Lo que la marea esconde
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Es horriblemente fácil matar a la gente… Y se comienza a pensar que no importa… Que solo uno mismo es lo que tiene importancia. Esto es peligroso.
AGATHA CHRISTIE,
Muerte en el Nilo (1937)
La esperanza es como un susurro invisible que nos abriga en las playas desiertas, que nos ofrece una posibilidad en ese horizonte que dibuja la línea del océano. Allí, justo allí, en la línea infinita, sabemos que quizás, tal vez, nos espere un trozo de luz. Pero no confiamos con la fe ciega y carente de argumento de los optimistas, sino con la ilusión de los niños, que saben que acaban de comenzar a leer el libro del tiempo. Valentina sentía aquel tibio calor dentro de su cuerpo, como una red que crecía, imparable, invadiendo todos esos mares que hasta ahora solo eran capaces de albergar hielo. Resultaba inquietante aquel atisbo de felicidad. Nada era para siempre: ¿acaso había algo que fuese eterno en este mundo?
La teniente acarició a Agatha, aquella enorme gata que parecía haberla adoptado como madre protectora y a la que no había tenido más remedio que llevar de nuevo a la Comandancia con ella. La noche anterior, en el hotel, la había colado muy torpemente en su habitación, y estaba segura de que los pelos que el minino había dejado sobre la alfombra suscitarían unas cuantas preguntas de las camareras de piso. Ahora era primerísima hora de la mañana y la teniente revisaba las anotaciones de la famosa carpeta de Margarita en la sala de juntas de la Comandancia. En realidad, se había llevado ya unas copias a su casa la noche anterior, y no había logrado descifrar el sentido de las iniciales, las cifras y las flechas de aquellos cuatro folios. Las fotos del encuentro sexual entre Judith y Marco Fiore, sin embargo, eran tan explícitas que no dejaban lugar a la imaginación.
Todo el equipo había echado un vistazo y especulado sobre los documentos, aunque la teoría más plausible parecía la de Riveiro.
—Esto debe de ser de las apuestas ilegales. Cantidades, jugadores… Las eses que aparecen a lo mejor se refieren a los sets de partido… Recuerda lo que nos contó Margarita, que no se tenía por qué apostar todo a un partido, sino solo a partes o incluso solo a puntos.
—Es verdad —reconoció Valentina—, pero entonces, ¿todo esto qué quiere decir, que Judith Pombo también estaba implicada?
—Yo lo veo posible, la verdad.
—Una mujer con tanto dinero… —dudó Torres, interviniendo—. ¿Qué necesidad iba a tener de eso?
—Nunca hay poco que no llegue ni mucho que no se acabe —intervino Zubizarreta, con su tono sentencioso habitual—, y la codicia es mala consejera.
—Joder —murmuró Sabadelle, entornando los ojos y llevándose un bollo a la boca—, tan temprano y ya estamos con el puto refranero español.
Valentina ordenó con un gesto automático los papeles sobre la mesa de juntas y revisó con la mirada la información que estaba clavada en los tableros verticales y los corchos; ya habían retirado la relativa a la goleta, pero habían dejado la lista de sospechosos que inicialmente habían configurado para el crimen de La Giralda.
—Pensemos… —dijo, muy concentrada—. Si Judith Pombo entendía estas notas y estas fotografías como un seguro de vida, lo más probable es que no fuese chantajeada ni coaccionada con esta documentación, sino que ella misma la utilizase para estar cubierta. En consecuencia…
—Es muy probable que ella misma tomase las fotografías —completó Riveiro, dejándose llevar por aquella teoría que todavía flotaba en el aire y sin asidero sólido al que sujetarse.
—Es una posibilidad —asintió Valentina, que se levantó y comenzó a caminar en círculos, como si así mejorase su capacidad de concentración—. Pero lo interesante ya no está en cómo llegaron las imágenes a Judith, sino en lo que hizo con ellas. Era un material evidentemente delicado y confidencial, y aun así ordenó a Margarita que lo fuese a buscar a su casa para que, justo el día de la cena en la goleta, se lo llevase al club de tenis. ¿Para qué tanta urgencia si no iban siquiera a pasar por el club, sino a disfrutar toda la velada en La Giralda?
—Hostias, pues porque no iban a cenar en La Giralda, sino en el club —espetó Sabadelle—. ¿No recordáis que la bronca que Judith echó a Margarita era porque la cena no tenía que ser en el dichoso barco, sino en el club?
—Es verdad… —recordó Valentina, asombrada de que por una vez Sabadelle hubiese estado atento a los detalles.
¿Cómo era que ella no se había dado cuenta? Demasiado cansancio y tristeza acumulados, quizás. Intentó concentrarse.
—Tienes razón, en la goleta tenía que ser solo el aperitivo, y la cena en el club.
—A lo mejor Judith quería asegurarse de que el italiano no cantase —sugirió el cabo Camargo, pensativo— y por eso quería las fotos allí aquella noche, para amenazarlo con ellas.
—Pero no tiene sentido —objetó Marta Torres, retorciendo su coleta castaña en su ya tradicional tic inconsciente—, porque el primer interesado en no cantar sería Marco Fiore.
—No —negó Valentina—, él sería el primer interesado en no ser descubierto, pero una vez que lo atrapasen, si lo hacían, tal vez decidiese llevarse por delante a quien hubiese colaborado con él. Y con esas fotos Judith se aseguraría su silencio, porque que lo imputasen por apuestas ilegales sería una cosa, pero que se quedase sin su principal fuente de ingresos y de modo de vida, que era su mujer, supondría una consecuencia mucho más definitiva.
—A ver… —suspiró Riveiro, que se acercó a la pizarra y trazó una línea horizontal, como si se tratase de un camino.
