Lo que la marea esconde

Lo que la marea esconde


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—No se merecen, estamos en el súmmum de los reconocimientos gracias a tu sección, ¿lo sabías? Hasta el nuevo juez está impresionado. ¿Cómo coño se llamaba?

—Antonio Marín.

—Eso. Un tío raro, la verdad.

Debe de ser el típico superdotado al que puteaban en clase, pero lo cierto es que hace bien su trabajo, y eso que solo es un crío.

—Sí, creo que es bastante joven.

—¡Pues me ha dicho que sabía que ibas a resolver el caso! Que confiaba plenamente en tus facultades… Y que te llamó para felicitarte y no le cogiste el teléfono.

—Se me habrá pasado.

—Claro.

El capitán Caruso observó a Valentina con cierto gesto de burla contenida, sabiendo que la teniente Redondo rechazaba por lo general cualquier adulación.

—¿Sabes?, hasta me han llamado de Madrid para felicitarnos por nuestro equipo de investigación, ¿qué te parece?

—Me parece bien, señor.

—Le parece bien, dice…

El capitán la miró con curiosidad.

—¿Estás bien, Redondo? Si te puedo echar una mano en algo, no lo dudes.

—No, capitán. Estoy bien, gracias.

—Ya… Sabes lo último, ¿no? Los abogados de nuestros dos pajaritos parecen haberse puesto de acuerdo, en ambos casos alegan enajenación mental transitoria y no sé qué gilipolleces más, ¿qué te parece?

—Lo habitual, supongo. Hacen su trabajo. Nosotros hemos hecho el nuestro.

—Eso es verdad. Por cierto, los compañeros de Madrid han descifrado gran parte de los documentos que les pasamos. La operación contra las apuestas ilegales va a ser monumental, y ni te imaginas algunos de los jugadores implicados.

El capitán dijo un par de nombres conocidos, y Valentina no disimuló su sorpresa. Desde luego, el mundo era un lugar extraño. Era lógico que existiese el mal, pero ella lo entendía más en aquellos que vivían en los extremos del abismo, incapaces de superar sus terribles circunstancias. Sin embargo, los que tenían posibilidad de escoger, de vivir limpiamente, ¿por qué terminarían transitando los caminos más oscuros?

—En fin, Redondo, pues ahora a descansar un poco, ¿eh? Y déjate ya de tanto deporte, que te va a dar algo.

Valentina sonrió. Hacía días que no iba al gimnasio, ni siquiera a correr.

—Me lo tomaré con calma, capitán.

—Eso es. Y ahora lárgate de aquí y que no te vea como mínimo en un par de semanas, ¿estamos?

—Estamos.

—Pero atenta al display, ¿eh? Que comienza el verano y últimamente esto se nos llena de gilipollas cargándose gente, que ni que fuese esto Chicago, cojones.

—No se preocupe, dejaré el teléfono conectado, capitán.

Valentina se despidió y vio con el rabillo del ojo cómo el capitán Caruso sonreía y la seguía con la mirada, comprendiendo con satisfacción que en ella había chispeado ya una nueva luz. La teniente se dirigió hacia la sala de juntas para despedirse de sus compañeros, pero para su sorpresa se encontró en el pasillo con el teniente Silva. No lo veía desde hacía muchas semanas y había esquivado deliberadamente sus llamadas y recados. El teniente la saludó efusivamente, interesándose por su estado de salud.

—Sí, ya supe que te habías reincorporado… ¡Y de qué manera! Los casos que habéis resuelto eran espectaculares. Yo aún estoy de baja… Me reincorporaré el mes próximo, solo he venido a saludar al personal.

—Muy bien, me alegro de que estés mejor.

Valentina le sonrió sin saber muy bien qué más decir y deseando marcharse cuanto antes, y aquella intención no pasó desapercibida al teniente Silva, que le habló ahora con expresión más seria. En su tono se adivinaba una emoción contenida y profunda.

—No sabes cuánto te agradezco lo que hiciste aquel día, Valentina. Siento tanto lo que os sucedió a ti y a tu bebé… Lo siento de verdad.

—Lo sé. Ya me lo has dicho varias veces… Pero no podemos cambiar el pasado y no fue culpa tuya. No te preocupes.

—No se trata de culpas, sino de responsabilidad, y fui yo quien te llevó a aquella maldita casa.

Valentina suspiró. No quería emocionarse, no debía.

—Lo pasado, pasado. Hay que seguir caminando.

