Los que perdimos
VI. Al remate, nos rendimos, / sin sol ni luna en el cielo…
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VI
Al remate, nos rendimos,
sin sol ni luna en el cielo…
La sucia lámpara eléctrica que luce encima de la puerta impide que amanezca en el calabozo y no percibimos el resplandor de la mañana hasta que salimos al corredor para ir a los lavabos. Las mujeres se han aseado ya someramente y esperan en corros, de pie o sentadas en sus petates. Las mayores callan, abstraídas en sus preocupaciones. En cambio, las jóvenes colman de risas y parloteo la galería. Ni los guardias, con toda su adustez y malhumor, han podido acallarlas, y han tenido que rendirse ante su zumba maliciosa. Aún huele a lecho plural y a nocturnidades íntimas. Es primero de mayo, primero de mayo de mil novecientos treinta y nueve. ¿Es posible que sea hoy primero de mayo? Pues lo es, sin duda, aunque parezca mentira, aunque sea tan diferente de aquellos otros…
(Bandadas de muchachos y muchachas esparcidos por los alrededores campestres o montañeros de cualquier ciudad o villa importante. Visten de blanco y se tocan con el gorrito, en forma de merengue, de los marinos yanquis. Van y vuelven cantando letras ingenuamente burlonas o agresivas, rematadas casi siempre por el absurdo estribillo:
¡Ay, chíviri, chíviri!
¡Ay, chíviri, chíviri, cho!
En algún lugar, otros jóvenes aprenden la instrucción militar bajo las órdenes de algún sargento u oficial del ejército. A pesar del aire conspirativo y revolucionario de tales concentraciones, se diría más bien que se trata de excursionistas domingueros aficionados a jugar un poco a la revolución en vez de representar historias de policías y ladrones, aunque alguna vez, como en cierta tarde madrileña, ya de vuelta a la ciudad, alguien, se dijo que una aristócrata muy conocida, disparase desde un coche contra ellos y matase a Juanita Rico.
—A mí me dan náuseas, Federico, estas juerguecitas campestres —dice un joven libertario—. En primer lugar, esta fiesta es nuestra, de los anarquistas. Nosotros la celebramos de otra manera. Nos reunimos para discutir puntos doctrinales o programas de acción, para oír conferencias de los compañeros más experimentados y solventes, o para recordar a los mártires de Chicago, que así es como debe ser, y no con estas mojigangas a que son tan aficionados nuestros marxistas de pega. ¿Y para esto se han apoderado de nuestra fiesta, que no es una fiesta, sino una conmemoración? Ya veremos lo que hacen los del chíviri cuando llegue la hora de la verdad.
—¿Crees que llegará pronto?
El joven libertario tiene una mirada fría y pungente. Sus finos labios son como los bordes de una herida fresca. Es inflexible y vive sólo para su idea, para su alucinante aventura revolucionaria. Ama con absoluta entrega. Decide con rigor y sin miedo. Se llama Cruz y debe de ser temible.
—¿Y tú qué piensas?
—No sé.
—Pero ¿es que no hueles ya a chamusquina, Federico?
No fuma. Odia el alcohol. Su novia, libertaria como él, estudia el bachillerato y es la que enarbola la bandera rojinegra en las manifestaciones.
El anochecer es rumoroso y cálido el día primero de mayo de mil novecientos treinta y seis. La luz se desmaya de cansancio en los confines del horizonte. La paz de los campos y la pereza del mar en calma se desploman sobre la ciudad y la arropan suavemente.
Cruz me mira y sonríe difícilmente.
—Yo creo que son las ganas —digo.
—Claro, vosotros, los pestañistas…
—¿Qué?
—Tranquilo, hombre. Ya sé que sois buenos, pero llegáis tarde, Federico. El tiempo de las contemplaciones ha pasado. ¿Qué puede esperarse después de Lerroux y de Gil Robles? ¿Quieres que nos quedemos con Azaña para siempre? —Vuelve a reírse con dificultad y añade—: No, compañero. Están los marxistas, que van a lo suyo. Y estamos nosotros, que sabemos lo que queremos.
Es la hora en que las novias se preparan para asomarse a las rejas con un ramo de jacintos o de nardos en el pelo, pálidas y exigentes en la oscuridad.
—¿Qué, qué es lo que queréis?
—La revolución.
—¿Cuál?
—La nuestra, hombre. Supongo que vosotros la aceptaréis y la apoyaréis, ¿no?
Si sois capaces de hacerla…
—Ya lo verás. ¿O es que lo dudas?
—Es que no veo la cosa tan sencilla. Vuestros proyectos me parecen demasiado simples.
—Fíjate en que todo lo importante es simple: el cambio de las estaciones, el rodar de los astros, el nacer y el morir… Tú eres un intelectual y lo complicas todo.
—Está bien, y ¿cuándo crees que caerá la breva?
Piensa un momento, los ojos perdidos en los últimos grupos de excursionistas que regresan.
—Depende. ¿Un año más? Tal vez dos, pero puede que no tarde tanto.
Pasa un grupo de jóvenes, con camisa azul y corbata roja, cantando la Internacional, y Cruz comenta:
—Están verdes. No saben nada de nada.
—¿Y vosotros?
Se queda serio, chispeando sus ojos verdinegros.
—Nosotros sabemos que tenemos que morir. ¿Te parece poco?
—Hombre, todos estamos de acuerdo en que la muerte es la única verdad que no admite dudas.
