Luna roja

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2. El traslado

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El traslado

A la semana de comenzar el año 1954, Margot inició su viaje de regreso a España. Primero se embarcó junto con Camila en el avión monoplano de pasajeros DH.114 Heron, de la compañía británica De Havilland, que aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, en Francia. Hicieron noche en París y al día siguiente se subieron a un tren que las llevó hasta Hendaya. Tras cruzar a España, montaron en otro tren, de la línea Imperial, que hacía el recorrido San Sebastián, Vitoria, Burgos, Valladolid, Ávila y finalmente llegaba a la estación del Norte, en Madrid. Allí las recogió un conductor inglés que tenía relación con la embajada española en el Reino Unido.

Have you ever been to Spain? —Les preguntó en inglés si habían venido a España en otra ocasión.

—Yo nací aquí —contestó Margot en español—, pero me fui cuando era una niña. Sinceramente, no tengo ningún recuerdo. Casi es como si viniera por primera vez.

—Habla un español perfecto.

—Gracias. En casa hemos hablado indistintamente en inglés y en español.

El traslado que hicieron en coche desde la estación hasta la Gran Vía madrileña las mantuvo entretenidas mirando a través de las ventanillas. Madrid comenzaba a abrirse al turismo con más hoteles y más locales de ocio. Se notaba la llegada de la industria del séptimo arte. España se convertía en un lugar económico para las grandes superproducciones de Hollywood. Y había locales, como el famoso Pedro Chicote, que estaban repletos de estrellas del cine europeo y estadounidense. El nuevo hogar de Margot se encontraba muy cerca de ese local de moda y justo enfrente del rascacielos más alto de Madrid, el edificio de Telefónica. Sin embargo, en el mes de octubre de 1953 le arrebataría el récord de altura el edificio España, construido a escasos quinientos metros, en la plaza de España.

El coche paró en el número 27 de la Gran Vía. Era un edificio muy señorial con grandes ventanales, diseñado por el arquitecto Antonio Palacios. La escalera de entrada daba a un gran recibidor con luz natural que, a su vez, conducía hacia unas escaleras majestuosas que llamaron la atención de Margot y su fiel Camila.

Entre el conductor y el portero subieron el equipaje. Al ver la gran cantidad de maletas, saltaba a la vista que se trataba, más que de un traslado, de un cambio de vida. Las esperaba Saturnina, la señora del servicio, que a partir de ese momento se encargaría de facilitar las cosas a las dos recién llegadas.

En un par de días, todo estuvo colocado en los armarios y Margot pudo presentarse en su nuevo trabajo. El director de la revista, Justino Ochoa, la estaba esperando. Le asignó como primer cometido los ecos de sociedad en Madrid. La sede de la revista se encontraba en Barcelona, pero en Madrid tenía una amplia delegación. Margot se encargaría de los nacimientos, las bodas y los funerales. También de las puestas de largo de las jóvenes aristócratas y de las fiestas en casas de nobles madrileñas.

—Nosotros salimos a los quioscos cada quince días, pero sería bueno que con frecuencia te pusieras en contacto conmigo para comentarte las novedades. Si te haces con una máquina de escribir, puedes organizarte en casa como quieras. Yo lo que necesito es que tengas el reportaje al día siguiente de hacerlo. Ven a la sede de la revista con el artículo ya escrito y así tendrás contacto con tus compañeras.

—Está bien. No le he comentado que me gusta mucho la moda, por si quiere que entreviste a algún modisto o acuda a alguna presentación de sus colecciones.

—Sé que la moda se te da bien. Lo tendré en cuenta. No te preocupes, trabajo no te va a faltar.

Cuando salió de la revista, se fue a ver a Cayetana Fitz-James Stuart. Había dado la triste casualidad de que su padre acababa de fallecer. Su muerte había ocurrido en Suiza, horas antes de la última Nochebuena. Fue un shock para todos en Londres, ya que le tenían en alta estima. Su paso por la embajada en un periodo muy difícil había dejado mucha huella. Cuando se vieron las dos, se fundieron en un prolongado abrazo.

—Cuánto siento el momento por el que estás pasando.

