Los que perdimos
XI. … donde ni una fosa hallamos / para enterrar, en silencio…
Página 23 de 28
Yo pensaba también en el frío que estaría pasando José Manuel. Era muy friolero, tanto que jamás se quitaba la chaqueta, aunque para los demás hiciera un calor achicharrante en aquellas salas llenas de hombres sudorosos, durante las horas del mediodía o las primeras de la noche, cuando el calor de julio era como un cuajo denso y viscoso. Me lo imaginaba arrebujado en su manta y acurrucado en un rincón de la lóbrega estancia que en la prisión de Porlier utilizan para capilla. ¿Cuántos serían en total sus compañeros de la última noche? ¿Cómo saberlo? Tal vez medio centenar, tal vez ciento o más. Los habría de todas las edades y condiciones; jóvenes, maduros y viejos, intelectuales, campesinos, obreros, funcionarios… Gonzalo sí se mantendría firme. Era un hombre curtido por la vida y ganado para la muerte violenta. Gonzalo había visto morir a otros hombres en las mismas circunstancias. Él mismo había apretado otras veces el gatillo infame. Conocía el sistema. Conocía también el proceso: la víctima, resignada, paciente, o iracunda y desafiante, pero, en cualquier caso, con las raíces fuera, ingrávida, rota en mil incoherencias la conciencia como un espejo roto en mil pedazos; y el victimario, malhumorado e irascible, o frío y matemático, pero, en cualquier caso, descontento de sí mismo, cansado hasta los tuétanos, con la conciencia tan turbia como el agua de una charca. Pero José Manuel nada sabía de todo eso. No había empuñado nunca armas, ni había visto morir a un hombre de un balazo, ni siquiera había presenciado la agonía de nadie. Tendría que ir leyendo, línea a línea, las páginas de ese postrer capítulo de la historia de su vida, y descubriendo, uno a uno, sus sobresaltos y sus terrores. Y, además, solo. Siempre habíamos creído que estaríamos los cuatro juntos hasta el final, fuese cual fuese. Molina, Agustín y yo habíamos contraído el compromiso, si nos llegaba el temido trance, de sostener a nuestro joven amigo, de repartirnos su fragilidad y su miedo. Era nuestro hermano menor. A veces nos irritaba con su languidez, su desidia y su infantilismo, que solía utilizar para obtener ventajas: el mejor bocado, el sitio más cómodo, y despreocuparse de ciertos deberes. Teníamos que suplirle en las imaginarias y en la limpieza y en todo aquello que significara molestias y cuidados. Era como un niño consentido. Precoz en todo, ya a los dieciocho años fue padre y esposo. A los veintiuno poseía una cabeza privilegiada y un talento completamente equilibrado y maduro. Hacía versos bellísimos y hablaba con una claridad y un encanto irresistibles. Por eso tolerábamos todos sus pequeños defectos y le queríamos entrañablemente. Y no sólo nosotros, sino cuantos le trataban de cerca o de lejos. Dentro de la prisión tenía amigos por todas partes. Él daba versos a quien se los solicitara y no sé los cientos de poesías que habrá escrito para las esposas, las madres, las hijas y las hermanas de los presos. Y nunca quiso nada a cambio. Si acaso, una onza de chocolate, porque, eso sí, era un goloso casi patológico. Tanto que yo le embromaba sobre ello y le decía que acabaría siendo diabético. Él entonces me replicaba, también en guasa, que prefería la diabetes a mis acideces de estómago. ¡Pobre! Menos mal que tendría el consuelo de Dios y que su fe le acompañaría. Naturalmente, se confesaría y ¿qué pensaría el sacerdote ante su conciencia adolescente? Es seguro que discutirían los dos y que José Manuel echaría en cara al confesor su inocencia y su inculpabilidad. Y seguro que el confesor quedaría turbado y acongojado, siendo también para él una madrugada alucinante y pavorosa, inolvidable, que le perturbará el sueño, le entenebrecerá el espíritu, le amargará sus relaciones con los hombres, y será el fantasma que le grite en sus soledades durante toda la vida. Y comulgaría después y… Pero yo no podía pasar de ahí. Cuantas veces lo intenté, otras tantas volví al principio, como si mi imaginación fuera incapaz de anticiparme lo siguiente. En efecto, no podía «verlo» en el camión y, luego, ante el piquete y, por último, desangrándose sobre la tierra, enrojecida su camisa, con el rostro desfigurado por los balazos y la muerte detenida en sus pupilas. ¡No podía! ¡No podía! Y vuelta a empezar hasta que el sueño, el miserable sueño animal, pudo más que mi congoja y se apoderó de mí. Y así fue, queridas madre y hermana, la noche de mi indulto…
Alfonsina levantó los ojos del papel y miró a su madre. Cristina lloraba mansamente, con los ojos abiertos, perdida la mirada en la pared de enfrente, en la que destacaba una tosca reproducción de «Los borrachos» de Velázquez. Al cesar el sonsonete de la lectura, se estremeció y volvió la mirada hacia su hija. Alfonsina tenía también los ojos enrojecidos y llorosos. Ambas mujeres se contemplaron un segundo en silencio.
