Lo que la marea esconde
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¡Lo que realmente importa es que haya muchos cadáveres! Si acaso decae la acción, un poco de sangre vuelve a reanimar.
AGATHA CHRISTIE,
Cartas sobre la mesa (1936)
Suele suceder que quienes viven en lugares extraordinarios apenas aprecian la belleza callada que los rodea. Se comportan como seres ajenos a su fortuna existencial, de la que con frecuencia solo se dan cuenta cuando más tarde deben habitar lugares más inhóspitos.
La primera vez que Valentina había visto Santander, recién llegada de su histórico y bello Santiago de Compostela, en Galicia, le había asombrado el contrapunto tan fuerte entre los dos colores principales de aquella tierra: el azul del mar, presente por todas partes, rodeando la ciudad; y después, el verde de los prados, extensos y tremendos, a apenas unos minutos del núcleo urbano. Aquel contraste se desparramaba con asombrosa armonía en una ciudad que se elevaba en progresivas cuestas sobre el mar, como si la urbe fuese un ente vivo con conciencia propia, un ser que se hubiese diseñado a sí mismo siguiendo aquel orden solo por asomarse mejor a la bahía. La teniente Redondo también había comenzado a desdibujar su aprecio por aquella belleza, que hacía tiempo que le pasaba desapercibida. Ahora, dejando el mar a su margen derecho y estando sentada en el asiento del copiloto del coche, solo estaba concentrada en atender al teléfono al capitán Caruso, mientras el sargento Riveiro, tal y como había hecho Sabadelle el día anterior, conducía hasta la finca de Mataleñas. Sucesivas curvas en ascenso eran dejadas atrás progresivamente, y no había más paisaje que la voz del capitán, que estaba prácticamente histérico.
—¿Aún no habéis llegado? ¿Pero cómo va a ser esto, Redondo, cómo va a ser? ¡Que vamos a cadáver por día, joder! Si es que esto ya es el súmmum de los colmos, ¡si es que todo me tiene que pasar a mí! ¿Tú sabes la que hay liada con la prensa?
Valentina entornó los ojos. ¿Todo le pasaba a él? Aún no lo había visto salir del despacho para hacer nada en relación con aquel caso. Era cierto que lidiar con los medios de comunicación resultaba con frecuencia muy cansado, porque había que estar completamente alerta: cualquier frase sacada de contexto podía convertirse en un jugoso titular, por lo que la cautela resultaba imprescindible, pero a la teniente le habría gustado poder colgar el teléfono a su superior sin tener que soportar todas sus quejas. ¿Acaso podía ella hacer más de lo que estaba haciendo? Su Sección de Homicidios no solo había seguido estrictamente el protocolo de actuación, sino que lo había superado, poniendo en marcha todas las líneas de investigación factibles.
—Capitán, estamos haciendo todo lo posible para…
—No, no, ¡todo lo posible no! Porque mira, Redondo, un puto cadáver por día no es hacer todo lo posible, ¿me explico?
—Nos han dicho que parece muerte natural, capitán. La madre de Judith Pombo era de edad avanzada, y el disgusto por el fallecimiento de su hija pudo tranquilamente haber hecho que…
—Que sí, coño, que no soy tonto. Pero esto me lo confirmas, ¿eh? La comisión judicial al completo aún no está allí, pero me han dicho que el forense ya ha llegado y quiero tener todo bien claro en una hora como máximo, ¿estamos?
—No sé qué forense estará, capitán —dudó Valentina, armándose de paciencia—, pero sería extraordinario que en el levantamiento se nos asegurase ya la causa de la muerte sin ningún género de duda.
—Asegurar, esos nunca aseguran nada —reconoció el capitán, refiriéndose a los forenses; por su tono, Valentina apreció que parecía estar comenzando a tranquilizarse—, pero apuntar siempre apuntan, ¿eh, Redondo? Y yo quiero tener algo que apuntar como indiciario, como máxima probabilidad… Y si la causa por la que ha palmado la vieja es natural, mejor que mejor. Un drama menos.
—Por supuesto, capitán.
—No me des la razón como a los locos, joder.
—Señor, yo no…
Él suspiró, abrumado por la situación.
—Ya sé que no, Redondo. Pero con el rey aquí resulta que tenemos el triple de medios acreditados en la ciudad, ¿entiendes? Y ni noticias deportivas ni hostias, ahora todos hablan del asesino en serie del tenis.
—¿Qué? —La pregunta de Valentina sonó casi como una exclamación—. Pero si en ningún momento hemos estudiado la posibilidad de un criminal en serie, no se cumple ninguno de los perfiles que…
—Eso es —la interrumpió él—, no se cumple el perfil de un asesino en serie, pero a esta gente le da lo mismo. ¿Ves contra lo que tengo que lidiar? —El capitán respiró profundamente, y el sonido del aire saliendo de sus pulmones se escuchó claramente al otro lado del teléfono—. A ver, ¿ya estás en Mataleñas?
—Llegaré en menos de un minuto, capitán.
—Bien, pues cuando tengas algo me llamas. De inmediato, ¿estamos?
—Estamos.
Cuando colgó, Valentina cruzó una mirada con Riveiro, que le hizo una señal de resignado compañerismo.
—Vaya día nos espera —dijo él, volviendo a atender hacia la carretera.
—Ya.
Valentina miró al teléfono, como si dentro del aparato se guardase alguna respuesta.
—Voy a volver a llamar al hospital, a ver si ya me dicen algo de Oliver. Solo por confirmar que no fue envenenado.
—Claro.
En el tono de Riveiro la teniente pudo apreciar claramente una suave ironía, un reconocimiento tácito a que sí, a que aceptaba aquel juego de que ella solo se interesaba por la salud del inglés en lo estrictamente vinculado y relativo a aquel caso.