—¡Terrible! Ahora tendré que hacer frente a todo lo que conlleva el ducado y la casa de Alba.

—¡Claro! Y ahora vengo yo, cuando tienes que sacar adelante la herencia de tu padre. ¡Una carga más!

—Al revés, estoy contenta de verte. ¿Ya te has instalado aquí?

—Sí, llegué hace dos días. ¡Qué locura este cambio de vida! ¡Que no se me olvide! He traído unos regalos para tus dos hijos.

La duquesa llamó al servicio y pidió que trajeran a Carlos y a Alfonso. Cuando aparecieron, se quedaron de pie muy formales al lado de la institutriz.

—Venid y saludad a Margot.

La joven se acercó a ellos. Tenían cinco y tres años, respectivamente. Los besó y les dio dos cochecitos que los niños le agradecieron mucho. A los pocos minutos volvieron a salir de la estancia de la mano de la institutriz.

—¡Pero qué mayores están! ¡Es increíble!

—Tengo que darte una noticia. Todavía no la sabe nadie. ¡Estoy embarazada! —confesó Cayetana en tono cómplice.

—¿Sí? ¿Para cuándo esperas que nazca el bebé?

—Para julio. Tengo claro que, si es niño, se llamará como mi padre, Jacobo.

—Pues si me das permiso, será mi primera noticia en los ecos de sociedad que me han encargado en la revista.

—¡Adelante! —dijo sonriente la duquesa—. Por cierto, ¿qué tal tu tío en la embajada?

—Bien. Bueno, ya sabes que nunca falta el trabajo duro en una legación como esa, sobre todo el que no se ve. Siempre existe algún lío diplomático.

—Parece que Franco se ha abierto a que los americanos instalen varias bases en España. Eso va a desbloquear mucho las relaciones diplomáticas con otros países, incluida Inglaterra.

—Bueno, con el Reino Unido nunca han ido especialmente bien las cuestiones diplomáticas, y eso que la reina tiene buena relación con algunos políticos. ¿Sigues en contacto con ella?

—Sí, cuando voy allí me acerco a saludarla. Lo está haciendo muy bien. Seis meses como reina y, sinceramente, ha demostrado una enorme madurez y responsabilidad.

—Bueno, fue educada para asumir un día ese papel. Pero si hablamos de responsabilidad, tú también lo vas a hacer muy bien con la casa de Alba. Las dos estabais muy preparadas para tomar las riendas de vuestro legado.

—Tengo que terminar las obras del palacio de Liria que empezó mi padre. Luis, mi marido, se está encargando personalmente de llevarlas a término. En cuanto concluyan, dejaremos esta casa y nos iremos allí. Será nuestro hogar.

—Me encantará ver el palacio restaurado… Ahora te tengo que dejar. Camila se ha venido conmigo a España, pero, como sabes, no habla nada de español e imagino que estará perdida con la señora que hemos contratado, que, a su vez, no sabe nada de inglés.

Ambas amigas rieron al imaginar la escena. Cayetana era la primera vez que se relajaba tras la muerte de su padre, al que estaba tan unida. Le hizo mucha ilusión ver a Margot y le propuso que asistiera con ella a las muchas actividades sociales a las que era requerida. Margot aceptó y se despidieron con el compromiso de quedar pronto para comer.

La joven regresó caminando de la calle Princesa a la plaza de España, y de ahí a la Gran Vía, hasta alcanzar el número 27. No lo podía evitar y se quedaba mirando a los niños que se cruzaban a su paso y se ofrecían a limpiarle los zapatos. Otra persona se le acercó a pedirle alguna moneda para que el niño que llevaba en brazos pudiera comer. Rebuscó en el bolso y se la dio. Había gente bien vestida que iba caminando con mucha prisa y otros que se subían a la parte trasera de los autobuses para no pagar el trayecto. Pensó en el contraste que había entre unas personas y otras.

Al llegar a casa, llamó al director de Siluetas y le dio la noticia del embarazo de Cayetana. Como premio a su exclusiva sobre la nueva duquesa de Alba, le pidió que entrevistara a uno de los modistos a los que acudía la nobleza, aunque su nombre todavía no tenía la proyección que merecía.