—¿Has terminado? —preguntó la madre al tiempo de enjugarse con los dedos las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
—No. Aún queda bastante. Pero es que tenía ya seca la garganta —y carraspeó.
—Pues descansa un poco, hija. —Luego, Cristina, apretando con una mano el brazo de su hija, dijo—: No sé qué me habría pasado de no saber que el que escribe la carta es Federico. Es horrible lo que cuenta, pero menos mal que lo cuenta él, ¿me comprendes?
—Sí, mamá —y Alfonsina sacudió varias veces la cabeza—. ¡Gracias a Dios!
—Ni siquiera ha podido gozar, el pobre, la alegría de su indulto, como si tuviera la culpa de lo que le ha ocurrido a José Manuel.
¡Este hijo mío no parece de este mundo! —y tras una breve pausa, añadió—: Sigue, que tus tíos estarán echándonos ya maldiciones.
Y Alfonsina, tras carraspear de nuevo, prosiguió la lectura:
«Me desperté antes del toque de diana. Una luz dorada y suave, una luz inocente y plácida, purísima, entraba por los ventanales. Al abrir los ojos sentí como si me bañase en su claridad, pero en seguida me asaltó el recuerdo de José Manuel. Miré alrededor y vi que tanto Molina como Agustín parpadeaban despiertos. Sin duda, los tres pensábamos lo mismo. Y yo lo dije:
—Nuestro amigo ya no existe.
Molina habló mirando al techo:
—Me parece que lo siento todavía dormir a mi lado. Pero ya no lo veremos más…
—Parece imposible —dijo en voz baja Agustín que añadió—: Me desperté con la duda, como si hubiera tenido un mal sueño, y lo primero que hice fue mirar a donde él dormía, y hasta ver su sitio vacío no me convencí de que era verdad. —Hizo una pausa y prosiguió—: José Manuel ha desaparecido y, sin embargo, todo sigue igual.
—Sí, todo sigue igual. Y eso es lo más monstruoso —dije yo. Y dije más—: Tenía que morir el menos comprometido. ¿Por qué? No lo comprendo. Como no comprendo que el asesor jurídico de la embajada le asegurase que estaba decretada su expulsión de España. ¿Qué razones tenía para mentirle de esa manera?
—Puede que a él también le hubiesen mentido —sugirió Molina.
—De acuerdo —e insistí—: Pero ¿por qué?
—Por qué, por qué, por qué… No acabaríamos nunca con los porqués. ¿Tiene la locura porqué? Pues esto es una locura, Federico, una locura sin porqué.
Eché un vistazo a la sala y advertí que todo el mundo estaba despierto y nos escuchaba. Lo comenté con mis amigos.
—Es natural —dijo Molina—. Todos conocían a José Manuel y sabían que estaba exento de toda clase de responsabilidad en la guerra. Es más, lo tenían clasificado como más bien de derechas. Pues si, aun así, ha tenido el fin que ha tenido, ¿qué pueden esperar los demás? Pensándolo bien, es como para que se le arrugue el ombligo a cualquiera. Supongamos que se lo hubiesen llevado antes de ser indultados nosotros, ¿eh? ¿No tendríamos ahora un nudo en la garganta? Pues eso es lo que le ocurre a la mayoría de los presos.
—Sí, pero nosotros nos hemos salvado —le repliqué.
Agustín, que permanecía callado, terció entonces:
—Porque nadie ha dado la cara por él: ni sus amigos de El Debate ni sus compatriotas, ni los católicos. Ni un solo dedo se ha movido en su favor ¡me cago en la leche! Entre todos le han dejado caer… porque era de los suyos, pero había estado con los rojos… Eso le perdió, no lo dudéis.
Agustín nos dejó pensativos y ya cruzamos muy pocas palabras. El toque de corneta no alborotó el gallinero como otras mañanas. Nos levantamos, recogimos los petates y visitamos los retretes y lavabos sin hacer ruido y sin hablar apenas. El recuento y el tupi (el tupi es esa agua negra y dulzona que nos dan por la mañana) transcurrieron sordamente. No hubo bromas, ni carreras, ni prisas, ni discusiones. Ni siquiera se reunieron los comunistas para discutir las consignas de la jornada. Sobre todos los hombres seguía gravitando la pesadumbre de la noche anterior. La ausencia de José Manuel, que siempre volvía de los lavabos sacudiéndose el pelo mojado sobre la chaqueta, de la que no se despojaba ni para lavarse la cara, tomaba cuerpo y la sentíamos todos físicamente. Hacia su petate, recogido y atado, se dirigían furtivamente muchas miradas… El petate vacío hablaba por sí solo. Ya nunca se sentaría sobre él su dueño a escribir versos y a comer onzas de chocolate.
