Los que perdimos

Los que perdimos


IV. … en emprender la faena, / y de los últimos tercos

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IV

… en emprender la faena,

y de los últimos tercos

El antiguo colegio de religiosos fue convertido en prisión por las autoridades republicanas durante la guerra. Era un viejo caserón corroído por el tiempo y desgastado por el paso agresivo de varias generaciones de muchachos y, después, por su precipitada acomodación a cárcel en circunstancias apremiantes. Puertas, ventanas, suelos y paredes aparecían rotos, sucios, quemados. Hedía a cloaca. Las verjas y los rastrillos le daban un aspecto siniestro. Constaba de tres plantas y dos pequeños patios áridos, sin árboles, con el piso de cemento y cerrados por altos muros en los que se habían habilitado puestos y garitas para los centinelas. Situado casi en el centro de la ciudad y rodeado de estrechas calles populosas, los ruidos de la población penetraban libremente en su recinto, por lo que los encerrados tras sus muros se consideraban todavía ligados a la vida libre.

Dentro del sombrío edificio sudaron interminables agonías muchos partidarios de las tropas franquistas en las trágicas noches del mes de noviembre de 1936, cuando sus vanguardias llegaron a los suburbios de la ciudad y se especulaba con el inminente derrumbamiento de la defensa republicana. Noches de tiroteos y de insomnio en que el odio, la desesperación y el miedo corrían desbocados por sus calles. Cada esquina era una trampa, cada árbol un peligro, cada portal una asechanza. Aires de traición y de sospecha, de conjura y de terror mantenían a sus gentes suspensas entre el heroísmo y el crimen. Entre rumores y alarmas contradictorios, unos esgrimían sus cuchillos amenazadores y otros aguzaban los suyos en las sombras. Todos vigilaban a todos. Cada cual desconfiaba de su vecino y le acechaba. Dentro de las mismas familias levantaban sus cabezas de serpiente el recelo y la desconfianza. Eran hermanos contra hermanos. Noches de Caín victorioso, del Caín lúbrico y sanguinario que Machado viera vagar por campos y aldeas armado con la quijada fratricida. Cuando en la ciudad se ponía el sol, la muerte, disfrazada de mil maneras distintas, se adueñaba de sus calles y abatía, aquí y allá, a ciudadanos desconocidos, sin preguntarles su nombre, su condición o sus ideas, o subía a los pisos y era la temida visitante nocturna que se presentaba con unos golpes secos a la puerta y se marchaba arrastrando llantos y gemidos por las escaleras.

Por sus puertas salieron, en horas clandestinas, remesas de hombres que se encontraron en el camino con una muerte alevosa. En sus salas y corredores se padecieron angustias mortales; se alumbraron esperanzas fallidas; se celebraron las victorias de los amigos y las derrotas de los enemigos; se pasó hambre y frío; se escribieron poemas y cartas de amor; se cantó en voz baja el «Cara al sol» y se soñaron desfiles victoriosos; se hizo proselitismo y se reclutaron adeptos; se dio cobijo y aliento a conspiraciones… Hubo quien entró allí no siendo nada y se convirtió rápidamente en un militante fervoroso de la Falange o del Requeté. Hubo quien robusteció su fe y quien la perdió, y también quien, siendo enemigo de los reclusos, trató de congraciarse con ellos a fin de reservarse una plaza en el futuro, porque siempre hay quien juega a todos los paños y a todos los colores; o agudizó sus sufrimientos, porque abundan los hombres con alma de verdugo, en cualquier ocasión y con cualquier pretexto.

Una, mañana de marzo de 1939 se produjo el relevo. Se abrieron sus puertas para dejar salir a los que estaban dentro y dar entrada a muchos de los que estaban fuera. Los nuevos inquilinos venían exhaustos, desesperanzados, irredentos. Dejaban atrás una guerra perdida o, lo que es lo mismo, todos sus bagajes, su ayer y su mañana, en una gran fogarada inútil. Llegaban estigmatizados por la derrota, que es el peor de los estigmas cuando los hombres recurren a la guerra como supremo juez de sus destinos. Sin embargo, poco a poco empezaron de nuevo a forjarse un mundo para ellos. Un mundo donde pronto apuntaron nuevas ilusiones. La guerra, pura carroña ya pudriéndose a la intemperie de los campos de batalla, sobrevivía allí en las imaginaciones, en el lenguaje, en los recuerdos, en los hábitos, incluso en los proyectos para el futuro. La guerra eran ellos, y otra vez en sus pasillos, en sus salas, en sus patios y en sus rincones se cultivó persistentemente el conjunto de verdades y mentiras necesarias para seguir viviendo.

—Dicen que…

—A mi mujer le han prometido…

—Un amigo mío, que está en la calle y es chófer de un capitán jurídico, ha oído decir a un comandante que…

Bulos y más bulos. Verdades ambiguas y mentiras hábilmente elaboradas que nacían en los conciliábulos mañaneros de los patios, de los retretes, de las escaleras, de las oficinas…, a poco del desayuno. El comentario era como un chispazo eléctrico que recorría la prisión para tornar luego a su punto de partida, remozado, corregido, detallado; de tal forma que llegaban a creérselo sus mismos inventores.

—¿Qué noticias hay, camarada?

—¿Qué se dice, compañero?

—Dime algo, hombre, que me levante la moral.

Por las mañanas, los que comunicaban con sus familiares, vertían fuera las noticias del interior. Dichas noticias recorrían las hileras de mujeres que aguardaban pacientemente en la calle con sus paquetes de comida y ropa el momento de pasar al locutorio, se recogían y volvían a entrar por boca de esas mismas mujeres, a través de las alambradas y rejas, certificadas, con un contraste de legitimidad y autenticidad casi notariales. Así se alimentaba durante varias horas el espíritu de los reclusos y la prisión entera se convertía en una caracola resonante de rumores.

