Los que perdimos
XI. … donde ni una fosa hallamos / para enterrar, en silencio…
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XI
… donde ni una fosa hallamos
para enterrar, en silencio…
Después de poner la mesa para cenar, Cristina apagó la luz eléctrica y se sentó en una butaca, junto al balcón abierto, sudorosa y cansada. De la calle subía una vaharada de asfalto caliente en aquellas primeras horas de la noche de julio. Algunos chiquillos, incansables, se resistían a recogerse en sus casas y seguían jugando a la luz de las farolas. Sus gritos y sus risas, sonaban como un cascabeleo alegre. De cuando en cuando se oía una voz de mujer:
—¡Encarnita! ¡Luis!
—¿Qué, mamá?
—Que subáis a cenar.
—Espera un poco.
—No. Ahora mismo.
Toda la vecindad, ligera de ropa, buscaba los respiraderos de ventanas y balcones, sin que ni aun así lograse un alivio contra el sofocante calor almacenado en las habitaciones. Por los tubos de los patios interiores ascendían el humo y los olores de los guisos, el ruido de la cacharrería y el rumor de las voces familiares. Todos estos sonidos formaban un zumbido monocorde y confuso como el de un motor o el del oleaje del mar.
Cristina, con los ojos cerrados, no oía nada, ni siquiera el trajín o las voces de Alfonsina y Laura, que preparaban la cena en la cocina, ni tampoco el chirrido de la lima que su hermano Andrés manejaba en la habitación contigua. Inmersa en sus adentros, Cristina no escuchaba más que sus voces interiores. Como la mujer de Lot, sólo sabía mirar hacia atrás, hacia el pasado. Su vida era un montón de rescoldos o un desván de recuerdos. Y ella aprovechaba cualquier paréntesis de recogimiento para soplar sobre aquéllos o revolver éstos.
(Ay, Julio, y tú dijiste que nuestro Federico sería con el tiempo un hombre importante, que triunfaría porque tenía talento y voluntad, y tantas veces me lo dijiste, y tantas veces te oí decir lo mismo, que ya era cosa sabida para todos nosotros, y eso que entonces era sólo un niño, y la verdad es que no lo desmintió, y que a medida que crecía fue demostrando cada vez más claramente sus facultades, y sus profesores lo apreciaban y decían lo mismo, y consiguió siempre notas brillantes y como si el estudio fuese para él la cosa más sencilla y natural del mundo, y yo me sentía orgullosa al ver que seguía adelante sin gran esfuerzo y que conseguía todo lo que se proponía, y al mismo tiempo era modesto y sencillo y formal, sin que nunca se le subieran a la cabeza los éxitos, y cariñoso y respetuoso conmigo y con su hermana, pero por qué se metería en política digo yo, por qué si él no tenía necesidad de ella y conocía además lo que le pasó a mi padre y lo que te pasó a ti, porque la política no es más que para los desaprensivos, aunque ya la cosa no tiene remedio y si pasó, pasó, que lo que importa más es saber cómo ha de arreglárselas de ahora en adelante, pues cuando recobre la libertad le será muy difícil abrirse camino contra todo y contra todos, él solo, sin ayuda de nadie, y tendrá que luchar mucho y nosotros con él; sí, Federico, te ayudaremos todo lo que podamos, empezando por irnos de esta casa, porque mis hermanos están deseando que nos vayamos, que los dejemos solos, que yo se lo noto y Alfonsina también, pues nos iremos y otra vez juntos los tres o tú y yo solos, hijo mío, si Alfonsina se casa pronto, qué problemas Dios mío, lograremos salir a flote y tú poco a poco irás conquistando lo que te mereces, quién sabe si todo esto que te ha pasado y que nos ha pasado no será para bien tuyo y nuestro. Dios es el único que puede saberlo, pues te ha sacado de un ambiente que resultaba demasiado estrecho y pueblerino, eso, pueblerino, y te ha enseñado muchas cosas y ahora te coloca en otro ambiente que quizá, aunque te cueste mucho dominarlo, te ofrezca luego más porvenir, mejor porvenir, yo creo que sí, que te va a beneficiar, Federico, porque no hay mal que por bien no venga si no desespera uno y confía en Dios, ya lo verás, que Dios aprieta pero no ahoga, y tú te mereces lo mejor, y no has hecho mal a nadie, de eso estoy tan segura como que soy tu madre, que te parí yo, y que te portarás bien siempre, siempre con la cabeza alta como decía tu padre, eso es lo que nadie nos ha podido quitar, de manera que cuando salgas, tú, como si tal cosa, a lo tuyo, sin olvidar nada, eso no, pero sin dejarte tampoco, ni mucho menos, arrastrar por los recuerdos, vida nueva en todo, ni Aurora ni ningún sentimentalismo ya inútil, mirando hacia delante, que es tu vida, y no como la mía, que es todo lo contrario, el pasado, porque ¿qué puedo esperar yo?, tan sólo veros a vosotros, a ti y a Alfonsina haciendo vuestra vida, y así yo seré feliz, todo lo feliz que puedo ser ya, por lo menos moriré tranquila, porque creo que no voy a vivir muchos años, ya me siento agotada, cada día puedo menos, pero no me importa con tal que vosotros podáis cada día más, que así ha sido siempre entre padre e hijos, y es la ley de vida, y para mí el mayor gozo que me espera es verte libre, aquí, con nosotras, para siempre, porque ya nada ni nadie nos separará, lo tenemos todo preparado para ese momento, hasta un traje, una camisa, una corbata y unos zapatos, que trajimos del pueblo, de los que te dejaste allí, que aún te valdrán, ya lo creo, o te arreglaremos esa ropa, tú no te preocupes…).
