Los que perdimos
VIII. … roídos por las escarchas, / por el hambre y por el hierro…
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VIII
… roídos por las escarchas,
por el hambre y por el hierro…
Mi querido hermano: El viaje ha sido una verdadera aventura, tanto a la ida como a la vuelta. Fui en un tren con soldados por todas partes: en los pasillos, en los retretes, en las redes para equipajes, debajo de los asientos… Volvían a sus casas con permiso o licenciados, sucios, malolientes, hartos de guerra; bebiendo, fumando, cantando o roncando todo el tiempo. ¡Tardamos treinta horas en llegar a Vitoria! Imagínate. Pero conmigo se portaron estupendamente. No sabían qué hacer para agradarme. ¡Como que era yo la única muchacha que viajaba con ellos! Los pobres me hablaban de sus madres, de sus novias, de lo que pensaban hacer, de las fiestas de sus pueblos, de su capitán, de su sargento, de su cabo… Y vuelta a repetir lo mismo. También me hacían preguntas acerca de mí y del objeto de mi viaje. Al principio les mentí diciéndoles que iba a reunirme con mi familia, después de casi tres años de separación, porque la guerra me había pillado en Madrid mientras preparaba unas oposiciones. Entonces quisieron saber cómo se vivía en zona roja, si era verdad que los rusos se habían apoderado de todo, si a los rojos españoles los llevaban al combate los comisarios poniéndoles la pistola en la nuca, si se repartían las mujeres, si se obligaba a adorar a san Lenin, si se fusilaba en las calles, si habían convertido las iglesias y los conventos en cabarets… Bueno, salieron a relucir todas esas historias que yo me conocía tan bien por haberlas oído y leído tantas veces. Yo no sabía qué contestarles, ésa es la verdad, y procuraba hacerles comprender con mucho cuidado que gran parte de lo que se decía de los rojos eran exageraciones de la propaganda, y ellos lo aceptaron porque, y no ocultaban su decepción al confesarlo, no habían visto rusos por ningún lado, ni en Madrid ni en ninguna otra ciudad de la zona roja por donde pasaron. Que sí, que muchas iglesias servían de cocheras y depósitos de intendencia, que se había encarcelado y matado a partidarios de los nacionales, lo mismo que en la zona nacional se había hecho con los partidarios de los rojos, que se había pasado hambre y necesidad, que seguramente habría habido extranjeros como los había entre los nacionales, pero que la culpa de todo la tenía la maldita guerra, que si ellos habían ganado era porque tuvieron mejores mandos y más disciplina… Me parecieron tan buenos chicos que les conté, al fin, la verdad, o sea, que tenía un hermano preso en Madrid, condenado a muerte, y que el propósito de mi viaje era movilizar a nuestra familia de Vitoria para trabajar por tu indulto. A partir de ese momento, los soldados extremaron sus atenciones conmigo. Me dieron de comer y beber y bebieron a tu salud y me desearon mucha suerte en mis gestiones. ¡Qué cosas! Hasta me hicieron llorar de emoción cuando me despedí de ellos. En cambio, los abuelos… los tíos y las tías… Para ellos tú eres una especie de demonio, o de loco, o de malvado. Para ellos, un comisario rojo es peor que un sacamantecas. No conciben que alguien de su sangre haya podido serlo. Yo creo que hasta llegan a pensar o a imaginar que un comisario rojo tiene rabo. Me recibieron muy fríamente y, cuando les expuse tu situación y a lo que iba, el abuelo se levantó y se fue, y los tíos y las tías se quedaron callados como muertos. Así estuvimos un largo rato, hasta que reapareció el abuelo, quien me dijo: No nos queda más recurso que rezar por tu desgraciado hermano —no dijo por mi nieto, como si tú ya no fueras nieto suyo—. No podemos hacer otra cosa. Entonces la abuela se atrevió a proponer que consultáramos el caso con don Faustino, el canónigo, que tiene tan buenas relaciones en el Ministerio de justicia. El abuelo accedió a regañadientes y se acordó que fuera yo al día siguiente por la mañana a hablar con don Faustino. Después, iniciaron el rezo del rosario. Si te he de decir la verdad, yo estaba tan desconsolada, tan triste y, a la vez, tan irritada contra todos ellos, que no quise tomar parte en semejante velatorio, porque era como si ya estuvieras muerto y rezasen por tu eterno descanso. ¡Qué escena, Dios mío! Era ya de noche. Nos hallábamos en el saloncito de visitas, a la luz de las lamparillas de aceite del pequeño trono del Sagrado Corazón colocado sobre el piano, que tú conoces, sentados en las viejas butacas de gutapercha, en torno a la mesita de centro sobre la que estaba el crucifijo de marfil, adornado con la boina del requeté colgada en los brazos de la cruz, por la parte posterior, de forma que la figura de Jesús aparecía como sobre una mancha roja, de sangre. Ya sabes que yo conservo la fe, que soy creyente, pero te aseguro que en aquel momento me sentía avergonzada y hubiera armado una gorda de no estar por lo que allí estaba. Tal era mi cansancio, por otra parte, que no tenía fuerzas ni para llorar, y me quedé dormida. Me dijeron después las tías que habían rezado los quince misterios y el oficio parvo, que no me preocupara, que todo saldría bien y que ya conocía a los abuelos, tan piadosos, pero tan chapados a la antigua; que don Faustino tenía mucha influencia y que harían lo que él dijese. Estaba deseando acostarme para poder llorar a mis anchas. ¡Qué noche, Federico, dando vueltas y más vueltas en la cama, tramando mil cosas, todas disparatadas, absurdas, y sin saber qué decisión tomar! Me quedé dormida muy tarde, empapada en sudor, y me desperté asustada, porque al pronto me pareció que alguien me abofeteaba. Era tía Camila que me sacudía y me decía: Vamos, vamos, que tenemos que ir a misa y se está haciendo tarde. Me costó trabajo darme cuenta de la realidad. Me levanté, me lavé y me arreglé, completamente atontada. Era aún muy temprano y yo me caía de sueño. El olor de la iglesia, el silencio y el vacío del estómago me enervaron de tal manera que me quedé otra vez dormida de rodillas, sobre el respaldo del banco anterior, con la cara entre las manos. Y otra vez tuvo que despertarme tía Camila: Hija, te duermes en cualquier postura. Anda, despabila. Don Faustino te espera en el confesonario. No sé qué me entró, que me despabilé del todo, como si me hubieran echado un cubo de agua fría por la cabeza. Lo primero que me preguntó don Faustino fue si quería confesarme. Le dije que no y entonces me pidió, con voz muy amable, que le expusiera el asunto. Se lo conté todo desde el principio y hasta le repetí por tres veces el número de tu sumario. Le hice ver el peligro que corres y le supliqué que hiciera por ti todo lo que estuviese de su mano, porque tú puedes tener tus ideas, estar equivocado o no, eso sólo Dios lo sabe, pero has obrado siempre de buena fe, honradamente, que eres incapaz de hacer mal a nadie a sabiendas, que él ya te conoce y sabe la educación que has recibido… En fin, puedes suponerte todo lo que le dije. Cuando terminé de hablar, esperé a que empezase él a hablarme. Pero permaneció callado y por eso le pregunté:
—¿Me ha entendido usted, don Faustino?