Sí, pero los demás no cuentan con ella. Nosotros sí.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Pues que nos da lo mismo que la muerte venga antes o después, si el antes es a causa de la revolución, ¿comprendes ahora? Yo prefiero morir luchando por la revolución a vivir cincuenta años más, para morir finalmente como vivo ahora.
—¿Y tu novia piensa lo mismo?
—Claro.
—¿No os queréis?
—¿Seríamos novios si no? Nadie nos obliga a ello.
—Pero ¿no sería más deseable vivir muchos años para amaros?
—En una sociedad como ésta no vale la pena. Nos desmoralizaríamos, nos cansaríamos el uno del otro, uncidos, arreados, con los hijos a cuestas. Mira alrededor y verás que es eso lo que pasa. En cambio, en nuestra sociedad libertaria, seremos libres, en amor y en todo…).
En el cuarto de lavabos, rezumante, maloliente y frío, hay que guardar cola para todo. Hay quien da saltitos o se retuerce para contener la apremiante exigencia de sus intestinos o de su vejiga. Algunos, que no pueden resistir más, orinan alrededor del que aligera el vientre sobre la taza turca, salpicándole. Agustín y José Manuel nos guardan sitio en la cola de los lavabos mientras que Molina y yo se lo reservamos a ellos en la de los retretes. Digo a Molina:
—Al ver a todos estos tan despreocupados, al parecer, de lo que los aguarda, nada menos que un consejo de guerra, me ha venido a la memoria el recuerdo de otros primero de mayo, especialmente el del año treinta y seis.
—Apunta para otro sitio, coño —protesta alguien, encolerizado.
—Perdona, hombre. Es que no podía aguantarme más.
—Qué perdona ni qué leche. Lo que hace falta es tener mejor puntería.
Molina fuma y me da un cigarrillo.
—Así —me dice— se defiende uno mejor contra los malos olores. —Cuando enciende el cigarrillo prosigue—: Me había olvidado ya del día que es hoy. Sí, aquellos primero de mayo…
—En la tarde del último, en el del treinta y seis, conocí a un joven libertario que se llamaba Cruz. Hablaba de morir por la revolución como si tal cosa. ¡Quién nos hubiera dicho entonces que estábamos a menos de tres meses del estallido de la guerra! Ni él, con todo su optimismo y toda su impaciencia, podía sospecharlo.
—Es verdad —asiente Molina pensativamente—. ¿Te acuerdas de aquella litografía que generalmente ocupaba un testero en las bibliotecas de los ateneos libertarios y en la que aparecía un reloj cuyas agujas señalaban el postrer minuto anterior a la hora de la revolución? Pues ya ves: después de tantos años de estar esperando que sonase, las campanadas de la revolución nos pillaron desprevenidos… —Hace una pausa y me pregunta—: ¿Y qué fue de aquel joven libertario?
—Murió el mismo 19 de julio en un tiroteo.
Le llega su turno para ocupar el retrete y callamos. Agustín, por su parte, ya se ha lavado la cara y viene a sustituirme. Y yo corro al lavabo.
Los últimos se ven apremiados a terminar rápidamente. Algunos salen abrochándose los pantalones y otros escurriéndose los cabellos y la cara con las manos. Casi a empellones nos meten de nuevo en los calabozos que alguien, en nuestra ausencia, ha baldeado. El piso del nuestro está húmedo, y sentimos frío. Molina propone que paseemos en fila india para desentumecemos, y empezamos a dar vueltas y vueltas hasta que José Manuel se detiene, mareado. Los demás hacemos alto también y nos quedamos muy juntos, de pie en un rincón, arropados con nuestras mantas. Ninguno tiene ganas de hablar. Agustín está pálido, terroso, de desfallecimiento. José Manuel, el más débil de todos, es también el más abatido. Para mí que llora por dentro. En realidad, es casi un niño. Cubano, católico, poeta e indiferente en política, ¿qué hace aquí? Además, tiene una hijita. ¡Pobre José Manuel! Molina es otra cosa. Molina es un veterano. Ha pasado por la cárcel en varias ocasiones, siempre por delitos políticos y sociales, y está acostumbrado a todo esto. Suele decir que la cárcel es descanso entre dos combates. Quiere mucho a su mujer, pero ella está avezada a estos contratiempos. ¿Y yo? Bueno, yo soy un novato y este episodio significa para mí una experiencia interesante… siempre que no dure mucho. Y la verdad es que tengo miedo. No es una huelga lo que hemos perdido ni estamos aquí por una algarada de más o menos. No. Hemos perdido una guerra a muerte, y eso es grave, muy grave. Lo peor de todo es que entre tantos odios, rencores, violencia y muerte, se ha perdido el respeto a la vida humana. ¿Y quién nos defenderá? La derrota se ha llevado las organizaciones, los partidos y los sindicatos. Antes, cuando un revolucionario iba a parar a la cárcel, sus compañeros y correligionarios podían actuar en su favor desde fuera. La Prensa y los oradores se ocupaban de él. Había movimientos de opinión que reclamaban su libertad. Le defendían buenos abogados en los tribunales y diputados adictos en el Congreso. Él y su familia eran socorridos económicamente. Podía convertirse en héroe. De hecho, casi todos los dirigentes políticos han pasado por el noviciado de la cárcel. Pero ahora… Nadie puede preocuparse por nosotros, porque tiene bastante cada cual con preocuparse de sí mismo. Estamos solos. Y, a pesar de ello, la mayoría de los compañeros no quieren darse cuenta del peligro que nos acecha. La gente prefiere tomar a broma la situación. Espera la amnistía. Hala, todos a la calle.
