Los que perdimos
VII. … quebrados y sin saliva / en la boca, con los huesos…
Página 14 de 28
VII
… quebrados y sin saliva
en la boca, con los huesos…
A la noche siguiente, la sala de intelectuales hubo de admitir más huéspedes amenazados con la pena de muerte, entre ellos Gonzalo, Cantero y Martínez Vega, y, a partir de entonces, fue ya raro el día en que Planas no tuviera que borrar o inscribir nuevos nombres en su lista. También se hizo pronto familiar la escena cotidiana de la vuelta de los consejos de guerra. Por la expresión de los que llegaban de las Salesas podía predecirse la pena que el fiscal había solicitado para cada uno de ellos. Los amigos que salían al pasillo a recibirlos, no se equivocaban.
—La Pepa, ¿verdad?
—Sí —respondía el infortunado queriendo, no obstante, aparentar estoicismo o indiferencia—. La tenía tragada.
—Bueno, pero no hay que apurarse, hombre.
—Si no me apuro. Tú verás: de treinta, sólo nueve han escapado con penas de años. Es lo que yo digo: cuantas más Pepas, mejor. Lo malo sería que sólo nos tocara a unos pocos.
Algunos gritaban al llegar a su sala:
—¡Aquí me tenéis, muchachos!
—¿Qué?
—¡Treinta años! A ver si aprendéis.
Otros trataban de disimular hipócritamente su emoción:
—Me da vergüenza decirlo, compañeros. Me han tomado por una hermana de la caridad. ¡Doce años!
—¡Facha, más que facha! —le embromaban entre risas quienes bajo su estrépito trataban tal vez de encubrir sus íntimos e inquietantes temores.
Planas, ante uno de esos trasiegos que tanto le molestaban, se lamentó:
—Está visto que la sala de intelectuales se va a convertir en la sala de los condenados a muerte, y no hay derecho.
—Los hay espurreados también por otras salas —le objetaron.
—Sí, pero aquí vienen los casos más graves.
Sin embargo, tomaban más cuerpo los rumores acerca de la inminente amnistía a medida que se acercaba la fecha en que el nuevo Gobierno, el de los ganadores, haría su entrada oficial en Madrid. Hasta el número creciente, y ya abrumador, de los presuntos reos de la pena capital servía para mantener desplegadas y henchidas todas las velas de la esperanza y el optimismo.
—Que te digo yo que nunca se ha visto nada igual, hombre. Si quisieran hacer un escarmiento de esa categoría, de miles y miles de tíos apiolados, ¿crees tú que se iban a molestar con tanto papeleo y tantas idas y venidas y, sobre todo, con tanto ruido? Ni hablar. Buena gana de complicarse la vida sin necesidad. Con unas cuantas horas de hacerse el loco hubiera sido suficiente. Y con lamentarlo después… Primero, cuatro tiros y, luego, pues mire usted, no sabíamos nada, los incontrolados… y ya está.
—Pues eso mismo pienso yo. Esto es una advertencia para que en adelante no se mueva ni Dios. No hay quien me lo quite de la cabeza.
Aunque empezaron a cundir vagas noticias acerca de la ejecución de algunas recientes sentencias de muerte, no se le dio crédito.
—Yo se lo he preguntado a la parienta y me ha dicho que no son más que rumores sin fundamento para asustarnos. Claro, aquí nos dicen que las víctimas eran presos de Santa Rita; en Santa Rita, que eran de Yeserías; en Yeserías que eran de Porlier, y en Porlier…
—Que de cualquier otra prisión. Como hay tantas en Madrid… Y yo no es que diga que sí ni que no, pero me parece que se trata de simples paseos a fulanos que pertenecieron al SIM. Es que los del SIM… ¿Qué podían esperar, digo yo?
—A lo mejor, rosquillas.
—El que les den el paseo no tiene nada de particular. Es la forma de que no se les escapen con vida, de ajustarles la cuenta antes de que llegue la amnistía. Luego ya no podrían hacerles nada, ¿no te parece?
La larga lista de cárceles abarrotadas sugería asimismo la idea de la improrrogabilidad de la situación.
—¿Cómo van a funcionar los ferrocarriles si están en la cárcel todos los ferroviarios?
—¿Y quién va a sembrar ni a recoger las cosechas teniendo presos a los campesinos?
—Si en la calle no hay ni médicos, mira tú.
—Ni médicos, ni maestros, ni metalúrgicos, ni mineros…
—¿Cómo va a vivir un país con toda la gente que trabaja enchiquerada?
—Imposible.
El éxito de la catequesis era cada día mayor. La recluta de asistentes a las lecciones del padre Basilio era espontánea y se realizaba por contagio. En cuanto se tenía noticia de que el robusto cura asturiano se disponía a hablar en el patio, subido en un cajón, numerosos reclusos corrían a escucharle.
—Parece un buen hombre.
—Vamos a ver qué nos dice hoy el padre Basilio.
Explicaba brevemente cualquier punto de la fe católica y luego atacaba su tema favorito:
—Debéis tener un poco de paciencia, un poco de paciencia nada más, y sobrellevar esta prueba con resignación y sin desesperaros, porque ya falta poco, muy poco, para que volváis al seno de vuestras familias: los padres, con sus hijos; los hijos, con sus padres; los esposos, con sus esposas. Los asturianos volverán a Asturias, los valencianos, a Valencia; los catalanes a Cataluña; los andaluces, a Andalucía; los gallegos, a Galicia… Cada uno a su tierra, con los suyos.
Al llegar aquí en su perorata, el auditorio aplaudía clamorosamente, y el padre Basilio se enardecía:
—El campo y la fábrica están esperando vuestros brazos, porque vosotros sois la energía que mueve la maquinaria de la nación. Vosotros sois la fuerza, el trabajo, el músculo y el cerebro. ¿Hay algo tan hermoso como la aldea donde uno nació?
—¡No! —le contestaban.
