Los que perdimos

Los que perdimos


VI. Al remate, nos rendimos, / sin sol ni luna en el cielo…

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Ahora son ellos los que duermen. Hasta Olivares. Sí, parece que al fin ha caído Federico, aunque es posible que abra de pronto los ojos y me mire. Él es así, el más alerta siempre entre nosotros. El de ideas más realistas. A veces molesta su modo implacable de juzgar nuestra situación. No nos engañemos, hemos de pagar, estamos solos y nadie se preocupa de nosotros, hay que hacerse a la idea de que no hemos perdido una huelga sino una guerra y que esto es muy grave… Olivares tiene una mentalidad lógica, rigurosa. Al grano, al grano, menos palabras y al grano, las palabras nos emborrachan… Razona con absoluta frialdad, pero luego es capaz de actuar apasionadamente. ¿Un romántico? No del todo. El amor que no es acompañado de la posesión de la mujer, es una calentura, una especie de gripe. Y se ríe de Molina cuando éste le recita «Los motivos del lobo», de Rubén. Eso no es poesía, Molina, desengáñate, eso es pura sensiblería facilona, es poco más que una fábula de Samaniego. ¿Materialista? Tampoco. Dice siempre que lo importante es la vida, el hombre, pero que sin imaginación no es posible vivir. Hay que poner imaginación en todo. La vida es el fuego, pero la llama que, además de calentar alumbra, es la imaginación. Sí, este Federico Olivares es una extraña mezcla de realismo y fantasía. Por eso tal vez es el que más me convence de todos. Cuando ataca es demoledor y, cuando se defiende, ataca. ¿Un luchador? No lo sé, pero a mí sus palabras ánimo, José Manuel, ánimo, que todo esto no va contigo, me tranquilizan siempre. Yo creo que Olivares es, sobre todo, un carácter. Eso: un carácter. Y resulta muy consolador tenerlo al lado de uno en estas circunstancias. Porque Molina es bueno, sí, pero demasiado sentimental y, a veces, demasiado infantil, demasiado crédulo, y tiene menos cultura que Olivares. Molina es más blando, mucho menos enérgico. Molina se hace querer. Olivares se hace respetar. Son completamente distintos. Y Agustín… Bueno, Agustín es demasiado joven y un poco bárbaro todavía. Tiene talento, eso sí, pero carece de sensibilidad. Todavía no se ha enterado bien de lo que nos ocurre. Si pudiera comer y fumar todo lo que apetece, lo pasaría muy bien. Los tres me miran como si fuese yo un niño. Los tres me quieren como a un hermano pequeño. No se dan cuenta de que yo sí me doy cuenta de que me consideran como un estorbo en esta situación. Y, verdaderamente, es así. Pero me ofende que me tengan por un extraño. Soy su amigo. Durante la guerra fueron muy buenos conmigo y eso yo no puedo olvidarlo, porque sabían de sobra que yo no compartía sus ideas, y me respetaban y me defendían. Ya sé que yo no debería estar aquí. Tampoco ellos. Ahora conozco muy bien sus ideas y si algún defecto tienen es que son irrealizables por desgracia, porque son hermosas. Yo soy demasiado egoísta para sacrificarme por los demás hasta el punto de profesarlas íntegramente. Además, tengo a mi hijita y a mi mujer, que me esperan y que son lo primero para mí en el mundo. Yo sería feliz con ellas. Nada más que con ellas. Y tengo a Dios. Y ellos no tienen hijos ni esperan nada de Dios. Son más pobres y desvalidos que yo. A mí no me harán nada, me soltarán cualquier día y podré reunirme de nuevo con Dorita y con Enriqueta. Pero ¿qué será de mis amigos? Tal vez los maten. ¡Dios mío! ¿Cómo puedes consentir que los sacrifiquen? Otros han sido sacrificados también injustamente. Miles. Aquí y allá. ¡Qué pavorosa matanza entre hermanos! ¡Qué estúpida matanza! ¡Qué odiosa matanza! ¡Qué inútil matanza! Y tú, Dios mío, ¿hasta cuándo vas a permitir que continúe esa locura fratricida? Salva, al menos, a estos amigos míos. Duermen tranquilamente. Molina hasta sonríe. Y me da horror pensar que puedan ser fusilados el próximo amanecer o en otro amanecer cualquiera. ¡Fusilados! ¡Atravesados a balazos! Pero eso no puede ser. ¿O es que tú también, Dios mío, te has quedado ciego y sordo? ¿O es que tú también, Dios mío, eres partidario como dicen los curas? A ti te mataron. Pero tú eras Dios. Éstos son solamente hombres. No puedes permitirlo, tú, el Dios de los pobres, el manso cordero, el que perdonó a la adúltera, el que arrojó del templo a los cambistas, el que despreciaba a los fariseos, el que prefería dejar abandonadas a las noventa y nueve ovejas buenas para ir en busca de la oveja perdida, el de la ley del amor. No puedes permitirlo. Yo te prometo… ¿Qué puede complacerte más? ¿Que renuncie a todo lo superfluo, que dedique el resto de mi vida a defender tu causa? ¿A cumplir a rajatabla los mandamientos? ¿A morir, si es preciso, por ti? Pues te lo prometo. A ver, ¿a qué puedo renunciar ahora? No tengo nada. Sí. Puedo renunciar al tabaco. Pues ya no fumaré más. Me privaré de todo aquello que no sea imprescindible para vivir. Hasta reprimiré mi amor por Enriqueta y trataré de convencerla para que ella participe voluntariamente en el sacrificio. No gozaremos, como hasta ahora, sin medida ni miramientos. No. No me acaricies de esa forma, Enriqueta. ¿Que te acaricie yo? Perdóname, Enriqueta, pero yo prometí a Dios… ¡Cómo me gusta tu cuerpo desnudo! Cúbrete, cúbrete. ¡Por Dios santo, Enriqueta! Tápate los pechos. Y no te des la vuelta. No. Ya no me pararé a medio camino para que tú me digas sigue, sigue… ¡No! ¿Que qué me pasa? Que tengo sobre mí la vida de mis amigos. Pero, Enriqueta… Y ahora, ¿cómo huir de todo esto? No quiero, no quiero. ¡Quietas, manos! Está lloviendo y hace frío.

