Los argonautas

Los argonautas


IX

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El «digno representante de la comisión», título que se daba a sí mismo Maltrana, se apresuró a encargarse de vendar los ojos de las jugadoras y dirigir sus pasos, disputando este honor a ciertos intrusos que intentaban despojarle del cargo, adivinando sus ventajas. Con una servilleta enrollada cubría los ojos de las señoras, indicábalas el número de pasos que las separaba del dibujo, y cogiéndolas luego de un brazo les hacía dar vueltas para desorientarlas. Avanzaban titubeantes las jugadoras, y al agacharse, trazando una cruz en el suelo, que equivalía al ojo, un estrépito de carcajadas y aplausos irónicos acogía su obra. El tal ojo quedaba a larga distancia de su sitio natural, o, cuando más, caía grotescamente en el vientre o el rabo.

Isidro seguía imperturbable, manoseando hermosos brazos con aire paternal, guiando los bustos perfumados con protectora suavidad. Al sorprender la mirada de Fernando fija en él maliciosamente, le contestó con un leve guiño. «Sí; el cargo no era malo… Puramente platónico, pero algo es algo».

Permaneció Ojeda toda la tarde cerca de Mina, contemplando estos juegos que parecían volverlos a todos a las alegrías de los primeros años.

Ella le miraba con el rabillo de un ojo, agradeciendo su permanencia como una prueba de amor.

Mrs. Power, al aparecer por breve rato en esta parte del buque, no tardó en adivinar la oculta relación entre los dos, a pesar de su afectada indiferencia. Este descubrimiento pareció devolverle la tranquilidad. Ya no la molestaría su antiguo amigo. Y hasta se atrevió a sonreírle irónicamente, cual si le felicitase por su nueva conquista. Luego desapareció, siguiendo a los Lowe y a Munster, que la invitaban a continuar el bridge.

A la caída de la tarde se encontraron Ojeda y Mina en la última toldilla, sobre la cubierta de los botes. Ella quería ver a su lado la puesta del sol. Desde la línea equinoccial a las costas del Brasil, eran los atardeceres más hermosos de todo el viaje.

El cielo límpido tenía el color violeta del crepúsculo. A ras del agua aparecían esparcidas algunas nubes blancas de caprichosos perfiles. El sol se había hundido tras de ellas, coloreando el horizonte de un rojo cegador que poco a poco iba palideciendo. Sobre este fondo de oro se recortaban las nubes tomando el contorno de formas humanas.

Mina se extasiaba en su contemplación. Eran ángeles grandes, ángeles blancos que marchaban sobre un camino azul por un paisaje de oro. Uno llevaba en sus manos una arquilla, otro una copa, otro un lienzo. Los reflejos del sol en sus cimas tenían el brillo de luengas cabelleras rubias; los sueltos jirones de vapor eran ondulaciones de albas túnicas removidas por el solemne paso. Y Ojeda, sugestionado por esta interpretación y por las raras formas que engendraba el crepúsculo, veía igualmente una teoría angélica sobre un fondo de oro, semejante a los desfiles de santos en los mosaicos bizantinos.

Iba extinguiéndose la luz, y con la sombra naciente y la disolución de los vapores desleídos en el crepúsculo se borraron poco a poco las celestes figuras. Mina, dominada por la emoción del atardecer, sentía el pecho oprimido. En sus ojos había lágrimas. «¡Ángeles, adiós!». Sólo se habían mostrado por unos instantes, como las visiones de felicidad que rasgan el lienzo gris de nuestra vida. Ellos se marchaban, se perdían en el infinito, lo mismo que ella desaparecería, tal vez muy pronto, tragada por la sombra.

Apoyaba su pecho en el de Fernando, ponía la cabeza en su hombro, indiferente a que alguien pudiese sorprenderlos, creyéndose sola con él en medio del Océano. Suspiraba lacrimosamente, como si la noche que venía pudiese traerle la desgracia… Ojeda se impacientó. Muy hermosa la puesta del sol, pero él no podía comprender tanta sensibilidad.