Comenzó a marcar puntos ordenados con la tiza, asociando cada uno de ellos al momento temporal en que supuestamente se habían producido.
—Vamos a deducir de forma razonada y desde el principio —sugirió.
—Te escuchamos —lo animó Valentina, sentada ahora en la mesa.
—De acuerdo. Primero… A Judith le dicen en Londres que tienen conocimiento de que su club ha comenzado a ser investigado como punto de apuestas ilegales a nivel internacional… Hasta aquí bien, ¿no?
—Perfecto.
—Vale.
Riveiro marcó una primera línea, donde puso «Comunicación de la ITF en Londres».
—Después, Judith llama a Margarita para que recoja la carpeta, que es su seguro de vida, y se la lleve al club…
El sargento marcó otra señal en aquel punto.
—Y no hay que olvidar —recordó Valentina— que la propia Margarita, después de recoger la carpeta, le dijo a Melania algo así como que por fin iba a estar el club limpio de maleantes, por lo que tal vez la secretaria sí sabía algo del contenido de aquella documentación, porque no olvidemos que ella detestaba a Marco Fiore.
—Es posible —reconoció Riveiro—, pero si Judith estuviese implicada, ¿por qué iba a revelarle ninguna información a su secretaria? Intentaría taparlo todo.
—No lo sé —dudó Valentina, algo descolocada—. Venga, sigue con tu esquema, a ver si concluimos algo de provecho.
Riveiro asintió y continuó trazando puntos con la tiza:
—Y cuando Judith Pombo llega a Santander, descubre que no va a pasar por el club, sino que la velada va a transcurrir íntegramente en la goleta, por lo que le llama la atención a su secretaria.
—Pues ahí —intervino Sabadelle, chasqueando la lengua— habría que ver si la pájara de la secretaria ya había visto el contenido de la carpeta o no, porque a lo mejor ese error en la cena no fue tan casual —insinuó, exagerando el tono mordaz y guiñando un ojo.
—Eso no lo sabemos —negó Valentina— y también desconocemos si tendría algún sentido por parte de Margarita hacer ese cambio.
—¿Puedo seguir? —preguntó Riveiro, que no esperó respuesta y continuó con su esquema lineal temporal—. Bien, el caso es que Judith es asesinada en la goleta por un tercero que parece que no tiene nada que ver ni con apuestas ilegales ni con el caso de Margarita, por lo que la misión de aquella carpeta se queda colgando en el aire…
—Y aquí entra de nuevo, inevitablemente, Margarita —observó Valentina, que se levantó y se acercó al esquema de Riveiro—. Porque una vez que Judith muere, la mañana siguiente varios de los asistentes a la velada de la goleta se personan en el club, incluyendo a la propia Margarita, a la que entrevistamos allí mismo.
—Junto con Marco Fiore y su esposa —completó Riveiro, cada vez más animado.
—Eso es. ¿Y si, tras la muerte de Judith, Margarita hubiese mirado aquella misma mañana el contenido de la carpeta? Recordemos que en su toma de manifestación ya declaró sospechar de Fiore en cuanto al tema de las apuestas… Creo que para ella la definición de maleante que le dio a Melania Pombo podría encajar perfectamente en la figura de nuestro italiano.
—Pero, con esa documentación —objetó Torres—, Margarita tampoco podría haber demostrado nada sobre el tema de las apuestas ilegales, porque estas anotaciones son completamente indescifrables.
—Ya, pero si quería deshacerse del italiano no tenía más que amenazarle con las fotos. Sabía que si las veía su mujer él estaba acabado. Vamos, que ya se podría imaginar de regreso a Italia en el primer vuelo, básicamente.
—¿Qué sugieres —dudó Riveiro—, que aquella misma mañana ella chantajeó con las fotos a Fiore y que él se la cargó a mediodía?
Valentina se encogió de hombros.
—No lo sé, es una posibilidad. Aunque si te detienes a pensarlo, de Margarita no hablaron demasiado bien varios de los invitados a la goleta. Victoria Campoamor apenas la soportaba, al igual que su tío… Podría haber sido cualquiera, pero el que desde luego tiene más papeletas es el italiano.
La teniente revisó de nuevo el esquema que había hecho Riveiro, y reconoció a sus compañeros que, de momento, todo lo que tenían eran conjeturas. Todavía debían esperar el resultado de los informes de tóxicos, de las huellas dactilares, del estudio minucioso de las imágenes de la Magdalena…
—Bien —concluyó con aire resuelto—, vais a estar en contacto con los de Criminalística para verificar las novedades en cuanto a huellas y demás, y quiero que comprobéis qué llevaba cada uno de los invitados a la Magdalena cuando los registraron al salir, por no mencionar ya el rastreo, fotograma a fotograma, de todo lo audiovisual que tengamos de la fiesta de esa noche. Quiero también que le paséis copias de los documentos a los compañeros de Madrid que llevan lo de las apuestas, tal vez ellos sí puedan descifrar esas anotaciones.
—¿Las fotos también? —preguntó Sabadelle, en tono malicioso.
—No, pero puedes enviarles una foto tuya y poner a prueba su estómago.
Valentina le hizo una mueca a Sabadelle, provocando la risa de sus compañeros, y después se levantó y miró a Riveiro.
—Tú y yo nos vamos. Creo que toca hacer una visita a nuestro amigo italiano.
Rosana Novoa ya se había maquillado y terminaba de dar las últimas instrucciones al servicio, que la escuchaba con suma atención, porque la señora no sabía en esta ocasión cuánto tiempo estaría fuera. Serían unas largas vacaciones, y al parecer la madre napolitana del señor de la casa atravesaba los achaques propios de la edad, por lo que resultaba preciso un viaje de urgencia para estar con ella en aquellos delicados momentos. Ahí residía la fuerza de la familia, en la incondicionalidad, en el acompañamiento infinito en los buenos y en los malos tiempos.