—¡Dios mío, lo que tuve que oír! Muy enfadado, me habló de los curas, monjas y frailes asesinados en la zona roja; de las iglesias y conventos convertidos en cuadras y lupanares; del espíritu satánico de los rojos, enemigos de la Iglesia y de Dios, anticristos; de los innumerables crímenes cometidos por ellos; de la venta de España a Rusia; de las destrucciones, incendios y demás monstruosidades de comunistas, anarquistas y separatistas, tales como los bombardeos del Pilar de Zaragoza y de Guernica; de cómo los comisarios son los responsables de que la guerra haya durado tantos meses y de cómo todo ello había provocado la cólera exterminadora del Señor… ¡Tuve que tragarme toda la retahíla. Federico! Aguanté y aguanté mordiéndome los labios para no gritar y armar un escándalo. Me hubiera gustado entonces verle la cara y que él viese la mía. Pero hube de resignarme a oír su voz solamente; su voz, que silbaba y me hacía daño en el oído. Que Dios me perdone, pero me pareció estar oyendo la del odio, la de la venganza, la de la soberbia y la de la crueldad en vez de la voz de la misericordia, del perdón y de la caridad. ¿Puede hablar así un sacerdote de Jesucristo, Federico? Al final, don Faustino se refirió a ti:
—Aunque tu hermano no haya tomado parte en esas fechorías, no olvides que ha sido comisario político y, por lo tanto, cómplice de los criminales. Su responsabilidad, como ves, es muy grande, hija mía. Pero está en buenas manos y hemos de confiar en que la justicia sea piadosa con él.
Y se calló. Esperé y, al convencerme por su silencio, de que ya me había dicho todo lo que tenía que decirme, le pregunté:
—¿Nada más?
—¿Y qué más podemos hacer? La justicia tiene sus normas, sus trámites… No es aconsejable intervenir en sus decisiones. Ahora hay que esperar —me contestó.
Yo ya no pude contenerme más:
—¡Pues que Dios le perdone, don Faustino!
Me levanté y me fui mientras le oía rebullirse y resoplar.
La misa había terminado. Al salir de la iglesia, tía Camila quiso saber lo que había obtenido del canónigo. Yo le contesté que nada y que el tal don Faustino me parecía más un vengador que un sacerdote evangélico, un hombre lleno de ira, un hombre sin sentimientos humanos. ¡Para qué lo dije! Creí que iba a darle un ataque de locura a la pobre tía Camila. Me clavó las uñas en el antebrazo y, como si ladrara, me gritó al oído:
—¡Desgraciada! Tú también tienes el demonio en el cuerpo. ¡Estás en pecado mortal! ¡Cabeza de chorlito! ¡Descarada! ¡Chapucera!
Y cosas por el estilo.
Yo iba volada, porque la gente nos miraba al pasar y hacía comentarios. Por eso no quise replicarle y soporté en silencio el chaparrón. Tía Camila acabó su filípica haciéndome prometerle que emplearía otras expresiones delante de la familia, cuando preguntasen por el resultado de mi conversación con don Faustino, y siguió refunfuñando hasta llegar a casa:
Que no se te ocurra otra vez hablar así de un ministro del Señor, chiquilla. Don Faustino es un hombre lleno de sabiduría y un santo varón.
Me hubiera echado a reír de buena gana, pero estaba demasiado indignada para ello y, además, comprendí que sería inútil todo intento de explicación, porque ella sí que tiene una cabeza de chorlito. Así que permanecí callada todo el tiempo. La familia nos esperaba en el saloncito, todos muy solemnes, muy tiesos, como formando un tribunal. Dejaron que me desayunase y después me hicieron comparecer ante ellos. El abuelo llevó la voz cantante, como siempre.
—Bueno, vamos a ver qué te ha dicho y aconsejado don Faustino —me preguntó.
—Nada —contesté.
—¿Cómo nada, chiquita? ¿Qué dices?
—Lo que oyes, abuelo: ¡Nada!
—Pero ¿no le has contado tú…?
—Sí.
—¿Todo?
—Todo.
—¿Y dices que no te ha dicho nada?
—Sí, que sobre mi hermano pesa una gravísima responsabilidad, que hay que dejar que la justicia siga adelante y que lo único que podemos hacer es esperar. Es como si no me hubiese dicho nada.
El abuelo movió la cabeza aprobatoriamente y los demás le imitaron y suspiraron en señal de alivio.
—Don Faustino es un hombre discreto —dijo el abuelo.
