Los argonautas

Los argonautas


IX

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Sobre las mesas elevábanse pirámides multicolores de cucuruchos con sorpresas. Tiraban de sus extremos los comensales, produciéndose un estallido fulminante, y de las envolturas surgían menudos objetos de adorno, mariposas y flores de gasa, minúsculas banderas, gorros de papel. Se ornaban los pechos de las señoras con estas chucherías brillantes; la solapa de todo smoking lucía como una condecoración la banderita nacional del portador. Cubríanse las cabezas con los gorros de papel de seda, crestas de aves, mitras asiáticas, sombreros de clown, que contrastaban grotescamente con el gesto ávido de los comilones.

Después del asado desaparecieron los camareros, y todas las luces se apagaron de golpe. Esta obscuridad absoluta provocó, luego de un silencio de sorpresa, gritos y silbidos.

Los malintencionados imitaban en las tinieblas chasquidos de besos; otros lanzaron bramidos de animales. Pero el estruendo fue de corta duración.

Sonó a lo lejos la música y brillaron en el antecomedor luces rojas y verdes, una línea de faroles llevados en alto por los camareros. Este resplandor, amortiguado por los vidrios de colores, iluminaba discretamente con luz suave. Era la «marcha de las antorchas» de toda fiesta alemana. Los pasajeros, atraídos por el ritmo de la música, empezaron a golpear a compás con sus cuchillos los platos y los vasos. Y entre este tintineo general, que casi ahogaba los sonidos de los instrumentos, desfiló la comitiva: el tambor mayor al frente de la banda; toda la servidumbre portadora de faroles; las camareras disfrazadas de floristas, y un gran número de animales, osos, perros y leones, mozos de buena fe, que sudaban bajo los forros de pieles y movían de un lado a otro sus cabezas de cartón rugiendo o ladrando. Dos hombres apoyados uno en otro marchaban invisibles bajo un caparazón que imitaba el pellejo coriáceo de un elefante, moviendo entre las mesas la trompa serpentina del monstruo y sus orejas de abanico. Otros camareros venían después, sosteniendo platos luminosos, grandes bandejas, en cuyo interior elevábanse los helados en forma de castillos, aves o chalets, todos bajo campanas de cristal de diversos colores y con una bujía en el centro.

Cerraban la marcha varias señoritas de gran sombrero y rubia cabellera suelta, que sonreían impúdicamente a los hombres enviándoles besos. Eran la escolta de honor de tres matronas de hermosos brazos y majestuoso andar, con túnicas blancas y el purpúreo gorro frigio sobre las negras y ondulosas crenchas. Se las reconocía por el color y los adornos heráldicos de sus mantos: la República del Brasil, la República de Uruguay y la República Argentina.

Esta aparición hizo circular entre los pasajeros un movimiento de sorpresa, de ansiedad, como si todos sintiesen a la vez el latigazo del deseo. ¿Dónde habían estado ocultas hasta entonces aquellas buenas mozas?…

Munster requirió sus lentes para apreciar mejor la novedad. Isidro, que afirmaba conocer a todos los del buque, se incorporó asombrado… ¿De dónde salían estas muchachas?… Eran superiores en su esbeltez fresca y dura a todas las camareras flácidas y de talle cuadrado que servían en el buque.

Pero la ojeada atrevida de una de aquellas beldades que danzaban ante las tres repúblicas y el beso que le envió con la punta de los dedos hicieron que Maltrana reconociese de pronto su rostro oculto tras los rizos ondulosos y la capa de colorete y polvos de arroz.

—¡Cristo! ¡Si es el steward de mi camarote!…

Admiró a la luz algo difusa de los faroles las formas y contoneos de estos efebos rubios de carnes blancas y depiladas, así como su facilidad para transformarse.

—Cualquiera reconoce a los mismos que por la mañana limpian los camarotes, sacuden las camas y manejan los cacharros de aguas sucias… Fíjese, Ojeda: ¿quién no se equivoca?… Ahora lo comprendo todo.

La afeminada comparsa avanzó entre las mesas, seguida del asombro de las señoras y los atrevimientos burlescos de los hombres. Algunos de éstos saltaban del requiebro a la acción, pellizcando al paso a las revoltosas señoritas, que contestaban con chillidos de miedo y pudorosos respingos.

Se inflamaron de pronto las luces del techo, huyeron máscaras y animales, como un aquelarre sorprendido por la salida del sol, y únicamente quedaron en el comedor los camareros con sus bandejas de helados, comenzando el reparto.

Ojeda había mirado varias veces a la mesa cercana, donde comía sola Mrs. Power. Estaba vestida con gran elegancia y sobre la carne pálida de su escote centelleaban varios brillantes.

—Parece preocupada —había dicho Isidro al principio de la comida—. Está sin duda de mal humor. No le mira a usted, Ojeda, como otras veces. ¿Es que ya no son amigos?…

Transcurrió la comida sin que Fernando consiguiese encontrar sus ojos con los de la norteamericana. Miraba ella a todos lados con aire distraído, y evitando poner sus ojos en la mesa cercana. Al terminar el desfile, cuando la alegría general hacía conversar a unos grupos con otros, las obsequiosidades de Munster le hicieron volver el rostro hacia los vecinos. El joyero, con una cortesía melosa, elevaba su copa de champán en honor de la señora. Maud le contestó con una inclinación de cabeza, elevando también su copa; y para no parecer desatenta, repitió el movimiento mirando a Isidro y luego a Ojeda. Ni la menor emoción en sus ojos claros y fríos. Un gesto de cortesía y nada más.

Munster, orgulloso de la amistad que le unía a aquella señora con motivo del bridge, la invitó a reanudar el juego. Antes del baile podían hacer una nueva partida en el salón de música: los esposos Lowe estaban dispuestos… Y ella movió la cabeza con expresión de cansancio. No sabía qué decir… Tal vez más tarde se decidiese a aceptar… Estaba fatigada.