Y él insistía:
—Allí, en la iglesia del lugar, siguen sonando las campanas que anuncian penas y alegrías. Y en la ermita, desde la que la imagen sagrada de alguna advocación de la Virgen María, nuestra santísima Madre, o la de algún glorioso santo, protegen vuestro pueblo y derraman sobre él las gracias del Espíritu Santo, hay un lugar reservado para cuando vosotros volváis. Y las campanas aguardan vuestro retorno para retumbar como en los días de fiesta mayor. Yo os digo que volveréis pronto, como han vuelto ya las cigüeñas y las golondrinas. ¡Estamos en primavera! ¿Hay alguna estación del año tan bonita como la primavera?
—¡No!
—¡Tened confianza en Dios! ¡Amad a la Virgen, su Santísima Madre y Madre nuestra también, queridos hermanos! Faltan ya pocos días para que podáis dar gracias a Dios con la suerte que os ha reservado. ¡Arriba los corazones! Súrsum corda!
Solían asistir los guardianes Von Papen, Conde Ciano y otros que no disimulaban su total desacuerdo con las palabras del cura, mediante gestos despectivos, encogimientos de hombros, risitas burlonas e, incluso, actitudes desafiantes. Ello provocaba un mayor ardimiento en los reclusos que, a cada súrsum corda!, del padre Basilio, atronaban la prisión con sus aplausos, como si estallase en el patio una traca valenciana.
—¡Esto es un mitin, compañero!
—Como que yo me temo que un día no dejen salir de aquí al padre Basilio.
—¡Ca! Tanto como eso, no. Menudos son estos tíos. Cuando un cura se atreve a hablar así es porque tiene permiso, no lo dudes. Algo buscan, porque todavía está por ver que un cura dé un paso de balde. Y no hay quien se meta con ellos. Salen como los hongos. Quién iba a decir que después de la limpieza que aquí se hizo, que nos veríamos otra vez comidos por los curas. A lo mejor, lo que ellos pretenden es que les agradezcamos después la amnistía. No te lo pierdas de vista, muchacho.
En una ocasión, Von Papen no pudo contenerse y abofeteó a un recluso que aplaudía demasiado a juicio del guardián. El padre Basilio suspendió en el acto su exaltado y bucólico discurso y, rojo de indignación, sudoroso y jadeante, se marchó diciendo:
—Así no puede ser. Daré parte al director, daré parte al director.
No pasó nada y, a la vez siguiente, comenzó así:
—Hay que perdonar, queridos amigos míos, hay que perdonar si queremos que se nos perdone. Nuestro Señor nos pide que contestemos a una bofetada poniendo la otra mejilla.
Luego inició su acostumbrado vuelo por los campanarios de aldea y volvió a recoger su cosecha de aplausos.
La guerra quedaba detrás del quiebro del camino que para la mayoría había supuesto su brusco final. La guerra, en aquellos días y para aquellos hombres, era como un cenagal de donde acabasen de salir, chorreando barro todavía los pies. Ante un inmenso futuro pendiente de dramáticas interrogantes, el volver la vista al pasado resultaba terriblemente acusador, porque la guerra se había convertido en una monstruosa culpabilidad que golpeaba implacablemente las conciencias.
—Todos fuimos a la guerra alegremente, pero ahora nadie quiere saber nada de la guerra —dijo Casi en una reunión del comité de enlace—. Pocos se ufanan ya de haber participado en ella. Y no sólo eso, sino que el que más y el que menos daría cualquier cosa porque no hubiese sucedido.
—Será porque la hemos perdido —aventuró otro de los asistentes.
—Naturalmente —terció Federico— pero aunque el resultado hubiese sido distinto y fuésemos nosotros los ganadores, puede que muchos de los nuestros pensasen lo mismo. Porque tanta matanza y tanta destrucción, ¿para qué? La guerra es siempre un mal negocio, compañeros.
—La guerra es una mierda —sentenció Méndez, de la UGT.
—Sí, eso es —continuó diciendo Olivares—, y más una guerra como la nuestra. Una guerra civil la pierde siempre el país entero. Sólo pudo habernos salvado a todos un perdón incondicional —movió pesarosamente la cabeza y añadió—: Pero no ha sido así.
—Si hubiéramos luchado sólo españoles contra españoles… —insinuó el representante de Unión Republicana—. Es lo que siempre decía don Diego:
—Lo que sí parece es que los comunistas se alegran o aparentan alegrarse de tanta Pepa —dijo Cejador, el socialista—. Ya sabéis lo que dicen: ¿No queríais una paz honrosa? ¡Pues ahí la tenéis! Como si resistiendo dos o tres meses más hubiéramos podido conseguir mejores condiciones.
—Ésa es otra hipótesis que ya no vale la pena discutir. Es tarde. En lo que tenemos que pensar es en lo que se nos viene encima. —Casi hizo una pausa y continuó—. Porque tengo malas noticias. Noticias confirmadas. —De nuevo se detuvo, miró a cada uno de sus compañeros y dijo después, lentamente—: Han empezarlo a ejecutar sentencias… Algunos ya lo sabíais y a todos os habían llegado los rumores. Pues bien, ya no son rumores. Es cierto.
Todos los del comité miraron instintivamente a Olivares, que les correspondió con un sobrio gesto de resignación, y siguió un embarazoso silencio hasta que volvió a hablar Casi:
—Bueno, dentro de poco puede que todos nosotros tengamos la Pepa también como Olivares. Pienso que alguno se ha de salvar y que a lo mejor es él el afortunado. ¡Quién sabe! De todas maneras, llevamos viviendo de propina desde el 18 de julio del 36. —Sonrió forzadamente y siguió—: Ésta es la situación, amigos. Pero ¿cómo va a reaccionar la gente? Habrá que tener más cuidado que nunca con los chivatos. Ayer se llevaron a diligencias a un compañero por haberse fiado de ese tipo que anda por ahí, un tal Conos, al que llaman Maravillas. Está muy pringado y, por lo visto, quiere hacer méritos sonsacando cosas a los presos y yendo después con el soplo a Von Papen. Y habrá todavía más chivatos peligrosos. Ahora andamos tras la pista de otros dos. Ya veremos qué resulta.