—Don Faustino es un hombre sin corazón o algo mucho peor todavía —dije yo—. Además, no me importa lo que piense o diga ese señor.
—¡Chiquita! —me gritó agudamente tía Camila.
El abuelo se puso pálido.
—¡Has insultado a un sacerdote, desdichada! ¿No sabes que insultar a un sacerdote es casi una blasfemia? Ahora mismo vas a confesar delante de todos que te has equivocado, que no quisiste decir lo que has dicho.
No sé lo que me pasó. Me entró como una furia que no pude dominar. Me levanté y les eché en cara su mal comportamiento. Los puse verdes.
—Es muy bonito y muy cómodo eso de dejar pasar las cosas y luego decir que Dios así lo ha querido. Estarse quietecitos en casa, no molestar a nadie, no pedir, no suplicar… Que lo arregle Dios, ¿no? ¿Es que no se os conmueve el alma al pensar que pueden matar a un inocente por falta de un poco de ayuda, y que ese inocente es de vuestra misma sangre? ¿Es que no tenéis alma ni corazón, ni conciencia ni nada? Unos egoístas, eso es lo que sois. No basta rogar a Dios. Hay que dar con el mazo al mismo tiempo.
Me miraban todos atónitos. Debí de parecerles una loca. Salí dando un portazo. En ese momento, cuando no sabía qué hacer ni por dónde tirar, me acordé del padre Bernardino, el carmelita. Había sido confesor mío, cuando niña, y creo que tuyo también. ¿No te acuerdas de aquel fraile gordo y bondadoso que, cuando murió papá, consiguió una plaza gratuita para mí en el colegio de las Carmelitas? Pues ése. No lo dudé siquiera. Tal como estaba me fui corriendo a verle. Tuve que esperar porque el padre Bernardino había salido del convento a no sé qué. Pero al fin llegó y me reconoció en el acto, y algo muy alarmante debió de advertir en mí porque me dio unos cachetes en la mejilla, me cogió del brazo cariñosamente y me hizo tomar asiento mientras decía:
—Cálmate, cálmate, chiquita. Y luego dime qué es lo que te ocurre, y dímelo sin miedo, como cuando eras pequeña.
Era el hombre bueno de siempre. Me conmovió y rompí a llorar.
—Chiquita, chiquita… —repetía suavemente.
Cuando me calmé un poco, volví a contar toda la historia, añadiéndole el nuevo capítulo de la actitud de la familia y del canónigo. En tanto que yo hablaba, el padre Bernardino no hacía más que mover la cabeza, a veces en sentido afirmativo y otras en sentido negativo. Cuando dejé de hablar, me dijo:
—Tienes razón, chiquita, ese mocete corre un tremendo peligro y hay que hacer algo por él y que, luego, Dios Nuestro Señor decida. Hay que hacer algo e inmediatamente. Pero ¿qué?
Me miró, confuso y angustiado, y después cerró los ojos. Estuvo así un rato. Por fin volvió a mirarme y, ya más animado, murmuró:
—Conozco a alguien muy allegado al Ministro de Justicia… Entonces yo me atreví a decirle:
—No, padre. Es mejor hacer la gestión que sea en Auditoría general, en Burgos.
Aquello le desconcertó.
—¿En Burgos?
—Sí, padre, porque el asunto de Federico depende de las autoridades militares.
—Ya —murmuró moviendo pensativamente la cabeza.
Se quedó mudo otra vez, abstraído, hasta que, de pronto, se levantó tirando bruscamente de su cuerpo.
—Espérame, chiquita. Vuelvo en seguida.
Y salió. Pese a su corpachón, a sus grasas y a sus años, el padre Bernardino se mueve con mucha agilidad todavía, con mucha fuerza. Parece un oso. Antes de que pudiera darme cuenta, me encontré sola en el pequeño aposento. Pasó qué sé yo el tiempo, tal vez una hora o más, que fue una eternidad para mí, y reapareció el buen padre Bernardino, decidido y dispuesto.
—Vámonos.
Yo le pregunté que adónde y él me dijo que a Burgos, que ya estaba preparada la furgoneta del convento para llevarnos allí.
—No hay que perder un minuto, chiquita.
Pasamos primero por casa para recoger mis cosas. La familia seguía deliberando, yo creo que rezando, y sólo pude despedirme de tía Camila, quien se quedó de piedra cuando le dije que me marchaba inmediatamente.
—¿Estás loca, criatura? ¿Cómo puedes marcharte sola, sin comer, y así, tan de repente?
—También vine sola, tía. Ahora me acompaña el padre Bernardino. ¿Qué quieres, que me esté rezando y discutiendo mientras tal vez fusilen a Federico? El comer y todo lo demás no tiene ninguna importancia ahora. ¡Que os aproveche!
—¡Mocosa, mocosa! —me gritó tía Camila, asustada, escandalizada.
Pero yo ya corría escalera abajo. La dejé con la palabra en la boca.
El buen fraile se colocó delante, con el hermano conductor, y yo pasé dentro de la camioneta, donde me habían preparado un asiento con un cajón y unas mantas. La camioneta era un verdadero cacharro. Parecía que iba a romperse en cualquier momento. Daba saltos y bandazos, y el motor sonaba como una carraca. A pesar de ello, me dormí nada más salir de Vitoria. Durante el camino me despertaron dos o tres veces los coscorrones que daba mi cabeza contra un travesaño de la carrocería. Así viajamos todo el tiempo y llegamos a Burgos al caer la tarde. Yo me enteré cuando me despabiló el padre Bernardino. Estábamos ante un edificio que debía de ser el de la Auditoría. Me miré un momento en el espejito de mano y me encontré horrible, despeinada, con los ojos hinchados, pero no tuve tiempo más que para darme un poco de saliva en las pestañas. Seguí al padre. De pronto sentí frío y empecé a temblar. Aquéllos no eran los soldados con quienes había hecho amistad en el tren. Eran diferentes. Serios, estirados. Miraban mostrando extrañeza, desconfianza. Pero el padre lo arrollaba todo. Yo andaba detrás de él y oía su agitada y fatigosa respiración. Preguntó aquí y allá. Subimos escaleras y recorrimos pasillos, y al fin nos detuvimos en una especie de antesala, triste y destartalada. Vuelta a preguntar. Sí, era allí y teníamos que esperar. Frecuentemente pasaban oficiales, con papeles o carpetas bajo el brazo, de un lado para otro. Me miraban y algunos hacían gestos como de asombro y otros hasta se sonreían maliciosamente. A poco apareció un soldado a decirnos que le siguiéramos, y así lo hicimos. Llegamos ante una puerta que nuestro guía entreabrió al tiempo que preguntaba:
—¿Da usía su permito?
