Los que perdimos

Los que perdimos


VII. … quebrados y sin saliva / en la boca, con los huesos…

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—¿Y por eso quiere el fiscal que le condenen a muerte?

—Sí, señor.

—¿Sólo por eso?

—Sí, señor.

—Pues también es increíble.

El gesto de asombro de don Félix y su comportamiento animaron a Federico a decir:

—Uno perdió y tiene que pagar, ¿no le parece?

Don Félix se le quedó mirando a los ojos mientras chupaba su cigarrillo.

Se volvió luego de espaldas, lentamente, anduvo unos pasos y murmuró:

—Lo que habría que aclarar es quiénes son los que han ganado.

Olivares permaneció callado. El jefe de servicios, por su parte, se acercó a la ventana que daba al vestíbulo y, tras un silencio, murmuró:

—Mi padre estuvo encerrado en esta misma prisión y lo asesinaron después. Yo me pasé a los míos, combatí dos años en primera línea y ahora estoy aquí de carcelero. ¿Es esto ganar?

La pregunta aleteó como una mariposa y se deshizo en el aire. Federico no se movió siquiera y, al cabo de unos segundos, oyó que don Félix se dirigía a la puerta, y su voz.

—Ya están aquí.

Entonces se volvió Federico a mirar en aquella dirección y se encontró con los ojos del funcionario, quien, golpeando suavemente con un dedo la esfera de su reloj de pulsera, decía:

—Tienen quince minutos. No puedo concederles más tiempo.

Abrió la puerta y desapareció. La puerta quedó abierta y, de pronto, surgieron en su marco su madre y su hermana. Corrió Federico hacia ellas y se abrazaron los tres entre sollozos. Luego, Federico advirtió, para reportarse:

—Tenemos un cuarto de hora.

Atropelladamente, saltando de tema en tema y del pasado al presente, trataron de zurcir las orillas de aquel largo vacío de tres años. La madre, más que hablar, miraba con hambre en los ojos a su hijo. Hacía de cuando en cuando signos afirmativos o negativos con la cabeza, se secaba las lágrimas silenciosas que le rodaban por las mejillas y murmuraba; si tú supieras, si tú supieras… Federico contó brevemente cómo el fiscal había solicitado para él y para sus tres compañeros de sumario la pena de muerte, cómo se esperaba un perdón general y cómo a él le parecía muy incierto esto último.

Fue Rosario quien las avisó. Vendieron inmediatamente, en horas, todo lo que tenían por lo que quisieron darles y se pusieron en viaje.

—Si tú supieras, hijo, si tú supieras…

—Bueno, Federico, llegamos a Madrid ayer mañana y ya por la tarde fuimos a ver a Matilde. No digas que no es correr.

—¿A Matilde? ¿Y cómo se os ocurrió…?

Pero a Alfonsina no le detuvo el gesto de disgusto de Federico.

—¿Y por qué no?

—Nos recibió muy bien, hijo, muy bien.

—Sí, y nos ha prometido un aval que yo misma llevaré a Burgos, a la Auditoría general; allí hay que dirigirse ahora. Esta misma noche saldré para Vitoria, en cualquier tren, como sea, pues ya no me asusta viajar con soldados. Iré a ver a los abuelos. Como son tan carcas y tan beatos, podrán hacer algo por ti, por lo menos conseguir que me reciban en la Auditoría y que me acepten el aval de Matilde, ¿comprendes, Federico? Intentaremos todo, todo lo humanamente posible. Rosario, que no para de un lado para otro —hasta creo que piensa ir a ver a los frailes de El Escorial—, me ha dado el número de vuestro sumario. Esto es muy importante saberlo, pues es lo primero que te preguntan dondequiera que vayas a solicitar una ayuda o a enterarte de cómo va la cosa. Sin el dichoso numerito es como si anduvieses a ciegas. ¡Son tantos y tantos! Cerros, Federico, cerros de expedientes. Pero yo he cogido ya la pista del tuyo y de ella no me apartará nadie hasta que logremos el indulto. El que mejor de vosotros está es José Manuel, porque se ha hecho cargo de su asunto la embajada de Cuba y va a pedir su indulto y el vuestro, como es natural. Matilde opina que no va a ser difícil conseguirlo. Y también opina así… Fíjate qué suerte. Cuando veníamos esta mañana sin muchas esperanzas de verte, ¿sabes a quién nos encontramos? Pues a Antolín, aquel amigo tuyo. Tú y él terminasteis juntos el bachillerato. Luego, como su familia se trasladó a Sevilla porque el negocio de su padre quebró o no sé qué líos, ya no volvimos a saber de él. Ahora es alférez y manda, cuando le toca, la guardia de la prisión. Me conoció nada más yerme, a pesar de los años transcurridos. Nos preguntó por ti y cuando supo lo que pasaba se ofreció para todo, porque es amigo de uno de los jefes de la prisión. Por él nos hemos visto antes y estamos ahora hablando contigo. Ha estado muy cariñoso y, como te decía, él también cree que todo es cuestión de un poco de paciencia, que lo más seguro es que tengas que estar algún tiempo encerrado, pero que de lo otro, de la pena de muerte, ni pensarlo.

