Los argonautas
IV
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Una ligera tos le hizo volver la cabeza, y vio junto a él, apoyada en la baranda, a Mrs. Power, su vecina del comedor. Un tul verde cubría la desnudez de su escote. Llevábase a la boca el cabo dorado de un cigarrillo, y un surtidor de humo partía de sus labios, tomando reflejos de iris bajo el resplandor eléctrico antes de perderse en la obscuridad.
El primer movimiento de Ojeda fue de molestia y de cólera, como el que en mitad de un ensueño dulce se ve despertado.
Aborrecía a esta mujer hermosa, por su tiesura varonil; no podía soportar la mirada de sus ojos claros, de fijeza insolente, que parecían retar a un duelo a muerte.
Quiso volver la cabeza hacia el Océano, pero ella no le dio tiempo.
—¿Es la luna? —preguntó en inglés señalando una leve mancha láctea a ras del horizonte.
—Tal vez —respondió Fernando en el mismo idioma—. Pero no… Creo que la luna sale más tarde.
Y tras este cambio breve de palabras, que recordaba los diálogos incoherentes de un método para aprender lenguas, los dos se vieron súbitamente aproximados. Ojeda no supo si fue él quien avanzó por instinto, o ella con la varonil intrepidez de su raza; pero sus codos se tocaron en la barandilla y sus cabezas quedaron separadas únicamente por una pequeña lámina de atmósfera.
Mrs. Power preguntó a Fernando por su amigo, sonriendo al recordar su movilidad y el lenguaje híbrido y pintoresco con que la saludaba todas las mañanas. Un tipo interesante míster Maltrana; ¡lástima que ella no pudiese entender muchas de sus palabras!… Y el recuerdo de las dificultades de lenguaje que se sufrían a bordo le sirvió para justificar su aproximación a Ojeda. Necesitaba un amigo que conociese su idioma. Conversaba de vez en cuando con los Lowe, aquel matrimonio de compatriotas suyos; pero… Y hacía un gesto de altivez para indicar que no eran de su clase.
A la tropa de americanos ruidosos la mantenía alejada. Eran viajantes de comercio, ganaderos de las praderas, gente ordinaria. Se aburría con las señoras de otras nacionalidades que hablaban inglés. Ella había gustado siempre de la sociedad de los hombres… Luego interrumpió el curso de la conversación para preguntar a Ojeda cuánto tiempo había vivido en los Estados Unidos; y al enterarse de que nunca había estado allá, prorrumpió en una exclamación de asombro: «¡Ahó!». Se echaba atrás, como si la acabase de ofender una falta imperdonable de respeto. Pero se repuso inmediatamente de esta impresión de desagrado.
—All right! Usted me enseñará el español y yo le perfeccionaré en el inglés. Se adivina que lo aprendió en Londres. Los americanos lo hablamos mejor; eso lo sabe todo el mundo.
Y convencida de la superioridad de su país sobre todo lo existente, propuso a Fernando que fuese su amigo con igual gesto que si contratase un buen servidor para su casa. A impulsos de su franqueza dominadora, no ocultaba que se había enterado de la historia de él, así como de la de todos los que en el buque atraían su atención.
—Usted es poeta, lo sé, y yo nada tengo de poetical: se lo advierto… Mi padre sí; mi padre era alemán y muy dado a las cosas del sentimentalismo. Yo he nacido para los negocios, y ayudo a mi marido. ¡Si no fuese por mí!…
Un paseante interrumpió la conversación. Era el señor Munster, que, llevándose una mano al casquete, suplicaba humildemente:
—Señora, acuérdese de su promesa… La aguardamos en el salón para nuestra partida de bridge. Usted sólo falta para que empecemos.
Mrs. Power sonrió con una amabilidad feroz. «Luego iré».
Y Munster, comprendiendo lo enojoso de su presencia, se retiró discretamente antes de que la dama le volviese la espalda.