—Que pasen, que pasen —oímos decir dentro.
Mi temblor aumentó. En cambio, el padre Bernardino me pareció más confiado y más seguro que nunca. Nos recibió de pie un militar de cabello gris, muy correcto y ceremonioso, que nos sonrió levemente y que, después de besar la mano del padre Bernardino y de saludarme con una inclinación de cabeza, nos invitó a tomar asiento en dos butacas que había frente a su mesa. Él ocupó su sitio, sonrió de nuevo y empezó a hacer preguntas al padre sobre amigos o conocidos comunes de Vitoria. El fraile sudaba, y, mientras se enjugaba el sudor de la frente con un pañuelo de los llamados de hierbas, grande como una servilleta, contestaba con frases breves. Las preguntas y las respuestas cesaron al fin y siguió una pausa, que cortó el militar diciendo:
—Bien, bien, bien… ¿Y qué le trae por aquí, padre?
Entonces el padre Bernardino propuso que fuera yo quien hablase por estar mejor enterada del asunto que él y, volviéndose hacia mí, añadió:
—Anda, chiquita, dilo sin miedo.
La mirada del militar me azoraba. Era una mirada penetrante y fría.
—Anda, chiquita, anda —y el Padre pretendía animarme con una sonrisa y sus gestos.
Tuve que hacer un esfuerzo terrible para repetir —¿cuántas veces ya?— la misma lección. El militar, creo que debía de ser coronel, me escuchaba atentamente. De cuando en cuando fruncía el entrecejo o aguzaba la mirada. Me dejó hablar sin interrumpirme. Anotó cuidadosamente el número de tu sumario y esperó a que yo terminase. Luego me preguntó:
—No quiero asustarla, señorita, pero ¿sabe usted que los comisarios políticos eran el alma del ejército rojo, los hombres de confianza de su gobierno y, por consiguiente, los causantes de que la guerra haya durado tanto tiempo?
Me vi perdida, pero en vez de acobardarme por ello, me envalentoné sacando fuerzas de no sé dónde, pues estaba lo que se dice agotada. Me dolía todo el cuerpo de la cabeza a los pies. No era un dolor fijo, sino calambres dolorosos que corrían a lo largo de mi espalda, de mi vientre, de mis piernas… Ahora creo que lo que me sostenía era mi propia desesperación. De pronto empecé a hablar y mis palabras me sonaban como si fueran de otro, como si las dijera alguien detrás de mí.
—Pero mi hermano no ha robado ni matado, ni denunciado, ni perseguido a nadie…
—Sí, pero…
No le dejé seguir.
—Entonces, ¿por qué decían ustedes que el que no hubiese robado ni matado no tenía nada que temer? Ustedes tienen que cumplir su palabra también y, si no, no haberla dado.
—Olvida usted, señorita, que…
—Ustedes son católicos, ¿no? Pues parece que lo olvidan.
Yo creo que grité demasiado porque el militar miró al padre Bernardino como pidiéndole que me hiciera callar. Pero yo insistí:
—Mi hermano es un caballero, un hombre decente y ustedes lo quieren fusilar. ¿Es eso cristiano? ¿Es eso patriótico?
Se me rompieron los nervios y me eché a llorar, yo creo que histéricamente. Sentí que el padre me cogía de la mano y me decía que estaba muy nerviosa, que lo mejor sería que saliese un momento afuera mientras él hablaba con aquel señor. Me dejé llevar por él a la antesala.
—Calma, chiquita, calma. Tranquilízate. Ya verás como yo arreglo esto. Es que a los militares no se les puede hablar así ni aun siendo mujer.
Me quedé sola y como vacía… con una angustia que me apretaba fuertemente el estómago: seguí oyendo, como un rumor lejano, las voces del fraile y del militar, hasta que sentí otra voz cerca, a mi lado, que me preguntaba:
—¿Qué le ocurre, señorita?
Me pareció uno de aquellos oficiales que pasaban por allí llevando y trayendo papelotes. Estaba junto a mí y me miraba sonriendo, y se me ocurrió pensar que tal vez fuera un moscón, un impertinente, y volví la mirada para otro sitio. Pero él no se dio por vencido.
—Por Dios, señorita. No se trata de una broma ni de una galantería. No es usted la única mujer que he visto en esta misma sala llorando.
Entonces levanté la cabeza y le miré a los ojos. No sé por qué me pareció que hablaba en serio. Sus ojos me inspiraron confianza y me decidieron a explicarle en pocas palabras el asunto. Él me escuchó muy atentamente y, por todo preguntar, me pidió que le dijese el número de tu sumario. Se lo dije, tomó nota de él y luego me advirtió:
—No se mueva de aquí. Vuelvo en seguida.