Aquí no ha pasado nada. Borrón y cuenta nueva. ¡Viva Franco! ¡Viva España! Y otra vez a empezar. Ni siquiera se toma en serio la pena de muerte. La llaman la Pepa. Al principio, también se reían de la guerra. La Pepa es como el café de Mola, como los desfiles por la calle de Alcalá, como las excursiones de los primero de mayo… Verbena. Pura verbena. Pero esto no es una verbena. Claro que no…
De pronto, los ruidos del corredor nos sacuden y espabilan. Órdenes. Toses. Advertimos que son evacuadas las mujeres por el rumor de sus pasos y de sus sordos adioses. Sigue un silencio y, a continuación, percibimos el chirrido de algo metálico que es arrastrado por el suelo y el de las puertas girando sobre sus goznes. Cruzamos entre nosotros miradas interrogantes, pero permanecemos mudos, a la expectativa. Pasan así unos minutos y, luego, suena la llave en la cerradura de la puerta de nuestro calabozo. Nos erguimos. Es abierta la puerta y, en su marco, vemos primeramente una caldera humeante. Después, dos guardias y un hombre con un cazo en la mano.
—¡El café! —dice un guardia—. ¡Rápido!
Ya Agustín ha sacado del talego los platos de aluminio y nos los reparte. No es café, por supuesto. Es una agua negra, ligeramente edulcorada, que, como está caliente, nos reconforta. La bebemos con tanta ansia que no nos damos cuenta de que han desaparecido los guardias, el ranchero y la caldera y se han olvidado de cerrar la puerta. Agustín, que es el primero en apurar su ración de aguachirle, se asoma con precaución y luego nos hace señas para que nos acerquemos. El largo corredor está vacío y las celdas han quedado abiertas tras el reparto del desayuno. Los demás prisioneros asoman también la cabeza y nos preguntan con la mirada lo mismo que nosotros quisiéramos saber. El silencio nos contiene a todos, y, cuando los guardias abren la última celda, uno de ellos se vuelve para gritarnos:
—Salgan y formen en filas de a dos. Pero dejen en las celdas las mantas y todo lo demás. ¡Rápido!
Obedecemos apresuradamente y empezamos a hablar.
—¿Adónde nos llevarán? —nos preguntamos todos, unos a otros.
—Las mujeres nos dijeron que nos sacarían para ir a juicio.
—¿Pero así, sin más ni más?
—Y yo qué sé.
Más preguntas y respuestas incongruentes:
—¿De qué cárcel venís vosotros?
—¿Es verdad que piden la Pepa por nada?
—¿Habéis visto qué valientes son las gachís?
—Habla bien, coño. Son compañeras.
—Y de la amnistía ¿qué?
—¿De la amnistía?, ¡leches!
—¿Cómo? ¿Qué dices?
—Que no sé nada, hombre.
—Pero se rumorea.
—Lo dice todo el mundo, es verdad.
—¿El qué, lo de la amnistía?
—¿Es que estamos hablando de fútbol?
—También dicen que te ponen la Pepa en broma, pero que luego te fusilan de veras.
—¡Qué van a fusilar!
—Entonces, ¿por qué ponen la Pepa?
—Porque son unos cachondos, compañero.
—Unos cachondos, ¿eh?
—Claro. Tienen que hacer algo para meternos el resuello en el cuerpo. Pero de ahí no pasan, ya lo verás…
Un guardia grita:
—¡Silencio!
Entonces cuchicheamos. Molina me dice:
—Yo creo que nos llevan a algún sitio donde podamos hablar con nuestros defensores.
José Manuel rompe su largo mutismo:
—¿Queréis que se lo pregunte a un guardia? Yo creo que es lo mejor para salir de dudas.
Y antes de que podamos contestarle se separa de nosotros y se dirige al encuentro de los guardias. Le vemos detenerse ante uno de ellos, saludarle con el brazo extendido y hablarle.
No podemos oír lo que dice ni lo que le contesta el guardia, pero, tras repetir el saludo fascista, vuelve a donde nos encontramos y nos informa:
—Amigos míos, de aquí vamos a consejo de guerra.
El más desconcertado es Molina.
Los guardias nos ordenan marchar en dos filas. Abren la puerta de barrotes de hierro y salimos al gran pasillo por donde llegamos la noche anterior. Yo voy emparejado con Molina, que parece sumido en penosas cavilaciones. Los demás callan también y observan.
La luz de la mañana me deslumbra al principio y luego despierta en mí una tumultuosa, efervescente sensación de vida que casi me ahoga. La sangre se atropella y derrama calor por todo mi cuerpo. Siento el golpeteo del corazón y cómo se me templan las cuerdas viriles. Se me han olvidado el cansancio y el hambre de una noche turbia, y subo la escalinata con la misma ligereza y el mismo alborozo con que, en otras circunstancias, he corrido por una playa o he trepado, con viento fresco de frente, por la ladera de una colina. Pronto cumpliré años. Tal día bailábamos en la azotea de mi casa hasta que se hacía de noche, y Aurora era mi pareja de toda la tarde. A veces, apretaba su cuerpo contra el mío con tal fuerza que, en algún momento, ella se quejaba dulcemente de que no la dejaba respirar. Yo le besaba las mejillas acaloradas y, con el pretexto de decirle algún secreto al oído, le mordisqueaba los carnosos lóbulos de las orejas. Su rostro ardía todo el tiempo como una lámpara de tibios y rosados resplandores. Cuando abría sus ojos para mirarme desde el fondo de sus entrañas conmovidas, aparecían húmedos y enturbiados. Era un largo y delicioso suplicio que continuábamos por la noche, en su ventana, entre besos y silencios.
