Luna roja
46. El desenlace
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El desenlace
Sus tíos animaron a Margot a vestirse de forma elegante para la cita con Harry Parker. La joven les hizo caso y se puso una falda acampanada de satén color champán y una blusa del mismo tono, acompañadas de un gran cinturón y una chaqueta blanca corta estilo Chanel. Camila y Sátur le dijeron que hacía calor para ir tan abrigada, pero, en realidad, era la única manera de camuflar la pistola que había colocado a su espalda.
Antes de la cena, tenía el encuentro con el modisto. Todos la despidieron en casa con una sonrisa. Pensó que, si supieran lo que intuía respecto a Casares, se les borraría de repente el optimismo que desbordaban. Tampoco descartaba que pudiera estar equivocada. Nada de lo que estaba sucediendo parecía real y la duda se apoderó de ella. Pasaba de la certeza a la incertidumbre en cuestión de segundos.
Quince minutos antes de la hora, se fue hacia el taller de Casares conduciendo su coche descapotable. Sacó la mano por la ventanilla para sentir el aire en la piel. Al aparcar y caminar por la acera, comprobó que había mucha gente en la calle aprovechando el fresco. Tocó el timbre de la puerta del atelier y escuchó unos pasos. Esta vez no salió el ama de llaves, sino el propio Casares. Pensó que se lo había puesto muy fácil estando solos los dos.
—Ya estoy aquí. Tengo poco tiempo, ya que me ha surgido una cena.
—Parece nerviosa —observó él con total serenidad.
—Bueno, yo siempre estoy nerviosa, es mi estado natural…
Pasó al probador y se quitó la chaqueta que llevaba con el fin de esconder la pistola bajo la prenda. Dejó el bolso en la silla. Cuando salió, Casares cogió la cinta métrica y, al tomarle medidas del pecho, Margot se quedó paralizada. No podía moverse.
—¿Le ocurre algo? —preguntó de forma retórica mientras seguía aparentemente tomando medidas.
Fue al rodearle el cuello con la cinta métrica cuando Margot recordó. Sintió un fogonazo, un destello de lo ocurrido en la finca Pascualete. Con el golpe perdió el conocimiento, pero al volver en sí, segundos después, vio claramente la imagen de una cinta métrica ciñéndose fuerte sobre su cuello, hasta que perdió de nuevo el conocimiento. Margot miró a Casares y abrió los ojos.
—¡Fue usted! Eso es…, ¡fue usted!
—¿Acaba de recordar? Como le dije, me gusta acabar aquello que empiezo.
Tiró de la cinta métrica y comenzó a apretarle tan fuerte la garganta que la inspectora no lograba quitársela con las manos. En una fracción de segundos, pensó Margot que esa debía ser la última imagen de todas las víctimas antes de morir: Casares asfixiándolas con su instrumento de trabajo.
Entonces recordó los consejos de autodefensa de Parker. Le dio un pisotón con tanta fuerza que tuvo que aflojar las manos. Después le clavó el codo en todo el esternón. Se zafó de él y corrió hasta el probador para defenderse con la pistola que había dejado escondida bajo su chaqueta.
—No se mueva, ¡hijo de perra!
—No será capaz de dispararme.
—No me ponga a prueba.
—Les he dejado tantas pistas que no entiendo cómo han tardado tanto —se burló el modisto.
—Porque a los cobardes los pasamos por alto. Tantos traumas provocados por el abandono de su madre que no nos parecía el asesino que buscábamos.
—¡No mencione a mi madre! Ni se le ocurra volver a hacerlo. ¿Me ha oído?
Parecía un animal que se revolvía contra ella. Margot no se percató de que llevaba unas tijeras en el bolsillo de su chaqueta y, cuando se acercó a él encañonándole, se giró y se las clavó con todas sus fuerzas en el brazo. Se le cayó la pistola y Casares aprovechó para salir corriendo del piso.
—¡Mierda! —dijo ella mientras intentaba sujetar las tijeras. Salió como pudo a la escalera. Lo único que se le ocurrió fue gritar.
