Luna roja

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42. Infancias rotas

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Infancias rotas

Margot en casa se encontraba muy nerviosa. No sabía por qué, pero necesitaba tranquilizarse, y decidió encerrarse en su habitación. Se tumbó en la cama y se abrazó a la almohada. Durante un largo rato, estuvo dándole vueltas en la cabeza a lo dicho por Casares y a todo lo que vieron en las habitaciones.

Al final, se tiró al suelo y volvió a esparcir las cartas de los familiares de aquellos niños que dejaban al cuidado del sacerdote. Volvió a mirar los dibujos oscuros y llenos de dolor de los pequeños.

«¡Su madre lo abandonó!», se dijo a sí misma en voz alta pensando en Casares. Era la historia de una infancia rota que jamás se iba a recomponer. ¿Por qué rompería las caras de su madre en las fotografías?

Camila y Sátur aparecieron por la habitación. No entendían el motivo por el que se encontraba en ese estado de nervios. Cuando vieron su cara completamente pálida, comprendieron que no se encontraba bien. Camila la riñó especialmente por haber dicho al médico que ya estaba en perfectas condiciones. Y Sátur también aportó su grano de arena:

—De un golpe en la cabeza una no se recupera así como así —opinó con rotundidad—. No debe salir a trabajar, todavía puede perder el conocimiento cuando vaya por la calle y golpearse la cabeza otra vez.

Hizo caso y se tumbó de nuevo en la cama. Sátur le preparó algo ligero para que no se moviera de allí en toda la noche.

—Así no puede estar la habitación. —Sátur recogió los papeles que había por el suelo—. Mañana será otro día.

Al día siguiente, Margot se despertó con el murmullo de la radio. El volumen estaba bien alto y le pareció entender que el locutor narraba un accidente ferroviario de un tren tranvía a la altura de Los Jarales, en Badajoz. «Se ha caído por un precipicio al paso de otro tren de mercancías. En total son trece víctimas mortales y varios los heridos». Sátur, que entró en la habitación con un té, corroboró lo que le parecía haber escuchado, proporcionándole todo lujo de detalles.

—Solo pasan cosas terribles —sentenció la mujer.

—No, solo contamos cosas terribles en la prensa, pero la vida va por otros derroteros —aclaró Margot, ya más recuperada—. ¡En tu pueblo, seguro que son más felices sabiendo que un día es igual a otro y que no va a ocurrir nada extraordinario! Ansío la normalidad, la monotonía. Una vida sin sobresaltos.

—Eso es imposible —dijo Sátur—. Vivir es afrontar problemas. Caerse y levantarse. Yo creo que usted no aguantaría mucho en mi pueblo.

—¡Qué sabia eres!

Se vistió y se trasladó a su despacho. Llamó a Eugenio Suárez, el director de El Caso, y, como intuía, la redacción del periódico estaba volcada en el accidente ferroviario que acababa de ocurrir. Eso le daba a ella un respiro de unos días. Necesitaba pensar. Se acercó hasta la Escuela de la Policía. Sabía que el comisario estaba allí y, en cuanto lo vio, le solicitó permiso para acudir a la sala de prácticas de tiro. Estaba acompañado y no le quiso hablar de la investigación del día anterior. Necesitaba descargar su ira sobre aquellas dianas de la sala. Por eso, enseguida que la colocaron frente al blanco, después de ponerse protección en los oídos, sacó su pistola y comenzó a disparar. Acertó de pleno en varias ocasiones. En el resto de las series demostró mucha destreza.

—Se le da bien, inspectora Peters —dijo don Eugenio Benito Poveda cuando se acercó a verla—. ¿Se puso realmente enferma ayer?

—Me sentí tan incómoda que no tuve más remedio que irme.

—¿Vio algo que nos pueda servir para la investigación?

—Fotos de la infancia de Casares. Una madre que quiso borrar recortando las fotografías. Sin embargo, tenía una, guardada y casi oculta, en la que pude ver su cara. ¿Habría forma de averiguar si vive?

—Si me da su nombre y apellidos, lo podemos intentar.

—Llamaré a Aline Griffith. Hay algo en todo esto que no me cuadra. No sé qué es.

—Ayer Casares mencionó la posibilidad de que el cura no pudiera hablar porque escuchara al asesino en secreto de confesión —contó el comisario—. Es una hipótesis que no habíamos barajado. Quizá por eso, cuando decía que era inocente y le preguntábamos si conocía al asesino, no nos contestaba. Podría ser esa la razón. Una curiosidad: ¿por qué no aceptó el vestido que quiso regalarle Casares? Interpreto que es una oportunidad de seguir merodeando por allí.

—¿Lo ve necesario? —preguntó Margot con desgana.

