Lo que la marea esconde
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—¿Tiene idea de cómo salió el asesino del cuarto amarillo?
—Sí —dijo mi amigo—, tengo una idea…
—Yo también —prosiguió Fred— y debe ser la misma. No hay dos formas de razonar en este caso.
GASTON LEROUX,
El misterio del cuarto amarillo (1907)
Los cuatro se habían asomado a la pantalla del ordenador del cabo Camargo como si estuviesen ante un alumbramiento, una epifanía que pudiese revelarles la verdad de las cosas. Sin embargo, aquellas dos fotos que la agencia de recorridos turísticos Dolce Vita les había enviado no parecían revelar gran cosa. Ambas imágenes habían sido tomadas desde el mismo ángulo y con apenas unos segundos de diferencia, por lo que escasamente cambiaba nada en aquel cuadro en movimiento.
En la imagen, un grupo de unas quince personas se amontonaba en el muelle para que al fondo de la fotografía pudiese distinguirse la preciosa goleta que acababa de atracar a los pies del viejo y reinventado palacete. Los colores rojo y azul marino de la nave resaltaban por la incidencia de la luz de la tarde, dándole ese tono de serena magia que solo puede ofrecer el día cuando está a punto de anochecer. Con dos de sus velas desplegadas, daban ganas de saltar dentro de La Giralda y gritarle a la vida que sí, que era el momento de navegarla y de vivir todas las aventuras que de niños nos prometían los cuentos infantiles; aquellas peripecias soñadas por los mares de Simbad, que en la práctica casi nunca llegábamos a surcar.
Judith Pombo estaba de espaldas, pero podía verse su rostro de perfil, enfocado hacia el capitán, que la recibía en la cubierta de La Giralda. A su lado, el primer oficial, Timoteo Comesaña, parecía saludar cortésmente a la invitada, con toda la deferencia que se esperaba hacia quien les pagaba a todos la nómina.
—La verdad es que la foto es bonita —observó Marta Torres, analizando cada rostro y cada gesto—. Si no fuera por la ropa de la gente y por los teléfonos móviles que llevan en las manos, parecería de otra época.
—Es verdad —asintió Camargo, maravillado por la belleza de la estampa de aquella impresionante goleta de imitación en la bahía de Santander—. Los que están en la parte de delante del barco son Victoria Campoamor y su tío, ¿no?
—Se dice proa, animal —le corrigió Sabadelle, que mordisqueaba un bollo cubierto de azúcar y contenía a duras penas la risa—. ¡Parte de delante! Parece mentira que seas de Santander… A ver, marinero de agua dulce… —El subteniente acercó el rostro a la imagen, estudiándola—. Sí, son la chavala y Félix Maliaño; concuerda con la versión que tenemos. No hay nadie más en cubierta, ¿no?
—Nadie más. Ni en proa ni en popa —puntualizó Camargo con marcado retintín y mirando a Sabadelle.
—Otro camino que se nos cierra —lamentó Zubizarreta, en un tono que parecía más una declamación que un lamento corriente.
—Bueno, chaval, no nos vamos a hacer el harakiri por esto —replicó Sabadelle, alejándose de la pantalla del ordenador y dando por fallida aquella posible pista. Camargo intervino con gesto cansado, agotada su vista de mirar fotogramas y vídeos durante toda la mañana.
—En las imágenes del Club Marítimo tampoco hemos encontrado nada. Cuando partió la nave a buscar a los invitados parece que todo estaba correcto… No sé si acercarme hasta allí; Valentina siempre dice que es mejor investigar en persona, salir del despacho.
—Claro, majete, eso es lo que hace ella que es la jefa, los demás tenemos que arreglarlo todo desde aquí. —Sabadelle chasqueó la lengua—. Que no digo yo que no sea lo correcto, ¿eh? Pero vamos, que quizás se nos escurra alguna pista importante con estos métodos tan cuadriculados.
—Pues a mí no se me ocurre qué otro camino de investigación podríamos seguir —opinó Torres, defendiendo a Valentina—, porque ya no encuentro más recovecos donde buscar.
—Y los del ECIO ya acaban de confirmar que no han encontrado nada en la goleta —añadió Camargo, frotándose los ojos—, así que se piran a la Magdalena, a ver si hay más suerte.
El cabo pareció darse de pronto cuenta de algo y miró hacia el subteniente.
—Sabadelle, ¿tú no has encontrado nada interesante sobre Margarita? Había varios vídeos de la fiesta en la Magdalena que…
—Estoy en ello, ¡estoy en ello! Pero ya he mandado a los de Criminalística al piso de la puñetera secretaria, que ya está allí el hermano. A ver si encuentran algo. ¿Os imagináis que descubriesen allí la carpeta por la que llamó antes Valentina?
—No sé cómo no le preguntamos a Melania Pombo por Margarita —se avergonzó Torres, todavía recordando la llamada que les había hecho la teniente hacía ya un buen rato, explicándoles las novedades y pidiéndoles que comunicasen al SECRIM que también debían buscar aquellos documentos en el club de tenis, aprovechando que estaban allí trabajando con los ordenadores.
Sin embargo, y de momento, todavía no habían hallado nada.
—Torres, hija mía, no le íbamos a preguntar a la hermana de la víctima por todo quisqui.
Sabadelle hizo un mohín, mostrándose convencido.
—Y te recuerdo que cuando fuimos a Mataleñas la Margarita de los cojones todavía estaba viva. Si es que a toro pasado todos somos Manolete…
El teléfono obligó a terminar aquella conversación, pues el aparato comenzó a sonar con rígida y estruendosa cadencia. Fue Marta Torres la que lo cogió, logrando con el gesto la perfecta excusa para zanjar su diálogo con Sabadelle. Llamaban desde Bárcena Mayor y a veces se entrecortaba la señal; quien telefoneaba era el guía que había hecho las fotos de La Giralda, aquellas imágenes que acababan de ver en el ordenador de Camargo.