—¡Su madre está viva! Isabel Navas del Río vive… —insistió con todas sus fuerzas—. ¡Vive su madre!
Al escucharla mientras bajaba las escaleras a toda prisa, Casares se quedó petrificado. Incluso aminoró la marcha. No imaginaba que su madre viviese. La mujer que no quiso saber nada de él ni de su padre durante tantos años existía.
—¡Queda usted detenido, señor Casares! —dijo Harry Parker saliendo a su encuentro, mientras le apuntaba con su pistola en el descansillo del portal—. ¡No se mueva o disparo!
Margot cogió la pistola del suelo y bajó las escaleras como pudo. Le brotaba sangre del brazo.
—¡Sal a la calle y pide ayuda! —dijo Parker—. No puedo dejar de apuntarle. Sabe que estoy dispuesto a disparar, pero no quiero que mueva ni una pestaña.
Margot salió a la puerta de la calle y pidió auxilio a algunos transeúntes que, inmediatamente, llamaron a la policía y a una ambulancia. Regresó con Parker mientras Casares la miraba con una sonrisa maliciosa.
—¡Ya veremos quién ríe más de nosotros! —comentó Margot—. ¿Por qué mató a la hija de los duques de Mesena? No se parecía en nada a su madre. ¿Fue por exculpar a Cuadrado?
—¿Y usted qué cree? Uno tiene que ser agradecido. Yo no olvido a la única persona que me tendió la mano siendo un niño.
—El licántropo hoy se tendrá que conformar con ver la luna desde el furgón de la policía —dijo Parker, rabioso por su actitud.
Cuando escucharon el sonido de la sirena de la policía, respiraron tranquilos. No tardaron en aparecer por allí el comisario y los inspectores de la brigada.
—¡Está herida! —dijo el comisario al ver la sangre y las tijeras en su brazo—. Ni se le ocurra quitárselas. ¡Un médico! ¿Hay aquí un médico? —pidió el comisario a gritos mientras no llegaba la ambulancia.
Entre el público que se arremolinó alrededor del furgón de la policía, se identificó un doctor. Obligó a Margot a sentarse en el capó de un coche y le quitó las tijeras. Inmediatamente, le hizo un torniquete para frenar la hemorragia con las mangas que arrancó de su propia camisa. A los pocos minutos, la ambulancia llegó y la trasladó al hospital. Había perdido mucha sangre. Parker no la quiso dejar sola y la acompañó. Su presencia fue de gran utilidad en el hospital, ya que, al tener el mismo grupo sanguíneo que la joven, se ofreció a donar sangre para la primera transfusión que necesitó.
—Ya será imposible que te libres de mí —le dijo a Margot, provocando en esa delicada situación algo parecido a una sonrisa.
Por su parte, Casares, una vez trasladado a comisaría, pasó al calabozo. Las pesquisas de Margot habían hecho que todas las piezas del puzle encajaran. El comisario explicó a la prensa que Juan Palomeque conocía al detalle lo que hacía su jefe, convirtiéndose en su cómplice e informador. Al realizar las entregas, comprobaba qué damas estaban solas y las circunstancias que las rodeaban. El sacerdote, en cambio, se convirtió en un héroe al guardar el secreto de confesión, cuando todos lo habían condenado de antemano.
Fue una auténtica conmoción en la alta sociedad que el modisto de la aristocracia, uno de los más influyentes, fuera el asesino múltiple que buscaba la policía. Los titulares en prensa salieron al día siguiente a cinco columnas. Se convirtió en la noticia del verano.
Los tíos de Margot no podían creer lo sucedido. La noticia de que su sobrina había desenmascarado al asesino los convirtió en los personajes más buscados del momento. Los dos comisarios, junto con Parker, atendieron a los medios de comunicación en una rueda de prensa.
—¿Pueden decirnos qué les hizo pensar que el asesino era Casares y no Palomeque? —preguntó José María de Vega, el compañero de Margot en El Caso.