Sin embargo, cuando vibró el timbre de la puerta del piso, se estremeció, abrió los ojos y se puso en pie automáticamente. Luego, encendió la luz eléctrica y exclamó, llevándose las manos al corazón.
—¡Jesús!
Se encendió también la luz del pasillo y apareció en él la figura de Alfonsina, seguida de tío Andrés, muy pálido, remangada la camisa y balbuciendo:
¿Quién será a estas horas? ¿Quién será?
Tío Andrés temblaba.
—¡Es él! —dijo entonces Cristina—. ¡Federico!
Entre tanto, Alfonsina había corrido a abrir. Cuando sonó el pestillo de la cerradura, Cristina estiró la cabeza en aquella dirección, anhelante, y se oprimió aún más el pecho con las manos. Tío Andrés cerró los ojos y dejó pender sus brazos a lo largo del cuerpo y apareció tía Laura secándose las manos en el delantal de cocina, asustada. En ese momento sacudió el aire la súbita y penetrante descarga de una radio vecina, que impidió oír todo lo demás.
Cristina se llevó instintivamente las manos a los oídos y gritó:
—¿Qué pasa?
Tío Andrés y tía Laura permanecieron mudos y expectantes hasta que reapareció Alfonsina con un papel en la mano.
—¿Qué es? ¿Qué es eso? —le preguntaron a dúo.
Alfonsina, sonriente, no hizo caso de sus tíos, y mostrando en alto el papel a su madre y levantando la voz sobre el estruendo de la radio, dijo:
—¡Una carta, mamá! ¡De Federico!
La mirada de Cristina se humedeció. Rota la expectativa, tío Andrés, secándose el sudor de la frente con la palma de la mano, exclamó:
—¡Vaya susto!
—¡Qué angustia, Jesús bendito! —suspiró, a su vez, tía Laura, añadiendo—: Van a conseguir que en una de éstas se me pare el corazón.
Una segunda radio y, casi simultáneamente, otras más tronaron con las vibrantes notas de un himno oficial y la estancia se anegó de ruidos ensordecedores. Cristina hizo señas a la muchacha para que se acercase y, luego, corrió a cerrar el balcón. Al mismo tiempo, tío Andrés y tía Laura desaparecieron camino de la cocina, arrastrado aquél por el enérgico brazo de ella. Tío Andrés, delgado, pasivo, abúlico; tía Laura, regordeta, sanguínea, posesiva.
Madre e hija se miraron, y aquélla dijo:
—Cierra la puerta.
—Quedaron solas y aisladas las dos en el comedor. El ruido de las radios se había ensordecido y alejado.
—Ven, Alfonsina, y léemela. Anda, date prisa —dijo Cristina volviendo a sentarse.
—Pero… —y Alfonsina señaló a la mesa preparada para cenar.
La madre se encogió de hombros.
—Que cenen ellos ahora, si les apetece, o que hagan lo que quieran.
Alfonsina obedeció. Tomó asiento en una silla junto a su madre y mientras rasgaba el sobre murmuró:
—No entrarán hasta que hayamos terminado de leer la carta. Es su forma de reprocharnos que vivamos pendientes de Federico.
—Piensan que les complicarnos la vida y que la situación de tu hermano puede perjudicarlos.
—No me negarás que es muy desagradable.
—¡Qué se le va a hacer! Pero tú no hagas caso ahora de eso. Vamos a lo nuestro, hija.
Alfonsina desdobló las cuartillas, que crujieron suavemente, y comenzó la lectura:
«Mis queridas madre y hermana…».
Cristina se rebulló en su asiento y cerró los ojos. Alfonsina, por su parte, se recogió el pelo de la frente sudorosa y continuó leyendo:
«Aunque ya conocéis a grandes rasgos lo ocurrido, siento la necesidad de explicároslo extensa y detalladamente por escrito. Es un modo como otro cualquiera de quedar tranquilo y, además, de ordenar un poco los hechos que están frescos en mi memoria, con el fin de que después, cuando haya pasado el tiempo, no tenga que esforzarme mucho para recordarlos con todos los detalles. Así que comenzaré por el principio. Estábamos en el patio, por la tarde, muy contentos porque acabábamos de enterarnos de que los presos falangistas, colocados en las oficinas de la prisión para espiar a nuestros compañeros, habían sido trasladados a la de Porlier a causa de la indiscreción de otro preso amigo nuestro, el cual, como el que no quiere la cosa, se dejó decir, en esta tarjeta semanal que nos permiten escribir a la familia, que de los cinco duros que le impusieron la semana anterior, tres habían ido a parar a manos de esos falangistas para obtener algunos datos de su expediente. Cosas de la cárcel. Pues bien, estábamos comentando ese chisme cuando el voceador gritó mi nombre:
—¡Federico Olivares García! ¡A jueces!
Para mí fue como un pistoletazo. Me quedé inmóvil y aturdido. Porque ¿sabéis lo que puede significar esa llamada? Pues sacarte de la cárcel y llevarte a uno de esos centros de información para la instrucción de nuevas diligencias. Es decir, vivir otra vez la pesadilla de una nueva acusación, noches de insomnio, interrogatorios… Mis amigos me miraban como se mira a una víctima, entre asustados y compadecidos. Se había hecho el silencio en el patio, un silencio que era como si cien brazos me empujasen por la espalda. Y así, sin darme cuenta, me vi ante el voceador.
