Lo que la marea esconde

Lo que la marea esconde


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Fey… […] Pues bien, es una palabra escocesa, en realidad. Significa una especie de felicidad exaltada, que precede al desastre. Como usted puede imaginar, cuando todo es demasiado hermoso para ser verdad.

AGATHA CHRISTIE,

Muerte en el Nilo (1937)

A veces a Valentina le gustaría flotar, salir de su cuerpo. Adiós ojos, cintura, boca. Sería mejor no volver a verlos, con todas sus marcas y cicatrices. ¿Cómo sería volar? ¿Sería como cuando se bucea en el fondo del mar y todo queda en suspensión, en silencio?

Esa noche Valentina Redondo había dormido poco, pero lo había hecho profundamente. Y había soñado que sí, que salía de su cuerpo y que volaba sin prisa sobre los tejados, sabiendo que ya nunca nada tendría buen final. En su sueño había llegado a la costa, a ese lugar donde había comenzado todo. Había visto a Oliver en el porche de su acogedora cabaña acunando a la pequeña Duna, que ya no era un cachorro. Y había sonreído al pensar que allí, en Villa Marina, era donde le habían sucedido algunas de las cosas más importantes de su vida. Pero Valentina no podía detenerse en aquel sueño. Era tan afilado el dolor, tan desgarradora la culpa. Ya no vivía en Villa Marina, y no volvería a hacerlo. Nada de lo que tocaba parecía dirigirse hacia el camino de los buenos destinos, y por eso ahora él era libre.

«Ay, amor —pensó—. ¿Sales con alguien? Y a Duna, ¿le has puesto la vacuna? ¿Quedaste con aquella chica de la playa, la que no dejaba de mirarte?» Valentina no quería, no debía imaginarlo. Lo que deseaba era olvidarlo todo, y no podía. Quería volar muy alto para atravesar los mil océanos del infierno y lograr un estado de suspensión en el que olvidar la herida rota en que se había convertido. Quería que todos los recuerdos de lo que había sucedido se evaporasen para que nadie se diese cuenta de que era ella quien todavía sobrevolaba los tejados.

Bip, bip. Teléfono. La teniente Valentina Redondo detuvo su carrera y descolgó el teléfono móvil. En vez de mirar al mar mientras hablaba, posó su atención sobre el blanco señorial del Gran Casino del Sardinero, en Santander. Casi las ocho de la mañana. Si el capitán Marcos Caruso la llamaba tan temprano era porque había sucedido algo grave.

—¿Capitán?

—Sí… Redondo, siento las horas.

El capitán guardó silencio un instante e intentó descifrar el sonido de ambiente al otro lado del teléfono.

—¿Dónde andas?

—Por los jardines de Piquío —contestó ella tomando aire y reponiéndose de su carrera interrumpida.

El capitán se dio cuenta de lo agitado de su respiración.

—No me jodas, Redondo. ¿Haciendo deporte tan temprano? ¡Después de las dos horas de gimnasio de ayer en la Comandancia!

El capitán resopló en señal de preocupación.

—Te reitero la conveniencia de descanso. El psicólogo del cuerpo puede atenderte de inmediato, todo es confidencial y reservado, sabes que…

—Estoy bien, capitán —le interrumpió ella.

En su tono había respeto, pero ya no su antigua prudencia y sumisión ante un superior en rango. ¿Cómo explicarle a Caruso que agotar su cuerpo era lo único que le permitía dormir cada noche, cuando su alma estaba por fin derrotada, al otro lado del cansancio?

—Capitán, solo corría un poco y ya estaba de camino a casa. Dígame, ¿qué ha pasado?

Marcos Caruso guardó silencio unos segundos, midiendo hasta qué punto Valentina se había vuelto inaccesible después de todo lo que le había pasado. Por un lado, la tragedia que había sucedido hacía solo unos meses la había convertido ahora en una líder prácticamente infalible de su Sección de Investigación en la Guardia Civil, porque solo parecía vivir por y para su trabajo; su trastorno obsesivo compulsivo por el orden había regresado con feroz rigidez, y sus actuaciones eran profesionalmente intachables.

