Los que perdimos

Los que perdimos


IV. … en emprender la faena, / y de los últimos tercos

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—¡Cuidado! —Gaspar sacó la cabeza, miró en torno y, volviendo a encerrarla en el corro, prosiguió—: Cualquier descuido puede costarle a uno que le lleven a diligencias, ¿entendido? —Sacó de nuevo la cabeza para cerciorarse de que nadie fuera del grupo podía oírle, y añadió—: Ahora voy a daros un notición… Pero que no salga de aquí, ¿entendido?

Los oyentes, tras cruzar entre sí miradas de inteligencia, asintieron por señas al requerimiento de Gaspar, y éste les sopló luego la noticia, en tono casi inaudible:

—Madrid está lleno de pasquines rojos. Me lo ha dicho mi hija en la comunicación.

—¿Cómo? ¿Pasquines rojos?

Pero Gaspar no atendió las preguntas de Molina y repitió, con énfasis:

—¡Pasquines rojos!

A continuación, y tras recomendarles silencio con el índice sobre los labios, se puso en pie y traspuso la puerta de la sala, haciendo ostentación, seguramente para disimular, del plato sucio que llevaba en la mano.

—¡Este pobre hombre está loco! —exclamó Molina al perderse de vista Gaspar.

—¡Quia! Lo que le ocurre es que está sordo como una tapia. ¡Pasquines rojos! —y Agustín rió estrepitosamente. Mientras se desahogaba, sus amigos encendieron sus cigarrillos, final deleitoso de una comida excepcional. Docenas de ellos humeaban ya en la sala como un sahumerio de olorosas candelas de paz y beatitud. Algunos fumadores soltaban lentamente, recreándose en el juego, las bocanadas de humo. Otros lo aspiraban ávidamente. Todos gozaban con el tabaco y lo demostraban con su silencio, sus párpados entrecerrados o su mirada lejana, y con la laxitud de su postura.

Al fin, después de enjugarse las lágrimas que la risa le había provocado, Agustín informó a sus compañeros:

—Gaspar estuvo a mi lado durante la comunicación. Su hija le gritaba algo que él no podía oír. Yo estaba desesperado porque aquellos gritos me impedían entender a mi madre. Por eso hice señas a la hija de Gaspar para que bajase la voz. Pero como si no, y la muchacha terminó ronca de tanto chillar y sin que su padre se enterase de nada. Bueno, ¿pues sabéis lo que le decía? Papá, te he metido los calcetines rojos de lana, porque todavía puede hacer frío. ¿Qué, cómo?, preguntaba él. Y ella repetía: ¡Que te he puesto entre la ropa los calcetines rojos! ¿Rojos? ¿Qué rojos?, volvía a preguntar Gaspar. Y ella: ¡Los calcetines! Y él: ¿Pasquines? ¿Pasquines dices? La pobre muchacha se desgañitaba: Pasquines, no. Te he dicho calcetines. Y vuelta a insistir él: ¿Pasquines rojos? ¿Por dónde? ¿Muchos? Y ella, aupándose por la tela metálica: No, papá, no. ¡Que te he metido los calcetines rojos! Y otra vez lo mismo. En fin, el despiporren, compañeros.

Entonces les tocó reír a sus amigos y Agustín pudo empezar a fumar.

Entretanto, se inició el desfile hacia el grifo de los retretes para fregar los platos. Aquel día le tocaba a José Manuel ser el friegaplatos del grupo. Tras apurar el cigarrillo y hacer un gesto de resignación, empezó a amontonar los cacharros. Se movía lánguidamente y Agustín le dijo, con sorna:

—A ver cómo se porta hoy la marmota.

—Ya veremos lo que sale —repuso José Manuel, encogiéndose de hombros.

Cuando al fin se marchó, llevándose en difícil equilibrio platos y tarteras, dos hombres se dirigieron sin vacilar al grupo. Uno de ellos era Gonzalo. El otro, de cabellera ensortijada; de ojos pequeños, casi ocultos por la maraña de las cejas; de boca grande y descarnada y de mejillas enjutas; alto, de figura magra y correosa; joven aún, pero de aspecto adusto y con ademanes de hombre resuelto, saludó a Molina:

—¿Que hay, compañero?

El tono de su voz era grave y duro como el de un militar. Molina le sonrió.

—¡Hola, Cantero! —y haciéndose a un lado para dejarle sitio, añadió—: Anda, siéntate un rato con nosotros.

