Lo que la marea esconde
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La peor parte del crimen, Hastings, es su efecto sobre el asesino.
AGATHA CHRISTIE,
Telón (1975)
A veces, cuando nos imaginamos a los asesinos, los dibujamos en nuestra mente como personas torcidas, quemadas por la vida. Con frecuencia, pensamos que los criminales disponen en su cuerpo o en su rostro de alguna cicatriz visible, que les recuerda nítidamente el lado oscuro del que proceden. Y en ocasiones, fantaseamos con otro caso distinto: el de los psicópatas, el de los perfectos caballeros que tras una fachada simpática y agradable desdoblan su vida, manteniendo la apariencia de la normalidad en un apartado visible de su existencia y albergando el horror en la otra, como si viviesen constantemente dentro de un espejo con versiones opuestas. Sin embargo, y tras el tópico novelesco y televisivo, se perfilan los asesinos y asesinas prácticamente fortuitos; los que creen matar por pura necesidad, y que aseguran con vehemencia haberse visto abocados al crimen por culpa de las circunstancias.
Julián Ramos era lo bastante realista como para comprender que sus circunstancias no le convertían exactamente en un asesino necesario; tampoco en uno fortuito y ni siquiera en un héroe o en un mártir. Él sabía que su recuerdo nunca se transformaría en la imagen idealizada de un padre coraje que hubiese procurado el bien para su progenie, eliminando de forma sencilla y práctica a quien se interpusiese en su camino hacia la plena felicidad. No, Julián comprendía perfectamente el alcance de lo que había hecho. Causa y efecto. ¿Se arrepentía? Tal vez. Los remordimientos acudían a él de vez en cuando, pero sin atosigarlo. Había encontrado cierta satisfacción perversa en ser él quien hubiese eliminado de la partida a Judith: ¿acaso era buena persona? No había visto que muchos llorasen su pérdida, y el mundo había seguido girando.
Y, además, ¿de qué servía seguir siempre las normas? Al final, solo los que quemaban contenedores en las manifestaciones conseguían sus objetivos. O eso le parecía. Ahora, el sargento Riveiro y la teniente Redondo lo miraban allí, sentado en la sala de interrogatorios de la Comandancia, sin dar crédito a las sorpresas que les deparaba su trabajo. Aquel hombre de pequeña estatura, amable y solícito, buen padre y esposo… Cuánto sufrimiento tenía que haber acumulado durante los últimos años de su vida como para atajar sus problemas de aquella forma. Eliminar a Judith tampoco tendría por qué haberle asegurado nada en relación con el futuro de su hijo, aunque acababan de saber que sí, que Basil Rallis, sin los obstáculos habituales que Judith interponía, sí se había decidido a echar una mano a Pablo Ramos. El joven estaba en la sala de espera de la Comandancia, deshecho e incrédulo, con una Victoria Campoamor que no lo soltaba de la mano y que procuraba darle consuelo; le acompañaba también su madre, que hasta ahora no había sabido nada de lo que había hecho su marido y que de momento vivía la situación de forma ajena, como si aquella historia perteneciese a otros, cuando en realidad iba a despertarse en cualquier momento para darse de bruces con aquella realidad imposible y desagradable.
Cuando habían ido a buscar a Julián a su piso, Valentina había visto en los ojos del hombre que, en cierto modo, haber sido descubierto había supuesto un extraño alivio. No había opuesto ningún tipo de resistencia, y nada más verlos había comprendido el motivo de la visita. Por un instante, Julián había dudado sobre si negarlo todo o no, sospechando que carecían de pruebas; sin embargo, cuando Valentina le aclaró que había un registro visual de él mismo al lado de Judith en el momento de caer y levantarse, ya supo que aquel pequeño gran teatro había terminado. Para la teniente, verlo llamar por teléfono a su hijo Pablo había sido una de las escenas más tristes que había tenido que presenciar en mucho tiempo.
Y ahora, tener ante ella a Julián, que antes de convertirse en asesino había sido buen esposo y mejor padre, no le facilitaba las cosas. Un abogado amigo de la familia se había hecho cargo del caso y lo acompañaba en su declaración; la reunión previa que habían tenido había durado apenas un minuto, porque Julián había insistido en querer contar todo con detalle, sin guardarse nada. El abogado era joven e inexperto en materia penal, pero a pesar de ello hizo sus recomendaciones de prudencia y mesura, que fueron desoídas por Julián.
—Dígame, ¿cómo sabía que Judith iba a embarcar en el palacete?
—Ya les he confesado todo, ¿qué más quieren?
—Los detalles, señor Ramos. Los necesitamos para el informe.
Valentina miró de reojo al abogado y procuró imprimir amabilidad a su tono. En su fuero interno, deseó que aquel hombre declarase no haberlo planeado todo, y que su acción hubiese sido fruto de una enajenación mental transitoria. Sabía que no era justo, que Judith tendría que haber tenido derecho a vivir y que, desde luego, también tenía derecho a que su asesino fuese castigado. Pero lo cierto era que para Valentina resultaba mucho más fácil ser inflexible contra los malvados sin escrúpulos. ¿Merecía su compasión aquel padre? Seguramente, la hermana y la madre de Judith Pombo, de poder hacerlo, responderían de forma tajantemente negativa.
Julián se llevó el dedo medio y el índice al entrecejo, como si acusase un gran cansancio.
—Hablé con Pablo por teléfono cuando estaba embarcando en la Magdalena.
—¿Lo llamó él o fue usted quien lo telefoneó?
