Luna roja

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1. La cena de Navidad

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La cena de Navidad

«Cuando la luna esté llena y observen un halo rojo en su interior, tengan por seguro que esa noche se va a cometer un terrible crimen», comentó el jefe de seguridad de la embajada española en Londres mientras celebraban la cena previa a la Navidad. Era tradición que todos los trabajadores, diplomáticos y el personal cualificado de la oficina compartieran mesa y mantel en el número 39 de Chesham Place.

La joven Margot Sanz Peters, sobrina del que era mano derecha del embajador, escuchaba con mucha atención a su compañero de mesa, Harry Parker. Le gustaban las historias que contaba relacionadas con crímenes misteriosos y con las conductas más oscuras de los seres humanos. De hecho, su tiempo libre lo dedicaba por entero a los libros de misterio y a algo que tenía que ver con el negocio familiar: escribir de moda. Esto último fue una salida natural después de las inversiones de su tía Frances en las nuevas revistas femeninas.

Parker parecía que se crecía ante ese auditorio improvisado. Se trataba de una persona más joven de lo que aparentaba. Había cumplido los treinta y ocho, pero por su barba, su forma de vestir y de expresarse parecía mayor. A su vez, la rubia y delgada Margot, ante los relatos que escuchaba, unos ciertos y otros inventados por Harry, ni pestañeaba. Ese mundo turbio y tenebroso que describía el jefe de seguridad la atraía como un imán. Podía estar horas escuchándolo. Cuando habló con tanta certeza de que en la noche que observaran en el firmamento una luna roja se cometería un crimen, sintió un escalofrío. ¿Por qué ese efecto de la luna en la gente?, se planteaba insistentemente en su cabeza. En un determinado momento, se atrevió a verbalizarlo interrumpiendo a su compañero de mesa.

—Señor Parker, ¿cree que la luna influye tanto en la conducta de las personas?

—Sí. La historia del crimen está muy relacionada con la luna. Tenga por seguro, señorita Peters, que todos somos capaces de matar. La muerte es una fiel compañera desde que nacemos, y la luna llena, como si fuéramos licántropos, nos incita a jugar con ella —afirmó categórico el jefe de seguridad.

—Pero ahí está el hombre para decidir si traspasa la línea roja o no —replicó Margot—. Desde pequeños nos enseñan a controlar la ira. No hay motivos que justifiquen quitar la vida a nadie.

—La avaricia, la venganza, el odio, las pasiones… están detrás de la mayoría de los crímenes. Pero no todos tienen una explicación, hay a quien se le ocurre matar dos minutos antes de cometer el asesinato. Esos suelen ser los peores, los que no se esclarecen nunca.

—Señor Parker, es tanto como asegurar que el crimen perfecto existe, y eso me resulta muy inquietante. Prefiero pensar que al malhechor se le atrapa y acaba pagando su fechoría en la cárcel.

—Siempre he estado en el otro lado de la línea roja, como usted afirma, y le puedo asegurar que el crimen perfecto existe. También le comento que hay investigadores que tienen una perspicacia especial. Está feo decirlo, pero, en mi caso, resulta difícil que se me escape algo de lo que ocurre en esta embajada —presumió Harry sin pudor.

Margot pensó, al oír al jefe de seguridad, que lo que decía era verdad. Se sabía la vida de todos. La propia Margot, que conocía a la mayoría de las personas sentadas a esa mesa, no poseía la información tan exhaustiva que Harry Parker sí tenía. Todos estaban al tanto de su habilidad para averiguar los detalles más íntimos del personal de la embajada y sus familias, así como de los nobles que la visitaban.

En la cena salieron a relucir temas de la actualidad política, cultural y, cómo no, lo que más aterraba a las señoras: los sucesos. Pero Margot era diferente a todas las mujeres y, desde su adolescencia, se había convertido en fiel seguidora de los relatos de Arthur Conan Doyle y las inteligentes deducciones que practicaba uno de sus personajes fetiche: Sherlock Holmes. Por eso, podría estar toda la noche oyendo hablar a Parker del asesino más famoso de todos los tiempos: Jack el Destripador.

—Fue el asesino múltiple más terrorífico que tuvimos en Londres a finales del siglo pasado, y todavía seguimos sin saber su identidad. Un día dejó de matar o simplemente se murió. El caso es que no volvieron a cometerse crímenes tan terribles como esos cinco, que tuvieran su sello.

—Alguno más, mi querido amigo —replicó Julián Martín-Briz, tío de Margot—. Cinco canónicos con su firma, cierto, pero hubo otros muchos que se cree que pudieron ser obra suya; no se le atribuyen porque cambió el modus operandi. Se cometieron en el mismo sitio, el East End de Londres.

—Algunos criminales pudieron aprovecharse de la fama de Jack el Destripador y matar amparados en su estela —siguió explicando el jefe de seguridad.