Alfonsina hablaba casi sin tomar aliento, mirando continuamente su reloj de pulsera por temor, sin duda, a que se acabase el tiempo disponible antes de que pudiese comunicar a su hermano todas aquellas cosas que se había fijado en la memoria. Tengo que decir esto y esto, ah, y esto y esto también. ¿Se me olvida algo?

Federico, por su parte, la dejaba hablar y hablar, sonriente, haciendo gestos admirativos, asintiendo, dudando… ¡Qué enérgica se ha hecho y qué inteligente! Bueno, lista siempre lo fue. ¿Estará enamorada? ¿De quién? La verdad es que le he inferido un daño irreparable. Ella también ha perdido la guerra por mi culpa.

Cuando Alfonsina hizo, al fin, una pausa, Federico dijo, moviendo dubitativamente la cabeza:

—Ir a ver a los abuelos… ¿Crees que los convencerás?

—Eso déjalo de mi cuenta, hermano —y, como recordando algo de pronto, añadió—: Ah, te he traído tu juego de ajedrez y tu libro de versos de Antonio Machado.

—Está en todo —terció la madre—. Yo no podría. Si no fuese por ella, yo no podría…

—No lo creas, no lo creas, Federico. Mamá está bien —y empezó a hablar de carrerilla—. Lo que pasa es que como ha sido todo tan brusco: la noticia de tu situación, la venta de nuestras cosas, el regalo, mejor dicho, de lo poco que nos quedaba, el viaje en un tren de soldados, qué viaje, y parando horas y horas en cualquier estación y hasta en pleno campo, y menos mal que llegamos… Pero en cuanto pase en Madrid unos cuantos días y se serene, volverá a ser la de antes. Vivimos con Rosario y con los tíos, que ya han vuelto, ¿sabes? El tío tiene un pánico loco. Se pasa las noches sin dormir, temiendo a cada momento que vayan por él… La tía le dice que se va a morir si sigue así, temblando cada vez que oye pasar un automóvil por la calle o cada vez que alguien llama a la puerta de casa, antes de que lo detengan… No se atreve a salir a la calle, qué digo, ni a asomarse al balcón, ni a mirar a través de los visillos siquiera… Es un caso. Pero tú no te preocupes por nosotras. Nos arreglaremos como podamos y te traeremos lo que necesites: ropa limpia, tabaco, algo de comida, para que puedas ir tirando. Sabemos que aquí os dan de comer fatal. Y ahora toma esto —y le puso en la mano un rollito de billetes de cinco pesetas.

Federico quiso retirar su mano, pero Alfonsina se la retuvo con fuerza.

—No seas tonto. Te hará falta.

A él se le saltaron las lágrimas y los tres quedaron en silencio, mirándose.

—Bueno, basta ya —dijo bruscamente Alfonsina a su madre que estaba a punto de romper a llorar. Después se dirigió a su hermano—: Y de Aurora, ni acordarte, ¿estamos?

—¿Qué? ¿Qué dices, Alfonsina? —y Federico pareció volver en sí.

—Que la olvides. No vale la pena, ¿comprendes?

—Creo que sí —contestó él, moviendo afirmativamente la cabeza. Luego, cogiendo entre las palmas de sus manos el rostro de la muchacha, añadió—: Eres formidable.

Alfonsina sonrió.

El ruido de la puerta y un ligero carraspeo les hizo volverse a mirar en aquella dirección. Entraban en ese momento el jefe de servicios y Antolín. Éste se dirigió hacia Federico con los brazos abiertos.