—¿Y eso qué importancia tiene?
El hombre miró extrañado a Valentina, aunque en solo unos segundos pareció comprender por dónde podían ir los tiros.
—Mi hijo no tiene nada que ver con esto, ¿entiende? Téngalo claro, anótenlo donde quieran, ¡se lo juro!
El tono de Julián sonó desesperado por primera vez, y el hombre miró alternativamente a Valentina y a Riveiro, intentando asegurarse de que no cabía ninguna duda respecto a aquel punto.
—Continúe, por favor.
—Pues, pues…
—Julián, no tienes que decir nada —le aconsejó su abogado—, podemos solicitar declarar directamente ante el juez, y podemos…
—No, no —negó el hombre con la mano, muy convencido—. Que me pregunten lo que quieran, que se lo aclararé, ya no tengo nada que ocultar. Y, desde luego, Pablo no tiene ninguna vinculación con lo que ha sucedido —añadió, mirando a Valentina—. Llamé yo a Pablo, quería saber cómo había sido el embarque… ¿A quién se le ocurre, una cena en un barco? Y que un chico en silla de ruedas tenga que acceder por un muelle que no tiene ni rampa… En fin, solo quería saber si había podido subir a la goleta sin dificultades. Sé que Pablo ya no es un niño, ¡no me miren así! No entienden nada… Me gustaría verlos a ustedes teniendo que aprender todo desde cero.
—No hemos cuestionado su conducta con su hijo, Julián.
—Les he visto la cara.
—Se equivoca en sus conclusiones —afirmó Valentina, muy seria—. Le aseguro que soy muy consciente del enorme cariño y preocupación que un padre puede sentir por un hijo. Por favor, continúe, le escuchamos.
Julián cerró los ojos, como si al hacerlo pudiese recordar mejor, aunque a la teniente le pareció que el hombre, en realidad, quería terminar con aquel trámite lo antes posible.
—Al llamar a Pablo, supe que habían subido todos los invitados salvo la señora Pombo, que llegaba tarde… Les habían dicho que ella embarcaría en el viejo palacete del paseo de Pereda. No sé qué me pasó exactamente por la cabeza… Yo estaba en mi taller, que apenas está a dos minutos de ese embarcadero, y sin pensar cogí una lima con la que suelo trabajar…
—¿La apuñaló con una lima?
El tono de sorpresa de Valentina no dejaba lugar a dudas de que aquello sí que no se lo esperaba. Recordó en aquel instante que Julián ya les había dicho que había sido carpintero, y que todavía realizaba algún trabajo suelto tras su jubilación.
—No tiene por qué contestar —se apuró el abogado.
Sin embargo, Julián continuó hablando como si el joven no estuviese presente.
—Yo… No sabía que iba a apuñalarla, de verdad. No lo había planeado, se lo juro.
—Es que a lo mejor no cogió la lima, ya la tenía en el bolsillo, ¿no? —le interrumpió de nuevo el abogado, que se calló ante la mirada gélida de Valentina, porque una cosa era prestar asistencia y otra dirigir la declaración.
Hasta el propio Julián, en aquellas circunstancias, percibió la importancia que los detalles podrían suponer para su futuro próximo. Sin embargo, decidió ser honesto.
—No, la cogí de la mesa.
Miró al abogado y añadió, muy convencido:
—Y no vuelvas a interrumpirme ni a darme indicaciones, sé perfectamente lo que tengo que decir.
Julián resopló y enfocó de nuevo su atención en Valentina.
—Es una lima especial, pulida por mí, la modifiqué hace años para poder trabajar con ella en muebles delicados, es muy fina.
—¿La conserva?
—La tiré en una papelera del paseo de Pereda.
Valentina asintió y le hizo una señal a Riveiro. El sargento salió solo unos segundos para ordenar al equipo que coordinase el rastreo de las papeleras de la zona del palacete, contactando también con la empresa de recogida de basuras para verificar cuándo había sido la última vez que habían retirado desperdicios. Riveiro regresó sin perder un instante y observó cómo Valentina seguía haciendo hablar a Julián, que a cada segundo parecía más cansado y empequeñecido. Su rostro bronceado había parecido perder incluso su tono dorado, para convertirse progresivamente en un color más triste y oscuro.
—Señor Ramos, esto es importante. Si no pensaba apuñalar a Judith, ¿por qué cogió la lima de su taller?
—No, no… ¡No lo sé! Creo que estaba enajenado, ¿entiende? Aquella misma mañana había hablado con mi hijo sobre sus planes, sobre si podría volver a casa… Me terminó contando su última conversación con esa horrible mujer; ¿saben que incluso se le insinuó, la muy…?
Julián apretó los puños y miró hacia el suelo, revolviendo su rabia. Después, alzó la mirada y se la clavó a Valentina.
—Yo sé que nada puede justificar lo que he hecho, pero Judith Pombo era tóxica, una de esas personas que tuercen a la sociedad.
Julián negó con la cabeza, encogiéndose de hombros y mostrándose inseguro.
—Yo no sé con qué idea fui al muelle, se lo juro. Es que no lo pensé, ¡no lo pensé! Sabía que ella iba a llegar allí de un momento a otro para embarcar, y solo quería advertirle de que no se debía meter con mi hijo, que solo debía permitirle crecer y buscar su camino… ¿Por qué no lo dejaba tranquilo, eh? ¿Me lo explica usted, teniente?
