Se dio media vuelta y se fue de allí a toda velocidad. Bajó las escaleras tan rápido que Gutiérrez tuvo dificultades para seguirla. Hasta que no salió del portal, no habló. Parecía que no podía respirar.

—Me ahogaba allí. Hay algo en Casares que me ha hecho sentir pánico —manifestó Margot, angustiada.

—¿Qué ha ocurrido? —Gutiérrez intentaba tranquilizarla.

—No lo sé, le he mirado a los ojos y no sé qué he visto. No podría decírtelo. Me da vueltas la cabeza. Aunque me han dado el alta, sé que no estoy bien del todo, pero no se lo digas al comisario —confesó.

—¡Tranquila! Me preocupa que no te sientas bien. También es verdad que el entorno de Casares parece muy turbio.

—¡Y el propio Casares! Por cierto, ¿lograste comprobar qué había en los altillos?

—Sí, algo importante: una caja fuerte que no pude abrir, tapada con mantas, y un joyero con relojes, alfileres de corbata de oro y gemelos. Se ve que le gustan las joyas.

—Sí, eso ya me lo dijo Aline la primera vez que lo entrevisté para la revista Siluetas. Durante la sesión de fotos, ella lució un broche de brillantes que adornaba por sí solo el vestido que llevaba y que era de Casares. Si no lo has visto, debe estar guardado en la caja fuerte. ¡A saber cuántas joyas tendrá allí!

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