Los que perdimos
X. … y sí desnudos y solos / en un vasto cementerio
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—¿Por qué no iba a creérmelo?
—Pues ésa es una historia que tuve que inventarme.
—¡Acabáramos, hombre! —y José Manuel respiró ya más tranquilo respecto a las facultades mentales de su amigo.
Luego, recordando algo, le preguntó—: Entonces todo aquello que me contaste del concierto en el pueblo abandonado y de aquel par de viejecitos escondidos en el sótano es mentira también, ¿no?
Por el rostro de Susano pasó como una sombra. Dejó de sonreír y afirmó vehementemente:
—Eso es tan cierto como que tú y yo estamos hablando de ello.
José Manuel volvió a encogerse de hombros, desconcertado de nuevo, y dijo:
—Ahora sí que no entiendo nada de nada.
—Ven —y Susano lo apartó aún más de los otros reclusos, llevándoselo a dar una vuelta por el pasillo—. Todo tiene su explicación, hombre, y esto también la tiene, ya lo verás. A los dos o tres días de estallar el follón, aparecieron por allí unos tipos de milicias que obligaron a los del comité a detener a los más señalados de derechas, que eran unos cuantos caciques de la CEDA. Entonces me di cuenta del peligro que corría, porque ya nos habían llegado rumores también de la escabechina que estaban haciendo con los curas por todas partes. Yo estaba dispuesto a hacer algo, pero no se me ocurría qué, cuando la misma noche de las detenciones se presentó en mi casa el alcalde. Era, porque ya se lo han cargado según he sabido, un buen hombre, socialista, que hasta que llegó la República vivió condenado al hambre por los mandamases del pueblo. Como yo le había socorrido en algunas ocasiones, me estaba agradecido. Aquella noche, el más disgustado de todos era él. Vino a decirme que lo primero que pidieron los milicianos era que detuviera al cura, y que él lo había evitado de momento respondiendo por mí, pero que no estaba seguro de poder parar otro golpe, porque la cosa estaba que ardía y era una lucha desesperada entre unos y otros. A su parecer, lo mejor era que yo abandonase el pueblo sin esperar un día más, y me preguntó que adónde quería ir. A mí me entraron sudores de miedo, la verdad, pero comprendí que aquel hombre me traía la salvación y, sin pensarlo mucho, le dije que a Madrid, donde tal vez me fuera más fácil ocultarme. Le pareció muy bien y quedamos en que él me mandaría un traje de civil y un salvoconducto en que se dijera que yo iba a Madrid por asuntos del comité, y que me llevaría su hermano en el automóvil requisado a uno de los caciques. Salí a las afueras del pueblo disfrazado con un sombrero y un traje de paisano y monté en el coche, que ya estaba esperándome. Como es natural, nos detuvieron en varios controles, pero llegamos a nuestro destino sin novedad. Por el camino había ido yo pensando dónde podría esconderme. Tenía algunos conocidos en Madrid, pero lo más seguro es que todos ellos estuvieran tan comprometidos o más que yo. ¿Cómo irles con esa embajada? Además, sería meterme en la boca del lobo. Así que decidí dejarlo a la mano de Dios. Bajé del coche donde me pareció, me despedí de mi acompañante y luego eché a andar por aquellas calles. Era temprano, pero ya se veían muchos milicianos con mono, pistola o fusil. Cada vez que me cruzaba con alguno, se me ponían los vellos de punta… Hay que pasar por ello para saber lo que es. Convinimos que mi ama, la viuda de un peón caminero, dijese a los que preguntasen por mí que había tenido que marcharme con unos milicianos que llegaron al pueblo de madrugada para prenderme y que no quisieron decir adónde me llevaban. Y mira tú lo que son las cosas. Al ver después a los milicianos se me ocurrió que la mejor manera de ocultarme sería vestirme como ellos. Claro que sí, pero ¿cómo? Y pensándolo y dándole vueltas y más vueltas a la idea en la cabeza hallé la solución. ¿Por qué no me alistaba en unas milicias? Y dicho y hecho. Entré en el primer cuartel de milicias que vi. Eran socialistas. No sé aún cómo tuve valor. Por fortuna, todo salió como la seda, gracias al salvoconducto del alcalde. Alegué que lo que yo quería era combatir a los fascistas y no quedarme tranquilo en el pueblo mientras otros se jugaban la vida por mí. Chico, lo dije con tanta naturalidad y les cayó tan bien, que quedé alistado inmediatamente. Me dieron un mono, un gorro y una manta, me destinaron a un grupo de novatos. Así empezó mi nueva vida. Como lo que más me preocupaba era que alguien me buscase, me dejé decir entre los milicianos, primero como el que no quiere la cosa y, luego, jactándome de ello, que yo había apiolado al cura de mi pueblo, y hasta di pelos y señales de cómo lo hice: que lo saqué de su casa a punta de escopeta, lo llevé al monte y allí lo despaché de un escopetazo con postas a la cabeza. Y hasta conté cómo me había pedido de rodillas que le perdonase la vida y cómo yo le arreé un puntazo con el cañón de la escopeta para que se levantara y siguiera adelante, porque era un enemigo de los trabajadores. Esta historia sirvió para que me clasificaran como antifascista rabioso.