Es un camino cubierto de nieve. Y me espera Dorita pequeña. ¿No me das un beso? Soy papá. ¡Es inútil! Tengo que levantarme. Así y ahora… Aquí, en este otro rincón. Las paredes de cemento están sucias de esto. De prisa. No puedo más. ¡Enriqueta! Sólo esta vez… ¡Dios mío, Dios mío! ¡Enriqueta! ¡Ay, Enriqueta mía, mía, mía…! ¡Mía! No tengo remedio. Soy débil y miserable. Pero tengo que reprimirme. ¡Sí! Me doy asco. Enriqueta mía… Y yo que te prometí, Dios mío… Pero lo cumpliré, lo cumpliré. No quiero que los maten, Señor. Ten piedad de mí y de ellos. A sentarme otra vez en el suelo. Cansado. Asqueado. Quieto. Tranquilo. Que no sospechen mis amigos lo que acabo de hacer… ¡Qué vergüenza! Tiene razón Olivares cuando insinúa que soy un sensual. Lo soy, lo soy, por desgracia. O por suerte. ¡Yo qué sé! Pero tengo que luchar contra ello. De firme. Porque si no… Sí, ahora me encuentro flojo y arrepentido. Lo malo es que cuando me entra ese temblor y empiezo a ver y a recordar…

—¿En qué piensas, José Manuel?

¡Ah! Es Federico. ¿Se habrá dado cuenta…?

—¿No has dormido, Olivares?

—Sí, un poco.

—Pues estaba pensando en… eso de la Pepa. Sí.

Se sonríe. A saber de qué se sonríe.

—Yo también. Me quedé traspuesto pensando en lo grotesco que resulta el nombrecito. Y, al despertarme, se me ha ocurrido que debiéramos hacer algo así como un himno a la Pepa. En cachondeo. ¿Qué te parece?

—Hombre, no estaría mal.

—Con música de chotis, por ejemplo, ¿eh?

—¿Y por qué no lo intentamos y así nos distraemos?

Ya han conseguido despertarme, leche. Con lo a gusto que me encontraba yo en el limbo… Y son José Manuel y Olivares los que arman el jaleo. Se ríen. Y hasta parece que cantan… Es por la Pepa. ¡La Pepa! Pero mejor es no pensar ahora en ella y seguir durmiendo. Así, con los ojos cerrados y quietecito. Olivares dice que es un buen recurso para agarrar el sueño ponerse a contar imaginariamente ovejas negras. Puede que tenga razón. Este Olivares es un tío cojonudo. Si no fuera por ese aire de profesor que tiene a veces… Da gusto con él por lo claro que lo ve todo. No se entusiasma tan fácilmente como Molina, ni se hunde como José Manuel. Es el más sereno y el más consciente de todos nosotros. Si nos llevan contra la pared, Olivares será el único capaz de hacer una frasecita para la posteridad. Compañeros, cumplamos como hombres nuestro destino de hombres. Compañeros, ésta es nuestra última lección. O algo por el estilo. Tiene mucha literatura en la cabeza. Si yo hubiera leído siquiera la décima parte que él… Hasta cuando va y me dice: «Agustín, tus agudezas son como las puntas de un colchón», y se ríe un poco de mí, me cae simpático. Es un jodido, pero un buen compañerete. Yo iría con él a cualquier parte. Y también con Molina, claro, porque Molina es bueno como el pan. No falla. Y siempre tiene disculpas para todo y una frase amable en cualquier momento, y ayuda al que sea, y nunca se da importancia por nada. Y es cariñoso. Yo le quiero como a un hermano. Y a José Manuel también le quiero, pero como a un hermano pequeño. José Manuel es un cachondo triste y más vago que yo, que ya es decir. Si la misma Enriqueta me lo ha contado muchas veces: éste, en cuanto no tiene nada que hacer ya se está metiendo en la cama y pidiéndome que le haga compañía. Si siempre le hiciera caso, ya se habría consumido como una vela. Veremos cómo aguanta esto de la Pepa. Porque es flojo, eso sí. Todo lo que tiene de cachondo lo tiene también de miedica. Veremos, veremos… Porque a mí esto de la Pepa no me da muy buena espina, que digamos. Todo lo fantástico que se quiera, pero me han reunido unos jueces, han hablado un fiscal y un defensor, bueno lo del defensor sí parece una broma, y nos han echado una pena de muerte para algo, digo yo. ¡Hostias! No es para reírse como están haciendo estos cabrones ahora. ¿Quién dice que no nos saquen de aquí y nos lleven junto a las tapias del cementerio del Este? Eso es lo que yo quisiera saber. Te pegan cuatro tiros y después, ¿qué? Reclamaciones al maestro armero, recluta. Y se acabó. ¡Hum! No vale decir que uno no ha hecho nada, que uno ha sido un gilipollas toda su vida. ¿Qué culpa tiene uno de que sea delito ahora lo que antes no lo era? Pero ¿a quién se lo dices, Agustín de mi alma, eh? Aquí no hay maestro armero. Ahora lo que hacen falta son avales. Digo, si nos dan tiempo a buscarlos por ahí como sea y no nos apiolan antes.