—Vaya, hombre, vaya —le dijo con marcado acento andaluz mientras se abrazaban—. Mira tú dónde nos ha traído nuestra mala cabeza, la de todos.

Federico se limitó a sonreír pálidamente. Entre tanto, las mujeres se habían apartarlo un poco y Alfonsina preguntó a don Félix:

—Ya es la hora, ¿verdad? —y como el funcionario afirmara con un movimiento de cabeza, añadió—: Pues muchas gracias. No sabe usted cuánto le agradecemos mamá y yo este favor.

—Y yo —dijo también Federico, gravemente.

—Ha sido cosa de Antolín. A él tiene que agradecérselo más que a mí —repuso don Félix mirando, sonriente, a su amigo.

—No hagas caso, chiquillo —replicó Antolín, dirigiéndose a Olivares—. Él sí que es canela fina.

Llegó el trance de despedirse. Federico y las mujeres se besaron y se abrazaron en silencio. Al llegar a la puerta, aún se volvió la madre para decirle:

—Y no te preocupes, hijo. Ya verás como todo se arregla. Entonces, don Félix ofreció tabaco a Federico y a Antolín.

—Sí, sí, trae —dijo éste—, que estoy más seco que la mojama. Ni para tabaco me ha dado la guerra, ya ves tú.

Don Félix y Antolín se miraron y sonrieron y aquel dijo:

—Valiente mierda de guerra.

Encendieron los cigarrillos y Antolín prosiguió diciendo:

—Ya te dije, Félix, que Olivares y su familia son buena gente. De siempre. —Luego dijo a Federico—: Como sabes, mi padre quebró y se fue a vivir a Sevilla con toda mi gente. ¿A qué? Pues a pasar fatigas. Yo tuve que dejar la Facultad y ponerme a trabajar en un Banco para tirar adelante con toda la prole, porque mi padre ya no era capaz de nada. Tenía yo dos cursos de derecho y pensaba terminar por libre. Yo, de política, nada, de nunca, niño, que tú me conoces. A mí lo que me quitaba la cabeza eran las gachís, los noviazgos, los planes, el cachondeo. Y en eso, zas, el follón. La cosa se puso muy mal, como te digo. Digo que si se puso mal… Negra. Más negra que el sobaco de un grajo. Pues como mi padre tenía el reconcomio de que la culpa de su ruina fue la República, me empujó y me presenté voluntario al Ejército. Ya ves tú, de chorchi. Sí, niño, y pegué más tiros que un loco hasta que me sacaron para hacer los cursillos de alférez. Me he salvado de milagro, como éste —y señaló a don Félix— y como todos. Ya sabes aquello de alférez provisional, cadáver definitivo. Y era verdad, ¿eh, tú? —don Félix hizo un signo afirmativo, y él prosiguió—: ¿Y qué? Pues aquí me tiene ahora, sin cinco, más cabreado que una mona y con más ganas que nadie de dejar todo esto y ganar parné. A ver si es verdad eso de los cursillos patrióticos y puedo terminar la carrera en dos o tres golpes. A éste —y volvió a señalar a su amigo el funcionario— le pasa lo mismo. No creas que para nosotros todo es coser y cantar. ¡Ni hablar! La guerra nos ha hecho polvo a los de nuestra edad, a unos más y a otros menos, pero a todos nos ha buscado la ruina. Claro que a ti te ha tocado lo peor, Federico, pero como no te van a matar ni te van a tener preso mucho tiempo, pronto nos encontraremos por ahí y a lo mejor tienes tú más suerte que yo, que todo puede ser. Mira, el que pega tiros no va a ninguna parte. Los que ganan de verdad son los cuatro de siempre, los que ven los toros desde la barrera… Si no hubiera sido por la guerra, yo estaría ya bien colocado, y éste igual, ¿no es verdad, Félix?

—Con toda seguridad. Y tendría a mi padre —respondió el jefe de servicios—. Porque ahora, ¿quién me devuelve a mi padre y los tres años que se me han ido en la guerra? Nadie —movió la cabeza y repitió—: ¡Nadie!

Tiró al suelo la punta del cigarrillo, la trituró con el tacón de la bota y fue a sentarse después en su sillón de junto a la mesa. Desde allí gritó:

—¡Ordenanza!