—¿Y por qué no hacemos un escarmiento con esos tipos miserables? —preguntó el de Izquierda Republicana.
—Por ahora, no —respondió Casi—. Podría acarrear represalias contra todos. Hay que vigilarlos y, de momento, lo mejor es señalarlos para que todos los presos los conozcan también. Eso hay que hacer ya con Maravillas. Así ya no podrán hacer ningún trabajo y, en cuanto dejen de ser aprovechables, el mismo Von Papen, el Pelines o quien sea, se encargarán de deshacerse de ellos.
—Dicen que Von Papen es de la Gestapo, ¿es cierto? —quiso saber el de Izquierda Republicana.
—Sabemos que toda su vida ha sido un golfo, que jugaba a las tres cartas junto a la plaza de toros y que es muy mala persona —respondió el socialista, quien después se dirigió a Casi—: Y diles ahora lo de la amnistía.
—Sí, es la última esperanza —dijo el de Unión Republicana.
Casi movió la cabeza.
—Ya. La amnistía, la amnistía… Hay opiniones para todos los gustos. Unos dicen que es un cuento y hay quien asegura que el decreto de amnistía, otros lo llaman de indulto o de perdón, está sólo a falta de publicarse y que se publicará el mismo día, o la víspera, de la entrada de Franco en Madrid para presidir el desfile de sus tropas victoriosas. No sé, pero de toda maneras vamos a salir pronto de dudas porque faltan ya muy pocos días para ese desfile.
Cantero y Gonzalo que, como siempre, hacían la centinela de puerta de la sala, sisearon e hicieron señas de que se acercaba algún peligro. Entonces Casi se puso en pie diciendo:
—Creo que lo mejor es que cada mochuelo se vaya a su olivo. De todas maneras, si quisieran saber de qué hemos estado hablando les diremos que comentábamos la noticia de ese desfile que se prepara, ¿estamos?
—De acuerdo, Casi, pero ¿no podrías decirnos algo acerca de la gestión de nuestros compañeros en Francia? —preguntó Olivares a tiempo de levantarse.
Y Casi informó rápidamente:
—Bien. Hace varios días que salió un delegado del interior para Francia. Los socialistas han hecho lo mismo, ¿no? —y requirió el asentimiento de su delegado, que hizo un signo afirmativo con la cabeza—: Los dos son portadores del mismo mensaje. Ahora esperamos el resultado. Eso es todo.
En la sala inmediata se oyó gritar a alguien:
—¡Oído! —y después—: ¡Los que pertenecen a la catequesis, que bajen al patio!
Seguidamente, se disolvió la reunión del comité.
—Sí, ¿qué iba a alegar? ¿Tú crees que podía decir en qué sitios de Zaragoza y de Burgos recogía yo la información militar ni el nombre ni las señas personales de quienes me la daban? Hubiera sido peor para mí. Ya lo pensé, ya, cuando me interrogaba aquel hijo de puta. Pero entonces también me dije, ¿qué adelantarás? A mí no me van a creer, pero se van a enterar los interesados, y cómo éstos están ahora, a lo mejor, en cargos de mucha importancia, lo más seguro es que metan prisa para quitarme de en medio. Y me callé entonces y me he callado ahora. No sé si he hecho bien, pero… ¿Qué piensas tú?
Olivares se detuvo y puso una mano sobre el hombro de Martínez Vega.
—Pues creo que las dos veces has obrado muy cuerdamente, Eulogio.
Paseaban por el patio. La mañana, en cuyo lejano cielo azul navegaban algunas nubes primaverales, transcurría al mismo ritmo de todas las mañanas, mucho más vivo que el del resto del día a causa de las comunicaciones. La emoción de los presos que esperaban ser llamados a comunicar y de los que volvían del locutorio contagiaba a todos. Las noticias, en forma de tromba de aire de la calle, alteraban los nervios de la población reclusa, cualquiera que fuese su significación, y, a su impulso, se levantaban olas de esperanza que, después de barrer hasta los más escondidos rincones de la cárcel, morían más tarde en la resaca de las horas vacías. De cuando en cuando, el ordenanza voceaba los nombres de los llamados a comunicar, los cuales corrían a su encuentro y formaban espontáneamente en dos hileras, y, de cuando en cuando también, irrumpía entre los corros alguien que volvía de comunicar y empezaba a lanzar noticias que, al pasar de boca en boca, se hinchaban como irisadas y gigantescas pompas de jabón. Ello hacía que en el patio hirvieran mil rumores distintos que formaban entre todos un vasto clamor de mar alborotado. Se veían presos que ostentaban en la pechera cartoncitos con frases como «No me hables de la guerra» o «No me cuentes tu caso». Algunos iban de grupo en grupo escuchando ávidamente lo que en ellos se decía. No faltaban los solitarios, los retraídos, a quienes deprimía la excitación de los demás, ni los precavidos que hablaban mirando antes alrededor, ni los que se hacían escuchar como oráculos, ni los que pretendían sostener a todo trance su superioridad, ni los que estaban dispuestos a creer lo que fuese, ni los sempiternos discrepantes, ni los que se divertían burlándose de otros, ni los que respondían con gestos serviles a las humillaciones, ni los que hacían gala de estar en el secreto de todo, ni los que demostraban no haberse dado cuenta todavía de nada, ni los bromistas, ni los chistosos, ni los juguetones, ni los graves y asentados, ni los frívolos y atolondrados, ni los vestidos con esmero, ni los andrajosos, ni los bien nutridos, ni los caquécticos, ni los que fumaban rollizos cigarros o comían ostentosamente alguna golosina, ni los que husmeaban a la caza de una colilla o de un desperdicio.