En realidad, ya habían telefoneado al hospital desde la Comandancia, pero solo habían podido confirmarles que finalmente Oliver había pasado por quirófano aquella noche y que estaba fuera de peligro, sin que pudiesen facilitarles más información si no lo autorizaba el médico, que estaba entonces en plena operación de urgencia. Al parecer, el accidente de autobús de la noche anterior no solo había dejado dos muertos, sino también un montón de heridos de diversa consideración que había sido necesario atender a contrarreloj, y en el hospital estaban completamente saturados. Valentina había vuelto a llamar a Clara Múgica para lograr información más detallada, pues al ser familiar de Oliver posiblemente pudiese acceder a algún dato adicional, pero el teléfono de la forense permanecía desconectado. Aquella desconexión no resultaba inusual, porque tras una noche de guardia agotadora como la que sin duda habría tenido que vivir, en aquellos momentos de la mañana la forense todavía debía de estar durmiendo.
Valentina, sin guardar ya apenas esperanza de que la atendiesen, marcó de nuevo el teléfono del hospital, y como si por fin lograse un milagroso golpe de suerte, le trasladaron la llamada al responsable en solo unos segundos. Mientras ella escuchaba, a Riveiro no le pasaron por alto sus gestos solapados de sorpresa y alivio. Fuera lo que fuese lo que le había sucedido a Oliver Gordon, no parecía tener nada que ver con el cianuro mortal que había eliminado del juego a la secretaria del club de tenis. La teniente colgó dando repetidas veces las gracias, y su rostro recobró algo de color.
—¿Y bien?
—No te lo vas a creer.
—Seguro que no —sonrió el sargento, poniendo ya el intermitente a la derecha para entrar en la magnífica finca de Mataleñas.
—Apendicitis. El muy idiota tenía apendicitis aguda —dijo ella, negando con el gesto, todavía incrédula.
—Joder, ¿en serio? —La sonrisa de Riveiro mostraba que él también estaba aliviado—. Qué cabrón. Solo a él podía ocurrírsele sufrir un ataque de apendicitis en el escenario de un crimen. Y nosotros considerando el envenenamiento…
El sargento terminó de aparcar el coche y le dio un suave codazo a Valentina.
—Qué bien, ¿no?
—Sí —se limitó a reconocer ella, incapaz de enmascarar una sonrisa—. Aunque va a estar ingresado unos días, pero me ha asegurado el médico que está bien.
El sargento la miró fijamente durante un par de segundos.
—Recuerda lo que te dije. El dolor permanece, pero no debes dejar que se te pudra dentro. Ese chico te quiere un montón, deberías reconsiderar que…
—Lo único que debo considerar es que sea feliz —le cortó ella—, y te aseguro que eso hago.
Valentina lo dijo con un tono calmado y consecuente, con cordialidad serena y sin mostrarse a la defensiva, como si aquella verdad fuese irremediable y ni siquiera ella misma pudiese ya cuestionarla. No era fácil de explicar, pero su sentimiento de que Oliver estaría mejor sin ella, sin su oscuridad, era ya una convicción y algo a lo que aferrarse. Solo era cuestión de tiempo que él terminase por olvidarla. Sin apenas darse cuenta, materializó sus palabras en voz alta.
—Es solo cuestión de tiempo. Me olvidará y comenzará de cero. Es lo mejor.
—Creo que no funciona así —negó el sargento, mirándola fijamente con su eterno gesto templado—. ¿O tú también lo olvidarás todo?
La teniente le sostuvo la mirada unos instantes, pero no contestó. Se limitó a salir del coche. El sargento, viendo que ella no le daba opción a decir nada más, hizo lo propio. Tuvo la sensación de que había dado con un argumento con el que ella no había contado, y que debilitaba su posición. Si estaba tan convencida de que Oliver podría empezar de cero, dejar atrás la tristeza, ¿por qué no iba ella a poder hacerlo? ¿Acaso unos olvidaban y otros no? ¿O quizás ella consideraba que su dolor era más oscuro, profundo e irremediable que el de los demás, pobres mortales? Valentina se dio cuenta de todo lo que englobaba el sencillo comentario de Riveiro y tragó saliva. No, no podía hablar del asunto en aquel momento. Era demasiado complicado. Miró a su alrededor y observó la cantidad de coches aparcados dentro de la finca de Mataleñas, y no pudo evitar pensar que aquella multitud, sin duda, debía de ser parte de esa extraña orquesta de vida y condolencias que, con frecuencia, sucede justo después de la muerte.
Julián Ramos observaba entrenar a su hijo en la Real Sociedad de Tenis de Santander con evidente preocupación. Pablo no había descansado lo suficiente desde la noche anterior, en que había llegado a casa contando lo que había sucedido en el Palacio de la Magdalena con la secretaria del club de tenis. Otro crimen. ¿No debería un padre intuir cuándo un hijo se encuentra en peligro? ¿Acaso sus energías, su carne y su alma no deberían estar siempre conectadas? A Julián le había resultado hasta extraño que él y su esposa hubiesen estado en casa viendo la televisión, tan tranquilos, mientras su hijo coincidía en una fiesta al lado de un asesino.
Cuando Pablo les había contado que parecía probable que Margarita Rodríguez hubiese sido envenenada, tanto él como su mujer se escandalizaron. Quienquiera que hubiera sido el responsable, también podría haber matado a su hijo. Su único hijo, que tantas atenciones requería. Al que había dejado su pareja cuando se había quedado paralítico, sin que hubiese vuelto a tener ninguna relación. Ninguna que ellos supiesen, al menos. Un hijo que, al principio, había coqueteado con la idea del suicidio. Él lo sabía. Un hijo que nunca les había dado un disgusto, que siempre había sido atento y considerado y, sobre todo, buena persona. Que ahora vivía solo en un apartamento en Barcelona, únicamente para poder dedicarse a algo en lo que sí se sentía válido y realizado. Él solo, tan lejos de casa. Ah, ¡si al menos aquella horrible Judith hubiese colaborado en los proyectos de Pablo! En ese caso, estaba convencido, su hijo habría podido regresar a Santander. Desde luego, Julián Ramos nunca lamentaría la muerte de Judith Pombo, y jugaba con la idea de que, por perversa que fuese la persona que la sustituyese, desde luego tendría más corazón y colaboraría con los planes de su hijo, que lo podrían traer de vuelta a Santander, a su hogar.