No quiero ni pensarlo. No he matado a nadie ni he visto fusilar tampoco a nadie, pero me figuro que debe de ser un trago… ¡Dios, qué trago! ¡Apunten! ¡Fuego! ¿Qué pasa después? Yo soy Agustín, el mejor amigo de Agustín y, cuando Agustín termine, quiere decir que yo y mi mejor amigo, que somos el mismo, ya no seremos nada. Se dice muy bien, pero… Nada. A pudrirse en una zanja y ya está. Anda, pasa hambre y fatigas, ten ilusiones, no te aproveches de una amiga, lucha por el bien de todos, moléstate en leer y aprender, protesta por las barbaridades que hacen algunos, juégate el tipo por otros y jódete muchas veces para eso, para ir a criar malvas.

—Pero, Agustín, ¿para qué te metes en líos, hijo?

—Mire, señora Engracia, este servidor tiene una cabeza para algo. Y también un corazón que no es una patata. Quiere decir que pienso y siento algo. ¿Comprende, señora Engracia?

—Pues piensa en mí y quiéreme a mí, que soy tu madre.

—Pero, madre, ¿es que no te quiero y te respeto?

—Sí, pero…

—No seas egoísta. También hay que pensar en los demás. Porque, vamos a ver, ¿de quién vivimos nosotros? De los pobres, ¿no es así? ¿O es que viene algún marqués a vendernos o a comprarnos alguna prenda? Claro que no. Son los pobres, madre, los pobres. Pues tenemos que luchar junto a ellos, porque ésta es una guerra de los pobres contra los ricos o de los ricos contra los pobres, y para el caso es lo mismo. Y es en todo el mundo, madre.

—Bien, como tú digas, pero estáte quietecito en casa. ¿O es que piensas ganar tú solo la guerra?

—Claro que no. Pero si todos hiciesen lo mismo, ¿qué sería de ellos? No, hay que dar la cara. Ayudar. Y tú sabes que es así. Si viviera mi padre, me daría la razón…

—Es que estamos muy solos en el mundo, hijo mío.

—Ya lo sé, ya lo sé. Pero no hay que pensar en lo peor. No me va a tocar la bola a mí precisamente.

Pues me ha tocado, por lo que se ve. A ver si puedo soltarla y que siga rodando. Pero tengo que decírselo bien claramente a mi madre. Bueno, señora Engracia, ha llegado el momento de espabilarse. Tienes que buscarme avales. ¿De quién? La verdad es que no hay fascistas en mi barrio. Allí todo es UGT y CNT y algún republicanillo. Como no sea Valeriano… Sí, el hijo de don Valeriano, el comandante retirado por la ley de Azaña, el que se fue a combatir a la sierra con una columna de milicianos de la FAI y que luego se pasó a los fachas, según dijeron. Valeriano, sí, madre, aquel chico de mi panda. Desapareció del barrio cuando corrieron rumores de la traición de su padre. A lo mejor vive. Y, si vive, lo más probable es que esté con éstos y hasta puede que sea un mandamás de los de ahora. Yo le di un aval de las juventudes sindicalistas. A ver si se acuerda. Él era un buen chico entonces. Claro que ahora es diferente y nadie quiere saber nada, pero no recuerdo ningún otro nombre. Di muchos avales, sí, muchos, demasiados tal vez, quién sabe, pero se me olvidaron los nombres de los tipos… Bueno, es imposible dormir. Éstos siguen con su matraca. ¿Qué es lo que hacen? Anda, si están cantando…

—¡Eh! ¿Se puede saber por qué no dejáis dormir a las personas decentes?

También Molina ha abierto los ojos. Olivares sonríe. Este jodío Olivares.

—Perdona, hombre. Es que entre José Manuel y yo hemos compuesto un himno a la Pepa.

—¿Un himno a la Pepa? —Molina tampoco comprende.

—¿Qué, qué? ¿Qué clase de himno es ése? ¿Os parece que tenemos pocos himnos ya en España?

José Manuel parece muy contento.

—Sí, uno más —dice—, pero éste es nuestro. Y con música de chotis.

—¡Huevos!

Ésta sí que es buena. Un himno a la Pepa con música de chotis, puro cachondeo. Está visto que en este país todo es cachondeo porque la guerra tuvo mucho cachondeo y ahora…

—¿Se lo cantamos? —propone José Manuel a Olivares.

—Vamos allá.

—¡Qué tíos! Y lo tienen escrito de verdad en el cuadernillo de José Manuel… Y lo cantan muy serios…

Es la Pepa una gachí

que está de moda en Madrid

y que tié predilección por los rojillos.

Pepa,

¿dónde vas con tantísimo tío?

Pepa,

que te vas a meter en un lío.

Y es la Pepa una gachí

que está de moda en Madrid…

Hombre, pues está muy bien. Se pega al oído.

—¿Qué, lo cantarnos los cuatro? La letra es bien fácil —dice José Manuel, más contento que un chico con zapatos nuevos.

Y tan fácil. Lo cantamos a grito pelado:

Es la Pepa una gachí

que está de moda en Madrid

y que tié predilección por los rojillos.

Pepa,

—¡Silencio!

Y suenan, a la vez, unos golpes autoritarios en la puerta de nuestro calabozo. Debe de ser un guardia. Nos miramos, expectantes, y dejamos de cantar. Sigue un largo silencio.

—Claro, han debido de oírnos hasta en el cuerpo de guardia —dice Molina.

Olivares se mete conmigo:

—Ha sido por culpa de la voz de barítono de Agustín.

—¿Ya la has tomado otra vez conmigo, Federico?

—No, hombre, es que hay que decir algo.

—Ya.

—No tienes sentido del humor, Agustín —insiste—. En realidad, les fastidia que cantemos. Ellos querrían oírnos llorar o gemir.

—Naturalmente.

—Pues ahora vamos a cantar por lo bajo otra letra que se le ha ocurrido a José Manuel con música de tango. ¿A la una, José Manuel?

Y canta con sordina:

Por un hijo de puta

cuatro sindicalistas

se buscaron la ruina

delante de un fiscal.