Fernando miró con odio a su compañero de mesa. Pero ¿este viejo teñido por qué se interponía entre él y Maud con su maldito bridge?… Creyó ver en él cierta expresión de petulancia, el orgullo de su amistad naciente con aquella señora que hasta entonces sólo se había fijado en Ojeda… No habría bridge: lo juraba Fernando en su interior. Maud se había vestido elegantemente para asistir al baile, y no terminaría la noche sin que los dos tuviesen una explicación. Necesitaba conocer el motivo de su conducta inexplicable.

Después de la comida la vio en el jardín de invierno tomando el café con los Lowe. El señor Munster fue a su mesa para repetir la invitación, y Maud le contestó con movimientos negativos.

Experimentó Ojeda con esto la primera satisfacción de toda la noche. ¡Muy bien! Así aprendería el viejo importuno a no creerse en plena intimidad. Además se imaginó, con un optimismo inexplicable, que esta negativa era a causa de él. Tal vez Maud deseaba igualmente una entrevista, al desvanecerse su enfado inexplicable. ¡Quién sabe!…

Transcurrió una hora sin que ocurriese en el buque nada extraordinario. Abajo en el comedor retiraban los sirvientes las mesas, preparando el salón para el baile. Las máscaras paseaban por la cubierta. Sus dos calles parecían las de una ciudad en Carnaval. El señor disfrazado con el salvavidas tomaba su café tranquilamente, sin abandonar el caparazón de corcho. Maltrana predicaba sobriedad y buenas costumbres en un grupo de jóvenes. Después de las locuras de la noche anterior, había que acostarse temprano: así que terminase la fiesta. No debían abusar del pobre cuerpo.

Sonaron varios trompetazos anunciando el baile, y poco después la orquesta rompió a tocar un vals en el comedor, todavía desierto.

Corrieron las niñas, impacientes; levantáronse las madres con lentitud, como si les costase abandonar su incrustación en los almohadones; sonó un fru-fru general de faldas con lentejuelas y adornos metálicos de los disfraces.

Mrs. Power se despidió de los Lowe, pasando ante Ojeda sin dirigirle una mirada. Esta indiferencia la aceptó él como un signo favorable: era disimulo. Abandonaba a sus amigos para facilitarle la ocasión de una entrevista a solas. Sin duda iba a esperarle abajo, en el salón de baile.

Tardó algunos minutos en seguirla, queriendo imitar esta prudencia, y al fin, después de mirar a un lado y a otro, abandonó la mesa, deslizándose por la escalera cautelosamente, cual si quisiera pasar inadvertido.

En el salón daban vueltas las primeras parejas y se instalaban las familias con gran ruido de sillas desordenadas. Fernando miró a todos lados, sin alcanzar a ver la cabellera rubia de Maud. Luego examinó los grupos estacionados en el antecomedor. Nada…

Comenzaba a sentir la tristeza del desaliento, cuando de pronto hizo un gesto de satisfacción. ¡No habérsele ocurrido antes!… Ella le esperaba en su camarote; no había duda posible. Luego de mirar otra vez en torno de él para convencerse de que nadie podía espiarle, avanzó por el corredor con fingida indiferencia.

A los pocos pasos temblaba interiormente con las vacilaciones del miedo. ¡Si iría a repetirse la escena de la mañana!… Pero no; el recuerdo de la noche anterior le daba confianza. Aún no habían transcurrido veinticuatro horas, y noches como aquélla no se olvidan fácilmente. Su orgullo varonil le infundió valor. Seguramente ella se había retirado para esperarle.

La puerta del camarote estaba cerrada, y otra vez la rozó con tímido llamamiento. Veíase luz por el ojo de la cerradura y la pequeña claraboya abierta sobre el marco. A la voz interrogante que sonó al otro lado de la madera, Fernando repuso, para hacerse conocer, con una leve tos y un murmullo discreto. Era él… Hubo en el interior cierto rebullicio que indicaba cólera y sorpresa; muebles removidos, palabras masculladas en sordina, y hasta creyó percibir Ojeda un principio de juramento. ¿Cuándo iba a cesar de molestarla con sus incorrecciones?… Esta conducta no era propia de un gentleman… No lo era…

Y elevando su tono la irritada voz, dijo junto a la puerta, con acento imperativo:

—Váyase… Voy a llamar.

Sonó a lo lejos un timbre eléctrico, y él tuvo que huir, temeroso de que le sorprendiesen en su ridícula inmovilidad ante la puerta cerrada. En el pasillo se cruzó con una de las doncellas, que acudía al llamamiento disfrazada de florista tirolesa.

Marchando con la cabeza baja, sin saber adónde iba, se vio de pronto en la cubierta de paseo. Apretaba los puños, murmurando palabras iracundas. ¡Cómo se había burlado de él aquella mujer! ¡Qué vergüenza!…

Cansado de pasear por la cubierta solitaria, sentóse en un banco lejos de la luz, contemplando el Océano por encima de la borda. La negra calma de la noche serenó y puso en orden sus atropellados pensamientos.

Vio de pronto con toda claridad la conducta de Mrs. Power, que le había parecido hasta entonces inexplicable… No mentía al alabar la frialdad de su carácter, que ella llamaba «práctico», dando a tal palabra la misma solemnidad que si fuese un título de nobleza. Decía la verdad al repetir con sonrisa de orgullo que nada tenía de poetical. Era un hombre, un verdadero hombre de negocios, de los que sólo conceden a los impulsos del afecto unos minutos de su existencia; de los que tratan las necesidades de la carne como vulgares y rápidas operaciones de higiene y únicamente se acuerdan del amor cuando la abstención los martiriza, dedicándole media hora entre dos asuntos financieros, sin recuerdos y sin nostalgias. ¿Por qué había venido hasta él aquella mujer, turbando su calma?… Era indudable que Maud amaba a su manera a míster Power, como se ama a un ser inferior y hermoso, con el doble orgullo de ser admirada y ejercer el dominio de la superioridad.