—Es increíble el revés que tiene su hijo, hay que reconocérselo.
Julián miró a su espalda buscando la voz que había hecho un cumplido a Pablo, que seguía practicando con su entrenador en la pista. Le sorprendió ver de nuevo a Basil Rallis, que otra vez llevaba gafas de sol y visera, en un intento inútil por pasar desapercibido.
—Gracias —contestó Julián, acercándose.
El contraste entre ambos hombres se hizo patente cuando Julián llegó a la altura de Rallis, mucho más alto y fornido.
—No sabía que aún estaba en la ciudad.
—Sí, mi avión no sale hasta esta tarde. Además, me han llamado de la Guardia Civil para volver a hablar conmigo, por lo que sucedió ayer con la secretaria del club, ya sabe.
—Sí, algo horrible.
—Si llego a saber que las jornadas de tenis iban a ser así, me habría hecho un puto seguro de vida —dijo Rallis, riéndose al instante de su propia ocurrencia—. ¿Y su hijo, no regresa también a Barcelona?
—Ah, no… Pablo va a aprovechar para pasar aquí lo que queda de semana, con nosotros… Entrenando, por supuesto.
—Es increíble que viviendo en la misma ciudad, y colaborando los dos con la Federación, nunca hubiera coincidido más de un par de minutos con él… —observó Rallis—. Me ha sorprendido cuando lo he visto entrenar. Es muy bueno —apreció el jugador con gesto sincero.
Su comentario llenó de orgullo a Julián, que cuando había conocido el día anterior al famoso Basil Rallis no se había llevado muy buena impresión; sin embargo, ahora comenzaba a considerar que quizás aquel no fuese tan mal tipo.
De pronto, Pablo se dio cuenta de quién estaba hablando con su padre, y se acercó a saludar.
—Vaya, señor Rallis, ¡buenos días!
—Buenos días, muchacho. Le estaba diciendo a tu padre que tienes un revés que es una puta maravilla.
—Oh, gracias —replicó el joven, riendo—. Viniendo de usted es todo un elogio.
—Reconozco que hasta ahora no le había prestado mucha atención al juego en silla, pero me has sorprendido, chico… Y tutéame, que todavía no soy un maldito carcamal —dijo, guiñándole un ojo—. ¿Ya has terminado el entrenamiento?
El joven se secó el sudor y con el gesto se peinó el cabello oscuro hacia atrás.
—Se supone que me quedan unos minutos, pero la verdad es que estoy hecho polvo… Estos días han sido raros, y más con lo que sucedió ayer —añadió con gesto de gravedad—. Primero lo de Judith y ahora lo de Margarita… No sé, es una locura.
—Sí —reconoció Rallis, que matizó su mirada con un brillo malicioso—, se nos están muriendo mujeres en este club por encima de nuestras posibilidades.
Pablo sonrió, más por la malicia del veterano que por la broma, ante la que su padre se había quedado tieso, sin saber qué decir. Rallis volvió a hablar, ahora en un tono más confidente.
—Verás, muchacho. Yo también he estado un poco sobrepasado con tanta defunción, desde luego inapropiada —se atrevió a comentar, manteniendo inalterable su tono mordaz—, pero hoy he venido aquí por otro motivo.
El joven alzó las cejas.
—¿Porque tenías la mañana libre y nada que hacer? —le preguntó, tuteándolo por fin y siguiendo el estilo cáustico del veterano.
—Un poco sí —replicó él, riéndose—, pero sobre todo porque creo que puedo ayudarte, chico. He decidido hablar en la Federación sobre tus proyectos para el juego en silla de ruedas… Ya sabes, los que me comentaste ayer en la fiesta, justo antes de que le sucediese eso a… En fin, antes de que muriese la pobre Margarita. Creo que no solamente son ideas interesantes, con potencial, sino que tienen mercado, ¿entiendes? Rentabilidad, chico, ¡rentabilidad! Aquí mismo podrías montar una fundación para el juego en silla, como me comentaste. Podríamos hablar de los detalles, pero con calma, ¿eh? Cuando regreses a Barcelona.
El rostro del joven, asombrado, se iluminó. No podía creer lo que escuchaba. ¡Sus ideas y proyectos le gustaban a una leyenda del tenis como Basil Rallis! Sin dudarlo, avisó a su entrenador para que se acercase, y le pidió al veterano que lo esperase unos instantes mientras se cambiaba para tomar algo juntos y hablar con calma. Pablo, completamente emocionado y nervioso, miró a su padre con una sonrisa amplia y rotunda, feliz. Y Julián Ramos no fue capaz de decir nada, pero sintió que todo su esfuerzo había valido la pena, que todavía cabía la esperanza.
El subteniente Santiago Sabadelle se sentía acalorado. Era verdad que tenía sobrepeso y que se había dicho a sí mismo que debería comenzar a hacer ejercicio, pero lo cierto era que él nunca había visto a nadie haciendo flexiones y manteniendo a la vez una expresión de felicidad en la cara, de modo que la idea no le resultaba nada atractiva. Pero que estuviese colorado no obedecía a un esfuerzo físico que hubiese terminado de realizar, sino al apuro de la llamada que la teniente le había solicitado que realizase a Inglaterra. ¿Por qué demonios no habría llamado ella misma, que hablaba inglés perfectamente? Seguro que lo había hecho por fastidiarlo, por ponerlo en evidencia. Y mira que él había sido considerado con su discreción ante su próxima paternidad.