El avión hacia Roma salía en solo un par de horas, de modo que Rosana y Marco ya solo tenían que llamar al taxi para que los recogiese. Sin embargo, fue aquella extraña teniente de la Guardia Civil y su compañero los que aparecieron por la puerta del lujoso piso en el que residía la pareja.
—¿Les has dicho que nos íbamos de viaje?
—Señora —le había dicho una de las chicas del servicio—, ya les he explicado que no podían recibir a nadie, que se iban ustedes de viaje, pero han insistido…
Rosana miró hacia el suelo, concentrada y apretando los labios. En un par de segundos se recompuso, alzó la mirada y mostró un gesto de determinación en el rostro.
—No te preocupes, Lourdes, me hago cargo. Déjalos pasar.
Marco había tomado a su mujer de las manos, nervioso.
—¡Rosana, amore, te lo dije! No debíamos irnos de viaje cuando ellos ya nos habían dicho que… —Se llevó las manos a la cara preocupado—. No lo entiendo, ¿qué demonios querrán ahora? ¿Llamamos al abogado?
—Tranquilízate, Marco —le respondió Rosana, que tampoco era capaz de disimular su nerviosismo, aunque todavía mantenía cierta calma—. Estas son las comprobaciones habituales, el protocolo. Pero ya te dije que están buscando un cabeza de turco, así que cuidado con lo que dices, ¿de acuerdo?
—No tengo nada que ocultar.
Ella lo observó con cierta condescendencia.
—¿Seguro?
Marco miró a su mujer desconcertado, sin saber exactamente a qué se refería. Ya le había explicado que había dejado de hacer las apuestas ilegales hacía semanas, que ya no tenía nada que ver con aquel mundo. La conversación se vio interrumpida por las voces de Valentina y Riveiro, que les llegaban desde el pasillo. Rosana tomó la iniciativa.
—Lourdes, diles que los recibiremos en el salón.
—Sí, señora.
En solo un par de minutos, la teniente y el sargento accedieron a un salón tremendamente lujoso, repleto de obras de arte y decorado con un estilo algo barroco. Una biblioteca enorme cubría prácticamente la totalidad de la pared a su izquierda, y los libros se acomodaban en elaboradas estanterías de caoba hechas a medida. A la derecha, unos grandes ventanales ofrecían vistas sosegadas de la bahía.
—Buenos días, disculpen que los molestemos tan temprano. Parece que se van de viaje.
—Sí —contestó Rosana a Valentina, con serenidad contenida—. El estado de salud de la madre de mi marido es delicado, y nos vemos obligados a viajar a Nápoles con urgencia.
—Pensé que les habíamos indicado la necesidad de notificarnos sus intenciones en caso de que quisieran salir de la ciudad, y más, y especialmente, si pretendían abandonar el país.
—Ya, bueno. Lo lamento, ha surgido este asunto familiar de forma inesperada, y que yo sepa mi marido ha declarado ya todo lo que tenía que declarar, al igual que yo misma.
—Sí —intervino Marco—, no entiendo por qué se empeñan en molestarnos a mí y a mi mujer. Hemos visto en el periódico de la mañana que han detenido al responsable de lo que le sucedió a Judith, y ya habrán comprobado que nosotros no teníamos nada que ver.
—En efecto —reconoció Valentina—, pero no estamos aquí por la señora Pombo, sino por Margarita Rodríguez.
—Cazzo, ¡ya les dije todo lo que sabía en la Magdalena!
—Sí, es cierto que le tomamos allí mismo manifestación, pero ahora han aparecido en el despacho de Margarita unos documentos de los que querríamos hablar con usted. Tal vez prefiera que mantengamos la conversación en privado.
El gesto de desconcierto de Marco fue absolutamente revelador. Tanto a la teniente como al sargento les pareció que aquello lo pillaba absolutamente desprevenido.
—¿Documentos? No sé a qué se refieren —se extrañó Marco—, pero sí, si quieren podemos hablar en privado.
—De ninguna manera —atajó Rosana, en un tono gélido y firme, que mostraba que había recuperado su sangre fría y su habitual y aristocrática soberbia—. Todo lo que incumba a mi marido me incumbe a mí, teniente. No guardamos secretos, de modo que puede informarnos de lo que sea con total libertad, y le ruego que sea breve y precisa, porque tenemos que tomar un avión en apenas dos horas.
Valentina miró alternativamente a Marco y a Rosana, y percibió el creciente nerviosismo del italiano, que a todas luces prefería hablar en privado, temeroso de lo que le tuviesen que mostrar. Miró a su mujer mientras retorcía sus manos.
—Tal vez sea mejor que hable yo a solas con estos policías, no quiero que te veas mezclada en…
—Ni hablar, Marco —negó, tajante—. Olvídalo.
Rosana Novoa miró a Valentina Redondo con determinación. Se sentó en un amplio sofá y le hizo un gesto a su marido para que hiciese lo propio.
—Ustedes dirán.
Valentina sacó de una carpeta las fotocopias de los documentos que hasta ahora les habían resultado indescifrables: números, flechas y vocales y consonantes sueltas, sin aparente conexión. Los puso sobre una mesa baja que estaba ante Rosana y Marco, y esperó a ver su reacción.
—Che cazzo è questo? No entiendo, ¿qué significa?
—Esperábamos que usted pudiese explicárnoslo, Marco.
El rostro de Valentina se mantuvo inescrutable, atento a cualquier matiz y detalle en las expresiones de la pareja. A la teniente le llamó la atención el interés que inicialmente había mostrado Rosana, que ahora, al ver los documentos, había pasado al ámbito de la indiferencia. Sin embargo, Marco se estaba poniendo progresivamente más nervioso.