—Fue la inspectora Peters la que, con su obsesión por los pequeños detalles, al ver una foto del modisto de niño junto a su madre, le relacionó con el caso. La mujer de la fotografía se parecía a las cuatro víctimas mortales y a ella misma: rubia, delgada y bien parecida —contestó Parker, el jefe de seguridad de la embajada española en Londres, que detuvo al asesino.
—¿Qué le ocurrió a Casares de niño para estar tan traumatizado? —preguntaba un redactor del diario ABC.
—Que su madre lo abandonó y él jamás se lo perdonó. Su padre dejó su educación a cargo del sacerdote, don Javier Cuadrado. De todas formas, no todos los asesinos matan porque tengan un trauma. A veces el clic lo provoca la cosa más nimia y liviana que ustedes puedan imaginar —comentó don Eugenio Benito Poveda.
El comisario jefe, que había dejado que los verdaderos artífices de la resolución del caso hablaran en primer lugar, aportó detalles que se desconocían hasta el momento. Habló de las piedras preciosas que se encontraron en el puño izquierdo de todas las víctimas.
—Señores, el asesino intentaba cumplir con su teoría del siete. Había matado a cuatro personas, aunque lo intentó con cinco, contando con Margot Sanz Peters. Su intención era seguir matando hasta alcanzar esa cifra: ¡siete! Hemos encontrado en casa de Casares el símbolo geométrico conocido como la «semilla de la vida». Hace referencia también al número siete: los seis días de la creación del libro del Génesis y el séptimo en el que Dios descansó. Él pensaba matar a la inspectora y acabar lo que ya había empezado, como así le dijo. Le hubieran faltado otras dos víctimas más para culminar la venganza contra su madre. Nos estuvo poniendo a prueba constantemente.
Un periodista de Siluetas aprovechó para tomar la palabra y preguntar.
—¿Y por qué mató a la hija de los duques de Mesena, si no se parecía al patrón de mujer que perseguía?
—Por exculpar a su mentor. María Benavente estaba sola en casa la noche en que Casares necesitaba matar a otra joven. Hemos capturado a un asesino que se creía entre Dios y un licántropo. Imagino que los teóricos de la mente lo estudiarán —añadió Benito Poveda.
—Una más para el diario Ya —se apresuró a preguntar otro periodista—. ¿Juan Palomeque será juzgado como cómplice nada más?
—Igualmente será un juez quien dictamine su grado de implicación en este caso. Todo apunta a que conocía las intenciones de su jefe y le guardaba las espaldas para que no lo descubriera la policía. También le informaba de los horarios de sus clientas y posibles víctimas. Es decir, tiraba la piedra y escondía la mano. La huella parcial encontrada en el almirez, con el que agredieron a la inspectora, le une directamente al caso. Intentó borrar las huellas de Casares, pero dejó parcialmente la suya —habló de nuevo don Eugenio.
—De todas formas —continuó Parker—, el derecho penal en cualquier país impone penas muy graves a quien se demuestre que es cómplice de un asesino. Les aseguro que pasará muchos años en la cárcel. Su delito es también muy grave.
—Si querían saber si va a ser puesto en libertad a la espera de juicio, la respuesta es negativa —concluyó tajante Jacinto Velarde—. Nada más. Muchas gracias, señores, por acudir a la convocatoria.
Cuando al día siguiente Margot leyó los periódicos, convaleciente en casa por la nueva lesión, sonrió. Lo habían conseguido.
—Estoy deseando que los juzguen y los condenen. Hoy, desde luego, las mujeres estamos más seguras que ayer —comentó Margot a sus tíos y a sus «guardianas», Camila y Sátur.
Sin embargo, la peor condena que tuvo el modisto fue otra. Parker hizo que trajeran a Madrid a su anciana madre. En su traslado del calabozo a la cárcel de Carabanchel, quiso que la viera. Fue su venganza por haber estado a punto de matar a Margot.
—Señor Casares, esta señora ha venido desde Toledo a verle. Es su madre —dijo mientras la señalaba.
