Los que perdimos
VIII. … roídos por las escarchas, / por el hambre y por el hierro…
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Ya sabes que yo he pensado muchas cosas de diferente manera que tú. No me gustaba, por ejemplo, el trato con gentes de la clase social inferior a la nuestra, pero no porque fuesen pobres, porque pobres también lo éramos nosotros, sino por su distinta educación, por su manera de hablar y de entender las cosas. No te lo dije nunca, pero me dolía verte mezclado con ella a ti, tan culto, tan refinado, tan educado. Tampoco a mamá le hacía gracia, sino todo lo contrario, ésa es la verdad. Y ya ves tú… Cuando hemos necesitado ayuda han sido esas personas las únicas que nos han tendido la mano, tanto durante la guerra como ahora, mientras que las de nuestra clase nos han vuelto la espalda, incluida la propia familia, por miedo y por egoísmo. Ha sido una gran lección para mí, te lo aseguro. Claro que tienen sus defectos, ¿y quién está libre de ellos?, pero les sobra corazón y comprenden el dolor ajeno, quizá porque están acostumbrados a sufrir. Los otros, en cambio, siempre tienen a mano una excusa, acompañada de una sonrisa y de muy buenas maneras, para negarse y quedar tan bien. De lo que deduzco que lo que llamamos buena educación es muchas veces una bonita forma de ocultar la cobardía, la pereza y hasta quién sabe si la envidia. Te confieso que yo he obrado así en muchas ocasiones, en pequeño desde luego, seguramente porque nunca se me presentó la ocasión de hacerlo en grandes cosas. De ahora en adelante creo que me portaré de otra manera, aunque no sea más que por un egoísmo mejor entendido, por lo que me dijo la mujer del jefe de estación: Hoy por ti y mañana por mí, o por lo que me contestó mi amigo el ferroviario: Si nosotros no nos ayudamos, hija mía, ¿quién nos va a ayudar? Ese buen hombre estuvo haciéndome compañía hasta que llegó el tren del Norte. Me contó entre tanto que había muerto en la batalla del Ebro un nieto suyo de veinte años, que se apuntó en la Legión cuando fusilaron aquí a su hijo, padre del muchacho, ferroviario también. Su otro hijo, que estaba de factor en el Cerro de la Plata de Madrid cuando estalló la guerra, se halla ahora preso en Albacete porque fue capitán de las milicias ferroviarias en la zona roja. Así que tiene a su cargo las dos nueras, seis nietos y el hijo encarcelado en Chinchilla. Gracias a un hermano de su mujer, que se adhirió al Alzamiento desde el primer día en Coruña y que actualmente desempeña un cargo importante en los ferrocarriles, pudo continuar en su empleo. Su cuñado, además, le envía también algún dinero de cuando en cuando. Mi amigo me contó todo esto serenamente, como si fuera una pena antigua e irremediable, ya cicatrizada, aunque, eso sí, se le humedecieran alguna vez los ojos. Su mujer es la que está peor. Le dio una parálisis cuando se enteró de que su hijo había sido fusilado, y desde entonces está clavada en una silla. Menos mal que conserva todas sus luces y puede gobernar la casa todavía desde su sitio. Historias tan tristes como ésta te las encuentras por dondequiera que mires, en toda España, y con quien quiera que hables.
