Lo que la marea esconde

Lo que la marea esconde


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Dirigid a una estrella una rápida ojeada, miradla oblicuamente, haciendo que se proyecte su imagen sobre la parte lateral de la retina, mucho más sensible a la luz débil que la central, y veréis la estrella de una manera distinta.

EDGAR ALLAN POE,

Los crímenes de la calle Morgue (1841)

La construcción del Hotel Real fue considerada, en su día, una tarea absolutamente necesaria. Si el rey Alfonso XIII iba a disfrutar cada verano en la Magdalena, también sería preciso crear en la ciudad un alojamiento adecuado para las múltiples visitas que su presencia atraería irremediablemente a Santander. El hotel, completamente blanco y con tejados negros, se inauguró en julio de 1917 en la cima de una colina que dominaba completamente la ciudad, y su impresionante y elegante estampa quedó ligada desde entonces a la figura de Santander.

Su señorial terraza ya se ofrecía desde sus primeros días como un mirador privilegiado sobre la bahía, y ocupaba prácticamente todo el ala este del edificio, manteniéndose elegante y digna pasados más de cien años. En aquella singular solana se encontraban Basil Rallis, Pablo Ramos, Victoria Campoamor y su tío, Félix Maliaño, sentados a una de sus mesas y protegidos del sol por una elegante sombrilla. La idea de comer juntos había surgido de la más pura casualidad. De hecho, la cita original iba a ser exclusivamente entre Pablo y Victoria en la Real Sociedad de Tenis, pero lo insólito de los acontecimientos había hecho que se trastocasen los planes.

Rallis se marchaba aquella misma tarde, y aunque Pablo sabía que podría verlo después en Barcelona, por cortesía no podía permitir que en su último día en Santander comiese solo, y más cuando se había ofrecido a ayudarlo con sus proyectos. Un poco de luz, por fin. Quizás la muerte de Judith no supusiese una tragedia tan terrible, después de todo. A Pablo le parecía que sin ella en su camino se eliminaban algunos obstáculos que antes parecían insalvables.

Cuando Victoria había aparecido con su tío en la Real Sociedad de Tenis, un Pablo ilusionado le había pedido cambiar los planes, y ella se había mostrado encantada con la oportunidad de pasar un rato más con una leyenda como Rallis. Los dos jóvenes habían quedado previamente para comer juntos de modo informal, sabiendo ambos que oficialmente se reunían como simples colegas de tenis, pero que en la práctica lo hacían por el motivo más viejo y antiguo de todos. Dado que finalmente aquello ya no iba a ser una cita para dos, se había unido Félix Maliaño, que a fin de cuentas era el presidente de la Federación Cántabra de Tenis, y tampoco quería desaprovechar el lujo de pasar un rato con aquel legendario jugador. Entre bromas, había observado que sería fantástico poder hacerlo «sin ningún crimen de por medio», para poder tener una conversación tranquila e informal sobre el mundo tenístico.

—¿Crees que después de la comida podríamos dar un paseo tú y yo? —le había preguntado discretamente Pablo a Victoria, que se había echado a reír.

—¡No pensarías que te iba a perdonar la invitación!

La joven estaba sorprendida de sí misma, de su genuino interés en Pablo. Le había gustado la cariñosa forma de despedirse de su padre, Julián, en el club, lo atento que era, y ni siquiera le había molestado que hubiese cancelado su cita para dos, comprendiendo el más que razonable motivo. Sin duda, si Judith y Margarita no hubiesen fallecido tan repentinamente, la agenda de Rallis habría estado ocupada hasta su partida, pero la situación había cambiado de forma drástica, y ya no había protocolo al que asirse.

Victoria observó con disimulo a Pablo, que charlaba animadamente con Rallis sobre los mejores jugadores de la temporada. ¿Cuántas vicisitudes habría vivido aquel chico? No podía ni imaginarlo. Admiró en silencio su valentía para reinventarse después de un accidente como el que había tenido. ¡Y vaya resultados en la ATP! Y aquella bonita sonrisa… Victoria le había dicho a su novio que tenía una comida con gente del club, que no le quedaba más remedio que acudir por causa de su trabajo en la Federación, pero ella sabía que aquella primera mentira conllevaba algo más. Un comienzo de huida, un interés real en alguien que se movía con el mundo, y no como ella, que llevaba nueve años en un noviazgo que no avanzaba hacia ninguna parte.

—Victoria, ¿estás con nosotros?

Rallis se lo había preguntado divertido, observándola ensimismada cuando ya hacía un rato que habían llegado los aperitivos que habían pedido, incluyendo un sorprendente gazpacho andaluz que el camarero, muy convencido, les había asegurado que era el mejor de todo Santander.

—Oh, sí… Perdón, supongo que ha sido todo lo que ha sucedido estos días. No sé dónde tengo la cabeza.

—En los crímenes, querida, ¡dónde si no!

Rallis se rio de forma suave y moderada, pero evidenciando que la gravedad de la situación, en vez de preocuparle, le hacía gracia. Habían alcanzado un nivel de cercanía y confianza aceptable, y ya se tuteaban cordialmente.