Pero Cantero negó con la cabeza. Se puso en cuclillas a su lado y preguntó:

—No estáis controlados, ¿verdad?

Molina, sin perder la sonrisa, le contestó:

—Pues… no.

—Bien. Vengo en nombre del Comité de Alianza de esta prisión.

Molina hizo un gesto ponderativo encogiendo los labios y moviendo la cabeza.

—Conque ya habéis formado el comité interior, ¿eh?

—Habla más bajo, compañero. Sí. Y en él estamos representados por todos los grupos menos los comunistas, que se han organizado por su cuenta.

—Ya.

—El Comité me manda a deciros que elijáis un compañero delegado para que pase a formar parte de él. Suele reunirse después del almuerzo, porque es cuando afloja la vigilancia. Está reunido en este momento. Así que lo mejor es que nombréis al delegado ahora mismo. Yo le acompañaré a la reunión.

—¿Ahora mismo? —y Molina exteriorizó con un gesto su perplejidad.

—Sí. Creo que hay noticias importantes. Molina, irresoluto, consultó a Olivares:

—¿Qué te parece?

Y Olivares, igualmente desconcertado por tan apremiante e inesperada proposición, sólo supo responderle:

—Bueno, tú verás.

Los ojillos sombríos de Cantero saltaban de Olivares a Molina, escrutadores, mientras él permanecía impasible, con cara de palo. Entonces intervino Agustín con su habitual desparpajo:

—Si no es más que eso… Yo creo que no perdemos nada con…

Pero una mirada de Cantero le cortó la palabra.

—Bien —resolvió Molina—. Irás tú, Federico, si no tienes inconveniente.

—¿Yo? Pero si ya sabes que para eso de los comités…

—No creo que éste te dé muchas cavilaciones, hombre —y Molina volvió a sonreír.

Olivares se resignó.

—Vamos —dijo entonces Cantero secamente, poniéndose en pie. Mientras Olivares hacía lo mismo, agregó—: Desde ahora, este compañero os tendrá al tanto de todo. Supongo que será de fiar…

—Tanto o más que yo —se apresuró a contestar Molina.

—Me alegro. ¡Salud!

Y salió, seguido de Olivares, quien aún cruzó con Molina una última mirada de asombro, y de Gonzalo, que se había mantenido en silencio durante todo el diálogo.

—¡Vaya tipo el Cantero ese! —estalló Agustín cuando se quedó a solas con Molina—. ¿Quién es? ¿Le conoces bien? Molina hizo un gesto ambiguo.

—Hombre, sí sé quién es. En otros tiempos actuamos juntos dentro de la organización confederal. Desde luego, es un militante de toda confianza. Me parece que durante la guerra ha sido uno de los elementos más activos del Comité de Defensa de la C. N. T.

—¡Atiza!

Se miraron los dos amigos y Molina movió lenta y afirmativamente la cabeza.

—Cantero me llevó hasta el tercer piso. Por cierto… Me parece que vosotros no habéis subido todavía allí. Cuando lo hagáis podréis contemplar el espectáculo de la escalera. En cada escalón vive y duerme un preso. Están cien veces peor que nosotros. Si alguno, en sueños, por la noche, cae rodando escalera abajo, por encima de los compañeros dormidos… ¡Ya podéis figuraros la que tiene que armarse! Cuando pasé yo por allí, cada uno estaba sentado en su escalón. Parecían pobres de pedir. Pero dejemos eso. Siguiendo a Cantero, y después de atravesar varias salas, llegué a una más pequeña, situada al final de todas. En su rincón más oculto estaba reunido el Comité. Cantero me presentó a sus miembros y luego se colocó con Gonzalo junto a la puerta. Entonces, uno, a quien llaman Casi, me dio la bienvenida en nombre de todos diciendo algo así:

—Ya sabía yo que en la hora difícil no faltarían los pestañistas.

Y yo le interrumpí:

—Querrás decir los sindicalistas.

Él se sonrió y me dio la mano.

—Está bien, los sindicalistas.

Después, cada uno fue dándome también su mano, al tiempo que su nombre y representación: Reparaz, un joven aseñoritado y gordo, por Unión Republicana; Viñas, ya mayor y muy solemne, por izquierda Republicana; Cejador, un viejo afable y tranquilo, por el Partido Socialista, y un tal Méndez, con cara de sacristán, por la U. G. T. Casi representa al Movimiento Libertario. Las juventudes de todos estos grupos tienen su comité aparte, aunque subordinado a éste. Como la cosa se presentaba muy protocolaria, yo, después de los saludos, me senté en el sitio que me hizo Casi a su lado y me dispuse a escuchar.