Ella siguió hablando de su carácter; un carácter práctico, incompatible con la ilusión poetical. Atacaba ferozmente el odiado fantasma de la poesía, como si viese en él un motivo de errores y desgracias. Luego habló de su marido con un entusiasmo tenaz, molesto para Ojeda. Era más alto que él y de una distinción que conquistaba el respeto de todos. Había nacido en la Quinta Avenida de Nueva York, hijo de un famoso banquero; pero la familia estaba arruinada.
—Usted, señor, es de los más distinguidos de a bordo, y por esto hablo con usted… Pero no llega ni con mucho a míster Power. Le falta algo. Usted lleva la corbata de un color y el pañuelo de otro. Mi país es el único dónde el hombre puede llamarse elegante. Míster Power no saldrá a la calle si no lleva del mismo tono la corbata, el pañuelo y los calcetines. Es lo menos que puede hacer un gentleman que se respeta.
Pero Fernando apenas escuchaba estas lecciones, expuestas con gravedad científica. Sentíase perturbado por una embriaguez ascendente, como si el vino que poco antes parecía contraerse con tristeza en su interior hiciese explosión de nuevo, avasallando sus sentidos. Fijábase en los ojos de la norteamericana, en sus pupilas líquidas y temblonas, que se destacaban del nácar de las córneas con el brillo de una luz cambiante, reflejo mixto de malicia y candidez.
Acariciábale un perfume que venía de ella como una música lejana y conocida. Tal vez fuese ilusión de sus sentidos, excitados por el recuerdo; tal vez una errónea semejanza al encontrarse por vez primera, luego de su embarque, al lado de una mujer elegante. Aquella americana olía lo mismo que la otra; esparcía uno de esos perfumes indefinibles que no pueden adquirirse, pues carecen de nombre; un perfume irreal, que es como el uniforme impalpable que envuelve a las mujeres de todos los países acostumbradas a una vida de comodidades y refinamientos; perfume de carne cuidada con amor, de epidermis pulida por el frote higiénico; «olor de agua», según decía Ojeda.
«¡Oh, Teri!… ¡Teri!». Sus ojos encontraban también una semejanza fraternal en el cuello esbelto y ligeramente inclinado, lo mismo que el vástago de una flor que se ladea graciosamente bajo su peso; en las manos de blancura de hostia, con uñas abombadas y brillantes, parecidas a pétalos de rosa.
Era Mrs. Power; bastaba ver sus ojos de agua conmovida, escuchar su palabra glacial de mujer de negocios, para convencerse de su identidad; pero al mismo tiempo era la otra, por la línea majestuosa de su cuerpo, por el ademán suelto y despreocupado de hembra elegante segura de su poder de seducción, por el halo de perfume luminoso que parecía envolverla. Ojeda escuchaba su voz sin saber qué decía, pensando en Teri, viéndola junto a él bajo una nueva forma. Miraba a Mrs. Power como si fuera una máscara que acabase de encontrar en un baile y de la cual conocía el secreto a pesar de la voz fingida y el rostro desfigurado.
Llevaba varios días poblando la vida solitaria de a bordo con la imagen de Teri. Se había paseado con ella por el desierto de la última cubierta, oprimiendo su brazo aéreo, oyendo el leve crujido de sus pasos invisibles, murmurando dulces palabras que sólo obtenían una respuesta mental. Ella ocupaba un sillón vacío junto a sus libros en las largas tardes de lectura, y por la noche, al abrir el camarote, deslizábase detrás de sus huellas, misteriosa y sonriente, para no abandonarle en las horas de insomnio y ser lo último que veían sus ojos, esfumándose como una visión que se aleja cuando al fin le rozaba la mano del sueño.
Ahora, la mujer impalpable y luminosa que le seguía a todas partes había desaparecido, pero era para ocultarse indudablemente dentro de aquella otra real y tangible que tenía a su lado. Esta reencarnación se hacía sentir con un contacto menos ilusorio; pero en el misterio de su encierro la delataba su perfume. «¡Oh, Teri!… ¡Teri!». Su única preocupación por el momento era que la americana no dejase de hablar, que no huyese, llevándose con ella su oloroso nimbo.