—¿No os parece como si estuviésemos en una de esas novelillas de misterio?

—En cierto modo, sí —reconoció Félix, que no dejaba de comer y de probar todos y cada uno de los aperitivos—, aunque esto comienza a ser realmente preocupante, porque acaba de fallecer también la madre de Judith.

—¿Cómo? —se sorprendió Rallis, que por un instante aparcó su tono flemático y malicioso.

—Ah, era muy mayor, creo que se murió durmiendo —explicó Félix, restando importancia al deceso—. Sin duda, el disgusto habrá sido decisivo, pero si no hubiera sucedido lo de Judith no nos habríamos escandalizado por la noticia. Me lo han comunicado hace un rato, cuando subíamos al hotel… Una pena, no quiero ni pensar cómo estará Melania, la otra hija. En fin —concluyó, mirando a Victoria—, mañana tendremos que ir al entierro… Quizás sea ya también el de Judith, si ya han… Bueno, si ya le han hecho la autopsia o lo que quiera que sea que hagan en estos casos. No sé cómo van estas cosas.

—Tres muertes en tres días… —Pablo se mostró preocupado y pensativo.

Se dirigió a Félix buscando más información.

—¿Seguro que murió durmiendo? Quiero decir… ¿Muerte natural?

—Eso me han dicho, al menos. Me ha llamado desde allí una de nuestras amistades comunes, pero también estaba la policía en la casa… Un juez, un forense y la teniente Redondo.

—¡Ah, la teniente! ¿Os habéis fijado en que tiene los ojos de dos colores? —preguntó Rallis—. Me pareció muy lista, pero no sé si será capaz de resolver las muertes de Margarita y de Judith. Supongo que seréis conscientes de que seguimos siendo los principales sospechosos.

—¿Nosotros? —se extrañó Victoria, que, interesada en el tema, abandonó de pronto su gazpacho sobre la mesa—. Nos han interrogado solo en calidad de testigos, como es lógico.

—¿De veras?

Rallis se rio ante su inocencia y su carcajada, aunque breve, se impregnó en todos como una burla.

—En el caso de Judith, está claro que buscan al asesino entre los que estábamos en el barco. No hay otra opción.

—Eso incluiría al capitán y al resto de la tripulación, entonces —puntualizó Pablo.

—Obviamente, pero estoy seguro de que no nos van a dejar tranquilos hasta que encuentren un cabeza de turco al que cargarle el muerto… —«Y nunca mejor dicho», pensó, sin decirlo y bebiendo un sorbo de una copa de vino—. ¿Por qué creéis que va a volver hoy a hablar la teniente Redondo con nosotros? De lo que sucedió ayer en la Magdalena tiene decenas de testigos, y quiere empezar precisamente por los que también estábamos en La Giralda.

Victoria miró fijamente al veterano jugador. Apoyó los codos en la mesa y cruzó los brazos, concentrando en él toda su atención.

—Y según tú, Rallis, ¿quién asesinó a Judith?

—Si lo supiese se lo habría dicho a la policía, querida niña. Solo os puedo asegurar que yo no he sido.

—Yo tampoco —negó Pablo, alzando las manos en gesto de inocencia.

—A mí no me miréis —sonrió Félix Maliaño, que abrió mucho los ojos, como si con aquella expresión argumentase mejor su pretendida inocencia.

Su sobrina Victoria suspiró.

—Pues si yo tampoco he matado a nadie, solo nos quedan Emilio Rojas y el matrimonio del italiano y la señora Novoa. Y la tripulación de La Giralda, por supuesto.

—Caramba, vamos a tener que incorporarlos como agentes al cuerpo —les dijo una voz firme y femenina a sus espaldas, sobresaltándolos. Todos se giraron y comprobaron cómo Valentina Redondo, junto a Riveiro, los observaba y esbozaba una sonrisa indescifrable, que inquietó incluso a Rallis.

—¡Teniente! —exclamó el veterano jugador—. La esperábamos.

El exjugador se levantó e hizo el ademán de unir más sillas a la mesa, aunque al instante le preguntó a Valentina si prefería hacerles las preguntas por separado. Ella miró a Riveiro y respiró despacio, decidiendo si en esta ocasión sería mejor probar una táctica diferente.

—Charlaremos en grupo esta vez, si les parece. Tendrán que contarme, cada uno de ustedes, todo lo que vieron e hicieron ayer durante el cóctel en la Magdalena, incluyendo una franja temporal previa de al menos treinta minutos, en que estaban todos ustedes asistiendo a la última ponencia… Impartida por usted mismo, si no me equivoco.

—Oh, sí, yo de eso me acuerdo bien —contestó Félix Maliaño, convencido—. Rallis terminó la charla contándonos lo de la pista de tenis más antigua del mundo, en Falkland, ¿verdad?