—Sí. Seguro que saca algo más que nos sirva para la investigación. Usted tiene olfato policial. Un sexto sentido que pocos investigadores tienen.

Margot agradeció mucho los elogios. No pudieron seguir hablando del caso porque el comisario tenía que realizar una llamada antes de irse a comer. Se despidió de ella hasta la tarde. Don Eugenio telefoneó al cardenal Enrique Pla y Deniel, que esos días protagonizó varios titulares en prensa por condenar los concursos de belleza. Se conocían vagamente, pero no tardó en ponerse al teléfono. En cuanto le mencionó al párroco Javier Cuadrado, le dijo que la policía estaba cometiendo un grave error.

—Usted sabe que yo trabajé mucho en mi juventud con jóvenes descarriados —recordó el cardenal—. Por eso siempre he valorado mucho el trabajo de don Javier Cuadrado. Me resulta difícil creer que él sea el autor de los asesinatos.

—Por ese motivo quería preguntarle. Si él supiera en secreto de confesión quién es el asesino, ¿no estaría en la obligación de comunicárnoslo? Sería por una buena causa, para que el verdadero responsable de tantas muertes no siga cometiendo más asesinatos.

—El sigilo sacramental o secreto de arcano nos obliga a los sacerdotes a no manifestar jamás lo sabido en confesión. Es tanta la protección del penitente que, aun muerto este, no lo podríamos confesar —afirmó Pla y Deniel.

—Pero si es un caso de fuerza mayor, una señal sería suficiente para saber que estamos cometiendo un error.

—Su inviolabilidad es tal que, aun sobreviniéndole al confesor un daño gravísimo, no podría infringir, ni de palabra ni por escrito, ni por cualquier señal, el secreto de confesión. De ser violado, el sacerdote queda automáticamente excomulgado. Así lo recoge el derecho canónico.

—Hablamos de evitar un mal mayor, que el asesino, de no ser él, siga cometiendo crímenes. ¿Podría al menos señalarnos al cómplice? —El comisario persistía en su empeño.

—No solo son objeto de sigilo los pecados, también los cómplices y circunstancias que el penitente señalara en confesión. El secreto es absoluto y debe seguir siendo así. Si no, el sacramento de la confesión perdería todo su valor y esencia.

El comisario agradeció al cardenal que lo hubiera atendido tan rápido y se despidió de él, no sin antes señalar lo difícil que era para la policía compaginar el derecho canónico con el derecho penal. Pla y Deniel, por su parte, insistió en que seguramente don Javier Cuadrado no colaboraba ni se defendía porque no podía romper el secreto de arcano: «Va en ello nuestra profesión y vocación. Busque más, incluso en su entorno, porque él jamás se defenderá, por muchas muertes que le atribuyan».

Cuando colgó, el comisario se quedó pensativo. Si no era el sacerdote, Palomeque podría ser el asesino y no el cómplice, como pensaban. Toda la estrategia cambiaba. Y se preguntaba cuánto tiempo más podrían tener al sacerdote encerrado. El juez tendría la última palabra.

En cuanto Margot llegó a la brigada esa misma tarde, el comisario le pidió que pasara a su despacho. A solas, le habló de la conversación con el cardenal y de la posibilidad de que el sacerdote no pudiera defenderse por saber la verdad en secreto de confesión. No podría revelarla jamás, bajo pena de excomunión.

—Pero todo le señala a él. Todas las víctimas excepto la última lo conocían, incluida yo —insistía Margot.

—La última no se le puede achacar, porque efectivamente estaba encerrado en Carabanchel —recordó el comisario.

—Podría tratarse de un imitador o del cómplice para exculparlo.

—Creo más en la teoría del secreto de confesión. Si lo piensa, es coherente. El párroco encubre a alguien con su silencio porque no puede revelar lo que sabe.

—¿Y Palomeque se convierte en el asesino? Tiene personalidad para encubrir, incluso para matar con tal de ayudar a don Javier, pero no para ser un asesino múltiple.

—¿Qué personalidad debe tener un asesino? —se interesó Benito Poveda en su reflexión.

—Ya he hablado de esto con Parker. El que mata es un narcisista que se cree por encima del bien y del mal. Lo hace por el placer de matar o porque esconde un trauma de su pasado que revive en él cuando algo se lo recuerda. Encaja más en la personalidad del cura, aunque resulte aberrante.

—Tristemente, este caso no está resuelto. La única evidencia objetiva es la huella parcial en el mazo del almirez que pertenece a Juan Palomeque. Él está implicado, pero ¿cómo?

Había muchas incógnitas todavía por despejar. El caso no estaba resuelto aunque hubiera dos personas encerradas en la cárcel.

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