Luna roja
43. Algo inesperado
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Algo inesperado
Parker le dio una sorpresa a Margot y se presentó en su casa sin avisar. Llevaba flores en una mano y bollitos recién hechos en la otra. Los compró en una de las pastelerías que encontró de camino desde el hotel Palace, donde siempre se alojaba, hasta la Gran Vía. Estaba exultante. Al parecer, tenía buenas noticias. Camila despertó a Margot, que seguía con el mismo malestar del día anterior. Se puso una bata de seda blanca y salió de la habitación.
—¡Pero qué guapa estás recién levantada! —dijo el jefe de seguridad nada más verla—. Estas flores son para ti. Traigo buenas noticias.
—¿Cuáles son? —Margot sonreía al verlo tan contento.
—Adiós a la tuberculosis y a las infecciones bacterianas —exclamó emocionado—. Se está terminando de construir el primer laboratorio de estreptomicina en Aranjuez y me han pedido que diseñe el sistema de seguridad para la producción de estos medicamentos tan valiosos. Los trabajadores aprenderán a manejar esas sustancias con el pupilo del doctor Selman Waksman, el doctor Boyd Woodruff. Vengo a diseñarlo y a ponerlo en marcha. La inauguración será el 25 de septiembre. A primeros de octubre, regresaré a la embajada en Londres. Estaré aquí al menos dos meses. ¡Dos meses! Supone un gran reconocimiento a mi trabajo, ¿no crees?
—¡Por supuesto! —Margot sintió un impulso y lo abrazó emocionada—. ¡Qué gran noticia! Es importante para España desarrollar una producción propia y no depender de los envíos de otros países. Las medicinas no siempre llegan a tiempo y algunos enfermos han muerto esperando la medicación o han tenido que conseguirla de contrabando.
—Tienes razón, me enteré de que los alumnos del doctor Jiménez Díaz tuvieron que obtener varias dosis de penicilina de contrabando para salvarle la vida. Está claro que estos medicamentos son el futuro.
Camila y Sátur lo celebraron mucho. Le invitaron a desayunar con ellas y él aceptó.
Mientras tanto, Margot le puso al día sobre las investigaciones en el caso del asesino de las damas. Y Parker también coincidía en que algunas piezas del puzle no encajaban.
—Si don Javier Cuadrado guarda el secreto del autor de los crímenes, ¿quién es el asesino? —se preguntaba Margot en voz alta—. Y si ha sido él, ¿quién mató a la última víctima, si estaba detenido? Muchas incógnitas, y el juicio se va a celebrar dentro de nada.
Cuando se quedaron a solas, le comentó que había estado el día anterior en la casa de Casares, donde vivía Juan Palomeque, pero que no habían encontrado nada interesante para el caso. Como curiosidad, le contó que en la habitación del modisto encontraron un joyero y algunas fotos. Precisamente una de esas fotos le llamó la atención porque estaba oculta en un sobre.
—Era él de niño junto a una mujer, muy guapa y con mucho estilo. Imagino que sería su madre. En todas las demás fotografías, la cara de esa señora no se veía porque la había recortado. Me pregunto si vivirá todavía.
—Podemos intentar averiguarlo. No será tan difícil. Necesitaremos un nombre. —Parker parecía dispuesto a llegar hasta el final.
—Se lo preguntaré a Aline. Puede que ella sepa de quién se trata. Me gustaría averiguarlo —comentó Margot. El comisario también se presta a encontrarla.
—¿Eres consciente de que este asunto se ha enquistado? Es más, diría que tanto como a la policía inglesa los asesinatos de Jack el Destripador. Un día, sin más, dejó de matar o se murió. Lo cierto es que no hubo más homicidios de mujeres —reconoció Parker—. Lo mismo aquí pasa igual.
—No es el caso, de momento; cada luna llena ha habido una muerte más. Nuestro asesino, o su suplantador, han seguido matando. Eso sí, quiere que el cura salga de la cárcel, exculparlo, porque la última víctima y el modus operandi han sido distintos a los demás. Todas rubias y delgadas, excepto la hija de los duques de Mesena, que es morena. Tampoco le faltaba el dedo anular, pero sí se encontró una piedra azul, un lapislázuli en una de las manos. Quizá las prisas le impidieron montar el ritual de las otras chicas.
—El dato de las piedras no había salido en prensa, ¿verdad?
—No.
—Entonces se trata de alguien cercano al asesino, que está al tanto de sus prácticas y lo quiere exculpar.
La conversación fue derivando hacia el estado de salud de la joven. Margot le comentó que, aunque tenía el alta médica, no acababa de sentirse bien. Había situaciones que le provocaban fuertes dolores de cabeza. La última fue durante la búsqueda de pruebas que incriminaran a Palomeque, en el domicilio del modisto.