—Así que tú estabas en el servicio de información ¿no?
Sí —respondió Martínez Vega—. Servicio de información en zona nacional.
—¿Y cómo te admitieron no siendo comunista?
Martínez Vega sonrió.
—Muy fácil. Me apunté en el partido por orden de mi organización. Hice como que me pasaba a ellos, asqueado, y me creyeron. Así pude dar luego muchos informes a mi gente.
Olivares se quedó un momento pensativo y ambos guardaron silencio. Al cabo de un rato, aquél murmuró:
—Sabes que era un plan muy atrevido, ¿eh? Y muy expuesto, coño.
—¡Ca! No lo creas, porque uno se acostumbra pronto a disimular, igual que se acostumbra a otras muchas cosas.
—Bueno, bueno…, no tanto. La cosa tiene sus pelendengues, ya lo creo… Y dime, ¿pasabas con frecuencia a la zona franquista?
—He pasado cinco veces en todo el tiempo. Iba vestido de alférez nacional, con toda la documentación en regla, con dinero de aquella zona…
—¿Y direcciones, no?
—Naturalmente.
—¿De centros oficiales?
—Creo que otros sí; pero yo sólo una vez tuve que entrar en un cuartel, porque el enlace mío era otro alférez de ellos y aquel día estaba de guardia en el interior, en las oficinas, y yo no podía esperar. Me salió bien, pero no veas el canguelo que pasé… Pero por lo regular yo iba derecho a una casa, donde ya me esperaban y donde me tenían preparado todo. Lo más difícil era atravesar las líneas de ellos, tanto a la ida como a la vuelta, porque aunque siempre tenía lugar por frentes tranquilos, podía uno encontrarse con lo que no esperaba. Podían haber cambiado las fuerzas o estar haciendo alguna concentración para un ataque, y entonces no te valía de nada lo que habías pensado hacer. O te volvías o tirabas por otro camino, o qué sé yo. Una vez tuve que echar marcha atrás porque el paso estaba muy vigilado. Bueno, tuvimos que hacer lo mismo los cuatro que habíamos salido juntos. Siempre nos juntábamos varios al ir para allá o para volver. Para volver, quedábamos citados en un punto y desde allí ya no nos separábamos.
—Ya, ya —y Olivares movió la cabeza ponderativamente—. Eso sí que era jugar con fuego.
Martínez Vega se encogió de hombros.
—Bah, todo en la guerra es así. Tanto o más peligro se pasa en la trinchera y además se vive en ella como un miserable piojoso. Nosotros, en cambio, nos lo pasábamos estupendamente después de cada servicio. Teníamos buena cama, tabaco a placer, y comíamos como Dios y podíamos pasar el rato con gachís. Para tiempo de guerra no estaba mal, ¿eh?
—Desde luego era una vida de maharajá en comparación con la del frente, pero eso de no poder estar tranquilo ni un momento y que al menor descuido…
Martínez Vega le interrumpió:
—¡Para! A mí no me podían coger vivo ni durmiendo. Antes me hubiera pegado un tiro en el corazón. Para eso llevaba una pistola de siete sesenta y cinco en la sobaquera.
Se detuvieron otra vez y Olivares sacó su paquete de tabaco y ofreció un pitillo a su compañero y, mientras lo encendía, le estuvo observando atentamente. Olivares no podía comprender cómo un hombre que había demostrado tan grandes cualidades de valor y sangre fría se hubiera dejado coger finalmente como un corderillo, y se lo preguntó. Martínez Vega hizo un gesto desdeñoso.
—¡Psch!, alguna vez tiene que salirle a uno mal alguna cosa, digo yo. Verás. Yo estaba en Alcalá cuando el follón de última hora y decidí escaparme porque los de mi grupo estaban con Negrín. Me vine a Madrid, a campo través, solo. Luego me uní a las fuerzas de Mera. Cuando se acabó la «semana del duro» me hice el plan. Como tenía documentación y dinero de la otra zona, me dije que si todo se hundía de la noche a la mañana, como luego sucedió, lo mejor sería mezclarme al principio con las tropas que entrasen del otro lado y, aprovechando el barullo, largarme después a Zaragoza, donde yo conocía gente que hubiera podido camuflarme. Y así lo hice, pero como te decía, me salió mal la combinación. A los dos días de entrar los nacionales, era por la mañana, iba yo por Cibeles con una chavala, por cierto facha rabiosa, como que le habían matado aquí a su padre, cuando, de buenas a primeras, sentí que me encañonaban por detrás y me decían que me diera preso. No me dejaron echar mano a la pistola de la sobaquera… —movió la cabeza, dio una chupada al pitillo y prosiguió—: Total, que me llevaron detenido a la casa número siete de la calle de Vallehermoso, al sótano, donde me tuvieron lo menos cuarenta y ocho horas incomunicado y sin comer. Había allí un fulano… ¡La madre que le parió! Llevaba una insignia de ferrocarriles en el pecho. El tío era bizco y arreaba cada vergajazo por nada… Había que llamarle si querías hacer alguna necesidad. Entonces abría la puerta. Tú te tenías que poner al fondo del cuartucho, tieso, con el brazo en alto y gritar ¡Arriba España!, cuando él aparecía. Te miraba y, si tú le mirabas también, te soltaba un vergajazo donde te pillara y te decía: ¡Para que otra vez bajes los ojos en mi presencia, cabrón! Y, si no le mirabas, te sacudía también, diciéndote: ¡Esto para que aprendas a mirar de frente, como los hombres, so hijo de puta! Así que, de todas maneras, ir al váter te costaba un buen vergajazo. Bueno, al fin me sacaron a declarar… Yo me había inventado una historia, pero fue inútil. Lo sabían todo. Seguramente me había denunciado alguien del servicio, porque sacaron a relucir algunos detalles que sólo conocemos nosotros.