Sin embargo, había otra perspectiva. La enfermiza, la que la volvía peligrosa precisamente por aquella inflexibilidad, por la nueva frialdad que se había instalado en ella y que había vuelto su mirada de dos colores inescrutable y tan sólida como una piedra que cae al fondo de un pozo. Pero la teniente había recibido el alta médica y había superado todos los controles, que la consideraban apta para el servicio, al que se había reincorporado hacía solo unas semanas. El capitán había insistido en su tratamiento, y ella había tenido que superar incluso una inspección médica en el Hospital Militar Gómez Ulla de Madrid. Pero el capitán Caruso todavía no estaba convencido. Valentina no solo había estudiado las más avanzadas técnicas de investigación criminal en el SAC de la Unidad Central de Inteligencia Criminal de la Policía Judicial española, sino que estaba doctorada en Psicología Jurídica y Forense y conocía todos los protocolos; ¿y si había logrado engañar a los médicos ofreciéndoles las respuestas adecuadas y no las reales? El capitán Marcos Caruso sopesaba aquella probabilidad, que no le parecía descabellada. Sin embargo, agotadas todas las posibilidades reglamentarias, ¿qué podía hacer él, además de preocuparse por Valentina como lo haría un padre por su hija, viéndola caminar por el camino equivocado? Caruso acababa de cumplir cincuenta años y sabía que, en ocasiones, no había medicina posible contra el dolor, porque algunas heridas solo se curaban si el enfermo deseaba sanar. Decidió contarle a Valentina directamente el motivo de su llamada.

—Tenemos un nuevo caso, que va a suponer un revuelo mediático considerable. Anoche se cargaron en la Magdalena a Judith Pombo, la presidenta de la Real Sociedad de Tenis, ¿sabes quién es?

—No —replicó ella sin ambages—, no tengo ni idea.

—Bueno, pues era una pija de las finas, ¿me entiendes? De la alta sociedad. Tenía una empresa de eventos, catering y tal, a lo mejor te suena…

El capitán se apartó un instante del teléfono y a Valentina le pareció que buscaba la información en alguna parte.

—Smart, ¿la conoces?

—¿La del logotipo rosa con letras alargadas?

—Esa, ¡esa!

—Hay carteles por toda la ciudad. Sí, ya sé cuál es.

—Perfecto. Pues tendrás que estudiar a fondo la empresa, a ver si a la víctima se la han cargado por algo que manejase por ahí.

—O por el club de tenis.

—También, también. ¿Sabes dónde vivía esta? En Mataleñas, en una finca que está subiendo hacia el faro de Cabo Mayor, después de pasar el club de golf y antes de llegar al de hípica, el Bellavista. Seguro que la has visto alguna vez.

—Creo que sí, una que está en la curva de la carretera, ¿no?

—Esa, exacto. La compró hace diez años o así y la arregló; y vivía ahí con su hermana y con su madre.

—¿No estaba casada?

—Creo que divorciada.

—Ah. ¿Y sabemos si hace mucho?

Valentina lo preguntó concentrada, y desde luego la cuestión no era una trivialidad. La violencia de género estaba a la orden del día y los criminales eran con frecuencia las personas más próximas a las víctimas.

—No sé, creo que sí, divorciada hace ya varios años. Esta mujer parece que iba a su aire, ¿me entiendes? Fiestas, famoseo y tal. Habrá que investigar en varias direcciones, porque de momento no hay sospechosos definidos.

—Pero si ha muerto en la Magdalena es cosa de la policía, no entiendo que…

—No corras, Redondo, que se nos ha muerto navegando en el mar. Costas y puerto, competencia de la Guardia Civil. Y, por cierto, anoche algún gilipollas de emergencias mandó para allí hasta a los buzos de los bomberos y a los GEAS.

—¿A los GEAS, desde Gijón?

—Sí, se pensaban que se había caído alguien al agua, pero no, aunque sí que se la cargaron en un barco. Menos mal que rectificaron a tiempo y solo asistieron los nuestros y un par de ambulancias.

—Ah, entonces solo fue Servicio Marítimo.

—Sí, una patrullera ligera del SEMAR. Ya hicieron ellos las primeras diligencias de toma de declaraciones en el barco, antes incluso de atracar en tierra.

—¿Y cómo no me avisaron anoche? Habría ido a…

—Valentina, no solo trabajas tú en el cuerpo, ¿me explico? Se te encomienda ahora el asunto porque parece complejo y necesitamos a alguien con experiencia. Las diligencias iniciales han sido realizadas de forma intachable y ahora solo debes tomar el mando con tu sección, ¿estamos?

—Sí, señor.

La teniente suspiró. Era cierto que ella no era imprescindible ni omnipresente, y no podía estar en todas partes. De todos modos, todavía estaba intentando componerse una idea clara de lo que había sucedido. A veces el capitán le hablaba como si ella tuviese información que él aún no le había facilitado, y lo cierto era que aún no sabía cómo había muerto Judith Pombo.

—Pero, capitán, no entiendo… ¿Hubo un accidente con indicios de criminalidad, una pelea a bordo, algún tipo de enfrentamiento de la víctima con…?

