Los que perdimos
V. … en abandonar el tajo / con los demás jornaleros
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Nadie se atrevía a hacer comentarios en voz alta. Incluso los cuatro amigos ejecutaron todas esas diligencias en silencio, mirándose entre sí de cuando en cuando, pero sin atreverse a manifestar lo que pensaban y temían. Estaban pálidos y serenos. Agustín, el menos impresionable, acabó encendiendo una punta de cigarro puro que guardaba desde mediodía, y Olivares, Molina y José Manuel prendieron también fuego a sus correspondientes cigarrillos.
Los demás los contemplaban entre intimidados y curiosos, con una mezcla de simpatía y compasión en la mirada. Algunos reanudaron la cena, pero fueron mayoría los que se quedaron sin apetito. El silencio era agobiante y paralizador. Fue don Alberto el primero en acercarse a Olivares y hablarle en voz baja, aunque oyeron todos sus palabras:
—Yo creo que no es más que un traslado, a no ser que se trate, y ojalá sea así, de la libertad para ustedes.
Olivares sonrió.
—O nuevas diligencias, don Alberto, o…
—Calle, amigo; no sea pesimista.
—Lo que sea, sonará, ¿no le parece?
—Ya verá, ya verá —y el exgobernador le miraba cariñosamente— como no será para nada malo. Por mi parte, les deseo lo mejor. ¡De veras!
—Gracias.
Después de estrecharse las manos, don Alberto, con voz conmovida, murmuró:
—¿Y quién me va a contar ahora hermosos bulos para poder dormir?
Las últimas palabras de don Alberto provocaron algunas sonrisas y pusieron en movimiento otra vez la escena, paralizada por el estupor y el miedo. Hubo entonces una aproximación masiva a los cuatro amigos, palmadas amistosas en sus hombros, palabras de aliento, restregones de manos, bromas y otras muestras de amistad, hasta que intervino Planas para recordarles la orden del Pelines.
Cargados con sus cosas, salieron, al fin, al pasillo y quedaron frente a la puerta enrejada. Detrás, fueron formando en filas de a dos hasta casi medio centenar de reclusos, procedentes de las otras salas. Luego llegó el Pelines, quien dio orden de que se abriese la cancela, y pasaron al vestíbulo, débilmente iluminado por unas bombillas polvorientas. Allí los aguardaba un piquete de guardias grises. Fuera, en la calle, runruneaban lúgubremente los camiones.
El jefe de servicios y el jefe de la escolta recorrieron juntos las filas para contar los reclusos. Cuando terminaron y mientras se cruzaban entre ambos jefes firmas y papeles, Toledano, el escribiente, se acercó a Olivares y Molina, que encabezaban la expedición, y les dijo en un susurro:
—Tranquilos. Vais a las Salesas para ser juzgados.
—¿Para ser juzgados? —preguntó, incrédulo, Molina, sin mover los labios.
—Sí, en consejo sumarísimo de urgencia.
Y Toledano, fingiendo que volvía a contarlos, fue repitiendo, mientras recorría la formación:
—Vais a consejo, vais a consejo, vais a consejo…
Al desvanecerse sus peores dudas, los expedicionarios sintieron de nuevo el calor de la esperanza y recobraron la vivacidad. Pero no les dejaron tiempo para cambiar impresiones.
—¡De frente, march!
Se acomodaron estrechamente en dos camiones descubiertos, en compañía de guardias armados con fusil y pistola, y rompieron a hablar tan pronto como se pusieron en marcha.
—¿Nos puede decir adónde nos llevan? —preguntó alguien a uno de los guardias.
—Sí, hombre; a las Salesas.
La voz del guardia, segura y casi amistosa, los tranquilizó aún más.
—Consejo de guerra sumarísimo, de urgencia… —murmuró Molina.
—He estado dándole vueltas a las palabrejas —dijo Olivares— y pienso que se trata del sistema empleado en la línea de fuego para sancionar un delito grave.
—Pero ¿cómo van a juzgarnos tan rápidamente sin haber hablado una sola vez con nuestro defensor? Porque tendremos defensor, digo yo.