La monótona existencia de a bordo, favorecedora de la tentación, las abstenciones de un largo viaje dedicado por entero a los negocios, la influencia del ambiente cálido, el hálito afrodisíaco del Océano, habían quebrantado y reblandecido la glacial serenidad de aquella mujer. Llevaba la cuenta angustiosamente de los días que aún le quedaban de navegación, como se cuentan en una plaza sitiada y sin víveres las horas que faltan para que llegue el ansiado socorro. Y al flaquear su voluntad por las influencias de un ambiente más poderoso que su energía, había puesto los ojos en Fernando, porque era el más inmediato, el más «distinguido», el hombre que entre todos los del buque tenía cierta semejanza con la lejana y seductora imagen de míster Power.

Esta dama varonil lo había tomado a él lo mismo que toman los hombres en momento de premura a una mujer de la calle. Y pasada la embriaguez, lo repelía furiosa por sus asiduidades, extrañada de su insistencia, igual que un señor que se viese perseguido por una compañera de media hora, como si el encuentro fortuito y mercenario pudiese conferir derechos. ¡Ah, miserable! ¡Con qué risa cruel y dolorosa reiría Teri si pudiese conocer esta aventura grotesca! ¡El hombre en el que creían ver sus ojos de amorosa todas las perfecciones, tratado lo mismo que un objeto que se alquila!… Y le dolió más la posibilidad de esta burla desesperada que el imaginarse a Teri entre lamentos y lágrimas.

Con una reacción enérgica de su orgullo, salió Fernando de este desaliento. Había que ser hombre y aceptar los sucesos, sin exagerar su importancia. Una simple aventura de viaje, que iba a quedar ignorada; Maud procuraría que lo ocurrido no saliese del misterio. La había prestado un buen servicio —Ojeda reía amargamente al pensar en esto—, habían sido felices unas horas, y luego se separaban como extraños, sin recuerdos y sin melancolías: lo mismo que si se hubiesen conocido a la caída de la tarde en un bulevar de París para pasar media hora juntos en un hotel y no volver a encontrarse nunca.

El despego de ella era sin duda a causa de un tardo remordimiento que había sobrevenido con la saciedad… Remordimiento, no: simple prudencia; deseo de conservarse aislada en los días que faltaban para llegar al próximo puerto. Su marido subiría al buque, y ella quería salir a su encuentro sin miedo a las maliciosas sonrisas de los pasajeros. Él había sido el escogido para el remedio en momentos de turbación y de prisa… ¿y qué derechos le daba esto? Lo mismo podía haber sido el agraciado míster Lowe o Isidro Maltrana. Ojeda, por su parte, tenía igualmente un gran amor, y le convenía olvidar lo mismo que Maud… Algo le dolía en su orgullo de hombre verse tratado así, pero era el dolor de la operación quirúrgica que extirpa el mal… ¡A vivir!

Se levantó del banco, aproximándose a las ventanas de los salones. En las barandas de una galería que comunicaba el salón de música con el comedor se habían agrupado algunas mujeres, contemplando las parejas que danzaban abajo. Eran señoras que no habían querido vestirse para la fiesta; doncellas de servicio de las pasajeras ricas, simples criadas de a bordo que aprovechaban la ausencia del mayordomo para echar un vistazo.

Ojeda vio despegarse de este grupo y atravesar el jardín de invierno, saliendo a la cubierta, una mujer vestida de obscuro, sencillamente. «¡Ah, señora Eichelberger!…».

Fernando celebraba su encuentro con Mina, como si ésta le trajese la felicidad. Estrechó entre sus dos manos la diestra que le tendía la alemana, y ella, con cierta emoción por las efusivas palabras, volvía sus ojos a todos lados, extrañándose de verle solo, creyendo que iba a aparecer repentinamente la esbelta silueta y el cigarrillo encendido de la norteamericana.

Balbuceó, como si al darse cuenta de su turbación sintiese cierta vergüenza. Daba excusas por su aspecto sencillo, cuando todas las mujeres del buque habían sacado aquella noche sus mejores trajes. Ella no había de bailar, y tampoco gustaba de permanecer sola en el salón mientras su marido jugaba en el fumadero. Por curiosidad y por aburrimiento, luego de acostar a Karl, se había asomado a aquella galería para ver el baile. ¡Vivía tan aislada!… Y con una contracción de su mano, oculta entre las de Fernando, agradeció la bondad de éste al ocuparse de ella.

Luego, su rostro fue animándose con una sonrisa pálida que pretendía ser maliciosa. Se asombraba otra vez de verle solo. Casi se había decidido a renunciar a su amistad. Pero Fernando la interrumpió:

—Todo ha terminado: se lo juro… ¡Terminado para siempre! Yo no tengo en el buque otra amiga que usted.

Y lo decía de todo corazón, contento de estar al lado de Mina, satisfecho de la ternura con que ella le contemplaba.

¡Excelente compañera!… Fernando, que creía necesario el trato con una mujer, lamentábase de no haber permanecido al lado de Mina desde el primer momento de su amistad. Ésta no le molestaba haciendo la apología de su marido; era dulce y parecía admirarle. Muy al contrario de la otra, que hasta en los momentos de mayor efusión guardaba el empaque de una dama altiva que desciende a hablar con su criado.

Además, pensaba en Teri, en su firme propósito de no envilecer la nobleza de los recuerdos con otro «crimen», pues de tal calificaba con vehemente apreciación su aventura reciente. Con Mina no arrostraba peligro alguno: la pobre estaba desengañada. El fracaso de su existencia la hacía huir de toda complicación pasional, prefiriendo una vida vegetativa y humilde. Además, parecía enferma… Era la compañera deseada para las monotonías del mar: una amistad femenil de todo reposo; y al separarse se dirían ¡adiós! llevándose cada uno el recuerdo melancólico de algo desinteresado y puro.

Habían ido a apoyarse en la borda de babor, contemplando la luna.

—Cada noche sale más pronto y es más grande —dijo Mina—. ¡Qué enorme y qué blanca!… En Europa nunca la vemos así.

Asomando a ras del Océano, era el astro una cúpula inverosímil por su amplitud. Hacía recordar el huevo fabuloso del pájaro Roc de los cuentos orientales, grandioso como un palacio. Su luz galoneaba de plata el contorno de las nubes y tendía sobre el mar un camino anchísimo e inquieto, un camino en triángulo desde el horizonte hasta los costados del buque, haciendo hervir las aguas con una ebullición pálida que repelía toda idea de calor.