Los condenan a muerte,

pero ellos se sonríen

pensando que las cosas

aún tienen que variar

y que si no varían

no hay más que palmar.

Ya sé que ahora

vendrán caras extrañas

fingiendo indultos

que están en el alero.

Todo es mentira.

Nos matarán primero

y luego, acaso, indultarán.

—¡Estupendo! —y Molina aplaude sordamente.

A mí también me ha gustado.

—Si nos llevan a dar el paseo, tenemos que cantar hasta que se nos corte la respiración —propone Federico—. ¿Qué os parece?

Molina se encoge de hombros. Yo digo:

—Mejor sería no tener que cantar en esas condiciones, ¿no?

—Por supuesto, pero si llega el caso, que no lo creo, sería la mejor forma de hacerle un corte de manga a todo esto como despedida —dice Molina, mirándonos sucesivamente a todos. Luego nos quedamos en silencio hasta que pregunto:

—¿Qué hora será?

—Tarde —contesta Olivares y me retruca—: ¿Es que ya tienes hambre otra vez, Agustín?

Siempre, pero ahora lo que más me aprieta es la sed.

En efecto, me doy cuenta de pronto de que tengo sed, mucha sed. Mis labios y mi garganta están secos. También tengo hambre, porque el hambre no me abandona desde hace años, pero lo que yo quisiera ahora es beberme una docena de cañas de cerveza bien fresca.

—¿Qué tal nos vendría una cañita de cerveza? —bromeo.

—¡Cállate!

—¡Cállate!

—¡Cállate!

Los tres han coincidido. La cerveza tiene algo de chavala, de melena de chavala rubia… Los tres chascan la lengua. Están tan sedientos como yo. A mí no me importaría ducharme en frío con tal de poder tragarme unos buches de agua. ¡Y dale con la sed! Habrá que pensar en otra cosa.

—¿Un cigarrito? —propongo.

Olivares y Molina aceptan sin mucho entusiasmo, pero José Manuel dice:

—Paso.

Partimos por medio los «Ideales» y nos entretenemos en liar nuestras pajitas. Es un modo de pasar el tiempo. A mí, la primera chupada me sabe mal. Y es que tengo como goma en vez de saliva en la lengua.

—¿Adónde nos llevarán desde aquí y cuándo? —pregunta Olivares mientras expulsa una bocanada de humo.

Nadie contesta de momento. Nadie quiere contestar, se ve. Y ¿si nos llevan directamente al cementerio del Este para pegarnos allí cuatro tiros a cada uno? Lo digo en voz alta y Molina me replica:

—No puede ser tan pronto, hombre. Tendrán que darnos algún plazo para poder apelar.

—¿A quién? —pregunto.

—Hombre, ¿no hay un Tribunal Supremo de Justicia Militar?

—Supongo.

—Pues al Tribunal Supremo de Justicia Militar.

No sé cómo se llevan estas cosas, pero me parece muy razonable la opinión de Molina. ¿Por qué no? Olivares no hace ningún comentario, tal vez por no amargarnos más aún la espera, pero no parece muy convencido. Fuma en silencio, como abstraído. Sobre José Manuel parece que se ha derrumbado una sombra espesa. A ver si se nos hunde ahora… Hay que cantar, aunque sea en voz baja. Empiezo:

Por un hijo de puta

cuatro sindicalistas…

Y cantamos todos. Al principio, mecánicamente; luego nos animamos mirándonos, sonriendo… Nos divierte. Nos ahuyenta las preocupaciones, aquello en que no queremos pensar. José Manuel es quizá el más aliviado. Cantamos y cantamos. Repetimos varias veces las dos letras. Por fin cedemos y poco a poco, como si se nos hubiera consumido toda la mecha, volvemos a nuestro silencio y a nuestra taciturnidad. Entonces dice bruscamente Olivares:

—Una cosa hay cierta y es que Molina, Agustín y yo quisiéramos estar en el pellejo de José Manuel.

José Manuel se estremece, sorprendido:

—¿Por qué?

—Toma, porque tú eres el que tienes más probabilidades de escapar de esta trampa. Te pondrán de patitas en la frontera, ya lo verás.

José Manuel sonríe, halagado. Hasta se sonroja un poco.

—El que está en peor situación soy yo, por mis antecedentes y por mi cargo de director del periódico —y añade Molina—: Vamos, que por mí no se puede dar ni un real en este momento.

Y se ríe. Es verdad. Si la cosa se pone fea, a él le tocará la peor parte. Así lo reconoce Olivares, que dice:

—Y después, yo. Luego, a mucha distancia, Agustín.

Y es así.

—Y no lo digo por presumir —agrega Olivares.

Siento la sed como una bola de harina atravesada en la garganta. Voy a tener que llamar al guardia… Bueno, ¿habrán asaltado por fin las cárceles anoche? Lo pregunto.

—¿Y cómo vamos a saberlo estando encerrados aquí?

—Tienes razón, Molina.

Agua, agua, agua. ¡Agua!

—¿Qué, no habéis oído?

Sí, también ellos han percibido el mismo ruido que yo y guardan silencio. Fuera, en el pasillo de los calabozos, suenan voces y portazos. Inconscientemente nos ponemos en pie los cuatro. Una angustiosa incertidumbre se apodera de mí y me parece que también de mis compañeros. ¿Qué pasará ahora? No se oye el chirrido de la caldera del rancho. Se me ocurre una idea:

—¿No será un reparto de agua?

Mis compañeros ni me miran. Sólo escuchan. Los tres tienen abierta la boca, como peces fuera del agua.

—¡Salgan con todo lo que tengan!

Es una orden. Nos miramos. Murmura Molina:

—Nos trasladan. Seguro.

—¿Adónde? —inquiero.