—De todas formas, señor Parker, convendrá conmigo en que la investigación policial fue un auténtico desastre —añadió Martín-Briz—. Y los ciudadanos tomaron la iniciativa de montar patrullas de seguridad para que las mujeres pudieran regresar a sus casas sanas y salvas por las calles de Whitechapel.

—Efectivamente, la investigación fue un verdadero fiasco. Esas muertes se producían siempre por la noche, generalmente durante el fin de semana y a final de mes. Con más vigilancia podrían haberlas evitado.

La tía Frances Peters se removía en el asiento escuchando a su marido y al jefe de seguridad. Pero todavía le ponía más nerviosa que su sobrina estuviera prestándoles tanta atención. Decidió cortar la conversación sin ningún tipo de remordimiento y hablar del tema que tanto le ocupaba, puesto que su familia había invertido en la principal revista británica dedicada a la mujer: Woman.

—Hablemos de algo más agradable, ¿les parece? Estamos a punto de iniciar un nuevo año, un momento en que se supone que debemos sacar nuestro espíritu más noble. Margarita —se dirigió a la esposa del embajador—, ¿tu marido tendrá mucha actividad en la embajada durante estas fiestas?

—Sí. Iremos al palacio de Buckingham. Me hace especial ilusión ver a la reina Isabel sin protocolo alguno, ya sabes que se lleva muy bien con Miguel. Le gusta que le hable de España y de los avatares de la política.

—Lo sé. Está especialmente bien informada. Creo que ha asumido muy bien la responsabilidad de llevar la corona tras la muerte de su padre. Ha sido un año muy importante para ella y para todo el Reino Unido.

—Hablando de la reina, he observado que, desde que ha asumido la responsabilidad de la Corona, viste mejor, ¿no crees? —preguntó Margarita.

—Bueno, Norman Hartnell tiene una gran amistad con ella. Fue el encargado de diseñar los trajes de todos los miembros de la familia real y, sobre todo, el vestido que ella se puso en la coronación.

—Hartnell le hizo nueve propuestas y el vestido elegido fue el resultado de sus muchas conversaciones con la reina. Era muy clásico, pero iba muy guapa —comentó Margot.

—A mí me pareció precioso —decía la mujer del embajador—. Un vestido de seda blanca bordado con los emblemas florales de los países de la Commonwealth: la rosa Tudor de Inglaterra, el cardo de Escocia, el puerro de Gales, el trébol de Irlanda del Norte, la acacia de Australia, la hoja de arce de Canadá… Me dejo alguna. ¡Ah, sí! El helecho plateado de Nueva Zelanda, la protea de Sudáfrica, dos flores de loto de la India y Ceilán y el trigo, el algodón y el yute de Pakistán.

—¡Madre mía! ¿Cómo te acuerdas de todo lo que llevaba bordado en su traje la reina?

—No lo sé. Me dio por ahí.

—Lo que está claro es el poder que tiene bajo su cetro esta mujer tan joven —comentó Julián Martín-Briz—, independientemente de su vestido y de la ceremonia de su entronización.

Margarita quería preguntar a la joven Margot por las tendencias de moda y se dirigió a ella directamente:

—¿Quién marca hoy en día el camino de la moda?

—Mi sobrina sabe muchísimo de este tema —afirmó Frances con orgullo—. De hecho, escribe en Woman desde hace un par de años.

Margot apoyó el tenedor en su plato y contestó:

—Christian Dior, sin duda. Ha revolucionado el mundo de la moda. Vestir bien ya no solo es exclusivo de una élite. Ha apostado por devolvernos a las mujeres el glamour y la belleza que los años de la guerra y la posguerra nos habían arrebatado. Iremos marcando más nuestra silueta, subidas a tacones muy altos, muy ceñidas en el cuerpo y con faldas acampanadas. Pero mucha atención, porque viene muy fuerte una tendencia que todavía no ha cuajado.

—¿A qué te refieres? —preguntó curiosa la mujer del embajador.

—A los pantalones.

—¿Nos vais a quitar los pantalones a los hombres? —inquirió Parker, que hasta entonces no había prestado mucha atención al tema.

—Sí. Las mujeres llevaremos pantalones. Ya no serán exclusivos de los hombres. Están empezando a verse en los ateliers de diferentes modistos. Yo me apuntaré a esa moda. Será como el voto femenino, que hubo que conquistarlo en la calle.

Se hizo un silencio incómodo en la mesa y Martín-Briz alzó su copa para brindar por el nuevo año 1954. Todos le siguieron y el comentario feminista de su sobrina se olvidó.

Margot Sanz Peters era una joven con mucho carácter. Comenzó a escribir al cumplir los veinte años. Ahora, cuatro años después, se conocía Londres y la alta sociedad británica como la palma de la mano. Había nacido en Madrid, pero, tras morir sus padres en un accidente de coche, sus tíos se hicieron cargo de ella. Con cinco años de edad, cambió Madrid por la capital británica. Su tío, Julián Martín-Briz, diplomático español, llevaba muchos años trabajando en Gran Bretaña. Llegó a Londres siendo hombre de confianza de Jacobo Fitz-James Stuart, duque de Alba, y se mantuvo en la embajada con los sucesivos representantes diplomáticos que sustituyeron al aristócrata, superando todo tipo de crisis en la embajada derivadas de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial.