—Pronto saldremos de dudas, Molina —y añadió Olivares—: Pero a lo peor es así.
—No puede ser, hombre.
—Claro que no —terció José Manuel—, y como somos cuatro, tendremos cuatro defensores. De algo nos valdrá a todos, además, el ser yo cubano. Podremos avisar a nuestras familias para que asistan al juicio y tendremos, de paso, una comunicación extraordinaria, sin rejas por medio. Si Enriqueta ha podido localizar, al fin, a Afrodisio Ruidera, es muy probable que este amigo mío quiera comparecer como testigo de descargo. Sería fenomenal, ¿no?
—Y tanto. Pero me parece demasiado bonito, ¿no crees? —y Agustín, moviendo dubitativamente la cabeza, agregó—: Y no es que quiera aguarte la fiesta, José Manuel, es que no me fío ya de nadie.
Al paso del camión, algunas ráfagas de luz iluminaban sus rostros, que aparecían exangües. La noche era cálida, dulcemente primaveral, sosegada y translúcida en lo alto, donde unas nubes livianas velaban la luna y se destejían en la remota negrura del cielo; y descolorida, como ojerosa y sonámbula, en las calles. Todavía el alumbrado, el de los comercios y el municipal, era pobre, discontinuo y parpadeante. Funcionaba algún viejo anuncio luminoso, lucía una farola entre varias apagadas, se asomaba la luz doméstica en algunos balcones y ventanas, pero persistían aquellas medrosas sombras de las noches de asedio, pegadas a la paredes y arrastrándose por las aceras. En cambio, los árboles, mutilados de guerra muchos de ellos, reventaban de furor germinal, y se veía gente por todas partes. Había largas colas en las paradas de los tranvías y éstos transitaban repletos, dejando tras sí una estruendosa estela de timbrazos y chirridos. Circulaban escasos automóviles, de los que algunos conservaban todavía la pintura camaleónica de la guerra. En los escaparates de los comercios, presididos por retratos de Franco y de José Antonio, se advertía el esfuerzo por disimular la falta de mercancías. Por doquiera, en mil detalles, se delataban los síntomas del estado convaleciente de una ciudad que había padecido una agonía de meses y años: ruinas, vejez desportillada, servicios públicos deficientes, hombres y mujeres con trajes raídos… Aún parecían rondar por las esquinas los espectros del terror. El muñón de un árbol, el esqueleto de un banco público, el hueco del tablón de un anuncio, las ventanas sin marcos, los hoyos del pavimento, las huellas de metralla y los hierros retorcidos evocaban la larga lucha a muerte. Aquí y allá, brotaban los testigos de la desolación. Madrid aparecía salpicado de cicatrices, de vendas y esparadrapos, y apoyado en ortopedias, como un inválido que acabase de abandonar el hospital de sangre.
Los cuatro amigos, al igual que sus compañeros de aventura, perdieron pronto las ganas de hablar, atraídos por el espectáculo de la noche callejera. El torrente de la vida, en el que ellos eran como un barquichuelo varado en su margen, fluía alrededor, indiferente y esquivo. Y los presos, como obedeciendo a una tácita consigna, se esforzaban en mirar y ver, en mirar y ver y fantasear. ¿Quién sería aquel hombre que se había detenido a verlos pasar? ¿Y aquellos dos que hablaban a la puerta de un bar? ¿Y la mujer asomada al balcón? Parejas de enamorados se multiplicaban en sus retinas ávidas como en las incontables esquirlas de un espejo roto. Desde un tranvía, rostros confundidos e inidentificables, pegados al cristal, los miraban inexpresivamente durante un fugaz segundo. ¿Los miraron? Pero ¿los vieron?, ¿los reconocieron? Por más que desde su interior lanzaban vehementes mensajes: Vamos a que nos juzguen. Hemos luchado por vosotros. Somos de los vuestros. ¿Es que no nos recordáis? Pronto estaremos de vuelta, a vuestro lado otra vez. Ya lo veréis, nadie les contestó. Nadie los aplaudió. Nadie les sonrió siquiera. ¿Acaso los compadeció alguien? Tal vez, pero ellos no pudieron saberlo ni entonces ni nunca.