Sabadelle se secó el sudor de la frente y se encerró en el despacho de Valentina para hacer la llamada, siendo plenamente consciente de las risitas y conspiraciones del resto de los miembros del equipo, que lo habían visto entrar. Y analizándolo todo un poco, ¿por qué demonios él no tenía despacho propio? ¿Por qué tenían todos que trabajar en una zona abierta salvo Valentina? Aquella idea de que abriendo el espacio se potenciaba mejor la comunicación entre compañeros no era más que una tontería barata y pretendidamente moderna. El subteniente resopló de forma fuerte y ruda, y justo antes de llamar buscó en internet algunas palabras clave para su conversación. Bendito traductor de Google. Por supuesto, él tenía conocimientos de inglés, pero quizás los hubiese exagerado un poco al entrar en el cuerpo. Por fin, se decidió a marcar el largo número de teléfono.
—Hello?… Yes. I phone you from Spain… Yes, Spain. From Guardia Civil… ¿Eh? Police, police… That’s right. I want you to speak. You and me… Eeeh, no, I speak. About Judith Pombo… She is died. Yes, died. Absolutely died. She was this week in ITF… We want to know if something happens. What? Something bad… Ah, yes, yes… Sorry? Yes, yes… thank you!
Sabadelle colgó el teléfono y se estiró en la silla de Valentina. Procuró dejar todo tal y como lo había encontrado, sabiendo de la obsesión de ella por el control y el orden. Salió del despacho y se dirigió directamente a Marta Torres.
—Bueno, ¡ya está, ya hablé con la ITF de Londres! Muy amables, ¿eh? Que vamos, que es normal, porque los ingleses ya se sabe que son de trato muy educado, todo plises y todo cenquius… Pero en fin, que tú sabías inglés, ¿no, Martita?
—¿Qué? —Ella enarcó las cejas—. Sí, estoy en cuarto curso de la Escuela Oficial de Idiomas.
—Ah, pues fenomenal, así repasas la gramática. Esto no se lo confiaría a cualquiera, ¿eh? Pero mira, que me dicen en la ITF que por favor les enviemos lo que queremos por escrito para pasárselo al responsable, porque, claro, ahora mismo no estaba y no va a contarnos nada la telefonista así como así, porque no puede identificarnos y porque no tendrá ni idea… Que imagino yo que también tendrán su política de protección de datos…
—Sabadelle —le atajó ella—, tengo que preparar las peticiones de oficios para el juzgado, y ahora estaba a punto de llamar al Servicio de Criminalística, porque Valentina fue muy clara cuando dijo que…
—¡Por supuesto, mujer! Llamo yo a Salvador del SECRIM, que somos amigos. Te hago el favor. Y tú mientras mándale el correo a la Federación de Tenis; con todos nuestros datos identificativos, escudo, firma y tal, ¿de acuerdo? Es que yo hablando en inglés me manejo perfectamente, pero de mamarrachadas de gramática no entiendo… Y así ya nos contestan por escrito, que hay que ser listo y pedir las cosas por escrito, ¿eh, chavales? —preguntó, alzando la voz y mirando hacia Camargo y Zubizarreta—, porque las palabras se las lleva el viento, y nosotros necesitamos pruebas, ¡pruebas!
Sabadelle palmeó con las manos, apremiando a la acción.
—Bueno, venga, que os voy a buscar a todos un café y vuelvo, ¿eh? Pero no os acostumbréis, ¿eh, chavales?
Y salió chasqueando la lengua, aliviado de haberse librado de aquella horrible tarea que le había encomendado Valentina. En realidad, la joven que le había atendido en la sede de la ITF de Londres se había puesto a dar grititos de angustia cuando él le había dicho que Judith Pombo estaba muerta, por lo que resultaba evidente que la noticia todavía no había llegado a Reino Unido hasta aquel preciso instante y gracias a su llamada; el hecho de que ella le hubiese pedido la información por escrito era solo algo que Sabadelle había deducido uniendo algunas de las palabras que había llegado a entender.
«Qué demonios —había pensado Sabadelle—, a Martita le vendrá bien, ¿o qué se pensaba, que a mí no me pedían cosas mis superiores cuando empecé a trabajar en el cuerpo? Pues claro que sí, porque hay grados y grados. ¿No dicen siempre que somos un equipo? Hoy por ti, mañana por mí. Y yo ya voy a tener que investigar a la Margarita de los cojones durante toda la mañana… ¡Solo pensar en que tengo que ver los vídeos de la fiesta de pijos de la Magdalena!»
Mientras Sabadelle salía de la zona de trabajo, sus compañeros se reían. Hasta Torres había terminado asumiendo aquella pequeña tarea con una sonrisa burlona, asombrada de la eterna impericia de Sabadelle para casi todo. ¿Cómo era posible que aquel tipo tuviese una carrera universitaria y que hubiese llegado a ser subteniente? La joven guardia, antes de enviar el correo que le había pedido su superior, llamó por teléfono a la ITF. Se alegró de haberlo hecho, porque la telefonista se había quedado histérica. Solo había entendido algo de la policía y de la muerte de Judith Pombo, y había llegado a pensar que aquello podía ser una broma de muy mal gusto. Torres intentó clarificarle la situación lo máximo posible, informándola de que le enviaría un correo para que lo contestase aquella misma mañana el responsable, y poder saber si había habido alguna incidencia de cualquier tipo cuando los había visitado Judith aquella semana.