—Eh, Susano, eres el tío de la potra, coño —le gritó un miembro del orfeón al pasar junto a ellos.
—Déjalo, es un facha —bromeó otro colega dándole una palmada en el hombro.
Susano esperó a que desaparecieran los bromistas para continuar.
—Me hicieron miliciano de la cultura, que era el mejor enchufe que había en el frente, y así pasé la guerra. Pero un día se acabó la guerra, porque todo se acaba en este mundo, y entonces empezó para mí el verdadero calvario. Cuando nos entregamos a los nacionalistas, me incluyeron en el grupo de comisarios y oficiales, pero a los pocos días me apartaron a un grupo más reducido, al de los más responsables. Estuve tentado de decir quién era, pero temí que no me creyesen y empeorara mi situación y como, por otra parte, tampoco me preguntaron nada ni me acusaron de nada, preferí esperar a ver qué pasaba. Y lo que pasó es que me llevaron, junto con otros cuantos, a una especie de comisaría de la calle de Serrano. Y allí es donde supe de qué me acusaban, nada menos que de haber asesinado al cura de mi pueblo. Ya sabes lo que hacían en los campos de prisioneros, sobre todo al principio: aconsejarnos constantemente por los altavoces que denunciáramos los hechos criminales de que tuviéramos conocimiento. Pues se ve que alguno se acordó de mi historia y que, por miedo o por hacer méritos, me denunció. ¡Dios mío! Nada más entrar en aquella habitación llena de humo de tabaco, unos tipos en mangas de camisa me zarandearon hasta casi marearme y luego me arrastraron hasta una mesa, diciéndome mientras tanto: Como no digas la verdad te vamos a mullir y no te va a conocer después ni la madre que te parió. A renglón seguido, el que estaba detrás de la mesa me soltó la preguntita: Vamos a ver, cabrón, ¿a cuántos has matado? Me eché a temblar, porque yo sabía cómo se las gastaban allí, y no pude siquiera abrir la boca. Alguien entonces me atizó un guantazo que a poco me hace caer al suelo, al tiempo de preguntarme: ¿Es que no oyes? Y, sin darme tiempo a respirar, volvió a la carga el de detrás de la mesa: Ahora nos vas a contar cómo mataste al cura de tu pueblo, ¿verdad que sí? Sé buen muchacho y no nos hagas emplear otros métodos. Comprendí que para evitarme lo peor no me quedaba otra salida que la de complacerlos. Ya se me presentaría en algún momento la posibilidad de deshacer el equívoco. Y conté, ce por be, la misma historia que inventara para los milicianos. Les interesó tanto desde el principio a mis interrogadores, que no me molestaron en todo el tiempo que duró mi declaración. El mecanógrafo era muy rápido, pero tuve que repetirle algunos detalles. A veces era el hombre de detrás de la mesa el que le dictaba en forma sucinta y clara. Terminado mi relato, me dieron a leer lo que el mecanógrafo había escrito por si estaba o no conforme con ello. ¿Qué me importaba a mí su exactitud si era falso? A mí lo que me importaba era salir de aquella habitación cuanto antes. Así que firmé sin leer previamente lo que firmaba, con lo que aquellos tipos quedaron muy satisfechos. Aún me insultaron y me zarandearon, pero sin pasar a mayores, y al fin me echaron a empujones de allí. Hasta que vine a la cárcel no me fue posible preparar mi coartada. Lo primero que hice para ello fue confesarme con el padre Basilio. A decir verdad, se puso desde el primer momento a mi disposición. Buscó a mi ama, que por suerte aún vive, y preparó toda la documentación necesaria. Tuvo que llevar a cabo estas gestiones con mucha discreción, para evitar que algún enemigo personal mío, ¿y quién no lo tiene en estas circunstancias?, se nos atravesara en el camino. Además, pensábamos que la sorpresa sería nuestro mejor argumento ante el tribunal. Por eso seguí fingiendo y callando. Pero sí, sí…