Quiso Ojeda conocer su nombre de nacimiento, libre del apellido marital; y al oír que se llamada Maud, experimentó cierto descontento. Estaba esperando, no sabía por qué, otro nombre, una revelación que justificase sus ilusiones.
Maud siguió hablando de su marido, haciendo elogios de sus condiciones físicas y compadeciendo al mismo tiempo su simpleza de niño grande, versado únicamente en elegancias y juegos atléticos. Ella era el varón fuerte, la cabeza directora de la asociación matrimonial. Había ido a Nueva York en busca de nuevos capitales para un negocio de caucho que tenían en el Brasil. Su marido sólo servía para admirarla y obedecerla, y ella había de hacer frente a los accidentes del comercio, empleando la palabra melosa, la sonrisa enigmática y el gesto de enojo en esta pelea por el dólar.
Los quince días pasados en París al regreso de los Estados Unidos habían sido los mejores de su viaje. Una vida de muchacho aturdido con varias compatriotas libres como ella de las viejas ataduras del sexo; una existencia de estudiante; teatros, cenas hasta altas horas de la noche, sin más hombres que algún gentleman viejo, que acompañaba a esta tropa de emancipadas lo mismo que un guardián de harén sigue a las odaliscas en vacaciones. Y nada de visitas a los Bancos o de conferencias feroces como las que había tenido dentro de un escritorio inmediato a las nubes, en el piso treinta y cuatro de un rascacielos neoyorkino. ¡Lo que cuesta cazar el dólar, tan necesario para la vida!… Pero regresaba satisfecha de su viaje, pensando en el suspiro de alivio que exhalaría míster Power cuando en el muelle de Río Janeiro le explicase que el peligro de ruina quedaba conjurado gracias a ella. ¡Adorable niño grande! ¿Qué haría el pobre en el mundo sin su mujer?…
Y en esta charla surgía a cada momento el elogio del marido, el tierno entusiasmo por su vistosa inutilidad, lo que producía en Fernando cierta irritación… ¿Y para esto se le había acercado con aire de flirt aquella señora?…
Una trompeta lanzó a guisa de llamada el toque arrogante y provocador del héroe Sigfrido. Corrieron los paseantes con el alborozo que despierta todo suceso extraordinario en la vida tranquila de a bordo. Era la señal para el baile. Mrs. Power y Ojeda fueron también hacia el fumadero, en cuyos alrededores se aglomeraba la gente.
Formábanse los músicos de dos en dos, y tras ellos se agitó el comandante dando órdenes en varias lenguas, acariciándose la amplia barba y saludando a las señoras. Rogaba a todos que se agrupasen en parejas. Iba a empezar la fiesta con la polonesa tradicional, solemne paseo por las cubiertas antes de llegar al comedor convertido en salón de baile.
El «amigo Neptuno» —cómo le llamaba Maltrana— pareció dudar algunos segundos antes de escoger su acompañante. Quería dedicar este honor a la más alta dama del buque, y sus ojos iban indecisos del collar de perlas de la esposa del millonario gringo a los lentes y la majestuosa corpulencia de la señora del doctor Zurita. Pero el santo respeto a la autoridad y las categorías sociales le sacó de dudas. El doctor había sido ministro en su país, y esto bastó para que el hombre de mar, inclinándose sobre sus piernas cortas con una galantería versallesca, ofreciese su brazo a la matrona argentina.
Tras de ellos se formó la fila de parejas, escogiéndose unos a otros según anteriores preferencias o al azar de la proximidad con bizarros contrastes que provocaban risas y gritos. Las señoras viejas, los niños y los domésticos presenciaban el arreglo de esta procesión agolpados en puertas y ventanas. Isidro daba el brazo a la tiple noble de la compañía de opereta, dueña voluminosa, de cara herpética, que ostentaba sobre la pechuga una condecoración turca.
Maud contempló la formación con mirada irónica, pero de pronto sintióse arrastrada por la alegría general: «Nosotros también». Y tomando el brazo de Ojeda, se introdujo en la fila.
Rompió a tocar la música una marcha solemne, una de tantas «Marcha de las antorchas» escritas para natalicios y matrimonios de pequeños príncipes alemanes, y la procesión se puso en movimiento, contoneándose las parejas al compás del ritmo.