—Bueno —le dijo Camargo cuando ella por fin colgó—, yo ya he hablado con el responsable de los del ECIO, y me ha dicho que van a estar inspeccionando la goleta toda la mañana, pero me da que no van a encontrar nada… De momento, al menos, no me ha confirmado que hubiesen podido detectar ninguna nueva pista —añadió, decepcionado, para luego retomar en su semblante una expresión de esperanza—. Al menos, he podido localizar la empresa de servicios turísticos que estaba en el muelle cuando Judith embarcó en La Giralda.
—¿Sí? ¿Y cuál es?
—Una que se llama Dolce Vita, ¿te suena?
—Un poco. Creo que alguna vez he visto uno de sus carteles por ahí.
—La he encontrado por los logos de la camiseta del guía —explicó el cabo, satisfecho de su pericia—. He hablado con ellos y me han dicho que me pasarán ahora por correo un par de fotos que sacó el guía del grupo con la goleta de fondo, pero que de los turistas obviamente no tienen las imágenes… Así que como el grupo está hoy en Bárcena Mayor van a hablar con el compañero que ha ido con ellos, a ver qué puede hacer.
—Qué bien… Pero de todos modos, por muchas imágenes que nos pasen de la goleta, explicar cómo pudo el asesino entrar y salir del camarote me sigue pareciendo prácticamente imposible.
—Pues yo ya tengo algo de los compañeros de Madrid —intervino Zubizarreta con una expresión de satisfacción en el rostro—. Parece ser que sí, que a Marco Fiore lo acababan de empezar a vigilar por orden de la Audiencia Nacional, pero de momento no tienen nada contra él.
—¿Nada?
—No, Torres, nada de nada. Solo coincidencias, amistades que sí están claramente vinculadas a las apuestas ilegales… Pero lo tenían ya en el punto de mira e iban a comenzar las escuchas telefónicas.
—Vamos, que de momento estamos como al principio —suspiró Camargo.
—Tú siempre tan optimista —le pinchó Torres—. Pero mira, no, no estamos como al principio, porque nos acaban de confirmar que el italiano sí que podría estar en el ajo de las apuestas.
—Pero no hay pruebas.
—Pero lo iban a comenzar a investigar.
—Que sí, pero eso no vale nada ante un juez, ni para posicionarlo a él como infractor de delito penal ni para esgrimirlo como motivo no demostrado de causa y efecto para matar a nadie.
De pronto sonó el teléfono, y fue el cabo Camargo quien interrumpió su propio discurso y cogió el auricular con ademán apurado. Tras unos cuantos «ajá», «vaya» y repetidos agradecimientos, el cabo se dirigió directamente a Torres.
—Mira qué bien, Sabadelle ni siquiera tendrá que devolverte el favor y llamar a los de Criminalística.
—¿Por…? No me digas que eran ellos.
—Exacto. Hay dos noticias buenas, ¿cuál quieres primero?
—Vaya mierda de pregunta —se rio Torres. Cada día le gustaba más trabajar con el cabo Camargo.
—Tú ganas. Primero la noticia buena. Han ido dos del SECRIM al club de tenis y el presidente en funciones les ha dejado acceder directamente a los ordenadores, sin órdenes ni leches. Ya están con el de Margarita. Y además tienen su móvil desde anoche, que lo llevaba en el bolso… Y atentos, porque lo tenía sin siquiera clave de acceso.
—¿Y la protección de datos? Tendrían que contar con la autorización del juez para…
—Mujer, que te he dicho que no tiene ni clave de acceso. Y está en curso una investigación por homicidio. Bueno, dos. Total, ¿no teníamos carta blanca con el juez?
Ella sonrió.
—Genial. ¿Y la segunda noticia?
—Pues que resulta que han cotejado tiempos y revisado con detalle los correos electrónicos y llamadas de Judith Pombo y parece que no los había consultado desde que había aterrizado procedente de Londres.
Marta se levantó y se acercó a la mesa del cabo, pensativa.
—Tiene sentido. El avión había llegado con retraso e iba apurada para llegar al evento en la goleta.
—Sí, pero eso significa que mientras estuvo en el camarote no consultó mensajes ni correos, y que tampoco llamó a nadie… —observó Zubizarreta—. Y si no recuerdo mal, finalmente también habíamos comprobado que no había ido al servicio, que era para lo que inicialmente se suponía que entraba y por lo que se encerraba en el compartimento.
Marta Torres se mostró completamente desconcertada, y se llevó una mano a la barbilla, hasta que por fin dijo en alto lo que los demás estaban pensando.
—Entonces, ¿qué demonios hizo Judith Pombo en el camarote desde que entró hasta que murió, apenas diez minutos más tarde?
Valentina Redondo escuchó por teléfono todas las novedades que el cabo Camargo acababa de relatarle, y aún tuvo tiempo de comunicárselas a Riveiro, porque estaban esperando en una pequeña salita del enorme caserón de Mataleñas a que por fin Melania Pombo pudiese recibirlos, pues había solicitado unos minutos para reponerse, tal era su estado de aflicción ante la repentina muerte de su madre. El juez y el secretario todavía no habían llegado, pero un forense terminaba ya de examinar superficialmente el cadáver mientras por el gran salón de la casa iban discurriendo las visitas y los pésames, que de momento no podían ser recibidos por nadie.
Valentina y Riveiro ya habían visto el cuerpo de la anciana, todavía en su propia cama, como si se hubiese ido a dormir despreocupadamente sin sospechar que aquella noche ya no completaría un último sueño. Al lado de la cama, una silla de ruedas recordaba todavía la fragilidad de aquella mujer de avanzada edad que vivía entre edredones y comodidades. Salvo por un gesto torcido de la boca de Eloísa, ni Valentina ni Riveiro pudieron apreciar ningún signo en el dormitorio que no les hablase de paz y calma en la reciente defunción. Desde luego, no fueron capaces de apreciar señales de violencia ni de nada que los llevase a sospechar de un homicidio. Sin embargo, si a Margarita Rodríguez la habían matado con cianuro, bien podrían haber envenenado a Eloísa Montes con la misma fórmula. ¿Cómo era posible que ya hubiese habido tres muertes y ninguna tuviera un sospechoso definido ni una finalidad clara?