Mina contemplaba la inquietud de este camino irreal cortando la obscuridad atlántica, cada vez más ancho, más luminoso, así como ascendía el astro en el horizonte.

—Se sienten deseos de marchar por él —dijo en voz baja, emocionada por la majestad de la noche—. Quisiera saltar fuera del buque y correr… correr por esa calle de plata hasta no sé dónde.

—¿Sola? —preguntó Fernando con tono de reproche.

—No; usted vendría conmigo… Con usted mejor.

Le miró un momento, y luego sus ojos volvieron hacia el mar. Estaban húmedos, como si esta contemplación agolpase las lágrimas en sus córneas. Brillaban con una luz nacarada semejante a la de la luna. De pronto, sus labios empezaron a murmurar algo como un rezo. Eran versos, versos alemanes de extremado sentimentalismo, que Ojeda entendió vagamente, adivinando el misterio de unas estrofas por el sentido de otras mejor comprendidas. La poesía ingenua del lieder pasaba por la boca de Mina con la dulzura del arroyo humilde, que parece temblar, medroso de que sus murmullos sean demasiado altos y sus estremecimientos despierten la inmóvil vegetación que lo encubre.

Se habían unido los dos, hombro con hombro, como intimidados por el ambiente religioso de la noche y el aleteo de la poesía que se agitaba en torno de ellos… Experimentaba Ojeda una sensación de descanso al lado de esta mujer infeliz; una impresión de paz y dulce anonadamiento igual a la que buscaban los antiguos libertinos, huyendo de los desengaños de la vida para reposarse como eremitas entre las gentes humildes.

—Y usted… usted que es poeta… —dijo ella interrumpiendo su recitado—. Dígame algo suyo… Debe ser muy hermoso.

Fernando se excusó. Sus versos eran en español, y ella no podía entenderlos… Pero como si experimentase la necesidad de esparcir en la noche algo que latía en su cerebro, fundiendo el misterio interior con el misterio del ambiente, comenzó a recitar versos franceses con una lentitud sacerdotal, seguido por la mirada ávida de Mina, que hacía esfuerzos para no perder la significación de una sola palabra. A veces deteníase el recitante, adivinando las incomprensiones de ella, y repetía los versos, explicándolos.

La antigua artista suspiraba con arrobamientos de admiración. La hacía estremecer esta música, en la que entraban por igual el encanto de los versos y la voz que los recitaba con rítmica melopea.

—Víctor Hugo es mi dios… —dijo de pronto Ojeda interrumpiendo su murmullo poético, como si no pudiese contener más tiempo esta declaración—. Y Beethoven también lo es.

Ella le miró con ojos suplicantes, implorando una palabra que podía unirlos con un nuevo afecto. ¿Y Wagner?… Fernando vaciló. No tenía la serenidad olímpica, la majestad simple de los divinos. Más bien parecía un taumaturgo de alma atormentada, un mágico prodigioso; pero en él se confundían la poesía del uno y la música del otro. Era el arcángel rebelde, hermoso como el fuego, que viniendo de abajo reconquistaba su divinidad.

—Sí; también es mi dios —dijo tras breve pausa.

Y reanudó el poético murmullo, mirando la inquieta llanura de plata, sintiendo en un hombro la suave pesadez de Mina, que parecía ansiosa de un apoyo.

La cubierta estaba solitaria. Todos los pasajeros permanecían en el salón de fiestas o en el fumadero. De tarde en tarde, risas, gritos y correteos en las puertas y escaleras. Eran parejas que abandonaban el baile por un momento para respirar en la cubierta. Los jóvenes se abanicaban con un papel la faz congestionada, despegándose de la carne el cuello de la camisa, reblandecido por el sudor. Ellas respiraban con ansiedad, llevándose las manos al escote, pero inmediatamente huían de esta frescura para correr al horno del salón, atraídas por un nuevo vals.

Vueltos de espaldas a la luz, Mina y Fernando se sumían en la contemplación de la noche, sin que sus miradas se buscasen, satisfechos del contacto de sus hombros, que parecían unificar en una sola vibración sus pensamientos y deseos.

Llegaba hasta sus oídos la música del baile; una música divina: vulgares danzas de moda, two-steps, o tangos, que, por la influencia del ambiente, sonaban en aquella hora de ilusiones como sinfonías de infinito idealismo. Sentían la dulce turbación de la embriaguez: una embriaguez de luz de luna, de noche serena, de poesía sentimental.

Ojeda, más frío que su compañera, percibió en su interior un cosquilleo irónico, un deseo de reírse de sí mismo, de este enternecimiento sin causa definida que se apoderaba de él. ¡Mirar la luna y decir versos como un estudiante al lado de una pobre mujer que era madre y oyendo una musiquilla vulgar a cuyos sones danzaban los seres más frívolos de aquella Arca de Noé!… ¡Cómo reiría él si con prodigioso desdoble pudiera contemplarse a sí mismo desde lejos!… Pero la emoción inexplicable era más fuerte que su rebeldía burlona, y le obligaba a permanecer inmóvil, en silencio, sin huir de aquel cuerpo que vibraba con su contacto. ¿Por qué reírse de este instante, si era de felicidad y le proporcionaba un dulce olvido?…

Al volver sus ojos hacia Mina, creyó encontrar una mujer nueva. Tal vez la poesía la había embellecido al tocarla con el ala de sus rimas; tal vez era la noche la que la transformaba, agrandando sus ojos con un brillo lunar, rellenando de nácar las angulosidades de su rostro descarnado, sustituyendo su color verdoso y enfermizo con una palidez luminosa. ¡Los ojos de animal humilde, agradecido a la caricia, que fijó ella en sus ojos al sentirse contemplada!… ¡La ruborosa confusión con que volvía la cabeza, temiendo insistir en una mirada que podía traicionarla!… Se convenció de que él no había visto hasta entonces a esta mujer, no la había comprendido, limitándose en sus conversaciones a sentir lástima de sus infortunios, como si su vida estuviera agotada y fuese igual a un árbol caído, incapaz de florecimiento…

De pronto, se vieron paseando cogidos del brazo, sin hablar, sin mirarse, pero sabiendo por mutua adivinación que la persona del uno ocupaba por entero el pensamiento del otro… Nadie en la cubierta. Sus pasos lentos resonaban lo mismo que en un claustro abandonado. Al dar la vuelta de proa, entre el salón y el balconaje de avante, donde era menos viva la luz y nadie podía verles de lejos Fernando la atrajo a él, abandonó su brazo para envolverle el talle con rudo tirón, y la besó impulsivamente, al azar, en una mejilla, en la nariz, allí donde pudieron posarse sus labios. La alemana gimió de sorpresa, de asombro, casi de miedo, como el que ve realizarse de pronto algo inverosímil con lo que ha soñado muchas veces sin esperanza alguna. Se mantuvo rígida en el brazo de él, no intentó la menor resistencia, y con un suspiro de niña que se desmaya, dejó caer la cabeza en su hombro.