Por ejemplo, una vez, cuando ya nos disponíamos a atravesar las líneas para volver a nuestra base, descubrimos una patrulla enemiga que marchaba hacia retaguardia. Eran como ocho hombres. Seguramente una patrulla de vigilancia. En casos así, debíamos ocultarnos y evitar el choque; pero, en aquella ocasión, a uno de los que venía conmigo se le ocurrió que debíamos atacarlos para coger algún prisionero.
—Yo me opongo —digo—. La orden es bien clara.
—Pero si los tenemos en el saco… —dice mi compañero.
—¿Y si se arma jaleo, nos descubren y se pierde el servicio?
—Están ya muy cerca. Es entre dos luces.
—No se van ni a enterar. Cuando quieran hacerlo, ya estarán en el otro barrio.
Nos escondemos detrás de unos carrascos. El sendero por donde ellos vienen pasa por delante. No pueden descubrirnos. Se les oye hablar. Bromean.
—Yo me lavo las manos —digo.
—Haz lo que quieras.
Algunos intentaron revolverse y tuvimos que matarlos a todos. Sólo pudimos recoger su documentación y salir pitando —aplastó la colilla con la punta de la bota y añadió, moviendo la cabeza—: Como no haya una amnistía, a mí no me salvan ni la paz ni la caridad.
Luego se quedó callado, distraída la mirada en los grupos de alrededor. Olivares le miraba de reojo. Martínez Vega era un hombre en el comienzo de la vida, fuerte, saludable, templado, pasmosamente dueño de sí en todo momento, como si careciera de emociones y de pasiones.
—¿En qué piensas ahora? —le preguntó.
El otro, sin mirarle, le contestó:
—En la mierda que hay en todo esto.
Siguió una pausa. Echaron a andar de nuevo y, como si pensara en voz alta, Martínez Vega añadió:
—Hay quien ha jugado con dos barajas, para ganar siempre, y ha ganado. Uno, en cambio, tenía que perder a la fuerza.
—¿Por qué?
Martínez Vega le miró.
—¿Que por qué?
Su mirada era limpia, pero helada. Sus ojos parecían de cristal.
—Pues porque no se puede ser joven y confiado en estas andanzas. Hay que ser viejo o zorro. ¿Piensas tú que si, en vez de ser Franco, hubiera sido Negrín, o Largo Caballero, o Prieto, el ganador, nosotros, los jóvenes, tendríamos algo que hacer? Nada, te lo digo yo. ¡Nada! Claro, no estaríamos en la cárcel ni condenados a muerte, pero ¿qué? En resumidas cuentas, ¿qué? El joven es bueno para dar la cara, para matarse, y para de contar. Si a mí me hubiera cogido la guerra con veinte años más o hubiéramos mandado los que nos partíamos la cara por ahí, otro gallo me cantaría ahora. ¿Qué crees que van a hacer con los jóvenes del otro lado, eh? Ya lo verá el que viva: darles una patada en el culo y a casa. Ni siquiera las gracias, una patada en el culo.
La voz se le había enronquecido y carraspeó.
—¿Quieres darme otro pito? No tengo tabaco, Olivares. Federico se apresuró a complacerle. Fumaron en silencio.
—Eres demasiado pesimista, Eulogio —dijo al fin Olivares.
—¿Y tú no?
Se miraron a los ojos y Federico se encogió de hombros.
—Pienso, como tú, que hay mucha mierda en todo esto. En la guerra hay mucha mierda, es cierto. Que a los jóvenes se nos traiciona siempre es cosa vieja; que la vida es un absurdo, no hay más que abrir los ojos para verlo; que sobran muchas palabras, es evidente. Pero hay una cosa que no puedo olvidar, y es que estamos aquí. Por casualidad tal vez, cierto, pero estamos aquí, en la vida, y tenemos que emplear el tiempo en hacer algo. Si me preguntases que para qué, no sabría contestarte. Nos dieron un billete para un viaje a no se sabe dónde, cuando nacimos, y nos montaron en el tren. ¡Hala! No sé si me explico —Martínez Vega sonrió— o si me entiendes. La vida no valdría nada absolutamente si no acabase. Daría asco, no sabríamos qué hacer, pero como acaba, siempre nos queda el deseo de hacer algo, y hacerlo rápidamente por si acaso. Por eso no queremos morir. Yo no quiero morir. Yo creo que nadie quiere morir, ni siquiera los que dicen creer en el más allá, ni el Papa, ya ves, ni los obispos, ni los frailes, ni los que gritan que vale más morir de pie que vivir de rodillas, como La Pasionaria, aunque la frasecita no es de su invención, ni los enfermos, ni los ancianos, ni los tullidos, ni siquiera los miserables que se arrastran por la vida como por un estercolero. Todavía no he visto a nadie, Eulogio, decir de verdad que quisiera morirse, y yo creo que, si pudiéramos penetrar en la conciencia de los suicidas, descubriríamos que se arrepintieron de su decisión en el último segundo… Hasta Cristo flaqueó, ¿eh? —hizo una pausa y luego preguntó a su amigo—: Y tú, ¿quieres morir?
Martínez Vega hinchó el pecho y, luego, mientras expulsaba el aire, movió negativamente la cabeza y añadió:
—No es que quiera morir, no, pero me parece que muchos de nosotros estamos ya muertos, aunque sigamos moviéndonos, hablando, comiendo, durmiendo…
El ordenanza, que ya había comenzado a vocear los nombres de otra lista, gritó:
—¡Federico Olivares García!
Martínez Vega le miró, extrañado.
—¿Lo esperabas?
Olivares había palidecido súbitamente y apenas podía dominar su creciente excitación.
—Sí y no. Sabía por Molina que mi madre y mi hermana llegaron ayer por la mañana a Madrid, pero no estaba seguro de que pudiera verlas hoy, porque no toca mi letra.
En los ojos de Martínez Vega, Olivares, pese a su nerviosismo y a las prisas, pudo percibir cómo una ligera niebla velaba el brillo habitual de su mirada mientras decía:
—¡Enhorabuena, hombre!