—¡Papá, papá! —Una niña pequeña, de cabello rubio y ondulado, fue corriendo hasta el teniente Silva—. ¡Nos han dicho que aquí hay un gimnasio inorme y que podremos ver cómo disparan tiros en una sala del sótano!

—¿Sí? ¡Qué bien, mi amor! Ahora mismo voy con vosotros.

La niña se marchó corriendo hacia el fondo del pasillo, donde la esperaban una mujer y un niño un poco más mayor, que no les quitaba ojo a los agentes uniformados, intentando descifrar el significado de sus galones. El teniente Silva se explicó con Valentina.

—He venido con mi familia, para que los niños vean las instalaciones, les hacía ilusión.

—Claro.

Valentina mantuvo su atención en el fondo del pasillo, y supo que la mujer del teniente la había reconocido, porque en su mirada se dibujaba un agradecimiento infinito, un abrazo silencioso y sincero. Ambas mujeres se miraron unos segundos, hasta que Valentina bajó la vista hacia las criaturas, que ahora jugaban a dispararse con sus dedos índices, transformados en pistolas imaginarias. Tal vez ella hubiese perdido a su bebé, pero había salvado a aquellos dos niños de una orfandad segura, del dolor irreparable de la pérdida.

—Perdona, Silva, me están esperando y me tengo que ir… Me alegro de verte.

Valentina se despidió de forma abrupta, aunque aceptó un abrazo de su compañero, y salió disparada hacia el baño, donde por fortuna no había nadie. Se rompió en un llanto profundo, incontrolable y desbordado. Aunque ella estaba rota por dentro, aunque lo había perdido todo, tal vez no fuese de esa clase de personas inservibles que ya solo pueden dejarse ir con la brisa hasta desaparecer. No, no era ella la que tenía que deshacerse en el viento; era su dolor el que tenía que volar. Siempre habría recuerdos y dentelladas que su memoria le clavaría en el pecho, pero su mera existencia, su lucha contra el mal, tenía todavía un sentido. Lo había visto en la mirada de la mujer de Silva, en toda aquella vida que ella había logrado que continuase latiendo.

En realidad, Valentina ya lo había decidido durante aquellos días, pero lo que acababa de sucederle en el pasillo de la Comandancia le había parecido algo así como una señal, una confirmación de que estaba por fin en el buen camino. Aquel terrible dolor nunca dejaría de pertenecerle, pero no tendría más remedio que dejárselo a la brisa para que lo deshiciese en el aire, para que el viento que sopla cuando sube la marea se lo llevase al mapa profundo de los océanos. Algunos naufragios era mejor que se quedasen en el fondo del mar, dormidos, para que los marineros pudiesen seguir navegando. Con frecuencia, es lo que la marea esconde lo que da valor a cada nuevo latido, a la proeza de vivir.

—Teniente, ¿está bien?

—¿Qué?

Valentina levantó la mirada y comprobó cómo Marta Torres la observaba con sorpresa y preocupación. Desde luego, el baño femenino de la Comandancia de Peñacastillo no era el lugar más discreto del mundo para romper a llorar y reflexionar sobre el sentido de las cosas.

—Sí, Torres, tranquila —le sonrió—. Estoy bien.

—¿Seguro? He visto que…

—Se me había metido algo en el ojo, no estaba llorando —le explicó Valentina con gesto amistoso—. Pero no se lo digas a nadie. ¿Vamos a por los pasteles?

—¿Pasteles?

—Claro, he traído dos bandejas para despedirme. Una para nosotros y otra para Sabadelle.

La agente Torres se echó a reír y, en un ademán de confianza sin precedentes, abrazó a Valentina y después la miró con esa expresión de compañerismo universal y antiguo, que desvelaba que las personas no son solo capaces de lo peor, sino también de lo mejor.

Tras casi una hora de bollos y pasteles, de bromas sobre el nombre que Sabadelle escogería para su hijo, del que todavía desconocía el sexo, Valentina se despidió de sus compañeros deseándoles suerte para aquellas semanas en que ella estaría fuera. Solo el sargento Riveiro la acompañó hasta la puerta de la Comandancia.

—Parece que vamos a tener buen verano.

—Eso parece, sargento.

—Espero que disfrutes de la playa.

Valentina sonrió. Para ella, no había en Cantabria playas como las de Suances, donde no pensaba permitir que se escribiese ninguna página más en blanco. La teniente se despidió con un abrazo y condujo directamente hacia su hotel, donde las maletas la esperaban en la recepción. El propio director del establecimiento acudió a despedirse personalmente, agradecido por haberla tenido como huésped durante tanto tiempo, sin que el personal apenas hubiese podido percibir su presencia. La última semana, sin embargo, había sido más trabajosa, con aquella enorme y gordísima gata yendo de un lado para otro. Era un alivio que se la llevase, ¿cómo era posible que un animal soltase tanto pelo?