Por las tardes, mientras la mayoría descabezaba un sueño o jugaba a las damas o a los acertijos, después del consabido cazo de lentejas con palitroques, las noticias eran estudiadas, analizadas y exprimidas hasta sus últimas consecuencias en el seno de los muchos comités actuantes en los diversos compartimientos. De allí salían luego las órdenes y las consignas.

De noche, tras otro cazo de lentejas de idéntica calidad, y antes del toque de silencio, los bulos y comentarios de la jornada pasaban por última vez a ser objeto de discusión o rumia.

Y cuando, finalmente, el silencio oficial se extendía por toda la prisión, se olvidaban el presente amargo y el futuro equívoco y se hablaba del pasado en voz susurrante, de preso a preso.

—Tenía diecinueve años cuando la conocí. No creas, me costó mucho trabajo acercarme a ella. Luego… Claro, nos casamos. Era llenita, ¿entiendes?, como a mí me gustan las mujeres. Esas que son como palos, a mí ni pum. Fuimos a Valencia en viaje de novios, pero no vimos la ciudad porque apenas salíamos de la pensión… ¡Ya te puedes figurar! ¡Qué días aquellos, camarada!

—No me hables…

—He tenido suerte con ella y cuando salga de aquí pienso quererla más que nunca, porque hasta ahora, con la puñetera política, la verdad es que la he tenido un poco olvidada.

—No me hables, no me hables…

El sueño se mostraba esquivo. Huía como una mujerzuela tras las esquinas de los recuerdos o se iluminaba como un espejo donde tomaban vida tantos fantasmas turbadores.

Detrás de los baldeadores, cuya labor consistía en arrojar cubos de agua a los suelos de salas y pasillos, iban los que manejaban los hisopos formados por palos con trapos liados a sus puntas.

—Lo único que hacemos con esto —dijo uno de los hombres de la brigada de limpieza— es repartir la mierda equitativamente.

—¿Y qué otra cosa podemos hacer con estos apaños? —replicó uno de los que restregaban los hisopos por los suelos.

—Por lo menos nos libramos de la misa, ¿no?

—Eso sí.

Los demás reclusos habían salido a los patios en filas de dos y, según llegaban, los guardianes los colocaban en apretadas filas. Los hombres quedaban hombro con hombro y, las hileras, pecho contra espalda. La maniobra invertía mucho tiempo y constituía una tortura para los primeros, que tenían que aguantar, a pie firme y sin poder moverse, desde su comienzo hasta el final. Por eso, los veteranos procuraban escabullirse o formar los últimos.

En la confluencia de los dos patios aparecía un altar, consistente en una mesa cubierta con los paños litúrgicos y sobre la que destacaban el crucifijo, dos candelabros y el atril con el misal. Frente al altar habían colocado tres reclinatorios y, detrás de él, tres mástiles para las banderas victoriosas: la nacional, en el centro; a su derecha, la rojinegra de Falange y, a su izquierda, la blanca con aspas rojas del Requeté. Las tres colgaban fláccidas.

Cuando quedaron emparedados finalmente en el sitio que les correspondía, Olivares preguntó al desconocido que tenía a su izquierda, un joven atlético:

—¿Cómo te llamas?

—Eulogio Martínez Vega. ¿Y tú?

—Olivares.

—¿Compañero?

—Sí.

Tras una breve pausa, volvió a preguntar Federico:

—¿Es que nos van a encasquetar una misa?

—Claro. ¿No ves que es domingo?

—Pero, bueno —insistió Federico—, ¿para qué nos han hecho dar un paso al frente, cuando estábamos formados en la sala para el recuento, a los que no quisiéramos oír misa?

—Eso lo hacen siempre, hombre, para quedar bien. Pero luego no vale.

Hablaban sin mover apenas los labios, con un hilo de voz, inclinada hacia delante la cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó Molina, a la derecha de Federico.

—Ya lo estás oyendo: que nos obligan a oír misa.

—Es como para dar saltitos de gusto, ¿verdad? —bromeó alguien por detrás.

Agustín terció, dirigiéndose a Molina, en tono de zumba:

—No te inmutes, hombre, ni te conmutes ni te permutes.

—Pues dóminus vobiscum —volvió a soplar el gracioso de la fila posterior.

Callaron. Las filas siguieron plegándose una junto a otra. Los primeros en llegar daban ya muestras de cansancio. El sol acuchillaba oblicuamente el patio. Era un sol alegre, primaveral, un gallo de pelea enardecido y cacareante. De los cuerpos de los reclusos brotaba una espesa onda de calor y las cocinas desahogaban allí su flato pestilente a través de puertas y ventanas abiertas. Por eso, el aire que se respiraba parecía recalentado y ensuciado por el uso.

—¿Quiénes son aquéllos y qué hacen allí?

Federico se refería a un grupo de reclusos situados a un lado del altar.

—Es el orfeón —informó Martínez Vega.

—Un orfeón. ¿Es que va a ser cantada la misa?

—Naturalmente. Una misa por todo lo alto. ¿Qué te creías?

—Y cantada por rojillos nada menos.

—Pues es un detalle, hombre, un buen detalle —dijo Molina.

—Como para que se le haga a uno la boca agua —comentó Agustín.

—Serían fachas camuflados en la guerra, ¿no? —quiso saber Olivares.

—Que va… Los hay de aúpa entre ellos. A algunos les han dado más que a una estera. Pues ya verás el monaguillo. Dicen que estuvo en lo de Paracuellos.

El corneta puso en el aire el toque de atención.

—Pues el corneta —volvió a decir Martínez Vega— fue cabo de la Legión y, luego, teniente de tanques con nosotros. Fue el primero que entró en Brunete.