Pero nadie me contesta. El rumor de las voces ha crecido fuera. Se abre la puerta de nuestro calabozo. Es un guardia, que repite:

—Salgan con todo lo que tengan.

Obedecemos rápidamente. Como no puedo resistir más tiempo la sed, corro, seguido de mis compañeros, a la sala de lavabos, que ya han invadido los demás presos. Hay que ponerse en cola. Cuando me llega el turno para beber, pongo mi cara bajo el chorro. El agua me corre por la cara y la sorbo a borbotones. ¡Qué gusto, madre! Me hincho. Alguien, impaciente, me empuja, pero yo me agarro al lavabo con todas mis fuerzas y sigo bebiendo hasta que oigo el glo-glo del líquido en mi estómago. Entonces corro a otra cola y, mientras espero mi turno, cazo al vuelo trozos de preguntas y respuestas:

—¿Yo? La Pepa. ¿Y tú?

—Nada más que treinta años.

—Coño, enhorabuena.

—¿Adónde nos llevan?

—He oído decir a un guardia que nos devuelven a las cárceles.

—A saber. Yo estoy mosca.

—Toma, y yo. Estos cabrones son capaces de apiolamos esta misma noche.

—No diría ni que sí ni que no.

—Yo no me he enterado de nada de lo que han dicho en el consejo.

—¿Tampoco de la pena?

—Me parece que han sido doce años y un día.

—¿Es que eres camisa vieja?

—¡Leches!

—Pues más vale que no preguntes. No te jode… Doce años y un día, y dice que no se ha enterado de nada.

Todos aparecemos nerviosos, atolondrados, excitadísimos. ¡Atiza! Olivares se ha puesto a mear contra la pared. Y también Molina. Bueno se va a quedar esto cuando nos marchemos. Una letrina. Pues yo no espero más. Aquí mismo, en medio del corro. Cualquiera sabe cuándo podremos vaciar la vejiga otra vez. Hombre, ya están los guardias metiéndonos prisa… Vamos, vamos, rápido. Salimos a trompicones y a trompicones formamos en dos filas. Aparecen aún algunos rezagados con los pantalones caídos o secándose la cara con pañuelos…

—¡Silencio! ¡De frente!

José Manuel marcha a mi lado. Detrás, Molina y Olivares. Vamos en el centro, aproximadamente, de la formación. José Manuel parece un gorrión mojado. Suda miedo. Yo también. ¿Volvemos, de verdad, a la cárcel? Encontramos guardias armados a todo lo largo del recorrido y en la calle percibimos un ostentoso despliegue de fuerzas. Siento cómo, al andar, el agua me hace glo-glo en el estómago. Es ya de noche y el ambiente es cálido. Ahí tenemos los camiones… Pero están ya ocupados todos ellos hasta rebosar. Nos mandan hacer alto. Nos agrupan y nos cuentan. Mientras, caen las trampillas de los camiones y empiezan a saltar a tierra sus ocupantes. Por lo visto es el relevo. Otro rebaño. Otra cola. Más pretendientes a la mano de la Pepa. Más de ciento, ya lo creo. Claro, los hacen formar y, hala, para adentro.

—Mira: Martínez Vega. Y Gonzalo. Y Cantero también —dice tras de mí Olivares.

Es cierto. Y más caras conocidas. Ha empezado a funcionar la noria, se ve. Pues les ha caído buena a los jueces… Tendrán que darse mucha prisa si quieren terminar antes de que llegue la amnistía. A ver… Ciento al día, hacen tres mil al mes, treinta y seis mil al año. Pongamos treinta mil al año, por los descansos. ¿Cuántos seremos los presos en Madrid? ¿Cien mil? Pongamos sesenta mil. Necesitan dos años, pues, para pasarnos por consejo de guerra a todos. ¡Ya está bien! Dos años funcionando como una máquina de hacer chorizos… ¿Qué hacen ahí esas mujeres enlutadas? Se han camuflado con crucifijos y medallas en el pecho… Se acercan a los guardias. ¿Por quién preguntarán? Por algunos presos, familiares suyos, seguramente. Sí. Bueno, andando, al camión. Ah, las mujeres enlutadas. Nos miran. ¿A quién buscarán? Parece que intentan acercarse más a nosotros y que los guardias lo impiden. ¿Cuándo aprenderán los guardias a tener corazón? ¡Bestias! Pero ¿qué dicen esas mujeres?

—¡Asesinos! ¡Canallas! ¡Malditos rojos!

—¡Atiza! Si es contra nosotros. Coño, si pudieran, nos despedazarían. ¡Vaya unas señoras! Y yo que las había tomado por compañeras… ¡Qué patinazo!

¿Qué te parece, José Manuel?

—Increíble, espantoso.

Subimos al camión. ¿Que no caben más? Vaya si caben. Más. Más. ¿Ya? Bueno. Nos meten como a sardinas en lata. Todo el mundo gruñe, pero nadie protesta. ¿Qué adelantaríamos con protestar? En marcha.

—¡Las tías putas esas…! —masculla alguien.

En efecto, la actitud de esas mujeres, inesperada, nos ha dejado atónitos, primero, y nos ha hecho estremecer de pavor, después. ¡Qué explosión de odio! Si ése es el ambiente que nos rodea… Si cayéramos en sus uñas, seguro que serían capaces de sacarnos la piel a tiras. Nadie habla, y yo siento otra vez el gorgoteo en el estómago a cada salto del camión sobre el adoquinado. Estamos pendientes de la ruta que seguimos. Pronto, sin embargo, se aclara la cosa. ¡Volvemos a la cárcel! ¡Menos mal! Se nota el alivio que esta evidencia produce en todos, porque los viajeros se rebullen y empiezan a bromear. Pero hay uno que apunta:

—¿Y si volvemos a la cárcel sólo para dejar en ella a los que no tienen la Pepa?