Lloraba. Fernando vio los estertores de su pecho y sintió en su cuello el contacto de una lágrima. Comenzaba a arrepentirse de su brutalidad. ¡Pobre Mina!… Pero ella, protestando de esta conmiseración, giró la cabeza sobre su hombro hasta apoyar la nuca, y en tal postura, con los ojos llenos de lágrimas y sonriendo al mismo tiempo, se elevó en busca de su boca, devolviéndole las caricias con un beso largo, interminable.

No era el beso frente a frente que él había saboreado en otras mujeres, y que llamaba «beso latino». No era tampoco la caricia arrogante de arriba a abajo que había conocido en el camarote de Maud, beso de domadora, egoísta y avasallador, oprimiéndole la cabeza entre las manos crispadas para mantenerle en amorosa sumisión. Era el beso-suspiro de la germánica sentimental paseando entre los tilos, a la caída de la tarde, apoyada en el brazo de un estudiante y con un ramo de florecillas azules sobre el pecho; un beso de abajo a arriba, caricia suplicante de hembra dulzona en la que el amor se presenta acompañado de la humildad y que antes de besar desploma su cabeza como signo de servidumbre en el hombro de su dueño.

Sintió Ojeda cierto remordimiento ante este llanto. ¿Por qué lloraba?… Y ella, como si se avergonzase de su emoción, profería balbucientes excusas. No sabía por qué lloraba… Pero era tan feliz, ¡tan feliz!…

Un ruido de pasos despegó sus bocas instantáneamente, y cogiéndose del brazo, continuaron su paseo con afectada indiferencia. Alarma inútil: era un grumete que descendía por una escalera cercana.

—Volvamos al rincón de los besos —dijo él con impaciencia.

El «rincón de los besos» era la parte de proa que unía con su curva las dos calles de la cubierta. Y al volver de nuevo a este refugio, fue ella la que sin esperar los avances de Fernando descansó la cabeza en su hombro, elevando la cara en busca de su boca.

Intercalaba trémulas palabras entre beso y beso. ¡Verse en sus brazos!… Una noche había soñado lo que ahora le estaba ocurriendo. Fue a continuación de la primera tarde en que se hablaron junto al piano. Y había salido de su ensueño conmovida para siempre, con la convicción de que no se realizaría nunca, pero viéndolo a él como un hombre distinto a todos los otros del buque, sintiendo una turbación en su pecho y en sus ojos, un temblor en las piernas, una música lejana en los oídos cada vez que Fernando se aproximaba para hablarla… Luego ¡qué de penas viéndole con aquella señora tan elegante, tan altiva, que parecía burlarse de ella con los ojos!… El ensueño no se realizaría nunca; una ilusión imposible, como tantas otras de su pobre existencia… Y cuando había perdido toda esperanza, era él, ¡él!, quien avanzaba en la noche con palabras de poesía, igual a un príncipe magnífico y clemente, y la estrechaba entre sus brazos y buscaba su boca, haciéndola estremecerse como una sierva de amor. ¿Qué había en su persona para merecer esta dicha, pobre, fea, mal vestida, entre tantas mujeres bellas y felices, y arrastrando además cual una cadena su pasado de miseria?…

—¡Te amo!… —dijo Fernando, enardecido por tal humildad.

Y acompañó sus besos con un avance de las atrevidas manos en aquel cuerpo sumiso que parecía entregarse. Pero con gran asombro, la alemana se revolvió ante las caricias audaces, se despegó de sus brazos con una fuerza nerviosa que nada hacía sospechar en su cuerpo enfermizo. Parecieron surgir de pronto músculos ocultos, tendones de irresistible expansión en todos sus miembros.

—No quiero —gimió tristemente, como en presencia de algo que destruía sus ilusiones—. No quiero eso… No querré nunca.

Ojeda, ante la violencia de estos movimientos de protesta, comprendió que decía verdad. Su cuerpo se revolvía contra toda caricia que saliese de los límites del rostro, y esta repulsión vigorosa era tan brusca, que él se sintió empujado, vacilante sobre sus pies, teniendo que esforzarse para no caer.

Luego, como arrepentida de su defensa, le echaba los brazos al cuello y volvió a su gesto de sumisión, descansando la cabeza en su hombro, gimiendo con un abandono de niña enferma.

—Me haría daño… ¡Jamás! Amarnos como ahora, eso es lo que yo quiero. Estar así… siempre juntos… ¡siempre!… Seremos… ¿cómo se dice en español? Yo lo he oído muchas veces… Seremos…

Y después de largos titubeos y de fruncir las cejas con pensativo esfuerzo, encontraba la palabra.

—Seremos… novios. Eso es: novios los dos. La boca… la boca nada más… Y el alma también… novio mío.

Y al repetir con fruición la encontrada palabra, sonreía como un jardín abandonado bajo el primer sol de la primavera que llega.

Fernando, ensombrecido por esta negativa, hablaba y hablaba, sosteniendo las manos de la antigua artista entre las suyas, deseoso de inmovilizarla, de domar su resistencia, fijos los ojos en sus pupilas, cual si pretendiese vencerla con un poder de sugestión.