—A esta le tocará una autopsia blanca, teniente.
—¿Perdone?
Valentina miró al forense que había acudido al levantamiento y que ahora había ido a hablar con ellos a la salita, lo cual era un detalle; normalmente tenían que perseguir a los forenses antes de que se marchasen. Aquel médico en concreto hacía poco tiempo que trabajaba en Santander, e incluso era la primera vez que ella lo veía en una comisión judicial; pero Valentina había estado varios meses de baja, por lo que era consciente de no estar completamente al día de todas las novedades e incorporaciones. Si no recordaba mal, el nuevo médico forense se llamaba Íñigo Costas. Lo observó con curiosidad; en conjunto, su aspecto llamaba la atención. Su atuendo clásico, su cuerpo enjuto y compacto y su larga perilla, recortada con sumo cuidado, lograban que su fisonomía no resultase fácil de olvidar. Le pareció que no tendría más de cuarenta años.
—Me refiero a que parece muerte natural, ¿entiende? Muerte súbita —le explicó, alzando la barbilla y logrando así que destacase su nariz, aguileña y afilada—. No es inusual en epilépticos.
—Ah. ¿Era epiléptica?
—Sí, teniente —confirmó poniéndose derecho, como si estuviese en formación. Continuó hablando—: Con la avanzada edad de la mujer y su historial médico, el desenlace entra dentro de los parámetros de la normalidad, se lo aseguro.
—¿Ya ha tenido acceso a su historial? —preguntó Valentina con asombro.
—Oh, sí. Su hija me facilitó toda la información, estaban preparados para cualquier contingencia, parece que la mujer había tenido varios ataques epilépticos en los últimos dos años.
—Ah. ¿Y sabe quién la encontró?
—Una de las chicas del servicio, que le llevaba el desayuno a la cama todas las mañanas. Dice que llegó, subió la persiana y ya se dio cuenta de que la señora había muerto al verle la cara. Cuando yo llegué, un poco antes que ustedes, ya estaba completamente fría. Por la temperatura corporal he calculado que el momento del deceso debió de ser sobre la una de la madrugada. Vinieron a traerle el desayuno sobre las nueve, así que ya ve… Cosas de la vida.
—Ya. ¿Y no ve viable una posible intoxicación?
—¿Un suicidio, quiere decir?
—O un envenenamiento, más bien.
El forense negó, arrugando su entrecejo y acariciándose la perilla en un gesto pensativo.
—No he detectado ninguna señal en ese sentido en un examen preliminar.
—Pero se ha seguido el protocolo, ¿no?
—No entiendo a qué se refiere.
—A Criminalística. Fotos, huellas…
—Ah, eso… —Él alzó la mano y la volvió a bajar, restando importancia—. Sí, sí… Vendrán ahora más compañeros.
—Entiendo.
—Pero vamos, todo esto es solo porque se ha muerto la hija de la señora hace un par de días, porque mi impresión es que a esta pobre mujer le llegó la hora y punto. Y si no llegan a asesinar a su hija —insistió— no estarían aquí ustedes, ni tampoco los compañeros de Criminalística. ¿No ve que tenía ochenta y nueve años? En algún momento hay que partir… Ya sabe.
—Entonces —intervino Riveiro—, ¿cree que podría confirmarnos que, de entrada, estaríamos ante una muerte natural?
—Sí, eso parece. No he apreciado pinchazos ni contusiones, y aparentemente en su dormitorio estaba todo en su sitio. Los estudios químico-toxicológicos e histológicos post mortem nos ayudarán a esclarecer la causa de la muerte, por supuesto, pero había evidencias de crisis epiléptica, se había mordido la mucosa yugal.
—¿La qué?
Riveiro sacó su libreta.
—La parte interna de las mejillas. Y también se había mordido un poco la lengua. Viendo el diagnóstico previo de epilepsia, y considerando que este tipo de muerte súbita suele suceder por la noche… Qué quieren que les diga, en principio me parece claro. ¡Otra cosa es lo que cuenten los análisis post mortem! —insistió, alzando un dedo, que dejó apuntando al techo de la habitación.
Valentina y Riveiro se despidieron del forense mientras este terminaba de rellenar unos impresos, y el sargento se echó a reír.
—¡Vaya asesino en serie tenemos! El primero es un crimen inexplicable, el segundo un vulgar envenenamiento… Y nuestro Oliver envenenado resulta que solo tenía apendicitis. Para colmo, la tercera muerte no ha sido por homicidio, sino por epilepsia. No sé si es posible que tengamos más mala suerte.
—O buena suerte —le contradijo Valentina con una sonrisa de alivio, y no solo porque Oliver no hubiese sido envenenado.
Con dos homicidios vinculados, de momento, tenían más que suficiente.
—Más coincidencias dramáticas como esta y a Caruso tienen que ponerle un bypass en el corazón… —se rio—. Pero no olvides que el diagnóstico de la causa de la muerte de la madre de Judith es todavía provisional y no definitivo.
Riveiro asintió y Valentina llamó por teléfono a Caruso, al que consiguió tranquilizar tras comunicarle la primera impresión que les había facilitado Íñigo Costas sobre aquel nuevo deceso. Nada más colgar, Valentina escuchó unos tímidos pasos a su espalda, y al volverse, tanto ella como Riveiro comprobaron que iba a su encuentro una desconsolada Melania, que apenas podía todavía controlar el llanto. Si Sabadelle hubiese estado allí, le habría costado reconocerla. Sus rasgos y su cuerpo le habrían parecido todavía más delgados, más desposeídos de energía. Cuando había muerto su hermana, el gesto de Melania había albergado un dolor elegante y contenido, pero el fallecimiento de su madre la había dejado completamente devastada.