—¿Es que no te dieron en el consejo de guerra la oportunidad de demostrar tu inocencia? —le interrumpió José Manuel.
—Claro que sí, hombre.
—Pues entonces…
—Espera y verás. El fiscal se ensañó conmigo. Me puso… Bueno, yo era el prototipo del criminal marxista: frío, despiadado, sádico. Un monstruo, vamos. Y, claro, solicitó para mí la pena de muerte. La defensa, cuando le tocó el turno, ni siquiera me mencionó al pedir al tribunal benevolencia para los demás acusados y llegó el momento en que el presidente preguntó si teníamos algo que alegar. Me levanté yo solo.
En un rincón, Casi relataba los incidentes del consejo de guerra a un grupo de amigos, entre los que se hallaban Olivares, Molina, Agustín y don Alberto. Decía:
—Y entonces el presidente preguntó al pobre Susano con voz de trueno: «¿Y qué tiene usted que alegar?». Y Susano dijo: «Que el cura, a quien dicen que he matado, soy yo».
—¡Ahí va! —exclamó Agustín.
—Como para morirse —murmuró don Alberto, atónito.
—Ya lo creo que sí —prosiguió Casi—. Hubo de verdad un momento en que pareció que iba a ocurrir algo gordo allí. El presidente dejó caer la cabeza contra el respaldo del sillón, los vocales se inclinaron sobre él, y empezaron a cuchichear los tres. El fiscal se quedó pálido como un muerto. El relator bajó la cabeza y echó mano al expediente y lo hojeó como si fuera a devorarlo. El muchachito defensor, con la boca abierta, nos miraba a nosotros, asustado, y nosotros nos relamíamos de gusto viendo el aprieto en que estaba metido el tribunal, y de milagro no rompimos a aplaudir. Después de unos momentos de confusión, el presidente preguntó a Susano si podía probar lo que acababa de decir y Susano, ya más tranquilo, contestó que sí, que había testigos en la sala que podían corroborarlo. Declaró la mujer y el padre Basilio, el que daba aquí los mítines, presentó documentos del obispado que no dejaban lugar a dudas. ¡Era la bomba final! ¡Qué emoción, compañeros!
—¿Y qué pasó entonces? —preguntó José Manuel a Susano.
—¿Qué pasó? ¡Hum! Pues que uno de los vocales me preguntó que por qué motivo me había declarado culpable de un asesinato inexistente. Yo le contesté que ¡cualquiera se negaba a firmar lo que le pusieran a uno delante aquellos tipos del interrogatorio, dados los métodos persuasivos que empleaban de garrotazo y tente tieso! Que hubiera firmado cualquier cosa… Entonces saltó el fiscal como un tigre diciendo que aquello que yo sugería era un insulto más que habría de tener en cuenta el tribunal a la hora de dictar sentencia. Que yo había utilizado la falsedad y el engaño con el deliberado propósito de desacreditar a la justicia. Y salió preguntándome por qué no me había pasado a las filas nacionales, como era mi obligación de patriota. No contesté a esa pregunta porque me parecía absolutamente improcedente, y así se lo dije. ¡Bueno! Para qué te quiero contar cómo se puso. Yo también perdí el control y cuando quiso saber cuántas misas de campaña había celebrado durante la guerra, yo le contesté a gritos: Ninguna, señor. Yo estaba allí para enseñar a leer a los analfabetos. Yo no era cura entonces. Sólo era un miliciano.