Nos hicieron salir al patio para oír misa. No era día de precepto, pero era el aniversario de la muerte de Calvo Sotelo. En la madrugada de aquel día, tres años antes, lo sacaron de su casa, le hicieron subir a una camioneta, lo mataron por el camino y luego dejaron su cuerpo ensangrentado en el depósito de cadáveres. Otros habían caído antes en la calle y fueron a parar allí también. Y, durante la guerra, más; y, después de la guerra, más. Y ahora, José Manuel. Me los imaginé a todos juntos, en comunidad, no viviendo a nuestra manera, sino en estado de pura inteligencia, sin noche ni sombras, más allá del tiempo, transidos de una intensa luz inalterable. Eran muchedumbre. Había también mujeres, pero no niños. Y todos jóvenes. Paseaban en pequeños grupos o formaban corros, sentados en bancos de piedra, bajo pórticos y frontispicios o entre estatuas, columnatas, arcos y fuentes… Desde todos los puntos arrancaban perspectivas de caminos orillados por grandes árboles, por entre los que se deslizaba una claridad dorada y apacible, como la que traspasa las vidrieras policromas de las catedrales. El cielo, de un azul turquesa inalterable, era una bóveda sin resplandores, quieta, sedosa, sin sol. Corrían bandadas de leves brisas juguetonas, como mariposas invisibles, que convertían en polvo de cristales los chorros de agua de los surtidores, estremecían las hojas de los árboles, cimbreaban los tallos de lirios y amapolas y dejaban una estela de suavísimos arpegios. Aquellos seres vestían túnicas blancas con collares y cinturones de oro y piedras preciosas. Calzaban cáligas de púrpura y lucían sobre la frente coronas de mirto, laurel o rosas. Me parecía que estaba contemplando un paisaje del Olimpo helénico. Vi a José Manuel y a Gonzalo deambular por entre aquellas gentes y, luego, reaparecer a José Manuel, ya solo, y dirigirse a mí. Venía coronado de rosas rojas. Su collar era de rubíes. Llevaba recogida a la cintura la blanca veste por un ceñidor de oro. Me miró sonriendo, igual que siempre. Era un José Manuel en trance de alegría serena, idealizado. En sus ojos resplandecía la inteligencia. Y sus ojos eran profundos, fascinantes, pero amistosos y cálidos, compasivos y dulces. Yo intenté hablar, pero no pude. Y él entonces me dijo:
—Ya sé, ya sé lo que quieres preguntarme. Pues no, no sufrí tanto como se teme. Uno se queda tranquilo cuando comprende que ha llegado la hora de liberarse del peso de lo que ahí se llama vida, y que sólo es congoja, inseguridad y miedo, mucho miedo y, sobre todo y más que nada, miedo. Si, eso que ahí se llama vida es sólo miedo, Federico, porque está compuesta de preguntas que nadie contesta. Pues bien, llega el momento en que el miedo afloja su garra y te deja en paz. Morir… Bien, ¿y qué? Lo que deseas entonces es que la muerte acuda cuanto antes, porque llegas a desearla vehementemente. La capilla es como una estación de ferrocarril, donde aguardas tu tren. Nada más. Para mí, lo peor fue el frío. Frío allí y, luego, en el camión. Yo miraba los acerados cañones de los fusiles y me estremecía y daba diente con diente. Durante el viaje al cementerio, que parecía inacabable, el helor agarrotó mis miembros. Así, cuando me hicieron saltar a tierra, sentí como si me desgarrasen los músculos, como si me arrancasen la carne a tiras. El lugar estaba aterido. El alba, que era apenas una mancha de sangre en el cielo, movía en torno nuestro un vaho de carámbanos. Glaciales las voces, las órdenes, el chasquido de los cerrojos de los fusiles. Los fusileros del piquete se movían con frigidez mecánica. Las balas debían de tiritar en las recámaras de acero como los cuchillos de los gitanos de Lorca. El oficial se frotó vigorosamente las manos, entumecidas… A mí me tocó formar en la primera tanda. Todos mis compañeros tenían color de ceniza. Yo me encontraba como sumergido en un baño de hielo, insensible. Sólo percibí en aquel instante el calor del orín que me resbalaba por las piernas. Alguien gritó: ¡Viva la República! ¡Viva la libertad! Y el oficial: ¡Fuego! Pero en seguida cruzamos la zanja. Al otro lado de ella, ya no hacía frío, y nos encontramos envueltos en una atmósfera cálida. Entonces vi que mis compañeros recobraban su aspecto normal, más joven en muchos y, en todos, más terso y luminoso y más, ¿cómo te lo diría para que lo entendieses?, frutal. ¿Comprendes ahora? Allí esperamos hasta que se nos unieron los demás y todos juntos llegamos aquí. No conocí al pronto más que a mis padres, a don Tomás, mi protector, y a algunos otros, pero ya todos me son familiares. He visto a Calvo Sotelo, a Muñoz Seca, a Faraudo, a Castillo, a Melquiades Álvarez y a Pedregal, de los que tanto había oído hablar, y a otros muchos que han sido célebres en el tiempo. Por supuesto, ellos me conocían a mí de siempre, porque aquí no hay pasado ni futuro, sino sólo presente. El tiempo no existe aquí, Federico… Ni tampoco el odio, ni la envidia, ni ninguna de las torvas pasiones que ahí os inquietan y os dominan. Al llegar aquí, desaparece el miedo, y con él, todo lo demás, ¿comprendes?