Hacemos un alto. ¿Qué pasa? De frente viene otra columna de hombres como la que formamos nosotros. La dejamos pasar y después seguimos hasta detenernos finalmente ante una gran puerta cerrada. Nos encontramos en una galería a la que asoman otras grandes puertas, ante cada una de las cuales aguardan largas filas de hombres y mujeres. Por entre las formaciones de los reos se mueven los guardias y también algunos curiosos que no se atreven a acercársenos, pero que nos envían con la mirada mensajes de simpatía y adhesión.
De pronto se abren las puertas y se nos ordena entrar en la sala que hay tras ellas. Es una sala de audiencias, con estrado y asientos para el público. Está vacía y huele intensamente a aire viciado. Su luz es gris y polvorienta. Inmediatamente percibo una bocanada de tristeza y desolación, y toda la plétora visceral que sentía momentos antes se me apaga. La sangre se me aquieta y el corazón se agazapa a la defensiva. En cambio, en mi cerebro se encienden todas sus luces.
Nos hacen sentar. Yo lo hago en el primer banco y quedo entre Molina y José Manuel.
—No me gusta nada esto, Federico —me dice José Manuel.
—Tampoco me gusta a mí —le contesto.
Molina sigue ensimismado y Agustín se entretiene en mirar alrededor como si curioseara en un campo de fútbol. Echo yo también una ojeada en torno y veo que los reos ocupamos dos filas de bancos y que cierran el cuadro varios guardias. Detrás, aparecen algunos curiosos, cinco o seis, diseminados entre los asientos para el público.
El juicio comienza inmediatamente. Por las puertas de estrados entran varios hombres uniformados. A su aparición se nos obliga a ponernos en pie y, cuando los jueces han tomado asiento, nos manda que tomemos asiento. El presidente declara abierta la audiencia pública, con voz carrasposa, y en seguida entra en funciones el relator, que lee algo, poco, y en tal forma que apenas si entendemos que se trata de un relato de tropelías, crímenes y responsabilidades gravísimos. Mi nombre y los de mis amigos suenan mezclados con otros, pero no puedo discernir cuál es la parte que nos toca a cada uno en el reparto. Inopinadamente termina la lectura y en el silencio que sigue revolotean las preguntas entre los reos. Y ahora, ¿qué?, nos decimos con los ojos Molina y yo. Y nos decimos también ¿qué quiere decir esto? Y no nos respondemos nada. Es el presidente el que nos contesta:
—La acusación tiene la palabra.
Y el fiscal empieza:
—Con la venia.
Todo es tan apagado, tan susurrante, que me parece un sueño. Hemos llegado hasta aquí tranquilamente, sin que nadie nos haya increpado, maldecido o insultado en el camino, y sin que nadie tampoco haya abogado por nosotros. No nos ha sido posible adoptar una actitud gallarda. ¿Ante quién, contra quién enardecernos? Hubiera sido ridículo. Nos hemos deslizado rodeados de silencio, indiferencia y frialdad. A pesar de todo, en el 93 de Francia cabía la satisfacción de ser protagonista de una tragedia cuando, entre gritos e insultos, arrojaban a uno a la barra del tribunal revolucionario. Era víctima, sí, pero una víctima que podía revolverse y pelear frente a la acometida de los adversarios. Fouquier-Thienville acusaba con elocuencia siniestra, desde luego, pero era una elocuencia resonante, llena de grandes palabras, en una sala caldeada por la pasión de un público enfurecido. Era una gran representación de cara a la posteridad. Y el reo tenía también ocasión de lucirse. Podía gritar, despreciar, acuñar frases. Los reos entraban en la Historia clamorosamente. Así lidiaron con la muerte los girondinos, y Dantón, y Desmoulins, y tantos otros, reaccionarios y revolucionarios, víctimas y verdugos, inocentes y culpables… ¿Y nosotros? Miro al fiscal y lo veo lejano, desvanecido. ¿Qué es lo que está diciendo?
—Los hechos expuestos, que resultan probados, son constitutivos de un delito de adhesión a la rebelión exactamente tipificado en los artículos 238 y 239 del Código de Justicia Militar en relación con el bando declarativo del estado de guerra, debiéndose estimar por el Consejo como concurrente la circunstancia agravante de perversidad y trascendencia de los hechos, a que se refiere el artículo 173 del mismo cuerpo legal…
Hace una pausa. ¿Contra quién se dirige el fiscal? Molina y yo nos miramos otra vez y siento que José Manuel me da un suave codazo. En la sala hay un silencio de desván. Pienso que no hay nadie. ¿Y si todos fuéramos únicamente fantasmas? Los del tribunal yacen reclinados sobre los respaldos de sus sillones. Y ese joven rubio sentado a la izquierda del tribunal, ¿quién es? Apenas levanta la vista del papel que tiene delante. Vuelve a hablar el presidente con su voz de tabaco:
—Ahora, vayan poniéndose en pie a medida que los nombren.
Hace una seña al fiscal y éste continúa.