Entraron en tromba, pero, al pasar de la luz del exterior a la penumbrosa del locutorio, quedaron momentáneamente como cegados. Inmediatamente, sin embargo, estalló la tempestad.
—¡Aquí estoy, aquí estoy!
Era el grito para encontrarse y ponerse frente a frente los interlocutores a través de la doble reja de alambre. Federico corrió de un lado a otro, como los demás, hasta que divisó las dos figuras de mujer que, desde la otra orilla, seguían ansiosamente sus movimientos, le llamaban y le hacían señas vehementes con las manos. Entonces se detuvo y se abalanzó contra la alambrada, incrustándose entre dos compañeros que hubieron de estrecharse un poco para dejarle sitio. Entre los presos y sus visitantes quedaba un pasillo vacío como de un metro de anchura.
Olivares sólo pudo entender claramente las primeras palabras:
—¿Cómo estás, hijo?
—Federico, guapo…
Después se formó un guirigay ensordecedor. Las palabras, al chocar en su camino con otras, se extraviaban. Sólo se percibían algunas, que detonaban como taponazos: ¡Avales, avales!, ¡La Pepa!, ¡Sí!, ¡No!, ¡El consejo!, ¡El consejo!, ¡Comida!, ¡Libertad!, ¡Pronto!, ¡No tengas miedo!, ¿Y los chicos?, ¡Lentejas!…
Y los diálogos se dislocaban, se entremezclaban, se confundían:
—¿Un capitán? ¿Qué capitán?
—Y te mando jabón.
—¿Jabón? Pero ¿qué capitán?
—Que no es eso.
—Dime qué capitán. ¿Lo conozco yo?
—Que vas a salir pronto.
—¿Cuándo?
—La Puri ya está mejor.
—¡No entiendo nada, Teresa!
—¿Te han zumbado?
—Me mudaré luego.
—Ha sido la portera. ¡La portera!
—¿Qué dices?
Los presos se desesperaban. O sacudían la alambrada gritando: ¡Más bajo! ¡Más bajo! ¿Es que no podéis hablar más bajo?, o se resignaban a establecer con sus familiares un puente de miradas y gestos a través del cual iba y venía, silenciosamente, un flujo de ternura, cariño y compasión. Con los rostros pegados, incrustados casi, a la alambrada, se lanzaban besos y murmuraban frases que caían a medio camino, en aquel campo de nadie entre rejas que separaban los dos mundos.
Así, intentando hacer llegar hasta su corazón el, tantos años contenido y ya desbordado, caudal de sus sentimientos, miraba Cristina a su hijo Federico, comiéndoselo con los ojos y esforzándose dolorosamente por no llorar.
(No ha cambiado mucho. Parece más hombre, eso sí, y tan guapo como siempre. Y no aparenta miedo ni susto. ¡Y está condenado a muerte, Dios mío! Pero no quiero, no quiero pensar en ello ahora. Tengo que sonreír. Sí, hijo, no te pasará nada. Tú eres bueno. Fuiste bueno siempre. ¿No dicen que el que no tenga las manos manchadas de sangre ni de robo no tiene nada que temer? Compréndelo bien: tú no tienes nada que temer. Ay, hijo, tus ideas, tus ideas… Si me hubieras hecho caso… Pero los hombres sois así: crédulos, confiados, soñadores. Tú eres igual que tu padre en eso… Así le fue al pobre… Le engañaron, le amargaron la vida… Tú, a tus enfermos, Julio. Y tú, a tu escuela y a tus estudios, Federico. Déjate de quimeras. Sí, ya sé que es inútil. Pero ya ves ahora… ¿Qué puedo hacer por ti? No me importa todo lo que he sufrido y lo que ha sufrido tu hermana durante estos tres años. No nos importa a ninguna de las dos. Si supieras cuántas y cuántas noches hemos pasado las dos hablando de ti, temiendo por ti, sin poder coger el sueño. Ay, hijo. Que salgas con bien de ésta y sea lo que Dios quiera después. No te tenemos más que a ti y tú no tienes ahora a nadie más que a nosotras dos, porque Aurora, a quien tú creías tan enamorada, y que puede que lo estuviese, se cansó de esperar. ¿Tú no sabes que Aurora va a casarse con otro? Claro, cómo lo vas a saber, pobre. ¿Quién lo iba a pensar, eh? Pero ¿quién iba a pensar en una guerra así? ¡Maldita guerra! Ella es la culpable de todo, pero tú no te preocupes, hijo. Mujeres no te han de faltar, y más bonitas y más enamoradas que Aurora. Tú perdónala y olvídala. Se la llevó la guerra, como se llevó nuestra casa y tantas vidas. Ya ves, tu hermana tiene un novio falangista. Te enterarás, no hay remedio. Pues hazme caso y no sufras por eso. Es la guerra, la guerra, la guerra y siempre la guerra, por muchos años, quizá por toda nuestra vida, a mí, desde luego, por todo lo que me queda de estar en este mundo, que será poco, porque ya me siento acabada. Por eso, lo primero ahora es salvarte. Sí, eso es lo primero. Después, ya veremos. Ayer mismo por la tarde fuimos a ver a Matilde. Nos habló de ella Rosario. Y nos recibió muy bien. Esa mujer te quiere. No me gusta, pero te quiere y puede hacer mucho por ti. Nos ha prometido un buen aval. Y también va a proporcionarle un empleo a Alfonsina. Hay que aprovechar lo que sea con tal que tú te salves, hijo. De que tú te salves y volvamos a reunirnos otra vez los tres. Los tres bien juntitos, como antes de la guerra. Aunque tengamos que vivir debajo de un puente. Ya nos arreglaremos y, poco a poco…).
Alfonsina sonreía constantemente a su hermano; pero, de cuando en cuando, desviaba de él la mirada para observar a los demás presos y a las mujeres que, junto a ella, se desgañitaban gritando.