—No me consta que Judith molestase nunca a su hijo, señor Ramos. Cuando entrevistamos a Pablo no nos confirmó nada en ese sentido.
—¿Y qué necesidad hay de actuar, cuando se puede ser igual de dañino limitándose a no hacer nada por los demás? No crea que porque Judith no llevase un revólver en la mano no disparaba bien sus balas. En Santander todo se sabe, y tenía desencuentros con todo el mundo.
Valentina suspiró. No iban a llegar a ninguna parte por aquel camino. Julián Ramos ya había decidido que la muerte de Judith estaba justificada, y si no lo era por su causa era por otras completamente ajenas. Quizás su obcecación no fuese más que el resultado de la frustración, del miedo y la angustia que había acumulado en silencio durante aquellos últimos años, constantemente preocupado por su hijo. ¿Habría sido Judith, simplemente, la figura en la que había podido descargar su ira? A Valentina no dejaba de sorprenderle aquella extrema sobreprotección sobre Pablo, que ya no era un niño y que había demostrado ser absolutamente capaz de rehacer su vida. Como si Julián hubiese escuchado sus pensamientos, no dudó en continuar su discurso contra las personas tóxicas como Judith:
—¿Saben que mi hijo se intentó suicidar hasta en dos ocasiones? No, claro, cómo iban a saberlo, de eso nunca se habla —remarcó con rabia— porque nos desagrada la simple idea, porque es un asunto que evitamos, como si en la vida real no existiese esa forma de morir. Pero ¿saben por qué se mata la mayoría de la gente?, ¿lo saben?
Nadie contestó, ante la evidencia de que aquella pregunta era un simple artilugio retórico.
—Por alivio. Por no querer sufrir más. Y miren, a mi hijo le pasó de todo. No solo se quedó sin poder caminar, sino que justo en aquellos meses perdió a su novia. Y esto les pasa solo a los nobles, a la buena gente. Fíjense si era tonto mi hijo que a su chavala hasta le dejó tiempo para escoger, ¡para escoger! Vivir con quien había estado los últimos cuatro años y pensaba casarse, aunque ahora fuese un amargado y un paralítico, o bien volar libre y empezar de nuevo. ¿Y qué escogió, adivinan?
—Dejarlo —replicó Valentina, atenta al discurso.
—Exacto. Lo que está roto, se tira. Así de fácil.
—O de difícil.
—No importa cómo lo ponga, teniente. Pero mire, un filtro que le puso la vida a mi hijo, y ahí le quedó en el camino una que no lo quería de verdad, pero que casi me lo mata. Mujeres de esas, como Judith, son las que sobran. Arpías sin corazón.
El abogado de Julián se mordía los labios y entornaba los ojos, y sus señales a su improvisado cliente parecían caer en saco roto. Estaba claro que Julián Ramos no iba a dejarse asesorar, que iba a decir todo lo que le saliese del corazón. Valentina miró a Riveiro de reojo, y comprobó cómo su compañero sentía también aquella inquietante lástima por un asesino, que justificaba con todos los males del mundo los que él mismo había ocasionado. ¿Hasta qué punto sería objetivo y racional aquel hombre con la historia de su hijo? Tal vez la novia de Pablo Ramos lo hubiese dejado porque el joven se había vuelto insoportable tras el accidente. O quizás ya había meditado abandonarlo antes de que le sucediese aquella mala caída en la nieve. ¿Cómo saberlo, cómo juzgar, si somos incapaces de adentrarnos en las verdades de cada corazón? Aunque había algo en lo que había dicho Julián que sí había llamado la atención de Valentina: la posibilidad de escoger. Aquello era algo que ella no le había dado a Oliver. Había decidido ella por los dos, dándose a sí misma la voz de la sabiduría y de la justicia, adelantándose a cualquier otra maniobra. La teniente intentó concentrarse en el interrogatorio.
—Julián, díganos qué sucedió cuando llegó al muelle.
—Pues… Vi que había una manifestación de no sé qué, algo del rey, y a lo lejos comprobé cómo ya se iba acercando la goleta al palacete. Esperé por allí, en la acera, porque supuse que la señora Pombo llegaría de un momento a otro. Les juro que al principio solo pensaba en hablar con ella, en pedirle que reconsiderase, en fin…
—¿Y por qué justo ese día y no otro? —intervino Riveiro, interesado—. Podría haber hablado con Judith en cualquier otra ocasión, incluso cuando ya se hubiese ido su hijo a Barcelona.
—Mire, ya le digo que no lo sé. Tenía la cabeza caliente con lo que Pablo me había contado por la mañana, supe que podría interceptarla y hablar con ella un instante a solas, así que…
Julián perdió la mirada en un punto invisible, recordando.
—Cuando bajó del taxi no me escuchó. Me miró con desprecio y como si estuviese loco, ¿entienden? Ella no me conocía en persona, pero le expliqué claramente quién era y que solo le pedía un poco de consideración, de amabilidad…
Julián alzó la mirada y Valentina lo animó a que continuase con su relato.
—¿Y entonces?
—Entonces… Ella me dijo que no estaba para «mis gilipolleces», que mi hijo era mayorcito, y que tenía prisa porque la esperaban para embarcar. La seguí e intenté continuar hablando con ella, pero se dio la vuelta y me gritó, y yo ya me volví loco.
—¿Le gritó? ¿Recuerda qué le dijo?