José Manuel, que no había dejado de sonreír mientras hablaba, siguió moviendo los labios, pero yo no le oía… Hubiera querido preguntarle si hablaban de nuestra guerra civil, si también allí había partidarios de rojos y fachas, qué pensaban de lo que estaba pasando aquí, qué es lo que nos espera y si Hitler va a imponerse a todos… Pero, aparte de que yo no podía hablar, la imagen de José Manuel se fue desvaneciendo lentamente, mientras yo pensaba, hasta desaparecer.
Habían empezado los himnos después de la misa. Jamás sonaron tan apagadamente. Ni siquiera los funcionarios se cuidaban de poner el énfasis acostumbrado ni se esforzaban mucho por sostener su tono vibrante y victorioso. A los gritos finales apenas respondieron algunas voces sueltas. El director no pareció irritarse por ello y desapareció rápidamente de nuestra vista, junto con su plana mayor, en la que figuraban don Félix y Antolín. Los amigos de José Manuel formamos en seguida un corro, pero ninguno de nosotros tenía ganas de hablar. Fumamos en silencio. El resto de los reclusos tampoco se mostraba locuaz. En general, aparecían taciturnos, metidos dentro de sí. Se hablaba, pero con sordina, como con temor de despertar a alguien. Yo sentía curiosidad por saber lo que pensaban y decían y me di una vuelta por el patio.
—Eso va en serio, camaradas —decía uno—. No vale meter la cabeza bajo el ala. Tenemos que estar preparados para afrontar lo peor. Que nadie piense ya que esto es un cachondeo…
—Si se han llevado a ese muchacho, José Manuel, y al chivato Maravillas, ¿qué podemos esperar los demás? —preguntaba otro.
Y oí comentar:
—No nos queda más esperanza que la guerra, que se enzarcen Hitler y las democracias, o Hitler y Rusia… Sólo entonces seremos algo, contaremos algo, porque ahora nadie se acuerda de nosotros.
—Claro, bastante tiene ahora cada cual con lo suyo.
—Naturalmente.
—Pero ¿habrá guerra?
—Eso parece.
—¿Y si gana Hitler?
—Eso no hay ni que pensarlo, leche.
—Pero si ganara…
—Pues a diñarla, compañero.
—¡Coño, qué suerte!
Y frases como éstas:
—A mí, con tal de salir de la cárcel, no me importaría volver a coger la fusila.
¿Con los fascistas?
—Con quien sea. Ya me las arreglaría yo después.
—Como que ibas a poder pasarte, hombre.
—Por lo menos lo intentaría. Y si me salía mal, pues, coño, cuatro tiros y a la mierda. Pero es mejor eso que rilarse todas las noches que hay lista, ¿no?
—Eso, de todas, todas.
—Pues que venga la guerra mañana mismo.
—Ojalá. Siempre es preferible morir como un hombre a morir como un conejo. Aunque no me gustaría morir de ninguna manera, pero…
El tema era el mismo, repetido en todas sus variantes y siempre con el mismo estribillo: la guerra en Europa como último recurso para sobrevivir.
Volví a mi grupo. Se había unido a él Susano, un tipo curioso que fue cura antes de la guerra y al que han condenado a treinta años de cárcel por haber sido miliciano de la cultura con nosotros. Decía cuando yo llegué:
—Pues me han obligado a ser otra vez director del orfeón. Me llamó ayer el Pelines y me lo dijo bien claro: o al orfeón o al penal del Dueso. ¿Y qué puedo escoger, eh? Pues el orfeón. Y ahora tengo que andar reclutando cantores porque, de los que había, sólo me quedan tres. Los demás, o han desaparecido con las listas o están condenados ya y no quieren saber nada del asunto.
—¿Y qué va a hacer usted si no encuentra voluntarios? —le preguntó don Alberto.
—Nada. Que los nombre el Pelines a tanteo. O, si no, cantaremos los otros tres y yo, salga lo que salga.
—Te veo en el Dueso, Susano —bromeó Agustín.
Entonces intervino Casi:
—No. Hay que evitarlo.
—¿Cómo? —quiso saber Susano.