—Sí, sí —le decía Torres—, hemos visto las fotos, muchas gracias. ¿Cómo? Ah… Vaya, no lo sabía. ¿Qué? Oh, sí, eso sería genial; bien, sí, pueden mandarlas a este número —dijo, facilitándole un teléfono móvil del cuerpo—. Claro, claro, se lo agradezco.
La joven agente abrió mucho los ojos, llamando la atención de sus compañeros. Al colgar, se puso de pie y paseó unos metros de un lado a otro, en jarras, con los codos doblados y las manos sujetando su propia cintura.
—¿Qué, qué pasa? —quiso saber Camargo, muerto de curiosidad.
—El guía, que dice que ha hablado con los turistas, que los tiene a todos allí con él y que van a ver las fotos que tienen y nos las mandan ahora por WhatsApp.
—Ah —replicó él, decepcionado—. ¿Y ya está?
—No, no… Ha dicho que esa tarde había lío, que unos manifestantes estaban protestando por la visita del rey y reivindicando la República, y que con el jaleo hasta tiraron al suelo a una señora que intentaba atravesar la multitud.
—¿Y?
—Que la señora después subió a La Giralda.
—Hostia.
—Ya.
Todos se quedaron pensativos unos instantes. Camargo fue el primero en volver a tomar la palabra.
—Pero eso no significa nada. Judith Pombo quiso atravesar el grupo de gente, se cayó y…
—Se cayó o la empujaron —le interrumpió Torres, que no quería dejar ese detalle sin puntualizar.
—Si me apuras, da lo mismo. Resulta obvio que después se levantó, subió al barco y la asesinaron más tarde. Es un incidente lamentable, pero que no tiene nada que ver con nuestro caso.
—Sí, sí puede tener conexión —le contradijo Zubizarreta, que se había quedado muy serio pensando en el asunto—. ¿Y si la agredieron ahí, antes de subir al barco?
Torres miró a Zubizarreta con satisfacción, mostrando que aquella idea era también la que se había colado en su cabeza. El subteniente Sabadelle observó primero a uno y luego a otro, anonadado, para terminar por posar la mirada en Camargo, por si en su expresión pudiese adivinar si también él había caído en aquel delirio deductivo.
—A ver, chavales… —comenzó, intentando armarse de paciencia—. No sé si habéis caído en ello, pero normalmente cuando te apuñalan en el corazón te das cuenta, principalmente porque te mueres —les dijo, terminando la frase con su familiar chasquido bucal, más chulesco que nunca, aunque no se sintió satisfecho y continuó con su irónico discurso—. Por lo general, después de que te claven un cuchillo no te subes a un barco a tomarte unos pinchitos ni le echas la bronca a tu secretaria… Ya me imagino que os parecerá raro, pero lo corriente es que te caigas muerto, echando sangre a borbotones. Pero, quién sabe —añadió—, a lo mejor la señora que vimos en la foto esa —señaló el ordenador de Camargo— era un holograma.
—No hace falta que seas tan gilipollas —le replicó Torres, dejándolo asombrado.
En el equipo había confianza, pero la graduación era la graduación. ¿Cómo se atrevía aquella niñata…? Al instante, Torres se dio cuenta de lo que había dicho y se disculpó sin ganas.
—Perdona, Sabadelle. Es que estoy cansada… Este asunto no parece tener ninguna solución posible. Cada cosa nueva que descubrimos no vale para nada. Y…, en fin, era solo una idea. Perdona.
—No pasa nada —contestó el subteniente, inesperadamente conciliador—. Todos estamos cansados.
Después, sonrió como si el juego de la vida ya fuera viejo para él.
—¿Sabéis qué voy a hacer? Voy a ver todas las fotos y los vídeos que aún me quedan de la puñetera fiesta esa de las jornadas de tenis, a ver si encuentro al envenenador, porque en la goleta poco más podemos rascar. En fin… Si es que no he visto fiesta más coñazo en mi vida, ¡unas fotos aburridísimas!
—Te ayudo —se ofreció Torres, tal vez para redimir la ofensa previa, porque aún tenía que seguir redactando informes de todo lo que había sucedido en los últimos días.
En cuanto a las pesquisas que le había ordenado Valentina, ya solo estaba esperando resultados del SECRIM, porque del juzgado, desde luego, y por diligente que fuese el juez Marín, no creía poder tener respuesta hasta dentro de varios días. Cuando ya iba a acercarse a Sabadelle para organizar el trabajo, su teléfono móvil comenzó a sonar con pequeños golpes de sonido, como si alguien percutiese un timbal dentro del aparato de vez en cuando.
—Ah, mensajes.
Ella cogió el móvil y sonrió.
—Mira qué majo, el guía. Ya nos manda fotos de los turistas. Dice que les ha dicho que era para una investigación policial y que todos se han vuelto medio locos para colaborar, porque ya han deducido que se trataba de Judith Pombo, que han visto su fallecimiento en la prensa.
—La gente quiere algo de emoción en su vida —comentó Zubizarreta, concentrado y con la vista baja, como si estuviese diciéndoselo a sí mismo.
—Ya está el harekrishna… —masculló Sabadelle, de forma casi inaudible—. A ver, a ver esas fotos.