Toledano, que debía de estar esperando la llamada, apareció inmediatamente.

—¡A sus órdenes!

Entonces se dirigió a Olivares.

—Cualquier cosa que le ocurra o cualquier problema que tenga, si de mí depende, ya sabe… —y alargó hacia él su mano por encima de la mesa.

Federico se adelantó a estrechársela y le dio las gracias, y luego, acompañado de Antolín, que le despidió en la puerta con un abrazo, salió de la oficina del jefe de servicios bajo custodia de Toledano, que le dijo mientras se dirigían a la cancela:

—Si todos fueran como don Félix, ¿eh? También es simpático el alférez ese. No le importa nada de nada y lo mismo da un cigarro que lo pide.

Con alguna sorpresa por parte de los reclusos, tan sensibles a cualquier mínima alteración en la mecánica de la cárcel, se repartió el rancho nocturno con más celeridad de la acostumbrada, si bien nadie supo a qué atribuirlo porque, después de la experiencia del uno de mayo, no se concedía ya mucho crédito a los persistentes rumores de un posible asalto a la cárcel por parte de los falangistas. Por la tarde, como era ya de rutina, se cruzaron las expediciones de los que iban a consejo de guerra y de los que volvían de él, sin que se advirtiese ningún sospechoso cambio en el porcentaje de Pepas. Lo que había constituido la nota más sobresaliente de la jornada, aparte de los habituales debates entre los comunistas por un lado, y el grupo de los no comunistas por otro, en torno a la guerra y a su final, fue el ingreso de dos individuos acusados de haber desvalijado, tres o cuatro días antes, una joyería en la calle de la Montera. Eran dos tipos jóvenes que se dedicaron inmediatamente a exhibir por toda la prisión sus detonantes pijamas de seda amarilla y que, a la hora del rancho a mediodía, dieron el espectáculo de un verdadero festín con la suculenta comida que les pasaron de la calle. No faltó quien, impelido por la curiosidad, tratase de establecer una relación amistosa con ellos. Sin embargo, el que de los dos parecía llevar la voz cantante se apresuró a establecer las debidas diferencias.

—Ni mi consorte —y señaló a su cómplice— ni yo somos políticos —sonreía despectivamente, añadiendo, con énfasis—: Nosotros somos profesionales y no estaremos mucho tiempo aquí, porque nuestras parientas saben muy bien lo que tienen que hacer.

El grupo de Molina, debido a la renovación constante del personal, había avanzado en dirección a la pared, y ocupaba ya cuatro puestos en la línea central de la sala.

—De manera que ya lo sabes, José Manuel —decía Olivares mientras Agustín recogía los platos—. Tu asunto, como no podía menos de suceder, ha pasado a manos de la embajada de Cuba. Por lo tanto, lo más probable es que, sin tardar muchos días te pongan en la puñetera calle.

El aludido sonrió tímidamente.

—Bueno, eso es lo que pretendía Enriqueta. Lo que pasaba al principio es que había una confusión tremenda en la embajada. Como no hay embajador, sino encargado de negocios, y deben de andar muy enredadas las relaciones diplomáticas entre el gobierno de Cuba y el de Burgos, nadie se atrevía a tomar una determinación en mi caso ni en el de otros cubanos que se encuentran también en una situación comprometida. Pero por lo que te ha dicho tu hermana, se ve que han recibido instrucciones de allá últimamente. Enriqueta ya no lo dejará y…

—Si te he visto no me acuerdo, ¿eh? —bromeó Agustín, que ya se disponía a ir a fregar los platos.

José Manuel levanto la vista hasta él, meneó la cabeza y tras una pausa en que se le vio palidecer súbitamente, dijo:

—Os prometo una cosa, y es que, si me ponen en libertad y logro llegar a Cuba, intentaré por todos los medios dar a conocer vuestra situación y la de todos los que se quedan en la cárcel. No faltarán periódicos donde yo pueda hacer una campaña en vuestro favor. Si los demás callan, yo no me callaré. ¡Os lo juro por Dios!

Le brillaban como nunca sus grandes ojos oscuros y le temblaban de emoción los labios y las manos. Agustín, para calmarle, le dio suavemente con la punta del pie.

—Pero si era sólo una broma, hombre…

—Anda, anda, vete a lavar los platos y déjate de bromas, Agustín —de dijo Molina.