—Muy sencillo. Como de todas maneras alguien va a ser obligado, por las buenas o por las malas, a apuntarse en el orfeón, y a lo mejor nos meten en él a chivatos e indeseables, yo creo que lo más acertado sería elegirnos nosotros mismos entre los más necesitados. Así mataríamos dos pájaros de un tiro: aliviarles el hambre y, de paso, contar con gente de confianza para cualquier cosa, por la libertad que los del orfeón tienen para ir y venir por la prisión, ¿no os parece?
Nos pareció una buena idea y Susano vio el cielo abierto. En eso estábamos cuando el voceador empezó a nombrar las tandas para las comunicaciones. Al poco tiempo vino Toledano en mi busca. Quería verme don Félix. Le seguí y fuimos a la oficina del jefe de servicios, donde me esperaban don Félix y nuestro amigo Antolín. Éste, nada más verme, me dio un fuerte abrazo. El hombre estaba muy emocionado.
—Tenía un disgusto… —me dijo—. Pero ya pasó. Ahora es cosa de paciencia nada más. Chiquillo, cada vez que veía a tu madre o a tu hermana se me ponía un nudo aquí —y señalaba la garganta— que casi no me dejaba hablar. Yo creo que ellas se daban cuenta, pero yo no podía remediarlo.
Don Félix me felicitó también y me confesó:
—Yo también me alegro mucho de que le hayan indultado. De veras. Pienso, como Antolín, que lo peor ya ha pasado, y que ya es cuestión de aguantar un poco, no mucho. Así, cualquier día nos veremos por ahí. Me agradaría que eso ocurriera pronto.
—Y yo también, por supuesto —dije.
—Lo peor —y su rostro se ensombreció— es lo que le ha ocurrido a su compañero. —Descargó un suave puñetazo sobre la mesa y agregó—: Es terrible que tengan que pagar a veces los que menos deben… Son consecuencias de estas situaciones… Es la suerte. Lo decide la suerte, lo mismo que cuando se salta una trinchera. ¿Por qué cae aquél y no éste? ¡Ah! Pero en este caso lo siento, y mucho.
Después, mientras fumábamos, Antolín me hizo saber que se iba a Sevilla a disfrutar un mes de permiso, pero que no por eso dejaríamos nosotros de vernos, siquiera una vez al mes, en la oficina de don Félix. Y don Félix me lo confirmó, añadiendo que no tengamos, mejor dicho, que no tengáis vosotras ningún escrúpulo en pedírselo. Este don Félix, algún año más joven que yo, es un ejemplo más, desde la otra parte, de cómo nuestra guerra ha provocado el desconcierto y la decepción en la juventud que la hizo. A su padre lo sacaron de esta misma cárcel una noche y lo mataron en la Dehesa de la Villa. Al día siguiente, su madre y él tuvieron que recorrer un espantoso camino hasta encontrar el cadáver para darle sepultura. A los pocos días de esto, don Félix se alistó en unas milicias con nombre supuesto. En cuanto llegó al frente, se pasó a los nacionales, quienes le sometieron a una minuciosa investigación antes de permitirle incorporarse a su ejército. Tomó parte en varias operaciones y terminó la guerra de teniente, mas como nunca pensó seguir la carrera de las armas, dejó el ejército en cuanto le ofrecieron una oportunidad para poder continuar sus estudios, porque lo que él ambiciona es ser notario. Esa oportunidad fue el cuerpo de Prisiones, pero mira por dónde le envían a la misma cárcel donde estuvo recluido su padre para hacer frente a una serie de problemas humanos y de conciencia en los que nunca había pensado y que le perturban y le colocan en una situación totalmente contraria a sus sentimientos y aficiones. Don Félix, es sin duda, uno de tantos jóvenes a quien la guerra, ganada o perdida, ha destrozado moralmente, ha quemado por dentro y ha envejecido prematuramente. Pero ¿a qué seguir con esta clase de consideraciones si nada de lo ocurrido tiene remedio? Él y otros muchos como don Félix, aunque estén en el bando vencedor, han perdido también la guerra, como nosotros o quizá más, porque a nosotros nos queda la excusa de haberla perdido y la esperanza de que un día podamos ganarla, no militarmente, sino espiritualmente, que es, en definitiva, la gran victoria. Por lo menos nos queda esa ilusión. Pero a ellos ¿qué ilusión les queda? ¿Tal vez la venganza? Puede que sí para quienes la guerra sólo fue una explosión de violencia, una ocasión de matar o morir. Pero no creo que para hombres como don Félix la venganza, sea una satisfacción y, menos aún, una justificación. No.