Tal y como había sucedido antes con las dos imágenes de la goleta tomadas por el guía, las de los turistas atrajeron inmediatamente la atención de todo el equipo, que se concentró alrededor del móvil de Torres. Ella, viendo que de aquella forma no era posible verlas con suficiente nitidez, decidió pasarlas a su portátil, al tiempo que vía WhatsApp se las reenviaba con un pequeño mensaje aclaratorio a Valentina. Cuando por fin surgieron las imágenes en la pantalla del ordenador, fueron pasando una a una con sumo cuidado. Resultaba obvio que habían sido filtradas, y por fortuna los turistas no habían remitido en bloque todos sus recuerdos vacacionales.
Pudieron ver a Judith Pombo hasta en tres fotografías; en segundo y tercer plano y de medio lado o de espaldas, con rostro serio y apurado, sin duda porque sabía que llegaba tarde y porque la goleta esperaba exclusivamente a que ella embarcara. En la penúltima fotografía de todas las que habían recibido, sin embargo, solo se podía apreciar el cabello rubio de Judith en medio de varias personas que la ayudaban a levantarse. A su alrededor, multitud de rostros con distintas expresiones: sorpresa, indiferencia, curiosidad. Algún gesto perdido e indescifrable en hombres y mujeres de distintas edades. El equipo los examinó con detalle, aunque ninguno de los rostros les resultó familiar. La nitidez de la imagen, además, no era muy precisa. Otro callejón sin salida. Ni puñal de hielo, ni puertas ni entradas secretas en el camarote, ni holograma ni mucho menos acuchillamiento de efecto retardado. Aquel era, sin duda, el caso más extraño que les había tocado nunca. ¿Quién habría asesinado a Judith Pombo? ¿Cómo y por qué?
Valentina y Riveiro estaban a punto de marcharse de la mansión de Mataleñas. Allí ya no había gran cosa que hacer. Se habían despedido de la desconsolada Melania y habían hablado con el juez Marín, que había acudido junto con el secretario para conformar la comisión judicial y proceder al levantamiento del cadáver de Eloísa Montes. La Guardia Civil debía instruir el correspondiente atestado por el hallazgo del cuerpo, y al manifestar tanto los agentes como el médico forense que no se apreciaban características de muerte homicida, lo habitual habría sido finalizar la diligencia sin mayores complicaciones, pero la muerte de Judith Pombo solo dos días antes había generado sospechas razonables.
El juez ya había dispuesto el traslado del cadáver al depósito judicial para practicar la autopsia, y tal vez aquellas diligencias previas terminasen por vincular aquel repentino fallecimiento al de Judith Pombo. ¿Quién podía saber en aquel momento si realmente aquella muerte había sido o no natural?
La teniente, por su parte, no sabía muy bien cómo clasificar al juez, porque en ocasiones le parecía reflexivo y de mirada estrictamente adulta, incluso vetusta, y de pronto se mostraba como un niño. «¿Sabe cómo se declaró el acusado? De rodillas y con un gran ramo de flores», le había dicho a Riveiro, muriéndose de risa, como si aquel viejo chiste lo hubiese inventado él. El sargento había sonreído, más por acompañar al juez en su broma que porque tuviese gana alguna de reír. Era una buena noticia que Eloísa Montes pareciese haber fallecido por muerte natural y no por asesinato, pero aquel caso era lo bastante complejo como para mantener al sargento serio y concentrado.
—Qué poco me siguen el rollo —se quejó Marín, exagerando afectación—, con lo complaciente que soy.
—No le pedimos que sea complaciente, sino que cumpla con sus funciones judiciales —atajó Valentina, pulverizando el tono alegre del joven juez en un segundo—. Y le agradecemos que las ejecute con tanta diligencia, se lo aseguro.
—Ah. Pues mire, teniente, sí, deben agradecérmelo, porque soy plenamente consciente del buen trabajo que desempeño, al igual que sé de su entrega y de la de su equipo.
El gesto del juez se tornó ya completamente serio.
—Soy joven pero no estúpido, Valentina, y todos sabemos que los oficios y diligencias que usted pide son con frecuencia excesivos, sin que yo me oponga por lo general a nada… Así que no le pido que me haga la pelota —y de pronto recobró su gesto jovial—, pero sí que se relaje un poco, ¿de acuerdo?
Valentina tomó aire, consciente de que se había excedido con su trato al juez, que hasta el momento no había hecho más que facilitarle las cosas.
—Perdone, señoría, este caso nos tiene agotados y desorientados, ya solo intentar entender cómo pudo ser asesinada Judith Pombo dentro de aquel camarote está result…
El juez alzó la mano, solicitándole con el gesto que interrumpiese su discurso.
—Teniente, ya le dije que confiaba plenamente en usted. Sé que resolverá este asunto. Lo que pasa es que no lo está enfocando bien.
—¿Qué? ¿Per… perdone?
—Solo es una sugerencia, pero debería relajarse un poco —insistió, adoptando de nuevo el semblante travieso de un niño—. Irse a tomar una cerveza. No sé, ¿qué es lo que beben los guardias civiles? —Se encogió de hombros y miró a su alrededor, por si hubiese alguien que pudiese aclarárselo, pero solo se tropezó con la expresión atónita de Riveiro y con la mirada perdida del secretario, que fingió no estar atendiendo a la conversación—. Váyase a ver a su novio, dese un paseo, cómase una hamburguesa… Al final todo se reduce a la intuición.
El juez sonrió ampliamente y le guiñó un ojo, para después dirigirse al secretario y pedirle que antes de regresar al juzgado parasen en algún sitio donde poder tomar un buen vermut. Cuando lo perdieron de vista, Valentina miró a Riveiro, que le devolvió el gesto de incredulidad ante aquel juez tan estrafalario.
