Luna roja
45. El juicio al sacerdote
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El juicio al sacerdote
Los días siguientes fueron frenéticos en la brigada y en el Juzgado de Instrucción. La presión social ante el caso del asesino de las damas y la necesidad de las autoridades de tener entre rejas definitivamente al culpable hicieron que se celebrase el juicio a principios de agosto.
El primer día de la vista pública, la sala estaba abarrotada de curiosos y de periodistas que querían asistir a uno de los juicios con más interés mediático, político y social en muchos años. También estaban presentes los tíos de Margot, recién llegados de Londres, en compañía de Harry Parker.
El presidente del Tribunal inició la sesión preguntando con claridad y precisión al acusado cómo se declaraba ante el delito por el que iba a ser juzgado. Con voz rotunda y clara manifestó su inocencia.
—Señoría, soy inocente.
El fiscal tomó la palabra en primer lugar y habló como responsable de la acción penal pública. Sus argumentos señalaban directamente al sacerdote como culpable.
Los abogados de la acusación que representaban a las mujeres víctimas del asesino fundamentaron sus acusaciones en supuestos y conjeturas. No presentaron ninguna prueba consistente y objetiva, salvo que el sacerdote las conocía a todas. El letrado de la última mujer asesinada, María Benavente, la hija de los duques de Mesena, lo tuvo todavía más difícil, puesto que el sacerdote no era su consejero espiritual y, cuando la asesinaron, se encontraba en la enfermería de la cárcel de Carabanchel. Quedó acreditado que ni tan siquiera la conocía.
El último abogado de la acusación en intervenir fue don Daniel de los Santos, contratado por la familia de Margot para que la representara en el juicio. Fue llamada a declarar y se sentó en la silla que ocuparon previamente los testigos, peritos y familiares.
—¿Tiene la certeza de que el sacerdote, don Javier Cuadrado, la agredió? —preguntó el juez.
—No. Ciertamente, no. A partir de recibir el golpe, no recuerdo nada.
—Los letrados pueden comenzar con las preguntas.
Nadie quiso hacerlo salvo su abogado, aunque sus preguntas, al basarse en conjeturas, fueron inadmitidas por el juez. Por su parte, don Damián Aguirre, el afamado letrado que contrató el obispado de Madrid para defender a don Javier Cuadrado, expuso toda la jurisprudencia que conocía sobre otros casos similares en los que los sacerdotes acusados habían sido absueltos. Todas las sentencias que presentó hacían mención del secreto de confesión.
—El sigilo sacramental es sagrado en la Iglesia católica —dijo en la sala—. Mi defendido no puede, en ninguna circunstancia, contar lo que escucha durante la confesión de ninguno de sus fieles. Aunque uno de ellos fuera el asesino de las damas.
Hubo un revuelo en la sala y el juez mandó que guardaran silencio bajo la amenaza de expulsar al público si volvía a escuchar un murmullo. Finalmente, pidió al sacerdote que compareciera.
—¿Se ratifica en su inocencia? —preguntó el juez.
—Se está cometiendo un error execrable conmigo. No me canso de decir desde el primer día que soy inocente.
—¿Cuál era su vínculo con todas las mujeres asesinadas?
—Era su consejero espiritual, excepto de la última víctima, a la que no conocía. Acompaño en el sentimiento a todas las familias, porque me puedo hacer cargo del momento que están viviendo.
Volvió a escucharse un murmullo provocado por las familias, que lo consideraban un farsante. Y el juez se enfadó todavía más que en la ocasión anterior. «No habrá una tercera vez», advirtió.
—¿Perdonaría al que mata sin ser en defensa propia? —El juez hizo una pregunta que a todos sorprendió.
—El que mata me parece un demonio, una persona que solo merece el infierno para la eternidad, que es la peor de las condenas. Sin embargo, como vicario de Cristo, mi obligación es dar la absolución a quien llega arrepentido. Dios siempre está dispuesto a tender una mano, hasta a la más oscura de las bestias.
—¿Sabe usted quién es el asesino? —preguntó.
El sacerdote se quedó callado y el abogado le dijo al juez que su defendido no podía contestar, bajo pena de excomunión.
—¿Usted conoce al asesino? —insistió el juez.
