Luna roja

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3. Explorar otro mundo

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Explorar otro mundo

Al día siguiente, Margot le pidió a Camila uno de sus desayunos. Saturnina no se podía creer que un cuerpo tan delgado como el de aquella joven pudiera ingerir esa cantidad de comida: dos huevos fritos, un tomate y champiñones a la plancha, dos salchichas y un pequeño recipiente lleno de alubias. Sin olvidar un té especial inglés sin el que no podría empezar a caminar.

—Señorita, no sé dónde mete tanta comida… A mí por las mañanas solo me entra una taza con malta y poco más.

—Eso es como un café, ¿verdad? —se interesó Margot.

—Bueno, es un derivado de la cebada. El precio del café es prohibitivo. Los pobres tomamos malta.

—¡No diga eso! Si quiere café, usted en esta casa tomará café, pero debería aficionarse al té. ¡Es una maravilla! Después ya ve que la comida la hago muy ligera. Es una forma de empezar el día con energía.

—Yo no podría, señorita. Mi estómago no soporta esos despertares.

Saturnina era muy trabajadora. Miraba a Margot con verdadera admiración. Todas las mañanas la encontraba hablando con Camila en la cocina. Se entendían perfectamente por señas.

—¡La mímica nunca falla! —le dijo a Sátur al oído cuando terminó de desayunar.

La joven pasó a su despacho y descolgó el teléfono. Le pidió a la telefonista una conferencia con la embajada española en Londres y a los cinco minutos ya tenía a Parker al teléfono.

What a nice call! Since you left, the embassy hasn’t been the same. —Parker le decía que su llamada le era grata y que, desde que se había ido, la embajada no era la misma. Sus palabras sonaban tristes, con nostalgia, desde el otro lado del teléfono.

I also miss our long talks about crimes! —Margot le contestó que también echaba de menos sus largas parrafadas sobre crímenes. Entre los dos había crecido una gran amistad, a pesar de los catorce años que había de diferencia entre ellos. También le pidió que hablara en español, una lengua que conocía a la perfección, ya que su madre era española.

Parker solo vivía por y para la seguridad. Su entrega total había hecho imposible que mantuviera una relación larga con nadie. Estaba día y noche pendiente del trabajo. Había descuidado su faceta más íntima y personal.

—¿Qué puedo hacer por usted, querida Margot? —dijo en un español muy académico, pero sin perder su marcado acento inglés. Había heredado los rasgos y forma de ser de su padre, nacido en Londres.

—Me han encargado investigar el robo de un collar muy valioso a una marquesa. No sé por dónde empezar.

—Los robos de esas características suelen ser cometidos por personas del entorno o por profesionales del robo que han recibido información de primera mano de alguien que está dentro de la casa o que estuvo en el servicio. Mire, tengo un buen amigo que acaba de jubilarse de la Brigada de Investigación Criminal en Madrid. Ha sido el comisario jefe más respetado de todos los tiempos. Un policía muy eficiente e incorruptible que sigue formando a policías.

—¿Le importa ponerme en contacto con él? —preguntó Margot.

—En absoluto. Aunque antes le voy a llamar yo.

—Muchas gracias.

A los diez minutos, Parker le devolvía la llamada. Se le notaba eufórico.

—Margot, me he puesto en contacto con Eugenio Benito Poveda, que así se llama, y me ha dicho que se acerque por el número 2 de la calle del Correo, pegado a la Puerta del Sol, mañana por la noche. Sigue yendo por allí a echar una mano a sus antiguos compañeros.

—¿Mañana ya?

—Sí, ¿para qué esperar más? Por cierto, para que se tomara más interés le he dicho que somos novios. Espero que no le parezca mal. Así pienso que la atenderá mejor.

—¿Novios?

—Sí, novios. Tampoco me parece tan increíble. ¡Cuántas parejas se llevan catorce años! No será la primera ni la última.

—No, no, señor Parker. No lo digo por eso. —Se echó a reír—. Será divertido. Ni usted ni yo somos personas para vivir en pareja. Nos gusta ser independientes y no rendir cuentas a nadie.

—Ahí me ha pillado. Tiene razón, somos muy parecidos. Le vendrá bien que en la policía sepan que está comprometida. Piense que no hay allí ni una sola mujer. Va a entrar en un mundo completamente masculino. Si creen que está prometida con el jefe de seguridad de la embajada española en Londres, la respetarán y protegerán más.

—¡Nunca he necesitado protección! —objetó Margot.

—Pues ahora sí. Creo que no es consciente de dónde se va a meter.

—Será momentáneamente. Ya sabe que yo seguiré en la moda.

—Cuando uno prueba ese mundo, ya no quiere salir de él. ¡Ya me contará!