Han pasado sólo unos días desde la desaparición definitiva de José Manuel y ya casi no se habla de su caso. No obstante, aunque la gente sigue yendo a consejo de guerra y vuelve de él con las acostumbradas penas terroríficas; aunque la gente hable, grite y discuta; aunque, a primera vista, parezca que todo ha vuelto a ser como antes, la verdad es que el espíritu de la prisión ha cambiado. Ha perdido frivolidad y se ha hecho más grave, más sombrío y también más consciente. Hay menos chivatos y, en cambio, existe mayor solidaridad entre los que forman cada uno de los dos grupos en que se dividen los presos: comunistas y no comunistas. Nuestra moral ha subido. Nadie se burla de nadie ni se piensa, como al principio, que sólo se condena a muerte a los asesinos y ladrones probados. El peligro se ha hecho tan palpable y tan amenazador para todos, se ha desenmascarado de tal manera que, en vez de dividirnos, nos ha agrupado, y, en vez de destruir nuestra conciencia revolucionaria nos la ha fortalecido. «Si hemos de morir o sufrir, muramos o suframos con dignidad» parece ser el pensamiento general. Considerarse víctimas inocentes es ya sentirse héroes. Y eso es lo que está pasando entre nosotros. La convicción de ser protagonistas de una gran tragedia es lo único que puede ayudarnos a soportar nuestra situación. Creedme que ahora se siente uno orgulloso de estar aquí. Por fin se ha producido la reacción que deseábamos. Hasta ahora, la gente era víctima de la confusión y el desvarío del final de la guerra. Ya, no. Ya se sabe por qué se está aquí, hay conciencia del porqué de nuestro sacrificio y también de cuál debe ser nuestro comportamiento. Y ha nacido una esperanza: la de que nuestra suerte está ligada a la de los países democráticos que, si bien se olvidan de nuestra situación en estos momentos, comprenderán nuestro sacrificio cuando tengan que enfrentarse con la misma prueba que nosotros, y no tendrán más remedio que hacernos justicia cuando aplasten a Hitler y a Mussolini. A este cambio ha contribuido mucho la desgracia de José Manuel, que ha abierto los ojos a los que todavía creían que la cosa iba sólo contra unos cuantos, coincidiendo con las noticias que nos habían llegado, pocos días antes, del comportamiento de Julián Besteiro, el hombre que ha dado la cara por todos. Yo nunca simpaticé con las ideas políticas de Besteiro. Me parecía demasiado moderado, fuera de nuestra realidad revolucionaria. Pero le admiré, eso sí, al hacerse cargo de la derrota sin haber intervenido en la batalla. Cargar a última hora con el muerto, como hizo él, mientras escapaban los que le dieron muerte, requiere un valor y una honradez extraordinarios, de los que se ven muy pocos ejemplos en la historia. Su actitud en el consejo de guerra, según hemos sabido, cubriéndonos y dándonos la mano a los que hemos quedado aquí como él, nos ha devuelto la confianza y el sentimiento de solidaridad que habíamos perdido. Yo espero que algún día Besteiro sea el símbolo de todos nosotros, de nuestros sufrimientos y de todo aquello que hubo de más noble y desinteresado en los vencidos. Si este hombre se equivocó alguna vez, y yo creo que sí, el último acierto le convierte en la más respetable figura de nuestro campo. Si falló como político, no falló como hombre, y esto es, en definitiva, lo que más importa.
Bien. Quería decir lo que pienso ahora de todo esto y dicho queda en caliente, para que cuando pase el tiempo, y yo relea esta carta, me sirva de recordatorio y pueda volver a vivir estos momentos tal como fueron, íntegramente, en toda su pureza. Tal vez haga falta dar testimonio de ello, y en ese caso, yo quiero que el mío, por lo menos el mío, sea fiel a la verdad.
Veo que la carta se alarga demasiado. Además, se me está acabando el papel y queda muy poco tiempo para que suene el toque de diana. Pero me restan aún por decir algunas cosas, como, por ejemplo, que no hago más que pensar en aquel teniente de Burgos, ¿te acuerdas, Alfonsina? No sé lo que daría por conocer su nombre para poder recordarlo cada mañana. Yo tal vez no sea nadie para él; pero él para mí es más que un amigo y más que un protector. ¿Dónde lo colocaría? En mi corazón, junto a papá, y, si algún día tengo una casa, su nombre, grabado en una placa de bronce, ocuparía el lugar de honor en ella, para recordarlo constantemente, para que lo conociesen mis amigos y se lo aprendiesen de memoria mis hijos. Espero que en alguna ocasión se me dé a conocer. Mientras tanto, vosotras, que conserváis la fe, pedid a Dios para él lo que quisiereis para mí. También quiero decirte, Alfonsina, que deseo conocer a tu novio. A ver si me lo traes al despacho de don Félix. El que no te haya hablado de él hasta hoy se debe a que no es fácil admitir