—Pero fue peor todavía —contaba Casi—, cuando le preguntó si también practicaba el amor libre. Susano se puso como loco. Miró fijamente al fiscal y, después de un breve silencio, dijo: No, señor. Lo que yo hice fue casarme. Sí, señor, me casé… El fiscal, que estallaba, le interrumpió: Con alguna miliciana, ¿no? Entonces, inesperadamente, Susano rompió a reír y, tras una pausa, riendo todavía, le dijo al fiscal: Pues no, no me casé con una miliciana. La cosa fue más sencilla. Me hirieron en el frente, estuve en un hospital, me enamoré de la enfermera, que había sido hermana de la Caridad hasta el 18 de julio, y me casé con ella, allí mismo, en el hospital. Y hemos tenido un hijo. ¿Es eso un crimen?
—Pero, hombre, Susano, ¿cómo se te ocurrió decirle eso al fiscal? —Y José Manuel se golpeó la frente y se cubrió los ojos con las palmas de las manos.
Casi seguía diciendo:
—El fiscal no tuvo más remedio que reconocer que el acusado era, efectivamente, sacerdote, porque el sacerdocio crea carácter y es inextinguible aunque, como en el caso de Susano, se tratase de un apóstata, de un renegado, de un judas. Teniendo en cuenta esas circunstancias, aun cuando no podía imputársele el crimen de que se le acusó al principio, pero considerando la peligrosidad de su conducta, etcétera, en fin un galimatías de ésos, rectificó sus conclusiones y pidió para Susano treinta años de reclusión. Y así quedó la cosa. Bueno, luego vino lo de Gaspar y, para remate lo del poeta. Os digo que ha sido un consejo de guerra de los que se ven pocos.
—Pues ¿qué le ha pasado a Gaspar? —quiso saber don Alberto—. Andaba por ahí de muy mal humor con sus bártulos a cuestas.
—Es que tiene muy malas pulgas el viejo —dijo Agustín, y añadió—: Será porque, como es más sordo que una tapia, piensa que todo el mundo se burla de él. Estaba muy a gusto en esta sala y ahora, al tener que cambiar de ambiente…
—Lo que no entiendo —y Olivares se encogió de hombros— es cómo habiendo sido un dirigente del Socorro Rojo sólo haya pedido el fiscal seis años de cárcel para él.
—¡Ca! —dijo Casi—, si no le acusaban de nada referente al Socorro Rojo.
—¿Que no? Pues es lo que decía a todo el mundo.
—Ya. Pero se conoce que no se enteró de nada cuando le tomaron declaración, y firmó sin saber lo que firmaba. Le acusaban nada menos que de haber asaltado un convento de monjas al frente de una pandilla de forajidos y de haber tomado parte en las violaciones que tuvieron lugar allí.
—¡Pero, hombre! —exclamó, nuevamente asombrado, don Alberto.
—Cuando el fiscal se metió con él —siguió diciendo Casi— y pronunció su nombre, Gaspar se levantó y dijo que no oía nada. El fiscal repitió la acusación y Gaspar volvió a alegar su sordera. En vista de ello, el presidente le indicó por señas que pasara a estrados y se acercase al fiscal. Así lo hizo y entonces el fiscal le gritó al oído si era cierto que tal día… y contó lo del asalto al convento y las violaciones de las monjas. ¡Si hubierais visto cómo se puso Gaspar! Fuera de sí, temblándole más que nunca los mofletes, se encaró con el fiscal. ¿Violar yo monjas? ¿Pero usted cree que yo he podido violar a una mujer ni ahora ni hace tres años? ¡Qué más hubiera querido yo! Y sin más se volvió a su sitio diciendo en voz alta que él creía que un consejo de guerra era algo más serio. Y se sentó. El fiscal miró a los del tribunal, éstos se encogieron de hombros y aquél yo creo que, fatigado de tanto gritar, alegó desacato al tribunal y solicitó para Gaspar la pena de seis años. Claro, Gaspar no se enteró del resultado hasta después, cuando se lo explicaron los compañeros en la celda. ¿Y sabéis lo que dijo? Pues que sólo le faltaba eso, que lo tomasen por facha…
—Un sainete, vamos —comentó Agustín.