Había cesado, entre tanto, el trasiego y colocación de los reclusos y éstos formaban una masa compacta que oscilaba constantemente. Los hombres cargaban el peso de su cuerpo sobre un pie y, después, sobre otro. Se inclinaban hacia delante o hacia atrás. Movían las cabezas. Sudaban. Molina, debido a su baja estatura, miraba hacia arriba y soplaba.

—Como dure mucho esto —murmuró—, creo que me voy a marear, Federico.

—Piensa en algo ajeno a lo que nos rodea, por ejemplo en una excursión al campo —le aconsejó su amigo.

—Yo estoy ya jugando al ajedrez —dijo Agustín.

José Manuel callaba, ensimismado. Otros contaban chistes e historietas sofocando la risa.

Sonó el toque de firmes, que la masa obedeció desmayadamente, y cesaron los rumores. Apareció entonces el director de la prisión —gorra galoneada, uniforme nuevo, bastón de mando—, seguido de otros funcionarios. Él y otros dos más ocuparon los reclinatorios. Los restantes miembros de la plana mayor se alinearon en el lateral opuesto al orfeón. Entre los recién llegados atrajo la atención de Olivares el que vestía el uniforme de oficial del ejército.

—¿Quién es ese oficial? —preguntó a Martínez Vega.

—No lo sé, pero debe de ser el jefe de la guardia exterior.

—Es que su cara no me es desconocida…

Hizo su aparición el sacerdote, vestido para el rito y con el cáliz. Le seguía el acólito, un hombre alto y delgado, con gafas, con el cabello cortado en forma de cepillo, y grandes orejas muy separadas del cráneo.

Y comenzó la misa. Algunos presos de la primera fila, siguiendo él ejemplo de los funcionarios, se persignaron, pero el resto permaneció impasible.

Se oyeron perfectamente las primeras palabras del celebrante:

Introibo ad altare Dei.

(Todavía es de noche. El cierzo se desmanda por las estrechas calles aullando y mordiendo con sus fríos dentezuelos. Federico corre, cuesta arriba, porque está sonando el último toque. Va arropado en su gabán y lleva arrollada a la cabeza una bufanda de lana que sólo le deja al descubierto los ojos y cuyos pelillos le hacen cosquillas en la nariz. El pueblo duerme, engarabitado bajo las mantas, el sueño triste de su cansancio y de sus desventuras. Sólo algunas beatas, negras y silenciosas como cucarachas, abandonan los portales oscuros o doblan las esquinas en dirección a la iglesia monumental, casi catedralicia. Al trasponer sus grandes puertas ferradas, Federico toma el agua bendita. El cierzo rabioso ha quedado fuera, y siente de pronto que la cara le arde y que el corazón le golpea aceleradamente el pecho. Ya le ha desaparecido el sueño y se encuentra completamente despabilado.

Cruza el templo a lo largo de una de las naves laterales mientras busca ávidamente con la mirada a alguien de entre los asistentes a la misa del alba. Son pocos. Dos o tres hombres y diez o doce mujeres, repartidos en las filas de bancos. ¡Gracias a Dios, Virginia está en su sitio de siempre! Virginia, hija del jefe de la banda municipal y la mejor voz del coro de las Hijas de María, muchacha en flor, deslumbrante y hermosa como una estrella. Pasa por su lado mirándola de reojo y ella levanta la vista del devocionario para sonreírle. El corazón de Federico aletea como un pájaro loco y el muchacho anda tan fuera de sí que tropieza con la escalerilla del presbiterio. Pero la lamparilla del sagrario le atemoriza y le serena.

—¡Perdóname, Dios mío! —murmura, santiguándose.

El párroco, revestido ya, le espera, cejijunto y enojado. Es un hombre corpulento, de pobladas cejas negras y mirada dominante, que emboba a las beatas solteronas y sueña con ser canónigo algún día.

—¡Buenos días! —saluda Federico.

—Hoy se te han pegado las sábanas, mocete —dice el cura y le da un suave capón en la cabeza.

Arde la estufa de la sacristía. Aguilando, el cabezudo sacristán, le entrega las vinajeras y le empuja detrás del sacerdote.

Introibo ad altare Dei.

Ad Deum qui laetificat juventutem meam —contesta Federico sabiendo que dice—: A Dios, que alegra mi juventud.

Cada vez que cambia el misal mira a Virginia disimuladamente. Un día le dijo ella:

—Ya veo que vas para curica, Federico. Pero ¿de veras te gusta ser cura?

—No lo sé, Virginia.

—Pues si cantas misa, yo iré a que me confieses en el confesonario que hay debajo del coro.

Y a Federico se le escaparon sus deseos, que brillaron en sus ojos como una bandada de mariposas al sol.

—Si es así…

—¿Qué?

—Que sería capaz de hacerme cura.

—No, no, tú no tienes ojos de cura.

¡Virginia!, el momento más emocionante y más impacientemente esperado por Federico es el de la comunión. Virginia se acerca, pálida, con una leve sombra del velo en la frente. Sus párpados, sumisos, aletean para rozarle con su mirada y abatirse otra vez. Luego asoma la punta sonrosada de su lengua para recibir en ella la blanca hostia… Federico cierra los ojos…

—¡Quién fuera tú, Dios mío! —reza el muchacho, tembloroso.

Y abre los ojos, pero Virginia… De espaldas, con las manos recogidas y la cabeza inclinada, su figura se desvanece en la oscuridad del templo…).

El orfeón cantaba el «gloria» de la misa «De ángelis», desafinadamente, en voces de milicianos, de guerrilleros y tanquistas de la República, bajo la batuta de un hombre descaecido y calvo.