—Soy yo —le dije.
—¿Por qué no has gritado presente? —me increpó él. Luego, al ver que no le replicaba, me ordenó—: Sígueme.
Andando tras el voceador llegué al centro, o sea, a la oficina del jefe de servicios. Por desgracia, no estaba ese día don Félix, quien me hubiera explicado en seguida de qué se trataba, sino el Pelines, un tipo que no te mira a la cara y que no te deja nunca hablar. El Pelines, sin levantar la vista de los papeles que tenía sobre la mesa, dió orden al voceador de que me acompañase al despacho destinado a los jueces. Mientras, yo había tratado de descubrir a Toledano, un compañero que desempeña el cargo de ordenanza junto al jefe de servicios.
Vosotras ya lo conocéis. Es ese chico moreno, de ojos pequeños y redondos, que os acompaña siempre que don Félix os concede una entrevista conmigo en su despacho. Pero tampoco estaba allí en ese momento. Tuve que seguir de nuevo al voceador. Por el camino le pregunté:
—¿Sabes tú para qué me llaman?
Yo quería prepararme. En estos casos, si uno sabe por dónde le van a salir, tiene mucho ganado. Lo terrible es lo contrario. ¿Qué querían saber de mí? ¿De qué se me acusaba? Mi acompañante se limitó a encogerse de hombros y decirme:
—A mí no me han dicho nada. Pero será para alguna declaración, digo yo.
Sentí que las piernas me temblaban. Me vi perdido. Y pensé lo peor.
¿No irían a leerme la sentencia de muerte? En ese caso, pasaría a capilla directamente… Fue un instante de desfallecimiento. Me dolieron los intestinos y tuve la sensación de que no me entraba aire en los pulmones. Un sudor helado me corrió por todo el cuerpo.
—¿Da usía su permiso?
Mi acompañante había entreabierto una puerta y asomado a medias por ella la cabeza al interior.
—¿Quién es? —preguntó una voz dentro.
El voceador dio mi nombre.
—Que espere ahí. Ya le llamaré —replicó, con acento autoritario e impaciente, el hombre invisible para mí.
Entonces, mi acompañante entornó la puerta y me dijo:
—Ya lo has oído. Espera aquí hasta que te llamen, y que haya suerte.
Y me quedé solo. Al fondo del pasillo, una sucia cristalera filtraba la luz de la tarde, todavía dorada y caliente. La atmósfera era sofocante y yo rompí a sudar, pero ya con un sudor ardoroso, de vida. Me desapareció el temblor de las piernas y, de pronto, me quedé tranquilo. No sé por qué la luz que yo veía al final del pasillo me transportó a una de aquellas tardes en que íbamos papá y yo a pescar cangrejos. Volví a ver a papá levantando un retel rebosante de cangrejos y le oí decirme:
—Mira, mira qué tenazas tiene éste.
—Debe de ser un abuelo, papá —me oí decir a mí.
Eran tardes también de julio o de agosto, muy calurosas, pero deliciosamente templadas junto al río, a la sombra de los árboles que lo bordean. Mientras papá iba revisando los reteles, yo solía darme un baño en alguna de las pozas que formaban los meandros del río. A veces lograba coger un barbo con la manga que para eso me había fabricado yo mismo. Cuando sentíamos hambre, improvisábamos una merienda con cangrejos asados. Papá, después, fumaba ensimismado y era yo quien levantaba por última vez los reteles. Regresábamos al anochecer, y durante todo el camino yo le hacía preguntas sobre todo lo que se me ocurría. Algunas eran preguntas difíciles, lo reconozco ahora, pero papá siempre me daba una respuesta que me dejaba tranquilo. Creo que fueron las lecciones más provechosas de mi vida. Era hermoso andar junto a él por veredas entre juncos y, luego, por aquel caminillo, cruzándonos con gentes que nos saludaban y nos decían frases cariñosas:
—Ya va para arriba el mocete, don Julio.
—¡A la paz de Dios, don Julio!
—Y la Rosario ¿cómo anda? —preguntaba, a lo mejor, papá, y añadía—: Mañana pasaré a verla.
—Gracias, don julio, pero parece que ya no se queja tanto de la reúma.
Salían las primeras estrellas. El campo, redondo como una plaza de toros, se henchía de rumores. Alguien, jinete sobre un borriquejo, cantaba entre dientes una copla. El ladrido de un perro. El grito de una ave nocturna… Y un aliento de paz.
—¿Por qué es tan triste la noche, papá?
—Porque algo se acaba, hijo mío, cada noche. En cambio, la mañana es siempre alegre, porque con ella comienza algo. Yo no lo entendía, pero sí lo entendía. Quiero decir que yo no hubiera sabido explicarlo entonces, pero que me dejaba lleno de certeza. Me sentía tan seguro a su lado… ¿Por qué recuerdo ahora a papá con tanta frecuencia y tan intensamente que me parece que está a mi lado, que lo siento, que lo huelo, como si respirase junto a mí? Quizá por eso mismo, por la seguridad que me daba… La única vez que tardó en contestar fue cuando le pregunté la razón de que hubiese tantos pobres pobres y tantos ricos ricos en el mundo, que unos tuvieran tanto y otros nada. Al cabo de un rato de silencio, me dijo algo parecido a esto:
—Por el miedo. Los hombres vivimos constantemente atemorizados ante el futuro: la muerte, las enfermedades, la pobreza… y luchamos por conseguir alguna seguridad frente a tantos riesgos. Ello nos hace egoístas, despiadados, y el hombre roba, engaña y hasta mata. Cree que acumulando riquezas y estableciendo distancias con sus semejantes puede llegar a ser realmente poderoso. Claro, en esta lucha sin cuartel, los más débiles son arrollados y aplastados por los más fuertes o los más crueles. Es lo mismo que pasa entre las bestias. Pero es mentira. Al final, todos somos vencidos.