Olivares cerró los ojos.
(¡Cuántos de los que esta noche pasan a nuestro lado, como si no nos vieran, temerán ser también detenidos y encarcelados! Tal vez por eso se hacen los desentendidos. Bien mirado, su situación es aún peor que la nuestra. Un día cualquiera, a cualquier hora, ¡zas!, les echan el lazo y los enfrentan con una o varias denuncias anónimas sobre vaya usted a saber qué delitos… El miedo nos ha dispersado, pero, queramos o no, permanecemos uncidos, y bien uncidos, a la misma carreta. Éste es un naufragio en el que cada cual busca un tablón al que asirse para salvarse. Hay quien no piensa más que en volver con los suyos, taponarse después los oídos y no querer saber nada de nada, olvidar, seguir viviendo como sea. Pero no son todos, ni los mejores, porque hay quien no se deja avasallar por el miedo, que no abjuraría por nada, que seguirá fiel a sí mismo y a los demás hasta el fin… Nos quedan las ideas, aunque hayamos perdido todo lo demás, sin las cuales no tendría justificación nuestro pasado, ni nuestro presente, ni mereceríamos ningún futuro. Ideas, ideas, ideas… Pasaremos horas, días, tal vez años interminables hablando de ellas. Ellas son nuestra sangre y nuestro espíritu… No importan los desengaños, ni las decepciones, ni las flaquezas. Era tan resplandeciente, tan alta y pura, la cumbre que queríamos alcanzar… Era tan justo, tan humano, lo que pretendíamos conseguir… Valía la pena, ya lo creo… Por eso, la lucha fue tan encarnizada, y seguirá siéndolo, porque la guerra no ha sido más que el comienzo. Lo peor de la lucha empieza ahora… Solos, abandonados, indefensos… Y nuestra naturaleza es cobarde. Todos somos cobardes, queremos vivir. Yo también, como el que más. Mi madre, mi hermana Alfonsina, Aurora, Matilde… ¿Quieres cenar? ¿Vas a salir? ¡Adiós, Federico! ¡Buenos días, don Federico! Vamos a ver: ¿quién de vosotros sabe los nombres de los ríos y de las cordilleras más importantes de España? Sí, es cierto que el Guadalquivir fue navegable hasta Córdoba en los tiempos del Califato, y que el Mulhacén es el pico más alto de la Península Ibérica… Ven aquí tú, Vicentillo, y dime el pretérito imperfecto del verbo…, de cualquier verbo, del que se te ocurra… Anda, hombre… Bien, bien. ¿Queréis que leamos algo ahora? Ya sé que os gustan los versos… Entonces… Tú mismo, Vicentillo. ¿Cómo está tu abuelo, Vicentillo? Buen hombre tu abuelo, sí. Toma este libro. Son versos de Machado. ¡Ay, Machado, Machado! «Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón…». Pero no, no. Me gustan más estos otros, éstos, que comienzan: «Yo voy soñando caminos…». Sí, porque la vida es un camino, un camino que no deja huellas. ¡Caminos! ¿La vida es o la soñamos? Lo peor es despertar, como yo, como mis compañeros. ¿Qué vendrá después? ¿Habrá después? Y si lo hay, ¿qué haré, adónde iré? Tendré que buscar una mujer, porque Aurora, Marilú y Matilde ya me habrán dejado atrás. Le diré… ¿Qué podré decirle? Pechos morenos, temblorosos, cálidos… Muslos… ¡Ay, el sexo entre vellones oscuros! Y el vientre suave, tibio, sumiso, misterioso… ¡No! Es mejor pensar en el combate de la Mocasilla, recordar cómo trepaban los soldados por la pendiente. Pero ¿por qué se me borran tan pronto estas imágenes de la guerra? En cambio… Otra vez los pechos redondos…).
Olivares suspiró y abrió los ojos.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Nada, que ya hemos llegado.
Los camiones, en efecto, se habían detenido al pie de la mole amedrentadora del Palacio de justicia. Por entre las sombras se percibía el movimiento de los guardias apresurados y se oía el rechinar de las botas y de las culatas de los fusiles. Se les ordenó que saltaran a tierra desde las plataformas.