(—¿Qué, me confiesas?

—Cuando tú quieras, Virginia.

La muchacha atrevida ríe y no puede contener el impulso de cogerle la cara entre las manos y retorcerle la nariz cariñosamente.

—¡Y qué requetemajo eres, demonio! Lástima que seas tan chico para mí.

¡Cómo canta Virginia! Su voz sobresale nítidamente, como un trino de ruiseñor, sobre el conjunto gangoso y turbio de las demás voces femeninas del coro.

Federico se siente enajenado, transido… Se olvida de que está revestido de acólito y se va corriendo al encuentro de la muchacha por entre un trigal verde, rizado por el viento fresco y limpio de la mañana… Se enderezan al fondo los álamos del río… La voz de Virginia recorre el campo como un estremecimiento de júbilo, y es una llamada irresistible a…

—¿A qué, Dios mío, a qué?).

El celebrante, vuelto de cara a los presos, decía:

—Todos sufrimos. Cristo nos dio el ejemplo. A pesar de ser Hijo de Dios, permitió que los hombres le injuriasen, abofeteasen, juzgasen y crucificasen. La justicia de los hombres no es la que importa, sino la de Dios, que es la verdadera y definitiva, la que no se equivoca nunca. El que sea inocente, inocente aparecerá ante Él, y el culpable será salvado por su misericordia infinita. Llevad, pues, con resignación vuestro cautiverio. Confiad en Cristo y en su Santa Madre…

—Oye, Martínez Vega, ¿es éste el que dice que pronto estaremos en libertad?

—No, compañero Olivares. Éste es un cabrón. El otro es un cura asturiano, dicen que hijo de minero, que viene algunas tardes a explicarnos el catecismo.

La homilía terminó con el panegírico de los sacerdotes y religiosos muertos violentamente en la zona roja durante la guerra y el canto a la Iglesia triunfante sobre sus seculares enemigos: el ateísmo, la masonería, el liberalismo, el marxismo y el anarquismo, esas cinco horribles locuras inventadas por los sindiós y los envidiosos de la grandeza de España…

(Por las tardes, la merienda: una onza de chocolate y una rebanada de pan con miel, y a jugar al marro, o a la pelota, o a perseguir chicas.

—A mí me gusta Marichu.

—A mí, Encarnación.

—Pues a mí, ninguna.

—¡Mentira! Te gusta Virginia, pero es muy grande para ti.

La persecución. La pelea.

—Como vuelvas a mentar a Virginia, te rompo la cara.

Tiene al otro chico debajo, pero no le pega. Se contenta con decirle:

—Mi novia es Teresita, la hija del maestro. Para que te enteres.

Luego suelta a su contrincante, que anda siempre rondando a Teresita y a quien ella no hace caso.

—¿Teresita? ¡Un farol tuyo! ¿A que no le das un beso?

—¿Que no? Ahora verás.

Teresita está jugando con otras niñas a la comba bajo las acacias de la plazuela. De pronto, Federico corre a su encuentro y, antes de que ella pueda evitarlo, le estampa un beso en la mejilla. A la niña le salen los colores y se le cae la cuerda de las manos.

—¿Es tu novio? —le preguntan las amigas.

—¿Es o no mi novia? —pregunta él a su rival.

¡Qué lejano todo ello! Pero ¿no fue ayer? ¿Quién podría decirlo? ¡Quién hubiera dicho entonces que yo iría a la guerra! Ni pensarlo siquiera, y mucho menos aún que después sería encarcelado y que acaso…).

En el momento de alzar, sólo se arrodillaron los presos de la primera fila. Los demás, que no hubieran podido hacerlo aunque hubiesen querido, se contentaron con abatir la cabeza los menos, y con mostrar ostentosamente su indiferencia los más. José Manuel fue de los pocos, quizá el único, que siguió como fascinado el movimiento de las manos del sacerdote.

Poco después se produjo en el fondo de las filas un pequeño revuelo. Uno de los hombres se había derrumbado, desvanecido, sobre su compañero de la fila posterior. Mientras los más cercanos le soplaban a la cara o le daban aire con las manos, otros trataban inútilmente de sacarlo de allí, estorbados por el remolino formado en derredor. Dos guardianes, braceando y empujando sin contemplaciones, lograron llegar hasta el centro del desorden, pero la brecha volvió a cerrarse tras ellos y les fue preciso hendir de nuevo la masa para el retorno. Cayeron más hombres, creció el tumulto y las protestas llegaron a oídos del director, a pesar de que el coro alcanzaba en aquellos instantes la cumbre de uno de sus frecuentes paroxismos musicales.

El director volvió bruscamente su voluminoso cuerpo y clavó la desafiante mirada en la multitud, pero sólo logró paralizar a los reclusos de las primeras filas y hubo de aguardar, temblando de cólera, a que el grupo formado por los guardianes, el hombre desvanecido y los que conducían a éste, saliera del amasijo de la formación y se restableciese paulatinamente el orden, perturbarlo por el accidente. En el entretanto, el sacerdote, tras las últimas plegarias de la misa, se situó de espaldas al altar. Los acompañantes del director le imitaron y entonces, a una señal de éste, dada con el bastón de mando, el corneta tocó «firmes». Los funcionarios se cuadraron bizarramente y hasta el cura dejó caer sus brazos a lo largo del cuerpo. Por su parte, los presos se removieron, pero guardaron silencio. Siguió una pausa, y luego, el director levantó el brazo al estilo fascista, ademán que repitieron los funcionarios y el cura, los reclusos del orfeón y de las primeras filas, e inició el canto del primer himno:

«¡Viva España!».

«¡Alzad el brazo, hijos del pueblo español…!».

Era la música de la antigua Marcha Real con letra del poeta gaditano José María Pemán.