No lo olvidé nunca.
—Fíjate —me dijo después, señalando con su brazo extendido la inmensidad que nos envolvía—. ¿Qué somos nosotros, tú y yo, en medio del campo y de la noche? —Y, tras otro silencio, añadió—: Nada.
Pero oí que gritaban:
—¡Pase! ¡Pase!
La voz me sonó como un cañonazo. Se desvanecieron mis visiones y volví inmediatamente a una realidad fantástica en la que me sentí como flotando, perdido. Atolondradamente empujé la puerta y penetré en el despacho. Allí el olor era distinto, a tabaco rubio, y me evocó otros ambientes placenteros que yo había ya olvidado. Anduve unos pasos y fui a detenerme ante una mesa, en posición de firmes. Al otro lado de ella había un hombre vestido de militar. Como tenía el rostro inclinado sobre los papeles de una carpeta abierta, yo no podía ver más que sus anchos hombros, su gran calva rielada por algunos largos cabellos domesticados, la frente y el arranque de la nariz. Entre los dedos de su mano izquierda humeaba un cigarrillo. Estábamos él y yo como metidos dentro de una gran bolsa de silencio. Yo no acertaba a comprender por qué estaba allí, qué esperaba ni qué podía suceder. De pronto el hombre de la mesa carraspeó. Entonces se movió su mano izquierda, que metió el cigarrillo bajo su nariz, y surgió una nube de humo que envolvió su gran cabeza. La mano tomó después al sitió que ocupaba anteriormente y todo siguió igual, y empecé a preguntarme dónde y cuándo había visto yo antes aquella cabeza. Y recordé… Sobre unos planos. La cabeza del militar ruso inclinada sobre unos planos, cierta noche, allá en Parla. Una fina voz de mujer dijo con acento extranjero:
—Al camarada general le agradaría mucho saber con exactitud la línea que ocupan sus fuerzas.
Nuestro coronel, un viejo militar de la campaña de Cuba —¡Ay, Olivares, me decía, aquello era muy diferente!—, pequeño, cetrino y sumamente valeroso. —Las balas, sargento, se paran con el pecho, me echó en cara mi capitán cuando retrocedí con mi pelotón ante una casa fortificada por los rebeldes—, me miró desconcertado. Entonces yo le dije:
—¿Me permite, coronel?
El coronel se sonrió, aliviado, y me hizo una seña afirmativa con la cabeza. Me coloqué ante el plano y tracé sobre él, con el índice de mi mano derecha, una línea imaginaria, con tanta seguridad y aplomo que el general ruso pareció quedar convencido. Después de seguir atentamente el recorrido de mi dedo, el general habló en su idioma con la intérprete, y ésta nos tradujo al castellano:
—El camarada general le da las gracias y dice que el despliegue de sus fuerzas le parece excelente.
En realidad, ni nuestro viejo coronel ni yo teníamos una idea clara de la verdadera situación de nuestras tropas. Era cuando todavía los batallones o no llegaban nunca a las posiciones que se les confiaban o desaparecían de ellas sin contar con nadie. Los enlaces que enviábamos constantemente con el fin de averiguar si nuestros flancos quedaban o no cubiertos se perdían muchas veces o iban a caer en manos del enemigo o, si volvían, sus datos eran ya inútiles porque, entre tanto, las líneas ya se habían alterado radicalmente. Pero no podíamos quedar mal ante un general extranjero y, menos aún revelarle la magnitud del caos militar en que nos debatíamos. Esto sucedía en el duro otoño de 1936.
—Se llama usted…
El hombre de detrás de la mesa había levantado la cabeza y clavado en mí sus ojos. Tendría unos cuarenta años. Su cara era redonda, carnosa, de un moreno ensombrecido por una tupida barba mal rasurada. Tenía un cuello robusto y una mirada oscura agrandada por sus espesas cejas negras. Me di cuenta también que había desaparecido el cigarrillo de su mano izquierda.
—Federico Olivares García —contesté mecánicamente.
—Bien. Sabrá entonces que fue condenado a muerte por el delito de adhesión a la rebelión, ¿no?
—Sí.
—Diga sí, señor; o no, señor.
—Sí, señor.
—De acuerdo.