que nuestra hermana sea también mujer. Es un sentimiento difícil de explicar, porque es eso: un sentimiento que al pronto se escapa a la razón. Luego se llega a comprender. En tu caso, la dificultad era doble. Pero te aseguro que ya he superado el trance y que he encajado tu decisión. Todo saldrá bien, no te preocupes. Por último, quisiera pediros que no rompáis esta ni ninguna de mis cartas, que las guardéis para devolvérmelas cuando de nuevo sea un hombre libre. Llevar un diario es aquí muy peligroso, porque nos cachean de cuando en cuando. Se trata de una rutina carcelaria que, en otros tiempos, tenía como objeto buscar navajas, limas, seguetas o cualquier otra herramienta de este tipo, pero que ahora se emplea, sobre todo, para descubrir papeles comprometedores. Sospechan que nos comunicamos por escrito con el exterior y temen que tramemos complots o que mantengamos dentro del aparato burocrático de nuestras organizaciones: listas, acuerdos, manifiestos, noticiarios… De pronto, y sin previo aviso, se presentan los funcionarios, bloquean las salidas de las salas y luego proceden a registrar nuestras personas y nuestras cosas minuciosamente, tanto que, a menudo, hasta nos descosen las colchonetas y los mismos forros de los pantalones. Así es imposible guardar un memorial, porque está uno expuesto a que se lo encuentren y eso podría costar hasta un nuevo sumario. Por eso he escogido el sistema de las cartas mientras podamos contar con Antolín o, si se encontrase ausente como en esta ocasión, mediante el servicio que hemos organizado, del que no conviene hablar mucho, y que sólo nos cuesta una peseta por carta. Bueno, ya suena el toque de corneta. ¡Adiós! Muchos besos y abrazos de vuestro…
Se abrió bruscamente la puerta y apareció en ella Rosario, la esposa de Molina. Madre e hija, sorprendidas, dirigieron hacia Rosario sus ojos, todavía velados por las emociones que la lectura de la carta removiese en ellas.
—¿Puedo pasar? —preguntó Rosario, ya dentro.
—Sí, sí, claro —se apresuró a decir Alfonsina.
—¿Habéis terminado?
Sí.
—Bien —y Rosario, después de entornar la puerta, se adelantó hacia Cristina y continuó diciendo, en tono confidencial—: Acabo de llegar de la calle y Laura me ha dicho que llevabais largo rato solas, pero que como se trata de asuntos en que no os gusta que meta nadie la nariz —e hizo una mueca para significar lo absurdo de tal suposición—, no han querido interrumpiros…
—Son ellos los que no quieren saber nada de nuestros asuntos —le interrumpió Cristina.
—Ya lo sé, mujer, ya lo sé, pero no hay que hacerles mucho caso. Me supongo —y señaló las cuartillas que Alfonsina tenía sobre la falda— que habéis estado leyendo alguna carta de Federico, ¿eh? —Madre e hija afirmaron en silencio y Rosario prosiguió—: ¿Alguna novedad?
—No —contestó Alfonsina—, lo que ya sabíamos, sólo que con todos los detalles.
Siguió una pausa. Mientras, Rosario allegó una silla y fue a sentarse frente a sus compañeras. Luego murmuró, con voz quebrada:
—He visto esta tarde a Enriqueta…
Madre e hija fijaron en los de Rosario sus ojos anhelantes, y Cristina preguntó:
—¿Cómo está la pobre?
—Ya puede usted imaginárselo, Cristina —y Rosario movió lentamente la cabeza de arriba abajo al tiempo que miraba a su interlocutora con sus ojos humedecidos—. ¡Criatura! Casi no tiene fuerzas ni para hablar. Parece atontada, como si llevase muchos días sin dormir… Me costó Dios y ayuda que me contase algo. Empezaba y, de pronto, enmudecía, como si se le hubiesen olvidado las palabras… No sé, no sé qué va a ser de ella…
—Si pudiéramos ayudarle… —insinuó Alfonsina.
—Ya. Eso mismo pienso yo, pero ¿cómo? ¿Qué podemos hacer nosotras?
Las mujeres cambiaron entre sí miradas de desaliento e impotencia y las preguntas de Rosario no obtuvieron respuesta.
—Si estamos para que nos ayuden —añadió Rosario y prosiguió diciendo—: Ustedes no tienen ni casa y yo… Ustedes son parientes al menos de los dueños de este piso. Yo soy una extraña. Vengo precisamente de ver a un señor a quien mi marido hizo algunos favores en la guerra. Me ha hecho cenar con su familia, por eso he llegado tan tarde; y me ha prometido hablar a un amigo suyo para que me dé una portería que tiene vacante. Se conoce que el portero que la ocupaba está ahora preso por haber formado parte del comité de incautación de la finca…
—Me alegraría que se le arreglasen las cosas, Rosario. Una portería es una solución, una buena solución en estas circunstancias, no lo dude. Ojalá nos saliese a nosotras una cosa igual…
—Pero, Cristina… Por muy egoísta que sea Laura, su hermano Andrés no consentirá que la ponga en la calle…
Cristina sonrió tristemente.
—No, porque nos iremos antes.
Rosario pareció asombrada al pronto, pero en seguida cambió de expresión.