—De repente me aparece un dolor de cabeza insoportable y tengo que dejarlo todo y tumbarme. Creo que es muy pronto todavía para afrontar casos como este. Pero, a la vez, presiento que estamos llegando al final y no lo puedo dejar. Sé que la solución la encontraremos en los pequeños detalles.
—Eso mismo decía Sherlock Holmes, al que tanto admiras. Estaré en Madrid para todo lo que necesites. ¡Dos meses es mucho tiempo! —Parker se mostraba entusiasmado.
—¿Y quién se queda con tu puesto en la embajada?
—Como ha sido una petición que ha partido de la propia administración del Estado, hasta el embajador me ha felicitado. Es una forma de reconocer mi trabajo. Allí se ha quedado mi ayudante. Las piezas están engrasadas y todo funciona como una máquina —detalló él.
Harry tenía que presentarse ese mismo día ante los dueños de la Compañía Española de Penicilina. Era una apuesta importante, ya que, por primera vez, tenía lugar en España la producción total del primero y más importante de los antibióticos. Una hora después de estar en compañía de su admirada Margot, se despedía de ella.
—Averigua el nombre de la madre de Casares y así podré decirte si está muerta o si está viva.
—De acuerdo —confirmó Margot.
Antes de salir de la casa, Parker se ofreció a acompañarla por la tarde a la Brigada Criminal, y ella se lo agradeció mucho. Minutos más tarde, Margot se fue a su cuarto y se vistió con el traje más veraniego que tenía en el armario, ya que el calor apretaba y las temperaturas se habían convertido en infernales. Desde su despacho y con las ventanas abiertas de par en par, llamó a la condesa de Quintanilla.
—¡Qué alegría me da oír tu voz! —dijo Aline nada más ponerse al teléfono—. ¿Cómo te encuentras?
—Un poco mejor, aunque siguen los dolores de cabeza.
—Estamos consternados con las detenciones del párroco de San José, como autor de los asesinatos, y de Palomeque, imagino que como cómplice. No te puedes imaginar cómo me siento. A los dos los conozco mucho —aseveró Aline.
—Bueno, ahora están en manos de la policía y del juez. Veremos qué es lo que ocurre cuando se celebre el primero de los juicios, que será el de don Javier Cuadrado. No tengo muy claro el desenlace.
—¿Dudas de la culpabilidad del cura? —Aline se sorprendió ante la respuesta de Margot.
—Hay detalles que no encajan. La investigación continúa. Este caso no está cerrado, ni mucho menos.
—Espero que me tengas al corriente, si se produce cualquier novedad —pidió la condesa—. Los periódicos están informando muy poco y Casares está muy enfadado con la policía por cómo están llevando el caso. Está seguro de que ninguno de los dos detenidos tiene nada que ver con los asesinatos.
—Hay muchas evidencias, y en el caso de Palomeque tienen su huella en el almirez de tu colección en Pascualete.
—No sabes lo mal que me siento de que te hirieran de esa manera y en mi casa. —Aline hizo un silencio.
—¡Tranquila! Al final estoy aquí —dijo Margot para quitar hierro a la situación.
La condesa se lo agradeció mucho. Todavía no podía creer lo que había sucedido en su finca. Derivaron la conversación hacia Casares, que, con todo lo que estaba pasando en su entorno, se había sentido rechazado cuando Margot no aceptó que le tomara medidas.
—Solo le faltaba eso para que su ánimo esté por los suelos —comentó.
—No fue exactamente así —aclaró Margot—. Ayer, cuando me llevaron al registro de su taller, me puse muy mala y no tenía fuerzas como para que me tomase medidas de nuevo. Pero ¡no se me ocurriría rechazar un vestido de él!
—¡Ya me extrañaba! Se lo aclararé. ¡Ya sabes lo especial que es!
—Hablando de Casares. ¿Te acuerdas de cómo se llamaba su madre? —Margot desvió el tema por donde le interesaba.
La condesa le recordó que era mejor no abordar nada relacionado con la madre del modisto. Sin embargo, Margot insistió. Le comentó que, gracias a sus contactos con la policía, a lo mejor podría localizarla y, quizá, ayudarle a superar ese trauma que tenía desde niño.
—Aline, creo que, cuando uno ya es adulto, las cosas se abordan desde otra perspectiva. Incluso, si vive, podría haber un acercamiento entre ambos. Me gustaría intentarlo.
La condesa se mostró dubitativa por unos segundos, pero finalmente le dio a Margot la respuesta que tanto deseaba.