Corrían del interior del buque las camareras con gorrito de blondas y los stewards de corbata blanca para presenciar este desfile, riendo con una buena fe germánica al ver a los señores agarrados del brazo y marchando con las caderas balanceantes. La cabeza de desfile desapareció de pronto, y el ruido de cobres fue debilitándose. La «polonesa», saliendo del paseo al aire libre, se introducía en los salones, serpenteando entre mesas y sillas hasta desembocar en el paseo de la banda opuesta, donde los instrumentos recobraban su primitiva sonoridad. Otras veces la música se perdía gradualmente, como si la absorbiesen las entrañas del buque, y el desfile iba descendiendo por las amplias escaleras a los pisos inferiores.
Delante de Mrs. Power iba Nélida, la única que se apoyaba al mismo tiempo en los brazos de dos hombres. Un joven alemán que se hacía pasar por pariente suyo, y el «barón», el belga hermosote, la escoltaban, hablándose afectuosamente como amigos que beben juntos y juegan al poker, pero con un rencor en la mirada de hombres bien educados que consideran la mayor de las distinciones saber ocultar sus sentimientos. Y ella mostrábase contenta por este doble deseo que tiraba de sus brazos y la envolvía en un ambiente de sorda pelea; se dejaba llevar casi a rastras, encorvada su esbelta figura, riendo sin saber de qué, con la boca seca, abarcando a los dos varones en la mirada de sus ojos húmedos y ávidos, que parecían englobarlos en una predilección idéntica, sin poder distinguir el uno del otro.
La compañera de Fernando fue transformándose al marchar entre los gritos y risas de este alborozo general. Percibía él ahora con mayor intensidad el perfume misterioso escapándose de las profundidades del escote. Hasta creyó sentir en el puño una ligera crispación de la mano de Maud, un movimiento tal vez inconsciente, un leve roce despertador que se ensanchaba en ondas de emoción hasta los extremos de su organismo, y unas veces le hacía caminar como si volase y otras parecía clavarle en el suelo. Era tal vez una caricia irreal, imaginada más bien que sentida, pero idéntica a otras que perduraban en su recuerdo… Además, el mismo roce de curvas armoniosas al marchar; igual encontrón con unas durezas de contacto fulminante. La pesadumbre del brazo femenil se hacía por momentos más sensible. Un hombro desnudo se apoyaba en él, dejando sobre el paño negro del smoking tenues manchas de velutina.
Al volver hacia ella una mirada ávida y encontrarse con sus ojos no sentía extrañeza, como si los conociera desde mucho antes. Eran grises; los que él llevaba en su recuerdo eran negros, con reflejos de ámbar; pero unos y otros le miraban de igual modo, con una expresión invitadora. Fernando sintió el temblor que avisa la llegada de la fortuna, la emoción que precede a los grandes triunfos… ¡La vida es hermosa!… Y un estremecimiento del brazo adorable pareció responderle ensalzando mudamente la belleza de una existencia que puede elevarse, gracias al amor, por encima de todas las realidades.
Se vieron de pronto debajo de las banderas y las guirnaldas eléctricas. La música, apelotonada en un extremo del comedor, había cambiado de ritmo, y las parejas, así como iban entrando, giraban enlazadas siguiendo las caricias de un vals.
Instintivamente se recogió Maud la cola del vestido, apoyó Ojeda un brazo en su talle, y experimentaron cierta sorpresa al verse entre los danzarines demasiado numerosos, que chocaban con rudos encuentros de codos y de grupas. La ilusión, el champán y el deseo, fermentando sordamente en él, parecieron explotar de pronto, removidos por las vueltas de la danza. Su brazo retenía enérgicamente el talle de Maud, como temeroso de que pudiese huir; mirábanse en las pupilas con una fijeza agresiva, lo mismo que los luchadores que quieren reconocerse bien en el último instante, antes de caer el uno en brazos del otro.
Balbuceaba Ojeda sin saber ciertamente lo que decía. Hablaba ahora en castellano, y su súplica incoherente era una especie de música sin palabras, cuya vaguedad producía en él cierta emoción.