El modisto iba con las manos esposadas. La observó de frente. Intentó ver algún rasgo de aquella mujer de la foto que no había roto. Pero solo vio a una viejecita que no paraba de llorar. La miró una última vez y, sin dirigirle una sola palabra, siguió andando tras el policía que lo conducía hasta el furgón que lo trasladaría a la cárcel.
Parker dio las gracias a Isabel Navas del Río. Ella, humildemente, le dijo que se sentía culpable de los hechos cometidos por su hijo. «Ese odio a las mujeres se lo he provocado yo. Lo siento, lo siento», se lamentaba. El jefe de seguridad no supo qué decirle y la volvió a meter en un coche que la trasladó hasta Toledo. Dos semanas después supo que la anciana había muerto.
Madre e hijo no llegaron a hablar, pero al menos se miraron sin reprocharse nada. A veces sobraban las palabras, pensó Parker.
La investigación concluyó rápidamente y los comisarios fueron felicitados por las altas instancias del Ministerio de la Gobernación y por la sociedad en general. No había ya ningún cabo suelto, pensaba el comisario: con su cinta métrica, Casares había matado a todas las víctimas excepto a Margot, a quien intentó asesinar dos veces. La marca plana y roja que mostraban todas las mujeres se debía a esa cinta que siempre le colgaba del cuello. «El arma que siempre tenía cerca y a la vista», decía don Eugenio con rabia. Nunca imaginaron que ese elemento tan cotidiano de los sastres fuera el arma utilizada para asesinar a la marquesa de Torquemada en el servicio, durante el baile de máscaras. Vestido de arlequín, puso fin a su vida con la excusa de colocarle bien el collar que le había prestado. Ese día de luna roja fue el principio del fin de Casares, porque encontró placer al matar. Habían localizado en su joyero no solo las alianzas de sus víctimas, también el collar de diamantes y zafiros que prestó a Genoveva. De los dedos diseccionados nunca se supo nada.
La hija soltera de los condes de Romelinos, Casilda, tuvo la mala suerte de cruzarse en su camino cuando había aprendido a matar. La joven se iba a casar en dos semanas con un prestigioso cardiólogo, pero el modisto no le perdonó que siguiera viéndose con su primer novio, como ella le confesó. Castigando a Casilda, castigaba a su madre, esa mujer menuda y anciana que no paró de llorar al ver a su hijo. A todas les recomendaba que se confesaran con su mentor, Javier Cuadrado, ya que, según su parecer, conseguirían encontrar la paz espiritual que tanto ansiaban.
Su tercera luna la celebró con su tercer asesinato. Mató a la hija única del conde de Montesquinza, Selena. La extraordinaria bailarina de ballet que, vestida con un traje confeccionado por él mismo, no llegó a salir de la habitación del hotel. Todas le abrían la puerta y a todas las mataba por la espalda con la cinta métrica. Su particular forma de expiar sus monstruosidades era dejándoles una piedra preciosa en la mano.
La cuarta fue Margot, que logró salvar la vida de milagro en la finca Pascualete, gracias a la rápida intervención de Harry Parker. Sin embargo, Casares volvió a intentarlo precisamente antes de que la propia joven lograra desenmascararlo. Y la quinta fue María, la hija de los duques de Mesena, de veinticinco años, que no se parecía en nada al patrón de mujeres a las que asesinaba. Llamó a la puerta y la joven le abrió mientras sus padres acudían al homenaje a Agustín Lara. En realidad, fue una muerte improvisada. Su ayudante le dio la mejor de las informaciones al decirle que esa noche estaría sola. Fue un asesinato para despistar a la policía y ayudar a su mentor, que se encontraba en la enfermería de la cárcel.
Durante toda esta reflexión, Benito Poveda pensó en la madre de Casares y comprendió que era la sexta víctima. Cuando Parker propició su encuentro, se la quedó mirando con frialdad y no le dedicó una sola palabra. La ignoró. Fue el mayor desprecio hacia su progenitora. Tampoco había mayor dolor para una madre. No le extrañó que, al poco, muriera en la residencia de monjas donde vivía.