—Nunca he estado ahí dentro —comentó Olivares.
—Toma, ni yo —dijo Agustín.
—Pues yo sí —confesó Molina dejándose caer al suelo.
Los obligaron a formar en dos filas y los contaron otra vez. Mientras comprobaban que no faltaba ningún preso y se realizaba su traspaso entre los jefes de la escolta y de la guardia, alguien bromeó:
—Ésta es la ocasión de coger una buena ración de aire libre, muchachos. ¡A saber cuándo se presentará otra!
—¡Silencio! —ordenó un guardia, recorriendo las filas con la mirada—. No hemos venido aquí de juerga.
—Ya lo sé, cabrón —le replicó un susurro seguido de risas ahogadas.
—Pues a mí me huele a mujer. Mira que si estuviera Enriqueta por ahí —bisbiseó José Manuel escudriñando la gente que discurría por los alrededores o se detenía a mirarlos. Algunas mujeres, especialmente, parecían buscar alguna cara conocida entre ellos, pero a distancia, sin osar acercárseles.
—Yo lo que siento ahora es hambre. Sí, señor. No sé lo que daría en este momento por un buen bocadillo de anchoas en aceite —y Agustín agregó, después de un bostezo—: Anchoas en aceite o… pepinillos en vinagre. Algo. Tengo el estómago como un acordeón.
Por fin las filas se pusieron en marcha. Una ancha puerta y, luego, un amplio pasillo, sucio, gris, con ese característico olor de transpiraciones añejas que exhalan los recintos públicos. Después, una puerta de barrotes de hierro y, finalmente, un corredor sombrío, con puertas ferradas a ambos lados, repleto de mujeres de todas las edades, de pie o sentadas en sus hatos de ropa. Los guardias que marchaban en cabeza hicieron detenerse a la columna y ordenaron ásperamente a las mujeres que se alineasen junto a uno de los muros. Mientras, a los presos les llegó hasta lo más hondo aquel espeso y mareante vaho femenino.
—Se ve que las hueles desde una legua. Tienes mejor olfato que un podenco, José Manuel —sopló quedamente Agustín a su amigo.
Los ojos de las mujeres parecían uno solo, inmenso, ávido, adhesivo y seccionador como una ventosa. Dos corrientes de signo contrario, pero idénticas, se cruzaron, como dos espadas chispeantes, entre unos y otras. Pero los guardias, apercibidos, se interponían entre ambos polos como una barrera de cristal. Distribuyeron rápidamente a los hombres por los calabozos y los dejaron encerrados en ellos tras golpes y chirridos de llaves y cerrojos.
—Si alguno tiene una necesidad, que dé tres golpes en la puerta y grite el número de la celda. Pero sólo para eso —fue la última advertencia de los guardias.
Olivares y sus amigos, al quedarse solos, inspeccionaron detenidamente la pequeña estancia rectangular. Suelo, techo y paredes eran lisos, de cemento. Sobre la puerta, y protegida por una funda de alambre, la sucia bombilla derramaba una luz tan pobre que sólo lograba palidecer las sombras. Suciedad integral. Olor a orines. Letreros y dibujos. La Tomasa tiene el coño como una pasa. ¡Viva la FAI! El que no beba ni joda, que se pegue un tiro. ¡Viva Stalin! ¡Viva Falange! Para puta, la Maruja. Hoces y martillos. Testículos y penes. Yugos y flechas. Desnudos de mujer. Vaya par de tetas, compadre. Nada más.
—Bueno, esto sí que da verdadera sensación de cárcel, amigos —dijo Olivares.
—Pues ni aun así se me quita el hambre —se lamentó Agustín.
—Pues come algo, hombre —y Olivares le señaló el fardel de la comida.
Se sentaron en el suelo, en uno de los ángulos, apoyando las espaldas en los muros, e, inmediatamente, Agustín desplegó una manta y extendió sobre ella las escasas provisiones.
—¿No coméis vosotros? —preguntó.