(¡Dónde has caído, hermano! ¡Pobre! Tú, siempre tan pulcro, tan educado, tan fino, mezclado con esta gente que no hace más que gritar y empujar, tan ordinaria… No. Federico, no digo que no sea buena gente, pero tiene mucho que aprender. Por eso habéis perdido la guerra. Por eso, no porque sea mala, porque los otros… Pero es una lástima que tú te hayas mezclado en todo esto. Tienen razón esos hombres que están contigo y estas mujeres, pero no saben tenerla, y eso es lo que me da más rabia. Claro que son buenos. ¿Qué hubiera sido de mamá y de mí en el primer año de guerra sin su ayuda? Tenías que haber visto cómo, al hacerse de noche, llamaban a nuestra puerta. Entonces vivíamos con el corazón en un puño, porque todo eran registros y amenazas y malas maneras. ¡Figúrate a mamá y a mí solas aquellas noches interminables en que nadie se atrevía ni a asomarse siquiera a la calle! Pues el primero de los que llamó era un viejo vestido muy pobremente. No sabíamos qué hacer, si abrirle o no. Al fin decidimos abrirle, temblando, después de decirnos que era amigo tuyo. Más tarde nos contó que era abuelo de uno de tus discípulos y que te había tenido escondido en su alfar, y que te había arreglado la huida en barca. Nos dejó cinco duros y se fue. Luego vinieron otros, también desconocidos, con trazas de obreros o de hombres del campo. Se sentían muy cohibidos, avergonzados, y no sabían qué decir, y siempre tenían mucha prisa. Se conoce que les daba miedo lo que hacían. Entonces todo el mundo tenía un miedo espantoso. Era terror. Se apoyaban en la pared para descalzarse. Entre el pie y el calcetín se sacaban algún billete y hasta duros de plata, que entregaban a mamá. No sé cómo podían andar así. Apenas decían algunas palabras. Si acaso, que hacían aquello en nombre de otros, porque apreciaban mucho al compañero Olivares o a don Federico, el maestro. Eran gentes pobres, humildes, muy agradecidas y muy valientes, porque podía costarles la vida el socorrernos. No nos daban sus nombres ni se los pedíamos. Y siempre era distinta la persona. Y es una lástima, porque así no sabremos nunca quiénes fueron. ¡Todo un año vivimos de esa manera, Federico! Después, gracias a Magda, la maestra a la que tú le gustabas tanto y que se metió el primer día en la Falange, pudimos ganar algo mamá y yo, la comida, cosiendo ropas y haciendo punto para el frente y los hospitales. Y más tarde apareció por allí Fernando, convaleciente. Le hirieron en una pierna cuando la toma de Málaga. Se fijó en mí y empezó a rondarme. A mí no me disgustaba como persona, pero era enemigo tuyo. Mamá tampoco quería. Pero… Total, que nos hicimos novios, Federico. A mí me costó llorar mucho, todas las noches cuando me acostaba y me acordaba de ti. Ahora mamá tiene miedo de que tú lo sepas. ¡Qué asco de guerra! Nos ha destrozado la vida a todos. Si hubieran ganado los tuyos, Federico, a estas horas estaría Fernando donde estás tú. Lo que quiere decir que yo tenía que perder saliera lo que saliera, ¿no? ¿Y qué he hecho yo para eso, Dios mío? Y si te ocurre algo malo a ti, ¿qué? ¿Cómo podré vivir con un hombre que es amigo y partidario de los que te condenan a muerte? Tu recuerdo me ahogaría).
Federico tenía encerradas en el círculo de su mirada los rostros de las dos mujeres. El de su madre, abrasado por todos los dolores; el de su hermana, en el ardor pleno de la juventud y los sentimientos. El uno, marchito; el otro, floreciente.
(Mamá ha envejecido mucho, ¡mucho! En cambio, Alfonsina se ha hecho toda una mujer, y una mujer hermosa. A las dos las he arrastrado a la desgracia. ¡Cuánto habrán sufrido durante estos tres años y cuánto más les queda aún que sufrir! Y todo por mi culpa. Pero ¿soy yo realmente responsable de su desgracia? ¿No soy, por el contrario, una víctima también de los acontecimientos? Estalla la tormenta y pobres de aquellos a quienes les cae un rayo encima… ¿Te acuerdas, mamá, de aquellas pavorosas tormentas que estallaban en la Mancha? Todos los años hacían víctimas. Al tío Pimentón, ¿te acuerdas del tío Pimentón, mamá?, lo mató un rayo cuando volvía del majuelo montado en su borrico. El borrico se salvó. Por eso, la gente tenía tanto miedo a las tormentas, sobre todo las mujeres. En cuanto se oía el primer trueno, recogían los chiquillos y se refugiaban con ellos en la cocina, encendían velas a Santa Bárbara y se ponían a rezar. Tú también nos cogías a Alfonsina y a mí bajo tu chal, te juntabas a la criadas, la Manuela, tan bruta, y la Antonia, la morenucha presumida que cada año tenía un novio diferente, a uno de los cuales, su Juan, como ella decía, le cortó las dos piernas el tren… Rezabais a Santa Bárbara bendita, ¿por qué a Santa Bárbara?, temblando de miedo. Alfonsina cerraba los ojos y se dormía. A mí me pasaba todo lo contrario. A mí me excitaba mucho el gangueo de las avemarías, las lágrimas de la Antonia, el olor a tierra mojada y a azufre, el olor a infierno que decía la Manuela, las oscilaciones de las llamas de las velas y las sombras que bailaban en las paredes de cal. Una vez apareció papá. Parece que le estoy viendo. La Antonia estaba sonándose las narices. Tú, que rezabas en voz alta, te volviste a mirarle, pero sin suspender el rezo. Mi padre entonces se te acercó, me cogió de un brazo y me sacó de debajo de tu chal.