—Se trata de un hombre muy interesante, hecho a sí mismo. Se llama Pedro Casares —explicó Justino Ochoa—. Su historia es un ejemplo de éxito y esfuerzo. Su madre un día se fue de casa con un amante y no volvió a saber de ella; aun así, él siempre luchó para salir adelante. Se ha formado entre sastres, gracias a la ayuda de un sacerdote que ejerció de tutor. No hay nadie como él con la tijera y los patrones. Ve a verle a su taller y haz un reportaje de cómo trabaja. Da mucha importancia a las telas que trae de los lugares más recónditos del planeta.

—Nunca había oído hablar de él. Pues hagamos que todo el mundo sepa de su existencia. Si me da su contacto, le haré una visita. Tengo curiosidad por conocerlo.

—No le preguntes por su infancia, no le gusta hablar de ello. La información que te he dado es solo para ti. En cambio, puedes preguntarle por sus clientas. Una de las más afamadas es Aline Griffith, precisamente muy amiga de Cayetana.

—Sé quién es, pero no la conozco.

—Una de las mujeres más elegantes. Cuando no viste de Balenciaga, lo hace de Dior, Balmain o Pedro Casares. Está casada con Luis Figueroa y Pérez de Guzmán el Bueno, conde de Quintanilla.

—Mi tío habla mucho de su suegro, el conde de Romanones. En realidad, Luis es hijo de su primera mujer.

—Todo un personaje. Sí, al morir María de la Concepción Pérez de Guzmán el Bueno, se casó con Blanca María de Borbón y León. Al principio, al conde no le gustaba que una americana entrara en la familia, pero ahora son uña y carne. Aline ha irrumpido con mucha fuerza en la alta sociedad española. Va a la contra del resto de los nobles. Ella siempre tiene una gran actividad. Aunque sabe que las damas se levantan tarde, ella no. ¡Ha sido modelo, periodista, escritora! Si quieres, podrías entrevistarla también. Lleva casada seis años, igual que Cayetana. Su compromiso de boda se anunció en el The New York Times. Su sentido del humor hace que la sociedad le perdone todas sus transgresiones. ¡Te ayudará mucho con sus contactos! Poco a poco irás conociendo a todos los que mueven los hilos de la nobleza.

El director conocía la vida y los movimientos de todos los miembros de la alta sociedad. Era la persona adecuada para dirigir los pasos de la recién llegada.

Margot estaba ilusionada ante el nuevo reto de la revista Siluetas. Antes de hablar con Pedro Casares, localizó a Aline en su casa, en la exclusiva colonia de El Viso. Quedaron a tomar el té ese mismo día y, en cuanto se conocieron, congeniaron.

Aline vestía un pantalón palazzo negro y jersey blanco de cuello barco. Fumaba cigarrillos en boquilla larga y llevaba el pelo recogido en un moño alto. Tan pronto la vio, Margot comprendió que la anfitriona estaba muy bien informada de lo último en la moda.

—Encantada de conocerla.

—El gusto es mío. Por favor, llámame de tú. Yo me he adaptado rápido a España, pero, como ves, el acento me delata, me resulta imposible quitármelo.

—Lo de menos es el acento. Lo importante es hacerse entender.

—¡Exacto! Sé que eres amiga de Cayetana y que escribes en la revista Siluetas. ¿Sabes? Yo también ejercí como periodista. Sigo en contacto con las instituciones de mi país. De alguna manera, recibo en mi casa a todo americano ilustre que pisa España. Si no es aquí, en mi finca Pascualete, que está en Extremadura.

—No conozco Extremadura —confesó Margot.

—Es la gran desconocida y la gran abandonada. Cuando celebremos allí un acto social, te invitaré.

—Muchas gracias, Aline. Quería quedar contigo, si es posible, en el atelier de Pedro Casares. Tengo que escribir un artículo sobre los dos. Sería bonito hacer las fotografías allí, vestida del modisto.

—¡Encantada! Pedro es divino. Es el paño de lágrimas de todas las mujeres de la alta sociedad. Conoce todos nuestros problemas y todos nuestros secretos. Ya verás, tiene manos de pianista y la filosofía de Balenciaga: arquitecto para los patrones, escultor para la forma, pintor para los dibujos y músico para la armonía.