—Pues, pues… Son números, ¡cifras sin sentido! ¿Qué tienen que ver conmigo?
—Tal vez algo relativo a apuestas deportivas, ¿puede ser?
Marco miró a su mujer, visiblemente enfadado.
—¡Tenemos que llamar al abogado! —exclamó, volviendo a focalizar su atención en Valentina—. ¿Por qué no me dejan vivir en paz? Lo que pasó sucedió hace mucho tiempo, y no se pudo demostrar nada, ¡nada! ¿Por qué creen que estos papeles tienen que ver conmigo?
—Porque estaban en una carpeta que contenía más información relativa a usted mismo, señor Fiore.
—¿Qué? Che diavolo…?
—Se trata de unas imágenes en las que aparecen usted y la señora Pombo, creemos que en la habitación de un hotel. ¿Sabe de qué fotografías le hablo?
—¿Cómo?
La pregunta de Marco sonó como una exclamación, y en su rostro se dibujó la más genuina sorpresa. Parecía que no tenía ni idea de lo que le estaban hablando. Valentina suspiró y miró a Riveiro. Prefería no tener que sacar las fotografías ante la mirada de Rosana. Estaba claro que, entre Marco y su esposa, aquella conversación con la Guardia Civil iba a suponer un punto de inflexión.
—Señor Fiore, son unas fotos, digamos, bastante comprometidas…
Valentina intentó ser delicada, pero no supo cómo maquillar aquella verdad.
—Unas imágenes en las que usted y la señora Pombo aparecen manteniendo relaciones íntimas.
—¡Imposible, miente! ¡Miente!
Marco, prácticamente histérico, miró a su mujer con gesto de miedo y de inocencia absoluta. ¿De qué demonios de fotografías le estaban hablando?
—No sé qué pretende con esas mentiras —le espetó a Valentina, notablemente alterado—, pero esta conversación se ha terminado aquí mismo.
Riveiro lanzó una mirada a su compañera, que consintió con un suave cabeceo, y el sargento mostró dos de las imágenes a Rosana y a Marco, procurando que fuesen las menos explícitas, en deferencia a la mujer. El italiano se rompió al instante, atónito y desencajado. Tardó unos segundos en comprenderlo todo.
—Ah, puttana! Judith, ¡qué hija de la gran puta! Ella, ella… ¡Ella tomó estas fotos! Pero yo… No entiendo, no entiendo para qué…
Al instante, Marco miró a su esposa, que sorprendentemente se había mantenido flemática e inalterable tras ver las imágenes.
—Amore, ¡perdóname! Fue solo una vez, tú y yo estábamos peleados…
Intentó tomar a su mujer de las manos, aunque ella lo rechazó, apartándose.
Marco se puso de rodillas a su lado, olvidando por completo que la Guardia Civil estaba allí mismo, presenciando aquella dramática escena doméstica.
—Recuerda lo que hablamos ayer, nuestras nuevas metas… ¡Comenzaremos desde cero!
Rosana respiró profundamente antes de comenzar a hablar, y en vez de mirar a su marido se dirigió directamente a Valentina Redondo.
—Todo esto que nos enseñan no demuestra nada. Solo una vulgar aventura extramatrimonial. Si no tienen nada más, les ruego que nos dejen terminar de prepararnos, ya les dije que teníamos prisa.
La frialdad de Rosana sorprendió tanto a Valentina como a Riveiro, que se habían esperado una reacción de mujer despechada mucho más desgarrada y enérgica, desde luego. El propio Marco Fiore parecía haberse quedado de piedra al comprobar cómo su mujer manejaba con total tranquilidad aquella incómoda situación. En aquel instante, Valentina comprendió que Rosana sabía perfectamente de los escarceos y aventuras de su marido, y que posiblemente también supiese de la existencia de aquellas comprometidas imágenes. Aquello cambiaba las cosas. La teniente observó a Rosana con renovado interés, y las ideas comenzaron a conectarse en su cabeza.
Una mujer como Rosana Novoa podría tolerar, tal vez, las aventuras de su joven marido, pero nunca admitiría el escarnio público, el escándalo. Si Margarita Rodríguez había decidido utilizar aquellas fotografías de alguna forma y Marco Fiore no tenía conocimiento de su existencia, tal vez la propia Rosana hubiese decidido ser quien las silenciase en el pozo del olvido. ¿Cómo habría tenido conocimiento de aquellas incómodas imágenes? Valentina sabía que no tenía pruebas, pero, contradiciendo su forma habitual de trabajar, decidió lanzar un farol.
—Sí, señora Novoa… Tenemos algo más. Hemos encontrado la cápsula donde se guardaba el tóxico con el que envenenaron el café de Margarita; el recipiente fue escondido tras un radiador del salón de baile. Parece que intentaron borrar las huellas, pero lo cierto es que los avances científicos han hecho que nada se resista a nuestros equipos de criminalística, que con vapor de yodo hasta pueden rastrear huellas bajo el agua, e incluso en plástico flexible… Nos tomará solo unas horas verificar quién manipuló la cápsula, claro que, con todas las fotografías e imágenes que tenemos del evento, es solo cuestión de tiempo que identifiquemos quién vertió el cianuro en…
—¡Ya está bien! ¿Qué pretenden, no han hecho ya bastante daño? —preguntó Marco—. ¡Ya les he dicho que no he hecho nada! También pensaban que tenía algo que ver con lo que le sucedió a Judith, y ya han visto que estaban equivocados, ¿a qué viene eso de las huellas y de la cápsula?