Me quedé un poco más calmada, aunque la verdad, sin muchas ilusiones. El fraile y el militar continuaban hablando. Oía el rumor apagado de sus voces, pero no podía entender lo que decían, centré mi atención en los jóvenes oficiales que pasaban por allí, esperando volver a ver el que me había abordado. Todos se le asemejaban al pronto. Cada vez que aparecía uno de ellos, me daba un vuelco el corazón, y eso sucedió con varios, hasta que, desengañada por tantas decepciones, pensé que todo había sido como una alucinación, con lo que se volvió a apoderar de mí el pesimismo. En eso estaba cuando se abrió la puerta del despacho y aparecieron el coronel y el fraile. El padre Bernardino se limpiaba el sudor de la frente con su gran pañuelo de hierbas y parecía muy contento. Vinieron los dos donde yo estaba y el coronel me dijo, fría y cortésmente:
—No puedo ocultarle, señorita, que la situación de su hermano es muy comprometida, por tratarse de un comisario político; pero, teniendo en cuenta sus antecedente familiares, que me ha hecho conocer el padre Bernardino, será tratado con toda la benevolencia posible. Confíe en Dios y en la magnanimidad del Caudillo. Es todo lo que puedo decirle por ahora.
Volvió a besar la mano al padre Bernardino, inclinó la cabeza al estrechar la mía y se retiró alegando el mucho trabajo inaplazable que tenía que despachar urgentemente. Al quedarnos solos, el padre Bernardino, me dijo, bajando mucho la voz:
—Es todo un caballero, hija mía, y ha estado muy atento y ha tomado nota de todo lo que le he dicho. Me ha dado su palabra de honor de que ayudará a Federico todo lo que pueda. Y puede mucho. Lo que no haga él por tu hermano, ninguna otra persona podría hacerlo. Así que…
Íbamos ya a abandonar la antesala, pero en ese momento oí que me llamaban por mi nombre. Me volví. Era el teniente, mi teniente, quien rápidamente me dijo:
—He leído los «resultandos» de la sentencia de su hermano y he visto que no encierran ningún peligro serio. Entrará en la primera firma de indultos.
El padre me miraba sin comprender y yo debí de hacer algún gesto de incredulidad o de asombro, porque el teniente añadió con vehemencia:
—Puede creerme y marcharse tranquila. ¡Palabra de honor!
Creí ver sinceridad en sus ojos, Federico. ¿Por qué habría de engañarme? Me dijo después que, no obstante, sería muy conveniente unir a tu expediente un aval, algún papel en que se hablara a tu favor, y le di el certificado de Matilde.
—Es suficiente —me dijo, después de leerlo.
Entonces yo le pregunté cómo se llamaba, pero él movió la cabeza y se excusó así:
—¿Y qué importa mi nombre ahora?
Sigo creyendo en su buena fe. Ni siquiera sabe mi nombre de pila ni mi dirección en Madrid, porque no me lo preguntó ni ha hecho posteriormente nada por averiguarlo. No he vuelto a saber de él. He telefoneado a Matilde por si había recibido alguna noticia del teniente, pero su respuesta ha sido negativa. Matilde piensa que el teniente no tiene ningún interés en engañarme ni ha pretendido en ningún momento jugar ni presumir conmigo; que seguramente está muy acostumbrado a estas cosas; que lo más probable es que se compadeciera de mí y que, al comprobar después que la acusación que hay contra ti no es tan grave como para que te fusilen, haya sentido el deseo de intervenir para que se resuelva tu indulto lo antes posible; que con toda seguridad, no es la primera vez que ese joven actúa de esta manera; que así como existen personas que gozan haciendo sufrir al prójimo, las hay también que proceden de manera absolutamente contraria. En efecto, estoy convencida de que hay buenos y malos en todas partes. Fue una suerte que entre todos aquellos oficiales que me vieron llorar y no sintieron ninguna compasión por mí o que, si la sintieron, no se atrevieron a manifestarla, hubiera uno al menos capaz de conmoverse y dejarse llevar por sus buenos sentimientos. Sí, ésa fue nuestra suerte. Pero fíjate cómo son las cosas, Federico. Sólo me ha quedado en la memoria la expresión de sus ojos. Por más esfuerzos que haga ahora no logro recordar cómo es: si rubio o moreno, alto o bajo, gordo o delgado, feo o guapo. Nada. Si pasase a mi lado por la calle, no lo reconocería, ya ves tú. Bueno, me he adelantado un poco. A todo esto, el padre Bernardino no acababa de entender lo que estaba pasando. El teniente no le había dirigido la palabra y yo creo que ni siquiera le miró, como si no existiese. Por eso, cuando desapareció el joven por uno de aquellos pasillos, me preguntó, un poco molesto:
—Pero ¿qué significa esto, chiquita? ¿Quién es ese joven y qué es lo que quiere? —y después de que se lo hube explicado, dijo, moviendo pensativamente la cabeza—: Ya, ya… Puede que sea un camuflado, quién sabe si masón… Estamos minados…
Anduvo absorto hasta que pisamos la calle. Entonces murmuró, volviendo hacia mí bondadosamente su mirada.
—Pero lo importante ahora es que se salve el pobre mocete. Hágase el milagro aunque lo haga el diablo, ¿no te parece? —Yo asentí a sus palabras con un gesto y él sonrió y siguió hablando—: Creo que el coronel cumplirá su palabra, pero no hay que olvidar que los hombres que ocupan un cargo de tanta importancia como el suyo, se ven tan asediados y tan comprometidos que no pueden siempre obrar como quisieran. En cambio, un tenientillo, un simple tenientillo… ¿me entiendes? Nadie se fija en él y, zas, aprovecha cualquier descuido para meter un papel entre los muchos de los que se firman en barbecho, tanto para bien como para mal, porque los que los firman no tienen tiempo para leerlos y han de confiar en sus subordinados. Así que ha sido una gran suerte que ese muchacho se fijase en ti. Los caminos del Señor son inescrutables, hija mía.