Cuando colgó a Parker, se quedó pensativa. ¿Por qué diría eso? A ella solo le habían encargado investigar el robo de un collar. Nada más. Era imposible seguir en ese mundo, ya que su camino profesional iba por otros derroteros.

Esa misma tarde, Margot salió con Camila a comprarse una máquina de escribir. Le habían hablado de una tienda especializada en pleno centro de Madrid. Cuando entraron, su vista se fue a una que tenía una funda de cuero marrón que parecía una cartera. En su interior había una máquina pequeña de color gris plata. Se trataba de una Princess 200. Se quedó prendada de ella nada más verla. Sin embargo, el empleado que las atendió le enseñaba otras mucho más grandes y de más precio.

—Por favor, quiero la Princess 200 —insistió.

—Es la primera que ha visto, pero hay otras que le pueden durar más…

—Quiero esa. No se moleste en enseñarme más, no me va a convencer.

Aunque Camila no entendía el diálogo que sostenía Margot con el empleado, sabía que había tomado una decisión y que de ahí nadie la podría apear. Sonreía al observarla, desde niña era así. Resultaba imposible hacerla razonar cuando tenía claro lo que quería. Pero, a la vez, se sentía orgullosa de ver la mujer en la que se había convertido. Muy segura de sí misma y con un carácter endemoniado cuando se enfadaba. Sentía que repitiera las mismas frases una y otra vez: «El amor no está hecho para mí», «no hay nadie que aguante mi carácter». No entraba en los planes de Margot enamorarse. Sin embargo, Camila estaba convencida de que el futuro le iba a deparar grandes éxitos a nivel profesional, y ansiaba que alguno también a nivel personal.

Salieron del local con la máquina Princess 200 y se fueron a tomar un chocolate con churros a un local tradicional de Madrid, San Ginés. Tuvieron que pasar por la Puerta del Sol y Margot le hizo un comentario a Camila sobre el lugar en el que estaban.

—Mañana vendré aquí para entrevistar a un comisario sobre el robo del collar de la marquesa de Manzanedo. Parker me ha ayudado a concertar esta cita de mañana.

—¿Llamaste a Parker?

—Sí. Sabía que sus contactos son infinitos y aquí lo tienes.

Margot omitió que se tendría que hacer pasar por su novia ante el comisario. Pensó que Camila no tenía por qué saberlo todo. Quería evitar que su cabeza elucubrara más de la cuenta.

Continuaron caminando por la calle Arenal y entraron en el pasadizo que terminaba en la plazuela dedicada al santo que daba el nombre a la iglesia y a esa chocolatería que adquiría tanto protagonismo. Más que fieles, había una gran cantidad de personas haciendo cola para pasar al local que visitaba todo el que pisaba Madrid: la chocolatería de San Ginés.

Al entrar y oírlas hablar en inglés, las confundieron con unas turistas. Les explicaron que el local fue un mesón y hospedería a finales del siglo XIX y que posteriormente se convirtió en un establecimiento de elaboración de churros y chocolate. El local lo habían rebautizado como La Escondida durante la Segunda República por su ubicación entre pasadizos. A Margot le encantó la combinación de aquellas historias con la tradición de los churros con chocolate, que estaban deliciosos.

Regresaron a casa andando, atravesaron de nuevo la Puerta del sol y subieron hacia la Gran Vía por la calle Preciados. Había un gran trasiego de personas caminando a toda prisa. Las únicas que iban despacio eran tres muchachas de servicio, perfectamente uniformadas, que caminaban con niños asidos a sus manos. Iban hablando de sus asuntos mientras los pequeños intentaban tocar todo lo que veían a su paso. Dos militares de bajo rango las seguían e intentaban entablar conversación con ellas. Un poco más adelante, salió a su encuentro un señor vestido con un traje sin planchar y algo raído que les ofrecía unos cuchillos con un filo especial. «Son de Toledo. ¡Una ganga!», decía en voz alta. Había que ir sorteando también a lecheros, comerciantes y panaderos que iban con sus mercancías a la vista de todos. Las dos coincidían en lo mucho que les gustaba precisamente ese ajetreo de gente y la alegría que se percibía en las calles. Además, si te perdías, siempre había alguien dispuesto a acompañarte al destino. Finalmente y sin ayuda, llegaron a casa. El día soleado había contribuido también a que el paseo fuera mucho más agradable.

En las siguientes horas, Margot no salió de su despacho, preparando la entrevista al comisario. Se acostó nerviosa y apenas pudo conciliar el sueño. Al día siguiente, no paró de mirar el reloj. Parecía que las manecillas no querían avanzar. Por fin, en cuanto cayó la noche, se despidió de Camila y Saturnina con la seguridad de que iba a conocer a alguien realmente interesante.