Se notó claramente el fallo de gran parte de las voces de los reclusos, y varios guardianes, con el brazo tieso y cantando con rabia, se lanzaron por entre las filas para descubrir a los que se hacían los mudos y los mancos. Allí donde hacían acto de presencia, arreciaban las voces y se estiraban los brazos, pero en cuanto se alejaban, el canto decaía y el saludo se arrugaba. Así transcurrió todo el himno y los siguientes, el «Cara al sol» y el «Oriamendi».

Para terminar el acto, el director dio los tres gritos rituales:

—¡España!

Los presos contestaron mortecinamente:

—¡Una!

—¡España!

Los presos bajaron más el tono:

—¡Grande!

Pero cuando sonó por tercera vez el nombre de España, la respuesta unánime de tantas voces enardecidas atronó el patio:

—¡Libre!

Debió de oírse hasta en la Puerta del Sol. Sus vibraciones sonoras, como de cien trompetas, retumbaron largamente sobre el patio e impidieron oír los postreros vítores del director, al que se vio palidecer primero y verdear después de rabia. Cuando se extinguieron los últimos ecos del estampido, el silencio se cristalizó como si preludiase la culminación del drama. Pero el director, tras de dar al corneta la orden de romper filas, se limitó a desaparecer apresuradamente, precedido por el cura y seguido de sus funcionarios, mientras estallaba tras ellos, al romperse los diques que contenían el ansia de hablar en aquellos tres mil hombres, el estruendo ensordecedor de sus voces.

Olivares y sus amigos formaron un pequeño grupo, al que se agregó Martínez Vega, dentro de la compacta masa humana que no podía disgregarse por falta de espacio.

—¿Habéis visto a ese oficial del ejército que estaba entre los funcionarios? —preguntó Federico.

—Sí, ¿y qué? —quiso saber Agustín.

—Que me parece un antiguo conocido mío. Si es él, y no me equivoco, tal vez pueda ayudarnos en algo.

—¿Ayudaros? —intervino Martínez Vega—. ¿En qué? A lo mejor, lo que hace es liaros más todavía. En tu lugar, yo no me daría a conocer, por si acaso.

Olivares se encogió de hombros. José Manuel callaba. Agustín dijo:

—Como siempre, tengo hambre, una hambre canina. Me comería ahora…, pero mejor es callarse.

—Sí, sí, cállate —le aconsejó Molina—. Si llega a durar un poco más la fiestecita, me caigo redondo al suelo. —Y, tras secarse el sudor de la frente, añadió—: No se dan cuenta de que no se puede estar tanto tiempo en pie y sin moverse con el estómago vacío y sin siquiera aire para respirar. Obligarnos a oír misa en estas condiciones…

—Ni en ninguna —le interrumpió Olivares.

José Manuel hizo un gesto afirmativo y añadió:

—Calla, calla… Os diré una cosa: hace ya casi tres años que no oía misa y estaba deseando, la verdad, que llegara el momento de poder asistir de nuevo a ella. Bien, pues si de mí hubiera dependido, me habría marchado nada más empezar. Ha sito un trágala tan repugnante como una purga.

—Y eso que tú eres creyente…

—Por eso mismo, Molina, porque siento estas cosas. La misa de hoy es lo más anticristiano que he visto en mi vida. Junto a la verja de salida, un recluso, subido en lo alto de una banqueta de madera, demandaba enérgicamente silencio con las manos. Empuñaba unos papeles y llevaba prendido al pecho un rectángulo de cartón en el que aparecía escrita la palabra «ordenanza». Su requerimiento fue transmitiéndose lentamente de grupo en grupo hasta conseguir un relativo silencio. Entonces, el ordenanza leyó unos cuantos nombres y gritó al final de la lista:

—¡A diligencias!

Se cuajó otra vez el silencio, súbitamente, como si una ráfaga de viento helado hubiese congelado las voces.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Molina.

—Que se llevan a esos compañeros para someterlos a nuevos interrogatorios. Ya puedes imaginarte lo que eso significa… —dijo Martínez Vega.

—¿Y adónde los llevan? —quiso saber Agustín.

—Pues, hombre, a alguna comisaría o a alguno de los centros de investigación que han montado para eso.

—Pero ¿por qué?

—Por alguna nueva denuncia o por la misma, porque hay denunciantes que no se resignan a que dejen en paz a su denunciado y repiten la denuncia en varios sitios distintos para que ande de interrogatorio en interrogatorio.

—Ya —y Agustín palideció—. Se ve que no descansan ni en domingo.

Los hombres designados se reunieron en grupo junto al ordenanza, tras despedirse precipitada y nerviosamente de sus amigos. Un guardián bajo y regordete, con sotabarba, los hizo alinearse de a dos en fondo y, después de contarlos, les ordenó que salieran delante de él.

Von Papen tenía que ser —murmuró Martínez Vega.

—¿Von Papen? —le preguntó Olivares.

—Sí, es el mote que le han puesto a ése porque parece que tiene paperas, ¿no te das cuenta? Al tipo le gusta estar en todo aquello que más puede perjudicar a los presos. Dicen que era un golfo en tiempo normal, uno de esos que echan las tres cartas en los alrededores de la plaza de toros.

Cuando desaparecieron el guardián Von Papen y los reclusos alistados para ir a nuevas diligencias, el ordenanza cantó otros nombres, entre los que sonaron los de Molina, Agustín y José Manuel, y al fin de la relación lanzó al aire, estirando mucho la voz, unas palabras mágicas que devolvieron el habla a los presos:

—¡A comunicar!

Como un golpe de batuta, se restableció el fragor de las conversaciones, que fue subiendo hasta alcanzar la intensidad ensordecedora de antes. Ahora eran encargos rápidos, casi suplicantes, de los que no esperaban comunicar aquel día a los amigos afortunados que pronto conversarían con sus familiares.