—Di que sí… di que quieres… Sería yo tan dichoso… ¡tanto!…
Ella sonrió, agradeciendo tal vez que hablase en su idioma, lo que le evitaba la obligación de entenderle y de ruborizarse. Al mismo tiempo, sus ojos se entornaban para mirarlo con una expresión de caricia anticipada.
Cesó la música; las parejas se retiraron dándose el brazo. Maud se inclinó un momento para corregir un desorden de su falda, y al incorporarse mostró un gesto de altivez, como si hubiese recordado algo que le devolvía a su glacial serenidad.
Se dirigió a la puerta seguida de él, que en su exaltación no se daba cuenta de este cambio repentino. Continuaba hablando en español, repitiendo la misma súplica con un tuteo pasional. Y ella, por dos veces, sonriendo de las dificultades de su pronunciación, le dio la respuesta en el mismo idioma:
—No compregndo… no compregndo.
En el antecomedor le tendió una mano para despedirse. Se retiraba a su camarote: gustaba de acostarse temprano; esta noche había sido extraordinaria. Ojeda se ladeó como si intentase cortarla el paso, al mismo tiempo que su voz se hacía más suplicante. ¿Irse? ¿Dejarlo en la soledad de aquella fiesta, donde todo le era extraño y antipático?… Se sentía enfermo.
Pero ella le atajó con su ironía helada.
—Debe ser el estómago. Vea al médico… A mí no me impresionan esas quejas; ya sabe que no soy poetical.
Fernando insistió. Le esperaba una noche horrible: no podría dormir.
—Yo le enviaré con la doncella unos sellos que dan sueño.
¡Oh, si ella quisiera!… ¡Si le permitiese ir detrás de sus pasos al encuentro de la felicidad!
—No compregndo… no compregndo.
Repitió su súplica en inglés, y ella lo miró entonces de abajo arriba, sin odio, sin escándalo, con extrañeza, como en presencia de un atentado a las buenas formas sociales, asombrada de la rapidez con que aquel hombre pretendía suprimir de golpe todas las esperas prudentes establecidas por la costumbre.
—Good night —dijo fríamente.
Y le volvió la espalda, alejándose por el corredor que conducía a los camarotes de preferencia, erguida y majestuosa.
Desconcertado por esta escena que nadie había visto, sintió Ojeda un deseo de huir, como si fuese a estallar en torno de él una explosión de carcajadas. Arriba, en la cubierta, sólo quedaban los paseantes tenaces, y en el café los jugadores de poker, para los cuáles no había músicas ni bailes que pudiesen alejarlos del tapete verde. La familia italiana rodeaba a su prelado, empujándolo cariñosamente. ¡Ánimo, ilustrísima! Debía descender al salón para echar un vistazo a la fiesta y lucir la cruz de oro. Aquí no estaban en tierra, y la vida de a bordo permite mayores libertades. Hasta el abate de las conferencias andaba por las cercanías del baile, asomando su cara barbuda. «El mar… es el mar, Monseñor».
Persistió en Fernando la misma sensación de desconcierto y de miedo al tropezarse con los paseantes, cual si éstos pudiesen adivinar lo que había ocurrido abajo. Le molestaba la música, por creerla igual a una risa burlona. Otra vez necesitaba huir en busca de obscuridad y silencio. Y tomó una de las escaleras que conducían a la cubierta de los botes.
Arriba creyó despertar con el fresco de la noche, como los ebrios que reciben de pronto una corriente de aire. Hasta allí le había acompañado un sentimiento de despecho; la cólera de su orgullo varonil herido por el fracaso; el escozor de una situación ridícula. Pero ahora le atormentaba el remordimiento; sentía vergüenza de él mismo, deseaba empequeñecerse, desaparecer, como si una mirada iracunda le espiase en la sombra.
—Muy bien, señor Ojeda —murmuró irónicamente—; se está usted portando como un caballero.
Y dejándose caer en un banco, añadió con rabia:
—¡Eres un canalla; un canalla que merece la muerte!