—Ah, veo que, contra todo pronóstico, alguien me prestaba atención —bromeó Rallis, complacido—. En efecto, una pista del año 1539 en un maldito castillo escocés… Si no recuerdo mal la propia Margarita estaba en primera fila, escuchando…

Rallis miró a Valentina.

—No tengo idea de haber visto en ella nada raro ni fuera de lugar en aquel momento, francamente.

Los demás también negaron, mirándose los unos a los otros, como si les diese más fiabilidad que aquella negación fuese un posicionamiento común y sin fisuras.

—Bien…

Valentina los miró con seriedad, mientras Riveiro escuchaba atentamente y sin molestarse en sacar su libreta.

—¿Y después?

—Después nos dirigimos directamente al cóctel dispuesto en el salón de baile —explicó Rallis—, aunque yo me retrasé un poco, claro.

—¿Por?

—Ah, los autógrafos, naturalmente. Suelo tener que firmar algunos de vez en cuando, especialmente a quienes vienen a mis charlas. Me acompañaban el director de las jornadas de tenis y una de las azafatas, amén de seis o siete personas a las que tuve que atender. Cuando después fui a la fiesta ya estaba por allí Margarita, pero yo no charlé con ella y tampoco estaba pendiente de lo que hacía, obvio, hasta que comenzó a sentirse mal y a no poder respirar, que ahí ya todos los presentes nos dimos cuenta de que algo no iba bien. Al principio pensé que se habría atragantado, la verdad, porque ya le digo que le costaba respirar con normalidad.

Valentina asintió, sabiendo que aquel punto sería fácil de comprobar. Miró entonces al resto de los compañeros de mesa de aquella espectacular terraza sobre la bahía.

—¿Y ustedes?

—Victoria y yo fuimos juntos desde el comedor de gala hasta el cóctel, charlando —aseguró Pablo, mirando a la joven con discreta complicidad—, y yo sí me fijé, como ya le conté en la Magdalena, en que Margarita había ido a coger café a la máquina… Después estuvo en nuestro círculo charlando con unos y otros, aunque poca cosa. Yo estaba sobre todo con… En fin, estaba charlando con Victoria.

—Sí, estuvimos juntos todo el tiempo —confirmó la joven muy seria, dándole importancia a aquel asunto, como si temiese que el crimen llegase a salpicarla de alguna forma.

—Doy fe —añadió su tío— porque yo estuve todo el rato cerca de Pablo y Victoria, incluso fui caminando tras ellos al terminar la ponencia y dirigirnos al salón de baile… ¿Cómo se llamaba aquella doctora? ¡Ah, sí! La doctora Tubío, fui hablando con ella mientras caminábamos… Después nos dispersamos un poco, pero yo me mantuve todo el tiempo cerca de mi grupo.

—Su grupo… ¿Y no recuerdan nada relevante? Algo que dijese Margarita, algún comentario o gesto que entonces quizás no les llamase la atención… Cualquier detalle puede ser trascendental.

Todos guardaron silencio varios segundos, hasta que Victoria, tímidamente, creyó recordar algo que seguramente carecería de importancia.

—Bueno… Después de ir a la mesa del café, creo que Margarita fue al baño.

—¿Sola o acompañada?

—Sola, que yo sepa.

—¿Y la vio en el momento de regresar?

—No sabría decirle, teniente. No estaba pendiente de adónde iba y venía…

—Ya.

Valentina supo exactamente a quién había estado prestando su atención la joven Victoria durante el cóctel. Miró a Pablo Ramos y pensó que sí, que aquellos dos bien podían ser unos inteligentes asesinos o bien nada en absoluto, solo dos personas que tal vez comenzaban a caminar en la misma dirección. Y si Margarita había ido al servicio después de servirse el café, ¿se lo habría llevado consigo o lo habría dejado enfriar sobre una mesa, a disposición de cualquier asesino? Riveiro, que había guardado completo silencio hasta el momento, decidió intervenir.

—¿Y el resto de los invitados a la goleta? ¿Los vieron a lo largo del cóctel?

Hubo varios comentarios cruzados. Sí, los habían visto yendo y viniendo, aunque al parecer tampoco les habían prestado especial atención. Solo Félix Maliaño acertó a asegurar que había observado al matrimonio de Marco y Rosana junto al de Emilio Rojas y su esposa, charlando durante bastante rato junto al ventanal donde la propia Valentina los había visto nada más llegar al salón de baile.

Justo cuando Valentina iba a continuar haciendo preguntas sonó su teléfono. Miró la pantalla y comprobó que era Clara Múgica. Por fin. Ya se habría levantado y habría visto todas sus llamadas perdidas. La teniente le pidió a Riveiro que continuase haciendo preguntas a los testigos mientras ella se alejaba un instante para atender discretamente la llamada. Tal vez la forense tuviese novedades que aportar sobre el estado de salud de Oliver.