¿Qué? ¿Mi nombre? ¿Pena de muerte? Me pongo en pie inconscientemente. No me tambaleo. Ni siquiera me tiemblan las piernas. Eso sí, me parece que floto. Soy ingrávido. Me han levantado las miradas que me punzan por detrás, por delante, por los lados… Si siguen empujándome, llegaré a dar con la cabeza en el techo… Pero el presidente paraliza mi ascensión con un movimiento de su dedo índice y empiezo a bajar, a bajar y bajar hasta quedar otra vez sentado. Automáticamente. Ahora hay como un gran disco luminoso ante mí, que gira y gira mientras oigo otros nombres: Molina, José Manuel, Agustín…, y muchos más. El disco luminoso se aleja por el aire hasta perderse de vista y tras él aparece un campo herido por las explosiones de los obuses y las bombas. Es una llanura árida, sin confines, salpicada de embudos siniestros. Se ven esparcidos por ella innumerables cadáveres de soldados con las manos crispadas y los rostros vueltos hacia arriba. Una gran multitud de combatientes desharrapados, macilentos y silenciosos, entre los que me encuentro yo, marcha penosamente, a rastras casi, hacia el confuso horizonte, desde cuyo fondo avanzan hacia nosotros una gran nube de polvo y un estruendo ensordecedor. Nos detenemos despavoridos, y entonces vemos surgir de la polvareda la figura de un joven rubio que monta en pelo un nervioso caballo blanco. Jinete y cabalgadura flotan en la luz y aumentan de volumen a medida que se nos acercan. En la expresión de mis compañeros advierto un resplandor de asombro y de esperanza. Suena una voz:
—La defensa tiene la palabra.
En Molina resplandece la esperanza.
José Manuel parece en éxtasis.
Agustín se ha quedado con la boca abierta.
El resto de los compañeros, grises, inmóviles, aguarda sin respirar.
El jinete rubio empieza a hablar sin mirarnos y el aire se lleva sus palabras antes de que podamos oírlas; pero, súbitamente, cesa el viento, se desvanece la polvareda, se oscurece el horizonte, el caballo se transforma en una silla de madera, y oímos:
—… pido para los acusados la pena inmediata inferior.
Otra vez estamos en la sala de audiencia y el silencio se desploma sobre nosotros. El joven rubio nos mira tímidamente. Nos miran también los jueces. Y nosotros miramos al joven rubio y a los jueces. ¿Qué ha pasado? ¿Qué está ocurriendo?
—¿Tiene algo que alegar alguno de los procesados? —pregunta el presidente con su voz de tabaco.
¿Alegar? Yo alegaría. Sí, pero ¿qué? ¿Contra quién? Tendría que alegar contra la derrota, única causa de que yo esté aquí. Pero ¿cómo voy a echar en cara a los ganadores su victoria?
No digo nada. Nadie alega nada. En vista de ello, los jueces se ponen en pie y a nosotros se nos grita la orden de hacer lo mismo. ¡En pie! Después, los jueces desaparecen por la puerta de estrados y nosotros salimos de la sala de audiencia formados en filas de a dos.
El sol me deslumbra otra vez al pisar la galería. Tenemos que abrirnos paso entre las filas de los que aguardan su turno para ser sometidos a la prueba que nosotros acabamos de pasar.
—¿Qué, muchas Pepas? —preguntan los que esperan.
—La tira —contesta alguien entre nosotros.
—Esto no puede ir en serio —comenta Molina—. Yo creo que se trata, ni más ni menos, de un paripé para aplacar a las víctimas de nuestra zona.
—Paripé o no —dice Agustín—, tengo entendido que el fiscal ha pedido nuestras hermosas cabezas.
—Sí —replica Molina—, pero es cosa que entra en el juego.
Yo sólo digo:
—Y ahora ¿qué?
Los guardias no nos impiden hablar, pero nos obligan a acelerar el paso. Mientras descendemos por la escalinata no hago más que repetirme a mí mismo la pregunta: Y ahora ¿qué? Es como si me encontrara de pronto en un paraje desconocido, en un cruce de sendas cuyas direcciones ignorara, y estuviese solo, y no supiera nada. Porque en este momento he olvidado todo y se interpone una polvareda que no me permite ver ni recordar lo que he dejado atrás en mi vida ni tampoco lo que aún puede haber delante de mí. Soy incapaz de razonar.
—No te sulfures, ni te moltures ni te tortures —oigo decir a Agustín.
—¿Estaremos locos? ¿Seremos víctimas de una broma o de un mal sueño? Porque ¿cómo puede seguir bromeando Agustín?
—Esto es apocalíptico, sicalíptico, apodíctico…
—Vayamos por partes… —empieza a razonar José Manuel.
Ah, sí. Ahora recuerdo. Pero ¿de verdad me dijo Aurora una noche…? Prométeme antes que no te enfadarás, porque, si no, no te lo digo. Pues claro que te lo prometo, mujer. —Bien, Federico. Me han echado las cartas, ¿sabes? Yo no quería, pero se puso tan pesada la gitana… Ya sabes cómo son. Me comprendes, ¿verdad? —Naturalmente que sí, Aurora. ¿Y qué te ha dicho la gitana? —Cosas buenas y malas, más buenas que malas. Pero no te las voy a contar todas. Te diré una sola: que dentro de treinta años nos veremos reunidos en esta misma sala mi madre, ya vieja; tú, con el pelo casi blanco, y yo, un poquito, bueno, un muchito más gorda.
Gitanerías, zalemas para obtener una limosna sin pedirla descaradamente. Bobadas. ¿Cómo puedo creer ahora que viviré tanto tiempo? Acaso no me queden ni horas de vida. Quizá esta misma noche…
—Hay que tener en cuenta —arguye Molina— que vamos a ser muchos, muchísimos, los juzgados y condenados, y que… Pero yo sólo tengo una preocupación, y cuando penetramos en el sombrío corredor de las puertas ferradas, me pregunto a mí mismo, sin darme cuenta esta vez de que hablo en voz alta:
—¿Y adónde nos llevarán desde aquí?