—No doy crédito… —negó Valentina moviendo la cabeza en gesto de negación—. ¿Este crío de qué va? Y ha dicho que vaya a ver a mi novio… Pero ¿qué sabrá él de mi vida? —se preguntó, indignada.
Aquel juez no solo era joven, sino que por su menuda constitución y altura le parecía casi un niño, imprudente y atrevido. Posiblemente fuese un intelectual superdotado, pero eso no justificaba su osadía ni su intromisión en los asuntos personales de Valentina.
El sargento guardó silencio, pero por dentro sopesó la verdadera personalidad de Antonio Marín. Se le presuponía inexperiencia, pero hablaba con propiedad y no decía una palabra por otra. Las escogía, las pensaba antes de decirlas. Y mientras había durado la baja de Valentina, el juez se había informado de todo lo que había sucedido en su vida, porque no solo había sido muy comentado que la teniente hubiese regresado al trabajo negando la necesidad de asistencia psicológica, sino que también hubiese cambiado sus hábitos deportivos y de entrenamiento, que ahora se habían vuelto radicalmente exagerados. Por supuesto, la noticia de que había dejado de vivir en Villa Marina había volado como una hoja de otoño en un parque, saltando de la Comandancia a los juzgados y despachos de los forenses, que estaban en el mismo edificio. Sí, Marín sabía cuál era la situación de Valentina. Sin atreverse a nombrar a Oliver, lo había introducido en las recomendaciones para la teniente. El sargento dudaba que hubiese sido un comentario casual. Tal vez aquel chistoso y joven juez fuese tan insoportablemente listo como él mismo se creía.
Bip, bip, bip.
—Joder, a ver quién es ahora.
Valentina se llevó una mano al rostro mientras descolgaba. Era Marta Torres para contarle las novedades hasta el momento y saber si había visto las fotografías de la gente en el muelle. Y no, Valentina aún no las había mirado. En realidad, ¿para qué, si Judith había sido asesinada en La Giralda? Sin embargo, que se hubiese caído antes de entrar en la goleta podría significar algo. O nada. En realidad, ¿qué podía haber pasado? ¿Que uno de los manifestantes le implantase un cuchillo mágico y que el arma estuviese programada para tener el fortísimo impulso de clavarse en su pecho media hora después? Ejecutado el crimen, por supuesto, el puñal se habría autodestruido, desvaneciéndose en el aire. A Valentina casi le dieron ganas de reír.
—Mira —le dijo a Torres—, si ya habéis revisado vosotros las fotografías, perfecto. Yo ahora mismo no tengo tiempo de estudiarlas, salimos ya para reunirnos con los testigos por lo de Margarita, pero marcad los rostros próximos a Judith cuando se cayó al suelo, ¿de acuerdo?
—¿Que los marquemos?
—Exacto, para introducirlos en el sistema de reconocimiento facial biométrico. Que te explique Camargo, que él ya lo ha utilizado en alguna ocasión. A ver si a alguna de esas personas la tenemos registrada con antecedentes.
—Por si acaso, ¿no?
—Eso es, por si acaso —afirmó Valentina, aunque en realidad dudaba de la posibilidad de encontrar alguna coincidencia que les revelase ninguna información relevante.
—Por cierto, ¿sabemos algo de los de Criminalística?
—Sí, sí, por eso llamábamos también. Los informáticos han descubierto en el ordenador de Margarita algo muy interesante. Resulta que en sus correos no hay nada que les llame la atención, pero sí que había implantado un sistema de reenvío automático de todos los correos de Judith a su escritorio.
—Anda. La mosquita muerta… O sea, que se enteraba de todo lo que recibía Judith en su ordenador.
—Y de lo que salía. Pero dice el informático que no ha visto que en las últimas dos semanas hubiese mensajes relevantes, salvo que estuviesen encriptados o en clave, vamos. Nos los pasarán para que los revisemos, pero no sé… Va a intentar recuperar mensajes eliminados, pero eso le llevará más tiempo.
—¿Y los del SECRIM que han ido al piso de Margarita?
—Aún nada. Están buscando la carpeta que se llevó de Mataleñas, pero como ni siquiera tenemos la descripción…
—Ya. Bueno, si hay suerte llamadme, ¿okey?
—¡Un momento!
Torres frenó a Valentina antes de colgar, porque sabía que aquel «okey» significaba que había terminado la conversación.
—Nos han preguntado que qué hacen con el gato.
—¿Qué?
—El gato, el que tenía Margarita. Bueno, en realidad creo que es una gata… El hermano dice que no puede quedársela, que es alérgico.
—Ah, joder, ¿y yo qué sé? ¿No podéis ser vosotros un poco resolutivos?
Valentina comenzó a desesperarse, también consigo misma por su insoportable mal humor. Los demás no merecían pagar las consecuencias de su desastrosa vida privada ni de su torpeza e incapacidad para resolver aquel caso.
—Mira… ¿Les has preguntado a los de Criminalística si han hablado con la protectora de animales?
—Sí, pero les han dicho que están saturados, que no aceptan más gatos; que le busquen una casa de acogida hasta que le encuentren un hogar que…
—No me lo puedo creer. —Valentina entornó los ojos—. Pues que se lo lleven ellos a casa, ya veremos qué hacer, ¿de acuerdo?
—Sí, teniente.
Valentina terminó la conversación completamente asombrada, ¿acaso había algo más que pudiese salir mal aquel día? Riveiro estaba a su vez acabando de hablar por su propio teléfono, y la miró con un gesto de preocupación que le mostraba que sí, que aquello podía ir a peor.
—¿Quién era?
—Caruso. Decía que estabas comunicando. Que no estabas atenta al display.
Ambos se echaron a reír con falsa alegría, con hastío. Muy típico de Caruso, solicitar ser el primero por y para todo.