Sin embargo, Clara Múgica no quería hablarle sobre Oliver Gordon. Quería contarle un descubrimiento extraordinario, que si pudiese aplicarse al caso de Judith Pombo cambiaría absolutamente la perspectiva de las cosas. Necesitaba reunirse con ella y con Riveiro urgentemente para analizar los detalles y comprobar si su teoría era plausible. Le adelantó a Valentina un par de esbozos de lo que tenía en mente, pero resultaba preciso aunar la información que todos tenían sobre el caso de la presidenta de la Real Sociedad de Tenis. Al colgar, la teniente fue corriendo hacia Riveiro.

—Disculpen, tenemos que marcharnos. Gracias por su colaboración y buen viaje de regreso a casa, señor Rallis.

Riveiro no disimuló su sorpresa. Se despidió abruptamente y se alejó unos pasos con Valentina. Pasaron delante de un ascensor de madera antiquísimo y avanzaron rápidamente hacia el vestíbulo del venerable hotel, sin dejar de caminar a buen paso y dirigiéndose directamente hacia el coche.

—¿Qué pasa? ¿A qué viene que…?

—¡Ah, joder, Riveiro, es que es increíble! Clara dice que es muy posible que el asesino no se encontrase entre los invitados a La Giralda… No te lo vas a creer, ¡pero asegura que, cuando Judith subió al barco, ya estaba prácticamente muerta!

La sala donde practicaban las autopsias se encontraba en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, pero el despacho de Clara Múgica se hallaba fuera del complejo; la forense preparaba sus informes y coordinaba gran parte de la burocracia del Instituto de Medicina Legal desde muy cerca, en un despacho del mismo edificio donde se hallaban la mayor parte de los juzgados de Santander.

Clara recibió a Valentina y a Riveiro con gesto apurado y con un gran despliegue de documentación sobre la mesa de juntas de color haya que estaba próxima al gran ventanal de su despacho.

—¿Habéis comido? —les preguntó sin dejar de organizar papeles y corriendo de un lado a otro.

—No —respondió Valentina, que justo en aquel instante pareció recordar que de vez en cuando era necesario nutrirse, aunque últimamente lo hacía sin apetito, por simple supervivencia.

—Que sepáis que yo también he dejado sin degustar un pollo al limón por vosotros.

—Y en tu día libre —sonrió Riveiro—. A ver, ¿qué es eso de que Judith ya estaba prácticamente muerta? Es imposible que la hiriesen antes de entrar en la goleta sin que se diera cuenta. Y especialmente una herida tan grave.

—Salvo que la hubiesen anestesiado localmente y no se enterase de la lesión —especuló Valentina, que ya había ido teorizando posibilidades con Riveiro durante el trayecto del coche hasta el despacho de la forense.

Nada más decirlo, la teniente fue consciente de que había lanzado al aire una idea sin fundamento médico alguno.

—¿Sugieres que la anestesiaron en el pecho y que no se enteró de que le dieron una puñalada en el corazón? —preguntó Riveiro, completamente escéptico. Resultaba evidente que rechazaba de plano aquella alocada idea—. Eso es imposible.

—¡Ajá! —exclamó Clara, alzando los brazos—. Ahí está el problema, en nuestra idea de lo imposible. Claro que yo tampoco había pensado en ningún momento en la idea de la anestesia…

La forense miró a Valentina frunciendo el ceño y negando también tácitamente aquella estrafalaria posibilidad.

—Sin embargo, la historia de Isabel de Baviera puede darnos una pauta clave para resolver el caso.

—¿Isabel de Bav…? —se extrañó el sargento—. ¿Y esa quién coño es?

—¡La emperatriz Sissi! La de Austria… Coño, Riveiro, habrás visto la película al menos, con Francisco José y toda la historia de los vestidos, los lujos y palacios…

—Sé perfectamente quién es la emperatriz Sissi, gracias.

Clara le hizo una mueca amistosa al sargento, y les señaló a él y a Valentina la documentación que había sobre la mesa de juntas.

—A ver, os lo voy a contar desde el principio, porque es que encima esto también sucedió cuando ella iba a subir a un barco, ¡es que es igual!

Riveiro resopló y sacó su pequeña libreta del bolsillo, dispuesto ya a apuntar los términos clave de todo lo que Múgica tuviese que explicarles.

—Bueno, cuéntalo sencillito y sin palabras técnicas de forense tocapelotas si puede ser.

—Lo explicaré como siempre, entonces. Como si tuvieses tres años recién cumplidos —contestó ella sonriendo y sabiendo que aquella era una broma común entre ambos.

Valentina dio un paso al frente y se puso ya a leer la documentación que Clara había dejado allí para ellos. No pudo evitar fijar la mirada en una gran fotografía en blanco y negro de la emperatriz Sissi, que miraba a la cámara con seriedad. Estaba sentada en un elegante sofá sin brazos y tapizado en tela fina, y a sus pies un perro de gran tamaño parecía recordar mejores tiempos con una postura que invitaba a la melancolía. La emperatriz llevaba un impresionante vestido completamente negro con un lazo blanco anudado al cuello, y con su cabello recogido desprendía una imagen de femenina y sobria belleza. Sin embargo, en su expresión se reflejaba una rebeldía decidida, un potente desafío. Era imposible apartar la mirada.