—No, no… —la interrumpió él—. Y esto es lo mejor, Redondo. ¡El súmmum de los misterios! Se murió estando ella sola encerrada en un camarote, y tuvieron que echar la puerta abajo para poder entrar. Le encontraron una herida diminuta en el pecho, parece que de arma blanca y no de fuego, tienen que confirmárnoslo… Todo muy raro. Cuando llegaron los sanitarios ya estaba muerta, no se la pudo reanimar. En cuanto se enteren los de la prensa va a arder Troya, me cago en la mar salada. Encima está aquí el rey.

—¿El rey? Aquí dónde, ¿en Santander?

—Hostias, Redondo, tienes que dejar de vivir en el Olimpo, comenzar a salir, o a leer el periódico. ¡Si ayer no se hablaba de otra cosa en la Comandancia!

—Ayer estuve todo el día en el curso de Reinosa y solo pasé por Comandancia para dejar documentación e ir al gimnasio a última hora, capitán. Yo no…

—Que sí, Redondo, que sí, pero hay que estar atenta. ¿No sabes que está aquí el rey por lo del Mundial de Vela?

—Sí, supongo… —mintió con desgana.

Caruso continuó insistiendo en sus recomendaciones vitales, pero Valentina ya no lo escuchaba. La teniente puso su mano libre sobre la cadera y se dio la vuelta. Su mirada se deslizó hacia la derecha, directa a la península de la Magdalena, que ahora amanecía con el mar rodeándola y protegiéndola en completa calma, como si las aguas estuviesen todavía durmiendo. Valentina se concentró no ya en la información recibida, sino en la que le faltaba.

—¿Y no habrá sido un suicidio?

—No te digo yo que no, pero no encontraron ningún arma ni objeto con el que pudiese autolesionarse.

—A lo mejor lo tiró por una ventana.

—Puede ser, pero los del SEMAR y los del SECRIM dicen que la única ventana estaba bien cerrada por dentro —refutó Caruso, aludiendo al Servicio de Criminalística.

—Pudo cerrarla ella.

—¿Después de herirse de muerte?

—Hum…

La teniente comprendió lo extraño que habría sido actuar de aquella forma y también dudó de su propio argumento.

—¿Y qué hacía la víctima en el barco?

—Ah, eso… Era una cena en honor de Basil Rallis. Ese sí sabes quién es, ¿no?

—Sí, claro. El famoso exjugador de tenis, imagino.

—Exacto. El tipo ha venido desde Barcelona para unas jornadas sobre deporte en la Magdalena, y los del club de tenis han aprovechado para invitarlo a varios eventos y a una cena en una goleta, ¿te imaginas? En una puñetera goleta, ¿a quién se le ocurre?

Valentina pensó al instante que las ocurrencias y extravagancias eran más fáciles para los que tenían dinero, aunque no dijo nada; se limitó a concentrarse en el caso.

—¿Cuánto tiempo llevaba la víctima sola en el camarote?

—¿Cuánto tiempo? Coño, Redondo, y yo qué sé, ¿qué clase de pregunta es esa? Creo que solo unos minutos, acudieron porque la escucharon gritar.

—Ah, así que gritó —consideró ella, sin saber todavía si eso tendría o no relevancia—. ¿Y cuántas personas había en la cena? Lo digo para preparar al equipo para los interrogatorios, si eran muchos habrá que…

—Nada, nada —le cortó el capitán—, poca cosa. La tripulación y media docena de invitados, por lo que sé. Tendrás el informe del SEMAR en tu mesa a primera hora, pero ya te lo envío ahora por correo.

—Bien, pues me doy una ducha y voy para allá.

—No, espera. Por eso te llamo… Ve primero al hospital, a ver qué te adelantan de la autopsia. No vaya a ser que revolucionemos el corral, con la que ya hay liada en la ciudad, para que luego resulte que la mujer se murió de la picadura de una puta avispa asiática o porque se chocó con un perchero, ¿me explico?

—Sí, señor. Pero por muy temprano que empiecen las autopsias, el cuerpo estará todavía en el depósito… Si voy ahora aún estarán comenzando con ello. Será mejor revisar primero los informes y ver después qué pueden contarnos los forenses, que me imagino que de momento no será gran cosa.

—Hostias, Redondo, que no te digo que te entreguen la autopsia preliminar, pero que te canten algo de lo que tengan.

Valentina miró su reloj. Las ocho en punto de la mañana. Era muy posible que el examen del cadáver de Judith Pombo acabase de comenzar.

—Intentaré tener algo antes de las diez de la mañana, señor.

—Así me gusta, coño. ¡Actitud!

El capitán, de pronto, cambió el tono, como si acabase de darse cuenta de con quién estaba hablando.

