Luna roja

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4. El comisario don Benito

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El comisario don Benito

Margot comenzó a escribir su reportaje sobre el robo del collar de perlas y diamantes a la una de la madrugada. Se acostó muy tarde, por lo que no pudo ponerse en pie hasta la hora de la comida del día siguiente. Tampoco consiguió descansar más de dos horas seguidas, ya que repasó una y otra vez en su mente la experiencia de estar en la Brigada Criminal. Aquel ambiente le pareció novelesco. Se sintió, por unas horas, cercana a Holmes, como si estuviera dentro de una de las historias de su autor favorito.

«Nada mejor para estrenar la máquina de escribir», se dijo a sí misma. La mente la tenía ocupada en aquel caso desde que se lo había propuesto el director de Siluetas. Le faltaba el final, que esperaba conocer por boca del comisario esa misma noche. Estaba nerviosa. Camila y Saturnina lo notaban porque de vez en cuando se levantaba de la silla y daba paseos de un lado a otro del despacho. Por la tarde, cenó temprano, algo ligero para poder pasar el mayor tiempo posible junto al comisario. Nunca nadie le había interesado tanto como él. Tenía el don de la palabra, además de un conocimiento extremo de la condición humana. «La mayoría de los delincuentes que cometen robos están fichados por la policía —le había comentado—. Y los que no lo están son los que protagonizan los delitos más graves, los más difíciles de resolver».

Llegó la hora y Margot regresó a la Dirección General de Seguridad caminando desde la Gran Vía hasta la Puerta del Sol. En cuanto divisó el edificio del siglo XVIII, que ocupaba toda la manzana, volvió a sentir la adrenalina del día anterior. Era una sensación que solo había experimentado entre esas cuatro paredes. El reloj que se erigía con majestuosidad en la parte superior del inmueble daba implacable las horas. Justo al llegar, marcó sonoramente las ocho de la tarde. Coincidió al entrar con una joven embarazada que había sido detenida e iba esposada. Un inspector al que no conocía la custodiaba.

—¡Ayúdeme! No he hecho nada. Trabajo en una fábrica textil —gritó la detenida al ver a Margot.

—¿A dónde la llevan? —preguntó al policía.

—A la Brigada Político-Social.

—Señorita, no he hecho nada. ¡Lo juro por el hijo que crece en mi vientre!

¿Qué habría pasado con esa joven para ser detenida? No tenía cara de delincuente, reflexionaba en su interior mientras recordaba las palabras del sereno la noche anterior. Debía ser alguien que no comulgaba con las ideas del régimen.

Cuando entró en la Brigada Criminal, don Eugenio Benito Poveda no la estaba esperando. El secretario le dijo que estaba reunido con el comisario que lo había sustituido en el cargo. El subinspector Gutiérrez le ofreció sentarse en una de las sillas que tenía al otro lado de su mesa.

—¿Un café?

—No, muchas gracias.

Mientras se quitaba el abrigo y el sombrero, Margot se fijó en todos los detalles de la vestimenta del policía, tal y como le había aconsejado el día anterior el comisario jubilado. Por el aspecto de su camisa diría que vivía solo, y por el número de cigarrillos que había en el cenicero pensó que el joven subinspector debía de llevar allí muchas horas.

—Han detenido a una chica embarazada que dice que no había hecho nada. Se la han llevado a la Político-Social.

—Seguramente la pondrán en libertad esta misma noche. Muchas veces detienen a la gente por sus contactos para sacar información. Desde la huelga que paralizó Barcelona y se extendió por Vizcaya, Guipúzcoa, Pamplona y Madrid, se vigila a las personas más conflictivas a nivel laboral —explicó el subinspector Gutiérrez.

—¿No podría interesarse por ella? Parecía decir la verdad.

—No soy yo la persona adecuada…, pero será mejor que no se meta en esos asuntos. ¡Es un consejo! —Esto último lo dijo en voz baja—. ¡No tenemos muy buena relación con los inspectores ni con los mandos de esa brigada!

—De acuerdo.

Desde ese momento, Margot guardó silencio y repasó las notas del día anterior. De vez en cuando echaba un vistazo a lo que ocurría en aquella oficina, que, según llegaba la noche, iba cobrando vida. Los inspectores trabajaban cada uno a lo suyo, enterrados entre papeles. Pocos minutos después apareció el comisario Eugenio Benito, muy sonriente.