—A ver, ¿y qué quería?
—Que hablásemos primero con Basil Rallis, que ha llamado a la Comandancia y ha preguntado por el responsable…
—¡Pero si le dijimos que le contactaríamos esta mañana!
—Se habrá puesto nervioso. No entiendo cómo demonios lo han pasado directamente con Caruso.
—Habrá cogido el teléfono la nueva… A lo mejor la pobre chica se ha revolucionado al ver que llamaba un famoso. —Valentina sonrió con desgana—. Todos nos hemos columpiado alguna vez.
—No sé, pero ahora el capitán se ha tomado el tema como algo personal.
—¿Qué tema?, ¿el de que le tomemos manifestación? Si es pura rutina…
—Ya, pero Rallis le dijo que cogía el avión de regreso a Barcelona a las siete de la tarde, y ha llamado para concretar a qué hora queremos verlo.
—Vamos, que tiene que ser el primero de la lista…
Valentina miró el reloj; el inesperado fallecimiento de Eloísa Montes los había retrasado terriblemente en su programación para aquella mañana, pues ya casi era hora de comer. En realidad, seguían dando palos de ciego: ¿valdría para algo interrogar a aquellos testigos que habían visto morir a Margarita en el Palacio de la Magdalena? En esta ocasión tenían decenas de personas a las que hacer preguntas, pero por lógica debían centrarse en aquellas que habían presenciado el anterior asesinato, solo dos días antes. Debían reducir el círculo o, al menos, intentar comenzar por alguna parte siguiendo las pautas más razonables posibles.
—¿Rallis ya ha dicho dónde podemos localizarlo?
—Sí, en el Hotel Real, donde se aloja… Y adivina con quién ha quedado a comer: con Pablo Ramos y con Victoria Campoamor y su tío.
—No me digas. Se han hecho amiguitos…
—Eso parece —el sargento resopló—, aunque tengo la impresión de que Ramos y Victoria Campoamor más que los demás.
Ambos comenzaron a caminar para dirigirse al coche y salir de Mataleñas, y Valentina no ocultó su sorpresa ante el comentario.
—¿Tú crees?
—No sé. Muy juntitos los vi en el cóctel.
Valentina asintió. Sí, recordaba haberlos visto juntos cuando ella misma había acudido inútilmente en auxilio de Margarita. No había pensado en aquellos dos como una posible pareja. La agente Marta Torres había comentado, si no recordaba mal, que Victoria Campoamor tenía novio. ¿Estaría perdiendo su intuición? Y, en todo caso, ¿significaría algo relevante para el caso? Valentina apretó el paso y su delgada figura se introdujo de un solo movimiento en el coche. No estaba concentrada, tenía que serenarse y dejar de pensar en Oliver Gordon. ¿Estaría bien? ¿Se sentiría solo en el hospital, habría ido alguien a verlo? No, no podía permitirse aquella debilidad. Cuando terminase la jornada pensaría qué hacer en relación con Oliver. Ahora, solo tenía que salir a toda velocidad hacia el lugar al que algunos llamaban la Dama Blanca, con más de cien años de historia. El sargento apretó el acelerador y abandonó sin perder un segundo la sugestiva finca de Mataleñas para dirigirse hacia el legendario Hotel Real de Santander.
Rosana Novoa organizaba las maletas con extraordinaria practicidad, y sus gestos eran rápidos y decididos. En sus manos, sus anillos de oro brillaban a cada movimiento, mientras sus pulseras bailaban con metálico tintineo arriba y abajo. Se había maquillado y su perfecta máscara cubría la falta de sueño, pero no su nerviosismo.
—¡Marco! ¡Marco! ¿Dónde está tu cinturón, el que te regalé por tu cumpleaños?
—No lo sé —negó él, desganado y sentado en el borde de la enorme cama con dosel.
A pesar de que justo enfrente disponía de un magnífico ventanal y de un balcón tras unas altas puertas venecianas, el italiano no desviaba la mirada hacia el paisaje de la bahía, sino que la dirigía al suelo, ensimismado en sus pensamientos.
—¿Por qué no le pides al servicio que haga las maletas, como siempre?
—Porque no tenemos tiempo.
—¿Tiempo para qué? —preguntó, confuso—. No entiendo esta precipitación, Rosana. ¿Por qué tenemos que irnos mañana a Italia?
—Llevas una eternidad diciéndome que querías pasar unos días en Nápoles —replicó ella sin mirarlo y sin dejar de organizar las maletas con gesto apurado—, así que, mira, es el momento ideal. Nos olvidaremos un poco de todo el drama de estos días.
—Tú no eres así.
—¿Así cómo?
—Precipitada.
Ella se detuvo y dejó de colocar ropa. Sentía curiosidad.
—Vaya, así que no soy precipitada. ¿Y cómo soy, Marco?
—Eres, eres… Eres cerebral, organizada y lista.
Marco la miró con gesto desesperado.
—No entiendo por qué nos vamos así, de esta forma. ¿Sabes algo que yo no sepa?
Rosana alzó la barbilla y caminó hacia su marido. Le gustó que no se comportase como un estúpido al que ella pudiese manejar a su antojo. Que tuviese vida y rebeldía propias. Se puso frente a él y lo tomó de las manos.
—Marco, solo quiero protegerte.
—¿Protegerme? ¿De qué? No creerás que yo fui el responsable de lo de Margarita…
En su rostro se dibujó el miedo.
—¡Te juro que yo no he hecho nada! ¿Por qué iba a hacerlo? Y cuando pasó lo de Judith yo estaba sentado justo a tu lado en el barco, amore. ¡Estaba a tu lado!