—Era guapísima, ¿verdad?

Clara se acercó.

—Cuando se hizo mayor prohibió que le hiciesen fotografías, y en las pocas existentes aparecía con un abanico enorme cubriéndole el rostro. Murió con sesenta y un años, pesaba cincuenta kilos y medía metro setenta, ¡un tipín! Bien —continuó, emocionada—, pues esto es lo que nos interesa, su muerte en 1898.

—Su muerte… —repitió Valentina, intentando concentrarse y sin ver todavía por dónde iba a conectar Clara la muerte de aquella famosa emperatriz europea con la de Judith Pombo, más de cien años después.

—Exacto, su muerte. Lago Lemán, en Ginebra, Suiza. ¿Os situáis?

—Sí.

—De acuerdo. Pues cuando conocí ese lago por primera vez fue hace ya un montón de años, cuando Lucas y yo éramos novios e hicimos un viaje mochilero por Europa.

—Tú, ¿un viaje mochilero? —se burló Riveiro, alzando las cejas.

—Ya ves… El caso es que cuando estuve paseando por allí, vi una placa que recordaba cómo había sido asesinada Sissi en 1898. Ahora, investigando en internet, he comprobado que también hay una estatua, aunque yo no me acuerdo de haberla visto cuando fui, allá por el año…

—Ibas por el asesinato —la atajó Valentina, que quería concretar ya la información.

—Sí, perdona. Bien, pues había un tal Luigi Lucheni, que era un anarquista que quería pasar a la historia haciendo algo grandioso; deseaba ejecutar un acto de justicia social para resaltar el contraste entre las miserias que tenía que vivir el pueblo y los lujos de los gobernantes… En fin, lo de siempre.

Clara les mostró una fotografía del individuo, que Valentina supuso que también habría conseguido de internet.

—El caso es que el tipo se enteró de que estaba la emperatriz en la ciudad, y aquí sabemos exactamente lo que sucedió por los numerosos testimonios y por la condesa Sztáray, que estaba con ella cuando ocurrió todo. Se suponía que Sissi iba de incógnito, aunque a su paso debió de ser fácil identificarla, porque era sabido que desde la muerte de su hijo iba siempre vestida de negro y que llevaba un velo del mismo color cubriéndole el rostro; el anarquista se acercó a ella y fingió un tropezón, pero en realidad le clavó una especie de estilete casero que había fabricado él mismo. Imagino que Lucheni habría supuesto que Sissi caería al momento y que él sería inmediatamente detenido, pero sin duda, y para su sorpresa, la emperatriz se levantó y le quitó importancia al accidente, decidiendo seguir su camino para montar en el vaporetto.

—Espera. —Riveiro había fruncido el ceño—. No puede ser. ¿Cómo te van a clavar un arma blanca en el pecho, al lado del corazón, sin que te enteres?

—Sé que es raro, pero no imposible. Fíjate, han hecho falta más de cien años para que se repita una circunstancia similar. Cuando una persona está en riesgo, el hipotálamo, en el cerebro, envía señales a las glándulas suprarrenales del riñón para que libere adrenalina y otras hormonas al torrente sanguíneo… Esto logra que aumentemos nuestra capacidad de reacción y hasta nuestra fuerza, disminuyendo la capacidad de sentir dolor.

—Es posible —razonó Valentina—. Cuando me dispararon no me di cuenta hasta después, cuando noté toda la sangre. Los médicos me explicaron que había sido el miedo el que me había protegido del dolor, para que mi cuerpo se concentrase en sobrevivir… En mi caso funcionó solo a medias —dijo como si fuese una simple constatación, sin matizar sus palabras con la tristeza real de su pérdida—. Me dijeron que el cerebro hace que el corazón lata más deprisa para que envíe más oxígeno a través de la sangre y mejore la coagulación de las heridas, además de llegar más rápido a las extremidades para que puedas huir. Todo muy primario, pero tiene su lógica, porque también hace que disminuya tu percepción del dolor.

Riveiro y Múgica escucharon a Valentina sin atreverse a intervenir. Era la primera vez que les hablaba directamente de lo que había sucedido el día que había sufrido el tiroteo. Riveiro se acordó de pronto de cuando había saltado una vez en mitad de un paso de cebra para apartar a su hijo de un ciclomotor que iba directo hacia él: tuvieron que darle seis puntos en la mano por la herida que se causó al caer sobre unos cristales, pero ni siquiera fue consciente de haberse herido hasta que pudo comprobar que su hijo mayor estaba a salvo.

—De todos modos, me parece improbable —observó el sargento, mirando a la forense— que te apuñalen el corazón y que no te enteres.

—Espera, que os sigo contando.

—A ver.