—Perdóneme, señorita Peters, me ha llamado mi colega para un asunto importante. Estoy retirado, pero me permiten sentirme todavía útil ayudándolos —Miró su reloj—. Ya sabe que me gusta la puntualidad, y yo me he retrasado quince minutos. ¡Es imperdonable!

—No se preocupe por mí, he estado muy bien atendida. —Dirigió sus ojos al subinspector Gutiérrez—. Gracias por recibirme de nuevo. Una curiosidad: ¿finalmente detuvieron al Trilero?

—Lo cierto es que no. Cuando llegamos a su casa, ya se había ido. Sus ropas aún estaban calientes. Es como si alguien le hubiera avisado de forma precipitada de que íbamos —dijo el comisario.

—¡Vaya! ¿Quién podría saber que iban a detenerlo?

—¿Usted qué cree? Volvamos a las deducciones.

—Alguien de la propia policía podría haberle avisado —sugirió Margot.

—Buena deducción. Eso mismo pienso yo.

—¿Huyó con el collar?

—No, aquí lo tengo.

Abrió un cajón cerrado con llave y sacó un espectacular collar de perlas y diamantes de una bolsa de tela.

—¡Qué bonito es! —alcanzó a decir Margot, mirándolo de cerca—. ¿Dónde estaba?

—El ladrón dejó escondido lo colorao bajo unas frutas. ¡Gran escondite! ¡Es donde mejor podía ocultarlas, en medio de su cocina y a la vista de todos! Si no es por la pericia del subinspector Gutiérrez, todavía estaríamos buscándolas.

—¿Y qué va a pasar ahora?

—Pues que le perseguiremos y cada vez nos lo irá poniendo más difícil. Sabemos que ya ha pasado a Francia conduciendo un camión. Lo localizaremos tarde o temprano. De momento, el caso está resuelto y la marquesa de Manzanedo está muy agradecida por nuestra labor. En unos días le devolveremos las joyas. Hay que comprobar si son las auténticas y que no nos haya dado el cambiazo.

Margot sonreía mientras anotaba el argot que utilizaba el comisario. Aunque no hubieran atrapado al ladrón, la historia del robo tenía un final feliz. ¡Habían sido recuperadas todas las joyas robadas! Antes de irse, quiso saber algo más de la vida del propio Eugenio Benito Poveda.

—Comisario, ¿usted desde niño quiso ser policía? —preguntó con curiosidad.

—¡Sí! Mi infancia me marcó mucho, como a casi todo el mundo. Crecí en una familia muy modesta y muy numerosa. Mis padres lucharon mucho por sacar adelante a sus hijos y yo les ayudé en todo lo que pude.

—¿Siempre trabajó como policía?

—No. Mi primer empleo fue como administrativo en la compañía de seguros El Fénix Agrícola. Sin embargo, al poco tiempo decidí dar un cambio radical a mi vida y perseguir mi sueño. Me presenté a unas oposiciones para ingresar en el Cuerpo de Vigilancia. Así se llamaba antes a la policía gubernativa. Aprobé sin plaza. Y en la siguiente convocatoria logré entrar en el Cuerpo de Policía. De la calle me lo sé todo; piense que me tocó bregar con borrachos, camorristas, chulos, prostitutas y otros personajes de la noche. Por eso intento que los que se inician en este loable camino entiendan que el trabajo no va exento de sacrificio. Y que nadie se lleve a engaño: ¡muy mal pagados! ¡Debe ser vocacional! Siempre hay algún garbanzo negro, como el que avisó al Trilero. Pero le aseguro que también daremos con él. Al final, se delatan ellos solos.

En ese momento, el secretario de la brigada, Jesús Moreno, se acercó a informar al comisario de la llegada de un ciudadano al que acababan de robar. Sus gritos se oían desde el despacho.

—¡Me lo han robado todo! ¡Detengan al ladrón! ¡Estoy arruinado!

—Señor —insistió el secretario Moreno—, el ciudadano está reclamando la presencia de un superior.

—¡Voy ahora mismo! Pero dígale que deje de gritar. Usted venga conmigo y anótelo todo —se dirigió a Margot—. Es bueno que conozca de cerca el lado oscuro de la vida.

—Como quiera.

Ese día, Margot había acertado al ponerse un sobrio traje de chaqueta gris oscuro. No quiso ir tan a la última en moda como el día anterior. Se acercó a la mesa donde tomaban declaración a aquel señor que no cesaba de llorar y de gritar indistintamente.