Su aventura con Maud había desvanecido todos los propósitos de cordura que le acompañaron al subir al buque. Sus nervios guardaban aún el recuerdo de recientes vibraciones; su carne, mal dormida, estremecíase al sentir el contacto de otra mujer. Aquella calma monacal que había reinado en el trasatlántico durante la primera semana de viaje ya no existía para él. Sabía lo que era el amor entre los blancos tabiques de un camarote, y quería continuar, fuese con quien fuese, los encuentros de pasión en una de estas cajas de madera, sonando a sus pies el abejorreo de la máquina, oyendo junto al tragaluz el chapoteo de la ola perezosa. Esta mujer venía a él, hermoseada por la noche, humilde y sumisa como una esclava de guerra… ¡tanto mejor!…

Y como si fuese su dueño, la apremiaba con mandatos, unas veces suplicantes, otras imperativos: «Ven… ven». Hablaba de la hermosura de su «cabina» en el mismo piso de los camarotes de lujo, de su techo alto, de la amplitud de su espacio, con profunda cama y anchuroso diván. Pretendía deslumbrar con estas comodidades del tugurio flotante a la pobre amiga, que iba instalada en las cámaras más profundas y obscuras, cerca de la línea de flotación. «Ven… ven». Podrían hablarse allí sin temor de ser sorprendidos; cruzar sus besos tranquilamente. Él la enseñaría libros interesantes; hablarían de sus poetas, de los grandes artistas.

Mina le escuchaba con ojos de adoración y una pálida sonrisa de miedosa incredulidad. «No… cabina, no». Por no seguir el curso de sus peticiones trémulas de deseo, le interrumpía solicitando que le indicase en español la equivalencia de ciertas palabras. Ansiaba hablar la lengua de él.

—No, querido —suspiraba respondiendo a sus súplicas—. No, mi novio… Cabina, no… Boca… boca nada más.

Y al sentir en su cuerpo el avance atrevido de unas manos huroneantes, bastábale un empujón para librarse del encierro en que la tenían los brazos de Ojeda.

Se extendió por la cubierta un ruido de pasos y de voces. Acababa de terminar el baile y la gente subía al paseo, ansiosa de frescura. ¿Cuánto tiempo llevaban allí los dos?… Mina quiso marcharse. Ocupaba con su hijo un pequeño camarote en la cubierta más honda del castillo central. En otro inmediato vivía el maestro Eichelberger, que no se retiraba hasta cerca del amanecer.

Ella iba a dormir con sus recuerdos, a soñar con Fernando. Se llevaba a su profundo refugio la felicidad de la mejor noche de su vida. Lo juraba… «Y ahora, adiós».

Todavía, aprovechando la ausencia del gentío, que al esparcirse por la cubierta no había llegado hasta ellos, se besaron por última vez con un beso largo, que la alemana prolongó cerrando los ojos, abandonándose cual si fuese a morir.

Luego se salvó de un salto, para detenerse a corta distancia. Sonreía con expresión maliciosa; levantaba una mano con el índice erguido, como una maestra que lanza su última recomendación.

—Novios, sí… Boca, sí… ¡Cabina, nooo!… ¡Cabina, malo!

Y tras estos balbuceos en español, que revelaban un miedo cómico a la «cabina», huyó apresuradamente, volviendo por dos veces la cabeza para mirar a Fernando antes de desaparecer.

Éste paseó algún tiempo por la cubierta. Sentíase al principio contento de su suerte. ¡Lástima que no estuviese allí Maud, para que se enterase de lo poco que le impresionaban sus desdenes!… Veía a la norteamericana muy lejos en sus recuerdos, casi sin corporalidad, como una imagen indecisa…

Pero al poco rato empezó a experimentar una sensación de inquietud. Su conducta reciente le molestaba lo mismo que un remordimiento. «Muy bien, don Fernando —se dijo con irónico reproche—. No tenía usted bastante con el desengaño ridículo de la otra, no le ha servido de escarmiento una aventura tan grotesca, y en el mismo día se lanza a perturbar la tranquilidad de una pobre mujer que acepta sus avances con una sensiblería de romanza y toma el amor como si estuviese en los quince años». ¡Qué gusto de complicarse la vida!… ¡Qué cordura en un hombre que marchaba a la conquista de la riqueza!… ¡Y para meterse en tales aventuras había abandonado lo que tenía en Europa!… «Don Fernando, es usted un chiquillo; el bigote que lleva en la cara lo usurpa… Acabará usted consiguiendo que se rían de su persona todos los del buque…».

A pesar de estas recriminaciones mentales, no llegaba a entristecerse. La protesta removíase en su cerebro, avergonzada e iracunda; pero el resto del cuerpo parecía satisfecho, con un regodeo de recuerdos y un estremecimiento de esperanza… Peor era la nada; pasar los días comiendo o dormitando en el sillón con un libro en las rodillas.

Al entrar en su camarote, después de media noche, sus ojos tropezaron con la imagen de Teri erguida sobre el tocador en el encierro de un marco dorado. ¡Pobre Teri! Por primera vez en todo el día pensaba en ella, sólo en ella, sin poner su recuerdo en parangón con la imagen real de otras mujeres. Este pensamiento tardío iba acompañado de remordimiento y miedo. ¡Qué diría Teri si pudiese verle!… Para evitar esta posibilidad, como si temiera que los ojos del retrato fuesen a adquirir el sentido visual, intentó volverlo de cara a la pared. ¡Lo mismo que Maud con míster Power!… Pero un escrúpulo supersticioso le contuvo. Ella estaba lejos… ¡Quién sabe lo que podría ocurrirle como un choque reflejo de este acto impío!…

Hizo sus preparativos para acostarse, huyendo la mirada del retrato. Al tenderse en el lecho y quedar en la sombra, sus temores y remordimientos se fueron aligerando, hasta no ser más que tenues nubes que se llevaba el sueño por delante con la escoba del olvido. Veía en la incoherencia de su adormilado pensamiento a los parientes del obispo incitándolo a que entrase en el baile. «Monseñor: el mar… es el mar». Veía a Maltrana apostrofando al Océano, el gran tentador: «Galeoto de mostachos de algas… Celestina de arrugas verdes». Y lo mismo que él, repetía: «Seamos miserables. Ya nos purificaremos al bajar a tierra».