¡La guerra! ¡La guerra, hermano! ¡La maldita guerra! Por fin, aquella locomotora que yo había visto preparada para funcionar, empezó a moverse. Enganchó, por último, mi vagón, junto con otros más, y lo llevó a la cola del tren del Norte. Entonces se despidió de mí el viejo ferroviario y se fue. Yo apenas pude decirle nada porque, en menos de lo que te lo cuento, nos cayó encima un verdadero enjambre de viajeros. Subían al vagón por todas partes. Los primeros en llegar bajaron los cristales de las ventanillas, incluso el de la mía, y comenzó a entrar por ellos una tromba de paquetes, hatos de ropa, sacos, maletas y qué sé yo. Se armó la gran tremolina. Aquello parecía una batalla. Se llamaban a gritos unos a otros, se empujaban, se disputaban los asientos… Llegaban en oleadas. Había de todo: hombres, mujeres, niños… Menos soldados que otras veces. Los más eran aldeanos, campesinos u obreros. Me pareció que entraban con ellos el calor y la fuerza, como una bocanada de vida, y tuve la sensación de que me hubiera amanecido en un bosque entre árboles frondosos y regatos de agua. Me acordé del día que pasamos en la Almoraima. ¿Te acuerdas? Acababa de ser proclamada la República. ¡Cuánto disfrutamos! Corrimos por las colinas y los prados, montamos en burro, anduvimos en pernetas por el agua, comimos sobre la fresca hierba y sesteamos a la sombra de las encinas contando historias de amoríos y jugando a las prendas. Tú te hiciste novio de Isabelita, aquella muchacha malagueña que luego se fue con su familia a vivir a Ceuta. Os escribisteis durante algún tiempo y creo que hasta le hiciste versos, y, lo que pasa, ella se echó otro novio, un militar, y tú te enamoraste de Aurora, y la historia se acabó. Quién sabe si Isabelita se casó con aquel militar y quién sabe si ahora su marido es un coronel o un general que podría salvarte a ti… Pero son imaginaciones. ¿Quién iba a pensar entonces lo que sucedería a los pocos años? Aquel día todo el mundo estaba alegre, cantaba y reía, como si hubiese llegado la felicidad para todos con la República. Se veían banderas tricolores por todas partes. Muchachos y muchachas lucían pañuelos con los colores republicanos. ¿Y lo que bailamos al son del gramófono de don Evaristo? ¡Don Evaristo! Parece que estoy viéndolo. Alto, cargado de hombros, verde de puro moreno. Con sus aventuras por las Américas buscando oro y vainilla, con su entusiasmo por la República y la historia, que repetía constantemente, de sus descubrimientos arqueológicos. ¡Y cómo murió el pobre una noche, contra las tapias del cementerio! ¡Qué lástima que todo aquello acabase tan mal! Es lo que yo me pregunto siempre: ¿por qué?, ¿por qué? ¿Por qué hemos tenido que padecer nosotros tanto sin tener culpa de nada? En una zona y en otra, en todos los pueblos, en todas las familias. Pienso que sólo Dios lo sabe, pero hay veces que llego a dudar de que Dios lo quiera así. No, Dios no podía querer que muriese así don Evaristo ni tantos otros… Cuando pienso en esto, te aseguro que pierdo la cabeza, Federico. Dudo de todo. Me armo un lío. Y no quiero darle más vueltas, no quiero. ¡Jesús, qué vuelcos da la vida! Pero por más que yo trato de olvidarlo, cualquier motivo es suficiente, como mis nuevos compañeros de viaje, para resucitarlo en mi memoria. Mis nuevos compañeros de viaje… En seguida supe quiénes eran, adónde iban y a qué. Procedían de pueblos de por allí, y algunos de muy lejos, y otros de la misma ciudad, que se dirigían a la zona roja recién conquistada para visitar a los parientes que allí tenían, cargados de cosas de comer porque les habían dicho que se estaban muriendo de hambre. Judías, garbanzos, aceite, ristras de chorizos, quesos y panes de hasta cuatro kilos, figúrate. Buena gente, aunque alborotaba y que se movía mucho. Y preguntaban sin cesar, como si fuesen a un mundo desconocido, a otro planeta. En cuanto el tren echó a andar, se pusieron a comer y se entabló entre los más próximos a mí una pugna por ver quién me obsequiaba con la mejor tajada. Hube de probar tortillas, emparedados, chuletas de cordero, costillas de cerdo adobadas, roscones, miel y qué sé yo cuántas cosas más. De comer yo todo lo que ellos pretendían, hubiera reventado de una indigestión. El jolgorio y el barullo duraron hasta la media noche, en que, ahítos de comer y beber, cansados de tanto hablar y agotados por el ajetreo y las emociones, empezaron a cabecear y, luego, a dormir con la boca abierta, y a roncar como energúmenos. Se quedaron pálidos, fofos, desencajados, como muertos. Eran carne nada más, carne mal lavada y sudorosa, que irradiaba calor y despedía un olor denso y mareante. El tren