Estamos ante la puerta de nuestro calabozo. Mis compañeros enmudecen y yo no me contesto porque la respuesta me horroriza.
Cuando de nuevo quedamos encerrados en el calabozo, observo que mis compañeros acusan un gran cansancio. Olivares, sentado frente a mí, fuma en silencio, con los ojos cerrados. José Manuel se ha cubierto la cabeza con la manta. Es Agustín, como siempre, el que aparece menos afectado. Tal vez las emociones le provoquen el apetito, porque se sujeta en la oreja el cigarrillo sin encender, coge el talego de las provisiones y me hace una seña como invitándome a comer o pidiendo mi consentimiento, ya que soy el único que permanece alerta, para echar un bocado. Le hago un signo negativo con la cabeza y él se encoge de hombros como si no comprendiese mi inapetencia. Luego, abre el saco y contempla lo que contiene: media gallega, un trozo de queso y algunas onzas de chocolate. Parece que duda. Vuelve a mirarme de reojo y yo hago como que estoy abstraído en mis cavilaciones, pero no dejo de espiarle con disimulo. Agustín presume de comilón. Le he oído decir que una vez se apostó a que se comía treinta bocadillos con sus respectivas cañas de cerveza, y que ganó la apuesta. Según cuenta, padeció en su infancia síntomas de epilepsia y una curandera recomendó a sus padres que sólo lo alimentasen con fruta y verduras. Naturalmente, tenía que ingerir grandes cantidades de forraje para poder sostenerme. Se me curó la epilepsia, sí, pero se me dilató el estómago. Lo tengo como un saco y he de llenarlo siquiera una vez al día con lo que sea, pues, de lo contrario, me desmorono, suele repetir. Y parece cierto, porque cuando está en ayunas se le desencajan las facciones, le tiembla la barbilla, se le enronquece la voz y su rostro adquiere una tonalidad terrosa, color de cadáver según Federico. También presume de agudo, de ser un poco cínico y despreocupado. Federico le toma el pelo, a veces, diciendo que las salidas de Agustín son tan agudas como las puntas de un colchón. Pero es inteligente, de rápida comprensión y posee una excelente memoria. Se sabe discursos enteros de Azaña, de Prieto y de Pestaña, y conoce los nombres de todos los jugadores de fútbol que ha habido y que hay en los equipos federados españoles. Es entendido en tauromaquia y puede citar de corrido la lista de los mejores lidiadores, con las fechas de sus nacimientos y muertes, como asimismo la filiación de los toros que adquirieron triste celebridad como homicidas. Me da vergüenza seguir espiándole y cierro los ojos. Vamos a ver qué ha ocurrido. No hay duda de que el fiscal ha pedido para los cuatro la pena de muerte. Bien. Pero ¿hay que tomar el resultado al pie de la letra? Pese a lo mal que leía el relator, yo he entendido muy bien que a nosotros no se nos complica en ningún hecho criminoso, lo que quiere decir que nos aplicarán la norma que han venido pregonando: el que no tenga manchadas las manos de sangre o robo, no tiene nada que temer. Eso está bien. Claro es que nos van a cobrar de algún modo nuestra participación en la guerra. Sí, nos mandarán a algún campo de trabajo cierto tiempo. Iremos a formar parte de las brigadas encargadas de reconstruir los puentes, las carreteras y los edificios destruidos… Seremos jornaleros sin jornal. En el fondo, un castigo político. Olivares me echa muchas veces en cara mi optimismo, pero es que no puede ser de otra manera… Nadie pretendió el 18 de julio cometer un crimen. El que más y el que menos se lanzó a la calle para salvar al país. ¿Que se mezclaron bajas pasiones y que éstas llegaron a extremos pavorosos? De acuerdo. Aquí y allá se mató por venganza, por odio y por fanatismo y, en muchos casos, ni por eso, sino simplemente por la morbosa complacencia de matar, como los cazadores. ¿Por qué el asesinato tiene para algunos tan irresistible atractivo? Es un misterio. Ese mismo misterio que empuja a un hombre a violar a una mujer. Porque ¿cómo se puede gozar de una mujer poseyéndola a la fuerza cuando basta un simple gesto de desgana o de resignación en ella para que se nos afloje el deseo? Pues se viola. Y hasta se violan niñas. ¿Qué nos pasa a los hombres? Pues que en el fondo continuamos siendo bestias o que, al menos, nos queda todavía dentro una gran parte de bestia sin domar. De Perogrullo. De Perogrullo será, pero se nos olvida. De ahí lo peligroso que resulta siempre provocar una guerra. Es abrir la esclusas y decir ¡Mata!, ¡Mata!, ¡Mata!… ¿Qué importa cuándo y cómo mate? ¿Cómo se puede juzgar entre una muerte y otra? ¿Es lícito despanzurrar a un grupo de enemigos con una bomba de mano o triturarlos con la cadena de un tanque, e ilícito fusilar a un grupo de prisioneros? ¿Por qué? Se puede juzgar y fusilar a un enemigo y, sin embargo, está prohibido fusilarlo sin el trámite de un juicio cuyo resultado está ya previsto. Un soldado descubre que otro soldado de enfrente busca un lugar solitario para aliviar una necesidad fisiológica, lo enfila con su fusil y espera a que se quede quieto y tranquilo, tal vez pensando en la carta que acaba de recibir de su novia o en la partida de naipes con sus compañeros que ha dejado interrumpida, y entonces dispara y lo mata. ¿Esto no es también un asesinato? Si asesinato es ametrallar a unos cuantos hombres indefensos junto a una cuneta o a las tapias de un cementerio, ¿por qué no ha de considerarse lo mismo, o peor, descargar bombas ciegas sobre una