Agustín se encogió de hombros.

—Está bien, pero que conste que ha sido una broma, ¿eh? —y se fue un poco malhumorado, cruzándose en la puerta con Gaspar, el cual venía sacudiendo en el aire su plato recién fregado.

Cuando desapareció Agustín, Olivares ofreció tabaco a sus amigos. José Manuel lo rehusó.

—Pero ¿es que no piensas fumar nunca más?

—Por ahora, no, Federico.

—Bien, bien…

Se les acercó Gaspar y les habló en tono confidencial:

—Oigan, esta noche tendremos sesión arriba. Me han avisado mientras fregaba el plato.

—¿Sesión de qué? —preguntó José Manuel.

—De espiritismo, hombre —le respondió Olivares—. ¿Es que no sabías que Gaspar pasa por doctor en ciencias psíquicas?

—¿Qué, qué dicen? —pero Molina hizo un vago gesto para indicarle que no se preocupara y Gaspar continuó—: Es que me gustaría que asistiese alguno de ustedes, Federico, para evitar que los gazaparullos incordien al médium preguntándole bobadas: que si los van a juzgar pronto, que si va a salir el decreto de amnistía, que cómo está su asunto… Como si los espíritus se dedicaran ahora a andar por los juzgados militares… Con esos cotilleos lo único que se consigue es que los espíritus se enfaden y se nieguen a hablar o, como pasó el último día, que un chungón, que también hay guasones entre los espíritus, nos soltase un discurso en inglés…

—¿En inglés? —le interrumpió José Manuel, quien tenía que hacer un gran esfuerzo para no romper a reír a carcajadas.

Pero Gaspar siguió, impasible, con su historia, relucientes los labios de saliva y alargando cada vez más su escuálido cuello:

—Y soltando cuchufletas… Yo, con este oído y en inglés… No me enteré de nada. Y el compañero Nogales, el médium, un médium fenomenal, pasó un mal rato el pobre. Sudaba como si estuviese en un horno, se retorcía y daba golpes con la cabeza en el suelo y, como chillaba tanto, tuvimos que echarle una manta sobre la cara… Estuvimos a punto de asfixiarle. Una pena, aquello fue una pena…

Don Alberto, que se había acercado a la husma de noticias, preguntó con voz gangosa mientras mordía su pipa:

—¡Qué pena, qué pena! ¿Es que han juzgado a Gaspar?

Gaspar estiró su cuello de grulla hacia don Alberto y se lo quedó mirando fijamente:

—¿Qué?

—No, no le han juzgado —intervino Olivares.

—Ah, entonces es un bulo, ¿no? —y, bajando mucho la voz, lo que obligó a Gaspar a llevarse inútilmente las manos a las orejas, siguió hablando don Alberto—: Pues Zaldúa, Planas y otros estaban hace poco discutiendo sobre la alianza de los rusos con los franceses y los ingleses para acabar con el fascismo en Europa. Y un joven, que me parece que ha sido comandante…

—¡Oído! ¡En pie!

Era la voz atropellada de Planas. Los hombres, molestos por aquella inesperada interrupción de la sobremesa, se hicieron los desentendidos, pero la súbita aparición de Von Papen y de otro funcionario a quien apodaban Popeye por su parecido con el popular marino de las películas de dibujos, los puso en pie automáticamente y en silencio. Von Papen, llevando un papel en la mano, fue hasta el centro de la sala mientras que su compañero se situaba junto a la puerta. Por el pasillo, más funcionarios, taconeando apresuradamente, se dirigían a otros puntos, gritando:

—¡Cada cual a su sala!

Los rezagados, entre ellos Agustín, aparecieron corriendo y pasaron a ocupar sus sitios. Se oyeron algunas toses. La prisión, hasta entonces resonante como una inmensa caracola, quedó pronto en silencio, tras de callar los rumores de sala en sala como luces que se fuesen apagando. Cesaron hasta los ruidos de los rancheros en el patio. Por los ventanales sólo penetraba la noche de mayo, tímida, expectante y como atemorizada.

—¿Se habrán fugado los dos «choris» que han ingresado esta mañana?

La pregunta se le escapó a alguien en un levísimo susurro que, sin embargo se oyó claramente, como un indiscreto ruido intestinal. Muchas cabezas se volvieron hacia el punto donde sonó, entre ellas la de Von Papen, que carraspeó pero no dijo nada.