Fue caminando hasta la Puerta del Sol. Había bastantes peatones moviéndose de un lugar a otro, algún que otro taxi y pocas mujeres como ella solas por la calle.

Llegó a la Dirección General de Seguridad. La pararon en la entrada y le preguntaron qué quería. Tan pronto como dio el nombre del comisario Eugenio Benito Poveda, la dejaron pasar. Un policía vestido de gris con gorra de plato la llevó hasta la BIC, la Brigada de Investigación Criminal. Allí, de pie, se encontró a un hombre no muy alto de sesenta y cuatro años, vestido con traje y chaleco negros, camisa blanca y corbata a rayas, esperándola con un cigarrillo en la mano.

El comisario miró su reloj de bolsillo al verla y corroboró la exactitud con la que había llegado.

—La puntualidad es una virtud, señorita… —dudó el comisario Benito—. ¿Cómo se llama? Me lo dijo el señor Parker, su novio…

—Margot Sanz Peters.

—Para mí, será Peters. ¿Le parece bien?

—¡Por supuesto!

—Mire, me acabo de jubilar y a todos estos policías que ve en sus mesas los he formado yo. Afortunadamente, el nuevo comisario ve con buenos ojos que siga pasándome por aquí para ayudarlos a esclarecer algunos casos. Esto, o se lleva en la sangre, o no se lleva.

Todos miraban por el rabillo del ojo a aquella mujer menuda, vestida con jersey y falda acampanada. Llevaba en la cabeza un sombrero negro haciendo juego con su abrigo de cheviot blanco y negro. Estaban los inspectores que formaban la brigada sentados en sus mesas, a punto de salir a la calle. Dos se quedarían junto al comisario de retén, por si había que tomar declaración a algún detenido.

—¿En qué la puedo servir? La novia de mi gran amigo Parker merece lo mejor de este brigada.

—Muchas gracias. Pertenezco a la revista Siluetas y me han encargado el caso del robo del collar de la marquesa de Manzanedo. Me han pedido que lo investigue. La verdad es que no sé por dónde empezar y desconozco si usted me puede ayudar.

—¡Gutiérrez! —alzó la voz—. ¡Tráigame el expediente del robo de la marquesa de Manzanedo! Pero pase y siéntese, señorita Peters. No siga de pie.

El comisario había entrado a un despacho que se encontraba en un lateral de aquella estancia rectangular y se había sentado detrás de una mesa que estaba llena de expedientes y papeles amontonados unos encima de otros. Había varios vasos con café sin terminar y un cenicero lleno de colillas; también una biblioteca con escasos libros y un teléfono con una pequeña bombillita roja, que en esos momentos estaba apagada.

—¿Cuántas personas ha visto usted al entrar en la brigada?

Margot estaba desconcertada ante la pregunta del comisario. Se quedó pensando y finalmente contestó:

—¿Seis?

—¡Bien! Eso dice mucho de usted. Uno tiene que estar mirando lo que ve a su alrededor con ojos de notario. No se le pueden escapar los detalles. Eso se lo digo siempre a mis alumnos.

—¿Dónde da clase?

—En la Escuela de la Policía, en el número 5 de la calle Miguel Ángel. Le voy a hacer otra pregunta: ¿cuántos estaban fumando?

—Cinco.

—¡Bravo! Estoy realmente impresionado. ¡Me gustaría que hubiera alguna mujer en este departamento, pero solo tengo hombres! Más de una vez he pensado que hay interrogatorios que solo podría hacerlos una mujer.

—Si algún día le puedo ser útil…

—Bueno, bueno…, usted venía por el robo del collar de la marquesa de Manzanedo. A ver, que mire el expediente…

Mientras lo hacía, Margot vio colgados en la pared todos los reconocimientos que tenía el comisario jubilado. Se fijó en un título que figuraba enmarcado en dorado. Decía «Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil por sus muchos servicios a España».

—¡Gutiérrez! —volvió a gritar el nombre del subinspector.

Enseguida apareció de nuevo por allí el más joven de la brigada. También iba vestido con traje y corbata.

—¡Dígame la forma en la que el ladrón se llevó lo colorao!

El subinspector se retiró y tardó en regresar. Mientras tanto, el comisario Eugenio Benito Poveda le dio la primera lección de las muchas que recibiría esa noche, al pensar que no estaría entendiendo nada del lenguaje policial.