El sacerdote siguió sin contestar al juez, que dio por concluido el interrogatorio.
Después de la exposición de las conclusiones de todas las partes, el juicio quedó visto para sentencia. Todos tenían la sensación de que el párroco de San José quedaría en libertad al no haber pruebas concluyentes contra él. Hubo que esperar muy pocos días para confirmarlo.
Don Javier Cuadrado salió de la enfermería de la cárcel y recuperó su libertad. El obispado debía replantearse si regresaba a la iglesia de San José como párroco o lo trasladaba a otro destino donde nadie conociera ese episodio de su vida. Sobre todo después de que la prensa y la sociedad entera le hubieran condenado de antemano.
El comisario jefe refunfuñó al intuir que esto podía ocurrir. Sin embargo, se le notaba más relajado que días atrás, ya que dejó de sentir el aliento de la jefatura de la Iglesia sobre su cogote. Se dirigió al comisario Benito Poveda en cuanto se vieron en la brigada.
—Al final yo tenía razón. Ahora le pido que afine el tiro, porque las cosas se están poniendo muy difíciles.
—Afortunadamente tenemos entre rejas a Juan Palomeque. Su huella parcial estaba en el almirez de la finca Pascualete, el arma que utilizaron contra la inspectora Peters. ¿Fue el que atentó contra ella y estuvo a punto de matarla? Ahora pensamos que sí. Antes creíamos que estaba ayudando al sacerdote a borrar sus huellas. Solo nos falta la motivación.
—A veces los asesinos matan sin fundamento alguno —contestó el comisario jefe—, por el placer de matar.
Margot intentaba recuperarse de la ansiedad que sintió durante el juicio y de los mareos, que no habían cesado desde que salió del hospital.
Afortunadamente, Parker la invitó a cenar la noche siguiente. Iba a tener la oportunidad de olvidarlo todo en una de esas veladas de luna llena que tanto le gustaban al jefe de seguridad.
—Será una de esas lunas que te hacen pensar en lo pequeño que es el ser humano. Mañana contemplaremos una superluna azul, Margot. Este fenómeno hará que podamos observarla en su máximo tamaño y brillantez. Será impresionante. Una rareza que va más allá del color.
—¿A qué te refieres?
—Va a traer a nuestras vidas una energía que nos va a motivar para realizar lo que deseamos, pero que siempre posponemos. Mañana comenzarás a hacer todo aquello con lo que sueñas.
—¡Será estupendo! ¡Quiero que este asunto tan duro del asesino de las damas acabe de una vez!
—Así será. Ya verás. —Se rieron los dos hablando medio en serio medio en broma.
Al llegar a casa, Sátur le dio un recado del atelier de Casares. El modisto la convocaba al día siguiente, a las nueve de la noche.
—¿No es muy tarde? ¿No te habrás equivocado, Sátur? A lo mejor han querido decir a las nueve de la mañana.
—No, lo he apuntado. Nueve de la noche. Estará muy ocupado… —comentó la mujer con más sensatez natural que había conocido nunca. Lo cierto es que Sátur siempre daba en el clavo y tenía remedios y respuestas para todo.
—Está bien, aprovecharé la salida y después me iré con Parker a cenar.
—Me encanto ver que salir tanto con Parker. —Camila intentaba defenderse en español con mucho acento inglés.
Al oírla, Frances y Julián se sorprendieron. Entendieron el esfuerzo que había hecho durante esos meses para intentar comunicarse en otro idioma. Su persona de confianza nunca los defraudaba.
—¿Quieres decir que Margot se ve mucho con Harry? —preguntó Frances.
—Sí, yes —dijo mirando a Margot por el rabillo del ojo.
—¡Qué calladito te lo tenías! —comentó su tía con una sonrisa.
—Deja a la chiquilla que se divierta. Se lo merece. Ha vivido una experiencia muy dura —salió al paso su tío.
—En realidad, me viene bien salir y perder el miedo a caerme redonda al suelo y golpearme de nuevo la cabeza —confesó la joven.
Todos entendieron la situación por la que estaba atravesando y no quisieron decir nada más. Su tío y ella decidieron sentarse en el sofá para fumar en pipa. Era ese momento familiar que los dos añoraban. Las volutas de humo de tabaco comenzaron a volar hacia el techo.