—No sé. Algo así como que la dejase en paz de una vez, que era un «puto viejo chiflado». Les juro que me fue la mano sola al bolsillo, lo hice sin ser consciente de estarla matando, como si… Como si solo le estuviese dando un bofetón por su insolencia. Después, ella cayó al suelo y la gente de mi alrededor la ayudó a levantarse. Hubo bastante confusión, porque estábamos en medio de la manifestación y había muchas personas en el muelle para ver la goleta, que ya había llegado. Cuando vi que la señora Pombo se levantaba y entraba en el barco pensé que solo la había herido de forma superficial, porque me pareció que caminaba normalmente.
Riveiro miró al asesino confeso, sorprendido de que no hubiese sido consciente de haber herido de muerte a Judith cuando la había acuchillado.
—Entonces, ¿cuándo supo que la herida había sido mortal? ¿Después, por la prensa? —preguntó el sargento, que al instante pareció darse cuenta de algo—. ¿O se enteró por su hijo, al llegar a casa?
—No… Creo que en realidad lo supe cuando vi alejarse a La Giralda por la bahía. Bajé los ojos y vi mi lima manchada de sangre, y comprendí la gravedad de lo que yo… La había apuñalado en el pecho, no en un brazo o en una mano, y no sé… A veces uno tiene la lucidez suficiente como para comprender las consecuencias de sus actos. Fue entonces cuando decidí tirar la lima en la papelera más cercana que encontré y me fui a casa para estar con mi mujer. Pensé que la policía no tardaría en llegar, que alguien se habría dado cuenta de todo. Lo que no me esperaba era que la señora Pombo muriese de aquella forma, encerrada en un camarote, haciendo que fuesen sospechosos todos los que iban en el barco. Sabía que era imposible, pero si hubieran llegado a acusar a Pablo yo… Yo habría confesado de inmediato, por supuesto. De verdad que no quería matarla.
De pronto, Julián Ramos volvió a apretar los puños y se llevó ambas manos a los labios, ahogando un sollozo. Porque en un momento de locura había matado a una mujer que él consideraba horrible, sabiendo en realidad que no iba a lograr gran cosa con ello. Acción, consecuencia. Sin remordimientos. Pero lo que no había medido eran las consecuencias de que su acción fuese descubierta. Su adorable mujer y su vida juntos… Aquello se había terminado. Su hijo, las explicaciones, las pérdidas y el dolor que le causaría aquella situación. El resto de la familia, los amigos, las habladurías. No, estos factores no los había sopesado ni medido. Un buen abogado, y no aquel que se sentaba a su lado, lograría demostrar la falta de premeditación, la enajenación mental transitoria, el ánimo solo amenazante de la tosca lima de carpintero e incluso el homicidio imprudente, pero el mal ya estaba hecho. Ya nada volvería a ser igual, y el sollozo de Julián Ramos se desparramó en aquella sala de interrogatorios, inundándola de toda aquella ira de padre que ahora se deshacía en ríos de agua salada que ya no se dirigían hacia ninguna parte.
El subteniente Sabadelle no daba crédito.
—¿Cómo que él no mató a Margarita?
—Eso ha declarado —le respondió Valentina, que tras hora y media en la sala de interrogatorios había entrado en la sala de juntas estirando el cuello y los brazos, como si los tuviese agarrotados— y además tiene la coartada de su esposa, que confirma que estaba en casa con él cuando se cometió el asesinato.
—Eso es una porquería de coartada.
—Sabadelle, aunque aún tengamos que comprobar todos los datos, Julián Ramos no accedió al Palacio de la Magdalena aquella noche, y tampoco estaba entre los que salieron, que te recuerdo que fueron registrados uno a uno.
El subteniente hizo chasquear su lengua, y el sonido fue más hueco y sonoro que nunca.
—Qué coño, ¡entonces estamos como al principio, pero peor!
—Peor no —intervino Camargo—, que uno de los crímenes ya lo tenemos resuelto.
—Joder, pero en la goleta había menos gente para ir tachando de la lista, y en la Magdalena tenemos varios equipos de fútbol para escoger…
—Calma —apaciguó Valentina—. Si hemos podido con el misterio imposible de La Giralda, podremos con el de la Magdalena, del que tenemos la suerte de disponer de material audiovisual, que ya es mucho. Tenemos que trabajar con ello. Y estudiar ahora detenidamente a quién podría beneficiar la muerte de Margarita, y también quién habría podido conseguir cianuro para envenenarla.
—Lo del cianuro es fácil —intervino Torres, que hasta ahora había guardado silencio—. Hay países en los que incluso lo venden en las farmacias, y el cianuro de potasio se utiliza en industrias plásticas y hasta en joyería, así que casi cualquiera podría hacerse con una dosis.
Valentina asintió. Ya sabía de la facilidad para adquirir en el mercado toda clase de venenos, cuya venta había proliferado incluso vía on line. Observó a Agatha, aquella enorme gata que no le quitaba ojo y a la que todavía no habían podido encontrar un hogar de acogida. Era extraño verla curiosear por la sala de juntas. Después, la teniente miró a Sabadelle y, por su gesto, supo que estaba a punto de protestar, seguramente porque llevaba todo el día revisando imágenes y pequeños vídeos de la fiesta del salón de baile sin encontrar nada significativo, cuando ella acababa de ordenar una nueva y más minuciosa revisión. La teniente iba a adelantarse a la queja antes de que se produjese, pero justo en aquel instante le pasaron una llamada. El número de entrada era largo y parecía provenir del extranjero. Era mister Grey, responsable de la ITF de Londres.