Valentina mantuvo una breve conversación con ella, pero comprendió que no eran ni el momento ni la ocasión. Aquella mujer, muy posiblemente, acababa de convertirse en millonaria con aquellas dos defunciones familiares, pero desde luego no aparentaba poseer ni un gramo de felicidad, sino de pérdida, de esa clase de tristeza que ella tan bien conocía. Justo cuando iban a despedirse, un largo suspiro sacudió la enjuta figura de Melania, que por unos instantes pareció recuperar algo de fortaleza y determinación.
—Teniente, espere… De lo de mi hermana, ¿se sabe algo?
—De momento lo estamos investigando con todos los medios a nuestro alcance, se lo aseguro. Pero no podemos ni debemos llegar a conclusiones precipitadas. Le informaremos tan pronto como podamos, comprenda que apenas llevamos dos días con la investigación.
—Y, sin embargo, parece que la última vez que vi a Judith fue hace una eternidad… ¿No es casi de risa? —se preguntó, en un ademán próximo a la histeria—. Ella se fue corriendo hacia esa estúpida goleta; ojalá no hubiese llegado nunca.
Melania negó oscilando la cabeza de un lado a otro con pesadumbre y luego se llevó una mano a la sien, agotada.
—Y ahora lo de Margarita, ¡es terrible! ¿Creen que puede estar conectada su muerte con la de mi hermana?
—Todavía es pronto para asegurarlo —replicó Valentina, prudente.
—Es posible que se haya suicidado.
—¿Qué?
Valentina y Riveiro se miraron, en alerta.
—¿Por qué lo dice?
Melania se encogió de hombros y se acercó a una de las ventanas de la salita, desde la que se podía contemplar el bello jardín de Mataleñas y el azul del mar Cantábrico, hoy más oscuro que nunca. Comenzó a hablar sin apartar la mirada del impresionante paisaje que le ofrecía el ventanal.
—Creo que estaba enamorada de mi hermana.
Valentina se quedó parada unos segundos. Era la segunda persona que decía que Margarita estaba enamorada de Judith: aquella misma intuición había sido deslizada por Marco Fiore en su toma de manifestación la tarde anterior, en la Magdalena. Por otra parte, ¿por qué hasta ahora ellos no se habían planteado el suicidio? Era posible, desde luego, pero… ¿por qué Margarita iba a escoger aquella horrible forma de morir, ante decenas de desconocidos? Y precisamente ahora que podría mejorar su estatus dentro de la Real Sociedad de Tenis y que, además, se había librado de todas las humillaciones constantes a las que era sometida por parte de Judith Pombo. A la teniente le pareció poco probable aquella posibilidad, pero la anotó mentalmente para comentarla después con quien le hubiese hecho la autopsia a Margarita.
—No hemos barajado la posibilidad del suicidio —reconoció a Melania—, pero no la descartaremos. En todo caso, parece poco probable.
Melania se volvió hacia Valentina, haciendo que el sol de la mañana la iluminase por la espalda, como si ella misma fuese una etérea aparición.
—¿Poco probable? ¿Por qué?
—Porque era innecesario acabar con su propia vida de esa forma, con esa teatralidad injustificada, con la que aparentemente no iba a conseguir ningún objetivo —razonó la teniente, sacando conclusiones sobre la marcha, mientras Riveiro la escuchaba atentamente—. Los suicidas suelen preferir la soledad.
—Entiendo.
Melania asintió lentamente, aceptando aquel razonamiento.
—Es que es todo tan… tan extraño. ¿Saben? Vi a Margarita por última vez solo unas horas antes de que Judith llegase de Londres. Pobre mujer… ¡Siempre tan diligente y entregada!
De pronto, Melania pareció darse cuenta de algo.
—¡Oh, Dios mío! ¡Su gata! Alguien tendrá que ir a darle de comer a su piso.
—Sí, descuide. Hoy mismo llega su hermano desde Burgos; pero eso que ha dicho… ¿Vio a Margarita el mismo día en que… en que murió Judith?
Melania tomó aire, posiblemente para contener un golpe de súbito llanto que acababa de comenzar a subirle desde el estómago. Valentina sabía, por experiencia propia, que desde ahora y durante bastante tiempo aquella mujer viviría momentos de falsa y calmada serenidad, que se verían interrumpidos por golpes de dolor.
—Sí, vino a eso del mediodía a buscar una carpeta de no sé qué.
—No me diga. ¿Algo de la empresa, del club…?
—Creo que del club —el gesto de Melania delató que estaba haciendo esfuerzos por recordar—, pero no puedo asegurárselo. Solo sé que Margarita subió al cuarto de Judith y cogió la carpeta, que por lo visto mi hermana le había mandado venir a buscar.
—Ya veo. ¿Y eso era normal? Me refiero a esa familiaridad, a que Margarita entrase en el cuarto de Judith… Por cierto, ¿entró sola?
—Pues… Margarita ha estado en esta casa muchas veces, la verdad es que siempre con Judith, pero era normal que mi hermana la mandase de un sitio para otro a hacer recados, qué quiere que le diga. Por eso no me extrañó y le permití que fuese a buscar lo que fuera. Yo estaba trabajando en una pintura y no me molesté en acompañarla, si le soy sincera. Aunque al marcharse sí que dijo algo que me pareció un poco raro…
—Dígame.
Valentina y Riveiro no perdían ni una palabra de lo que decía Melania, que era evidente que estaba haciendo grandes esfuerzos por no derrumbarse.
—Algo de que por fin iba a tener el club limpio, sin maleantes.
—Vaya. ¿Y no le preguntó qué quería decir?