Entonces se le contrajo violentamente el rostro y tembló todo su cuerpo como si fuese a reventar y, al fin, soltó un tremendo estornudo que esparció por la mesa los papeles de la carpeta. Su rostro volvió otra vez a hincharse y el hombre sacó rápidamente un pañuelo mientras con la otra mano cubría los papeles para evitar que volasen por la estancia. Siguió una larga cadena de estornudos explosivos. Crujía la silla en que estaba sentado. Su cuerpo, sacudido por los espasmos, se contraía y se distendía. Su cabeza se erguía para abatirse después bruscamente. Su garganta emitía pitidos y estertores. Nunca había visto yo un hombre estornudando de aquella manera. Me quedé inmóvil y callado. Poco a poco fue disminuyendo la violencia de los estornudos, hasta que cesaron por completo. Sin embargo, permaneció con el pañuelo aplicado a la nariz por temor, sin duda, a que le repitiesen. Luego se sonó estrepitosamente varias veces y sus desahogos sonaron como trompetazos. Por último dejó caer la cabeza contra el respaldo de la silla, con los ojos cerrados y la boca abierta, jadeante y gemebundo. Hasta mí llegaban las ondas del aire que expulsaban sus pulmones y sus gemidos. Creo que en aquellos momentos no se acordaba de mi presencia y pude observar cómo le chorreaba el sudor por frente y mejillas, el movimiento agitado de su pecho, la blancura de sus grandes dientes y el abandono total de su persona, olvidado yo, a mi vez, de mi situación. Al cabo, suspiró:
—¡Vaya por Dios!
Abrió los ojos y me miró. Sus ojos estaban aún enrojecidos y llorosos. Pareció extrañarse al verme, pero su vacilación apenas duró un instante, porque se incorporó y empezó a poner en orden los papeles espurreados por la mesa. Entonces recobré súbitamente la conciencia de lo que estaba sucediendo. La angustia se me agarró al estómago como si me encontrase suspendido sobre el vacío y me acordé de vosotras, de papá, de Aurora y de todo lo vivido por mí antes de la guerra. De la guerra, nada. ¿Estaría ya casada Aurora? ¿Con quién? No me dolieron su recuerdo ni su abandono. Me pusieron triste, con esa tristeza de las despedidas irremediables. Allí terminaba la etapa más despreocupada de mi existencia. Y ahora, ¿qué?, me preguntaba.
—Bueno… —y el hombre de detrás de la mesa puso vuelto hacia mí un papel escrito a máquina hasta su mitad, aproximadamente.
Yo me quedé sin respiración. Él cogió una pluma, la humedeció en el tintero, me la ofreció y volvió a hablar con voz ronca:
—Firme ahí, debajo.
Quise hablar, pero no pude, porque mi garganta estaba seca y afónica. Pero él, que adivinó, sin duda, mi estado de ánimo, agregó, poniendo mucho énfasis en sus palabras:
—Su Excelencia el Generalísimo ha tenido a bien conmutarle la pena de muerte por la de treinta años de reclusión mayor. —Hizo una pausa y añadió, más suavemente—: Ande, firme.
Se me hinchó el pecho y se me iluminó por dentro la cabeza. Sentí como si cien campanas volteasen alrededor. Hubiera gritado. Incluso hubiera abrazado a aquel hombre. Veintisiete años como veintisiete potros salvajes se desbocaban dentro de mí. Nunca la alegría de vivir había estallado con tanta fuerza en mi corazón. Pero pude contenerme. Y estampé, al pie de aquellas líneas que no leí la firma más grande y clara de cuantas he tenido que trazar hasta ahora. Oía nítidamente el rasgueo de la pluma y seguí atentamente el orden de los signos hasta el final. Pese a la emoción que borbollaba dentro de mí, mi pulso permaneció tranquilo. No me turbé. Por el contrario, la nueva realidad se me reveló clarísima. Mientras firmaba tuve la sensación de que mi vida, mi verdadera vida, empezaba en aquel momento. No era como si resucitase, no. Era como si naciese. Lo que quedaba definitivamente muerto era lo anterior. En adelante, todo sería nuevo para mí. Tendría futuro, un futuro completamente distinto al que hasta entonces me había imaginado. Pero era ese futuro precisamente lo que no podía ver… Me quedé pensando en ello con la pluma en la mano, ajeno a lo que me rodeaba, ido de allí, cegado ante tan deslumbradora perspectiva.
—¿Ha terminado?
La pregunta del juez militar apagó aquellas luces y me devolvió al sombrío despacho. Le miré y vi que tendía, sonriente, la mano para recoger la pluma. Se la entregué y entonces volvió a hablar:
—Que sea enhorabuena. Puede retirarse.
—Gracias.
Saludé y salí, acompañado de una ola zumbadora, como si un enjambre de avispas diera vueltas en torno a mi cabeza. ¿Es que me voy a marear ahora?, pensé. Y seguí diciéndome: sería ridículo, absurdo… Y me detuve. En sentido contrario, y guiado por el mismo ordenanza que me condujera a mí, se acercaban Molina y Agustín. Mis amigos me clavaron sus ojos interrogantes, y Molina me preguntó, torciendo la boca:
—¿Qué?
Supe luego que sonreí.
—Es para firmar el indulto —les dije.
Sus ojos resplandecieron y Agustín se frotó las manos. No hubo tiempo para cambiar más palabras. Y ellos siguieron su camino y yo el mío. Pero de pronto me asaltó una duda: ¿Por qué no viene con ellos José Manuel? Y temblé por mis amigos. ¡A ver si eran ellos dos los elegidos por la muerte! Porque, indultado yo y marginado José Manuel por su condición de extranjero y sus antecedentes políticos y religiosos ¿qué otra tercera salida les quedaba? Otra vez se apoderó de mí la angustia, de la que no pudieron liberarme los abrazos y las felicitaciones de los compañeros que me recibieron en el patio.
—¿Dónde está José Manuel? —fue lo primero que pregunté cuando, al fin, me vi libre de sus efusiones de afecto.