—Yes, it’s me… Sabadelle? Of course, he is member of my investigation section… Oh, I’m sorry for the inconveniences. Aha… Judith Pombo. Really? Yes, illegal bets… I understand… Thank you. Sure, yes… thank you, bye.
Cuando la teniente colgó el teléfono, todos la miraron con expectación, aunque ella solo dirigió su mirada al subteniente Santiago Sabadelle.
—¿Se puede saber qué coño les habías dicho?
—¿Eh? ¿Yo…? Pues, pues…
—Menos mal que al parecer, a pesar de que no le correspondía a ella —aquí Valentina remarcó el reproche en su tono—, la agente Torres habló después con ellos para aclarar un poco lo que les habías dicho… ¡Pensaban que se trataba de una broma de mal gusto, hasta que han comprobado a través de los contactos federativos y la prensa que en efecto Judith había muerto!
—Ah. Pero me comprendieron, ¿no? Es por el acento, yo lo tengo americano… Y los British, ya se sabe, que salen de la isla y ya no se enteran. Y a Torres solo le pedí que les mandase un correo para hacer todo más formal…
—Más formal, claro.
Valentina resopló, anotando mentalmente reunirse en privado con Sabadelle cuando terminase la investigación de aquel caso, porque estaba harta de que endosase siempre parte de su trabajo al resto del equipo.
—Así que acento americano…
Valentina volvió a tomar aire y lo exhaló muy lentamente, porque además no podía ni quería dedicarle un solo minuto a la consideración de que Sabadelle hubiese mentido tan descaradamente sobre sus conocimientos de inglés. Pero ahora no tenía tiempo para aquello; se centró en la información que había recibido y procedió a informar al equipo.
—Mister Grey me ha comunicado que en la reunión que tuvieron con Judith en Londres todo transcurrió normalmente, aunque hubo un hecho un poco incómodo y extraño tras una comunicación que le hicieron en privado.
—¿Una comunicación en privado?
Riveiro enarcó una ceja y sacó su libreta, de la que no escapaba nada que pudiese tener relevancia.
—Sí, al parecer le explicaron a Judith que quizás en su propio club se estuviesen practicando apuestas ilegales, algo que ella negó tajantemente. Parece que incluso se violentó un poco con la información, porque hasta le dieron el nombre de uno de los socios, Marco Fiore, que estaba comenzando a ser investigado en una operación policial internacional.
—Mira tú por dónde, nuestro amigo Marco —sonrió Riveiro, rodeando su nombre en la lista de su libreta.
—Sí —reconoció Valentina—, al final todo parece ir encajando. Pero aquí viene lo mejor, porque resulta que Judith insistió mucho en que era imposible que un acto delictivo de tal calibre sucediese en su club, y mister Grey dice que hasta se puso colorada de la indignación, que después salió de su despacho y se fue a hacer una llamada al descansillo, que él no pudo escuchar, pero que sí fue captada en parte por su secretaria, que sabe español y que estaba trabajando en una sala anexa.
—¡Coño! —estalló Sabadelle—. ¿La secretaria del fulano sabe español y yo desgañitándome para hablar con ella en inglés?
—Imagino que te atendió una secretaria de nivel inferior a la del responsable de la ITF, Sabadelle —suspiró Valentina.
A veces, la teniente sentía que trabajar con su compañero era como hacerlo con un niño pequeño al que hubiese que moderar con constantes regañinas.
—Bueno —zanjó Riveiro, interesado y muerto de curiosidad—, ¿qué es lo que escuchó la secretaria?
—Escuchó cómo Judith llamaba a una tal Margarita para que recogiese una carpeta en su casa y la llevase a su despacho del club de tenis ese mismo día.
—Ah, la carpeta… Pero eso ya lo sabíamos, ya nos lo había dicho Melania, que Margarita había recibido aquella indicación y que por eso había ido a recoger la documentación a Mataleñas.
—Exacto, esto solo sería una confirmación de la versión de Melania si no hubiese algo más, que es lo que llamó la atención de la secretaria de la ITF. Cuando Judith colgó, la chica asegura que, creyendo que no la escuchaba nadie, espetó algo así como «mi puto seguro de vida». Después, dice que Judith bajó por las escaleras y acudió al almuerzo informal que los miembros de la ITF tenían dispuesto en las mismas instalaciones, sin mayores incidencias.
Todos se quedaron callados unos instantes. Si no supiesen ya quién y cómo había asesinado a Judith, habrían considerado seriamente que aquella carpeta pudiera ser fundamental para esclarecer su muerte; pero resultaba que no, que aquellos misteriosos documentos a quien habían parecido condenar era a Margarita Rodríguez. ¿Cómo era posible que el seguro de vida de una persona pudiese convertirse en la sentencia de muerte para otra?
Justo en el instante en que Valentina iba a coger el teléfono para contactar con los compañeros del Servicio de Criminalística y conocer cómo estaba yendo el trabajo de registro en el club y las gestiones de los informáticos con los ordenadores, fue ella la que recibió la llamada. Era de Lorenzo Salvador, responsable del SECRIM. La teniente descolgó y, tras unos escuetos y mínimos saludos, se dispuso a escuchar lo que Salvador tuviese que decirle.
—Nada, que al final el cianuro estaba únicamente en la taza de la víctima, se lo habían echado en su café.
—Ah, eso… Sí, algo nos comentó esta mañana Clara Múgica. —En el tono de Valentina se evidenció cierta decepción—. Ya lo imaginaba, no iban a haber envenenado toda la cafetera.