Riveiro, que todavía estaba asombrado por el atrevimiento de Valentina y la arriesgada jugada que había realizado, solo pudo dirigir su mirada hacia Rosana Novoa, que se mantenía estática y seria, sin apartar la mirada de la teniente Redondo. A los pocos segundos, el propio Marco Fiore dirigió lentamente su atención hacia su esposa, cuyo silencio no presagiaba nada bueno. Rosana sonrió con tristeza y se dirigió a su marido. Acarició su rostro con ternura, sintiendo lástima de sí misma. Si aquella teniente de mirada felina la había engañado, desde luego ella no lo había percibido, porque lo cierto era que le había revelado la ubicación exacta de la cápsula, el lugar donde ella misma la había dejado; además, recordaba perfectamente cómo los invitados habían estado tomando imágenes con sus teléfonos móviles a lo largo de la fiesta. Sí, posiblemente solo fuese cuestión de tiempo que la descubriesen. Rosana se levantó y se dirigió a Valentina.
—No lo hice por despecho, sino por honor.
—¿Qué? —Marco no daba crédito—. ¿Tú…?
Rosana volvió a sentarse y miró a su marido.
—¿Sabes?, esta nueva vida juntos que habíamos imaginado tampoco habría salido bien. Nadie puede escapar a su verdadera naturaleza.
—Pero, Rosana, perché? ¿Por qué lo has hecho? Tú lo sabías, ¡sabías lo de Judith! ¿Entonces…?
Ella sonrió.
—Lo de Judith, lo de la masajista, lo de la camarera del balneario…
Volvió a acariciar el rostro de su marido, como si estuviese revelándole a un adolescente todas las travesuras que sabía que había hecho, pero que le perdonaba desde lo más profundo de su corazón. Después, volvió a dirigirse a Valentina y a Riveiro.
—La mañana en que nos interrogaron en el club de tenis, supe que Margarita había acusado a Marco del tema de las apuestas. Siempre tuvo celos de él, creo que porque estaba enamorada de esa zorra de Judith. Cuando terminé con ustedes, y antes de acudir a mi clase de tenis, pasé a hacerle una visita. Les prometo que no tenía más intención que la de recomendarle que nos dejase tranquilos, que yo misma me encargaría de cerrar el asunto de las apuestas de Marco…
—¡Pero si hacía mucho tiempo que yo ya no tenía que ver con ello! —exclamó el italiano, desesperado y comenzando ya a asumir lo que había hecho su mujer.
—No tanto tiempo —negó Rosana con una mueca hastiada, como si aquel juego de simular que nunca se enteraba de nada, de pronto, le hubiese cansado terriblemente.
»Estuviste más de un año tratando con los serbios y los italianos, y no paraste hasta hace mes y medio. Ah, Marco… ¿Pensabas que dabas el más mínimo paso sin que yo lo supiese?
El italiano miró a su mujer como si no la reconociese, sorprendido de su propia inocencia y admirado por la fuerte personalidad de ella, a la que hasta ese momento había creído más ajena a su mundo. Rosana continuó, dirigiéndose ahora a Valentina.
—Margarita se mostró odiosa. Una mosquita muerta como ella… ¿Saben eso que dicen de que si deseas conocer a alguien solo tienes que darle un gran poder? Pues a esa rata le faltó medio segundo para decirme que lograría que detuviesen a mi marido por lo de las apuestas, que conseguiría incluso que lo echasen de España… Esa cateta diciéndome eso ¡a mí!
Rosana se miró sus propias manos, llenas de joyas, todavía sin poder creerse que aquello le hubiese sucedido a ella, y mucho menos que la insulsa Margarita se hubiese atrevido a amenazarla. Valentina no quiso que perdiera el hilo.
—¿Y entonces?
—¿Entonces? Le dije que me encargaría personalmente de que fuese ella la que fuera puesta de patitas en la calle… Y esa zorra asquerosa me soltó que, si me atrevía a meterme con ella, publicaría unas fotos de Marco con Judith. Al principio no la creí, porque no pensé que Marco hubiese sido tan estúpido como para dejarse fotografiar, pero Margarita no tardó más de un minuto en enseñarme esa porquería —explicó, señalando con un gesto de cabeza las imágenes que Riveiro guardaba, y de las que solo había mostrado una mínima parte.
—Entiendo —asintió Valentina—. ¿Qué hizo usted entonces, Rosana?
—¿Qué iba a hacer? Sentí deseos de matarla… Me aseguró que tenía más fotografías a buen recaudo, con una persona de confianza. Imagino que se lo inventó, pero en aquel momento yo no podía saberlo, y tampoco iba a montar un escándalo con la Guardia Civil en el edificio.
—Por eso decidió eliminarla más tarde, cuando le surgiese la primera posibilidad —supuso Valentina, que había respirado con alivio al comprobar que su farol, sorprendentemente, había funcionado. Rosana la imitó y suspiró profundamente.
—No tenía claro qué iba hacer en la Magdalena, se lo juro.
—Pero se llevó la cápsula de cianuro —puntualizó Riveiro, que ya había escuchado la tarde anterior cómo un asesino justificaba su crimen achacándolo al azar, como si la decisión de matar hubiese sido absolutamente casual, cuando de forma previa y premeditada se había hecho con un arma.
En aquel caso, se había tratado de una lima de carpintero, y en este, de cianuro, que en ninguna circunstancia podía tener una finalidad pacífica.
—Sí, había cogido la cápsula pensando en ella, qué quieren que les diga. Pero no sabía cómo iba a utilizarla, ni si iba a poder hacerlo aquella tarde.
—¿Cómo lo consiguió?
—¿El veneno?
La pregunta casi pareció hacerle gracia.
—Mi familia maneja una de las empresas más importantes del país en química y farmacéutica, ¿cree que me supuso algún problema?
—Me imagino que no —reconoció Valentina, que quiso ahondar en los detalles—. ¿Cómo logró echar el cianuro en el café de Margarita sin que ella se diese cuenta?