Quiso que volviese a Vitoria con él, pero le convencí de que era más útil mi presencia en Madrid lo antes posible. Ya era de noche cuando llegamos a la estación, que estaba llena de soldados y de aldeanos, rodeados éstos y aquéllos de bultos de toda clase y tamaño. No despachaban billetes y la única esperanza que nos dieron fue la de que se formaría un tren de mercancías con dirección a Valladolid, probablemente a la madrugada. Pese a tan descorazonadora perspectiva, preferí correr esa aventura a enfrentarme nuevamente con la familia de Vitoria. El padre se encargó de informarla. ¡Qué bondadoso, qué sencillo y qué humano fue conmigo el carmelita! Al lado de personas como él, una siente que no está sola y que puede confiarse. Ni por un momento dudó de ti y, sin preguntarme nada, se puso en viaje, dispuesto a llegar hasta donde fuera preciso para ayudarte. ¡Qué diferencia entre el padre Bernardino y el canónigo! Al despedirme de él, se me saltaron las lágrimas.
—Ánimo, chiquita, ánimo. Ya verás como todo sale bien. Dile a tu hermano que le bendigo y que lo tendré presente en mis oraciones —fueron sus últimas palabras.
Cuando se perdió de vista la furgoneta de los frailes me di cuenta de pronto de que llevaba muchas horas sin comer y, lo que me apuró aún mucho más, sin aliviar una necesidad que en aquel momento se me hizo insoportable. Temí que tuviera que desahogarla allí mismo, delante de todo el mundo. Pero hice un último esfuerzo y me puse a buscar un retrete, ya sabes, esos urinarios de los andenes de estación. Lo encontré en seguida, pero había largas colas de soldados que aguardaban su turno ante ellos. Una vez más tuve ánimo y, en vez de echarme a llorar o cerrar los ojos y dejarme vencer por la necesidad, me dirigí a los que esperaban ante el urinario de mujeres. No sé qué les dije ni qué cara de dolor y angustia pondría. El caso es que uno de aquellos soldados me abrió paso e hizo desalojar rápidamente el lugar. Se encargó también de guardarme el maletín y me dijo:
—Y no se preocupe, joven. Nadie va a molestarla. Se lo aseguro yo.
Tal era mi apuro que no reparé ni en el olor ni en la suciedad que allí había hasta después. Pero entonces ya estaba tranquila y me encontraba tan bien que no me importó nada toda aquella inmundicia. Lo que sí sentí fue una gran vergüenza al recoger mi maletín y darle las gracias a mi protector. No pude mirarle a la cara siquiera. El hombre lo comprendió y no me dijo nada tampoco. Hacía un frío terrible y me caía de desfallecimiento, Por fin encontré una mujer que vendía bocadillos de anchoas y le compré dos. Luego me dirigí a la sala de espera. ¡Dios mío, qué espectáculo! Estaba llena hasta los topes. El humo del tabaco formaba una neblina que hacía llorar los ojos e impedía ver. Y no se podía dar un paso porque se enredaban los pies entre los paquetes y las piernas y los brazos que cubrían totalmente el suelo. Me quedé inmóvil tratando de descubrir un hueco. Inútil. Bajo la nube de humo sólo se veía una espesa masa de cabezas y cuerpos humanos apretujados. ¿Qué hacer? Me encontraba envuelta en un calorcillo tan agradable, que se me estremecían las carnes con sólo recordar el frío de fuera. Así que puse el maletín de canto en el suelo y me senté. La postura no podía ser más incómoda y seguramente no hubiera podido resistirla mucho tiempo. Menos mal que, al poco rato de estar así y mientras me comía uno de los bocadillos, alguien me tocó en el brazo. Era un soldado.
—Venga —me dijo—. Estará mejor con nosotros, entre otro compañero y yo.
¡Siempre los soldados! Han sido mis mejores amigos en todo este penoso trajín. No lo dudé y me fui con él teniendo que hacer verdaderos equilibrios para no pisar a nadie. Efectivamente me hicieron un sitio en uno de los bancos de junto a la pared y quedé fuertemente aprisionada entre mi acompañante y su amigo. Eran dos muchachos leoneses que volvían licenciados a su pueblo desde Cataluña. Llevaban ya una semana de viaje, de tren en tren, de estación en estación, durmiendo y comiendo donde podían y como podían. Quieras que no hube de compartir su cena, pero entre mis anchoas y su chorizo picante me entró una sed irresistible. ¿Y quién se atrevía a abandonar aquel sitio caliente para ir en busca de agua sabe Dios dónde? La sed apretaba de tal manera, que hube de apagarla con su vino, un vino áspero que se me agarraba a la garganta y me subía a la cabeza. Así que con unas cosas y otras, el vino, la digestión y el calorcillo, empezaron a pesarme los párpados y a sentir que perdía el sentido y, aunque luché contra el sueño con todas mis fuerzas, pues yo misma me decía: no te duermas, Alfonsina; por favor, no te duermas, acabé durmiéndome como una marmota. Ya no me di cuenta de nada hasta que me sacudieron fuertemente y oí que me decían:
—¡Vamos, joven, despierte, que se marcha el tren!
Me sacaron de allí en volandas, como quien dice, cogida de ambos brazos por los dos mozos leoneses, en medio de un gentío que se movía como un rebaño de carneros, dando codazos, empujando, pisando y golpeando con sus maletas de madera y sus paquetes, y que pretendía tomar por asalto un tren de mercancías cuya máquina soltaba chorros de vapor y cuyo pito desgarraba los tímpanos. Estaba amaneciendo dolorosamente y en el andén nos abofeteó un aire helado que levantaba túrdigas. Yo me vi en vilo y, luego, lanzada al interior de uno de aquellos vagones de carga. Caí rodando entre bultos y cuerpos humanos, casi inconsciente, pero sin que se me oscureciera del todo el instinto, el instinto de mujer creo yo, que fue mi único guía en aquella barahúnda. Me arrastré por el suelo cubierto por una gruesa capa de paja revuelta con excrementos secos de animales, y fui a situarme contra uno de los costados del vagón. Allí me hice un ovillo, extendidas las faldas hasta los pies, rodeando y apretando las piernas con los brazos. Mis dos compañeros de la sala de espera llegaron a poco y se colocaron junto a mí y formaron en torno mío como una barrera defensiva con sus cuerpos. Entre tanto, llovían los paquetes y continuaba el abordaje del vagón. Los de dentro cogían de las manos a los de fuera y los aupaban entre voces, tacos y juramentos. Algunos de los acomodados protestaban al tiempo que se protegían de los bultos catapultados desde el exterior:
—¡Que ya no caben más!