Sólo habían transcurrido unos minutos, y se preguntaba con extrañeza si era él mismo el que danzaba abajo, enloquecido por el perfume de una señora a la que sólo conocía desde unas horas antes, balbuceando como un mozuelo atrevidas proposiciones. ¡Ah, miserable sin voluntad!… Abandonaba con rudo tirón su vida anterior, marchaba aventuradamente al otro hemisferio, todo por una mujer, y a las primeras jornadas, cuando aún brillaban sobre sus cabezas las mismas estrellas, arrastrábase con súplicas viles ante una desconocida a impulsos de un deseo fulminante que hacía reír.
Sentía vergüenza al recordar las palabras que había escrito en la tarde anterior, imitando la firmeza de los héroes wagnerianos. «Y cuando estemos alejados, ¿quién podrá separarnos?…». Un solo día había bastado para que olvidase sus juramentos. Aún no habría salido a aquellas horas su carta de Tenerife, y ya estaba lo mismo que Sigfrido, olvidado de Brunilda, humillándose amoroso a los pies de una Gotunda que se burlaba de él. Y esto lo había hecho por voluntad espontánea, sin necesitar filtros de olvido.
Cerraba los puños amenazándose a sí mismo; pero un sentimiento de tristeza y desaliento sucedía a esta indignación. Deseaba ocultarse, como si en su vergüenza necesitase más sombra, más silencio, y huyó otra vez, siempre hacia lo alto, remontando la escalera de la última toldilla, cerca del puente.
Aquí, calma absoluta; la escasez de luz hacía más visible el azul profundo del cielo, más intenso el fulgor de los astros. La torre de la chimenea destacaba su obscura masa sobre el espacio punteado de resplandores; las vedijas de humo, al escaparse de su boca, empañaban por unos instantes el brillo de las constelaciones. El balanceo del barco hacía pasar las estrellas de un lado a otro de los mástiles, como luciérnagas juguetonas que saltasen entre palos y cordajes.
Ojeda experimentó la sensación de paz que desciende del cielo nocturno sobre los grandes dolores. Había momentos en que deseaba llorar, lo mismo que un niño que implora perdón. «¡Teri!… ¡Teri!». Ella viviría a aquellas horas seguramente pensando en él. Tal vez estaba ya en París, y en medio de los ruidos del bulevar, en un teatro o en una fiesta, su imaginación se apartaba de lo inmediato para seguir con angustia la marcha de un buque que sólo conocía de nombre. ¡Ay, si ella supiese! ¡Si ella pudiese ver!…
Se analizaba Ojeda con una minuciosidad cruel. No era digno de la dicha que había acompañado los mejores años de su existencia. Y sin embargo, él no se creía responsable; era su alma, el sexo de su alma, completamente distinto y divergente de su sexo material. Hombre como los otros, agitado y dominado por una virilidad rápida en sus impulsos, bestia de presa capaz de atropellar y matar, lo mismo que los varones prehistóricos, cuando le perturbaba la embriaguez del deseo, reconocía sin embargo que su alma era femenil, como las de la mayor parte de los humanos. Bastaba la visión de una carne desconocida, una sonrisa, una ojeada, para que diese al olvido juramentos y compromisos.
Se insultaba fríamente, y para aminorar su culpa, incluía en esta vergüenza a todos sus semejantes. «Nos consideramos muy hombres, y tenemos un alma de cortesana. Estamos a la espera de lo que llega, crédulos y fatuos para aceptar como una fortuna la primera hembra que nos mire, ágiles y prontos para nuevos deseos, olvidando el ayer con la inconsciencia de una profesional…».
De nuevo el recuerdo de la carta con los juramentos de Sigfrido volvió a su memoria. Aquel héroe membrudo, que con la espada partía yunques y mataba dragones, tenía igualmente un alma de mujer. Apenas separado de Brunilda, la olvidaba, fijando sus ojos en otra. En cambio, ella, la femenina walkyria, era el hombre en esta asociación amorosa. Su alma varonil y fuerte pertenecía a la aristocracia de los que prolongan un amor único hasta el más alto idealismo, ennobleciendo de este modo los instintos de la carne. Era el andrógino de las remotas leyendas, hombre y mujer a un tiempo; la personificación del verdadero amor, que domina la sed de nuevos deseos, desconoce la curiosidad que inspira lo extraño y anhela confundirse con el ser que ama, hasta suprimir toda dualidad y que los dos sean eternamente uno solo.