—No le hice mucho caso, la verdad. Ya le dije que estaba trabajando en un lienzo, y pensé que quizás se refiriese a unos chicos que hicieron pintadas en las gradas el mes pasado. Se marchó muy contenta… Eso es todo lo que les puedo decir.
Riveiro intervino con el ceño fruncido.
—¿Y no le comentó nada de esto a nuestros compañeros, los que estuvieron aquí ayer?
—Oh…
El rostro de Melania se empequeñeció todavía más, como si fuese una niña que no había hecho bien sus tareas y esperase la reprimenda de sus padres.
—Yo… Nadie me preguntó por Margarita.
Valentina se acercó a Melania y apoyó su mano en el hombro de la mujer, intentando tímidamente darle consuelo y restarle importancia a la omisión de aquella información. La teniente no necesitó mirar al sargento para saber que ambos pensaban en aquellos instantes en Sabadelle y en sus métodos. Pero aquella consideración era ya secundaria. Lo principal ahora era saber qué contenía aquella carpeta que se había llevado Margarita. ¿Sería cierto que Judith le había encomendado recogerla? Tendría que habérselo pedido desde Londres, de modo que solo necesitaban comprobar sus llamadas y mensajes salientes. Y lo más importante: ¿dónde estarían ahora mismo aquellos documentos?
Oliver Gordon estaba tumbado sobre la cama de una de las habitaciones del hospital Marqués de Valdecilla de Santander. Salvo por un gran tabique azul en el cabecero y por un sillón del mismo tono marino, todo era blanco. Suelo, cama, techo, paredes. «Ni que me hubiese muerto y estuviese en el cielo, dentro de una maldita nube blanca», pensó el inglés, riéndose de sí mismo. ¿Qué más podía pasarle? Tal vez todo lo que le sucedía era consecuencia de sí mismo, de sus propias y equivocadas elecciones. Dejar todo en Londres y crear un estrafalario hotel en la costa de Cantabria, enamorarse de una teniente de la Guardia Civil, perder un hijo al que ya había dibujado en sueños. Perderla a ella. ¿Cómo había sucedido todo tan rápido? A veces la vida era estática y engañosa, rutinaria. Y, de pronto, el mundo comenzaba a girar y lo hacía sin pauta, desencajado y salpicándolo todo de puñaladas.
Echaba de menos a Valentina. Su desquiciante forma de ordenarlo todo, su previsible rigor moral y hasta su exagerada puntualidad. Añoraba verla acunando a Duna, su pequeña beagle, dejándola subir al sofá cuando creía que él no las veía, saltándose sus propias normas. Y recordaba las conversaciones largas ante la chimenea y las copas de vino en el porche de la cabaña, ambos cogidos de la mano e hipnotizados ante el vaivén del mar. Y sus abrazos generosos, con los que ya no importaba el lugar del mundo donde se encontrasen si todo aquel fuego permanecía.
Sin saber cómo, a la mente de Oliver acudió un viejo verso del poeta escocés del siglo XVIII, Robert Burns, que había estudiado con detalle en la universidad: «… hace mucho mucho tiempo que la alegría me es extraña…». Lo cierto era que ahora mismo él se encontraba en un país que no era el suyo, solo, en un hospital y sin nadie que se preocupase por su estado de salud. Resultaba bastante deprimente. De pronto, sonó el teléfono que estaba incrustado en el panel azul que ocupaba toda la pared del cabecero de la cama, y su pitido lo sobresaltó, porque ni siquiera se había dado cuenta de que en aquel cuarto hubiese un teléfono.
Comenzó a estirarse y sintió el dolor de los puntos cerca del ombligo, a la izquierda. No entendía muy bien por qué la mayor cicatriz quirúrgica la tenía ahí y no en el lado derecho, que era donde se suponía que hasta ese momento había tenido el apéndice. Le habían abierto, sin embargo, por el lado contrario del abdomen y por el ombligo. ¿No eran rarísimos los adelantos médicos? ¿Sería el cuerpo humano el que había ido cambiando? Desde pequeño había escuchado que, antes de un ataque de apendicitis, el afectado sentía pinchazos en el lado derecho de la barriga, pero él no había llegado a percibir en ese punto ninguna molestia significativa; a cambio, desde hacía varias semanas había estado sufriendo tremendos dolores de estómago, que él había achacado al estrés y al agotamiento nervioso.
A Oliver también le había sorprendido que, al entrar por urgencias en el hospital, un médico llamado Luis, alto y de cabello ensortijado y prieto, ya hubiese prácticamente identificado su verdadera dolencia con un examen de apenas unos segundos. Al palpar su vientre, que había comenzado a perder elasticidad y a estar duro como una piedra, con una mirada desenvuelta y experimentada había ordenado que lo pasasen a quirófano; había tenido sin embargo que esperar su turno, monitorizado y en una sala de observación, por causa de la mayor gravedad y urgencia de intervención de algunos de los accidentados en un autobús.
Ahora, toda aquella dramática urgencia e incertidumbre sobre qué le sucedía ya había sido superada, y en aquel instante su única misión era contestar aquel dichoso teléfono. Apretó los dientes para contener el dolor mientras terminaba de estirarse y descolgó con curiosidad.
—¿Diga?
—Oliver? Oh, for god’s sake! Are you okay?
A Oliver le sorprendió escuchar la voz de su padre, que inundó el cuarto del hospital con su presencia reconfortante, como si estuviese allí mismo en persona. Continuaron hablando en inglés.
—¡Papá! ¿Cómo has sabido que estaba aquí?
—Me avisó Clara anoche, pero hasta ahora no he podido hablar contigo… Me dijeron que estabas en observación, y a primera hora me informaron de que ya habías pasado por quirófano.
—Ah… Quédate tranquilo, papá. No es nada, una apendicitis del montón. En un par de días me voy a casa.
—¿Seguro? Pensaba bajar para acompañarte.