—Maravillosa frase.

—Es de Cristóbal, pero la aplico para Pedro. Sus trajes son especiales. Los distingues por muchas cosas; entre otras, por lo maravillosas que son sus telas. Las trae de países no frecuentados por otros modistos. ¡Cuando quieras te lo presento!

—Aline, sería estupendo quedar la semana que viene.

La condesa de Quintanilla cogió el teléfono y marcó el número del atelier de Casares. Contestó alguien que le explicó que en ese momento el modisto no podía atenderla. Aline asentía con la cabeza y decía una y otra vez: «¡Qué barbaridad!». Al colgar, le explicó a Margot lo que estaba pasando.

—Me ha contestado su pareja y mano derecha, Juan Palomeque. No podía atenderme Pedro porque está consolando a la marquesa de Manzanedo. Al parecer, le han robado un collar de perlas y brillantes que era de su familia y está con un disgusto tremendo. Hay que tener mucho cuidado dónde y con quién uno expone sus joyas. Hablaré con él en otro momento y quedamos para el reportaje.

—¡Menudo robo! Debe ser un collar muy costoso. Comprendo cómo se tiene que sentir. Bueno, no te molesto más. Espero tu llamada.

—¡Perfecto! ¿Quieres que te lleve a casa? Me encanta conducir —se ofreció la condesa.

A Aline le gustaba coger el coche con cualquier excusa. Le preguntó a Margot hacia dónde iba y la llevó hasta su domicilio, conduciendo a toda velocidad por las calles de Madrid. A la aristócrata le encantaba pisar el acelerador. Finalmente la dejó en la acera del edificio de Telefónica, frente a su casa en la Gran Vía.

Margot cruzó caminando entre la gente mientras pensaba en lo acertados que habían estado sus tíos al tomar la decisión de su regreso a España. Los echaba de menos, pero Camila seguía ofreciéndole todo el afecto que la vida le había robado tras el accidente de sus padres, y también sería un gran apoyo para ella en esta nueva etapa. Madrid le resultaba una ciudad acogedora. Estaba entusiasmada con Aline, la última persona que había conocido. Tenía una educación más abierta que el resto de la alta sociedad española. El hecho de hablar con naturalidad de la pareja del modisto, ir con pantalones y estar a la última en moda le llamó gratamente la atención. Al llegar a casa, se lo contó a Camila.

—He conocido a alguien muy interesante. —Se lo dijo en inglés, ya que no había mostrado su fiel y cercana Camila el más mínimo interés por aprender el nuevo idioma.

I’m happy, but be careful. Go slowly until you know this society. —Le decía que se alegraba, pero que tuviera cuidado, y le aconsejaba que fuera cauta.

—Ya soy adulta. No te preocupes. Puedo defenderme sola. Me recuerdas a Parker, que siempre ve el peligro cerca.

Después de un rato en casa, Margot marcó el teléfono del director de la revista, Justino Ochoa. Le comentó que había quedado con Aline para conocer al famoso modisto.

—No hemos fijado una fecha porque Casares estaba ocupado atendiendo a la marquesa de Manzanedo, a la que le han robado un valiosísimo collar de perlas y diamantes.

—Margot, esa es una noticia muy buena para nosotros. Si puedes, averigua más de ese robo —sugirió Justino Ochoa.

—Pero eso se sale de lo que es la moda. ¡Se trata de un suceso!

—Pero tiene que ver con las noticias de sociedad que publicamos.

A la joven le entusiasmó la idea de tirar del hilo de las pocas pistas que existían en torno al hurto. Era como jugar a ser Sherlock Holmes, su personaje favorito de las novelas de Conan Doyle. Por primera vez, sintió mariposas en el estómago. Investigar y averiguar la verdad a través de la deducción le encantaba.

Era el momento de pedir ayuda a Harry Parker. Margot admiraba al jefe de seguridad de la embajada española, un gran investigador con el que siempre había congeniado. Pensó que seguramente tendría algún contacto en España que pudiera ayudarla. Los hilos que manejaba Parker no tenían fronteras.

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