Ella siguió suspirando. «¡Oh, novio! ¡Siempre!… ¡Vivir siempre juntos; más allá de la vida; más allá de la muerte!…». Recordaba el último abrazo del caballero Tristán y la hermosa reina Iseo; una caricia eterna, infinita, que el gran mago no había envuelto en el misterio de su música estremecedora. Luego de beber el filtro de amor, el encantamiento de ellos no duraba años, no duraba una existencia entera: su poder iba más allá de la muerte… Y cuando después del trágico fin quedaban acostados para siempre, cada uno en su tumba de piedra, a la sombra de un monasterio, un zarzal nacido de los restos de Tristán crecía en una sola noche, cubriéndose de flores y de pájaros, y abarcaba las dos sepulturas con abrazo tenaz. Se engrosaba y retorcía como una serpiente negra y nudosa, haciendo estallar el mármol, y al fin su empuje aproximaba y juntaba a los dos amantes, haciendo que sus cadáveres, separados por los crepúsculos de los hombres, se consumiesen unidos en un abrazo eterno que proclamaba la majestad del amor, más fuerte que la vida… más fuerte que la muerte…

Un grito infantil interrumpió a Mina. Era Karl que la buscaba por la cubierta de los botes. Hacía mucho tiempo que el clarín había lanzado la llamada al comedor, sin que ellos lo oyesen. El maestro Eichelberger, cansado de esperar, se había sentado a la mesa, enviando al niño en busca de su madre por todas las cubiertas. Mina huyó. «Hasta la noche… novio».

Pero la entrevista de la noche fue menos cordial. Se mostró Ojeda malhumorado por la resistencia de Mina. En vano, aprovechando la escasez de paseantes después de terminado el concierto, iban los dos hacia «el rincón de los besos». Inútilmente permanecía ella con la cabeza en su hombro, prendida de su boca en una caricia prolongada, interminable, entornando los ojos. Él deseaba algo más. Creía ridícula esta situación. No encontraba sabor a unos transportes amorosos faltos ya de novedad.

Se separaron fríamente: ella cabizbaja, triste, cerrando los ojos, haciendo esfuerzos para no llorar; él enfurruñado, sardónico, como un hombre que se indigna al verse defraudado en sus esperanzas.

Antes de dormir, Ojeda exhaló toda su cólera.

—¡Si cree esa ilusa que voy a perder el tiempo cerca de ella como un enamorado romántico!… «Boca, sí; cabina, no…». ¡Que vaya al diablo si no quiere pasar de eso!… De mí no se burla ya nadie a bordo… Bastante he dado que reír.

A la mañana siguiente se encontraron otra vez en la cubierta de los botes, pero su entrevista no fue de mejores resultados. Mina lloró. Lo que deseaba Fernando era imposible. ¿Por qué empeñarse en romper el encanto de sus relaciones con algo brutal que traería forzosamente una separación? En otros tiempos, ¡tal vez!… cuando era hermosa. Pero ahora se daba cuenta de lo lamentable que podía ser la impresión del hombre que la poseyese. Desengaño; sorda cólera al ver que la realidad era muy distinta de la ilusión; seguramente olvido. «No, novio mío… no».

Después del almuerzo, Fernando no quiso buscarla. En vano pasó Mina repetidas veces ante una ventana del jardín de invierno junto a la cual tomaban café Ojeda y su amigo. Mostraba él un visible deseo de no reparar en los paseantes.

Luego, al reanudarse los juegos en la terraza del fumadero, la alemana lo encontró a corta distancia; pero fingía no verla, apartando los ojos cada vez que los suyos iban hacia él. «¡Dios mío!, ¡y era posible que sus amores terminasen así!…». Hubo de hacer esfuerzos para no llorar… ¡Y todo por las negativas de ella, por la terquedad infantil de él, que ansiaba su posesión como si pidiese un juguete!…

Sopló una brisa helada del lado de popa que hizo estremecer a las damas, vestidas ligeramente. Mina tosió, llevándose las manos a los brazos y al pecho, casi desnudos, sin otro abrigo que el calado sutil de una blusa blanca. La súbita frescura le hizo imitar a algunas señoras que iban a sus camarotes en busca de un abrigo.