—Lo sé, lo sé —lo tranquilizó ella, apretándole suavemente las manos y dulcificando su tono—, pero te recuerdo que solo a ti te tomaron ayer declaración, y que antes ya te habían hablado del tema de las apuestas. Están buscando una cabeza de turco, cariño… La policía siempre ha sido así. Si no encuentran lo que buscan, para cumplir expediente van a por el más débil… Y yo solo quiero protegerte.
—Pero dijeron que no saliésemos de la ciudad, que los avisásemos en caso de que…
—No.
El gesto de ella se volvió más frío y pragmático.
—Se limitaron a recomendarnos no salir de la ciudad, pero lo he consultado con los abogados… Llamarán a la Guardia Civil cuando ya hayamos aterrizado en Roma. No estás acusado, ni imputado, ni has sido citado en el juzgado ni nada parecido. Solo has sido testigo, como yo misma y como los demás, de dos trágicas muertes. Nada más. Y ya has declarado todo lo que sabías en ambos casos, de modo que seguimos con nuestra vida, ¿de acuerdo?
Rosana sonrió, como si estuviese intentando convencer a un niño de lo maravilloso de unas vacaciones obligadas en un campamento de verano.
—Pasaremos primero unos días en Roma, iremos de compras, ¿no te apetece? Nos alojaremos en aquel hotel con vistas al foro… Y después visitaremos a tu familia en Nápoles. ¿No te encantaría que bajásemos después a Sorrento?
Él la miró desde un extraño punto lejano, como si se encontrase perdido en el fondo de un desierto, y a ella su expresión le resultó ilegible. Rosana hubiese preferido en aquel momento al Marco presumido y fanfarrón, al que aparentaba superficialidad, y no a aquel ser desconocido, que sopesaba cada paso y buscaba la causa y finalidad de las cosas. Él comenzó a hablar en un susurro.
—¿Haces… haces todo esto para protegerme, para alejarme de todo esto? ¿De verdad?
—Soy tu mujer. Te quiero —le replicó ella con convicción—. ¿Cómo no iba a intentar protegerte?
Marco cerró los ojos, emocionado, y abrazó a Rosana.
—Io… Io no te merezco —le susurró, para después apartarse y mirarla a los ojos—. Entonces, ¿me crees? Lo giuro, yo no hice nada.
—Te creo, Marco —le aseguró ella, enternecida.
—Es verdad que… Rosana, no puedo ocultártelo, hice algunas apuestas.
Marco se había sentido, de pronto, en verdadera deuda con su mujer. ¿Cómo iba a ocultarle aquel delito a quien trastocaba su vida de aquella forma solo para protegerlo? Le debía aquel gesto de lealtad, una confesión a tiempo para que ella fuese consciente de quién caminaba de verdad a su lado.
—¡Pero hace semanas que ya no intervengo en nada, lo giuro!
—No pasa nada —Rosana sonrió sin ganas, con cierta ironía—, un par de apuestas tampoco matan a nadie.
—Pero son delito, amore. Lo hice solo por ti, para que no pensases que soy un desgraciado, para poder ganar algo de dinero sin que me llamen mantenido.
—No eres un mantenido —se extrañó ella sinceramente, frunciendo el ceño—. Te recuerdo que gestionas Bekandze.
—Ah, eso. Eso non è un lavoro… Es tu empresa. Un entretenimiento —añadió él con amargura y casi en un susurro.
Rosana no dijo nada y se limitó a asentir. Se sentó en la cama, pensativa. Quizás había minusvalorado a su marido. No era suficiente con darle dinero y tenerlo, en efecto, entretenido. Él quería hacer algo por sí mismo, y a ella le gustaría que se dedicase a algo que lo apasionase, a una actividad que lo alejase de las argucias y los éxitos fugaces de las apuestas, de los triunfos breves, vacuos y artificiales.
—Creo que este viaje nos va a venir muy bien, Marco.
La mujer perdió la mirada por un instante y terminó posándola sobre sus propias manos y su perfecta manicura, que no enmascaraba en absoluto ni su edad ni los pliegues de su epidermis. Rosana sentía que se hacía vieja, que su piel se convertía con cruel velocidad en la arrugada corteza de un árbol. El contraste de ella misma con su bronceado y joven marido la hacía sentir, a veces, ridícula. Suspiró y miró con cariño a Marco Fiore.
—Tal vez podamos encontrar un nuevo objetivo en nuestras vidas.
Rosana balanceó suavemente la cabeza de forma asertiva, como si así asentase de mejor forma aquella nueva idea en su cabeza. Después, pareció tomar fuerzas de algún lugar oculto dentro de sí misma, se recompuso y volvió a acercarse a las maletas para continuar haciéndolas, al tiempo que seguía hablando.
—Escúchame bien. Diremos que hemos ido a ver a tu madre, ¿de acuerdo? Que está mala y que ante la gravedad de la situación no ha quedado más remedio que hacer un viaje exprés.
—¡Pero si la mamma está perfect…!
—Ah, Marco…
Rosana lo interrumpió con una sonrisa, aliviada de que su ingenuo niño grande hubiese regresado.
—Tu madre tiene ochenta y cinco años, algún achaque nos podremos inventar.
Marco sonrió ante la astucia de su mujer, y en aquel instante sintió que la quería más que nunca. Sí, había sido muy afortunado la noche que la había conocido. Culta, inteligente y rica. Todavía le resultaba atractiva. Y ella lo amaba de una forma generosa e inexplicable, protectora. ¿Cómo podía él ser tan desleal, tal malnacido y traicionarla con otras mujeres? Pero aquella vida de infidelidad constante se había terminado. Nunca más, se dijo, mirando cómo Rosana terminaba de cerrar una maleta para comenzar a preparar otra. Ella no lo merecía. En aquel instante, y sin saber aún si sería capaz de controlar sus instintos, Marco Fiore se juró a sí mismo que sería fiel a aquella mujer. Empezaría desde aquel mismo momento una nueva vida.