corría, entre tanto, por los campos negros y sin fin. De cuando en cuando titilaba a lo lejos alguna luz solitaria o surgía en lo más espeso de la negrura un grupo de pequeñas luces que hacían guiños desde las esquinas de algún pueblo dormido. Yo estaba rota también y me dormí. Pero me desperté muchas veces, la primera de ellas por el dolor que sentí en un hombro, debido a que mi vecina de asiento había tomado esa parte de mi cuerpo por almohada. La pobre mujer se despertó asustada cuando yo hurté mi hombro a su cabeza. Me miró con unos ojos hinchados y soñolientos, se excusó torpemente, reclinó la cabeza en el hombro de su marido, que roncaba al otro lado con la gorra sobre la cara, y siguió durmiendo. Después fueron los topetazos en las paradas los que me sacudían e interrumpían bruscamente mi sueño. En las estaciones nos esperaba casi siempre gente que pretendía colarse de alguna manera en el tren. Yo veía sus rostros a través del cristal empañado de la ventanilla y casi me daban miedo; bueno, tal vez miedo y pena a la vez. Eran rostros de personas agotadas por sabe Dios cuántas horas de espera, ateridas, que me miraban con una expresión de angustia y desesperación tales que me estremecían el alma. Pero ¿qué hacer si había viajeros dormidos de pie y dándose cabezazos entre sí porque no quedaba sitio ni para poder sentarse en el suelo? Y allá quedaban, rebozadas en sus capotes, en sus toquillas y en sus mantas, en espera de otra oportunidad incierta. El amanecer nos puso a todos caras de cadáveres desenterrados. Poco a poco fuimos despabilándonos entre carraspeos, toses y desperezos que hacían crujir las articulaciones. Teníamos los párpados hinchados, enrojecidos los ojos, secas las gargantas, dolorido todo el cuerpo. Yo hubiera querido levantarme para estirar los miembros agarrotados. Pero ¿cómo hacerlo si tenía un niño dormido a mis pies, en el suelo, sobre un mantón, y estaban obstruidos los pasillos por los hombres que habían pasado allí la noche amontonados? Los hombres sí podían abrirse una brecha hasta la plataforma, pero las mujeres teníamos que permanecer inmóviles donde estábamos, aunque sintiéramos el dolor de las tablas del asiento y del respaldo y aunque nos torturase la vejiga. Algunas no pudieron resistir esta necesidad y la satisficieron sin moverse de su sitio, tomando las únicas precauciones de avisar a los de alrededor y cubrirse de cintura para abajo con una manta. El caso de los pequeños fue peor. A ellos no se los podía contener con ninguna clase de consideraciones. Hubo, pues, que sacarlos sin más dilación a las ventanillas, pero como el viento revocaba sus orines, ya puedes imaginarte cómo me pusieron de salpicaduras… Además, me volvieron los picores y la desazón… ¿Para qué contarte más calamidades? Basta decirte que llegué a casa hecha un trapo. Ése fue mi viaje, Federico. Al fin pude tomar un baño y cambiarme completamente de ropa. ¿Y sabes a qué obedecían los picores y los escozores de la piel? Pues a los piojos. Sí, hermano, llegué comida de piojos. Nunca los había visto hasta entonces, aunque los conociera de oídas. Eran para mí algo tan remoto como los cocodrilos. Ahora ya sé lo que son. Como es natural, a mamá sólo le he contado lo bueno. ¿Para qué acongojarla con cosas que, por otra parte, ya han pasado, no te parece? Ni que decir tiene que se encuentra mucho más animada. Espera que te llegue el indulto cualquier día y vive pendiente del teléfono, del timbre de la puerta y del ruido del ascensor, y a veces oye llamadas que sólo han sonado en su imaginación, porque piensa que puedes presentarte en casa de un momento a otro. No he querido decirle, y te suplico que tú tampoco se lo aclares, que, después de indultado, aún tendrás que permanecer en prisión algún tiempo. Ya se enterará cuando llegue el caso y se acostumbrará a ello y se resignará por la fuerza misma de los hechos y sin necesidad de que nosotros le anticipemos el disgusto. Seguimos viviendo con los tíos, en su piso, acompañados de Rosario, la mujer de Molina. El tío Andrés está muy acobardado. Como no hay en casa más dinero que las cuatro perras que trajimos nosotras y lo poco que aporta Rosario, el tío se ha visto obligado a hacer algo para ganarse la vida. Entre todas las mujeres le empujamos para que saliera a la calle. Al fin se decidió y parece que con suerte. Resulta que los rojos, y eso tú lo sabrás mejor que nosotras, requisaron todo lo que tenía algún valor a sus enemigos y que muchos de ellos vivieron, como evacuados, en sus casas. Total, que al volver sus dueños se han encontrado con que les faltaban muebles, ropas, enseres, de todo. En vista de lo cual se ha constituido