—Pero tú no te me estreses, ¿eh, Redondo? Hasta que veas prudencial hablar con los médicos esperáis, pero id estudiando el historial de los que estaban en el barco, ¿estamos?

—Por supuesto.

—Y hasta que hables con Múgica no empieces con los interrogatorios formales.

—Ah… ¿Lo lleva Clara Múgica?

—No lo sé, pero para informarte supongo que lo hará ella. Qué pasa, ¿ya no sois amigas?

—Sí, sí, capitán. Era por saber.

Valentina apuró la respuesta, aunque era cierto que se había distanciado de Clara Múgica, la agradable forense con la que solía tratar. La vinculación familiar de Clara con Oliver y sus constantes recomendaciones maternales a Valentina para afrontar lo que le había sucedido solo unos meses atrás hacían que la teniente evitase en lo posible cruzarse con ella. Hasta el año anterior, la vida de Valentina había sido pura esperanza: un camino despejado e incluso brillante. Pero había sucedido algo que lo había cambiado todo y que la había devuelto al frío y la niebla, donde se había instalado y de cuya guarida no pensaba moverse.

—Perfecto, pues me informas, ¿eh, Redondo? Que yo no voy a llegar a la Comandancia hasta la tarde… Y atenta al display, ¡atenta! —insistió, refiriéndose a la pantalla del teléfono móvil de la teniente—. Que voy a tener a la prensa tocando los cojones y al juez supervisando las diligencias.

—¿Qué juez? ¿Marín?

—El mismo. Me ha confirmado que ya va a despachar oficios esta mañana a la compañía telefónica de la víctima, aunque su móvil ya lo tiene Criminalística y van a examinarlo. Así que a ver si también nosotros somos capaces de ir ligeros con el tema.

Valentina asintió y se despidió del capitán. Antonio Marín era el sustituto del juez Jorge Talavera, que estaba de baja por unos problemas cardíacos. Marín había sido uno de los jueces más destacados de su promoción, y desde luego era uno de los más jóvenes de España. Llevaba todos los asuntos con un rigor matemático y con el ímpetu y la meticulosidad propios de los novatos, de modo que sí, era bastante probable que despachase detalladas diligencias para la investigación y que exigiese resultados ágiles.

La delgada figura de la joven teniente, que todavía no había abandonado la treintena, avanzó por las calles de Santander. A pesar de que llevaba su cabello oscuro sujeto con una coleta, se peinó con la mano como si con el gesto recogiese un largo flequillo invisible que se le hubiese escurrido sin querer. Divisó a solo una manzana el pintoresco hotel que desde hacía casi un mes se había convertido en su casa. Un palacete de principios de siglo XX de estilo inglés que había pertenecido en otros tiempos a indianos acaudalados, y que ahora recibía a los huéspedes mediante un largo pasillo exterior cubierto con una pérgola de cristal de muchos y alegres colores, como si para entrar en el hotel tuviesen que traspasar el arco iris.

Valentina accedió al edificio y saludó con un simple gesto de cabeza al recepcionista; después, subió directamente las escaleras que, dos pisos más arriba, daban acceso a su guarida temporal. En realidad, la teniente solo estaba haciendo tiempo en aquel acogedor y pequeño hotel hasta que estuviese de nuevo disponible el alquiler de su antiguo apartamento frente a la playa del Camello, algo que sucedería en pocas semanas. Lo había perdido al irse a vivir a Villa Marina con Oliver, y ahora, al regresar, tendría que esperar su turno. ¿Cómo iba a suponer meses atrás, ya comprometida, el nuevo horror que tendría que vivir y que la obligaría a abandonarlo todo?

La joven atravesó la pequeña habitación; como todos los días, le pareció una triste ironía que, aun siendo un cuarto individual, dispusiese de una cama de matrimonio, un recordatorio de lo que ya no tendría nunca. En cualquier caso, la habitación la recibía conciliadora y amable, con sus techos blancos de madera laminada y sus suaves edredones y cojines llenos de flores diminutas.

Abrió un cajón para coger ropa limpia y su mirada tropezó con la cajita que guardaba su cruz con distintivo rojo. Era una medalla al mérito pensionada, de modo que veía cómo cada mes le ingresaban más dinero en su nómina por haber puesto en riesgo su vida. «Por su extraordinario valor personal, por su iniciativa y serenidad ante el peligro…» Aquel distintivo no era muy habitual y su otorgamiento en la Guardia Civil suponía un gran honor, precisamente porque quien lo merecía había terminado en muchas ocasiones muerto o mutilado. En realidad, ¿no era esa su circunstancia? Aquella medalla se la habían dado por lo que había sucedido en su trabajo solo unos meses atrás: era cierto que la antigua Valentina había muerto, y desde luego le habían mutilado una esencia de sí misma que ya resultaba irrecuperable. La teniente enterró la caja con la medalla bajo unas camisetas y respiró hondo.