—Un entremés cómico, diría yo, para dar paso a lo que vino después, el broche final. Habíamos pasado al mismo tribunal con los de la prisión de Torrijos. Primero nos tocó a nosotros, y luego a ellos. El último de todos era un tipo raro. Con gafas de cristales muy gruesos y una pelambrera canosa que le llegaba hasta los hombros. Delgado y zarrapastroso. Parecía un espantapájaros. Pero, vaya bicho, compañeros. Según el fiscal, al principio de la guerra se convirtió él mismo en coronel de carabineros y, con un automóvil incautado y acompañado de un ayudante, que se llamaba Caballero, de un conductor y de una pareja de guardaespaldas, se dedicó a dar «paseos» por su cuenta. En total, más de ciento. El fulano, por lo visto, es poeta y se conoce que por envidia quiso llevarse por delante a Emilio Carrere, y eso que era su compadre. Gracias que a los gritos de Carrere acudieron los vecinos y evitaron que se lo llevasen. Pues bien, cuando el fiscal dijo lo de los cien asesinatos, el tipo pidió permiso al presidente para puntualizar. El presidente accedió y entonces él, tranquilamente y en tono la mar de cortés, dijo: Son exactamente ciento ochenta los cadáveres que pesan sobre mi conciencia. Ni uno más ni uno menos. He llevado muy bien la cuenta y tengo una excelente memoria. ¡Figuraos la impresión que nos causó a todos el oír aquello! Daba escalofríos. Pero él, como si tal cosa, contó cómo y por qué había hecho aquello. Dijo que tenía un especial olfato para descubrir curas y frailes aunque se vistiesen de toreros, quizá porque son los tipos humanos que tiene en mayor estima. Por eso precisamente aprovechó aquellas semanas de confusión con el fin de enviarlos a una vida mejor. Operaba preferentemente en el Café Gijón. Cuando olfateaba a un eclesiástico, le saludaba en voz alta para que pudieran oírle los de las mesas de alrededor: ¿Cómo está su reverencia? Eso ocurría en el mes de agosto del treinta y seis en Madrid… Por la reacción del interpelado colegía si había acertado o no. En el primer caso llamaba a su ayudante: Caballero, cumple con tu deber. Y se llevaban al presunto cura o fraile y lo mataban en las afueras de Madrid. Así estuvo operando hasta que alguien lo descubrió y tuvo que huir a Valencia. Se quitó el uniforme, licenció a sus colaboradores y, como allí no sospechaba nadie de él, pudo dedicarse a escribir sonetos. Yo creo que gozaba al contar todo esto. Sus últimas palabras fueron para pedir al tribunal, como un gran favor, que le condenara a muerte e intercediera para que lo fusilaran inmediatamente, porque estaba deseando morir para reencarnar y ser feliz en otra existencia…
—¡Coño, ese tipo es un loco de atar! —exclamó Agustín.
—Eso mismo pensamos todos —dijo Casi.
—Por supuesto que es un loco, un loco peligroso —opinó Olivares, añadiendo—: Pero ¿cuántos locos como ése andaban sueltos por España aquellos días? ¡Desgraciado del que se tropezase con uno de ellos! Estaba listo.
Molina movió afirmativamente la cabeza y entonces don Alberto, sacudiendo en la palma de la mano su pipa vacía, propuso:
—¿Y por qué no hablamos de bulos, señores? A propósito, ¿hay algo nuevo?