Los reclusos barruntaban una inminente y desconocida amenaza en el aspecto y en la actitud de los guardianes. Los dos se mantenían callados, atentos, vigilantes, como al acecho de una señal o de un peligro. Popeye giraba de cuando en cuando la cabeza en ambas direcciones del pasillo y Von Papen recorría sin cesar con la vista el círculo de rostros en los que se traslucían la ansiedad y el miedo. La situación se fue atirantando agotadoramente durante unos minutos interminables, hasta que, a una leve indicación de Popeye con la cabeza, convenida sin duda con Von Papen, éste dijo en voz alta.

—Los que nombre ahora, que se preparen rápidamente para marchar.

A continuación se encaró con el papel y leyó doce nombres, los doce correspondientes a inquilinos de la sala sobre los que pendía petición de pena de muerte por parte del fiscal. Terminada la lista, uno de los requeridos, un hombre recio, de pelo canoso cortado a cepillo, siempre taciturno y huraño, preguntó a Von Papen:

—¿Con todo?

El funcionario pareció titubear ante la dura mirada inquisitiva de aquel hombre intensamente pálido:

—Cojan la manta —contestó al fin, desviando sus ojos de él.

Aquél, sin embargo, insistió:

—¿También la comida?

—Sí, sí, pueden llevarse también la comida —volvió a contestar Von Papen sin mirarle y añadiendo—: Y dense prisa en salir al pasillo.

Sólo se movían y hacían ruido atolondradamente los elegidos, que cuchicheaban entre sí. En el tenso silencio pudieron oírse algunas de sus palabras:

—Se ha acabado la historia, compañeros.

—¿Es que van a picarnos?

—Lo que no creo es que nos lleven a una fiesta.

—A la mierda entonces.

Los demás, que parecían clavados en el suelo, cruzaban entre sí miradas de zozobra, de angustia y miedo. Mientras, otros funcionarios asomaron a la puerta de la sala.

Abriéndose paso entre sus compañeros inmovilizados de estupor, los doce hombres de la lista fueron saliendo al pasillo, no sin antes despedirse de los que quedaban.

—¡Salud!

El que interpelara a Von Papen, exclamó, bien fuerte:

—¡Hasta el valle de Josafat!, compañeros.

Entonces habló Von Papen:

—No tienen nada que temer. Van trasladados a la prisión provincial.

Los funcionarios rodearon en seguida al grupo y así, en pelotón, prescindiendo del acostumbrado orden de las dos filas, marcharon todos en dirección al rastrillo.

Apenas sonó éste al cerrarse de nuevo, los de la sala recobraron el movimiento y la palabra. Se deshizo la formación y empezaron a preguntarse unos a otros sobre el destino de los que acababan de desaparecer.

—Dice Von Papen que van a la provincial y la provincial es la prisión de Porlier. ¿A qué van a Porlier?

—Eso quisiera saber yo, ¿a qué?

Molina y Olivares se miraron intensamente, pero antes de poder decir nada hubieron de hacer frente a las preguntas de José Manuel, que no ocultaba su angustia:

—¿Qué, qué os parece esto?

Molina trató de sonreír.

—Hombre, ya lo has oído. Se trata de un traslado.

—¿Piensas tú lo mismo, Olivares?

—¿Y qué otra cosa quieres que piense?

—Entonces, ¿por qué Von Papen no les dijo desde el primer momento que cogieran todo lo suyo?

Federico se encogió de hombros.

—Ya sabes qué clase de bicho es el Von Papen y cómo le gusta hacer sufrir a los presos. A lo mejor, lo que buscaba con ello era dejarnos hechos polvo a nosotros toda la noche.

La sala, entre tanto, había sido invadida por grupos de reclusos procedentes de todos los departamentos de la prisión, que llegaban con la boca llena de preguntas sobre lo mismo. José Manuel, a quien no satisficieron las respuestas de sus amigos, se mezcló entre los diversos grupos a la caza de una información más convincente. Molina dijo entonces:

—Me da mala espina, ¿eh, Federico?

—A mí, malísima. Creo que ha comenzado lo que tanto temíamos.