Y Teri era así. Con su charla de pájaro y su carácter en apariencia frívolo, era el varón fuerte e inconmovible.
Expuesta a las tentaciones de otros hombres que la deseaban, no había vacilado jamás. Y él era la mujer sin voluntad, el alma débil y vulnerable a todo deseo, el instinto caprichoso que había que vigilar de cerca y tener siempre de la mano como a un niño enfermo.
Cuando juraba ser fiel con los más solemnes juramentos, poniendo por testigos el amor y la vida, nunca estaba seguro de decir verdad. Sentía la sospecha de que al día siguiente una blancura entrevista, un revoloteo de faldas, lo armonioso de una línea, el ritmo de un paso, la simple novedad de lo ignorado, podían hacerle correr fuera de su camino lo mismo que una bestia en celo. Y así era él: así la mayoría de sus semejantes. Y este animal, que, enloquecido por lo que considera amor, tiene en el momento supremo de su dicha movimientos simiescos, gesticulaciones demoníacas, zarpazos de fiera, es el más noble de la creación, el único depositario de la verdad. ¡Qué dirían de los hombres las tranquilas estrellas si alguna vez habían seguido sus actos con sus guiños luminosos!… ¡Ah, miseria!
Pasaba el tiempo sin que tuviese fuerzas para abandonar aquel banco lejos de la luz. Temía volver al ruido de abajo. Retardaba el instante de entrar en su camarote, como si de los tabiques pudieran desprenderse, saliendo a su encuentro, los recuerdos que había clavado con la fijeza de sus ojos en las horas nocturnas de melancolía.
Tres veces sonó la campana mientras él estaba allí, inmovilizado por el abatimiento, y otras tantas contestó desde lo alto del trinquete el baladro del serviola anunciando que las luces de posición seguían encendidas. Un oficial paseaba por el puente con la espalda algo encorvada y las manos en los bolsillos, deteniéndose a cada vuelta para sondear con sus ojos la obscuridad. Fernando le encontró cierto aire de monje yendo y volviendo con igual número de pasos por su claustro de acero. Junto a una luz oculta, que esparcía una tenue mancha rojiza —el resplandor de la bitácora—, estaba otro hombre, con los brazos en cruz, abarcando la rueda reguladora de la dirección del buque. Y acurrucado en su minarete, en medio de las tinieblas perforadas por luminosos parpadeos, existía el centinela invisible, el ronco cantor de las horas, espía avanzado que escrutaba los hostiles misterios de la noche y del mar.
Contemplábalos Ojeda con respeto y envidia, sumidos en su gravedad silenciosa que tenía algo de sacerdotal; insensibles a la música y los rumores de fiesta que venían de abajo; huyendo de los reflejos luminosos que esparcía el buque sobre sus costados como un halo de gloria; avanzando la cabeza en la noche para husmearla mejor; indiferentes al mundo alegre y variado que invadía las entrañas de la nave en cada viaje; sólidamente adheridos al testuz del monstruo cuya marcha guiaban, como el cornac guía al elefante montado en su frente. Eran hombres ocupados en algo más importante que balbucear deseos al paso de una hembra. La vida les había impuesto una obligación y la cumplían severamente, sin conocer arrepentimientos ni vergüenzas.
El trabajo disciplinado por la responsabilidad se le apareció como la función más noble y envidiable. Estos ermitaños del puente y de la cofa tendrían, a no dudar, su vida de pasión lo mismo que todo el mundo; conocerían el amor, que es algo indispensable para la existencia; llevarían en su alma la flor del recuerdo. Tal vez el oficial iba acompañado en sus paseos por la imagen de alguna fraulein rubia y sensible que contaba los días en un puerto anseático aguardando la vuelta del buque; tal vez los marineros contemplaban en el espejo de su rudimentaria imaginación a la compañera ventruda y mal calzada con su grupo de pequeñuelos carillenos y peliblancos.