—No, pero podrían no haber echado cianuro dentro de la taza, sino haber impregnado la cerámica en su exterior con cualquier otro tipo de veneno al tacto… Y en tal caso la muerte sería más lenta, claro. O podrían haberle inoculado el tóxico de otra forma, pero ya he hablado con Almudena Cardona y parece que de momento podemos confirmar que sencillamente le echaron cianuro en el café. Faltan los informes de tóxicos, ya sabes, y eso va a tardar.
—Como de costumbre. ¿Y me llamas solo para eso?
—No. Te llamo porque, aunque es casi imposible que a nosotros se nos haya pasado, los del ECIO sí han encontrado algo en la Magdalena.
—No me digas.
—Ya ves. Pero que conste que nosotros estamos a mil cosas a la vez y ellos han ido a pasarse allí el día, milímetro a milímetro, y aún no han terminado.
—Que sí, hombre, que ya lo sé. Dime.
—Han encontrado una capsulita pequeña donde podría haber estado guardado el cianuro antes de que se lo echasen a la víctima en el café.
—¡Vaya! ¿Y dónde estaba?
—Detrás de uno de los radiadores del salón de baile. El asesino debió de echar el veneno en el café y después se deshizo del recipiente como pudo; me imagino que tuvo que hacerlo al ver la que se había liado y que estaban registrando a todos los que salían del palacio.
—¿Y tenemos huellas?
—Aún no nos han pasado la cápsula, aunque me han dicho que parece que la limpiaron antes de tirarla, no lo sé.
—Ya. Que te confirmen qué radiador era, para volver a revisar con más detalle las imágenes que tenemos.
—Hecho. Pero no olvides que de momento solo es una posibilidad, porque la cápsula aún tiene que ir al laboratorio para confirmar cuál fue su contenido. A ver si vamos a meter la pata y era un puto pastillero que llevaba ahí perdido cinco años.
—De acuerdo. Cuando tengas algo me lo confirmas, por favor. Y lo mismo con el registro del despacho de Judith y el de Margarita en el club de tenis. Buscamos una carpeta con documentación indeterminada… No tenemos detalles ni de color ni de contenido, pero es muy importante que nos aviséis si encontráis algo, aunque creo que mañana iré yo misma de nuevo al club.
—Descuida, no dejaremos un milímetro sin rastrear. Descansad un poco, que ya solo con resolver lo de la goleta os tendrían que dar una medalla.
—Nos tendrían que dar una medalla —remarcó Valentina, incluyéndolo—. Te recuerdo tu supermáquina de radiografía de barcos.
—Ah, la radiografía estructural… —replicó Salvador, satisfecho por el reconocimiento, pero restando importancia al trabajo que había realizado en la goleta—. Estuvo chupado.
—Ya. Pues menos mal que eso lo hemos despachado, porque Caruso estaba a punto del infarto cerebral.
Salvador se rio, conociendo perfectamente el nivel de estrés al que Caruso podía someter a cualquiera, y Valentina se despidió recordándole la importancia de que les comunicasen cualquier mínima novedad en sus rastreos e investigaciones; al colgar y mirar por la ventana, la teniente se dio cuenta de que comenzaba a anochecer.
—Bueno, chicos, creo que por hoy ya poco más podemos hacer. Habéis hecho un trabajo magnífico, es un verdadero orgullo formar parte de este equipo.
Todos se la quedaron mirando en mudo silencio, sorprendidos por aquel reconocimiento explícito. Valentina nunca dudaba en decir si las cosas estaban bien o mal hechas, pero jamás implicaba sus sentimientos en sus discursos. Y esta vez acababa de asegurarles que se sentía orgullosa de formar parte del equipo. A ninguno de los presentes se le escapó la importancia de sus palabras, precisamente porque aquel contenido no era habitual, y en su singularidad estaba su valor. La teniente sonrió ante el estupor generalizado que había ocasionado, y dio dos palmadas al aire, ordenando a todos que se marchasen a casa. Ella no olvidaba que los demás sí tenían una familia que aquella noche los esperaba en alguna parte. Se despidieron comentando el caso del crimen en la Magdalena, organizando ya esquemas y gestiones para el día siguiente. ¿Quién sería el asesino de Margarita, la secretaria de la Real Sociedad de Tenis?
Valentina condujo despacio y dando vueltas deliberadamente, como si fuese una turista perdida por la ciudad de Santander. Miró por un instante al asiento trasero, donde, dentro de una caja en la que había puesto una vieja toalla, dormitaba aquella peluda gata llamada Agatha. Todos habían puesto excusas para no llevársela a casa, y ella no había tenido corazón para dejarla abandonada en la Comandancia. Y eso que nunca le habían gustado especialmente los gatos, pero aquella felina tenía una forma de mirar casi humana que la traspasaba.
Aquella noche tendría que colarla de alguna forma en su habitación del hotel, aunque debería adoptar una decisión sobre ella lo antes posible. Apenas podía cuidar de sí misma, como para cuidar de las mascotas de las víctimas de los casos que tuviese que llevar. Le resultaba increíble todo lo que podía suceder en un mismo y único día, y todavía se encontraba asimilando los últimos acontecimientos. Además, la forma de morir de Judith Pombo también había resultado extraordinaria. Lástima que no hubiesen resuelto con un mismo asesino los dos casos, porque ahora todavía les quedaba averiguar quién había matado a Margarita, que tampoco parecía especialmente apreciada por nadie, aunque por motivos distintos a los de Judith: de ella podía molestar su soberbia, su poder y hasta su malicia; de la secretaria, su presencia anodina y vulgar, su suspicacia constante hacia los demás. Pero ¿desde cuándo la personalidad de alguien justificaba su asesinato? Al menos, el capitán Caruso se había relajado un poco: resolver un caso tan complejo como el de Judith en tan poco tiempo era desde luego como para presumir ante sus colegas y superiores sin necesidad de fingir modestia.
