Luna roja
44. Meditar más que dormir
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Meditar más que dormir
Margot necesitaba que ese dolor que sentía en la base del cráneo y que aparecía en los momentos más inesperados se mitigara. Media hora después de estar tumbada, aunque no se le quitó del todo, se hizo soportable. Aprovechó la soledad del momento para repasar mentalmente una a una todas las pistas que tenían hasta el momento. Cuando ya se le hizo insoportable seguir en la misma posición, abrió los ojos, se levantó bruscamente de la cama y se fue al despacho. Al pasar por el salón, Sátur se dirigió a ella.
—Menos mal que ha dormido un ratito.
—Bueno, sabes que yo no duermo del todo, más bien medito.
Camila, al oírla, sonrió. Esa era una de sus frases favoritas, la de meditar en lugar de dormir. Pidió un té y se fue a su despacho a llamar por teléfono a Parker. Cuando el experto en seguridad contestó, fue directamente al grano.
—Harry, tengo el nombre de la madre de Casares: Isabel Navas del Río. No es un apellido muy común. A lo mejor no es tan complicado dar con su rastro.
—Hablaré con todos mis contactos. De todas formas, no sería extraño que ya no viviera.
—Lo sé. No perdemos nada por intentarlo.
Si Margot tenía una cualidad especial, esa era la perseverancia. El jefe de seguridad y ella quedaron una hora más tarde para ir a la brigada.
Con puntualidad británica, sesenta minutos después ya caminaban por la Gran Vía en dirección a la Puerta del Sol. Parker le sugirió que hiciera un repaso mental de los instantes previos al golpe que recibió en la cabeza.
—Intenta recordar qué pasó justo antes de perder el conocimiento.
—Me acababa de vestir para la fiesta y me estaba dando los últimos retoques de maquillaje. Me miré al espejo y sentí un ruido.
—¿Qué clase de ruido?
—Como si alguien caminara por la habitación. De hecho, salí inmediatamente. Pero de pronto todo se hizo oscuro.
—Busca algo más en tu cerebro. Una sombra, una palabra, un sonido… Está ahí y tiene que regresar. Debes repasar una y otra vez lo que ocurrió. Y piensa que la huella parcial en el almirez es de Juan Palomeque. ¿Por qué no pudo ser el autor en lugar del cómplice?
—No lo veo con iniciativa, salvo que quisiera borrar las huellas del cura, al que todos señalan como el verdadero asesino.
—Pero la relación de Palomeque con el cura es a través de Casares, ¿no? —Margot asintió con la cabeza—. ¿Le crees capaz de hacer algo tan grave por su cuenta sin que lo sepa su jefe?
—Ya no sé nada…
Margot caminaba pensativa mientras Parker hablaba sin parar. Una vez que llegaron a la Puerta del Sol, el jefe de seguridad saludó a toda la brigada. El comisario comunicó que el juicio al sacerdote tendría lugar en dos semanas. Les dijo a todos: «Como no haya una prueba objetiva que le incrimine directamente, estoy convencido de que saldrá en libertad». O le «darían cuartel», como decían en el argot policial.
Esa noche, al volver a casa, la periodista repasó de nuevo sus apuntes. La marca en el cuello de todas las víctimas. Las piedras preciosas. Los dedos amputados. Y entonces… Margot se dio cuenta de que todas iban vestidas con diseños de Casares en el momento de su muerte. La última víctima, sin embargo, echaba por tierra la investigación anterior. Una joven de veinticinco años que quería residir en París después de unos meses viviendo allí. Hija de los duques de Mesena. La muerte la había sorprendido de noche. No llevaba ningún diseño de Casares, no le seccionaron el dedo anular, pero sí llevaba la piedra azul que gustaba a los egipcios para pasar al otro mundo. Sin embargo, cuando la encontraron, tenía la misma marca en el cuello que el resto de las víctimas. ¿Qué fallaba en todo esto?, se preguntaba.
Al día siguiente, Margot pidió a Benito Poveda volver a entrar en el piso de la última víctima y registrar minuciosamente su habitación. Tan pronto como el juez les dio permiso, acudió con el comisario. Antes charlaron con los padres de la chica, que estaban muy afectados por lo ocurrido. No podían imaginar quién podría querer tan mal a su hija. Margot tuvo una intuición.
—Ustedes estaban en el homenaje a Agustín Lara, ¿verdad?
—¡Sí! ¡En qué hora nos invitaron! Si no hubiéramos ido, a lo mejor nuestra hija viviría —decía la madre, compungida.
—Ninguno de nosotros sabe lo que le depara el destino —decía el comisario.
—Perdone que le moleste con una pregunta más: ¿su hija se había hecho recientemente algún diseño con Pedro Casares?
—Ella no, pero yo sí. Precisamente esa noche me trajeron el vestido nuevo que estrené. —Se echó a llorar.
—¿Recuerda quién fue la persona que se lo trajo?
—Sí, porque lo recibí yo. Fue su ayudante.
—¿Recuerda la hora?
—Serían las siete de la tarde. Antes de las nueve ya nos despedimos de nuestra hija. Esa noche, María prefirió quedarse en casa. Estaba cansada del ajetreo de San Sebastián, a donde pensábamos volver para la entrega de los premios del festival.