—Que me traigan una manta…

—Que vaya la parienta a ver a don Florencio para lo del aval…

—El número de teléfono es…

—Que no tenga miedo, que todo va bien…

—Que no se confíen…

—Que comemos regular, pero que guarden para ellos la poca comida que puedan conseguir.

—¡Avales, avales!

—Y algo de tabaco… Olivares también recomendó a Molina:

—Que escriba Rosario a mi madre, a ver si da con ella, para que venga a Madrid sin pérdida de tiempo.

—Descuida, Federico.

Se quedó a solas con Martínez Vega.

—¿No te toca comunicar hoy? —le preguntó.

—Ni hoy ni nunca.

—¿Es que no tienes familia?

Martínez movió apenadamente la cabeza.

—Mis padres murieron en Barcelona durante un bombardeo. Sólo me queda una hermana, pero huyó a Francia con su marido. Estoy solo.

—Pero tendrás, digo yo, primos, tíos… Martínez Vega sonrió con tristeza.

—Sí, pero son carcas, y es como si no los tuviera…

—¿No les echaste una mano durante la guerra?

—Ya lo creo. No permití que les tocasen siquiera el pelo de la ropa y, además, los ayudé en lo que pude.

Se miraron a los ojos los dos hombres y en los de Olivares no se desvanecieron el asombro y la duda hasta que oyó decir a su interlocutor:

—Les he escrito, como es natural, pero ¿sabes lo que me han contestado? —y, ante un gesto negativo de Olivares, continuó—: Pues que le pida ayuda a Negrín.

Siguió una pausa. Como obedeciendo a una secreta y misteriosa sugestión, ambos hombres abatieron la mirada. Al cabo, preguntó Olivares:

—Y novia, ¿tampoco tienes novia?

—¿Y de qué vale una novia en estas circunstancias?

—Hombre…

—Sí, he tenido varias. Tal vez alguna se acuerde aún de mí, pero yo prefiero olvidarlas a todas. Así se encuentra uno más ligero.

A Martínez Vega, aunque muy joven todavía, el dolor de vivir le había dejado ya profundas huellas en la frente. Al hablar y al sonreír se le formaban pliegues a ambos lados de la boca y un corcusido en torno a los ojos, claros y fríos. Era recio, pero todo músculo, con algo felino en la mirada y en los movimientos. Añadió:

—¿Y tú?

—Espero que mi madre y mi hermana vivan. Son las únicas personas de la familia en que confío.

—Ya. Y les cogió el corte en Barcelona, ¿no?

—No. Quedaron con los nacionales, en Andalucía.

—¡Atiza!

—Pero he tenido noticias de ellas a través de la Cruz Roja Internacional.

—Entonces vivirán. Si salvaron el principio, vivirán —y añadió, gravemente—: Tienes mucha suerte, compañero, porque las madres no fallan nunca.

Entre tanto, se habían ido escabullendo los presos y aparecían grandes claros en el patio, al que el sol de finales de abril caldeaba intensamente. La columna formada por el humo de los cigarrillos, y que ascendía perezosamente, apenas velaba su hiriente reverberación. Por otra parte, los hombres de la brigada de rancheros, con sus pringosos petos de tela de saco y sus alpargatas putrefactas, limpiaban con escobillas, bajo el chorro de agua de un grifo, las perolas embadurnadas aún por el condumio de la noche anterior. Podía verse, asimismo, cómo otros vertían las lentejas directamente de los sacos a las calderas de la cocina y la forma en que algunos meneaban la cochura con largas estacas ennegrecidas por el uso, levantando nubes de vapor y un espeso olor a sebo y a residuos fermentados.

—¿Nos vamos a la sala nosotros también? —propuso Olivares.

—Sí —contestó Martínez Vega—, porque viendo esto no hay quien coma después.

Comían sentados en el suelo, junto a la puerta de la sala. Después de la comunicación, Molina, Agustín y José Manuel recibieron los paquetes con ropa y víveres que les habían llevado sus familiares.

—Por lo menos hoy no comeremos rancho —dijo Molina. Resultó para ellos un verdadero banquete. Se repartieron las lentejas bien guisadas que aportó Agustín, la tortilla de José Manuel y las rodajas de merluza de Molina.

Pero no por eso rehusaron al rancho pestilente. Había grupos de hambrientos que vagaban de sala en sala, mendigando las sobras: unas cucharadas de caldo negruzco, la broza resultante después de escoger las lentejas, algún mendruguillo de pan…, a cambio de fregar el plato al generoso donante. Eran, en su mayoría, andaluces o extremeños, a los que el reflujo de la guerra había ido alejando cada vez más de sus lugares de origen y obligado a dejar en las interminables retiradas, yendo siempre de un lado para otro, familiares, amigos y paisanos, muertos o desaparecidos, y jirones de su propia carne, de su propia salud, de su propia conciencia y de su propia sensibilidad. Muchos de ellos, jóvenes con aspecto de chiquillos. Vestían sucios «monos», viejos y destrozados, o desgarradas guerreras militares, sin camisa ni camiseta, ropa toda ella demasiado holgada para sus cuerpos, reducidos casi al mero esqueleto, y calzaban miserables alpargatas agujereadas por los dedos de los pies desnudos. Olían a carroña. Eran unos desenterrados, de mejillas hundidas, de ojos ávidos y huidizos, de actitud acechante e insegura, de movimientos medrosos, de gesto estólido a veces y, a veces, ratonil. Auténticos despojos humanos de la terrible batalla, sombras, exhombres, que se encontraban solos, indefensos, animados tan sólo por el irreductible instinto animal de sobrevivir.