—Figuraos cómo fue la cosa que Sissi hasta recogió su sombrero y su paraguas del suelo y se fue caminando hasta el vaporetto. Reconoció que le dolía el pecho, pero supuso que había sido por el impacto del tropezón, y no se imaginó lo que había sucedido en realidad, porque ya estaba herida de muerte. Tras un rato en el barco, comenzó a sentirse mareada y a palidecer, hasta que se desmayó. Parece ser que la condesa que la acompañaba le echó agua en el rostro y Sissi se reanimó, aunque volvió después a perder el conocimiento. Cuentan que decidieron subirla a cubierta, donde se recuperó y hasta preguntó qué le había pasado. Fue entonces cuando la condesa le abrió un poco la camisa para que respirase mejor y descubrió en aquel instante una pequeña mancha roja de sangre, del tamaño de una moneda, a la altura del pecho izquierdo.

—¡Igual que Judith Pombo! —se maravilló Riveiro, que ya había dejado de realizar anotaciones para seguir escuchando el relato.

—Sí, muy parecido, la verdad. Además, y en ambos casos, las dos llevaban ajustados corpiños que sin pretenderlo taponaban la salida de sangre de la herida… He leído que Sissi volvió a desmayarse y a perder el color, por lo que la abrigaron con su chaquetón, sin lograr que volviese el color a sus mejillas. El caso es que el capitán del barco, al saber quién era la pasajera indispuesta, regresó volando al embarcadero del lago, y llevaron a la emperatriz en camilla hasta el hotel donde se había alojado la noche anterior, el Beau-Rivage, donde murió una hora después.

—¿Todavía vivió una hora después de regresar a tierra? —Valentina no salía de su asombro—. Estoy con Riveiro, suena prácticamente imposible.

—No, no lo es, si el objeto punzante es muy afilado y fino, como fue el caso, y apenas produce hemorragia. De esta forma puede suceder lo que en efecto sucedió, y es que la sangre comenzase a caer gota a gota en el pericardio, muy despacio, lo que provocó que el corazón se paralizase de forma progresiva pero muy lenta. He repasado mis apuntes sobre la autopsia de Judith y concuerda, lo veo perfectamente razonable y plausible; aunque en nuestro caso el arma debió de ser un poco más gruesa y la herida ligeramente más profunda, por lo que, desde la agresión, el tiempo de vida de Judith fue menor.

—¿Y eso no lo visteis ya al hacer la autopsia? —dudó Riveiro—. Quiero decir, ¿no dedujisteis cuánto había podido tardar en morir desde el ataque?

—¿Cuestionas mi profesionalidad?

—Joder, Clara, solo pregunto.

—Ya lo sé. Pero piensa que lo que nos llega es una herida de arma blanca que ha ocasionado la muerte, y hay muchos factores que pueden incidir en la gravedad y velocidad de la hemorragia; ni siquiera os hemos pasado todavía el informe de la autopsia, porque como es normal todavía no disponemos de los análisis de tejidos y fluidos… Cuando los tengamos podré dar una visión más completa de lo que le sucedió a Judith. Pero claro, siempre queréis saber todo al momento, metiendo prisas…

—Que sí, Clara, no te enfades.

La forense, sin embargo, sintiendo necesidad de justificar el buen protocolo seguido en su trabajo, continuó dando explicaciones.

—… Si nos hubiese llegado aquí el cadáver de la emperatriz sin saber su historia, tampoco nos habríamos figurado que desde que la habían apuñalado había estado viva todavía un par de horas, yéndose incluso a navegar por el lago Lemán…

Tanto Valentina como Riveiro guardaron silencio durante unos segundos, asimilando aquella asombrosa información y procurando mentalmente no decir nada más que pudiese ofender el criterio profesional de la forense. Lo cierto era que ella ni siquiera les había entregado todavía el informe formal de la autopsia, y además estaba trabajando en aquel caso en su día libre y tras una larga noche de guardia. No tendría sentido cuestionar el criterio de una profesional como Clara Múgica.

—Entonces, sí pudo suceder que Judith fuese herida de muerte justo antes de embarcar… —resolvió Valentina.

—O pudieron herirla ya en La Giralda —objetó Riveiro.

—No, tuvo que ser antes. Torres me llamó hace un rato y me contó que precisamente la víctima había sufrido una caída entre la multitud justo antes de embarcar, igual que la emperatriz Sissi —recordó la teniente.

—El impacto tuvo que ser fuerte —observó Múgica, moviendo la cabeza de un lado a otro y haciendo que su cabello trigueño bailase con el gesto—. Estoy convencida de que tuvieron que agredirla en esa caída que dice Valentina, porque cualquier otro impacto posterior tendría que haber sido notorio y no se les habría pasado por alto a los testigos.

La teniente, por su parte, seguía haciendo sus propias cábalas.

—Eso explicaría que, si ella se encerró por dentro para tener privacidad, terminase desmayándose y muriendo sobre la cama.

—¿Y el grito? —se preguntó Riveiro—. No olvides que gritó.

—Tal vez le sucedió como a Sissi, que se desmayó y recuperó el conocimiento, y después comprendió que iba a morir.

—O quiso pedir auxilio —observó Clara, razonando otra posibilidad más práctica.