En 1953, el embajador era un hombre cuyo apellido estaba muy ligado a la historia reciente de España por su padre, Miguel Primo de Rivera, y por su hermano mayor, José Antonio. Se trataba de Miguel Primo de Rivera y Sáenz de Heredia. En ese diciembre había cumplido dos años en el cargo. Estaba casado con Margarita Larios, que se había hecho amiga íntima de Frances Peters, la tía de Margot.

La cena fue un éxito. Algunos bebieron más de la cuenta, pero al día siguiente todo regresó a su rutina.

La vida de la embajada transcurrió con normalidad ese final de año. Al menos hasta que Harry Parker descubrió que el embajador se veía a escondidas con la joven Helen Scott-Duff, prometida de Anthony Greville-Bell, héroe de la Segunda Guerra Mundial y miembro activo del Ejército del Aire.

El jefe de seguridad recomendó al embajador que abandonara esa «amistad». Si la noticia llegaba a oídos de Franco, tendría serios problemas personales y diplomáticos. No era el mejor momento para tener una aventura como aquella, justo cuando España se abría al mundo gracias a los pactos con Estados Unidos.

El Mayor Greville-Bell debía casarse sin ningún impedimento con la joven a la que había pedido en matrimonio y el embajador definitivamente tenía que interrumpir esa relación inapropiada.

Fue entonces cuando Martín-Briz consideró que había llegado el momento de que su sobrina regresara a España y se alejara así de la tormenta diplomática que intentaban parar entre todos. Margot debía volver.

Los Peters se habían convertido, además de en accionistas de Woman en Inglaterra, en inversores de la revista Siluetas, dedicada a la moda y la información femeninas en España. Sabiendo que a Margot le gustaba escribir, pensaron que podría labrarse un futuro como redactora de moda y de eventos de la sociedad madrileña.

—Te necesitamos en España —comentó Frances—. Serás la que custodie nuestras inversiones allí, trabajando para la revista. ¿Qué te parece?

—¿Me voy sin vosotros?

—Se irá contigo Camila. En realidad, ella te ha cuidado desde niña como si fuera tu madre —la tranquilizó su tía—. Hemos pensado que sería bueno que vivieras cerca de Cayetana, la hija de Jacobo, el duque de Alba, con la que tanta relación tenías cuando erais pequeñas. Nos han hablado de un bonito piso en la Gran Vía. Ella vive a dos pasos, en el 22 de la calle Princesa. Será quien te introduzca en la sociedad madrileña.

—Veo que lo tenéis todo pensado y meditado. Imagino que yo no tengo nada que decir.

—Bueno, si no te parece bien, puedes quedarte aquí en Londres con nosotros —dijo Frances a su sobrina—. Esta es tu casa. Pero hemos meditado mucho sobre lo que sería mejor para tu futuro.

—No, no… Quiero intentarlo. Siempre me ha gustado la aventura —aseguró Margot.

—Lo sabemos. Además, tu tío piensa comprarte un descapotable para que te muevas por Madrid. Deberás tener mucho cuidado con los jóvenes que se acerquen a ti: soltera, rubia, delgada, bien vestida y conduciendo un cochazo… Ten por seguro que no pasarás desapercibida.

—Por eso no te preocupes. No tengo intención de enamorarme, y menos de casarme. ¿Lo del coche es verdad?

Su tío se lo confirmó con un gesto y Margot lo abrazó por el extraordinario regalo que le iba a hacer y por la oportunidad de ser dueña de sus propios actos regresando a España. Desde que se fue a Londres, tenía flashes de algunos rincones y calles que visitó con sus padres, aunque, con el paso del tiempo, fue borrando de su mente los primeros cinco años de su vida. Tampoco lograba recordar sus caras y, menos aún, el sonido de sus voces y su olor. Afortunadamente, Frances siempre ejerció de madre, junto con Camila. Esta última era la persona que siempre había estado encima de sus estudios y quien más la comprendía. Su baja estatura no le impedía imponerse cuando hacía falta, e incluso poseía una inteligencia especial para adelantarse a los problemas. Solía decir en su defensa que «los mejores perfumes siempre se sirven en frascos pequeños».

Días después de haber tomado la decisión de que Margot regresara a España, su tía la llevó a diferentes modistos para que vistiera acorde con su nueva actividad social y laboral.

Julián y Frances pensaban viajar a España con frecuencia para comprobar in situ cómo se organizaba su sobrina y, de paso, activar sus contactos políticos.

Para Margot todo aquel giro inesperado en su vida, fuera de inquietarla, le resultaba emocionante.

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