—¡Tranquilícese! Soy el comisario Eugenio Benito. ¿Qué le ha ocurrido?

El hombre de mediana edad y bien vestido apenas podía explicarse. Le acercaron un vaso de agua y sacó fuerzas.

—Mire usted, me han engañado. Hace unos días conocí a una persona que me propuso un negocio y caí en la trampa. Todo ha resultado ser una farsa.

—¿En qué consistió el engaño? —prosiguió el comisario Benito.

El hombre apoyó sobre las piernas un voluminoso paquete mientras intentaba contar lo que le había ocurrido.

—Me han estafado cincuenta mil pesetas. Mis ahorros. Y esto es lo que me ha vendido —precisó señalando el paquete.

—¡Haga el favor de abrirlo! Señorita Peters, tome nota de lo que va a suceder. Se dará cuenta de que no es oro todo lo que reluce. Me entenderá enseguida.

El secretario Moreno le ayudó a desenvolver el voluminoso paquete y quedó a la vista una caja metálica con una especie de troquel en su interior.

—¡No hace falta que nos diga mucho más! Ese aparato lo utilizan los timadores para dar el timo de la guitarra. A usted le vendieron este aparato para fabricar monedas de plata. ¿No es así?

—¡Justo! Ese sinvergüenza me demostró que, echando por un agujero plata líquida, se formaban dentro los duros y salían por este otro orificio. Eran redondos y brillantes. Vi con mis propios ojos cómo lo hacía. Hasta me hizo ensayar a mí y salían los duros preciosos. ¡Por favor, deténganlo cuanto antes!

—Sí, sí, lo detendremos. No se inquiete usted —dijo con cierta ironía—. Durante un tiempo no tendrá que preocuparse por pagar casa y comida, las tendrá gratis. Todo gracias al Estado.

—¿Sí? ¡No sabe cómo se lo agradezco! —Miraba incrédulo hacia un lado y hacia otro, a todos los que estaban allí presentes. Por primera vez esbozaba una sonrisa.

Margot se temió que no iba a acabar ese episodio como pensaba el denunciante. Anotaba en su libreta y callaba. La cara del comisario era todo un poema.

—En cuanto lo ordene el juez, usted ingresará en la cárcel de Carabanchel.

—¿Yo? Don Benito, ¡si soy la víctima! —solían confundir su apellido con su nombre.

—¿Usted no es consciente de lo que ha hecho todavía? Ha venido a la comisaría a confesar que compró la guitarra para hacer monedas falsas, y eso es un delito muy grave contra el Estado. Más grave que el que cometió ese delincuente contra usted. Le ha perdido la codicia, amigo. ¡Tomen declaración a este primo! De ahí al calabozo hasta que declare ante el juez. ¡No puedo hacer nada más por usted!

El comisario se levantó de la silla y se fue de allí muy enfadado por la situación que acababan de vivir. Margot lo siguió.

—Como ve, señorita Peters, son peores los primos, como se llama a los timados en el argot del hampa, que los timadores. Al final se creen más listos que el resto de la humanidad y, aunque hasta ese momento hayan llevado una vida decente, les pierde la codicia. ¡La condición humana!

—Me interesa mucho todo lo que me cuenta. Al final, aquí tienen ustedes una escuela de vida. Acaba una comprobando cómo el ser humano se deja seducir por el mal.

—Yo que usted vendría por aquí más, aunque no haya ningún robo de por medio. Con que me avise el día antes de hacerlo, será suficiente. Si hay algo que me atrae de esta profesión es enseñar a los más jóvenes. Por cierto, hay un periódico en el que usted podría plasmar lo que vea por aquí —sugirió.

—¿Cuál? —preguntó ella con curiosidad.

El Caso. Conozco mucho a su director. Baja todos los días al bar que hay cerca del periódico y allí lo veo cuando salgo de la Escuela de la Policía. Venga mañana sobre las dos de la tarde y se lo presento.

El comisario anotó la dirección en un papel y se lo dio a la joven Margot.

—Muchísimas gracias. Creo que este mundo del delito me atrae más que el de la moda.

—Pues poco a poco vaya introduciéndose en él. Primero asista a la cita, para que yo le presente a Eugenio Suárez. ¡Usted tiene cualidades! ¡Salta a la vista! ¡Es muy observadora! Y sabe hacer las preguntas adecuadas.