Un dulce cinismo acompañó sus últimos pensamientos. La alemana… ¿por qué rehusarla?… La otra estaba lejos; nada sabría. El viaje era monótono, y había que aprovechar las ocasiones para alegrarlo. Una vez en tierra, recobraría su cordura… Había que creer en la filosofía de Maltrana. La gran cuestión era… ¡pasar el rato!… Y Fernando se durmió.

A la mañana siguiente por la mañana se encontró con Mina en la cubierta de los botes. Había dejado a su hijo en el gimnasio y fue hacia Ojeda, ruborosa y encogida, vacilando en su saludo, temiendo tal vez un cambio de carácter, un arrepentimiento, después de la noche anterior. Pero al ver que él sonreía, acariciándola con los ojos, estrechando su mano con tierna efusión, el rostro de la alemana se dilató, cual si la savia de su cuerpo se descongelase con el ardor de una nueva juventud.

Impulsada por esta alegría, quiso exteriorizar audazmente su agradecimiento. Estaban medio ocultos por el cilindro de una boca de ventilación. Mina, luego de mirar a un lado y a otro, avanzó sobre Fernando con los brazos abiertos. «Novio… novio mío». Fue un beso rápido, pero vehemente, con acometividad, distinto de los prolongados y lánguidos de la noche anterior. Luego, como si este saludo matinal los hubiera saciado por el momento, buscaron la sombra de un toldo, y sentados en dos sillones, contemplaron el Océano en dulce quietismo, mirándose sin palabras.

Fernando la examinaba a la luz del sol, gozándose con extraña crueldad en su desencanto, cada vez mayor. La luz cruda hacia resaltar todos los detalles de una belleza marchita: el rostro con leves arrugas en plena juventud, el círculo de palidez amarillenta en torno de los ojos, el rosa anémico de los labios, el tinte verdoso de la tez, que no habían conseguido borrar los extraordinarios cuidados de tocador de esta mañana. Además, el niño que iba a presentarse de un momento a otro; el marido, que estaba en su camarote roncando la cerveza de la noche; el vestidillo pobre, que ella había intentado realzar con unos encajes baratos y un ramo de violetas artificiales fijo en el talle… Todo esto daba a su nuevo amor cierto aire ridículo. Seguramente que si pasaba Mrs. Power ante ellos, no podría mantenerse en su altivez silenciosa y sonreiría irónicamente… Pero un egoísmo optimista protestaba en su interior contra tales escrúpulos.

—Podrá ser grotesca, ¿y qué?… Me divierte, y basta. El amor siempre es amor, por ridículo que parezca, y esta pobre mujer me quiere. Soy para ella la ilusión, el recuerdo de un mundo en el que vivió y al que no puede volver… Lo que importa es llevar las cosas adelante: sacar algo positivo.

Y con tortuosa astucia iba encaminando la conversación hacia donde era su deseo. Ella hablaba con los ojos perdidos en el infinito, queriendo prolongar el encanto de la noche anterior. Evitaba el mirarlo, para no sufrir una timidez que cortaba sus palabras. Hablaba como si estuviese sola, exteriorizando su pensamiento en un monólogo. ¡Dulce noche! ¡Vida fantástica de ensueños maravillosos desarrollados en la sombra!… Ella se había visto conviviendo con él en uno de aquellos países de América hacia los cuales marchaba el buque. Eichelberger no existía; había muerto, o tal vez estaba de vuelta en Europa. Y los dos existían unidos como esposos, en la libertad de un pueblo nuevo, teniendo con ellos a su hijo.

Fernando y Karl eran los dos únicos seres de este mundo que ella podía amar. Vivir para siempre entre el hombre adorado y su hijo, ¡qué inmensa dicha!… Pero no era más que un ensueño; una ilusión del viaje oceánico. Cuando saliesen de la clausura del Goethe, cada uno se iría por su lado; y aunque por una bondad de la suerte llegasen a vivir juntos, Fernando no toleraría la presencia caprichosa y enfermiza de aquel niño que no era suyo. Y ella no podía existir sin Karl.

Aceptó Ojeda con sonrisa bondadosa estos ensueños, mientras en su interior empezaba a latir la irritación de la protesta. ¿Por qué dar un ambiente de hogar burgués a un amor que todavía estaba empezando?… Para aquella walkyria de poéticos éxtasis y ojos nostálgicos, la pasión tomaba una seriedad vulgar, moldeándose con arreglo a los santos principios de la familia y el buen orden. Si continuaba en sus ensueños, iba a proponerle el amor en pantuflas al lado del fuego, ella mal peinada y con bata, cortando meticulosamente las tostadas, vigilando el hervor de la cafetera; él con una pipa enorme, leyendo gacetas y acariciando la cabeza estoposa de un niño que no era suyo… ¡Muchas gracias!

Pero se cuidó de ocultar estas impresiones internas, encaminando el diálogo amoroso hacia sus deseos. ¡Vivir juntos! También había soñado con esta felicidad en la noche anterior… Para él, la posesión era un compromiso sagrado, que le unía por siempre a una mujer, añadiendo la ternura de la gratitud al desinterés del amor. ¡El día que ella, de buena voluntad, se decidiese a hacerle feliz con algo más que sus besos…!

Mina, adivinando el término de esta fraseología, se ruborizaba, echándose atrás con instintiva conservación. No; siempre diría no. En otros tiempos, tal vez; cuando ella era joven y hermosa; cuando tenía la certeza de que podía dar felicidad y orgullo con la limosna de su cuerpo. ¡Pero ahora!…

Se daba cuenta de su ruina. Era una sombra del pasado, y si llegaba a ceder en un momento de bondad, se arrepentiría luego, viendo en Ojeda un gesto de decepción, lo mismo que si acabase de sufrir un engaño. «No, novio mío, no». Lo importante era amarse. Lo otro habría de ocurrir forzosamente cuando viviesen juntos, pero no era de más valor que cualquiera de las funciones viles que entristecen nuestra existencia. ¡Quién sabe si traería como resultado el desvanecimiento de la ilusión!… «Vivamos así… Tal vez cuanto más tarde eso que tú deseas, más tiempo durará nuestro amor».