Valentina colocó a Agatha en su mullida caja del asiento trasero del coche.

—¿Lista?

Un maullido fue la respuesta. Aunque ambiguo, Valentina lo dio por bueno y arrancó el vehículo, cargado de maletas. Fue abandonando progresivamente la ciudad para conducir entre prados verdes e inmensos, salpicados de edificios más pequeños y de casas unifamiliares. Avanzó con calma y sabiendo que el tiempo podría volver a arrastrarla a playas desiertas, a días oscuros y dolorosos, pero ya no sintió miedo. No quería seguir escondida sobrevolando en sueños los tejados para, después, despertarse con las manos vacías.

Subió la cuesta que la aproximaba a Villa Marina. Para acceder a la finca debía desviarse hacia la derecha, pues si continuaba conduciendo por aquel estrecho cabo llegaría, en solo un minuto, hasta el faro de Suances y la playa de los Locos. El portalón de madera de la vivienda, como era costumbre, estaba abierto de par en par. Avanzó despacio con el coche, y dejó a su izquierda la cancha de tenis de la propiedad, recordando de inmediato su último caso, donde aquel deporte había estado tan presente. Valentina vio que había movimiento en el encantador hotel de Villa Marina. Los huéspedes disfrutaban de la piscina y de las impresionantes vistas de la playa de la Concha desde sus tumbonas. Aparcó más abajo, llegando ya casi a la curiosa cabaña de Oliver, que parecía salida de un bosque canadiense y que no pegaba nada con el estilo afrancesado y elegante de Villa Marina.

Descendió del coche y abrió la puerta trasera para tomar en brazos a Agatha, que le pareció que pesaba una barbaridad. La gata dio un salto sorprendente y aterrizó justo a sus pies, como si estuviese lista para inspeccionar el terreno, aunque sin separarse de su lado. Comenzaron a bajar por el breve camino flanqueado de vegetación, de árboles de toda clase y de palmeras hasta llegar a la cabaña de Oliver, que se asomaba sobre el mar con privilegiadas y apacibles vistas. Un breve sendero descendente conectaba la cabaña con un acceso directo a la playa de la Concha, donde ahora se mecían las olas con apacible ritmo y suavidad.

Cuando Valentina llegó al porche, le sorprendió no ver a nadie, ni siquiera a Duna, la pequeña beagle. De pronto, y como si ella misma fuese testigo de una escena doméstica ajena, vio cómo Oliver salía de la acogedora cabaña con Duna recién bañada y envuelta en una toalla; la sujetaba con su brazo derecho sobre su regazo. El joven caminaba con cuidado y presionaba con su mano izquierda su propio abdomen, en el que posiblemente un dolor moderado le recordase su reciente operación de apendicitis. Al ver a Valentina, Oliver sonrió de esa forma que solo puede ofrecer quien te añora de verdad y desde hace tiempo.

Sin embargo, el rostro del inglés mostró extrañeza al bajar la vista y ver a aquella enorme gata blanca a los pies de Valentina. Oliver había hablado y se había visto con su inusual teniente durante aquellos últimos días, pero desde luego ella no le había contado nada de ningún felino.

—¿Qué es eso, un tigre enano?

—Se llama Agatha —le aclaró ella, encogiéndose de hombros, como si la presencia de la gata no fuese culpa suya—. Un nuevo miembro de la familia.

Oliver sonrió y asintió satisfecho a pesar de los ladridos de Duna, que saltó de su regazo para ir directa hacia la enorme gata, que la recibió con sorprendente indiferencia. No cabía duda de que en aquella cabaña, y durante unos días, habría un poco más de acción de la habitual. Oliver se acercó a Valentina y ambos se observaron sin polvo en las miradas, sin reproches ni huidas. Llevaban mucho tiempo corriendo el uno hacia el otro sin encontrarse. Ambos eran en realidad como aquellas aves de las Órcadas, aquellos pájaros hijos de los árboles que venían de la oscuridad pero que después, con suerte, eran los que más alto podían alzar el vuelo. Se abrazaron y, mientras Agatha y Duna resolvían sus diferencias, entraron juntos en la cabaña. Entretanto, en la orilla de la playa soplaba una suave brisa y subía lentamente la marea.

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