Pensó, incluso, que podría pedir un préstamo para montar un negocio. Ella lo avalaría, por supuesto, pero no tendría que poner ni un euro. ¿No sería maravilloso un restaurante italiano en el centro de Santander? El Fiore, lo llamaría. Todo muy elegante, con cocina de categoría. Horno de leña, pizzas bien tostadas en sus bordes, con genuino sabor italiano, y no aquellas masas horribles que se comían en España. Y la pasta… Ah, la harían ellos mismos, tal y como siempre había hecho su abuelo Giacomo.
El italiano sonrió y se sintió feliz e ilusionado por primera vez en mucho tiempo. Quizás todo lo que había sucedido con Judith y con la horrible Margarita tuviese un sentido, un significado. Los nuevos comienzos no debieran asentarse en la muerte de otros, pero lo cierto era que aquel había sido su punto de inflexión: por fin iba a dejar de navegar a la deriva. Marco se acercó a su mujer, atareada e inclinada sobre la maleta abierta sobre la cama, y la abrazó por la espalda, sorprendiéndola y haciéndola sonreír. Desde luego, Rosana aparentaba ser una mujer dura y de lengua viperina, pero él acababa de descubrir en ella el calor de un verdadero hogar.
Clara Múgica escuchó el ruido de la puerta principal al abrirse, a pesar de que ella estaba tumbada en la cama del piso superior de su ático dúplex, en el barrio de Valdenoja de Santander. ¿Qué hora sería? Miró el reloj. Casi la hora de comer. Sí, ya había llegado el momento de deslizarse hacia la realidad. Ese día libraba, pero quería salir igualmente para ir al hospital y ver a Oliver. Antes de irse a dormir había sabido que se encontraba estable y fuera de peligro, pero no se había quedado tranquila hasta que había podido decírselo a su marido Lucas, buen amigo también del joven inglés y, ahora, y por causa de ella misma, parte de su familia política. Hacía no mucho tiempo que, por razón de unos crímenes investigados por Valentina, Clara había descubierto su parentesco con Oliver, y desde entonces la relación con el joven se había ido estrechando cada vez más.
La forense se levantó y estiró largamente, por lo que, con el gesto, el pijama camisero que llevaba se le subió desde el muslo hasta alcanzar casi la altura de las ingles. Miró por la ventana, y le alegró ver que había salido un sol fuerte y claro, sin nubes a la vista. Por fin comenzaba a intuirse el verano del norte, que llegaría pronto, aunque la temperatura todavía era fresca. Se puso unos gruesos calcetines de lana a modo de zapatillas y bajó las escaleras de caracol hacia el pasillo, que estaba vacío. Miró en la cocina y en el baño del acogedor ático, hasta que se dio cuenta de que Lucas había atravesado el salón hasta su enorme terraza, donde estaba poniendo la mesa. Era un amplio espacio rectangular que se enfocaba deliberadamente hacia las imponentes vistas de las playas y del frío mar de Santander, y que en vez de barandilla disponía de estrechos paneles de cristal transparentes; desde luego, si el visitante olvidaba su propio vértigo, en aquel extraordinario mirador podría sentirse como un espectador privilegiado.
—Ah, cariño, ¡ya estás levantada!
Ella volvió a desperezarse y se acercó, plantándole a su marido un breve beso y un largo abrazo, como si aún no hubiese salido por completo de su estado somnoliento y siguiese buscando una almohada donde recobrar el sueño. Sin embargo, estaba ya completamente despierta y su cabeza comenzaba a burbujear preguntas.
—¿Has ido al hospital?
—Sí, no te preocupes, Oliver está bien. Lo que te dijeron, apendicitis… ¿Has llamado a Valentina?
Ella negó con la cabeza e hizo una mueca maliciosa.
—No he querido.
—¿Cómo?
Lucas se quedó quieto y dejó la botella de vino que iba a abrir sobre la mesa, esperando una explicación. Clara arrugó la nariz, como si fuese una niña a la que hubiesen pillado haciendo una inocente travesura.
—A ver. No quiero ser la intermediaria, ¿entiendes? Quiero que sea ella quien lo llame, quien sufra por saber qué le ha pasado hasta que comprenda que ha hecho el idiota dejándolo. Yo qué sé. Y mira que a ratos pienso que a lo mejor ella ha hecho bien en tomar un poco de distancia… Pero ya sabes, el roce hace el cariño —añadió con un mohín bienintencionado.
Lucas meneó la cabeza sonriendo, y ella supo que había entendido y aprobado su pequeña bellaquería.
—Me ha dicho Oliver que, aunque no ha hablado con ella, le han confirmado que Valentina ha llamado al hospital preguntando por su estado de salud.
—Oh. Mira qué bien, ¿ves?… ¿Y qué tal ha quedado? ¿Está muy molesto con los puntos?
—No —negó Lucas, restando importancia a la gravedad del inglés—, es joven y resistente. ¿Sabes?… Cuando me fui entraba Matilda a visitarlo.
—Ah, qué bien.
—Sí, creo que desde que esta mujer trabaja en Villa Marina ha adoptado a Oliver como si fuera el típico hijo que sabe que siempre anda metido en líos.
Clara sonrió y echó mano al queso que su marido había troceado y dejado preparado sobre la mesa, pensando que ella aún dormía.
—Estoy hambrienta, ¿qué tenemos?