Puede ser, claro, y esta suposición vuelve a hundirnos en el silencio lleno de temores. Yo quiero pensar en otra cosa. Sí. Es la primera vez que entro en un prostíbulo. Me falta un real para el duro que cuesta en esta casa estar un rato con una mujer. A ver si me echan… Estoy sentado en el recibidor. Hay hombres aquí que esperan lo mismo que yo. Entra una mujer, se levanta un hombre y desaparecen los dos por un pasillo. ¿Cuándo me tocará a mi la vez? ¿Qué tendré que decirle para que no me rechace? Porque éstos y ellas ya se conocen y no se dicen nada. Pero yo… Las idas y venidas se suceden y al fin me quedo solo. ¿Me voy? ¿Me quedo? ¿Qué hacer? Pero si me voy… La verdad es que se me han quitado las ganas. Me voy. No. Alguna vez tienes que empezar, Agustín. Mira quién está mirándote. Me tiemblan las piernas.

—¿Vienes, rico?

Es a mí. Y me sonríe.

—Me falta un real para el duro, ¿sabes?

Ríe más. No me gusta esta mujer; pero ¿quién se atreve a decírselo? Yo la querría más no sé cómo y menos no sé qué. Pero ya no hay tiempo.

—Anda, vamos, guayabín.

Me ha llamado guayabín. ¡Guayabín! ¡Ja! Está medio desnuda y me siento de pronto envuelto en el calor y en los olores que despide su cuerpo. Cierro los ojos y trato de abrazarla, pero ella se me escurre.

—Después, después, rico.

Luego, me coge de la mano y me lleva. Yo pensé que esto sería diferente… Cuando entramos en la alcoba, cierra la puerta y se quita el quimono y los sujetadores. No está mal de cuerpo, pero tiene los pechos caídos.

—Soy maña, ¿sabes? Y me llaman «la Maña». Te lo digo por si vienes otro día y quieres ocuparte conmigo.

Y se sienta en una especie de palangana.

—Y limpia como los chorros del oro, ya lo ves.

Y se enjabona el vello… Yo miro para otro lado. La colcha de la cama es amarilla con ramos muy brillantes. Hay un espejo sobre la cabecera. Y otro en el techo, y los dos están empañados, sucios.

—Eres novato, ¿verdad, chaval?

—¿Quién, yo? Vamos, anda.

—Bueno, hombre, bueno. Pues no te quedes ahí pasmado y desnúdate. Tengo que lavarte. La higiene es lo principal. Por eso a esta casa la llaman «la higiénica», ¿comprendes?

El camión se detuvo ante la cárcel y una voz de mando hizo que los presos descendieran de él:

—Vamos, de prisa.

Esa vez no había nadie esperando en la calle. Por toda ella se extendía una pastosa oscuridad en la que abrían su blanca pupila algunos tristes faroles. Los presos respiraron aire libre por última vez y cruzaron el umbral del gran portalón. En el vestíbulo, donde los acogió el familiar olor a rancho, a retretes y a transpiraciones humanas, advirtieron un nerviosismo y una expectación inusitados en guardianes y ordenanzas, que habían acudido allí en gran número y los contemplaban con una mal disimulada curiosidad. Toledano se encargó de ordenar su formación y, al pasar a la altura de Molina, murmuró quedamente:

—Toda la cárcel sabe ya que traéis la Pepa.

Molina, asombrado, le preguntó, silbando las palabras y sin mover los labios:

—¿Y cómo?

Pero Toledano ya le daba la espalda y no pudo contestarle.

—Se ve que las malas noticias corren más que la pólvora —comentó entre dientes Olivares.

Salió de su oficina el jefe de servicios y se le acercó el encargado de la escolta para entregarle unos papeles. Aquél no era el Pelines, sino un joven de aspecto agradable que vestía sahariana del ejército y aparecía destocado. Miró los papeles un instante y luego recorrió lentamente la formación con la vista. Firmó por último uno de los documentos con su pluma estilográfica, se lo devolvió al guardia y cuando éste, tras saludar militarmente, se reunió con sus hombres en la calle, ordenó:

—Ahora vuelvan a sus respectivas salas.

La formación se deshizo al atravesar la cancela de hierro. Cada cual marchó en dirección a su sala, pero hubieron de detenerse muchas veces en los corredores a contestar las preguntas de los amigos y compañeros que les esperaban.

—¿Qué tal? La Pepa, ¿no?

—¿Habéis tenido defensor?

—¡Coño, déjame ahora!

—¿Os han dejado hablar?

A Federico y sus amigos los interceptó Segundo Planas, que les preguntó:

—¿A qué sala os han destinado? Contestó Molina:

—A la misma de antes.

—¿A la nuestra?

—Claro.

Segundo Planas pareció muy contrariado.

—Pero eso no puede ser —murmuró, confuso.

—¿Por qué no? —le preguntó Olivares.

—¿No es cierto que traéis petición de pena de muerte? —y Planas lo dijo atenuando mucho el tono de su voz.

—Sí, ¿y qué?

Pero Planas, en vez de contestar a Olivares, se dirigió a Molina:

—Comprende, Molina. Volver con la pena de muerte a una sala tan significada en la prisión como la de los intelectuales sería ponerla peligrosamente en evidencia.

—¿Qué, qué dice? —saltó Agustín—. ¿He oído bien?

—Oye —le dijo Olivares impacientándose—. ¿Es eso lo que piensan los compañeros de la sala o es solamente lo que piensas tú?

Dirigiéndose otra vez a Molina, Planas contestó:

—Al enterarnos de que habían pedido la pena de muerte para vosotros se planteó en la sala la cuestión si sería conveniente o no que volvierais a ella, y por mayoría de votos se decidió que no, ¿comprendes? Le comunicamos el acuerdo a Toledano para que os cambiase de sitio, y eso esperábamos.