—Oh, fue terriblemente fácil. Observé cómo esa metomentodo asquerosa se servía un café y se quemaba con él, la muy estúpida. Lo dejó sobre una mesa y se fue al baño. La oportunidad la vi perfectamente clara, como si el destino me la hubiese dejado ahí a propósito…
—Pero ¡no puede ser! —exclamó Marco, atónito—. ¡Estuviste todo el tiempo conmigo!
Ella sonrió a su marido con afecto, como si ya fuese consciente de que no iba a verlo durante mucho tiempo y de que echaría de menos aquella encantadora inocencia.
—¿Recuerdas cuando fui a por canapés, querido? Fueron solo unos segundos.
Marco palideció y cerró los ojos, comprendiendo por fin que aquella situación irreal e imposible estaba sucediendo de verdad. Rosana, por su parte, volvió a centrar su atención en Valentina.
—Reconozco que pensé que tal vez el cianuro no valiese para nada, porque no sabía si cuando Margarita volviese del baño se terminaría o no su café… Pero a su regreso se dirigió directamente hacia la taza, como si fuese una misión beberse su contenido. Yo estaba muy atenta, porque lo que no habría permitido bajo ningún concepto habría sido que otra persona tomase la bebida, por supuesto. Claro que, por un instante…
La mujer dudó, como si su mente se hubiese anclado en el recuerdo.
—Continúe —la animó Valentina—. Por un instante ¿qué?
Rosana pareció regresar de la escena que la retenía en su propia memoria.
—No sé, por un instante estuve a punto de gritarle, de detenerla, pero me quedé paralizada viendo cómo se bebía el veneno. Debió de notar el efecto muy pronto, porque enseguida dejó la taza sobre la mesa y no le importó que se volcase. Después, ya saben lo que pasó. La verdad es que no esperaba que sucediese tan rápido.
Valentina miró a Rosana con curiosidad. Una mujer aparentemente fuerte, con una inteligencia clara y medida, que había destrozado su vida por un amor desleal, por evitar romper la realidad del teatrillo diario en el que vivía. ¿Habría visto en Marco su última oportunidad para sentirse viva? Tal vez no soportase la idea de su día a día sin él, sin su inyección contra la monotonía y el irremediable aburguesamiento de alguien como ella. ¿Por qué permitiremos que algunas personas nos lleven al abismo? ¿O seremos siempre nosotros mismos los que, excusándonos en los demás, marcamos nuestras propias pautas?
Marco se acercó a su mujer y la abrazó, pensando que ella había hecho todo aquello por amor, por mantenerlo a salvo y a su lado, y se sintió miserable por ello. No consideró que aquel cariño de su mujer fuese interesado ni que ella hubiese asesinado a Margarita solo por mantener su frágil mundo a salvo, aunque estuviese lleno de mentiras. No, Marco no se sintió como una pieza más del juego, como un monigote al servicio de su esposa, sino que se rompió ante lo que él percibió como una generosidad inmensa por parte de Rosana, y le prometió que saldrían juntos de aquel trance, que ya nada los separaría.
El italiano no pensó, tampoco, que aquella precipitada huida a Nápoles hubiese sido pensada por su esposa para protegerse a sí misma, y no a él. Rosana se dejó abrazar y miró a Valentina con tristeza, porque ambas habían comprendido que aquel pequeño teatro se había terminado para siempre.
JUDITH POMBO
Judith se desabrochó un par de botones de la camisa; el calor le había subido desde el estómago hasta el rostro, y había sido consciente de ponerse colorada. ¿Qué estupidez habría hecho ahora el idiota del italiano? Se suponía que llevaba semanas sin participar en las apuestas, aunque ella había seguido participando en la sombra. Desde que había sabido que el Equipo de Fraude Económico y Blanqueo de Capitales había visitado la Federación de Tenis en Barcelona, había extremado las medidas de seguridad, pero que las sospechas de apuestas irregulares llegasen a la ITF en Londres resultaba peligroso e inaceptable.
Aquellas operaciones ilegales suponían un ingreso extra muy interesante, desde luego, pero hasta ella tendría que apartarse de todas las transacciones previstas, no podía arriesgarse. Salió del despacho de mister Grey y no lo dudó, llamó a Margarita desde Londres. Le habían informado de que estaba habiendo muchos retrasos en los vuelos desde Heathrow… ¿Y si tras aterrizar no le diese tiempo de ir a casa a cambiarse? ¿Y si tuviese que salir directamente del aeropuerto hacia La Giralda? Tenía que dejarlo resuelto aquella misma noche, hablar con Marco y establecer los límites. Necesitaba que la documentación que guardaba en casa estuviese en el club sin falta, y solo se le ocurría Margarita como recadera de confianza, porque la carpeta contenía los ingresos de las apuestas del último año, las iniciales de los jugadores, de los países de procedencia… Estaba segura de que su secretaria no tendría ni idea de cómo interpretar aquella información. Sin embargo, de forma no premeditada y según hablaba con Margarita, se le ocurrió desvelarle parte de la investigación que estaba realizando la policía sobre las apuestas. Si en la ITF ya tenían conocimiento, la noticia no tardaría en llegar por distintos canales a su club y a muchos otros. ¿No sería mejor irse cubriendo?
—Ah, Margarita, ¿sabes qué? ¡Parece que tenías razón, que alguien podría estar realizando apuestas ilegales en nuestro club!
—¿Qué…? Ah, pero, Judith, ¿me crees, por fin? Ya te dije que había rumores de que…
—¡Por supuesto, querida! He pecado de confiada. Aquí en la ITF me acaban de informar de todo, de que están siendo investigados varios clubs, y entre ellos el nuestro, ¡qué vergüenza!
—El italiano está implicado seguro.