un Centro de Recuperación, adonde va a parar lo que ahora requisan a los rojos, y al que acuden a reclamar sus cosas los nacionales, y parece ser que aquello es una especie de merienda de negros. Hay muchos que se aprovechan y arramblan todo lo que pueden, suyo o no. Pues el tío Andrés se ha puesto en relación con un italiano, al que conoció en un bar cuyo dueño es amigo suyo, en el momento en que el señor Torrebianca, así se llama el italiano, pretendía venderle una máquina de escribir de segunda mano. El tío intervino como perito y desde ese día se ha dedicado a reparar y reconstruir las máquinas de escribir que el italiano compra a bajo precio a los que las obtienen en el Centro de Recuperación, y que luego revende a otros. De esta manera ha resuelto momentáneamente el tío Andrés la situación de su casa. Rosario recibe algún dinero de unos parientes que Molina tiene en Gijón, y además vende o empeña alguna cosa, y así va tirando. Nosotras trajimos, como sabes, unas pocas pesetas, las pocas que nos dieron por todo lo que dejamos allá. Con eso y con lo que yo gano en el empleo que me ha proporcionado Matilde, nos arreglamos bastante bien. Este empleo es de mecanógrafa en una oficina que ha montado un grupo de fabricantes de productos químicos. Es un buen trabajo, y, aunque me pagan poco por él, nos ha venido a nosotras como anillo al dedo. Pensamos tomar un piso para vivir independientemente, porque a pesar de toda la buena voluntad del mundo, es imposible evitar roces y quisicosas en la vida en común, además de que estamos abusando de la hospitalidad de los tíos y no podemos, en modo alguno, seguir explotando indefinidamente el parentesco. Otra cosa es la manera de comportarse que tienen las familias de tus compañeros en relación con las gestiones para conseguir vuestros indultos. En vez de aunar nuestros esfuerzos, cada cual tira por su lado. Rosario va y viene, visita a quien le parece, busca aquí y allá papeles y recomendaciones, sin dar cuenta de ello a los demás ni decirnos lo que se trae entre manos. Por cierto, el otro día llegó a casa muy disgustada. Había ido a El Escorial a visitar a un fraile agustino que Molina empleó, sabiendo quién era, en la biblioteca de vuestro partido, con el fin de protegerle contra todos los peligros que entonces amenazaban a las personas de su condición. Prácticamente le debe la vida. Pues bien, después de hacerla esperar más de una hora, el fraile la recibió de pie para decirle que, sintiéndolo mucho, no podía hacer nada en favor de Molina. A Enriqueta, la esposa de José Manuel, apenas la conozco, pero sé por Rosario que está trabajando mucho por su marido en la embajada de Cuba. La más sincera y desinteresada es la madre de Agustín. Viene a casa con frecuencia y yo la oriento lo mejor que sé. Parece que la aprecian mucho en el barrio donde vive y que ha logrado varias firmas, de personas adictas al Alzamiento, en favor de su hijo. En cuanto a los demás miembros importantes de vuestro partido aquí en Madrid, a quienes no conozco, como es natural, pero de los que tengo referencias por Rosario, algunos han podido escabullirse, ocultos o protegidos por alguien, y otros, o están presos como vosotros, o andan huyendo de escondite en escondite. En general, cada quién se preocupa solamente de sí mismo y de los suyos, y procura jugar sus triunfos sin dar participación a nadie. Esto es como un «sálvese quien pueda», por lo menos de momento. El miedo se impone a cualquier otra consideración. El miedo es como una epidemia o algo así que ha destruido la amistad, el parentesco, la solidaridad y la gratitud. Nadie quiere dar la cara por nadie, y el que más y el que menos trata de zafarse como puede de cualquier clase de compromiso. No digo que lo hagan todos ni que sea siempre así, pero es lo primero con que te tropiezas: ojos que se cierran, oídos sordos, rostros que se vuelven para otro lado, excusas, evasivas, cuando no negativas rotundas, portazos, recriminaciones e insultos. Somos como la peste, como una peste peor que todas las pestes conocidas, a cuyo paso se cierran a cal y canto todas las puertas y huyen hasta los perros. No hay lástima ni misericordia. Es el odio lo que priva. Un odio feroz, inclemente, azuzado y estimulado desde todas partes. Un odio que es como un incendio, alimentado constantemente por unos y otros; por los vencedores vengativos y por los vencidos que intentan hacerse perdonar a costa de denuncias y vilezas. La denuncia es el mejor procedimiento para vengarse y para prosperar. No se oye hablar de otra cosa. Yo denuncio, tú denuncias, él denuncia… El caso es adelantarse al otro y denunciarle antes que él te denuncie