Con el gesto, su mano tropezó con un pequeño sobre ocre que había bajo la caja. Contuvo la tentación de abrirlo, a pesar de que conocía el contenido: su pasaporte y algunas fotografías; en una de ellas, se encontraba sentada en el porche de la cabaña de Villa Marina junto a la pequeña Duna y Oliver, que la abrazaba; a la derecha de la familiar estampa, de pie y fingiendo hacer malabares para guardar el equilibrio, un tostado y veraniego Michael Blake, amigo de Oliver, le daba el toque travieso a la imagen. Todos reían y mostraban sus bronceados, su piel salada y dibujada por la blancura del salitre, que delataba que venían de bañarse en el mar. Solo unos días antes, Oliver y Valentina se habían prometido en matrimonio.

La teniente volvió a respirar de forma pausada y profunda. ¿Por qué no tiraba de una vez aquellos recuerdos? Debería hacerlo, pero se sentía incapaz. En aquella imagen, tomada cuando el verano anterior ya estaba prácticamente terminado, había alguien más, aunque era invisible. Un pequeño bebé en su interior, del que por entonces ella desconocía siquiera su existencia. Ahora, era como si aquella vida hubiese sido irreal, un sueño nebuloso que nunca había existido.

Valentina se dirigió hacia el baño, se desnudó despacio y se miró en el espejo. Su único ojo verde buscaba la belleza, pero solo encontraba cicatrices. Una de ellas era nueva, estaba en su rostro y le dibujaba el contorno derecho de la mandíbula; las otras dos marcaban amplias líneas en su vientre, atestiguando también recientes operaciones de urgencia. El ojo izquierdo de Valentina, negro y sin brillo, contempló también su propio cuerpo sin piedad. Estaba más musculosa que antes de vivir la tragedia que la había separado de Oliver, pero también se sentía más consumida y hueca que nunca. En aquel lado de la vida ya no había nada, solo un cuerpo que se movía en silencio, que había renunciado a sentir.

Antes de entrar en la ducha, Valentina procuró silenciar sus demonios y se concentró en el nuevo caso que le habían encargado. Para aquello su mente y todos sus sentidos todavía podían ser útiles. Una mujer que había entrado en un camarote y que se había cerrado por dentro. Que supuestamente había gritado y muerto al instante por una indefinible herida en el pecho. ¿Por qué motivos gritaba la gente? Por ira, por dolor, también por sorpresa. ¿Y por miedo? El miedo petrifica y hiere, nos hace sudar, nos paraliza o nos obliga a correr, pero no a chillar. Valentina pensó, mientras el agua caliente se deslizaba por su cuerpo y lo envolvía en su cálido abrigo, que tal vez Judith hubiese sentido un miedo tan extremo que no había gritado por pánico, sino porque había comprendido que iba a morir.

Los despachos de los forenses se encontraban en el mismo edificio donde se ubicaban los juzgados y el Registro Civil de la ciudad, pero las autopsias se realizaban en una planta baja del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla de Santander. Clara Múgica se recogía ahora su media melena trigueña en un gesto mecánico, y terminaba de prepararse para realizar la autopsia a Judith Pombo. Aquella tarea iba a resultarle extraña, porque había conocido a Judith en un cóctel benéfico que dos años atrás había tenido lugar en el Hotel Real de Santander. Apenas habían cruzado un par de frases, pero Clara había asumido que aquella mujer y ella eran opuestas en casi todo. Judith, rubia y alta y sofisticada; interesada en dejar constancia de su paso y presencia. Fotos, firmas, saludos con personalidades relevantes. En contraposición, Clara acababa de cumplir cincuenta años, era de discreta estatura y se mantenía en perfecta forma, proporcionada y saludable, pero su actitud era sin duda más reservada y humilde que la de la presidenta de la Real Sociedad de Tenis.

La forense se puso los guantes y miró el cadáver de Judith. ¿Qué tendría la muerte, que vaciaba los cuerpos y los desvestía del carisma que portaban en vida? Clara había visto de cerca la suficiente cantidad de cadáveres como para saber que la muerte no era el tan declamado sueño eterno, porque la cáscara que quedaba no dormía, se vaciaba en un abismo hueco y solitario. ¿Adónde iría el alma? Era algo que se preguntaba con más frecuencia desde que su madre había muerto. La había conocido de verdad cuando ya se había ido, y desde entonces observaba con más detenimiento a quienes estaban a su alrededor, por si se le escapaba algún mensaje en las miradas, en la forma de hablar y de despedirse de las personas.