Pero a la teniente no le interesaban los reconocimientos, que en definitiva se llevaría Caruso, porque ella y su equipo solo eran agentes al servicio del bienestar común y carecían de rostro definido para la mayoría de la sociedad civil. En Valentina anidaban otros pensamientos, revoltosos e insistentes. ¿Se habría equivocado en sus decisiones radicales, en su actitud? Se analizaba a sí misma constantemente. No sufría estrés postraumático, porque no revivía ni reexperimentaba con periodicidad el momento del tiroteo, aquel acontecimiento que cualquier psicólogo calificaría de «altamente traumático». Pero sí sufría trastorno del sueño, inquietud, y esquivaba todo lo vinculado a niños, bebés e infancia. Era de manual: evitaba los estímulos relacionados con el trauma. ¿Y a Oliver, también lo relacionaba con lo que había sucedido? ¿Le recordaba, tal vez, lo que ya no tenía y por eso lo evitaba? Aquello la convertiría en una persona horrible, y no en la honorable dama llena de cicatrices que liberaba a su amado de cualquier obligación.
Valentina sabía por experiencia que las personas tendían a automatizar todo, incluso la forma de resolver las cosas. Averiguaban cómo solucionar los problemas durante la infancia y, a la larga, repetían la fórmula en la vida adulta. Cuando ella había sufrido en su infancia aquel terrible episodio con su hermano, que le había dejado un ojo completamente negro, había aplicado progresivamente el orden exagerado a todo lo que la rodeaba como única fórmula para mantener el control. Su trastorno obsesivo compulsivo por el orden y el perfeccionismo no mostraba otra cosa, en realidad, que una personalidad preocupada por el control. Y manteniendo una relación con Oliver, desde luego, había muchos parámetros que escapaban a su decisión y a su mente, cartesiana y organizada. ¿Por eso lo había dejado en realidad, para regresar a sus hábitos cuadriculados y funcionales y creer que así podría tener de nuevo todo bajo control? Sí, tal vez hubiese un poco de aquello, de aquel egoísmo subconsciente y enfermizo. Pero también había habido una inmensa generosidad, un amor franco y limpio, porque ella sentía que, abandonándolo, le había dado la oportunidad de encontrar a alguien menos disfuncional.
Sin saber cómo, Valentina se vio en la puerta del hospital. Ni siquiera se acordaba de haber aparcado el coche y comprendió que lo había hecho de forma automática en alguna parte. Pobre Agatha, se estaría preguntando dónde demonios se había metido. Se acercó a la recepción y preguntó por la habitación de Oliver Gordon. Sabía que ya no eran horas de visita, pero si resultaba necesario sacaría su placa. ¿Por qué no? Había tenido un largo día sirviendo a la ciudadanía, no sería para tanto. Fue curioso, porque no dudó ni un segundo en su trayecto. Pasillo, ascensor, pasillo. Paso firme, a pesar de haber estado tantas semanas evitando ver a aquel dichoso inglés que no podía sacar de su cabeza. No resultó necesario llamar, porque la puerta estaba abierta. «Qué blanco es todo», pensó, sintiendo como si hubiese llegado a una nube artificial.
Oliver estaba tumbado en la cama, y le pareció que se peleaba con el mando a distancia de la televisión, que de momento estaba apagada. Cuando la vio, abandonó el mando sobre la colcha y se incorporó sobre sus codos.
—Qué honor, la benemérita por aquí.
—Si quieres me voy.
—No —negó con un gesto cansado, incitándola con la mano a que se acercase.
Ella caminó hasta el borde de la cama, sin tocarlo y quedándose a solo unos centímetros de distancia. Oliver sonrió abiertamente.
—Me alegro de que hayas venido. Gracias.
Ella se limitó a asentir, mirándolo a los ojos. No era capaz de más. Tomó aire e hizo una pregunta predecible.
—¿Cómo estás?
—Fatal —contestó él, simulando una mueca de dolor, aunque en realidad acababa de tumbarse y había estado incluso caminando por los pasillos aquella misma tarde.
De hecho, no había dejado de atender llamadas: de su amigo Michael Blake desde Londres, de nuevo de su padre desde Escocia, y hasta de sus antiguos compañeros de tenis y de sus vecinos de Suances, preocupados por su estado de salud.
—Me han dicho que estoy prácticamente en las últimas, que voy a necesitar cuidados intensivos los próximos veinte o treinta años.
Valentina sonrió.
—Eso es mucho tiempo. ¿No estabas en las últimas?
—Acaban de mutilarme, baby, deberías ser más considerada.
—Solo te han quitado el apéndice.
—Pues hasta que has entrado por la puerta, ya ves —replicó él, poniéndose más serio y mirándola intensamente—, era como si me faltase medio cuerpo.
Ella bajó la mirada y negó con un gesto de cabeza, sonriendo.
—Mira que eres cursi.
—Lo que soy es paciente, baby. Solo estoy esperando a que dejes de hacer el idiota.
Oliver se puso ya completamente serio y se incorporó más, sentándose en la cama y tomando a Valentina de la mano.