a ti. Hay miles de delatores dedicados a descubrir la más mínima concomitancia de cualquiera con los rojos para buscarle inmediatamente la perdición. Así se consiguen empleos, pisos, coches, máquinas de escribir, muebles, ropas, joyas, dinero… En cuanto ven que tienes algo que les interesa, se te echan encima diciéndote que lo has robado. Ha habido muchos ladrones y aprovechados entre rojos durante la guerra, por supuesto, pero no es posible creer que todos hayáis robado y saqueado. Sin embargo, se mide a todos con el mismo rasero, por la sencilla razón de que no pueden presentar facturas que acrediten que aquel reloj de oro, que aquella máquina de coser o que esos muebles los adquirieron en forma legal. ¿Quién es el que guarda una factura, si es que se la dieron, durante tantos años? Y si vas a quejarte o pretendes algo, lo primero que te preguntan es en qué zona estuviste. Si dices que en la zona roja, lo mejor que te puede pasar es que te echen a la calle de mala manera, porque puede suceder que te acusen de algo y te metan en chirona. Ésta es la realidad fuera de la cárcel. Ignoro cómo será dentro. El dinero vale mucho, más que nunca, pero ¿quién lo tiene? Pocos, muy pocos, y el que lo tiene lo oculta con mucho cuidado por si le piden cuentas y se lo quitan. Me refiero, claro está, a los que hicieron la guerra con vosotros. Los que la hicieron en el bando opuesto, llegan por lo general con los bolsillos vacíos y, después de tantas fatigas como han pasado, su principal preocupación es cobrar cuanto antes la parte que les toca para poder rehacer su vida y desquitarse de lo mucho que han perdido. Por suerte para nosotras en estas circunstancias, estuvimos durante toda la guerra en zona nacional. Ello nos libra de sospechas y nos pone a salvo de denuncias. Ah, si nosotras tuviéramos sólo unos miles de pesetas… Hay quien trafica con avales, certificados de buena conducta y de adhesión al Alzamiento y todo eso. Hay quien compra y quien se vende. Hay quien estaría dispuesto a firmar y a jurar lo que le pidiesen a cambio de unos billetes. También pueden mucho, muchísimo, las mujeres. Las hay dispuestas a todo con tal de conseguir la salvación del esposo, del amante, del hermano o del padre; las hay, las hay. Nosotras no tenemos dinero y, como mujeres, somos incapaces de tirar por el camino de en medio. Por esa razón, creo yo, Dios nos ha querido ayudar de otra manera: el padre Bernardino y el teniente de Burgos. También mamá y Matilde lo creen así. Y ya que hablo de Matilde, te diré que me parece una excelente persona, aunque a mamá no le gusta ni poco ni mucho ni nada. Hemos hablado ella y yo de mujer a mujer y conozco perfectamente hasta dónde han llegado las cosas entre vosotros dos, y te aseguro que te quiere, que te quiere de verdad, que te sigue queriendo, a pesar de que ya nada puede esperar de ese amor por ti que se llevó la guerra para siempre. Ha vuelto a vivir con su marido. Es verdad que estuvo a punto de ser fusilado en los comienzos de la guerra, que le salvó en el último instante un tío suyo canónigo y que estuvo preso en el penal de Burgos. Lo que no se sabe es cómo y de qué manera obtuvo la libertad dos o tres meses antes de la toma de Madrid ni de qué medios se valió para entrar en el servicio de información de los nacionales. Actualmente es uno de los elementos más peligrosos para vosotros. Según Matilde, goza descubriendo rojos camuflados. No piensa más que en eso ni vive para otra cosa que para eso. Es su obsesión. Sería capaz de denunciar y perseguir a su propio hermano. Yo le he visto una sola vez y me dio miedo. Puede que esté enfermo, porque me ha confesado Matilde que algunas veces, cuando llega a casa a altas horas de la noche, ojeroso y pálido, sin poderse tener en pie de tanta fatiga y cansancio, después de alardear de las piezas gordas que ha cobrado ese día (las piezas son los rojos) y de soltar contra sus antiguos camaradas los mayores insultos, rompe de pronto a llorar, a dar puñetazos sobre la mesa, a gemir y a gritar que por culpa de ellos, de los rojos, ha perdido la ilusión de vivir, que es un desgraciado, un maldito… Y acaba emborrachándose para poder dormir. Pero a la mañana siguiente parece no acordarse de nada y ya está otra vez dispuesto a proseguir, con mayor entusiasmo todavía, la caza de enemigos del nuevo régimen. Esta situación, el vivir con él, oírle y soportarle, es para Matilde un suplicio atroz. Le tiene miedo. Si ese hombre llegara a conocer lo que ha habido entre Matilde y tú, aunque parece que sospecha algo vagamente, sería capaz de aniquilarla de alguna manera. Por eso ella aguanta y disimula, y se pasa las noches