De pronto, su conversación tuvo un testigo. Era Karl, que había abandonado el gimnasio y se mantenía de pie entre los dos, mirando a uno y a otro sin entender lo que hablaban. En su atenta inmovilidad notábase una expresión de niño viejo, un fruncimiento de cejas de persona mayor que sospecha y reflexiona. Su frente saliente, de testarudo, parecía hincharse y latir. Dejábase acariciar por la mano distraída de Fernando, pero de pronto huía de él y se arrojaba de cabeza en el regazo de la madre, permaneciendo con los brazos extendidos, cual si pretendiese ser para ella un escudo protector.

Creía olfatear un peligro, con ese instinto misterioso de los seres simples que ven en el aire cosas y amenazas completamente ocultas para las personas de razón; el sentido que hace aullar al perro en la casa donde se prepara una desgracia; el impulso que guía el revoloteo de ciertas aves sobre la vivienda a cuyas puertas llama la muerte.

Mina acariciaba la nuca de su hijo, y éste acogía la amorosa protección con un runruneo sordo, lo mismo que una bestezuela doméstica que siente disiparse su pavor. Pero el pensamiento de la madre estaba cada vez más lejos de Karl. Todo él era para Ojeda, que la devolvía a su pasado. Sus ilusiones de artista, su entusiasmo por la emoción estética, su veneración por el genio, habían reaparecido de golpe. En su amor había mucho de agradecimiento para aquel hombre, gracias al cual resurgían de entre las ruinas y los pesimismos de la decadencia sus antiguos entusiasmos de cantante. Aún creía posible la continuación de su vida pasada; menos brillante que en otros tiempos, manteniéndose en segundo término, pero con iguales satisfacciones. El engaño de su matrimonio con un artista mediocre iba a ser un paréntesis de sombra nada más. Tal vez se cumpliese el soñado destino, acabando ella por ser la compañera de un grande hombre.

Aprendería el castellano para saborear las obras de Ojeda, que indudablemente era un genio. Se lo decía su amor. Cuando viviesen juntos, entraría de puntillas en su estudio, permaneciendo detrás de él en amorosa contemplación, como una esclava. Y cada vez que terminase un verso… un beso; a cada estrofa concluida, seis, doce… una lluvia; y cuando diese fin a la obra, él la leería con su voz de oro, y ella escucharía arrodillada a sus pies adorándolo como un dios: «¡Oh, mi novio, mi Tannhauser!… ¡Poeta colosal!».

Así pasaron la mañana, fantaseando sobre el porvenir, sin poder cambiar otras caricias que algunos apretones de manos por encima de Karl, hundido entre las rodillas de su madre.

El niño sólo abandonó su enfurruñamiento al hablarle Mina en alemán de la fiesta de la tarde. Comenzaban los Olympishe Spiele con que chicos y grandes iban a celebrar durante cuatro días el paso de la línea. Y estos juegos olímpicos consistían en tragar pasteles con rapidez, llenar un tanque de patatas, enhebrar agujas, batirse a golpes de almohada, correr metidos en sacos, saltar obstáculos, y otras suertes que se repetían en todos los viajes al pasar la línea equinoccial con la exactitud de ritos religiosos.

Por la tarde iban a ser los juegos de los niños. Ojeda hizo un gesto de cansancio: prefería quedarse en su camarote. Pero Mina le miró suplicante. «Novio mío… ven». Ella había de asistir para cuidar de Karl. ¡Si Fernando estuviese cerca!… No se hablarían, no se mirarían; pero ¡sentirlo junto a ella!, ¡saber que podía verle con solo volver la cabeza!…

Y Fernando fue por la tarde a la terraza del fumadero, adornada con banderas y guirnaldas. El capitán, asistido por los «señores de la comisión», dirigía los juegos. Maltrana, agregado a ella como representante de su amigo, había acabado por usurpar el primer puesto, gritando y moviéndose más que todos los otros juntos. Él alineaba a los niños, y seguido de un marinero con una cesta, iba repartiendo entre ellos manzanas cocidas. ¡Atención! El que se la comiese antes, ganaba el premio. ¡Una… dos… tres! Y la gente reía de las grotescas contorsiones de los pequeños, abriendo las mandíbulas todo lo posible para tragar mayor cantidad de pulpa azucarada, moviendo las orejas apresuradamente con la velocidad de su masticación. Un estallido de aplausos saludaba al triunfador, mientras algunas madres corrían hacia sus hijos, inclinados en arco, para palmearles la nuca, ayudando de este modo el deglutido de la materia atragantada.

Luego, niños y niñas, cuchara en mano, corrían de un extremo a otro de la terraza para recoger sin rotura unos huevos depositados en el suelo. El ganador era el que regresaba más pronto al punto de partida. Después corrieron para recoger patatas esparcidas en la cubierta, y el que llenaba su tanque con mayor rapidez vencía a los otros.

Retiráronse los pequeños para dejar sitio a los grandes. Una fila de damas ocupó un banco, esperando cada una con una caja de fósforos en la mano. Venía corriendo hacia ellas otra fila de hombres con cigarrillos en la boca y las manos atrás. Crujían los fósforos al inflamarse, y una salva de aplausos acompañaba al primero que conseguía volver a su asiento con el cigarrillo encendido. Luego, las señoras sostenían en la mano una aguja, y los jugadores corrían para arrodillarse a sus pies, procurando con angustiosos titubeos enhebrar el hilo que llevaban en su diestra.

Comenzó a murmurar el público contra la monotonía de estos juegos.

—¡El chancho! —gritaron muchos—. ¡Que pinten el ojo al chancho!

Maltrana, como si resumiese en su persona a toda la comisión, se inclinó con el aire bondadoso de un buen príncipe. ¡Ya que el honorable Senado lo reclamaba con tanta insistencia!…

Pidió una tiza el primer oficial, y con la rapidez de una larga costumbre, dibujó en el suelo el contorno de un cerdo panzudo. Las señoras debían avanzar con los ojos vendados, trazando a tientas el ojo que faltaba en la cabeza del animal.

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