—Señorita Peters, lo primero que tiene usted que aprender es el argot de los delincuentes. «Lo colorao» son las joyas y el dinero robado. Cada ladrón, dependiendo del sistema que utilice, deja su sello particular. Alguien que entra en la cárcel es muy raro que no repita. Y como los tenemos a todos fichados, es fácil descubrir de quién se trata. Los robos son los delitos más fáciles de averiguar. Por su forma de cometerlos, sabemos quién está detrás.

El subinspector Gutiérrez volvió a entrar para informar al comisario.

—La cerradura de la puerta de servicio estaba con cuatro agujeros y afianzada con esparadrapo al otro lado.

—¿Me hace el favor de averiguar si Pepe el Trilero sigue en la cárcel? Lo detuvimos hace tiempo.

Gutiérrez se fue de nuevo del despacho. El comisario, después de un rato pensativo, volvió a dirigirse a Margot:

—El Trilero es un especialista que no usa la palanca para abrir las puertas. Se vale de un berbiquí, un manubrio en forma de doble codo que sirve para taladrar. Este ladrón hace cuatro agujeros en la cerradura inferior de la puerta y entra por ahí. Lo hace con una gran maestría. Luego pone por detrás un esparadrapo y, cuando tiene que huir, simplemente abre la puerta y se va.

De nuevo regresó el joven subinspector y le dijo lo que esperaba oír.

—El Trilero salió de la cárcel hace cuatro días.

—¡Ahí lo tienes! Fue él. No hay duda. Pues emite una orden para su detención. Yo la firmo —ordenó el comisario—. ¿Se da cuenta, señorita Peters, de lo poco que sirve la cárcel? Seguramente recibió la información de que la marquesa tenía joyas familiares importantes y allá que se fue el día que supo que libraba el servicio.

Margot anotaba en un cuadernillo todo lo que decía el comisario.

—Cuando uno traspasa los límites de lo legal, es muy difícil regresar. El riesgo genera en los ladrones una adrenalina que no tiene la vida de un trabajador que sabe lo que va a hacer mañana, al otro y al otro. Viven al límite y con el riesgo permanente de ser descubiertos y detenidos. Si quiere, vuelva mañana y le comento si lo hemos detenido o no.

—Se lo agradezco mucho. Le confesaré que me parece más fascinante este mundo que el de los ecos de sociedad.

—Venga de nuevo a verme. Me gusta mucho enseñar a los jóvenes. ¿Se ha fijado qué corbata llevaba el subinspector Gutiérrez?

—Oscura, diría…, pero lo cierto es que no me he fijado mucho.

—No puede perder un solo detalle ni cuando va por la calle. Piense que puede ser requerida como testigo de algo que ha pasado cerca de usted. Haga el ejercicio de memorizar todo lo que vea. Así tendrá la mente lista para cuando lo precise. Nuestro cerebro necesita gimnasia. Hay que activarlo.

—Así lo haré.

Salió de la Dirección General de Seguridad con el corazón acelerado. Tuvo que aminorar la marcha para poder pensar en todo lo que acababa de vivir. Le gustó aquel ambiente y deseaba volver. Era tan tarde que los pocos transeúntes que había ya por la calle se la quedaban mirando. Al llegar a la Gran Vía se encontró con el sereno, que chocaba la porra con las paredes de las casas para que la gente supiera que estaba pasando por allí. Margot le pidió que la acompañara y este se prestó gustosamente a hacerlo.

—Muy tarde es para una joven como usted.

—Vengo de hacer un reportaje con la Brigada Criminal.

—¿A qué se dedica usted?

—A escribir sobre ecos de sociedad y sobre moda. Pero he ido a averiguar qué sabían del robo de un collar y me ha impresionado que, por la forma en que el caco hizo los agujeros para entrar en la casa, el comisario ya sabía de quién se trataba.

—¡Los tienen a todos fichados! Hay otra brigada que detiene a las personas por su pensamiento político o por su conducta, la Brigada Político-Social. A los serenos nos preguntan mucho por las personas que viven en nuestra zona. Somos los ojos que todo lo ven.

A Margot no le gustó escuchar aquello. Era tanto como saber que ese señor iba a espiar sus movimientos y a juzgarla por las horas en las que entraba y salía de casa. Intentaría alejarse tanto de él como de la brigada que detenía a las personas dependiendo de su pensamiento político. Fue escueta y antipática. Cuando quería, sabía hacerlo.

—Buenas noches.

—Buenas noches. Y déjeme darle un consejo: no son horas para una señorita, aunque venga de hacer un reportaje. ¡Hágame caso!

—Le pido que, a partir de ahora, los consejos, se los ahorre. ¿Me ha entendido bien? Yo entraré y saldré de mi casa a la hora que desee. Solo me faltaría que en España me fiscalice usted y se convierta en el guardián de la moral.

El sereno no supo qué contestar. Era la primera vez que le hablaban así.

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