Margot le dio las gracias y se fue de allí al comprobar que se le había hecho ya muy tarde. La historia del timo de la guitarra lo había trastocado todo, pero ya tenía el final de su reportaje sobre el robo del collar. ¡Había aparecido! Para los lectores sería la mejor de las conclusiones.

Justo al salir por la puerta de la Dirección General de Seguridad, coincidió otra vez con la joven embarazada que había visto entrar esposada. Salía extenuada, pero la habían puesto en libertad. Margot se ofreció a llevarla en taxi hasta su casa. Se subieron al primero que encontraron en la parada y charlaron en el interior durante unos minutos.

—¿A dónde va? —preguntó Margot a la embarazada.

—¡A Carabanchel!

—La acompaño. Me desvío un poco, pero no me importa. Me quedé muy preocupada cuando la vi. ¿Qué le ha pasado? —se interesó Margot.

—Mi marido participó en una huelga y querían información sobre sus amistades. Me han estado interrogando, pero se han dado cuenta de que no tengo ni idea de sus correrías. Le tengo dicho que no se meta en jaleos, pero no me hace caso. ¡En el estado en que estoy y toda la noche en comisaría!

—¡Tranquila! Tiene que descansar. Su marido seguramente esté cercano a algún sindicato u organización clandestina.

—¡Shhh! Mejor no hablar de eso. ¡Usted no es de aquí!

—Nací aquí, pero he vivido en Inglaterra. ¿Tanto se me nota? Me llamo Margot Sanz Peters. Me puede localizar en la revista Siluetas. Por si algún día le puedo ser útil.

—Muchas gracias. Yo soy Juana Martín Gómez, para servirla. Trabajo en la fábrica textil Los Telares. Cualquier cosa que necesite sobre telas o hilos, me encantará ayudarla. Tiene que aprender a no hablar de determinados asuntos en un lugar público —señaló al taxista.

—Tiene razón. Me dedico al mundo de la moda. Lo de verme por comisaría ha sido una casualidad. Estaba haciendo un reportaje sobre el robo de un collar que afortunadamente se ha resuelto.

El taxi se paró al llegar al destino. La despedida fue rápida.

—Gracias una vez más. ¡Acuérdese de no hablar a la ligera en cualquier sitio! —aconsejó nuevamente la mujer.

—Lo tendré en cuenta.

Una vez que se apeó del taxi la joven embarazada, Margot pidió al conductor que la llevara a la Gran Vía. Afortunadamente no había coches circulando a esas horas y el trayecto se le hizo corto. Cuando llegó a su destino, pagó y, antes de bajarse del coche, ya estaba el sereno esperándola.

—¿Otra nochecita en comisaría? —preguntó con cierta ironía.

—Pues sí, aunque a usted le cueste creerlo —dijo en un tono agrio.

Cerró la puerta del coche y se fue hasta el portal. Quiso el sereno abrirla, pero ella se lo impidió.

—Afortunadamente puedo hacerlo sola. ¡Muchas gracias!

Dio un portazo a la puerta de cristal de su nuevo domicilio. El sereno se fue de allí refunfuñando.

Al entrar en casa, respiró hondo. Se quitó los zapatos intentando no hacer ruido, pero en el salón la estaba esperando Camila medio adormilada.

—No son horas de volver, Margot —reprochó en inglés—. Me tenías muy preocupada.

—Lo siento, de verdad. Me entretuve con las historias que me contaba el comisario y al salir me he encontrado con una joven a la que he acompañado en taxi hasta su barrio. Lo que me ha puesto de mal humor ha sido un comentario del sereno. Me ha dicho: «¿Qué, otra nochecita en comisaria?». No me ha gustado su tono.

—No son horas para que una joven como tú ande por la calle sola.

—¡Por favor!

—¡Anda, acuéstate!

Margot besó a Camila y se fue a su cuarto. En su cabeza seguía dando vueltas a las últimas palabras del comisario, invitándola a conocer al director del periódico El Caso. No perdería nada por presentarse en el bar donde habitualmente quedaba con Eugenio Suárez. Se preguntaba si estaba preparada para cambiar tanto de registro y pasar de los ecos de sociedad a los sucesos. ¿Y si intentaba compaginar ambos mundos? Volvían las dudas a su cabeza. Al menos hasta estar convencida de lo que quería hacer con su futuro no dejaría ningún trabajo. Apagó la luz. Necesitaba dormir. La noche anterior no había pegado ojo. El sueño finalmente la venció.

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