—Las mejores son las mías —decía retadora Margot.
—Ni hablar, las perfectas, las más redondas son las mías. Pero tengo que reconocer que aprendes rápido, sobrina. En eso eres como tu tía.
Intentaba distraerla, y el hecho de que quedara de nuevo con su amigo Parker significaba que cada vez se sentía mejor. Esa noche se acostó pronto. En cuanto cerró los ojos, apareció en su cabeza el único detenido que permanecía entre rejas. Con ese pensamiento se durmió.
Al día siguiente, Margot salió pronto de casa para acudir a entrenar su puntería en la sala de tiro de la Escuela de la Policía. Cometió pocos fallos y los profesores le dieron la enhorabuena, máxime siento la única mujer que iba por allí. El comisario siempre le insistía en que la pistola debería formar parte de su vida: «Se trata de un órgano más de nuestro cuerpo. Por ninguna circunstancia te la quites cuando estés de servicio». Ahora se preguntaba qué hacer esa noche, cuando fuera al estudio de Casares. Aunque no estaría trabajando, decidió llevarla. Llamó por teléfono a Parker y le pidió que acudiera a buscarla a la calle Ayala para después ir a cenar.
—Quedamos a las nueve y media. Si ves que no salgo del atelier, ven a por mí. No me fío de Casares.
—¿Y por qué no subo contigo? —propuso él.
—No, quiero contarle lo de su madre y creo que es mejor que esté yo sola. Pienso que se abrirá más. También le quiero sonsacar su opinión sobre el juicio y la puesta en libertad de Javier Cuadrado, mientras que Palomeque sigue entre rejas.
—Está bien. A las nueve y media estaré en el portal. Te daré un margen de cinco minutos; si no, subiré.
—De acuerdo.
Mientras en la brigada toda la investigación se centraba en Palomeque, Margot seguía dando vueltas en su cabeza a los dibujos de los niños y a las cartas de los padres dirigidas al sacerdote. Leía una, otra, y otra más. Estaba casi segura de reconocer la que redactó el padre de Casares y cuál era el dibujo del modisto cuando era un niño. El padre hablaba del abandono de su esposa y de la imposibilidad de poder hacerse cargo del pequeño. Fue un doble abandono, pensó, y, sin embargo, todo el odio lo volcaba contra la madre. En la foto que tenía Casares guardada, aparecía una mujer agraciada, de pelo rubio, delgada… De pronto lo vio claro. ¡Como las víctimas del asesino de las damas! ¡Como ella misma!, pensó. Por eso dedujo que Palomeque se ensañaba con mujeres similares a la madre de su jefe y amante. Se preguntaba si sería por granjearse su afecto incondicional. Entonces ¿Casares estaba al corriente? ¿Cuadraba todo el puzle o seguía quedando una pieza suelta? Sintió un escalofrío que no sabía definir. Hizo caso a Parker e intentó recordar algo del día de su agresión, pero no le venía nada a la cabeza. Absolutamente nada.
Las manecillas del reloj parecía que no se movían. Estaba deseando encontrarse cara a cara con el modisto. Se quedó dormida pensando en él y en ese trauma que lo había perseguido desde niño: el abandono de su madre. Lo inaudito era que Palomeque hubiera ido más allá del odio que sentía Casares por las mujeres que se salían de la moral establecida o no eran fieles a sus promesas de amor eterno. ¿Por eso las asesinaba y cortaba a todas el dedo anular, donde llevaban su anillo de compromiso? ¿Cometería esas atrocidades por un servilismo desmedido, una prueba de lealtad hacia su jefe? En su cabeza se agolpaban preguntas y más preguntas. No acababa de entender que la admiración llevara a la represalia desmedida. ¿Y la piedra preciosa que aparecía en todas las víctimas? Intentaba encajar todas las piezas sueltas. Recordó la conversación con el joyero Ramiro García Ansorena y la importancia del número siete en el ordenamiento de las energías: «La luz se descompone en siete colores, la música en siete notas, la semana en siete días, los sentidos son siete, los sabores, los olores…». Le dijo que igual ocurría con las gemas y, de momento, el asesino había dejado una por cada víctima mortal. Cuatro mujeres asesinadas, aunque la última no respondía al patrón, y cuatro piedras. Cuatro… «Así pues —pensó Margot—, faltan otras tres mujeres para lograr la hazaña del número siete». ¡Quería matar a tres más, y una era ella!, se dijo a sí misma.