—¿En qué piensas, Clara?

—Quién, ¿yo? —se sorprendió—. En nada. En que tendría que haberme tomado otro café esta mañana —le sonrió a su ayudante, Almudena Cardona.

Almudena era joven y a menudo se precipitaba en sus conclusiones diagnósticas, pero su inteligencia y resolución habían ayudado ya en muchas ocasiones a Clara a sacar el trabajo adelante. La joven forense arrugó la nariz y observó con un toque de malicia a quien estaba en la mesa de autopsias.

—Así que esta es la del tenis. Podríamos hacerle la autopsia psicológica ya solo por esa máscara de maquillaje y por la ropa que lleva. ¿Has visto sus joyas? Con uno de esos pendientes me compraba yo un piso en el paseo de Pereda.

—No será tanto. Venga, termina de prepararte y conecta la grabadora. ¿Has visto la cámara? No sé dónde diablos la hemos puesto.

—Sí, aquí la tengo.

Ambas forenses terminaron de preparar todo el material que precisaban, además de bandejas, bisturís, pinzas, sierra y tijeras. Clara se concentró, primero, en el examen general del cuerpo, que fue comentando en alto y en tono neutro mientras la grabadora funcionaba.

—Parece que no hay pelos, fibras ni ningún indicio biológico extraño… No se aprecian contusiones ni lesiones superficiales, salvo una a la altura del corazón, que ha sangrado y empapado muy moderadamente la ropa en esa zona.

Clara resopló lentamente mientras seguía examinando el cuerpo, con la paciencia y resolución propias de quien ha hecho lo mismo muchas veces.

—¿Corto la tela? —preguntó Cardona, señalando la elegante blusa y la lencería que parecía esconderse tras ella.

—Sí; toma una muestra de la ropa próxima a la herida, con suerte en el laboratorio podrán dar con algo que facilite más información sobre el mecanismo de la muerte.

—Ah, joder. Mira lo que lleva debajo. ¿Qué es esto, una faja reductora o algo así?

Clara Múgica prestó atención a la ropa interior de Judith. Sí, parecía una faja, aunque nunca había visto una tan bonita y con unos encajes tan discretos. Normalmente las fajas eran de un desfavorecedor color carne, y a cambio del agravio estético perfilaban la silueta femenina disimulando el sobrepeso, aunque Judith tenía una figura esbelta; Clara dedujo que aquel complemento no era resultado de una necesidad real, sino de una exagerada coquetería. Entre la forense y su ayudante terminaron de desvestir el cuerpo de Judith y Clara procedió al estudio detallado del cadáver.

«Del examen tanatológico debemos destacar una pequeña herida punzante en forma de uve situada catorce centímetros bajo la clavícula izquierda y cuatro por encima del seno. […] De la inspección del resto del cuerpo no se desprenden contusiones ni signos externos relevantes».

Clara miró la grabadora, como si el aparato pudiese confirmarle de algún modo que sí, que estaba registrando correctamente lo que sucedía en aquella sala y que todo iba según lo previsto. «Del examen traumatológico no se aprecian otras lesiones a simple vista, ni nada en general que pudiese hacer sospechar de una muerte violenta, salvo por la lesión anteriormente descrita».

Cuando Clara completó el examen externo, comenzó junto con Cardona a intervenir el cadáver. Tras terminar con el cerebro, su atención se desvió de inmediato hacia la pequeña herida que marcaba con sangre el lugar donde Judith tenía el corazón.

—Arma blanca, ¿no? —preguntó Cardona, examinando el pequeño orificio—. Qué poca sangre.

—Sí, ya lo había pensado. Quizás la compresión de la faja limitó la hemorragia —especuló Clara, muy ensimismada.

La herida no tenía orificio de salida, y ella sabía que, aunque el recorrido intracorporal del arma era importante, lo crucial era estudiar el orificio de entrada.

—En efecto… Fue una lesión mecánica originada por arma blanca, herida lineal. Ese orificio con forma de uve… ¿Lo ves bien?

Almudena asintió, y esperó con sincera curiosidad el examen interno de la herida. Clara abrió el torso delantero del cuerpo empleando la técnica Mata, dibujando con su cuchilla una U invertida. Después de un rato de trabajo en silencio y tras examinar detenidamente la piel, la experimentada forense pudo centrarse en la herida del cadáver y continuó grabando sus hallazgos: «Rotura de capa epidérmica y dérmica, hasta la serosa y dañando en consecuencia el pericardio, llegando de forma muy tenue al ventrículo izquierdo del corazón, de donde se deduce una salida de sangre a la cavidad virtual entre corazón y pericardio, posiblemente de manera falciforme».