Benito Poveda daba el caso por cerrado. Pretendía poner en orden su cabeza con unos días de descanso y se despidió de Parker efusivamente cuando este acudió a la comisaría.
—No deje de llamarme cada vez que venga a España.
—¡Hecho!
Antes de que concluyera el mes de septiembre y antes también de que el verano llegara a su fin, Aline Griffith celebró la fiesta de despedida del verano. Ninguna de las asistentes se atrevió a llevar puesto un vestido de Casares. Decidieron olvidar su nombre e ignorar su trabajo. Parker acompañó a Margot antes de regresar a Londres, una vez concluida su misión en Madrid. La joven todavía llevaba el brazo vendado, lo que no le impidió lucir un vestido de noche blanco y negro con paillettes que le regaló su tía Frances. En cuanto hizo su entrada en el salón de baile, recibió un cálido aplauso que la emocionó. Cayetana y Aline fueron las primeras en felicitarla: «¡Enhorabuena! ¡Jamás olvidaremos este verano de 1954!».
—Yo tampoco —reconoció—. Como diría Françoise Sagan, «ya nada será como antes».
El comisario se acercó a la celebración y la animó a seguir adelante con sus dotes para resolver casos como ese.
—Mis tíos no ven con buenos ojos que estudie en la Escuela de la Policía, y les he dado mi palabra.
—¿Y si se prepara para detective? Podría contar con su colaboración igualmente. No la quiero perder.
—Bueno… Me parece interesante su propuesta. Además, no faltaría a mi palabra.
—No se hable más. La espero, detective Peters.
—Suena bien. ¡Detective Peters! —exclamó satisfecha.
Parker se disculpó ante el comisario y sacó a bailar a Margot. Pensó que, por fin, podría olvidar durante unos segundos lo que había ocurrido días atrás. Sin embargo, ella siguió dándole vueltas.
—Si parafraseara a la protagonista de la novela Bonjour tristesse, que me impactó tanto, podría decir: cuando estoy en la cama, al amanecer, sin más ruido que el tráfico…, a veces me traiciona la memoria y vuelve el verano con todos sus recuerdos. Cuando oigo el nombre de… Casares, y lo repito durante mucho rato en la oscuridad, entonces algo sube en mi interior y me atrevo a llamarlo por su nombre con los ojos cerrados: ¡Buenos días, tristeza! —dijo Margot del tirón.
—Ya que has modificado la cita, cambia el final. Es cuestión de creer en ello. Estás aquí y ahora. Has logrado sobrevivir al hombre lobo. Yo más bien diría la frase de Elvis que tanto nos gustó: «That’s all right». Todo está bien, Margot. ¡Disfruta de la vida!
—Está bien… That’s all right. Tienes razón. —Margot se acercó a él, tal y como hizo en el hospital cuando perdió la memoria, y le besó—. Hay cosas que empiezo a recordar… y me gustan.
Parker no supo reaccionar y continuó moviéndose al ritmo de la música. Se preguntaba si, durante todo el tiempo desde que salió del hospital, había recordado aquellos besos que se dieron y que él no había podido olvidar. No le dijo nada, pero sonrió. Siguieron bailando hasta el final de la fiesta, en aquel colofón estival.
En el comienzo de la actividad tras el verano, nadie fue capaz de olvidar la muerte de tantas mujeres de familias conocidas, pero dejaron de mencionarlas. Margot continuó con sus dolores de cabeza, que, aunque lo intentara, le impedían borrar de su mente a Pedro Casares. Cada luna llena se quedaba en casa. Otra secuela de aquel verano de 1954.
Cuando los recuerdos regresaban, Margot procuraba encerrarse en su despacho y encender la pipa de su padre. Fumar durante largo rato, lanzando volutas de humo en dirección al techo, la tranquilizaba. Era el momento en el que le surgían las grandes preguntas. ¿Cómo sería su futuro? ¿Estaba preparada para afrontarlo?
Inesperadamente, sonó el teléfono. Era el comisario, que reclamaba verla cuanto antes. Tan solo la informó de que había «desaparecido una joven». Todo volvía a empezar…