Pero otros les replicaban:
—¡Todavía caben lo menos mil y la madre que los parió! Realmente estábamos hacinados. No obstante, siguieron subiendo más, aun después de ponerse en marcha el tren. Algunos, despedidos de otros vagones, se aferraban unos instantes al nuestro, lo soltaban y, seguramente, intentaban de nuevo la misma operación en el siguiente, ignoro si con la misma o mejor suerte, hasta que la progresiva velocidad de la marcha hizo ya imposible cualquier intento de asalto. ¿Cómo hubiera podido yo reanudar el viaje sin la ayuda de mis dos amigos leoneses? Ahora pienso que, a no ser por ellos, todavía estaría yo en Burgos esperando un tren. A veces es bueno ser mujer y, más aún, mujer joven, aunque la verdad es que nadie intentó propasarse conmigo. Tal vez la tentación rondara por muchas cabezas, pero ninguno se atrevió a obedecerla. Bueno, continúo. Cuando ya estábamos en plena marcha, se planteó el problema de la puerta. Los que se encontraban bien resguardados del viento en el interior eran partidarios de que estuviese abierta. Yo era del mismo parecer por miedo a la oscuridad, rodeada como estaba de hombres jóvenes excitados por tantas peripecias y por tantos tragos de vino. Pero los que estaban al borde de la puerta se impusieron a los anteriores y la cerraron, porque, decían, el aire helado que entraba por ella les segaba el pescuezo. Y tenían razón. Quedamos, pues, sumidos en una oscuridad no del todo cerrada, porque entraba luz por los ventanucos y porque también la aclaraba bastante el rojo resplandor de los cigarrillos encendidos. Pero los olores fueron más fuertes a partir de entonces y con ellos aumentó el calor del ambiente. Pronto empezaron a sonar las canciones del frente, las risotadas y, finalmente, los ronquidos. Yo seguía todo aquel jaleo con los ojos cerrados, tratando de pensar en otras cosas como, por ejemplo, repasar todo lo que me había acaecido desde mi salida de Madrid. Empezaba a recordar, sí, pero me entraba sueño, y por más que me esforzaba en tener abiertos los ojos me quedaba dormida. De pronto, un brusco frenazo, que nos lanzaba a unos contra otros, me despertaba, estremecida. Era una de tantas paradas que tenían lugar muchas veces en pequeñas estaciones y que solían durar una hora o más. Entonces descorrían la compuerta y saltaban a tierra los hombres en busca de comida o de vino, para satisfacer alguna necesidad fisiológica o, simplemente, para estirar las piernas. En una de ellas bajé yo también. Me encontraba entumecida. Me dolían las articulaciones y, como en otra ocasión, me obligaba una imperiosa necesidad. Tuve suerte. Era una pequeña estación perdida en el campo, y la esposa del jefe me invitó a pasar a su casa. Allí pude verme bien en un espejo. ¡Qué trazas, Dios mío! Con briznas de paja entre los cabellos despeinados, con tiznones en la frente y en las mejillas, con el vestido arrugado y manchado, podía tomárseme por una cualquiera de la peor especie, de esas que rondan por los alrededores de los cuarteles. Sin embargo, la mujer del jefe de estación se dio cuenta en seguida de que yo no era una de ésas. Las mujeres tenemos para esos casos un ojo clínico que no falla. Pude peinarme y asearme un poco, lo suficiente para parecerme a mí misma. Después, aquella alma caritativa me hizo tomar un tazón de leche caliente que me revivió. Cuando quise darle las gracias, me dijo:
—No se preocupe, por Dios, no se preocupe. En la vida, hoy por ti y mañana por mí.
Todavía hicimos varias paradas más por el estilo, pero yo no abandoné el tren en ninguna de ellas hasta Valladolid, donde llegamos a la caída de la tarde. Allí se despidieron de mí los dos buenos muchachos que se habían convertido en mis protectores. No los olvidaré nunca. Me trataron como a una hermana aunque a veces se notaba en sus ojos la turbación que yo les producía sin querer. Conservo sus rostros, sus gestos y el tono de sus voces grabados en mi memoria para siempre. ¡Que Dios los proteja y les dé mucha suerte en la vida! Les deseo todo el bien del mundo. Se lo merecen. En la estación de Valladolid se observaba más orden, pero no se daban más facilidades al viajero. Se veían tricornios de guardias civiles y eso inspiraba más tranquilidad, aunque también infundía más temor y recelo. Yo, animada por mi anterior experiencia con ferroviarios, me dirigí en seguida a uno de ellos para orientarme, un viejo con cara de buena persona, y no me equivoqué. Tan pronto como le expuse mi situación, me dijo que le siguiera, y le seguí. Atravesamos varias vías y fuimos a parar a una muy apartada donde se encontraban estacionados varios vagones de tercera. Entonces me informó que aquellos vagones serían enganchados sin tardar mucho a un tren que bajaba del norte con dirección a Madrid. Subí a uno de ellos. Era un viejo vagón con asientos de madera, pero limpio y aireado, que a mí me pareció casi un lujo. El buen viejo cerró todas las ventanas y encajó bien todas las puertas para que yo no pasara frío, y luego me dijo que me acomodase bien, a gusto, en el sitio que me pareciera mejor. Y, cuando así lo hice, se brindó a traerme unos bocadillos y una botella con café y leche bien calientes. Después se fue. Yo había ocupado un asiento junto a una ventanilla y desde allí podía ver a las gentes moverse por los andenes de la estación, y a los grupos que subían a los vagones de ganado desuncidos en una vía muerta, esperando tal vez, lo mismo que yo, que fueran