—Luisa hizo un guiso de pollo, lo estoy calentando —le contestó él refiriéndose a la asistenta que habían contratado desde que Clara había recibido su herencia millonaria, que de momento, y salvo por aquel y otros pequeños lujos domésticos, solo había sido utilizada en causas sociales.
—Anda, siéntate, que aún debes de estar agotada.
—Sí, la verdad es que estoy molida —reconoció ella, ejercitando el cuello de un lado a otro, como si tuviese que recuperar su movilidad—. Demasiado trabajo para una sola noche.
Lucas terminó de abrir la botella de vino y sirvió un poco en cada una de las copas de cristal que había sobre la mesa. Mientras dejaba que se calentase en el horno la comida, no se sentó frente a su mujer, sino a su lado, pues a ambos les gustaba contemplar las vistas desde su enorme terraza; desde allí veían pasar los barcos hasta que se escondían tras la firme silueta de la Magdalena y entraban en la bahía, que refugiaba a las naves fuera de su ángulo de visión.
—¿Sabes qué he pensado?
—Que tienes la mujer más guapa del mundo y que, aunque ya esté un poco mayor, no la cambiarías nunca por una de veinticinco.
Él sonrió y le hizo una mueca a su mujer.
—Además de eso.
—No sé. No me hagas adivinar, que estoy muerta —le dijo, ahogando un bostezo.
—¿Qué tal unas vacaciones?
Ella frunció el ceño, extrañada.
—Pero si ya estuvimos en Mallorca en Semana Santa… ¿Tú no tenías solo días libres en agosto? Y yo aún tengo que ver mis guardias…
—Sí, pero hay que organizarlo con tiempo. Y he pensado que desconectemos por completo. Nada de irnos una semana y a correr, para verlo todo en un suspiro.
Lucas negó con la mano y simulando un semblante serio, como si aquella idea de los viajes apurados fuese inaceptable.
—Podríamos viajar el mes entero, darnos el lujo por una vez, y no hace falta que vayamos a superhoteles, ¿eh? He pensado en nuestro viaje mochilero, ¿te acuerdas? Cuando éramos novios…
Ella lo miró con expresión divertida.
—¿Te refieres a cuando dormíamos en hostales de habitación compartida y desayunábamos sucedáneo de café? Suena muy relajante, sí…
—No digo que lo hagamos de esa forma —se rio él—, podemos permitirnos algún lujo burgués, como habitación privada y café recién hecho.
—Viva el lujo burgués —sonrió ella, alzando su copa y brindando al aire—. ¿Sabes qué? Me apunto. Eres el mejor —declaró, dándole un nuevo y sonoro beso—. ¿Por dónde pensabas que fuésemos?
—Ah, pues por algunos de los sitios que conocimos en aquel viaje, pero completando bien el recorrido —contestó Lucas, realmente emocionado porque a ella le hubiese gustado la idea—. Había pensado en ir por Alemania, Roteburgo, la ruta por la Selva Negra y sus castillos… Un poco del norte de Italia, luego pasar por Berna en Suiza, Zúrich… ¿Recuerdas cuando nos tomamos allí aquella cerveza enorme? Después, por supuesto, nuestra rutita de bodegas alrededor del lago Lemán en Ginebra…
—Oh, sí, ¡de ahí sí que me acuerdo, aquellas deliciosas copas de vino blanco!
Lucas se frotó las manos, tal era su satisfacción con solo imaginar y organizar el viaje. Recordó con nostalgia aquel maravilloso caldo que había probado a las orillas del lago Lemán, justo antes de visitar el castillo de Chillon, en uno de los días más bonitos que recordaba haber vivido en su vida. Continuó programando su viaje soñado:
—Vale, pues luego terminaríamos por Francia… He pensado que incluso podríamos hacer el viaje en coche, sería como una road movie —le explicó a Clara, ilusionado, mientras ella cerraba los ojos y se dejaba llevar, imaginando todo lo que verían y vivirían, lejos del caos del trabajo y la ciudad. De pronto, ella abrió mucho los ojos.
—¡Joder, joder, joder!
—¿Qué… qué pasa?
—¡Ginebra, el lago Lemán!
—¿Qué le pasa al lago?
—¡Sabía que lo había visto en alguna parte!
Ella se levantó y, emocionada, comenzó a caminar de un lado a otro de la terraza, intentando explicarle todo a Lucas, que no entendía nada.
—A ver, ¿recuerdas el caso de Judith Pombo, el que te expliqué?
—La del tenis, ¿no? La que acuchillaron en un camarote cerrado.
—Esa. ¡No sé cómo no me di cuenta! ¿Cómo es posible que se me pasase? ¡Joder!
La propia Clara no daba crédito a lo que acababa de descubrir.
—¡Por eso no lo encontraba, porque estaba buscando en manuales forenses y no en libros de historia!
Lucas miró a su mujer con una expresión entre asombrada y sardónica, mostrándole con el gesto que no comprendía nada. Clara Múgica se acercó a su marido con una gran sonrisa y le dio un tercer y alegre beso, echando a correr hacia el salón, donde conectó de inmediato el ordenador portátil a internet.
—Perdona, cariño, tengo que confirmarlo, seguro que sale algo en la red.
—¿Algo de qué?
Lucas lo preguntó mientras la seguía, dudando ya de que su mujer estuviese en sus cabales. Desde luego, no había descansado lo suficiente tras aquella larga noche de trabajo.
—¡De cómo murió uno de los personajes más extraordinarios de la historia!
Clara se mordió los labios de pura excitación mientras la información se desplegaba ante sus ojos, y se sintió feliz al haber logrado encontrar la solución al misterio. Por fin sabía cómo había muerto Judith Pombo.