—Compañeros —empezó diciendo Casi—, tendré que hacer un breve resumen de lo tratado para que el compañero Olivares sepa lo que hay, y luego continuaré. Bueno, pues la cosa marcha, según la información que hemos recibido hoy. Por una parte, están las noticias que han dado los familiares de los que han comunicado. Coinciden todas en que la situación se hace insostenible para los vencedores. Las redadas de antifascistas son tan abundantes que ya no caben en ningún sitio, y ni en las comisarías ni en los cuartelillos especiales pueden dar abasto a tomar declaraciones. Hay compañero contra el que se ha presentado una misma denuncia en diez centros de información diferentes, y hay denuncias que no tienen ni pies ni cabeza, porque, de ser ciertas, resultaría que fueron mil los que mataron a Calvo Sotelo, diez mil los que asaltaron el tren de Jaén, cincuenta mil los que tomaron parte en lo de Paracuellos y un millón los que entraron en el cuartel de la Montaña… En fin, un caos. Lo que sí está claro es que aprietan fuerte en los interrogatorios. En general, se resiste bien, pero no faltan tampoco los que se van de la lengua y dicen lo que es y lo que no es. Por aquí andan sueltos algunos de estos desgraciados, pero no es conveniente, como quieren algunos compañeros, asustarlos ni insultarlos, porque aún nos pueden hacer mucho daño. Es mejor tratar de atraérselos y convencerlos de que por ese camino no se va a ningún lado. Pero ése es otro cantar. Lo que ahora más nos interesa es saber que la situación empieza a ser insostenible para los fachas y que tendrán que tomar pronto una determinación. Parece ser que el Gobierno de Burgos, según nos informan los compañeros de la calle, quiere terminar esto de una vez poniendo en libertad a la mayoría de los presos actuales, pero que se encuentra con una fuerte oposición en sus partidarios que han vivido la guerra en nuestra zona, y en la Prensa de Madrid. Ya estáis viendo los artículos que publica a diario contra nosotros, en los que aparecemos como monstruos, y las esquelas mortuorias, en las que se repite la consabida coletilla «vilmente asesinado o asesinados por la horda roja», aunque algunos de los así conmemorados muriese de enfermedad, años o hambre, como cualquier hijo de vecino. El mayor peligro para nosotros reside, pues, en esa sorda pugna entre el Gobierno y su gente, porque puede ocurrir que, antes de que el Gobierno promulgue la amnistía, los disconformes asalten cualquier noche las prisiones y se tomen la justicia por su mano. Ya sabemos que la mayor parte de los que están encerrados aquí o en otras cárceles esperan recobrar la libertad de un momento a otro. Están cansados y desmoralizados por tres años de guerra y por la derrota final, y lo que quieren es rehacer sus vidas cuanto antes. Estoy por apostar que, para conseguirlo, no dudarían en salir con el brazo en alto y dando vivas fascistas, aunque sangrasen por dentro. Por eso viven tan confiados, sin percatarse de lo que los amenaza. ¿Qué harían si una madrugada los despertasen los gritos de los asaltantes, eh? Pues que se dejarían coger y matar como conejos. —Me miró especialmente y, luego, prosiguió, repartiendo su mirada entre todos—: Hay que tenerlos alerta por si llega ese momento. Conviene —y volvió sus ojos a mí otra vez— correr la consigna de que, si eso sucediera, en vez de presentarse voluntariamente cuando los llamen, corran a refugiarse aquí arriba. Así formaríamos al menos un bloque imponente. Tendrían que entrar a cogernos y nosotros podríamos abalanzarnos todos a la vez contra ellos. Sería una carnicería, eso sí, pero lograrían salvarse muchos de los nuestros. Y el que cayera, lo haría peleando, y se formaría tal revuelo, un escándalo tan grande que se enteraría el mundo entero. ¿Estamos de acuerdo? —y recontó los votos unánimes de nuestro mudo asentimiento y prosiguió—: De lo contrario, nos llevarían en grupos, sin ruido y sin molestias, a las tapias del cementerio del Este y allí nos apiolarían como a borregos.