—¿No había nadie del servicio?
—Lo tenemos en San Sebastián. Tan solo contamos en vacaciones con una señora que viene por las mañanas a echarnos una mano, cuando aparecemos por Madrid.
Margot preguntó al comisario en voz baja si la autopsia había señalado la hora de su muerte. Le contestó que sí: «A las once de la noche». Ella siguió preguntando a la madre:
—¿Hicieron algún comentario al ayudante de Casares sobre que se quedaría sola porque se encontraba muy cansada?
—No me acuerdo, supongo que lo comentaríamos entre nosotras y él nos escuchó. ¿Por qué me lo pregunta?
—Los detalles, los pequeños detalles que ayudan a resolver los casos. —Siempre tenía presente al personaje de Sherlock Holmes, que basaba sus deducciones en las cosas aparentemente más nimias.
—¿Su hija estaba comprometida? —siguió recabando información.
—No. Era una mujer libre, dentro de lo libres que podemos ser las mujeres. Me pareció muy bien su decisión de residir en París, con lo que le gustaba la pintura impresionista. Su ilusión era estudiar algo relacionado con el arte.
El comisario y Margot pidieron permiso para volver a entrar en su dormitorio. Lo revisaron todo de nuevo. Había postales de los viajes que había realizado por el mundo y muchos libros de pintura sobre Claude Monet, Degas, Renoir y sobre todo Van Gogh, su preferido.
—Confiaba en que mi hija pudiera hacer realidad el sueño de las dos. Yo pinto como afición, pero ella estaba dotada para el arte. Era un ángel. —Se echó a llorar de nuevo. No tenía consuelo.
El comisario hizo un aparte con el duque para poder seguir haciéndole preguntas sin que les escuchara su mujer. El padre de la joven estaba convencido de que no se trataba de un nuevo caso del asesino de las damas. Pensaba que habían entrado en su casa a robar y que seguramente, al encontrar a su hija, en lugar de salir huyendo, decidieron matarla para que no los pudiera reconocer. «Un caso de mala suerte», repetía. Don Eugenio Benito Poveda no quiso quitarle la razón, puesto que ese asesinato no seguía los parámetros de las víctimas anteriores. Le escuchó con atención.
Margot no encontró nada en el nuevo reconocimiento y así se lo hizo saber al comisario. Este se despidió del matrimonio, que estaba más abatido que cuando llegaron. Al salir, ambos comentaron el dato más importante que les proporcionó la madre de la víctima: Juan Palomeque estuvo en el domicilio para entregar el vestido que lució la duquesa en el homenaje a Agustín Lara.
—Otra vez Palomeque en el escenario del crimen —comentó el avispado maestro de policías.
—Si sabe que se va a quedar sola, ¿se queda merodeando hasta tener la certeza de que nadie acudirá en su auxilio? Seguro que llamó a la puerta de nuevo y, al verlo por la mirilla, la joven le abrió confiada. A partir de ahí, el final que todos sabemos —elucubró Margot.
—Creo que este asesinato fue para despistarnos. El caso es que la víctima sí tenía la misma marca en el cuello que el resto, incluida usted.
Margot se paró en seco y se tocó la cabeza en un signo evidente de dolor.
—¡Váyase a casa! —dijo el comisario.
—Sí, será lo mejor. Mañana estaré por la tarde en la brigada. Me retiro a casa porque sigo mareada. No he logrado tener un día sin dolor de cabeza.
Margot volvió a acostarse sin cenar. Era la única forma de que se mitigara la presión que sentía sobre el cráneo.
Al día siguiente, Harry Parker la ayudó a olvidarse del dolor. La sacó de casa para invitarla a comer en el restaurante Casa Botín, en el número 17 de la calle Cuchilleros. Tenía fama de que por allí uno podía encontrarse con actores norteamericanos e intelectuales de todas las nacionalidades. Una de las mesas siempre estaba reservada para el escritor Ernest Hemingway, que se había enamorado de España tanto como el jefe de seguridad.
—Si no hubiera sido por mi madre —decía Parker—, yo no estaría hoy aquí. Podía haber tirado por el lado inglés de mi sangre, los Parker, pero pudieron más los genes españoles. La vida es un verdadero cúmulo de casualidades.
—Sin embargo, tu físico y tu acento tiran más del lado inglés.
—Bueno, nadie es perfecto —bromeó—. Tengo algo para ti.
—¿Y te lo has callado hasta ahora? ¿Qué es?
—La madre de Casares vive. Y no está muy lejos de aquí. Todo este tiempo ha residido en Toledo —contó—. Tuvo otro hijo con el hombre con el que se fugó y que posteriormente la abandonó. El hijo llevaba los apellidos de ella, Miguel Navas del Río. Murió de tuberculosis hace dos años. Madre e hijo estaban muy unidos. Hoy se encuentra en una residencia de monjas, que se hicieron cargo de ella.
—¡Vive su madre! ¿Cómo reaccionará cuando se lo diga?
—Será mejor que no estés sola cuando eso ocurra.