—No podemos comprender que nuestros compañeros, en vez de solidarizarse con nosotros, nos repudien. Es una cobardía —protestó Olivares.

—¡Una hijoputez! —remachó Agustín.

—De manera que los compañeros se niegan a admitirnos de nuevo en la sala, ¿no? —insistió Molina.

Planas, ya muy nervioso, trató de excusarse:

—Bueno, yo no he hecho más que cumplir su encargo. Olivares se interpuso entre Planas y sus amigos, volviendo la espalda a aquél, y dijo a éstos:

—Está bien. Vamos a hablar con el jefe de servicios. Que decida él.

—Tienes razón. Vamos —propuso asimismo Molina.

Y, sin cambiar una palabra más con Planas, ni siquiera mirarle, volvieron sobre sus pasos. Al llegar a la cancela hablaron con el ordenanza encargado de su custodia y éste se dirigió a la oficina del jefe de servicios.

—¡Qué compañeros! Lo que nos faltaba —se lamentó José Manuel, que se había mantenido silencioso hasta entonces.

—Me huele a maniobra política —sugirió Molina.

—¡Ca! Yo creo que es miedo —fue la opinión de Olivares.

—De todos modos, una marranada. ¡Valientes cabrones! Peor que fachas —dijo Agustín.

Entretanto apareció el jefe de servicios, que los increpó con voz autoritaria:

—¿Qué es lo que pasa?

Los cuatro amigos se pusieron en actitud de firmes y levantaron el brazo. Fue Molina el que habló por todos:

—Que no nos admiten en la sala porque el fiscal ha pedido la pena de muerte para nosotros.

El funcionario, ceñudo, repasó a los cuatro con la mirada.

—Conque ésas tenemos, ¿eh? —dijo, después de una breve pausa.

Hizo una seña al ordenanza para que abriera la cancela y, sin detenerse, les ordenó:

—Síganme.

Era de mediana estatura, delgado, joven. Andaba muy ligero, y en su actitud se traslucía el esfuerzo que le costaba aparecer rígido y autoritario.

—¡Atención! ¡Firmes! —se oyó gritar a Planas, quien, asomado a la puerta, los había visto dirigirse hacia allí. Y saludó después, brazo en alto, al jefe de servicios, diciendo—: ¡Sin novedad!

—¿Cómo que sin novedad? —gritó, a su vez, el funcionario, empinándose un poco sobre las puntas de los pies—. ¿Por qué se ha resistido a cumplir mis órdenes?

Podría, por la edad, ser hijo de Planas, pero en aquel momento el joven tenía tras sí toda al enorme fuerza del aparato represivo y era el más viejo quien debía rendirse a su autoridad.

—Ha sido un acuerdo de la mayoría y yo… —balbució Planas.

—¡Cállese! ¿Cuándo se van a enterar de que ya no hay comités, ni votaciones, ni ninguna otra de esas zarandajas? —siguió una tensa pausa y luego—: Usted no tiene más cometido que cumplir las órdenes que se le den, ¿comprendido? —Planas hizo un gesto de asentimiento y el jefe de servicios prosiguió—: Estos reclusos ocuparán el mismo sitio que tenían antes de ir a consejo, y que no me entere yo de que les ponen dificultades, porque disolvería la sala y formaría con ustedes brigadas de limpieza. —Se había acalorado. Paseó la mirada por la formación y dijo por último: Debería darles vergüenza, porque…— pero se interrumpió y, dando bruscamente la espalda, se dirigió a paso rápido hacia la cancela.

Siguió un penoso silencio. Mientras los demás rompían la formación, Olivares, Molina, José Manuel y Agustín penetraron en la sala y se sentaron al lado de la puerta, muy juntos, como protegiéndose mutuamente contra la hostilidad que los rodeaba. José Manuel, muy consternado, murmuró:

—Ni que fuéramos enemigos.

Molina se encogió de hombros y Agustín propuso distribuirse las viandas que les quedaban, añadiendo:

—Porque ya hace rato que repartieron el rancho y a mí los disgustos me dan hambre.

Molina hizo las particiones y empezaron a comer. En los otros grupos se cuchicheaba y, poco a poco, las conversaciones fueron subiendo de tono y girando sobre temas ajenos por completo al incidente, incluso bromeando, movidos, sin duda, por el deseo de borrar cuanto antes su efecto deprimente. Pronto comenzaron los preparativos para pasar la noche. Mientras unos extendían las mantas, otros salían al pasillo para efectuar su última visita a los retretes. Los grupos se disgregaban, y como cada día a la misma hora, surgían acaloradas discusiones por el trozo de suelo que correspondía a cada uno en el lecho común del suelo entarimado de la sala.

—A ver si haces el favor de lavarte los pies. Apestan.

—Pues diles que me pongan en libertad.

—Jefe de sala, éste quiere ocupar una tabla más.

—Y yo ¿qué culpa tengo de no ser tan esmirriado como tú?

—Te juro que no me hace ninguna gracia dormir tan pegado a ti.

—Si fueras una gachí…

—Para ti iba a ser, hombre.

—Algo me darías, ¿no?

—Claro, una patada en los cojones.

Planas advirtió en voz alta:

—Menos discutir y más hacer. Va a sonar muy pronto el toque de silencio.

Don Alberto, el exgobernador, que se había mantenido aparte en su rincón, callado y fumando su pipa todo el tiempo, se acercó tímidamente a Olivares.

—¿Me puedo sentar aquí? —y como no obtuviera respuesta, se sentó diciendo—: Lamento mucho lo que ha pasado.

Los cuatro amigos le miraron en silencio y, tras una pausa, le preguntó Federico:

—¿Es que ha pasado algo, don Alberto?

Don Alberto parpadeó, confuso.