El tono de Margarita se había animado, porque por fin sus palabras eran tomadas en consideración.
—He sabido que tuvo problemas en el pasado ante la justicia italiana, de modo que bien pudiera haber vuelto a las andadas.
—Es posible… Parece increíble, pero en esta ocasión he sido una ingenua —se lamentó Judith, fingiendo una falsa angustia—. Quiero que, por favor, vayas a mi casa y tomes del cajón derecho del escritorio de mi habitación una carpeta roja. Allí guardo una documentación que encontré entre papeles de Bekandze por pura casualidad… Son de Marco Fiore, y sospecho que podrían significar algo en lo de las apuestas. Así que ve a por la carpeta y llévala hoy sin falta a mi despacho en el club, ¿de acuerdo?
—Sí, sí, ¡por supuesto! —exclamó Margarita, a punto de estallar de felicidad.
—Te lo advierto, no abras el sobre que está dentro de la carpeta. Está sellado, de todas formas, pero contiene una información que no tiene que ver con esto, sino con clientes de Smart, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, ¡de acuerdo!
Cuando colgó el teléfono, Margarita apenas podía creérselo. ¡Por fin, por fin Judith le hacía caso en algo y ella podía serle útil! Tal vez lograse que aquel empalagoso italiano desapareciese de su vista y dejase de toquetear a su Judith.
Más tarde, y ya con la carpeta entre sus manos, Margarita se despidió de Melania en la casa de Mataleñas y no pudo evitar exclamar, pletórica, que tal vez se pudiese por fin limpiar la Real Sociedad de Tenis de maleantes.
Por su parte, y desde Londres, Judith colgó el teléfono con una sonrisa. Tenía claro que le convenía ir trabajando el camino por si el italiano caía. Que al menos Margarita pudiese testificar que su presidenta no sabía nada, y que en cuanto había tenido la mínima sospecha ya se había puesto a investigar. Ah, ¡qué estúpida era su ridícula secretaria, se lo había tragado todo sin dudar, sin sospechar siquiera que ella misma era ya la principal conexión en Santander para la realización de aquellas apuestas ilegales en todo el norte de España!
La única preocupación que guardó Judith ante su nueva estrategia fue que Margarita se atreviese a husmear en el sobre cerrado: las fotografías eran tan explícitas que no dejaban lugar a dudas de la relación íntima que mantenía con Marco, y eso, de ser descubierto, no la beneficiaría en absoluto ante una posible investigación. De todos modos, a Judith no se le escapaba que aquella solterona conocía su relación con Marco Fiore, que excedía el vínculo amistoso y empresarial: había incluso disfrutado sabiendo cómo ella la espiaba de vez en cuando mientras se llevaba a algún amante a su despacho.
Si finalmente Marco Fiore no era acusado ni descubierto en sus actividades delictivas, Judith se limitaría a informar a Margarita de que los papeles que había encontrado en Bekandze, finalmente, no tenían nada que ver con negocios turbios, sino con contabilidad corriente. Sería fácil. Aquella misma noche, en el club y tras la cena, le mostraría las comprometidas imágenes a Marco y le advertiría muy seriamente de que, como ya le había dicho en una ocasión, si caía debía hacerlo él solo. Si se le ocurría implicarla de cualquier forma, le amenazaría con mostrarle aquellas imágenes a su mujer. Las había tomado seis meses atrás en un hotel de Bilbao, cuando habían acudido juntos a una convención vinculada al centro de bienestar que Marco gestionaba para el club de tenis. Judith había sentido una perversa excitación al ver las fotografías, no solo por lo explícito de las imágenes, sino por su secreta argucia para tener todo bajo control en caso de que fuese necesario.
Sin embargo, aquella tarde, de regreso a Santander desde Londres, solo se presentaron problemas en su camino. Primero, el previsible retraso de su vuelo, por el que casi no llega a la pequeña recepción que habían preparado para Basil Rallis, aunque al menos, finalmente, sí había podido pasar por Mataleñas para cambiarse de ropa.
Le había parecido muy original, antes de cenar en las instalaciones de la Real Sociedad de Tenis, la idea de darle al legendario jugador un paseo por la bahía. Sin embargo, nada más llegar al paseo de Pereda y bajar del taxi, se encontró con aquel ridículo hombre, que aseguraba ser el padre de Pablo Ramos y que no hacía más que pedirle cosas para su hijo paralítico. ¿Por qué todo el mundo se arrastraba y buscaba en ella la solución a sus problemas? ¿Por qué no se labraba cada uno su camino, como ella misma había hecho? Intentó desembarazarse de aquel hombre sobreprotector y lamentable y avanzar a través de una pequeña masa de manifestantes. ¿Por qué demonios se manifestaban? Ah, la monarquía. Uno de los temas más viejos del mundo. Suspiró de puro aburrimiento ante lo que ella consideró un grupo de indigentes sin nada mejor que hacer que quejarse de un sistema que, paradójicamente, los sustentaba.
Pero aquel ridículo individuo la siguió, increpándola, pidiéndole que solucionase sus problemas. Ella le contestó alguna barbaridad, y sintió cómo el hombre tropezaba sobre ella, golpeándole fuertemente el pecho. Por un instante, sintió que perdía la respiración. Aquel cretino, queriendo o no, le había propinado uno de aquellos golpes certeros que te obligaban a perder el equilibrio. Mientras caía al suelo, Judith recordó que había tenido la misma sensación en una pelea con Melania cuando eran pequeñas. Habían comenzado a pegarse, y su hermana, normalmente débil e insegura, le había propinado un puñetazo en el pecho que la había dejado sin respiración durante unos segundos. El susto había sido tremendo, y Melania nunca más le había puesto una mano encima.