ciudad? ¿Dónde está el límite entre el homicidio justo y el injusto? ¿Cuándo se puede matar y cuándo no? Pero ¿es que existe el homicidio justo? Y en una guerra civil aún resulta todo esto mucho más indescernible. Un hermano está en un bando y otro hermano en el contrario. Padre e hijo combaten bajo banderas irreconciliables. Lo que para unos es meritorio, para los otros constituye delito, y viceversa. ¿Cuál de los hermanos tiene derecho a matar, es al padre o es al hijo a quien le está permitido hacerlo? ¿Quién de aquéllos o de éstos es el asesino y cual el héroe? Además, muchos están en uno o en otro bando por razones geográficas tan sólo. A nadie se le permite escoger. Ah, si se les deja escoger, lo más probable es que la mayoría no se decida por ninguno de los bandos contendientes. ¿Entonces? Entonces, ah, entonces… ¿No estaremos ante un monstruoso crimen colectivo? Si es así, todos los que toman parte en una guerra civil son matadores, porque se puede ser matador de muchas maneras: apretando el gatillo, o consintiendo, tolerando, alentando y glorificando a los que lo aprietan. Ello quiere decir que en una guerra civil todos somos culpables. Tiene razón Olivares cuando dice que la guerra es una herencia a la que no podemos renunciar. Naturalmente, sus valores y créditos son para los ganadores, y a los perdedores les toca cargar con sus deudas. ¡Los perdedores! Los hay entre los que ganaron como hay ganadores entre los que perdieron. Así no es posible deslindar bien los campos. No sabernos ni quién es verdaderamente culpable ni quién es verdaderamente perdedor. ¿Y yo? Responsable sin duda alguna. Llevo quince años trabajando por la revolución: huelgas, campañas de Prensa, mítines, asambleas, manifiestos… He vivido para la revolución. Gracias a mí y a otros muchos como yo, los explotados y los humillados han comprendido su condición de víctimas en una sociedad injusta. Gracias a mí y a otros, muchos han sido capaces de rebelarse contra ella y, en la primera ocasión, no han dudado en destruirla. Como han podido. Como han sabido. De mala manera. Atropelladamente. Sin éxito. Hemos fracasado. Responsables: nosotros, yo. ¿Y Olivares? Menos. ¿Y Agustín? Mucho menos. ¿Y José Manuel? Nada. Yo soy el más responsable. Comprendí, a los pocos días de estallar la guerra, que la revolución se nos escapaba. Pero ya era tarde. Olivares llega a Madrid diciendo: Vengo de Málaga y Cartagena y no me gusta nada de lo que he visto allí, porque no hay un orden revolucionario, porque la guerra lo corrompe todo, porque no existe espíritu creador, porque no se parece a lo que yo tengo leído de la Francia del 89 y de la Rusia del 17. Estoy confuso, porque sin revolución las masas no son capaces de hacer la guerra y con revolución no es posible ganar la guerra. ¿Qué me dices tú? Que ya verás lo que hay por aquí. Igual. Pero no tenemos opción. Treinta y dos meses de lucha sin opción. Ahora, claro, responsable. No hay salida. Es decir, que no hay opción tampoco ahora. ¿Perdedor? De momento, sí. A la larga, no. El desarrollo histórico es incontenible y nosotros marchamos a su aire. Eso es lo que importa. Lo verdaderamente descorazonador, desesperante, sería quedarse sin fe, sin viento en la velas. Y ése no es nuestro caso. A esperar. Rosario está acostumbrada. No tenemos hijos. No tenemos nada fuera de nosotros. ¿Qué nos pueden quitar? Nada, porque tampoco el deseo sexual es gran cosa ya para nosotros. ¿Separados? Es doloroso, pero soportable. Ya volveremos a estar juntos. Lo único que importa es que Rosario no se desmoralice. Y que estos compañeros míos tampoco se desmoralicen. Olivares aguantará bien. Es un idealista. Un romántico. Y no tiene mujer ni hijos. Le queda mucho futuro y él lo sabe. A Agustín le salva su inconsciencia. No es más que un muchacho y no flaqueará. José Manuel es diferente. Le esperan en la calle una mujer joven y una hijita. No siente nuestras ideas. No le importan mucho. No le importan nada. Habrá que sostenerlo. Es sensible a la amistad y muy inteligente. Poeta y casi un niño. Tendremos que arroparlo, mimarlo… El hecho de que le hayan condenado junto con nosotros y a la misma pena indica que estos juicios no tienen más objeto que dar una satisfacción espectacular a los familiares y amigos de los asesinados en esta zona. Así se calmarán y luego… ¿Cómo se puede condenar en serio a un hombre como José Manuel? ¿Por cubano y católico y por haber estudiado en El Debate? Si es por haber sido redactor de un periódico durante la guerra, ¿cuántas penas de muerte tendrían que aplicarme a mí, que he sido su director? Que no, que no puede ser… No hay que asustarse. Necesitamos paciencia, eso sí, mucha paciencia. Paciencia y barajar… Hay que ver lo que nos guarda la vida… Yo, ferroviario, factor, tenía que haberme resignado a vivir con poco más de cuarenta duros al mes. Y como yo, miles. ¿No te conformas? Mi padre se conformó, ¿y qué? Miseria, miseria y miseria. Yo, al menos, he hecho lo que he podido, por mí y por los demás. Y aquí estoy, condenado a muerte, en un calabozo, tan tranquilo. Bueno, tranquilo… Sí, tranquilo. Porque, de todas maneras, si llegaran a ejecutar la sentencia, ¿qué? Condenados a muerte estamos todos desde que nacemos. Claro que yo no quisiera morir ahora. Eso de los balazos en frío… Pero no, que no. Que no puede ser, hombre. ¿Eh? Parece que se rebullen mis compañeros. Sí, Olivares me mira muy sonriente.