—Mira, Clara —la interrumpió Almudena Cardona—. ¿Has visto? Tiene fracturada la cuarta costilla.

—Sí, debió de ser con el impacto de la puñalada. También le ocasionó un pequeño desgarro pulmonar aquí, sí. Haz una fotografía… Perfecto. No sé qué demonios le habrán clavado a esta mujer, pero desde luego la herida es limpia y prácticamente sin filo, una lesión inciso-contusa con un instrumento de perfil en uve…

—¿Un punzón, una aguja? —preguntó Cardona, dudando de su propia suposición.

—No… Ya sabes que la elasticidad de los tejidos logra que el diámetro del orificio sea menor que la sección del arma. Ha tenido que ser algo más grueso.

Ambas forenses se quedaron mirando el cuerpo y pensando en un arma blanca o en un instrumento que hubiese podido ser utilizado para lesionar a Judith Pombo de aquella forma, ocasionándole la muerte. De pronto, Cardona pareció tener una idea.

—¿Y no se habrá suicidado? Imagínate… Pudo sufrir un trastorno delirante y clavarse una aguja de calcetar en el corazón, en plan harakiri romántico…

Clara no pudo evitar sonreír ante las ocurrencias de su joven ayudante.

—Te recuerdo que no encontraron arma ni instrumento lesivo alguno, y no veo a esta mujer clavándose algo en el corazón para después tener la determinación y fuerza suficientes como para desclavárselo. Además, señorita… ¿Qué hemos estudiado ya sobre las heridas de arma blanca en suicidios?

Cardona entornó los ojos e hizo memoria.

—A ver, pues… Los suicidas suelen descubrirse las zonas donde se van a herir…

—Cierto, y eso no ha sucedido en este caso, porque el arma ha tenido que atravesar incluso una faja. ¿Qué más?

—Qué más, qué más… También suelen herirse en paredes abdominales, sobre todo los enfermos mentales. Y casi siempre tienen heridas de tanteo.

—Exacto, por sus dudas iniciales. Y aunque la zona de la lesión es accesible, ¿ves alguna herida de tanteo? No, ¿verdad?

—¡Ah, ah! Pero también me enseñaste que la lesión de los suicidas era más profunda al principio y que luego perdía fuerza. Aquí podría ser el caso, porque la puñalada no llegó ya con mucho impulso al pericardio.

—Tal vez sí lo hizo, y lo que le falló al agresor fue la longitud del arma.

—¿Muy corta?

—Puede ser. Para su anchura, recuerda que tienes que aplicar la Ley de Dalla Volta.

A Cardona se le iluminó el rostro, como si Clara hubiese dado con un interruptor que ella ya conocía, pero del que no se había acordado hasta el momento. Cerró los ojos y recitó de memoria:

—«La anchura del arma es igual a la longitud de la herida por el seno del ángulo de penetración».

—Exacto. Así que el arma debía de tener un tamaño pequeño, como el del mango de un chuchillo de tamaño medio, aunque afilado.

—Pues esa birria resultó más que suficiente —replicó Cardona con indisimulada ironía.

Clara suspiró. Hasta no hacía mucho tiempo, era ella misma la promotora de las más crueles y sarcásticas bromas sobre cadáveres y defunciones; siempre había sido una forma como otra cualquiera de hacer llevadero un trabajo tan delicado. Pero todo había cambiado cuando su madre había fallecido en circunstancias extraordinarias; en realidad, su ausencia no había modificado su respeto por la muerte, sino por el valor de la vida. Y aunque lo cierto era que Clara casi siempre atendía autopsias clínicas o fetales y no judiciales, cuando ahora debía examinar un cuerpo sobre el que cabían indicios de criminalidad le inundaba una extraña empatía; tal vez porque solía tratarse de personas con historias potentes, que casi nunca habían tenido tiempo de despedirse.

—¿Estás convencida de que hubo un agresor? —le preguntó Cardona a Clara, sacándola de sus pensamientos—. Te recuerdo que nos dijeron que estaba encerrada ella sola en un camarote…

—Lo sé, pero si descartamos el suicidio y la muerte accidental, solo nos queda el homicidio. Claro que… —Clara dudó unos segundos, reflexionando en silencio.

—¿Qué piensas? Dime, dime… ¿Claro que qué…?

—No sé… Hay indicios que también rechazan la posibilidad de una agresión típica. Una única herida, tan limpia. Sin lesiones de defensa, ni cortes en dedos ni antebrazos… Ya viste cómo tenía las uñas, con la manicura recién hecha y sin marcas ni restos de ninguna clase.