Dejó de elucubrar. A las siete de la tarde se fue a la iglesia de San José, porque había decidido visitar a don Javier Cuadrado. Esperó a que diera comienzo la misa. Cuando el sacerdote salió para el oficio religioso, comprobó que no era él. De todas formas, esperó a ver si se encontraba en el confesionario atendiendo a los feligreses, pero allí vio a un religioso muy joven. No lo dudó y se trasladó a la casa que había registrado hasta la extenuación con la brigada. Tras tocar el timbre, abrió su tía.
—¿Está don Javier? —preguntó Margot.
—No quiere recibir a nadie.
—¿Le puede decir que soy la joven que resultó herida en la cabeza? Él sabe quién soy.
Se fue de nuevo caminando muy despacio y, al cabo de los diez minutos, el sacerdote salió de su cuarto.
—Venía a pedirle disculpas —dijo la joven— por pensar que era usted el culpable de tantos asesinatos.
—Gracias, se lo agradezco mucho. Este asunto ha acabado con mi vida en esta parroquia. Estoy pendiente de que me trasladen a otro lugar —se lamentaba el sacerdote—. Será lo mejor para todos.
Margot comprendió de pronto lo que había ocurrido. Fue como si se le cayera el velo de la cara. ¿Y si, en lugar de Palomeque, el verdadero culpable fuera Casares?, se preguntó a sí misma. Tenía sentido que se confesara con él tras cada crimen, esperando su perdón. Todas las mujeres que escogió como víctimas acudían a la iglesia y se confesaban igualmente con su mentor. Palomeque, seguía elucubrando, le parecía un pobre diablo que intentaba borrar las huellas de los crímenes de su jefe. Eso lo convertía en encubridor y en cómplice. Aprovechando que estaba frente a frente con el cura, intentó ponerlo a prueba.
—Siento mucho lo que ha tenido usted que padecer —dijo mientras lo miraba a los ojos—. Además, he comprendido durante el juicio que Casares es el asesino. Quedó claro, aunque no lo pudiera decir usted porque se lo contó en secreto de confesión.
Don Javier Cuadrado la miró fijamente a los ojos y se desvaneció. Realmente se le veía agotado y consumido. Estaba tan delicado que un mal viento podía ser mortal.
—¡Ayuda! —dijo Margot en voz alta.
Su tía acudió tan pronto como pudo. Al ver a su sobrino en el suelo, le pidió que se fuera.
—Señorita, será mejor que se vaya —insistió.
—No la voy a dejar a usted sola con don Javier en el suelo.
Le dio unos golpecitos en la cara y el sacerdote abrió los ojos. No pareció reconocerla, a pesar de que habían hablado segundos antes.
—Tranquilo, don Javier. Tranquilo. Será mejor que llame a una ambulancia —dijo la anciana.
Minutos más tarde, llegaba el vehículo de urgencias con un sonido intermitente y chillón que alarmó a todos. Le hicieron unos primeros auxilios, pero decidieron trasladarlo al hospital Clínico San Carlos.
Margot regresó a su casa y allí espero a que llegara la hora de acudir al taller de Casares. No se podía quitar de la cabeza lo que acababa de suceder. Estaba nerviosa ante lo que, intuía, era la resolución del caso. Examinó su pistola y la cargó. Dio varias vueltas por el despacho mientras fumaba en su pipa. Eso la calmaba. Presentía que iba a ser una noche difícil y comprometida. Repasó una y mil veces lo que haría cuando estuviera frente a frente con Casares. Miró por la ventana y, mientras contemplaba la puesta de sol, sintió que el momento que tanto ansiaba había llegado. La superluna azul aparecía desafiante y majestuosa. De pronto, el miedo desapareció. Se le fue de golpe. Hasta ahora, la incertidumbre había sido lo que más tensión le generaba, pero se acabó.