—¿Dormías? —me pregunta.
—Pensaba, que no es lo mismo.
—Entonces hablabas solo.
—¿Qué he dicho?
—Nada. Movías la cabeza.
—¡Ah!
—¿Y qué?
—Nada importante.
Federico vuelve a sonreír.
—Ojalá aciertes.
Agustín, por su parte, zarandea suavemente a José Manuel.
—¡Eh! ¡Eh!
José Manuel se descubre la cabeza y nos mira. Tiene los ojos enrojecidos. ¿Habrá llorado? Pero no.
—Chicos, me he quedado dormido —se excusa.
—Pues eres un tío con toda la barba. Hace falta mucho valor para dormirse tan despreocupadamente después de un consejo de guerra en que le han pedido a uno el cuello.
—No es valor, Federico —se defiende José Manuel, casi ruborizado—, es sueño lo que hace falta. Y yo tenía mucho.
¡Caramba! Ya está Agustín sacando otra vez los platos. Este hombre no piensa más que en comer. Dice:
—Pues a mí no me ha dejado dormir el hambre.
—¿Qué hora es? —pregunto.
Olivares se palmotea los muslos y se pone en pie.
—Y cómo quieres que lo sepamos dentro de esta mazmorra y sin reloj —se estira y añade—: Puede ser cualquier hora. Para mí ya han pasado días, tal vez semanas, desde el consejo de guerra.
El caso es que comparto esa sensación. Me encuentro cansado, muy cansado, y ahora mismo no sé por dónde anda el tiempo. ¿Cuánto duró el consejo de guerra? ¿Un minuto? ¿Un día? ¿Tres años? Pero ¿ha tenido lugar o es sólo un sueño? A lo mejor es que va a sonar el toque de diana de un momento a otro. A ver si es que sueño que estoy soñando… A ver, a ver qué dice Agustín.
—¿Es que no oís el ruido de la caldera? Es señal de que nos van a dar un rancho. Eso es lo importante y no la hora.
Y nos reparte los platos. Cojo el mío y me pongo en pie inconscientemente. José Manuel y Olivares han hecho lo mismo y ya estamos los cuatro en fila. Sí, se oye el chirrido de la caldera al ser arrastrada por el pasillo. Y el ruido de las llaves en la cerradura… Escuchamos quietos, callados, como hipnotizados. Ahora me doy cuenta del vacío de mi estómago, de la flojedad de mis músculos. Estoy desfallecido, desinflado. De buena gana me dejaría caer al suelo. Me quedaría dormido instantáneamente, creo, porque me pesan los párpados y me parece que floto. Pero hay que comer antes. Sin apetito. Sí, sin apetito. Tengo que vivir. Eso es: resistir, aguantar… Vaya, ya están aquí. ¡Hala, el cazazo! Casi se me cae el plato con el peso violento del condumio. ¡Dios! Pero hay que tragar… Paciencia, hermano, paciencia. Y, ahora, a comer. ¡Uf! Huele mal, pero sabe peor. ¿Cómo harán este comistrajo que ni los cerdos comerían? Mejor es no pensarlo. Nos sentamos en el suelo. Hasta Olivares ataca las lentejas sin remilgos. Si no fuera por los palitroques… Agustín sorbe el caldo ruidosamente. José Manuel cierra los ojos y engulle sin respirar. Claro, es conveniente no respirar hasta que la bola cae en el estómago. Así no se gusta. Es lo que hace Federico también. Me mira por encima de la cuchara y sonríe. Ah, pero le da una arcada. ¡Coño, cómo se domina! Le lloran los ojos, pero él sigue. ¡Hay que vivir! Hasta rebaña el plato, anda. Acabamos en un santiamén. Ya podemos respirar hondo. Nos miramos como después de una pelea, jadeantes. Únicamente Agustín se relame. ¿Será posible? Pues lo es.
—¿Le metemos también mano a esto? —y señala el fardel donde quedan nuestras últimas provisiones.
Olivares propone.
—Podéis hacer lo que queráis, pero yo creo que lo más prudente es reservamos eso para cuando no podamos aguantar más.
José Manuel es de la misma opinión. Sin embargo, solicita comerse media onza de chocolate para quitarse el gusto a sebo rancio de las lentejas. Y así se acuerda. La media onza de chocolate es nuestro postre. A mí me sabe a gloria. La rechupeteo.
—Quién inventaría el chocolate —comenta jocosamente José Manuel.
—Un tío grande —dice Agustín—. Más grande que Ramón y Cajal.
Luego, el cigarrillo. Andamos escasos de tabaco y partimos un «Ideal» para cada dos.
—Si tuviera ahora un «Faria», sería más feliz que el Guerra —se lamenta Agustín.
Fumo de prisa. No puedo más. Me siento tan a gusto… El fiscal… Se me borra la cara del defensor… ¿Tiene usted algo que alegar?