—No es bueno asustar a un muchacho que tiene que ser hombre —te dijo.
Te lo dijo sonriendo y tú no opusiste resistencia ni protestaste, pero la Manuela arrugó los labios y meneó la cabeza con un gesto de pavo ofendido, y la Antonia se echó a llorar, y Alfonsina abrió los ojos y miró a todos, y no comprendió nada. Mi padre me cogió de la mano y me sacó de allí. Subimos la escalera sin decir palabra. Atravesamos luego vuestra alcoba y salimos al balcón. La calle estaba desierta. El aire era morado, como el cielo, donde, de cuando en cuando, seguidas de estampidos que hacían temblar los cristales, corrían las culebrinas de fuego como cohetes. Olía a parva mojada.
—Esto de las tormentas no es juego de ángeles y demonios, Federico. La evaporación del agua produce las nubes y éstas llevan una carga de electricidad negativa; porque hay electricidad negativa y electricidad positiva. La electricidad negativa es como si chupase, ¿comprendes?
Sí, papá.
—Y la positiva, que es la que tiene la tierra, es como si escupiese. Se establece una corriente entre la electricidad de arriba y la de abajo y cuando se encuentran, zas, se produce la descarga. ¿Lo ves claro?
Sí, papá, y ésas son las descargas que matan, como aquella que mató al tío Pimentón, ¿no es así?
Sí, hijo.
—¿Y qué es la muerte, papá?
—¿Qué?
—¿Que qué es la muerte?
—La muerte no existe.
—¿Que no?
—No.
—Entonces, ¿por qué hablan tanto de la muerte?
—¿Tú has visto la sed?
—No.
—Pero la has sentido.
—Claro.
—Pues es igual. No existe la sed, sino personas que tienen sed, y no existe la muerte, sino personas que mueren.
—¿Y qué pasa cuando muere uno, papá? Porque tú has visto morir a muchas personas…
—Nada, no pasa nada.
—¿Cómo nada?
—Nada, te digo. ¿No has visto nunca parado el reloj del comedor?
—Sí, papá.
—Pues eso es lo que le pasa a una persona cuando muere.
Los truenos, entre tanto, reventaban en el aire y aparecían los bordes cárdenos de sus desgarraduras, y temblaba el mundo. Algún perro corría con la cola entre las patas y aullando. Saltó una chispa rojiamarilla en la punta del pararrayos de la iglesia… Mi padre estaba tranquilo. Su mano, caliente y grande, apretaba la mía. De pronto, una ráfaga de viento, de un viento muy gordo, como si fuese algodón, nos tambaleó, empujó fuertemente los batientes del balcón y arremolinó las cortinas hasta el techo.
—¿Tienes miedo, Federico?
Y me habló como si tuviera llena la boca.
—Contigo no, papá.
Y yo también tenía llena la boca de aire gordo.
—No hay que tener miedo a la muerte, ¿sabes?, porque la muerte no existe. Es uno el que muere, como un reloj que se para, y ya está. ¿Qué más da morir de un modo que de otro? Yo moriré, y mamá, y Alfonsina, y todos. De la muerte no hay quien se libre, Federico.
—Sí, papá.
Yo hubiera querido entonces volar con aquel viento fuerte y gordo, como quise volar cuando corría una cometa y el viento fuerte y gordo me entró por la boca como los buches de agua que tragaba nadando en el río. Pensé que cuando me hinchase de aire, volaría. Y di un salto para que la cometa tirase de mí. Pero no pudo conmigo y entonces tuve que pararme, porque ya no podía respirar…).
Sonó el pito del guardián y amainó algo aquella tempestad de voces. Entonces pudo oír Federico que le decía su hermana:
—Nos veremos luego.
—¿Dónde?
—Luego —repitió su madre.
Sonó otra vez el pito, que fue como un hachazo que hendiera una masa gelatinosa. Las voces cesaron temblorosamente y se hizo un silencio jadeante.
—¡A formar! ¡Aprisa! —gritó el funcionario.
Los reclusos obedecieron de mala gana, renuentes, vuelta la cabeza hacia sus familiares y cruzando con éstos los mudos adioses de las manos. Al fin dejaron el locutorio. Olivares vio entonces a Toledano hablando con el guardián. Éste hizo un gesto afirmativo y Toledano se le acercó y, cogiéndole de un brazo, le dijo:
—Ven. Te llama el jefe de servicios.
—¿A mí? —preguntó extrañado.
—Sí. Anda, vamos.
Salió de las filas y siguió al ordenanza.
—Me parece que vas a tener una comunicación extraordinaria, en el despacho del jefe de servicios. Has tenido suerte con que esté hoy don Félix.
Federico, todavía turbado por las recientes emociones, no supo qué decir a su compañero. Además iban tan de prisa que se encontró, de pronto, frente al jefe de servicios, que era el joven de la sahariana militar. Le saludó, brazo en alto, y esperó:
—A sus órdenes, don Félix —dijo Toledano.
El jefe de servicios, que revisaba unos papeles sentado a su mesa, dejó pasar unos momentos de silencio antes de levantar la vista y ordenar a Toledano:
—Ve a traer a esas señoras.
Salió el ordenanza a cumplir la orden y entonces el jefe de servicios, tras de examinar atentamente a Olivares, le preguntó:
—¿No es usted uno de aquellos cuatro a quienes sus compañeros no querían admitir en la sala porque traían petición de pena de muerte?
—Sí, señor.
Don Félix movió la cabeza.
—Pero ¿aún siguen ustedes tan mal avenidos?
Olivares se encogió de hombros por toda respuesta.
—Es increíble —continuó diciendo el funcionario, quien se levantó y ofreció un cigarrillo al preso.
Mientras fumaban, volvió a preguntar a Olivares:
—¿De qué le acusaron en el consejo de guerra?
—Pues de haberme pasado voluntariamente de la zona nacional a la roja y de haber llegado a ser comisario y capitán.