temblando y llorando en silencio, sin que él lo advierta. Por eso no va a visitarte ni se atreve a escribirte. Y me cita siempre en Auxilio Social, donde ella sigue trabajando, con el fin de que no me vea él y trate de averiguar quién soy y qué clase de amistad me une a ella, es decir, para evitar que por el hilo saque el ovillo. Me resulta muy violento encontrarme en aquel ambiente por las cosas que tengo que oír contra vosotros y por las que me veo obligada a decir, que no siento ni me gustan. Pero la cuestión está planteada así y hay que hacer de tripas corazón. Matilde me regala siempre que voy a verla cosas de comer para ti y tabaco. La última vez me encargó que te dijese que por ahora no hay ni que pensar en amnistía o indultos, que no hagas caso de los rumores que corren sobre este particular porque no son más que bulos, que lo único en lo que se piensa de verdad es en la venganza. ¡Pobre del que tenga un enemigo personal que lo persiga! Hemos de dar gracias a Dios porque no la haya tomado nadie contigo directamente. No está el horno para bollos, no. Los que tienen la sartén por el mango son los curas, y al decir curas me refiero también a los frailes y a las monjas. Son los amos. Una sotana puede más que un espadín. Ante una sotana se abren todas las puertas y todo el mundo se inclina. En el tranvía o en el metro, cuando aparece un hábito religioso, hay verdaderos pugilatos por hacerle sitio y dejarle un asiento. Y es que la gente sabe la influencia que tienen. Por eso se llenan las iglesias. Por eso todo son procesiones y manifestaciones religiosas. Te encuentras en todas partes con frailes y monjas, hasta en los cafés; se te acercan a pedirte una limosna y ¿quién es el guapo que se resiste y dice que no? Nadie. El que más y el que menos tiene miedo de ser tachado de ateo y de desafecto al Régimen y da y da, aunque le escueza por dentro. Al ver así de sumisas a las personas, mamá y yo nos preguntamos muchas veces dónde están tantísimos rojos como aquí había, dónde se han metido, y llegamos a la conclusión de que no era tan fiero el león como lo pintaban o que el miedo puede más que nada. Si los curas quisieran, se acabaría rápidamente la persecución contra vosotros y entonces sí habría un indulto general. Pero no quieren. Está claro que no quieren. Ya ves cómo pensaba don Faustino el canónigo. En cuanto les hablas de ello te salen diciendo que los rojos mataron no sé cuántos miles entre curas, frailes, monjas y obispos. Y tras eso se parapetan para no hacer nada en vuestro favor. El padre Bernardino es una excepción, no lo dudes. Pero dejemos todo esto porque quiero hablarte algo de mí, que ya va siendo hora. Quiero que sepas que tengo novio formal. Sí, Federico, tengo novio. Nada del otro mundo, ¿verdad? Pues puede que hasta cierto punto sí, porque mi novio es falangista. Ya está dicho. Ahora verás: Fernando, que así se llama, se apuntó a Falange. Su padre era de derechas. Él y su familia son de Cádiz y allí le cogió la tormenta en plenas vacaciones, pues él estudiaba para intendente mercantil en Madrid. Como es natural, se unió a los militares en los primeros días del Alzamiento, pero se fue al frente en seguida porque le repugnaba lo que se hacía en la retaguardia, todo eso de las detenciones, los registros y los fusilamientos, y anduvo haciendo la guerra por Andalucía hasta que cayó gravemente herido en la toma de Málaga. Después fue a parar a nuestro hospital, el del pueblo, y por esa razón lo conocí, ya convaleciente. No hará falta que te diga que al principio no quería ni verlo, pero él insistió tanto y me fue cerrando de tal manera todos los caminos que, por miedo a una represalia, no tuve más remedio que escucharle. Él sabía de sobra quién era yo, quién eras tú y dónde estabas, pero desde el primer momento me habló como si nada de eso existiese y se interpusiera entre nosotros, como si no hubiese guerra y no estuviera matándose la gente. Poco a poco fui conociéndole mejor y llegué al convencimiento que Fernando era uno de tantos muchachos que soñaban con la transformación radical de nuestro país y creyeron que eso podía lograrse fácilmente a base de entusiasmo, buena fe y valor. Tú eras también uno de ellos, Federico, aunque quizá tomaras las cosas un poco más en serio. Tú, en un lado, y Fernando, en el contrario, pretendíais, en el fondo, algo muy semejante, me parece a mí. Tal vez me equivoque, porque yo no entiendo ni quiero entender de política, pero creo que todos vosotros, los jóvenes que hicisteis la guerra con unos o con otros, habéis sido juguete de los mayores, precisamente de los que no fueron a las trincheras, y habéis luchado sin saberlo ni