—Tomad el rancho, pero que no se os ocurra fregar los platos. Eso es cosa nuestra —dijo Molina al elegir los tres o cuatro que le parecieron más necesitados.

Los agraciados efectuaron el trasvase rápidamente, sin perder gota, rebañando con los dedos los últimos residuos, y luego empezaron a engullir de prisa, entre sorbetones, casi sin respirar.

—Se le atraganta a uno la comida viéndolos —comentó José Manuel.

Los demás compañeros de sala comían solos o en pequeñas «repúblicas». Unos, los más, rancho a secas; otros, rancho y, como sobrealimentación, un poco de lo recibido de casa. Pero había también quien no tocaba el rancho y se alimentaba con los víveres que diariamente les pasaban sus familias, platos sustanciosos y bien condimentados. De entre estos últimos había quien trataba pudorosamente de ocultar esos ofensivos extraordinarios y había quien hacía grosera ostentación de ellos. Un exgobernador de provincia, de aspecto socrático, comía las lentejas lentamente, con gran esfuerzo, extrayendo los palitroques con que estaban mezcladas con la misma delicadeza que si se tratase de espinas de pescado, mientras, a su lado, otro recluso, mucho más joven y robusto, se complacía en saborear un muslo de pollo.

A través de los ventanales penetraba la madura claridad del mediodía y el gran silencio de la prisión. De cuando en cuando se oía el ruido de un motor procedente de alguna calle cercana o la nota cantarina y estremecedora de una voz de mujer en las casas contiguas. Los centinelas se ocultaban en las sombras. Los guardianes no se dejaban ver. Eran los momentos de calma y relajamiento en la jornada carcelera, después de unas horas de tensión, como esa pleamar estática que sigue a la brega tumultuosa de la marea ascendente y precede al reflujo. Por encima de las cabezas de los reclusos planeaban serenamente sus pensamientos, igual que las gaviotas sobre las aguas tranquilas. Menos enajenados por el tumulto y la refriega a que los obligaban la promiscuidad y los nerviosos coletazos del reglamento, los hombres estaban más en sí mismos, más a solas con su conciencia y sus preocupaciones.

—Y de noticias, ¿qué? —preguntó al cabo de un rato Olivares—. Todavía no me habéis contado lo que os han dicho en la comunicación.

—Pero si no hay manera de entenderse en medio del guirigay que se forma en el locutorio… Veinte presos de una parte de la tela metálica y por lo menos el doble de visitantes, por la otra, todos hablando a la vez y en voz alta… ¡Figúrate! —dijo Molina.

—Es como para desesperarse —aseguró José Manuel—. Yo sólo he podido comprender, de todo lo que me ha dicho Enriqueta, que Dorita está bien y que no ha logrado todavía ponerse en relación con Ruidera, no sé si porque está en Burgos o porque nadie ha querido decirle dónde se encuentra… Eso es todo.

—Pues yo —terció Agustín— he tenido que contentarme con mirar a mi padre todo el tiempo, porque el vocerío no nos dejaba oír una sola palabra. Tiene la voz muy débil, y claro… Era inútil esforzarse. Yo le he dicho a gritos que vaya vendiendo lo que quede en la tienda, porque lo primero es comer y resistir. Pero ella meneaba la cabeza. No sé qué querría decir.

—Gracias a que Rosario conoce el lenguaje de los sordomudos que yo le enseñé —prosiguió diciendo Molina— y por alguna palabra suelta que me llegaba al oído he sacado en consecuencia que la represión empieza a amainar, porque ya no hay cárceles para meter más presos. Es cosa que se comprende fácilmente, ¿no? Así que no les queda más remedio que tomar una determinación, y ésa no puede ser otra que la de pasar lo antes posible a la normalidad.

Olivares, que le escuchaba atentamente, le preguntó:

—Pero ¿cómo?

—El rumor que corre es que en cuanto el Gobierno de Burgos se instale en Madrid, harán una selección entre los presos para retener sólo a los acusados de delitos comunes y echar a la calle a los demás.

—¿Y tú te lo crees, Molina?

—¿Y de qué otra manera puede arreglarse esto, Federico? Olivares movió dubitativamente la cabeza.

—No lo sé —contestó—, pero me parece que no nos damos exacta cuenta de la realidad. Porque vamos a ver: ¿quién es peor enemigo del nuevo régimen: el que se ha visto mezclado por ignorancia, por obligación o por mal instinto en un asunto de sangre, o el militante que ha animado y sostenido durante treinta y dos meses la resistencia contra los fachas? Creo que no hay la menor duda sobre la mayor responsabilidad de estos últimos.

Molina le apuntó con su dedo índice y le replicó:

—No te olvides de que la mayoría ni han intervenido en actos de represalia ni tampoco son militantes conscientes…

—Eso es verdad —aceptó Olivares.

—Pues ahí está el intríngulis, hombre, porque ¿cómo separar a los unos de los otros? Tendrían que instruir millones de expedientes y eso llevaría muchos años. No te olvides de que es media España a la que tendrían que empapelar. ¿Te das cuenta de lo que eso supone?

—Pues que nos ahogaríamos todos, ellos y nosotros, entre papeles —dijo Agustín, mostrando, al sonreír, sus grandes y blancos dientes.

—Por otra parte —insistió Molina—, han de dar alguna satisfacción a los familiares de los muertos en nuestra retaguardia, ¿comprendes? Por eso no tendría nada de extraño que retuviesen en prisión a los acusados de haber intervenido en esas muertes.

Aún quedaban en la tartera de Molina algunas rodajas de merluza y como Agustín se dispusiera a acabar con ellas, José Manuel le contuvo diciendo:

—Yo creo que deberíamos dejar algo para la noche, ¿no os parece?