—¿Cómo? ¿Qué? —Gaspar, que había imitado a don Alberto sin pedir permiso a nadie, continuó en voz alta—: Ha sido una vergüenza. Se lo dije a toda la sala. ¡No hay derecho, no hay derecho a lo que queréis hacer! Pero no me hicieron caso.

Estaba furioso. Alargaba el cuello con las dos manos pegadas a las orejas. Olivares le hizo una seña para que se calmase y entonces habló don Alberto:

—A eso quería referirme. Cuando se supo que el fiscal había solicitado la pena de muerte para ustedes…

—¿Cuándo lo supieron? —le interrumpió Molina.

—A mediodía. Por lo visto, la noticia se filtró por el locutorio.

—Y parecía que no había nadie conocido en las Salesas… —comentó Agustín.

—Siga, siga, don Alberto —le apremió Olivares.

—Que empezaron los comentarios.

—¿Qué comentarios?

—Pues unos decían… Sí, decían que cuando el fiscal pide la pena de muerte será por algo. Que hay que dejarse de tonterías y disimulos, que en nuestra zona se han hecho muchas cosas feas y alguien ha tenido que hacerlas… Que si los comisarios, que si los periodistas… Que ahora ninguno quiere saber nada, pero que en la guerra bien que mandaban y se daban postín y se aprovechaban… En fin, ya conocen ustedes la moral de algunos de los nuestros, bueno, de algunos de los que están aquí. Y, claro, no faltó quien dijo que resultaría un desprestigio para la sala que ustedes volvieran a ella. Y eso de que hubo votación es un cuento. Lo que pasó es que algunos lograron convencer a Planas de que pidiera el traslado de ustedes a otras salas, sin que valiese mi oposición, la de Gaspar, la de Zaldúa y la de otros varios.

Don Alberto hablaba mordiendo la pipa sin lumbre, lo que daba a su voz un tonillo gangoso. En el entretanto, se había ido alfombrando con mantas el suelo de la sala y en las primeras filas de junto a los ventanales los hombres, semidesnudos, se tendían unos junto a otros a fin de que los de las filas siguientes pudieran, a su vez, hacer lo mismo. Se apagaron algunas bombillas, y la luz que iluminaba la escena quedó reducida a una débil y difusa claridad. Las íntimas transpiraciones humanas se expandieron formando un gas pesado y soporífero. Algunos se cubrían los ojos con las manos. Otros mantenían sus pañuelos junto a la nariz. Había quien esperaba al sueño mirando a lo alto con los ojos de par en par. Para muchos era la hora de la fuga hacia el mundo de los recuerdos, en lucha contra el insomnio y los temores. No faltaba el que consumía su postrer pitillo sirviéndose para ello de una lata de conservas vacía como cenicero. Era el momento preferido para las confidencias susurradas. Comenzaba para todos la interminable noche de la prisión. Pronto sonarían ronquidos espeluznantes, gemidos por quién sabe qué aventuras eróticas soñadas o por quién sabe qué torturantes remordimientos. Alguien se sentaría de pronto, jadeante, y miraría alrededor para cobrar conciencia después de una horrorosa pesadilla. Alguien permanecería horas y horas pensando, soñando despierto, hasta que los primeros espeluznos de la madrugada lo abatiesen. Y comenzaría la callada y feroz batalla contra las chinches, contra el escozor de la piel sudada, contra la náusea, contra la angustia, contra la agonía del espíritu. Bajo la aparente calma de la noche, como bajo la película del agua estancada, hervirían mil vidas truncadas, febriles, incoherentes, y se ahogarían palabras impronunciables, deseos inconfesados y ambiciones nunca entendidas, y se sufrirían otras muertes, quién sabe qué muertes y qué negros odios y qué pérfidas venganzas. Todos los sufrimientos: el de la espera y el de la desesperanza, el de la ira y el del miedo, el del rencor y el de la lujuria, el del hambre y la sed, el de la soledad y el desamparo, el de la duda y el de la desconfianza, el de la autoconmiseración, el de la envidia, el del orgullo, el de la cobardía, el de la crueldad, y quién sabe cuántos otros más, serían los fantasmas atroces, los fantasmas ardientes, los fantasmas implacables, los fantasmas acosantes, los fantasmas impíos que torturarían, que desgarrarían con uñas y dientes, con cuchillos y con clavos, con ascuas y tizones, con aceite rusiente, con púas de ortigas, con descargas eléctricas, con bofetadas, con vergajazos y quién sabe con cuántos otros martirios, los nervios y las vísceras, los sentidos y el alma, de aquellos réprobos, para no se sabe qué purificaciones, qué deleites, qué espasmos, qué orgías ni qué místicas expiaciones. La noche estaba ya allí, densa, pegajosa, asfixiante, pestilente, ciega, sorda, misérrima, sin paz y sin sosiego, como la cuesta arriba de un calvario para una procesión de suplicantes, como un prólogo de tambores siniestros que anunciasen la muerte, una muerte pavorosa, una muerte degradada, sucia, triste, tristísima…

—Don Alberto, que ya le toca a usted —le gritaron desde su rincón.

Pero don Alberto quiso saber antes algo que le inquietaba y preguntó, o mejor, suplicó a sus callados interlocutores con la palabra y la mirada:

—¿Y qué bulos corren por ahí? Aquí se sigue hablando de la próxima amnistía. ¿Y en la calle? Porque ustedes acaban de llegar de la calle.

Federico le puso una mano sobre el hombro:

—Váyase usted tranquilo, don Alberto, y procure dormir sin preocuparse de nada, porque en la calle también se habla de esa amnistía, también.

Don Alberto sonrió como un niño y cuando se fue hacia el rincón desde el que le reclamaban, Federico, moviendo la cabeza, murmuró:

—A quién se le ocurriría nombrar gobernador a este hombre…

Entonces sonó triste, retorciéndose como un gemido inacabable, el toque de silencio.

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