sospecharlo por intereses que no eran los vuestros. Fernando decía muchas cosas que yo te había oído antes a ti. A veces, cerrando los ojos, me parecía escucharte, hermano. Sí. Hablaba como tú de las injusticias sociales, del derecho de los débiles, de la tiranía del capitalismo, del atraso cultural y de la ignorancia y la miseria de las gentes. Cuando tomaron Bilbao se le escapó algo que luego me ha repetido muchas veces. Me dijo que estaban perdidos y, como yo le replicase que por qué se expresaba así cuando la verdad era que estaban ganando la guerra, él, después de asegurarse de que no podía oírle nadie más que yo, me contestó estas palabras: La están ganando el capital y los curas, y la hemos perdido irremisiblemente los que queríamos un cambio, otra cosa para España, los que hemos luchado y luchamos por una España más justa y más hermosa. Ya ves tú. Así llegó a hacérseme simpático y, cuando quise darme cuenta, estaba enamorada de él. Te aseguro que me costó muchas lágrimas y muchas noches sin dormir llegar a esta conclusión, confesarme a mí misma que quería a ese hombre. Imagínate el esfuerzo que tuve que hacer para decidirme a confesarle a mamá mis sentimientos. Ella se daba cuenta de lo que pasaba por mí, según me lo confesó más tarde, pero callaba y no me concedía ninguna facilidad. Al fin lo hice y el que llorásemos juntas me descargó la conciencia y me dejó tranquila. Mamá me dio su consentimiento y formalizamos nuestras relaciones. ¿Qué hacer, si no, Federico? Nuestra vida no está en la guerra ni en la política. La guerra se acabaría un día y, fuese cual fuese su resultado y fuese cual fuese el régimen político que aquí se impusiera, seguiríamos viviendo y cada cual tendría que ocuparse de su porvenir y, por consiguiente, yo estaba en mi derecho de decidir el mío. Esto es lo razonable, pero… Tanto para mamá como para mí, la principal dificultad consistía en tenernos que enfrentar contigo. Algún día deberíamos decírtelo, cualquiera que fuese el final de la guerra y, en todo caso, yo me encontraría, fatalmente, entre la espada y la pared. Temíamos, y con razón, que lo tomases como la mayor ofensa que se te pudiera hacer. Sin embargo, no me abandonaba la esperanza de que fueses capaz de comprender y admitir una realidad que está por encima de las conveniencias y los prejuicios. Te conozco y sé que, pasada la primera impresión, recapacitarás, dominarás tus impulsos y acabarás por hacerte a la idea, por admitirla y, al fin, consentirla. ¿Verdad que sí, hermano? Parece que te estoy viendo. Pálido, primero; luego, encolerizado; más tarde, triste, y, por último, emocionado, por tratarse de mí y de mi felicidad. Ahora te confieso que he estado a punto de decírtelo todas las veces que he hablado contigo, y que siempre me contuvo el miedo a hacerte demasiado daño, porque hubiera sido para ti como una burla. Por esa razón pensé que lo mejor sería comunicártelo por carta. Resulta más fácil decir ciertas cosas por escrito que de palabra. Se pueden dar más detalles, más explicaciones, sin temor a ser interrumpida, y se pueden decir las cosas más claramente, con más sosiego. Es como decírselas a una misma, como contárselas a la almohada, y de esa forma se puede ser más sincera. Claro, como tenía que informarte ampliamente acerca de mi viaje, del comportamiento de nuestra familia en Vitoria, de lo que hicimos en Burgos, y ponerte al corriente de nuestra vida, de lo que se piensa en la calle acerca de vosotros, y como no es posible decirte todo esto en el locutorio, donde no se entera una de nada, ni en esas entrevistas que nos consigue el amigo Antolín, porque con querer abarcar tanto en ellas no hay tiempo para hablar extensamente de ninguna, empecé este memorial, que he ido escribiendo en los ratos libres que me deja mi trabajo en la oficina y que me ha resultado muy largo y un poco revuelto, pero en el que está todo lo que yo quería que supieras, he aprovechado la ocasión para enterarte también de mi noviazgo. Espero que esta carta la haga llegar a tu poder Antolín bajo cuerda, por su amistad con don Félix, el Jefe de servicios, y que te distraiga y te sirva de consuelo. Y voy a terminar, porque, si no corto por lo sano, estaría dale que te dale, escribiendo cuartillas hasta el día del juicio. Pero antes de ponerle punto final quiero recalcarte que todo lo que te cuento es verdad, que lo del indulto para ti es cierto, que no trato de engañarte con falsas esperanzas ni de taparte los ojos, que confío sinceramente en que está a punto de terminar esta pesadilla, esto sobre todo, y, además, que mamá vive pendiente de ti, y que te quiere mucho, muchísimo, tu hermana Alfonsina.