Judith se incorporó como pudo, ayudada incluso por los manifestantes, y sintió una profunda vergüenza al caer al suelo. Se sintió también un poco mareada, pero supuso que el efecto del impacto con aquel hombre odioso se desvanecería en unos minutos. Caminó hacia el muelle con decisión, aunque sintiéndose súbitamente debilitada. No miró atrás y no supo qué había sido del padre de Pablo Ramos, sin que desde luego tuviese ningún ánimo de saberlo.
Nada más entrar en la goleta, Judith pudo respirar el aroma de la cocina, que anunciaba una apetitosa cena. En un rápido vistazo, comprobó que la mesa estaba dispuesta en el gran salón de La Giralda. ¿Qué demonios había hecho su estúpida secretaria? ¡Allí solo tenían que degustar un aperitivo y dar un paseo por la puñetera bahía!
—¿Acaso tengo que hacerlo todo yo, Margarita? ¡Dime! ¿Eh? ¡Dime! Aquí, el cóctel; ¡solo el cóctel! La cena, en el club.
—Yo… Pensé que se hacía todo en la goleta, lo siento muchísimo. Juraría que me dijiste que cenaríamos en el barco.
—¿Qué? ¡Pues claro que dije que cenábamos en el barco, pero en la fiesta ibicenca, no en esta, por Dios bendito!
—Lo siento de verdad —volvió a excusarse Margarita, completamente avergonzada y sabiendo que las escuchaban.
Judith se acercó a ella y le habló casi en un susurro.
—¿Y la carpeta?
—En el cajón de tu mesa, en el despacho del club, tal y como me pediste.
—Bien…
Judith pareció darse cuenta de que el capitán y otras personas las observaban, y decidió tranquilizarse y adaptarse a la nueva situación.
—Resolveré ese asunto mañana. Voy un momento al servicio del camarote principal, ¿de acuerdo?
—Por supuesto, ¿quieres que les vaya diciendo al resto de los asistentes que bajen de cubierta?
—Haz lo que quieras, ¡ten un poco de iniciativa, joder! Estoy muy cansada del viaje, tal vez me tumbe un minuto para revisar los correos… Atiende tú a los invitados, ¿te ves capaz?
—Yo… Sí, claro.
Judith no se molestó en continuar la conversación, y entró directamente en el camarote, cerrándose por dentro. Se sentía tan cansada, tan débil. Hizo ademán de dirigirse al servicio, pero notó cómo fallaba el suelo bajo sus pies y cómo su mente perdía el control. Se sentó en la cama y pareció recuperar un poco el aliento. ¿Qué le estaba pasando? El pecho comenzaba a dolerle horriblemente. No fue consciente de desmayarse hasta que, casi diez minutos más tarde, recobró el conocimiento. Abrió los ojos y le llevó varios segundos ubicarse. ¿Dónde estaba? Aquella habitación se movía, se balanceaba. De pronto, recordó que se encontraba a bordo de un barco, en La Giralda, y que era la anfitriona principal de un evento con el famoso Basil Rallis. Masticó todavía su enfado por no acudir a la cena prevista en el club de tenis, por lo que ya no podría mostrarle las fotografías a Marco hasta otra ocasión. ¿Cómo iba a suponer que aquellas imágenes serían descubiertas por Margarita a la mañana siguiente, cuando ella misma ya estuviese muerta, llevándose también a su secretaria a la tumba?
Judith se incorporó y se puso en pie. Le dolía muchísimo el pecho. Bajó la mirada y, con horror, comprobó que sangraba en el punto exacto donde el padre de Pablo Ramos la había golpeado. Dos gotas de sangre resbalaron hasta la mullida alfombra. Judith, aterrorizada, intentó gritar pidiendo auxilio, pero de su garganta solo salió un rudo quejido, agudo y penetrante. Dio dos pasos atrás, tambaleándose, y comprendió que el golpe que había recibido de aquel hombre torpe y estulto no había sido ni inocente ni casual. El dolor le resultó ya insoportable. Exclamó una negación, que salió de su pecho como una última queja ante su destino, porque había comprendido que iba a morir. Judith Pombo, allí y en aquel instante. De la forma más absurda imaginable, por un motivo estúpido, por mano de un asesino que ni siquiera estaba a su altura. Ni en logros, ni en inteligencia ni en agallas. No era justo morir así.
Judith, sin ser consciente de ello, se sentó de nuevo y por pura debilidad sobre la cama. Era incapaz de hablar, y su pecho parecía a punto de romperse. ¿De verdad?, ¿así era como iba a terminar el juego? Cuánto le había quedado por vivir. Antes de desvanecerse por última vez, Judith guardó su último pensamiento para su madre y su hermana, y vio entre nieblas y delirios la hermosa finca de Mataleñas, que sobrevoló sabiendo que ya había abandonado su cuerpo.
El capitán Caruso estaba extremadamente satisfecho. En menos de una semana se habían resuelto dos crímenes de novela, complejos y enrevesados, y los había solucionado Valentina Redondo. Quizás aquella chica estuviese un poco desequilibrada, pero desde luego era buena en su trabajo. Estaría pendiente de su evolución, de que saliese de aquel pozo oscuro que se había autoimpuesto. El capitán acababa de llamar a la teniente a su despacho, y le había gustado verla llegar con una sonrisa. Al entrar, ella no tomó asiento y se quedó de pie ante el escritorio, esperando.
—Dígame, capitán.
—Me han dicho que te coges unos días.
—Sí, señor, asuntos personales. Ya he dejado a Riveiro al cargo y mi equipo de trabajo es excepcional, le aseguro que sin mí podrán perfectam…
—Que sí, coño —la interrumpió Caruso, con una risotada—. Mira que eres puntillosa, ¿eh, Redondo? Que me parece todo perfecto, que te cojas los días que necesites y soluciones tus cosas.
—Gracias, capitán.