Cesó de hablar, como a la espera de una adhesión más explícita a su propuesta, y entonces, Reparaz, el de Unión Republicana, dijo:

—Completamente de acuerdo. Hay que correr la consigna. Los demás repitieron, poco más o menos, las mismas palabras.

—¿Y tú, Olivares? —me preguntó a mí.

—Pienso lo mismo —dije.

—Ahora —y Casi retomó el hilo— vamos a tratar el asunto de los destinos dentro de la cárcel. No es necesario, creo yo, insistir en su importancia. Teniendo en la mano los destinos, se controla la cárcel. Por consiguiente, hay que ir por ellos. Como pasa siempre, se nos han adelantado los comunistas. Hay que reconocer que son más prácticos que nosotros. Bien, pero todavía no es tarde. Quedan muchos huecos que llenar. Por de pronto contamos con Toledano, que está en la jefatura de Servicios. Es vuestro, ¿no?

—Sí —le contesté.

—También es vuestro Pedrola. Es mecanógrafo de la oficina de «Régimen» —y como yo no supiera qué decirle, continuó—: De todas maneras lo tenemos controlado. Son dos puestos importantes, dos puertas abiertas por las que podremos colar otros amigos.

Al llegar aquí guiñó, dio una chupada a su cigarrillo apagado y volvió a encenderlo. Mientras tanto, el de la UGT propuso establecer un enlace con los comunistas a fin de organizar conjuntamente el plan de defensa para el caso de que intenten asaltar la prisión, y ello provocó una larga discusión en la que no quise intervenir. Los delegados del Partido Socialista y de Izquierda Republicana eran los más opuestos a cualquier clase de relación con los comunistas.

—Si están diciendo a todas horas —alegó Cejador, el socialista— que el compañero Besteiro es un traidor… Si parece que se alegran de lo que nos ha ocurrido, como si no fuera con ellos… ¿Cómo es posible que nos pongamos de acuerdo en nada? El otro día tuve una violenta discusión con uno de sus mandamases. Estábamos en la cola del agua y va y me dice: ¿Qué, dónde se ha quedado la paz honrosa? Yo le contesté: En la cárcel, haciéndole compañía a Besteiro. Naturalmente, no puede estar con la Pasionaria ni con Negrín, porque tanto la una como el otro se largaron a París, donde viven muy tranquilos. Luego, la liamos. Menos mal que apareció por allí Von Papen que, si no, acabamos a leñazos, porque ya empezaban a intervenir jóvenes de una y otra parte.

—Poco más o menos —dijo Viñas, el de Izquierda Republicana— me pasó a mí lo mismo. Se metieron con Azaña. Que si no debió dimitir la presidencia de la República y sí volver a Madrid para morir en medio de los combatientes. Yo les grité: ¿Y qué hicieron los vuestros? ¿No salieron también pitando sin importarles dejarnos a todos tirados como colillas?

Tuvo que intervenir Casi para centrar la cuestión. A mí me parece Casi un hombre prudente y hábil. Y no sólo eso, sino que emana de él una especie de autoridad paternal. Su pelo canoso, su rostro ascético, su mirar tranquilo y sus gestos pausados inspiran confianza. ¿Qué te parece a ti, Molina, que le conoces hace mucho tiempo? ¿Verdad que da la impresión de ser un amigo de toda la vida? Veo que coincidimos. Supe después que se llama Casimiro Huertas, que su oficio es el de mecánico, que antes vivió en Barcelona y anduvo con Pestaña en lo de La Canadiense y que, desde entonces ha estado complicado en todos los movimientos revolucionarios de España y que durante la guerra se incautó de unos talleres que se convirtieron bajo su dirección en una fábrica de municionamiento. Me dijo todo esto Gonzalo.

El compañero Casi habló así:

—Éste es un pleito entre los comunistas y nosotros que no es posible resolver ahora, y creo que nunca. Así que lo mejor es dejarlo a un lado si no queremos que entre tanto lleguen los podencos y se coman la liebre, ¿estamos? Lo cortés no quita para lo valiente y el interés común nos aconseja ponernos de acuerdo con ellos siquiera sea en algo tan concreto como es la amenaza de un asalto a la cárcel. Propongo, por lo tanto, que se les haga saber lo que hemos acordado y que nombremos un enlace que nos sirva de intermediario con los chinos, ¿de acuerdo? —y como nadie se opuso, siguió diciendo—: Queda todavía otro asunto que tratar, un asunto muy importante. Y es el siguiente. No hay duda de que hemos quedado a merced del vencedor y que no se levanta en el mundo una sola voz para defendernos. Estamos solos, compañeros, solos y contra la pared. Y sin un céntimo. Si tuviéramos algún dinero podrían intentarse muchas cosas: aliviar el hambre de los nuestros en las cárceles y también el de las familias hundidas en la miseria, por lo menos. El dinero lo puede todo, por desgracia, compañeros. ¿Quién nos dice que a base de dinero no se podría hacer desaparecer muchas denuncias contra nuestros compañeros, conseguir documentaciones falsas y poner a salvo a muchos comprometidos que todavía no han sido atrapados? Por eso, nuestra organización de la calle está preparando el envío a Francia de uno o de dos delegados que expongan allí nuestra verdadera situación y las posibilidades que existen para mejorarla. Porque en Francia hay dinero de la República, que es de todos. Bien que lo utilicen en atender las necesidades de los refugiados políticos, que son muchos; pero sin olvidar a los que nos quedamos aquí, que somos más y corremos mayor peligro. ¿No es así?

Todos escuchábamos atentamente y ninguno se opuso a la idea expuesta por Casi. Por el contrario, las muestras de adhesión fueron unánimes y lo suficientemente expresivas para que Casi se animase a proseguir:

—Bien, pues que cada organización y partido representados aquí haga lo mismo.

Cejador, el del Partido Socialista, informó que sus correligionarios estaban haciendo gestiones en ese sentido, y otro tanto nos hizo saber Méndez, el de la UGT, mientras que los republicanos prometieron transmitir este acuerdo a sus comilitantes de la calle. Yo pienso que los republicanos no cuentan con grupos organizados fuera de la cárcel, pero… ¿y nosotros? Éramos tan pocos que, a estas horas, debemos de estar todos en chirona, ¿no te parece, Molina?

—Casi, casi —dijo Molina.

—Sigue, sigue —pidió Agustín.

—Sigo. Cuando estaba en el uso de la palabra Viñas, recogimos una voz que corría a través de las salas: ¡Oído! ¡Firmes!, y, seguidamente, ¡Arriba España! Alguien gritó: ¡Queo! ¡Queo!, y se nos acercó Cantero para decirnos:

—¡Que viene el Conde Ciano!

Hubo un pequeño revuelo, pero Casi impuso otra vez la calma diciendo:

—Estamos hablando de la conquista de Méjico y yo os contaba la historia de doña Marina, ¿entendido?

Se repitieron, más cercanas, las voces anteriores. Casi decía:

—Doña Marina se enamoró de Hernán Cortés y le amó toda la vida. En cambio, el conquistador…

Le interrumpió la voz del jefe de sala:

—¡Oído! ¡Firmes!

Nos levantamos todos, como es natural, y nos quedamos en la posición de firmes. El Conde Ciano es ese guardián que lleva una sahariana sin botones y llena de manchas, y la gorra de plato caída sobre una oreja. Al aparecer en la sala, levantamos el brazo y le saludamos con el ¡Arriba España! El Conde Ciano se situó en el centro y nos recorrió a todos, de abajo arriba, con sus ojos rientes y burlones. Su inspección se detuvo en nuestro grupo y preguntó:

—Hablando del tiempo, ¿eh? Nadie respondió y él insistió:

—Vaya, ¿es que se han vuelto mudos? —hizo una pausa y prosiguió, en tono socarrón—: De algo tienen ustedes que hablar y el tiempo no es un mal tema, ¿no es verdad?

Me fijé entonces en las manos de Casi y vi que restregaba entre sí sus dedos como si hiciese pelotillas con algo. Fue Viñas el que habló:

—No, señor. Estábamos hablando de doña Marina y de Hernán Cortés.

El Conde Ciano se cimbreó un poco sobre los pies y, sin dejar de sonreír maliciosamente, replicó:

—¡Caramba!

Luego, sin quitarnos ojo, volvió a pasear su mirada por el círculo de hombres rígidos.

—Bueno, lo que quería hacerles saber —dijo pausadamente— es que se van a formar grupos de gimnasia. El que quiera pertenecer a ellos que dé su nombre al jefe de la sala —marcó otra pausa y prosiguió—: Hay que hacer ejercicio físico para no perder facultades. Se van a atocinar si están todo el día quietos, sin moverse. Y eso es malo. Las grasas son malas, ¿no les parece?