Desde su asiento, a través del marco de una ventana, veía también al telegrafista escribiendo con la cabeza baja e interrumpiendo su escritura para escuchar el lenguaje chirriante de los aparatos. Atendía mecánicamente a otros pensamientos perdidos en la noche a una distancia de centenares de millas, y apenas terminada la conversación recuperaba su pluma. Bien podía ser que escribiese a su amada llenando el papel con versos ingenuos y simples, como la florecilla azul que apunta en el alma de toda pasión germánica.
Y al adivinar el amor en estos esclavos de la responsabilidad que velaban por la suerte del pueblo flotante, lo veía único, noble, rectilíneo, lo mismo que el deber y la disciplina que mantenían a todos en sus puestos.
Oyó pisadas en la toldilla. Una silueta avanzaba titubeante, explorando los rincones. Era Maltrana, que al reconocerlo se dirigió hacia él, lamentando su desaparición… ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no estaba abajo?… Y acompañaba sus palabras con grandes risas y cariñosos palmoteos. Fernando vio en sus ojos el brillo de una extraordinaria agitación. Al hablar esparcía su boca un vaho alcohólico.
—La gran noche, amigo Ojeda; y eso que aún estamos, como quien dice, al principio. Esos muchachos son encantadores. Tenemos concertada una pequeña reunión con varias chicas de la opereta para cuando termine el baile y se acueste la gente seria. ¿Y Nélida? Una valiente. Se ha deslizado fuera del salón, mientras emborrachaban a su hermanito los amigos de la banda. Su primer flirt, el alemán que se titula pariente y viene con ella desde Hamburgo, anda loco por todo el buque sin poder encontrarla. Yo soy el único que sabe dónde está: ¡yo lo sé todo! La he visto entrar cautelosamente en su camarote, como una gata estremecida, y llegar después de ella al barón belga… Y el otro busca que busca. ¡Lo más divertido!… Pero ¿qué tiene usted? ¿Por qué esta triste?…
Fernando experimentó un deseo egoísta de comunicar su desaliento y su amargura a este amigo regocijado.
—Soy un miserable que siente asco de sí mismo. Un verdadero miserable.
Quedó Maltrana indeciso, no sabiendo qué gesto adoptar ante una afirmación tan inesperada… Luego se encogió de hombros y volvió a reír, como si leyese en el pensamiento de Ojeda.
¡Un miserable!… ¿Y qué? Él también lo era; y todos en el buque lo eran igualmente. Y así como el viaje fuera haciéndose más largo y avanzase el Goethe la proa en los mares luminosos y cálidos, todos iban a sentirse poseídos por esta miseria que avergonzaba a Fernando… ¡Quién sabe si alguno llegaría a rugir y a andar a cuatro patas, como los libertinos de las leyendas convertidos en bestias!…
—Ya nos limpiaremos de pecados al llegar a tierra, amigo mío. Aquí debemos vivir con arreglo al ambiente. La responsabilidad no es nuestra. El culpable es ése… el gran impuro, el eterno fecundador que aún guarda en sus entrañas el secreto genésico de los primeros latidos de la vida.
Y Maltrana, borracho, señalaba el mar obscuro, increpándolo con una furia cómica… Pasaban sobre su lomo, lo arañaban cruelmente con la quilla, bien comidos, el pensamiento en reposo, los miembros en huelga, y él se vengaba de este rudo despertar enviándoles un hálito excitante que esparcía el deseo y la locura.
—¡Ah, grandísimo tentador!… ¡Galeoto con mostachos de algas!… ¡Celestina de arrugas verdes!
Por algo habían florecido en las islas mediterráneas los pueblos adoradores de Afrodita, que hicieron vibrar todas las cuerdas del arpa de la voluptuosidad; por algo se habían elevado en las costas las blancas columnatas de los santuarios de amor, con sus rebaños de cortesanas sagradas; por algo los poetas sacerdotales habían hecho nacer a Venus de la espuma de las olas.