Lo que la marea esconde
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—No, no, ni se te ocurra… ¿No ves que ya me encuentro bien? Tú estás con todo ese follón inmobiliario, ¿no? Por cierto, ¿qué tal Guillermo? —preguntó, intentando dar por zanjado el tema y refiriéndose a su hermano.
—Guillermo va resistiendo —replicó Arthur con cierto alivio.
Tras una larga y traumática experiencia militar, el otro hijo de Arthur Gordon todavía se estaba recuperando gracias a la medicación y a la asistencia psiquiátrica, pero parecía haber mejorado ostensiblemente desde que había encontrado una ocupación trabajando al lado de su padre en el sector inmobiliario. En realidad, el señor Gordon ya estaba jubilado, pero tras quedarse viudo había ido progresiva y voluntariamente abandonando la alegría de la vida, para recobrarla después marcándose un objetivo: recuperar el patrimonio familiar y la historia del clan de los Gordon, de procedencia escocesa. La ayuda de su hijo Guillermo en aquella tarea estaba resultando sorprendentemente satisfactoria.
—Tu hermano terminará por reponerse del todo. ¡Es un Gordon! Oye… —añadió sin disimular su emoción—, ¿sabes que he encontrado una propiedad de nuestro clan en los Borders?
—Pero ¿no estabas investigando en la zona norte?
—También, pero no olvides que nuestro origen está en el sur de Escocia.
Oliver sonrió ante el orgullo e ilusión que desprendía su padre al hablar. Desde que se había jubilado, vivía holgadamente con las cuantiosas rentas de sus antiguos negocios inmobiliarios, y le parecía bien que invirtiese su tiempo y dinero en aquella búsqueda del pasado y del viejo honor y territorio familiar. Mejor aquella actividad que no la melancolía, sentado ante una chimenea y bebiendo whisky. Arthur Gordon incluso se había comprado un coche clásico para recorrer media Escocia investigando sus orígenes: un Rover Jet 1 gris plateado de 1950, cuya solidez y estilo habían impresionado a Oliver nada más verlo.
Arthur Gordon habría disfrutado mucho charlando largo y tendido sobre sus investigaciones patrimoniales y heráldicas, pero su padre no tardó más que unos segundos en retomar el verdadero motivo de aquella llamada, porque en aquellos momentos la historia del clan Gordon era secundaria y trivial.
—Hijo, vamos a lo práctico. Aquí está todo bien, pero ahí no. Tal vez deberías venir una temporada… Para reponerte y descansar en condiciones. Con todo lo que te ha pasado las últimas semanas… En fin. Hoy mismo puedo tomar un avión para España, y cuando tú ya puedas volar nos venimos aquí, a Stirling, y descansas en familia una temporada.
—Tengo que atender Villa Marina.
—Ah, ¡ese hotel se mantiene solo, por todos los diablos! ¿No tienes a Matilda, la que prepara los desayunos? Pues que se encargue ella… O contratas a alguien más y solucionado. Si necesitas dinero, puedo echarte una mano.
—Papá, no necesito nada… Pero gracias. De momento voy a quedarme aquí, ¿de acuerdo?
—Como quieras —accedió Arthur a regañadientes—. Por cierto, ¿ha ido ya Valentina a verte?
—No —reconoció Oliver en un susurro, como si le diese vergüenza no ser querido.
—Pues cuando me he puesto en contacto con el hospital me han dicho que también les habían llamado varias veces desde la Guardia Civil. He insistido un poco para saber quién, y vaya por Dios, parece que fue una teniente desequilibrada, no sé si te suena.
—¡Papá!
—¿Qué? Muy normal no es. Pero que sepas que está preguntando por ti.
—Será por el caso —replicó Oliver sin mucho ánimo, aunque con un nuevo pálpito de moderada esperanza.
—¿Qué caso?
—Me dio el ataque de apendicitis justo después de estar con ella en el Palacio de la Magdalena, donde acababa de morir una señora. Creo que la habían envenenado.
—¡Joder, hijo, estás en todas las fiestas! ¿Qué ocurre en Cantabria, los asesinos hacen horas extras? Por el amor de Dios, ¿ves como tienes que volver a Reino Unido? Si lo prefieres, podrías estar unos días con tus amigos en Londres, y más tarde nos reuniríamos todos en casa de la abuela, en Stirling… ¿Qué te retiene?
Oliver no contestó nada, porque la respuesta ya estaba escrita en el aire. Su padre, a pesar de vivir a más de dos mil kilómetros de distancia, también pudo descifrarla.
—Ay, hijo. Mujeres. ¿Has pensado en raptarla?
—¿Qué? Papá, ¿estás loco?
—Ríete, pero acabaría entrando en razón. ¿Sabes qué le pasa a Valentina? Que va a ser como una de esas aves de las Órcadas, las de la leyenda, ¿la recuerdas?
Oliver dudó, extrañado y sin ver la conexión.
—¿Lo que contaba la abuela sobre los pájaros que nacían de la madera?
—Exacto. Esas aves que nacían de la madera podrida en el borde del mar, de donde nadie podría imaginar que viniese nada bueno.
—No sé qué estás insinuando.
—Nada, hombre… Que de lo que está perdido, aún hay esperanza. Los pájaros hijos de los árboles, aunque viniesen de algo que estaba muerto, eran los que después más alto podían volar. No lo olvides.
Oliver sonrió.
—Joder, papá, sí que te pones intenso.
—Tú lo que tienes que hacer es lo que te salga de las tripas.
—Suena muy romántico.
El viejo Arthur no hizo caso al sarcasmo de su hijo.
—Olvídalo todo y céntrate. ¿Cuál es el lema de los Gordon? Bydand! No lo olvides… Bydand!
Oliver asintió, conmovido por el interés de su padre. Bydand. Era la contracción de la expresión «Bide and fecht», procedente de un antiguo dialecto escocés que no se correspondía exactamente con el gaélico, y que significaba «Resiste y lucha». Oliver todavía mantuvo un rato a su padre al teléfono, convenciéndolo de lo innecesario que resultaba que tomase un avión para aburrirse con él en el hospital. Ya era mayorcito. Cuando colgó, le sorprendió ver que en la puerta esperaba Lucas, el marido de Clara; no había querido interrumpir la conversación. En su mano, un libro, y en su rostro una sonrisa amiga. Tal vez Oliver no estuviese tan solo, después de todo. Bydand.