—Le llamaron también, nada más irte tú. —Fue Casi el que me lo dijo y añadió—: Vino por él Toledano y, según parece, reclamado por el asesor jurídico de la embajada cubana.
—Ése va a estar muy pronto en la calle —agregó Gonzalo.
Aquellas palabras me intranquilizaron aún más, pero sentí una gran alegría al reaparecer José Manuel sonriendo tímidamente, pero desbordándosele el júbilo por los ojos. Vino hacia mí corriendo.
—¿Qué? ¿Qué tal, Federico?
—Indultado. ¿Y tú?
Y nos explicó que había tenido una entrevista con el asesor jurídico de la embajada de su país.
—Ha estado muy amable y me ha hablado como un amigo. Volvió a sonreír y, bajando la voz para que le oyéramos únicamente los más allegados a él, siguió diciendo:
—Pues que todo está arreglado ya para mi expulsión de España. Seguramente se harán cargo de mí los de la embajada. Ellos me pondrán después en el primer barco que haga escala en Cuba. Como es lógico, he insistido para que me acompañen mi mujer y mi hija. El único problema ahora es el del dinero para sus pasajes. Pero el señor este me ha prometido que se encargará de solucionarlo de alguna manera como asimismo de obtener de las autoridades españolas el pasaporte y el visado de salida para ellas. Puede que surja algún inconveniente, que, en cualquier caso, sólo lograría retrasar algunos días mi libertad y mi salida de España, pero que no me preocupe, que esté tranquilo, que el asunto está en buenas manos, me ha dicho. Y al despedirse de mí me ha abrazado efusivamente. Así que…
Y nos miró sonriendo un tanto apocadamente, como si le avergonzara ser tan afortunado en medio de tantas desgracias. Pero Casi le animó:
—Me alegro. Me alegro mucho, José Manuel, porque tu caso es el más absurdo y el menos comprensible de todos. Tú no tenías por qué estar aquí de ninguna manera. Ésa es la verdad.
—Hombre, eso no hace falta decirlo —dijo Gonzalo.
—Pero no es porque seas indigno de estar entre nosotros —siguió diciendo Casi—, sino porque tú estás al margen de todo lo que ha ocurrido en nuestro país. Tú no has sido nunca beligerante.
—Bueno, eso es más discutible… —y José Manuel se puso serio—. No habré cogido armas y no se me podrá acusar de compromiso con vuestras ideologías, pero neutral, lo que se dice neutral, no lo he sido tampoco. He estado y estoy con vosotros y, cuando me encuentre libre en mi país, haré en vuestro favor todo lo que pueda, que no será mucho tal vez, pero estad seguros de que llegaré en el esfuerzo hasta donde mis medios y mis facultades alcancen.
José Manuel huía del énfasis y de las actitudes solemnes. Por eso quebró inmediatamente el tono de sus palabras agregando:
—Aunque algunos me tengan por carcunda y peatón.
—Bah, no hagas caso de lo que puedan decir cuatro majaderos —le replicó Casi—. Es cuestión de mala leche. Hay que tener en cuenta que aquí no somos todos los que estamos ni estamos todos los que somos. Estoy seguro de que los que hablan mal de ti son precisamente los mismos que quisieran ahora estar en tu pellejo aunque tuviesen que pasar por fachas declarados, porque, en el fondo, no son nada, ni siquiera reaccionarios. Son de los que se van con el sol que más calienta. José Manuel nunca renegó de sus creencias religiosas ni presumió jamás de revolucionario. Solía reírse de las disputas políticas de los presos e incluso de nuestras teorías, y hasta discrepó muchas veces de nosotros, sus amigos más íntimos, sobre el modo de enjuiciar el futuro de España. Cuando en una discusión requeríamos su parecer, decía, medio en broma y medio en serio:
—Pero ¿qué queréis que opine un tipo de derechas como yo? Porque yo soy de derechas. Ya lo sabéis.
Así se zafaba. Y si se zafaba así era porque, en el fondo, despreciaba todo lo relacionado con la política. El aprendizaje de ella en la preguerra y su experimentación durante el conflicto le habían decepcionado profundamente. Un día me confesó:
—No creo en la política, ni en la de derechas ni en la de izquierdas. Para mí no hay más que justicia e iniquidad. Y yo estaré siempre contra ésta, sea quien sea el que la perpetre. Claro que de poco le va a servir a la justicia mi actitud, porque soy muy perezoso y muy egoísta.