La propuesta de José Manuel se aprobó por unanimidad y, a cambio de ello, se repartió, como postre, una onza de chocolate a cada uno.

Gaspar, que comía sólo cerca de ellos, alargaba el cuello, esforzándose por oír lo que hablaban. Olivares, tras mordisquear distraídamente su onza de chocolate, volvió sobre el tema.

—Puede que tengas razón, Molina, pero no acaban de convencerme tus argumentos. Me supongo, sin que sepa decirte por qué, que van a resolver el problema de otro modo. ¿Cómo? Hay que partir, desde luego, de que esta vez no ha habido abrazo de Vergara y que uno de los dos bandos se ha proclamado vencedor absoluto, sin condiciones ni compromisos. ¿Y qué quiere decir eso? Pues, a mi juicio, que estamos a merced del vencedor y que éste sólo piensa por ahora llevar la represión tan lejos como crea necesario para impedir que levantemos la cabeza algún día. Que lo consiga o no es otro problema, pero su intención no es otra. Si nos lo están diciendo todos los días, a todas horas y…

Molina, impaciente, le interrumpió:

—Pero una represión como la que tú piensas paralizaría completamente la vida del país y sembraría odios inextinguibles.

—De acuerdo. Tú y yo pensamos así, ¿y qué?… El que a nosotros nos suceda lo peor no quiere decir que a ellos no les parezca lo mejor.

Agustín y José Manuel seguían la discusión sin perderse un solo gesto ni una sola palabra de los dialogantes. Sus ojos saltaban del índice que Molina esgrimía como un estilete para abrir paso a sus razonamientos a los ojos de Olivares, más expresivos que sus propias palabras. Agustín se mostraba indeciso y, por sus gestos, parecía adherirse, alternativamente, a la postura de uno o de otro. En cambio, José Manuel se inclinaba decididamente a favor de Olivares. Por eso, dirigiéndose a éste, intervino para decir:

—Estoy de acuerdo contigo en que, como no ha habido abrazo de Vergara, una de las partes tendrá que pagar los vidrios rotos por las dos. Para mí está claro.

Pero Molina no cedió:

—¿Es que no están diciendo ellos todos los días que la guerra ha terminado y que han comenzado las tareas de la paz? Ello quiere decir que hay que poner mano a la reconstrucción del país para que éste vuelva pronto a la normalidad.

—Desde luego, Molina. Pero se refiere a ellos exclusivamente. Nosotros no entramos en esos planes. Nosotros estamos aquí.

—Pero no se puede borrar de un plumazo a tanta gente…

—¡Ah! —exclamó José Manuel levantando los hombros.

—No es nuevo, compañero —siguió diciendo Olivares—. Los católicos fueron segregados en Inglaterra de la misma manera que lo fueron los protestantes, los judíos y los moriscos en España.

—Bueno, hombre, bueno. Eran otros tiempos —y Molina sonrió, por primera vez, como si la apelación a esos hechos históricos fuese una puerilidad.

—¿Sí? —rearguyó Federico—. ¿Y qué me dices de lo que les ocurrió a los socialistas revolucionarios, a los anarquistas, a los pequeños y grandes burgueses, liberales o no, en la Rusia de Lenin? ¿Y a los demócratas y a los marxistas, a los liberales y a los judíos en la Alemania de Hitler? ¿Y no ha devorado, deportado y encarcelado Stalin a millones de adversarios? Y todo esto ha ocurrido en nuestros días, en nuestras propias narices…

Agustín continuaba perplejo, en tanto que José Manuel asentía cada vez más vehementemente a los razonamientos de Olivares. Molina, por su parte, se removía, nervioso. Su índice apuntó a la frente de Federico como si fuese el cañón de una escopeta.

—Me están hablando de revoluciones, y lo que se pretende hacer aquí es una contrarrevolución.

Olivares levantó las manos como para contenerle.

—Calma, hombre, calma. Y no juguemos con las palabras. Dejémonos ahora de si es una revolución o una contrarrevolución. Para el caso es igual, porque lo que yo trato de hacerte comprender es que son posibles en cualquier época esas segregaciones masivas en la vida de un país. ¿Que luego resultan catastróficas? De acuerdo. ¿No son catastróficas también todas las guerras? ¿Y qué? La Historia está plagada de esas calamidades. Por lo tanto, pienso que pudiera tocarnos la china a nosotros en esta ocasión. Figúrate que eres un protestante en tiempos de Torquemada o un católico en la Inglaterra de Isabel I, o un judío bajo el poderío de Hitler, o un troskista con Stalin… Claro que yo no aseguro que haya de ser así exactamente, pero tampoco lo descarto. Me quedo con la duda y el temor. Además, pronto vamos a saber lo que vale un rojo en la España de hoy…

Poco a poco habían ido atrayéndose la atención de los demás y eran ya muchos los que seguían o trataban de seguir la discusión entre Molina y Olivares. Pero, de pronto, alguien les siseó misteriosamente y ambos amigos se quedaron con la palabra en la boca, mirándose. Se repitió el siseo y entonces trataron de descubrir a su autor. Era Gaspar, que se aproximó a ellos andando a gatas hasta colocarse entre los dos y que, después de repetir el siseo, dijo:

—¿Qué?

Olivares y sus amigos le miraban, atónitos. Gaspar les invitó por señas a que acercasen sus cabezas y, cuando se cerró su círculo, murmuró:

—¡Cuidado con los chivatos! Los hay a docenas, en esta sala y en todas las salas. Yo no he podido entender lo que estabais diciendo, pero por las orejas que ponían algunos he sospechado que se trataba de asuntos peligrosos. ¿Es así?

Molina trató de tranquilizarle:

—Verá usted…

—¿Qué ha dicho?

—Pues que…

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