—Sí, es mejor irse que ver malas caras. Comprendo, Cristina. Está visto que hasta para la propia familia somos como la peste.
Alfonsina, que había permanecido callada y como indiferente durante el diálogo entre Rosario y su madre, preguntó de pronto a aquélla:
—¿Y cómo se enteró Enriqueta…? ¿Quién se lo comunicó?
Rosario se estremeció.
—Que… ¿cómo se enteró Enriqueta…?
—Sí.
Rosario miró fijamente a la muchacha. Luego cerró los ojos y, tras una pausa, exclamó:
—¡A lo vivo, hija, a lo vivo!
(—¿Con quién quiere comunicar? —pregunta el funcionario, desde el otro lado de la ventanilla.
—Con mi marido —contesta Enriqueta y añade—: Hoy toca su letra.
—Pues dígame su nombre.
—¡Qué tonta soy! Su nombre es José Manuel Garrido León.
El funcionario levanta la vista hasta los ojos de Enriqueta y pregunta, con un extraño matiz en la voz:
—¿Cómo? ¿Cómo me ha dicho que se llama?
Enriqueta repite el nombre y entonces el funcionario se levanta y dice:
—Espere un poco. Voy a ver.
—Pero si toca su letra… —insiste Enriqueta.
Pero el funcionario no le hace caso y desaparece. Un tanto desconcertada, Enriqueta asoma la cabeza por la ventanilla y ve que el funcionario habla con otro y que éste hace gestos afirmativos.
—¿Qué pasa? —le pregunta la mujer que ocupa el siguiente lugar en la fila.
Enriqueta retira la cabeza de la ventanilla y se vuelve a la mujer para decirle:
—No lo sé. Se han puesto a hablar entre ellos…
—Claro, para fastidiarnos y hacernos sufrir. Saben que nos corre mucha prisa comunicar, porque nos aguardan los chicos en casa y porque muchas de nosotros tenemos que ir todavía a trabajar… y se ponen a hablar entre ellos los muy gandules… Bien se aprovechan, bien, de nuestra desgracia. Pero si se presenta una chica de buen ver que les habla con un poco de pitorreo, la atienden en seguida y hasta la invitan al cine si viene al caso. ¡Asquerosos!
En la otra cola, en la que se forma para entregar los paquetes de ropa y comida, hay tal algarabía que parece que está librándose allí una batalla campal.
—¡Tío grosero! ¡Tío aprovechado!
Y gritos, y carcajadas, y llantos… Un dolor inmenso y como podrido ya que revienta en un caos histérico.
Los guardias ordenan:
—¡Cállense!
—¡No nos da la gana! —le responden las mujeres. Y los guardias tratan de poner orden y empujan, arrollan y gritan también. Las mujeres se repliegan a regañadientes para empezar de nuevo a protestar con mayor vehemencia.
—Señora…
Es el funcionario, que ha reaparecido en la ventanilla.
—No puede comunicar con su marido.
Enriqueta mira, atónita, la cara del funcionario, que parece de madera.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —pregunta ella temblando.
—Que ha sido trasladado a Porlier.
—¿Trasladado a Porlier? —y la angustia le estrangula la voz—. ¿Cuándo?
—Anoche.
Enriqueta sigue mirando al hombre aquel como hipnotizada.
—Vaya a la ventanilla de paquetes. Allí le darán sus cosas —dice el hombre fríamente, y añade—: A ver, otra.
Enriqueta continúa inmóvil, mirando con sus ojos muy abiertos al funcionario. Éste ya no la mira, sino que mira a la mujer siguiente. Y la mujer siguiente le dice mientras la aparta suavemente de la ventanilla:
—¡Ánimo, hija mía! A lo mejor es cierto que está en Porlier.
Enriqueta sale de la fila como una sonámbula y va a ocupar el último lugar en la otra. Delante de ella, las mujeres comentan:
—Dicen que anoche se llevaron a muchos, que ha sido la mayor «saca» de todas las que ha habido hasta ahora.
Se oyó entonces un alarido junto a la ventanilla de paquetes. Acaban de entregar a una mujer un pequeño hato de ropa y ella, la mujer que lo recibe, parece que se desgarra en sus lamentos:
—¡Me lo han matado! ¡Me lo han matado!
Y el vocerío se encrespa y estalla en toda la fila:
—¡Cállense, cállense! —ordenan los guardias.
Cuando Enriqueta abre los ojos se encuentra sentada en el suelo, atendida por unas compañeras. Entonces rompe a llorar).
—Así fue como se enteró Enriqueta de su desgracia…
Rosario terminó entre lágrimas su relato. Alfonsina se dobló para recoger las cuartillas, que se le habían caído al suelo, y Cristina, con los ojos cerrados, gimió:
—¡Dios mío, Dios mío!
Luego, se quedaron las tres inmóviles y calladas, como en una fotografía, paralizado el tiempo y contenido hasta el más ligero rumor.