Hasta que volvieron Molina y Agustín no pude paladear el gozo que parecía querer reventar dentro de mí. A ellos también les había comunicado el juez militar la conmutación de la pena de muerte por la de treinta años de reclusión mayor. Al fin, los cuatro amigos nos veíamos libres de la espantosa amenaza de un último amanecer en el cementerio del Este, cuando los hombres de la ciudad empiezan a abrir los ojos al nuevo día. Pero nos hizo frenar nuestro alborozo el percibir alrededor un cerco de patética y ávida envidia. Muchos nos miraban con esos ojos deshumanizados con que el hambriento en último grado contempla a los que hacen ostentación de su glotonería. Tuvimos, pues, que disimular, bajar el tono de nuestra voz, hablar de otras cosas. Sin embargo, decidimos celebrar el feliz acontecimiento con una cena especial. Como ya sabéis, abrieron hace un par de semanas un economato para los presos. En él venden sellos de correos y papel de cartas, pasta de dientes y jabón, tabaco y avíos de fumar, vino y algunas cosas de comer como latas de sardinas en aceite, fruta y no sé si algo más. Como gran parte de nuestros compañeros, nosotros teníamos declarado el boicot al economato y no comprábamos nada en él. Pero hicimos una excepción, habida cuenta de que no volvería a repetirse un suceso semejante. Reunimos el poco dinero que teníamos y adquirimos unas latas de sardinas en aceite y cuatro raciones de vino. Como aún nos quedaba un buen trozo de tortilla, queso y chocolate, cenamos como maharajaes. Apenas hablamos, porque no hacía falta. Nos bastaba con mirarnos para transmitirnos la alegría profunda que sentíamos. Al llegar el momento de fumar, José Manuel pidió también un cigarrillo, cosa que nos extrañó, pues llevaba mucho tiempo retirado voluntariamente del tabaco. Entonces nos reveló que el día en que fuimos juzgados hizo a Dios la promesa de no volver a fumar hasta que nos viera libres de la pena de muerte. Nos dijo todo esto con la sonrisa en los labios, con la tímida y como avergonzada sonrisa con que salía acompañar sus palabras siempre que se refería a sus sentimientos. Agustín soltó una de las suyas:
—Hay que reconocer que eres un beato simpático, hombre. Luego, José Manuel nos dijo:
—Ahora vais a permitirme que le escriba a Enriqueta. Voy a ver si hago la carta en verso.
Se apartó un poco de nosotros, sacó su cuadernillo y se puso a escribir, chupando frecuentemente su cigarrillo con tanta fruición que cerraba los ojos, retenía el humo en los pulmones y luego lo expulsaba con lentitud por boca y narices, como si se tratase de extraerle así hasta su última esencia.
Mientras, se nos habían unido Casi, Gonzalo, don Alberto y algunos más. Nosotros no queríamos hablar del indulto, por pudor, pero no así Casi, para quien significaba una buena nueva para todos los que se hallaban condenados a muerte o temían encontrarse pronto en esa situación.
—Vuestro indulto prueba que no hay que desesperar. Hace un rato me decía un compañero: Si se han escapado del pelotón ésos, que no son ningunos fachas, también podremos escaparnos otros, ¿no? Y es que parecía hasta hoy que no hubiera escapatoria. Ahora, el que más y el que menos se consolará pensando que también puede haber gracia para él. Porque ¿qué importan treinta años de reclusión? El caso es salvar el cuello de momento. Tal como andan las cosas por el mundo, lo más probable es que cambien. Si estallase la guerra en Europa… Los alemanes y los polacos están jugando con una bomba de mano, ¿no os parece?
—Sí, pero a muchos nos matarán antes. Ya lo he asimilado. La noche en que se llevaron a Cantero, confieso que perdí el control, más que nada porque todavía no me había hecho a la idea ni había hablado en serio con mi mujer sobre tal cosa. Pero ya sí. Hemos convenido lo que tiene que hacer para sacar los chicos adelante, que es lo principal. Los chavales son los que mandan. Y ella sabe lo que le espera. Dentro de un par de años todo habrá cambiado para ellos. Yo seré un recuerdo y nada más. Ahora, lo único que siento es que sea tan larga la espera. Si me hubiera ido con Cantero… Porque la verdad es que nadie se escapa a la muerte, y ¿qué más da, coño, morir un día u otro?
Las palabras de Gonzalo nos traspasaron de frío. Le miré. Parecía sereno, distante, absolutamente convencido y resignado, quizá un poco triste, como si ya se sintiese desligado de todo.
Nadie pudo animar la conversación. Claro que tampoco tuvimos mucho tiempo para ello, porque todavía andaba la gente fregando los platos de la cena cuando corrió por toda la cárcel ese escalofrío que anunciaba la lista. Y así fue. Apareció el Pelines con un papel en la mano, seguido de dos guardianes a quienes llamamos Von Papen y Mister Eden.
Inmediatamente los presos se pusieron en pie y se acercaron al Pelines. Como aquello ya no iba con nosotros, si bien nos levantamos, seguimos en el mismo sitio, salvo José Manuel, que, oculto tras nuestras piernas, permaneció sentado, aunque dejó de escribir, eso sí. Los cuatro éramos en esa ocasión sólo espectadores. Por primera vez en semejante situación me sentí tranquilo, invulnerable, indiferente casi, como si se tratase de un juego en el que no tuviera el menor interés. ¡Qué atrozmente egoísta es uno! ¡Qué importante, qué privilegiado, qué superior a todos ellos eres!, gritaba dentro de mí una voz desvergonzada. Y esa misma voz me decía también: A ti te espera un gran destino, una extraordinaria misión en la vida, y por eso no puedes morir ahora. Y otras cosas así que me henchían de orgullo y de satisfacción. Claro, luego me avergoncé, pero en aquel momento sólo me faltó desdeñar a aquellos infortunados, cuyos gestos y miradas exudaban angustia y terror. No llegué a tanto, mejor dicho, no caí tan bajo, pero gocé suciamente en mi interior la seguridad que me amparaba.
Comenzó la, lista. El Pelines pronunciaba un nombre seguido de sus apellidos —en esto es más humano que Von Papen, que entre nombre y apellidos deja transcurrir una pausa escalofriante—, luego se oía la palabra «presente» y, por último, el Pelines ordenaba: «Coja la manta». Y el infortunado cogía su manta y salía al pasillo donde Mister Eden lo ponía en fila junto con los que llegaban de otras salas. Así fue deslizándose el sorteo hasta que le tocó su turno a Gonzalo. Gonzalo ni se estremeció. Tranquilo, desdeñoso, fue a coger su manta y luego se acercó a donde estábamos nosotros para abrazarnos uno a uno mientras decía:
—Me lo daba el corazón.