Federico Olivares permaneció aún unos segundos contemplando la última de aquellas cuartillas apresuradamente mecanografiadas. Con abundantes tachaduras y saltos de renglón. Sentado en el suelo del pasillo, frente por frente a la puerta de su sala, vigilaba desde allí el reposo de sus compañeros. Sobre él caía el débil resplandor de una bombilla, sucia de polvo y telarañas.
La población reclusa dormía el agitado sueño de la madrugada, lleno de sobresaltos y despertares súbitos. La noche se desvanecía ya en el patio al empuje tembloroso del amanecer, cuyo frío aliento hacía removerse y arroparse a los durmientes. En el palpitante silencio seguían oyéndose los ronquidos y alguna que otra rabiosa palmada, a ciegas, contra las chinches. Como sonámbulos, sujetándose a la cintura los calzoncillos, deambulaban algunos presos en sus idas y venidas a los urinarios. Parecían grotescos fantasmas con sus cabellos revueltos, andando casi a ciegas, completamente obnubilados e insensibles todavía.
Federico rasgó las cuartillas en menudos pedazos e hizo con éstos un rebujo. Después miró la hora en el reloj de bolsillo que servía a los imaginarias para medir sus turnos de vigilancia. Eran las cinco del nuevo día. Se levantó y entró en la sala. Los cuerpos de los durmientes formaban un grueso tapiz del que emergían sus rostros, intensamente palidecidos por el resplandor lechoso de la amanecida. Sobre su piel grisácea se destacaban los oscuros lunares de las chinches, de las insaciables chinches que a esa hora debían estar ahítas de sangre humana y que, sin embargo, continuaban succionándola, en grupos o en cadena, de las mejillas o junto a las orejas, o de las gargantas, hasta que el toque de diana las dispersase. Agustín resoplaba boca arriba. José Manuel escondía la cara bajo el brazo. Molina dormía de perfil. A Gaspar le retemblaban los mofletes y, junto a él, Planas, depuesto de su cargo por haber sido condenado a muerte, roncaba con estruendo. De cuando en cuando alguna lengua chascaba al modo como se hace para animar a las bestias, y entonces Planas lanzaba un hondo suspiro, se removía un poco y dejaba de roncar momentáneamente hasta que, al cabo de un rato, iniciaba de nuevo la escala de los ronquidos y provocaba otra vez los desesperados siseos del mismo o de algún otro insomne. Federico se dirigió a su yacija, que quedaba casi reducida a nada entre Gaspar y Molina, realizando verdaderas acrobacias para no pisar a nadie, y extrajo de debajo de lo que le servía de cabezal una toalla y una pastilla de jabón. Luego zarandeó suavemente a Molina hasta que éste abrió los ojos sobresaltado.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Nada, hombre, no te asustes. Que te ha llegado la hora de la imaginaria.
Molina se incorporó rápidamente al tiempo que se restregaba los párpados, y Federico le dijo en un susurro:
Seguro que estabas soñando con algo bueno, ¿eh?
Molina se rascó la cabeza.
—Puede, pero no me acuerdo de nada. ¡Aaah! —y bostezó.
—Pues levántate rápido porque voy a darme una ducha. Y, mientras Molina se ponía los pantalones, Federico, saltando otra vez con mucho cuidado por entre los cuerpos de sus compañeros dormidos, se dirigió a los urinarios. Lo primero que hizo allí fue arrojar a uno de los retretes los pedazos de la carta de Alfonsina. Luego se desnudó junto al grifo y, como éste se alzaba a muy poca altura sobre el suelo, tuvo que ponerse en cuclillas para ducharse. El chorro de agua fría le escoció como un latigazo y le dejó sin aliento, pero Federico aguantó estoicamente la voluntaria tortura que le dejaría relajado, limpio y más vigoroso.