—Es posible —reconoció Valentina, mirando de nuevo a Riveiro—. Recuerda que ella sí debió de ver la sangre, las dos gotas que cayeron estaban en el suelo, en mitad del camarote, y se notaba la marca de sangre claramente en su ropa, sin necesidad de abrirle el vestido.

—No sé.

—¡Las fotos!

Valentina sacó su teléfono móvil y fue revisando las imágenes que Torres le había enviado de los turistas del grupo de Dolce Vita. De entrada, no pudo distinguir bien los rostros de las personas que estaban al lado de Judith, porque al ampliar las imágenes estas se pixelaban.

—Tenemos que ir a la Comandancia para ver las fotos con el informático… Y a un tamaño decente —concluyó, haciendo ya ademán de irse.

De pronto, se dio cuenta de algo.

—Clara, ya sé que es tu día libre, pero no sabrás ya las conclusiones preliminares sobre la autopsia de Margarita…

—Tu equipo ha estado torturando a Almudena desde bien temprano, me lo ha dicho ella misma cuando he llegado; ya sabéis que en un caso así hasta que recibamos el informe de tóxicos no podemos confirmar que…

—Envenenada, ¿no?

Valentina la interrumpió sin miramientos, y Clara suspiró profundamente.

—Creemos que le echaron el cianuro en el café.

—Cianuro en el café… —repitió Valentina, pensando ya en quién le habría echado el veneno en la bebida.

—Perfecto. Muchísimas gracias por todo, Clara.

—Me debéis ya unas cuantas.

—Lo sé. Por cierto, Oliver…

—Tranquila, está bien. Lucas lo ha visitado esta mañana, y tendrá que pasar unos días en el hospital. ¿Por qué no vas a verlo? Le haría bien.

Las dos mujeres cruzaron las miradas y Valentina comprendió que la forense le enviaba con aquel «Le haría bien» infinitos mensajes. Pero la teniente tenía miedo de acudir a la llamada y de ya no ser capaz de marcharse nunca. No contestó nada a Clara y se limitó a marcar en el teléfono el número de la Comandancia, para que se priorizase de inmediato el trabajo con las imágenes de los turistas con Judith Pombo resurgiendo de su caída.

Por fin había encontrado una explicación perfectamente plausible para la muerte de la empresaria, pero todavía tenían que saber quién la había agredido y por qué. Estaba claro que no había sido ninguno de los invitados a La Giralda, por lo que, aparentemente, hasta ahora habían estado perdiendo el tiempo. Riveiro y Valentina se despidieron de la forense a toda prisa y, cuando se marcharon, Clara Múgica no pudo evitar posar de nuevo la mirada sobre la enigmática fotografía de la emperatriz Sissi.

Decían que su marido la había apodado la Gaviota, por su inagotable amor por los viajes y la libertad. Su final, como su propia vida, había sido trágico y sorprendente. Su asesino había conseguido con su acción un gran revuelo en Europa, pero no había logrado su objetivo de convertirse en mártir, porque donde había consumado el crimen no había pena de muerte, de modo que tuvo que conformarse con una nada épica cadena perpetua. En toda la documentación que Clara había encontrado sobre Sissi aquella mañana había descubierto que la emperatriz, días antes de morir, había escrito: «Quisiera que mi alma se escapara al cielo por un pequeño orificio del corazón». Si fuese verídico este último deseo, el final de aquella inusual emperatriz había sido, en cierto modo, magnífico.

La forense, mientras comenzaba a marcar el número de su marido para decirle que ya se iba a casa, no podía apartar la mirada de la imagen de Sissi, que tantos años después de su muerte la había ayudado a resolver un crimen insoluble. Una mujer fuera de lo común, pero que no había influido de forma decisiva en la política ni en la historia. ¿Qué tendrían algunas personas que, sin siquiera proponérselo, se convertían en leyenda?

Cuando Riveiro y Valentina entraron a buen paso en la sala de reuniones de la Comandancia, ambos frenaron su carrera al ver qué había sobre la mesa.

—¿Qué coño es eso, un león en miniatura?

—Ay, teniente —la agente Torres se aproximó corriendo—, los del SECRIM, que nos la han dejado aquí. Se llama Agatha.

—¿Qué?

Valentina no daba crédito.

—No será la gata de Margarita Rodríguez…

—Sí… Es una gata siberiana. Muy buena, ¿eh? No se ha movido del sitio desde que llegó.

Valentina negó moviendo la cabeza.

—Pero vamos a ver, ¿y no se le puede exigir al hermano que se la quede? O que se la lleve y se la regale a alguien en Burgos.

—Dice que no tiene a nadie a quien dársela, e insiste en que él es alérgico.

Valentina, sin tocarla, se acercó a la minina. Era una gata de pelaje largo, blanca pero con mechones grises aquí y allá, que hacían juego con sus enormes ojos. En la zona de la cabeza y la parte superior del cuello el pelaje era mucho más abundante, por lo que en efecto parecía un pequeño león de peluche. Riveiro intentó acariciarla.

—Qué peluda, ¿no?