—¿Has visto cómo tus teorías no eran tan buenas? Tanta manía con que ibas a morirte y mira quién está en el hospital.
A Valentina le dolió aquella mirada, aquella seriedad que había germinado en el hasta ahora siempre bromista y mordaz Oliver Gordon. Sintió que estaba a punto de derretirse, que no podía resistir más en aquella isla de hielo que se había creado a su medida, a pesar de que siguiese pensando que su simple presencia podía contaminar a los demás con sus miedos, sus traumas y todo su dolor. Quizás Oliver tuviese razón. Ahora los dos estaban rotos e incompletos, pero de distinta forma. Él también había perdido a su bebé. Su idea de que Oliver sería invariablemente más feliz con cualquier persona antes que con ella acababa de comenzar a flaquear, porque ella misma se sentía definitivamente incapaz de sentir o pensar sin incluir a Oliver en sus planes. ¿Cuánto tiempo de vida podría ofrecerle? ¿Y de qué calidad? ¿Era justo aprovecharse de la idea de honor y honestidad de Oliver para que siguiese a su lado, a pesar de que ella nunca podría darle la familia que él tanto deseaba?
De pronto, Valentina pensó en lo que Julián Ramos había dicho aquella tarde. Su hijo Pablo había permitido a quien estaba a su lado la posibilidad de elegir. ¿Dónde estaban la justicia, la equidad y el honor si ella no se lo permitía a Oliver? Él también tenía derecho a decidir qué camino escoger, a pesar de que ella se sintiese como una mujer rota, de esas que es mejor que desaparezcan en el recuerdo y que se marchen con la brisa.
En aquel preciso instante, justo cuando Valentina se había infundido de valor e iba por fin a comenzar a hablar, sonó estruendosamente su teléfono. ¿Quién…? ¡A aquellas horas!
—Perdona, Oliver, tengo que cogerlo.
—Tranquila.
Valentina atendió la llamada allí mismo, delante de Oliver. Era Lorenzo Salvador, del SECRIM.
—Dime, Salvador.
—¡La encontramos!
—¿Qué? ¿De qué me hablas?
—¡La carpeta, la puñetera carpeta!
—Sí, joder, claro… La carpeta. ¿Dónde estaba?
—En el despacho de Margarita, escondida debajo de un sillón. La había pegado en la base, por eso al principio, al registrarlo, no habíamos encontrado nada.
—Pues sí que tiene que ser importante para que se tomase tantas molestias… ¿Qué contiene?
—Unas fotos acojonantes. De la señora Pombo y de uno de los que estaba en la goleta, el italiano.
—Marco Fiore.
—Ese. Pues estaban dándolo todo en algún hotel o no sé dónde, porque las imágenes son en un dormitorio y muy explícitas. Vamos, en pelota picada.
—Vaya…
Al instante, Valentina no pudo evitar pensar en quién habría tomado las fotos. Que las tuviese Judith era significativo, pero tal vez solo significase que la estaban extorsionando con ellas. Claro que la empresaria, en la ITF, había hablado de la carpeta como su seguro de vida… La teniente comenzó a hacer cábalas de inmediato.
—¿Y no hay nada más?
—Unas anotaciones, números arriba y abajo, no se entiende nada, no sé si está en clave o qué mierda hay ahí anotado, son tres o cuatro folios.
—Vale, voy para ahí.
Cuando Valentina colgó, se dio cuenta de que Oliver no la había soltado de una de sus manos, y que ella había estado hablando así con Salvador todo el tiempo. ¿Cómo era posible que en un mundo con tantos millones de personas solo una pudiera hacerla sentir de aquella forma, con indiferencia hacia todo lo demás? Ni tiempo, ni espacio ni forma. Todo carecía de importancia si te encontrabas un misterio de carne y corazón que no atendía a la lógica, que te hacía navegar hacia un inesperado hogar. La teniente apretó la mano de Oliver y le sonrió, sin atreverse de nuevo a decir nada. Él la miró con gesto comprensivo.
—Anda, vete. ¿No tenías que atrapar a los malos?
—Yo… Lo siento, me gustaría quedarme y hablar contigo, pero es un asunto importante.
Oliver sonrió.
—Vete. Pero no olvides el camino de vuelta.
Cuando Valentina se marchó, el inglés no pudo evitar recordar las palabras de su padre. «Resiste y lucha», aquel era el lema de los Gordon. Bydand. Y pensó que Valentina era como aquella chica que siempre se veía obligada a caminar entre el fango y la espesura, como la Jenny de otro poema de Robert Burns, que por algún motivo no dejaba de acudir a su cabeza.
A través del centeno,
pobre chica,
a través del centeno
arrastraba las enaguas.
A través del centeno.
La vida les había puesto obstáculos, como a todo el mundo, aunque la pérdida de un hijo fuese algo antinatural y extraño. No importaba que no lo hubiesen conocido, y tampoco era relevante que aquella pequeña criatura hubiese sido solo un ideal, un dibujo de su imaginación. En aquel bebé habían puesto su confianza, su ilusión incondicional. No debían castigarse más por un dolor que no los dejaría nunca.
Si dos personas se encuentran
a través del centeno,
si dos personas se besan,
¿tiene alguien que llorar?
Oliver respiró profundamente y se encogió en su cama del hospital. Sintió que se había abierto un camino indefinido entre él y Valentina, y deseó con todas sus fuerzas que ella encontrase por fin el camino de vuelta.