Naturalmente, nadie habló ni se movió. Por su parte, el Conde Ciano dio media vuelta y se dirigió a la puerta, pero aún se volvió desde allí para decirnos:

—Les queda tiempo más que sobrado para hablar de todo lo que quieran. ¡Mucho tiempo! Hala, ¡rompan filas!

—¡Fran-co! —le contestamos.

El Conde Ciano desapareció e, inmediatamente, se organizó una larga cola de aspirantes a gimnastas ante el jefe de sala. Supongo que en las demás salas habrá ocurrido, poco más o menos, lo mismo. No creo que les importe un pito la gimnasia, como no les importa nada la música ni el canto a los del orfeón, ni la misa a los que hacen de monaguillo o sacristán. Lo que buscan apuntándose a todo eso, me parece a mí, es mostrar de alguna manera que son buenos chicos y, sobre todo, que no los ignoren, que los tengan en cuenta… Tiene razón Casi. Muchos de estos hombres saldrían de aquí con el brazo en alto y gritando los nuevos vítores. Les han caído demasiadas cosas encima. Están cansados, abrumados, deseosos de volver a sus quehaceres de antes de la guerra y a la vida familiar. Uno se siente a veces avergonzado por ellos, sí, pero… Los del comité nos miramos y estoy seguro de que el que más y el que menos pensó en ese momento que los días heroicos quedan muy atrás. Yo, por el contrario, pienso que los días verdaderamente heroicos los estamos viviendo ahora, ya veis… En cuanto a los que se apuntan a todo… No se puede exigir de la gente más de lo que puede dar y ellos ya han dado bastante: tres años de guerra, de miedo, privaciones y derrotas, para terminar en la cárcel. ¿Es que tienen que ser forzosamente de hierro? Y a cambio de todo eso, ¿qué podemos ofrecerles nosotros, qué podemos decirles? ¿Que la razón sigue estando de nuestra parte? Bueno, ¿y qué? Ahora se trata para ellos de sobrevivir… Casi puso el epílogo a nuestros pensamientos:

—Veremos cómo se portan en los consejos de guerra, porque los consejos de guerra están ya en marcha.

Los demás debían de conocer ya la noticia porque no hicieron ningún comentario, pero a mí me cogió desprevenido y me dejó anonadado.

¿No creímos siempre nosotros que los consejos de guerra tardarían bastante tiempo en comenzar? Pues nos equivocábamos, como creo que seguimos equivocándonos en otras muchas cosas referentes a nuestra situación. En fin, ya lo sabéis. Ello quiere decir que tenemos que prepararnos para afrontar esa prueba, amigos míos…

Se deshizo la reunión y cada cual se dirigió a su sala. A mí me acompañó Gonzalo, quien, entre pitillo y pitillo —fuma como un desesperado— me fue contando cosas… Él está aquí, atrapado en el mismo expediente con Cantero, por haber pertenecido los dos al Comité de Defensa de la CNT. Por lo que se dejó decir, los acusan de haber intervenido en registros, ejecuciones y demás, y les atribuyen más de cien muertes. Pero les queda una esperanza y es que están complicados en todos esos hechos un fulano que ahora ocupa un cargo importante, a quien llaman el Mediquín, y una aristócrata, la Condesita, que pertenece a una de las familias más poderosas e influyentes en el nuevo régimen. El Mediquín y la Condesita eran chivatos del Comité de Defensa y se dedicaban a marcar por la calle, o en cines y cafés, a los elementos de Falange o de los partidos de derecha más significados que encontraban. A causa de sus delaciones, vete tú a saber si por razones políticas o por simple odio personal, yo creo que por hacer méritos para salvar sus cabezas, fueron liquidados muchos fascistas o simpatizantes de los fascistas. La Condesita, que debía tener pocos más de veinte años y era guapísima, celebraba como un triunfo cada vez que una de sus víctimas acababa de la peor manera, es decir, asesinada. Se acostó con todos los miembros del Comité y, por supuesto, también con Cantero y con Gonzalo. Ellos confían más en el Mediquín, porque, poco antes de terminarse la guerra, los que se habían servido de él decidieron ejecutarle. Cantero se opuso y le salvó la vida. Y esperan que ahora les corresponda haciendo desaparecer el sumario que los ha traído a la cárcel. ¿Qué os parece? Verdaderamente, uno se entera de muchas cosas aquí…

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