Entre los invasores de la sala se había deslizado también Toledano, que se llegó a Molina y le sopló al oído unas palabras. Luego, se escabulló entre los grupos que discutían cada vez más acaloradamente, eludiendo preguntas y tirones de mangas.

—¿Qué te ha dicho?

Molina tenía cerrados los ojos. Los abrió de nuevo y después de mirar fijamente a su amigo contestó:

—Los concentran en Porlier para que pasen todos juntos la noche en capilla.

Olivares palideció.

—Quiere decir que al amanecer…

Molina hizo un leve gesto afirmativo y añadió:

—No lo comprendo.

Olivares miró alrededor y vio que hacían esfuerzos por acercárseles Gaspar y don Alberto.

—Gaspar y don Alberto vienen hacia acá —murmuró.

—Pues no hay que decirles nada. Más vale que pasen la noche tranquilos. Ya se enterarán mañana.

—De acuerdo.

Tras un último empujón, aparecieron los aludidos, cogidos del brazo. Fue don Alberto el primero en hablar:

—¿Es cierto que se los llevan para fusilarlos?

—¿Y quién ha dicho eso? —preguntó, a su vez, Molina, fingiendo despreocupación—. Eso sí que es un bulo, don Alberto.

—Es lo que dicen todos.

—Pues por eso es un bulo, ¿no lo comprende?

Don Alberto no supo qué replicar. Mordió la pipa y sonrió, muy aliviado. Entonces intervino Gaspar, dirigiéndose a Olivares.

—Han tenido que suspender la sesión, claro. Y es una lástima porque hubiéramos podido salir de dudas.

—¿Ah, sí?

Pero alguien había empezado a cantar el chotis de la Pepa y su sonsonete prendía rápidamente entre los demás. Olivares y Molina, sorprendidos al pronto, no tardaron en unir sus voces al creciente clamor. Gaspar estiró el cuello y se adhirió también con sus berreos al coro general mientras don Alberto lo tarareaba sin quitarse la pipa de la boca y lo subrayaba con acompasados movimientos de cabeza.

Pepa,

¿dónde vas con tantísimo tío?

Pepa,

que te vas a meter en un lío.

Y es la Pepa una gachí

que está de moda en Madrid

y que tié predilección por los rojillos…

El canto se desparramó por salas y pasillos como una ola sonora que fue creciendo, hinchándose y encrespándose, reventando en las paredes y vertiéndose al exterior por balcones y ventanas. Estallaba atronadoramente en el silencio de la noche y estremecía la vieja arquitectura de la prisión. Era un grito multitudinario de reto y protesta, extraña y absurdamente sometido al compás de una canción verbenera, por lo que quizá se hacía irresistible, convirtiéndose en la respuesta burlona y desenfadada al miedo medular y a la desesperante impotencia que irritaba a los reclusos. Tuvo que sonar insistentemente la aguda trompeta tocando a silencio para que los cantores empezaran a bajar el tono y pudieran oír luego las apremiantes y rabiosas órdenes de los pálidos y aturdidos guardianes, que corrían de sala en sala gritando:

—¡Silencio! ¡Silencio!

A sus gritos se unieron los de los jefes de sala y el vocerío se quebró bruscamente, en seco, como si hubiesen enmudecido a la vez todos los hombres. Sucedió un profundo silencio, igualmente estremecedor.

—¡Cada uno a su sala! ¡Cada uno a su sala! —ordenaron entonces los guardianes, crispando sus manos sobre las culatas de sus pistolas.

Lo presos, sin darse cuenta muchos de ellos de lo sucedido, obedecieron dócilmente y pronto quedó restablecido el orden.

Se formaron colas en los retretes, comenzó la difícil tarea de tender las mantas en el suelo y de distribuir los puestos para dormir, se nombraron las imaginarias, y el miedo, ahuyentado poco antes por el ruido y las voces, tornó a apoderarse del corazón de aquellos hombres, como vuelve la oscuridad cuando se apaga la luz.

Zaldúa, cercano a Olivares, susurró a éste:

—Nos han puesto contra la pared, pero no por mucho tiempo. Ya lo verás. Se esperan grandes acontecimientos en Europa.

—Ojalá —dijo Olivares por todo comentario, y siguió haciendo su cama.

—Por una noche al menos dormiremos más anchos —bromeó alguien.

Martínez Vega, desde el otro extremo de la sala, dejó oír su voz.

—¡Cállate!

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