enganchados a algún tren. No lejos de mi vagón se hallaba detenida una máquina dispuesta, al parecer, para echar a andar y que me dio la impresión de un caballo deseoso de galopar y al que tuvieran sujeto por la brida. También se veían algunos empleados del ferrocarril yendo de un sitio para otro por entre las vías. El sol ya se había ocultado y llegaban las sombras como empujadas por el viento. Por momentos oscurecía, lentamente, silenciosamente. Y una gran nube de tristeza iba envolviéndolo todo. ¿Por qué serán tan tristes las estaciones ferroviarias, Federico? Me lo he preguntado yo misma muchas veces y nunca he hallado la respuesta. Bien. Pues, como te decía, me quedé sola en el vagón y aproveché la circunstancia para cambiarme algunas prendas de ropa interior. Sentía picores y desazón por todo el cuerpo. ¡No sé qué hubiera dado en aquel momento a cambio de una ducha, aunque hubiera sido de agua fría! Pero eso era para mí entonces como un sueño. La ropa limpia me produjo un gran alivio. Me sentí más descansada y también más optimista. Recordé una por una las palabras del teniente, como quien oye un disco hasta aprenderse la canción, o ve repetidas veces una misma película. Por eso creo que se me han quedado tan bien grabadas en la memoria. No las olvidaré mientras viva. Luego volví atrás y fui reviviendo muchos trozos de nuestra vida pasada. ¿A qué será debido que no pueda nunca evocar la figura de papá por completo? Siempre se me aparece borrosa como una fotografía manchada o desvanecida. Cuando no la boca, es la frente, o los ojos, o la nariz, o una mejilla, lo que le falta. Era verdaderamente una niña todavía cuando él murió. Cierto. Pero guardo el recuerdo íntegro de otras personas, enteramente como si las hubiese visto ayer. Por ejemplo, para mí es un rostro inolvidable el de Liborio, el practicante. Lo sigo viendo tal como era: con aquellos pómulos de chino, con aquella nariz que parecía un cacahuete, con aquellas orejas tan separadas del cráneo y aquel pelo tieso que no podía domar. Teníamos una criada, Antonia, también chata y descarada. Liborio se enamoró de ella, pero la muchacha no le hacía caso. Entonces papá le pidió a mamá que hablase a Antonia y le hiciese ver las ventajas que le reportaría casarse con un hombre tan formal y trabajador como Liborio. Yo estaba presente el día que mamá se lo dijo. Antonia se echó a reír y le contestó que sí, que Liborio era un buen partido, pero que ella no podía casarse con él porque los hijos que tuviesen nacerían desnarigados como el hijo de la señora Perfecta, que sólo tenía dos agujeritos por los que casi se le veía la sesera. ¿Y aquel día en que mamá, muy preocupada, me dijo que tú estabas metido en unos líos de política que no le gustaban nada? Recordaba los chascos que la dichosa política le había dado a papá, y la ruina de su padre, nuestro abuelo, por la misma causa. La política es buena para los aprovechados, para los que no valen para otra cosa, para los intrigantes y los desaprensivos, decía. ¡Pobre mamá! Yo me temí, en los comienzos de la guerra, que se me muriera de un susto. Cada vez que una patrulla aparecía por casa preguntando por ti, perdía el color y tenía que sentarse, a punto de perder el conocimiento. ¡Pues imagínate cómo se puso el primer día que registraron nuestra casa, de abajo arriba, vaciando los cajones y los armarios, dejándolo todo tirado, incluso nuestra ropa interior! Por poco no se cayó redonda al suelo viendo a aquellos hombres reírse y gastar bromas con mis bragas y mis sostenes en la mano. Una de las veces le llegó el turno a tus libros. Los fueron mirando uno por uno, pero no los entendían y acabaron por llevárselos todos como quien se lleva un cargamento de bombas. ¿Te acuerdas de Mateo y de sus hermanos, hijos de don Severino, el médico, que fueron amigos tuyos y que me sacaban a bailar en el Casino? Pues también vinieron acompañando a una patrulla de forasteros para hacer un registro y preguntar por ti. Mamá le dijo:
—Pero, Mateo, ¿cómo se te ha ocurrido venir a buscar a Federico? Tú lo conoces muy bien y sabes que es incapaz de cometer una mala acción.
¿Y sabes lo que contestó Mateo? Pues como lo oyes:
—Su hijo, señora, es un rojo, un enemigo de España, un traidor. Estamos buscándolo para ajustarle las cuentas. Tan pronto como sepa su paradero debe hacérnoslo saber inmediatamente si no quiere que volvamos por ustedes dos.
¡Qué bestia! En fin, todo esto —y otras cosas más— estuve recordando mientras miraba por la ventanilla de aquel vagón de tercera, completamente a oscuras, en medio de la noche. Algunas luces eléctricas brillaban ya pálidamente en la estación y se veían faroles de ferroviarios como si anduvieran solos por las vías o por entre aquellos restos inmóviles de trenes. Abstraída en mis cavilaciones, me había olvidado por completo del viejo ferroviario que me instalara allí. Pero se presentó. El buen hombre me trajo una botella llena de café con leche caliente.
—Esto le sentará muy bien, señorita —me dijo. Y me entregó después un billete.
—Sí, es bueno llevarlo encima por si acaso. Cuando la gente toma por asalto los trenes, como no hay sitio para todos, tienen que intervenir las autoridades, y, en ese caso, obligan a bajar a muchos, pero si llevan billete los respetan y se salvan, ¿comprende, señorita?
No quiso admitir ningún dinero, ni por el café ni por el billete.
—Si nosotros no nos ayudamos, hija mía, ¿quién nos va a ayudar?