—Hombre, no vamos a dejar que te lo comas tú todo y te dé un cólico —le contestó Molina en tono burlón.
Entonces les llamó la atención un ligero repiqueteo sobre la puerta. En seguida sonó una voz de mujer:
—¡Camaradas! ¡Eh, camaradas!
Después de mirarse, sorprendidos, se levantaron y se dirigieron a la puerta. La voz surgía de la cerradura. Luego de dar el nombre de la prisión de que ellos procedían, la voz añadió:
—¿Conoce alguno de vosotros a Félix Casavieja? Es mi marido y está preso allí.
Se consultaron con la mirada y Molina respondió por los cuatro:
—No, no lo conocemos.
Otra voz de mujer más joven preguntó:
—¿De qué os acusan?
—¿Y a vosotras? —retrucó Olivares.
—¡Huy, de todo! ¿No sabéis que en los periódicos nos llaman tiorras a todas?
Sí. Pero ¿por qué dices que os acusan de todo?
—Porque las hay con denuncias de haber asaltado el cuartel de la Montaña, o tomado parte en la muerte del obispo de Jaén, de bailar alrededor de los cadáveres de los «paseados», de pertenecer al Socorro Rojo o a la FAI, al partido comunista o a las juventudes libertarias, de insultar a las fachas y hasta de pisotear el pan que echaron los aviones fascistas… De todo. Ya te lo dije.
—¿Y a ti?
—De haber llamado carca y farsante a una vecina.
—Eso no es nada, mujer.
—¿Que no es nada? Pues a lo mejor te sale la Pepa por menos —dijo la primera voz.
—¿La Pepa? ¿Y quién es la Pepa?
—Chicos, estáis en Babia. La Pepa es la pena de muerte.
Entonces intervinieron otras voces desconocidas, que se atropellaban y se interrumpían unas a otras.
—Ya os enteraréis mejor mañana.
—¿Por qué mañana? —preguntó Molina.
—Toma, pues porque mañana os pasarán por la piedra. A nosotras, también.
—¿Os ha visitado el defensor? —volvió a preguntar Molina.
—No. ¿Y a vosotros?
—Tampoco.
—Menos mal.
—¿Por qué dices menos mal? —quiso saber Agustín.
Porque temíamos que se hubieran olvidado de nosotras. Se ve que no.
—¿Qué tal los interrogatorios? —preguntó Olivares.
Se sucedieron las exclamaciones:
—De espanto.
—De miedo.
—No quieras saber…
—¿Cómo, también a vosotras…?
—¡Huy!
—¡Claro!
—Sí, hijo, sí.
Siguió un silencio. Luego, preguntó Olivares:
—¿Tenéis miedo al consejo de guerra?
—Y cómo no, pero menos que a las diligencias. Esto es gloria en comparación, muchachos.
Tras otra pausa, inquirió Molina:
—¿Sabéis algo de la amnistía, compañeras?
—¿Y vosotros?
—Sólo lo que se dice.
—Lo mismo que sabemos nosotras. Una compañera se lo ha preguntado a un guardia y el guardia le ha contestado que sí, que la amnistía está para salir. También dice lo mismo uno de los curas que nos da pláticas en la prisión de las Ventas. Va a darnos pláticas de catecismo y sólo nos habla de la amnistía.
Y, seguidamente, las mujeres dieron la alerta:
—¡Chist! ¡Chist! ¡Cuidado!
Por los ruidos, los siseos y el repentino silencio de las mujeres, los cuatro amigos comprendieron que acababa de llegar otra expedición de reclusos, y volvieron a ocupar rápidamente sus sitios en el rincón de la celda.
—Con que la Pepa, ¿eh? —murmuró Olivares.
—Parece cachondeo —dijo Molina.
José Manuel ahogó un suspiro. Agustín, en cambio, tomó un trozo de queso y un pedazo de pan, diciendo:
—Los duelos con pan son menos, ¿no?
—Eres un energúmeno —le reconvino Molina en broma. Entonces, Agustín, alzando los brazos y con la boca llena, exclamó:
—Pero si esto es fantástico, gimnástico, orgiástico…