Al instante tuvo que apartar la mano, pues Agatha le mostró los colmillos con gesto poco amistoso.

—Creo que esta raza en verano pierde bastante pelaje —le explicó Torres, que después miró a Valentina—. Han dicho que decidas tú qué hacer con ella.

—¿Que decida yo? No sé… Señor, ¡es enorme! ¿Cuánto pesará, ocho kilos?

—En su cartilla pone que nueve.

—Ah, que ya nos la han traído hasta con la cartilla… Joder. Pues podemos hacernos un abrigo con ella, es tremenda —bromeó Valentina, acercando también su mano a la gata, que sorprendentemente sí se dejó acariciar—. ¿Le habéis dado algo de comer?

—Leche y un poco de pescado, en la cafetería nos echaron una mano.

Valentina tomó aire y comprobó que Agatha no le quitaba ojo de encima.

—Vale, luego lo pensaremos. ¿Tenemos las imágenes?

—Sí, aunque el informático todavía está intentando mejorar la calidad. Pero en el ordenador de Camargo ya disponemos de la fotografía en que Judith se levanta del suelo.

—Perfecto.

Valentina reunió a todo el equipo y le contó lo que Clara había descubierto sobre el fallecimiento de la emperatriz Sissi, que de entrada pensaba aplicar al caso de Judith Pombo, porque a aquellas alturas ya resultaba imposible cualquier razonamiento lógico sobre un asesino fantasma que hubiese entrado y salido sin ser visto de aquel camarote cerrado por dentro en La Giralda.

—¿Has visto, Sabadelle? —La sonrisa de satisfacción de la agente Torres era amplia y burlona, y Zubizarreta la observaba con callado placer, sabiendo que, para desmontar los aires de superioridad del subteniente, podrían tirar de aquella anécdota durante mucho tiempo—. Resulta que sí, que la teoría del apuñalamiento retardado sí era posible.

—Puta carambola que habéis tenido, porque vamos, solo nos faltaba que ahora a Margarita también la hubiese envenenado el fantasma de la ópera…

—Hay que reconocer que todo en este caso es extraordinario —intentó apaciguar Valentina, centrándose ya en la imagen del ordenador de Camargo—. Torres, ¿tenemos algo del reconocimiento facial?

—Nada, aunque el sistema es un poco lento, y la base de datos es muy grande… En todo caso, de momento no parece que ninguno de los que estaban rodeando a Judith tenga antecedentes.

—De acuerdo. Vamos a ver… Camargo, ¿puedes ampliar ahí? No, no… Aquí, exacto.

La teniente inclinó la cabeza, se alejó de la imagen y se acercó a ella en repetidas ocasiones, y miró a Riveiro con preocupación.

—Por un momento me ha parecido que… No sé si tú has reconocido el rostro.

Valentina tomó ella misma el control del ordenador y amplió al máximo la imagen, justo hasta el límite preciso para no pixelarla del todo y convertirla en un dibujo desfigurado. El sargento se llevó una mano al rostro, confirmándole a Valentina que él también acababa de reconocer a la persona que ella señalaba en la pantalla.

—¿Qué… qué pasa, a quién habéis visto? —preguntó el cabo Camargo, que, junto a Zubizarreta, Sabadelle y Torres, también intentaba identificar aquel rostro, sin lograr deducir nada más que sombras.

Valentina se incorporó y puso ambas manos a los lados de su nariz, casi en posición de rezo, aunque lo que se reflejaba era preocupación.

—No puede ser, joder.

—No se me habría pasado por la cabeza en la vida —reconoció Riveiro, asombrado. Después, frunció el ceño—. ¿Y si fuese casualidad? Podría estar allí por puro azar.

Valentina lo miró con seriedad.

—¿De veras lo crees?

Y en aquella pregunta se guardaba ya una negación, la certeza de que la presencia de aquella persona en el instante en que se había herido de muerte a Judith Pombo no podía ser mera coincidencia. Sabadelle acercó su propio rostro a la imagen, sin reconocer a nadie.

—¿Se puede saber qué coño pasa? A ver… —Señaló al hombre que Valentina había estado mirando—. ¿Este quién es?

—Julián Ramos —respondió Valentina, con gesto apesadumbrado—, el padre de Pablo, el jugador en silla de ruedas.

—Hostia.

—Me temo que sí. Y lo siento mucho por el chico…

Valentina volvió a mirar a Riveiro. Ambos parecían haberse puesto de acuerdo para pensar lo mismo en relación con aquel caso. ¿Se podía sentir empatía por un asesino? Julián, el padre entregado, el padre coraje, el que se desvivía por la felicidad y bienestar de su hijo. Tras un historial de largo y callado sufrimiento, ¿qué no haría él para eliminarle los obstáculos en el camino a su hijo, y más si aquella senda le llevaba, de camino, de vuelta a casa?

Valentina tomó aire y descolgó el teléfono para llamar a Caruso, mientras Agatha, sin que ella se diese cuenta, se acercaba y se sentaba a su lado.

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