Cuando estuvo abajo, en el corredor, iluminado en plena tarde como un pasillo subterráneo, experimentó la inquietud del que cree percibir a sus espaldas unos pasos invisibles.

No había nadie en esta calle profunda del buque, envuelta a todas horas en densa penumbra. Adivinábase que todos los camarotes estaban desiertos. Hasta los criados debían andar por arriba viendo los juegos. ¡Si Fernando apareciese de pronto!… Esta idea la hizo temblar con estremecimientos de miedo y de dulce inquietud, segura de que si él se presentaba su caída era inevitable, convencida de antemano de la flojedad de su resistencia.

Y él apareció, sin que ella, avisada por su presentimiento, mostrase gran sorpresa. Giraba la llave bajo su mano, abríase la puerta de su camarote, cuando le vio avanzar con pasos quedos, que el tapiz del corredor hacía aún menos ruidosos.

Mina se detuvo, llevándose una mano al pecho, conmovida de pavor y de sorpresa. Pero esta impresión duró poco. Se acordaba de que minutos antes había dado por perdido el amor de Fernando. ¡No hablarle más!… ¡Ver sus ojos fijos en otra!…

—¡Mi novio!… ¡mi poeta!

Había caído en sus brazos, se colgaba de sus labios en un beso largo de ruidosa aspiración.

Luego se apartó bruscamente, como si la poseyese otra vez el miedo.

—Márchate… Podrían vernos.

Había entrado en su camarote, estaba al otro lado de la puerta, pero la mantenía a medio cerrar para verle un momento más, acariciándolo con su sonrisa y sus ojos.

Cuando quiso cerrar, no pudo. Una rodilla de Fernando, un codo, se apoyaban en la madera empujándola contra Mina, que oponía el obstáculo de todo su cuerpo. Y en esta situación, pugnando él por abrir y ella por cerrar, hablaron los dos en voz queda, temblona, cortada por estremecimientos de fiebre, como si estuviesen concertando algo penable en el obscuro misterio de este pasadizo a flor de agua.

Él suplicaba… «Déjame entrar… déjame entrar». Con la cobarde mentira del deseo llevábase una mano al corazón jurando la nobleza de sus intenciones. Podía estar tranquila; no pensaba hacer nada contra su voluntad: lo que ella quisiera y nada más… Deseaba penetrar en su camarote solamente para estrecharla en sus brazos sin miedo a verse sorprendidos por inoportunos transeúntes, para besarla hasta la hartura sin la zozobra que despiertan unos pasos que se aproximan. Debía tener fe en su palabra.

—No… no —gemía ella pugnando por cerrar, sin que la puerta obedeciese a la presión de sus manos y rodillas.

Ojeda insistió. «Déjame que entre…». Nada intentaría contra su voluntad. Daba su palabra de honor… Y en la confusión de su excitado deseo, sin saber ciertamente lo que decía, sin darse cuenta de lo grotesco de sus juramentos, buscó nuevos testigos, nuevos fiadores… Prometía respetarla por lo que amara ella más en el mundo, por todo lo que venerase él con mayor admiración.

—Te lo juro… ¡por Wagner! Te lo juro… ¡por Víctor Hugo!

Fue cediendo la puerta lentamente, como si estas palabras fuesen de un poder mágico. La presión exterior, cada vez más enérgica, la ayudó a girar sobre sus goznes, arrollando las últimas resistencias de Mina.

Y luego de quedar abierta se cerró de golpe, dejando en absoluta soledad la penumbra del corredor.

¡Pobre Wagner!… ¡Pobre Víctor Hugo!…

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