—Sí, sé su nombre. Un día se le escapó: Isabel. Y Pedro se llama Casares Navas del Río.
—Isabel Navas del Río. A lo mejor con esos datos puede ser suficiente. No es un apellido corriente.
Hablaron de lo importante que sería para él volver a saber de su madre, ya que la herida no había cicatrizado. De paso, la condesa la invitó a la fiesta que pensaba organizar en su casa con motivo del final del verano, a mediados de septiembre.
—Allí estaré. Todavía falta mucho, pero no me la perdería por nada del mundo. Muchas gracias.
—Vendrá Cayetana. Imagino que ya sabes que su hijo nació justo después de acudir al homenaje a Agustín Lara.
—Tengo muchas ganas de verla —señaló Margot—. Con mis problemas de salud, tampoco la he ido a visitar y no conozco al pequeño Jacobo. Suerte que sabe por lo que he pasado. Hoy la llamo sin falta.
Las dos se despidieron deseándose un buen verano. Margot cogió de su mesa la pipa que perteneció a su padre y comenzó a fumar. Lo necesitaba. Después de lanzar dos o tres volutas al aire, decidió llamar primero a Casares para pedir una cita. Hizo de tripas corazón para hablar con él. Los malos tragos prefería pasarlos cuanto antes. Como imaginaba, la hizo esperar al teléfono. Nada más oír su voz, sintió un pellizco en el estómago. Era una especie de repulsión hacia su persona que iba más allá de lo meramente racional. Se trataba de algo inexplicable. Tomó aire y habló:
—Quería pedirle disculpas, pero ayer me encontraba muy mal. No fui consciente del regalo que me quería hacer. Lo siento mucho.
—Ya habrá más ocasiones —dijo en su tono seco y antipático.
—No, por favor, me gustaría quedar cuanto antes para que me tome medidas de nuevo. Además, Aline me ha invitado a la fiesta del final del verano y puede ser una oportunidad de lucir su diseño.
El modisto se quedó pensativo al otro lado del teléfono.
—Está bien… La llamaré cuando tenga un hueco libre.
—Espero que sea pronto —insistió la joven.
—No se preocupe. Me gusta acabar todo aquello que empiezo —recalcó—. Le debo un vestido.
—Muchas gracias.
Margot había adelgazado mucho durante su estancia en el hospital. La joven pensó que era lógico que alguien como Casares, que buscaba tanto la perfección, deseara que el nuevo vestido le quedara como un guante. La teoría de que la ropa no tiene que estorbar, sino favorecer, resultaba evidente en su caso.
Margot miró su reloj y comprobó que se le había echado encima la hora de la comida. Aun así, pensó en llamar a Cayetana para pedirle unas primeras fotos de ella con su nuevo bebé para la revista Siluetas. El nuevo vástago llevaba el nombre de su abuelo, que había fallecido en la Navidad pasada. Un reportaje a doble página sería una forma espléndida de rendir homenaje al hombre que había promovido el estudio de la casa de Alba y ampliado las colecciones de arte de los distintos palacios. También fue un político que había desempeñado todo tipo de cargos: ministro de Instrucción Pública y ministro de Estado, embajador de España en el Reino Unido, diputado a Cortes y procurador. Era quince veces grande de España. Mientras vivió, su figura se convirtió en la dignidad nobiliaria más importante del país. Tenía todos los ingredientes para elaborar un gran artículo.
Cuando la periodista se lo contó a Cayetana, esta le agradeció que, al escribir sobre su tercer hijo, Jacobo, en realidad homenajeara a su padre. Se pusieron también al día de sus respectivos estados de salud y quedaron en verse dos semanas después. El director de Siluetas, Justino Ochoa, cuando se enteró, celebró mucho que volviera a trabajar.
—Empezaste hablando de Cayetana y su embarazo. Ahora, después del susto que has tenido y el artículo que tanta controversia ha suscitado, vuelves a la actividad periodística hablando de ella. Me parece estupendo —confesó su jefe.
Ese día, Margot comió «como un pajarito», como le dijo Sátur. Estaba pálida y Camila le sugirió que se echara en la cama, ya que descansar sería más beneficioso para ella que comer. No tuvo que insistir en su razonamiento. Le hizo caso y se fue a su cuarto. Se tumbó sin mucho convencimiento y, después de mirar el techo durante un rato, cerró los ojos. En cuestión de segundos regresaron a su cabeza las últimas palabras de Casares: «Me gusta acabar todo aquello que empiezo». Se preguntaba qué había querido decir exactamente. ¿Qué es lo que tenía que acabar? Su mente de repente desconectó, se quedó completamente en blanco.