También nos dijo:
—Se ve que el Mediquín y la Condesita quieren quitarse de en medio a todos los testigos de sus canalladas. (Ya os explicaré a vosotras algún día quiénes son y qué hicieron el Mediquín y la Condesita).
Pero aún no nos habíamos recuperado de aquella tremenda impresión cuando sonó un nombre que nos dejó sobrecogidos, estupefactos. Volví atrás inconscientemente la cabeza y vi que José Manuel me miraba a su vez con una expresión de asombro y de desvalimiento irresistibles. Y se puso en pie lentamente, como si se desdoblase. Me hice a un lado y quedó a la vista de todos. Y en medio de un silencio fragilísimo, preguntó:
—¿No será un error?
El Pelines revisó el papel. Después dirigió hacia José Manuel la mirada de sus ojos turbios.
—¿Cuál es su nombre? —inquirió a su vez con voz átona. José Manuel sonrió levemente, se encogió de hombros y dijo, como si se tratase de una aclaración innecesaria:
—Pues José Manuel Garrido León.
Pero el Pelines movió lentamente la cabeza en sentido afirmativo.
—No hay ningún error. Lo siento —murmuró.
—Pero… —y José Manuel dejó inconclusa la protesta. Luego, nos miró sucesivamente a Molina, a Agustín y a mí y me preguntó—: Entonces, ¿por qué me han engañado?
No supe qué contestarle. Yo no podía hablar. Tampoco fueron capaces de reaccionar Molina, Agustín, Casi, don Alberto y los demás amigos. En cambio, Gonzalo se vino hacia él diciendo:
—Vamos, compañero. Estaremos juntos. Dentro de poco habrá terminado todo.
El Pelines y Mister Eden esperaban inmóviles y en silencio, contra su costumbre, impresionados, sin duda, por la actitud de José Manuel, que decía:
—Pero si yo no he hecho nada. Ni siquiera soy español, y el mismo asesor jurídico de la embajada de mi país me ha dicho esta tarde que ya estaba decidida mi expulsión de España. ¿Qué ha pasado?
Y al hablar miraba al Pelines, abría los brazos y sonreía. El Pelines se encogió de hombros. Entonces José Manuel se volvió a mí y me entregó el cuadernillo, recomendándome que lo hiciese llegar a Enriqueta.
—Lástima que no haya podido terminar la carta…
Ya no pude contenerme más y me abracé a él. Nos besamos. Yo lloraba. Después le abrazaron, llorando igualmente, Molina, Agustín, don Alberto y Casi. Pero José Manuel no lloraba. Estaba más tranquilo y más dueño de sí que todos nosotros. Alguien, mientras tanto, le había puesto una manta sobre sus hombros. Nos pidió tabaco y una onza de chocolate. Se le tendieron varios paquetes de cigarrillos, pero eligió el mío, y Agustín le entregó, temblándole las manos, no una, sino las cuatro onzas de chocolate que guardábamos para desayunarnos al día siguiente.
—Gracias, gracias —murmuraba José Manuel.
Al fin se encaró con Molina, con Agustín y conmigo y nos dijo, sonriendo de nuevo, tristemente:
—Ya no iré a Cuba. Pero no importa, porque dentro de poco estaré con Dios, y lo primero que haré será pedirle que ponga fin de una vez a esta matanza… —Hizo una pausa y añadió—: Vosotros no olvidéis a mi Enriqueta ni a mi Adoración.
Volvió bruscamente la cabeza, cogió de un brazo a Gonzalo y salió con él al pasillo. Se alinearon los dos detrás de Cobos, el Maravillas, un chivato repugnante que había sido también delator de fascistas durante la guerra. El tipo suplicaba todavía con la mirada a los guardianes, como si esperase de ellos el perdón. A mí me sacudió un ramalazo de locura. Creo que grité echando a correr tras mi amigo:
—Pero ¡si todavía es un niño! Y es inocente, inocente de todo.
Los compañeros se abalanzaron sobre mí y me arrastraron hasta un petate. Eso me dijeron después, porque yo había perdido por completo la conciencia. También me dijeron que proferí insultos y amenazas, que Von Papen quiso abofetearme, pero que lo impidió el Pelines, quien trataba de hacerme callar diciendo:
—Cálmese y no diga tonterías, hombre. Cálmese y no diga tonterías.
Cuando me serené ya había concluido todo. Me sentía vacío, como si me hubiese abandonado el otro yo que llevamos dentro. Estaba cansado, exhausto, inconsolablemente triste y avergonzado de mi suerte. Esa noche no hizo falta el toque de silencio, porque la prisión se había quedado muda y atónita.
Los presos se movían como fantasmas silenciosos. Sólo algunos pocos cuchicheaban. Se tendieron los petates y pronto el piso de las salas quedó cubierto de cuerpos semidesnudos, en realidad casi cadáveres.
—Estoy avergonzado —me dijo Molina en un susurro.
—Igual que yo.
—¡Qué frío estará pasando el pobre José Manuel! —dijo, entre dientes, Agustín.
—¡Dios mío! —suspiró alguien por allí cerca.