—Tal vez la atacaron por sorpresa y no pudo reaccionar. O quizás la habían drogado.

—Ya lo he pensado, pero de su coloración y aspecto general no se deduce ningún signo de intoxicación. Fíjate, ni quemaduras ni irritaciones internas, ni mucosas inflamadas ni color de vísceras ni sangre que lleve a sospecha. Hasta el olor del cuerpo es normal. Tampoco le hemos localizado pinchazos… Por tener, esta mujer no tiene ni cardiopatía congénita apreciable ni malformaciones, y tampoco hay visible ninguna dolencia previa ni terminal que pudiese ocasionarle siquiera muerte súbita, a pesar de esos pulmones de fumadora.

Clara negó con la cabeza, en señal de que, definitivamente, para ella la opción de envenenamiento estaba descartada. Sin embargo, se mantuvo prudente:

—Tendremos que esperar los resultados de patología y toxicología.

Cuando terminaron de trabajar sobre el cuerpo, Clara no pudo evitar un sentimiento de inquietud, que le creció desde el estómago hasta el pecho. A aquella mujer la habían apuñalado con algún elemento indeterminado, acabando con su vida. ¿Cómo era posible, si estaba encerrada ella sola en el camarote de un barco? Repasó mentalmente todo el proceso de la autopsia, por si algún detalle se les hubiese pasado por alto. No, por su parte no tendría nada más que aportar hasta que llegase el informe de tóxicos, que aún tardaría semanas.

¿Se habría lesionado Judith Pombo con algún elemento punzante del camarote? Imposible, ¿cómo no iba a detectarlo la Policía Judicial cuando se procedió al levantamiento del cuerpo? Pedro Míguez, el forense que había acudido al levantamiento con la comisión judicial, tampoco había detallado ninguna incidencia ni hallazgo en aquel sentido. Además, sería difícil que a alguien se le pasase por alto un objeto en el camarote que, sin duda, tendría que haber estado cubierto de sangre.

Clara miró el cuerpo de Judith por última vez antes de que se lo llevasen. ¿De quién habría dejado de despedirse aquella mujer? Deseó que al menos hubiese tenido a alguien a quien de verdad hubiese deseado decir adiós. Fin de la partida, aquello había sido todo. Clara sintió alivio al pensar que ella sí tenía a su lado personas por las que hacer girar el mundo y a las que mirar a los ojos cuando tuviese que despedirse por última vez; su marido Lucas, sus sobrinas, Oliver y Valentina…

En cuanto a Valentina, desde la terrible tragedia que había tenido que vivir en su trabajo ya no había vuelto a ser la misma. La joven, tras una larga meditación llena de tristeza, había decidido que era culpable de lo que había sucedido. La sangre, el bebé, su imprudencia. No debería haber estado allí, no debería haber insistido en controlarlo todo hasta el final. Alejar de su lado a Oliver y a la propia forense, a pesar de su larga amistad, había pretendido ser un gesto liberador. La lógica de Valentina siempre era demoledora: ¿qué beneficio podía tener para nadie la compañía de una persona que sabía que su interior estaba roto?

Clara había tratado de convencerla para que intentase enfocar su vida de forma diferente; había procurado mostrarle lo absurdo de aquel sacrificio que nadie deseaba y que tampoco le habían pedido, pero Valentina había inventado otro modo de vivir. Más práctico y realista, menos soñador. Doloroso y extraño. Aunque a su manera, derrumbándolo todo, apostaba por la vida. Había que ser muy valiente, sin duda, para caminar de forma consciente hacia el abismo.

Pero la forense no podía evitar sufrir por Valentina. Le estaban dando algo de tiempo, pero aquel camino que había escogido era solitario e insólito, y temía que la joven terminase convirtiéndose en un envoltorio sin nada en su interior. Como uno de aquellos cuerpos de la mesa de autopsias, como la propia Judith Pombo. ¿Por qué le generaría tanta inquietud su caso, por qué sentía un desasosiego tan profundo?

Había algo en la forma de morir de aquella mujer que le resultaba extrañamente familiar, pero sus laberintos de recuerdos y experiencias forenses no acertaban a dar con una explicación. Recordó a Judith el día del cóctel benéfico en el Hotel Real, con su traje entallado y sus pronunciados tacones stilettos. Su perfecto maquillaje y sus carcajadas, llenas de seguridad y determinación, de exageración histriónica y premeditada. Tuvo que haber sido muy guapa, y todavía guardaba en los últimos tiempos un aliento de su antigua belleza. ¿Quién la habría odiado tanto como para desear quitarle el alma y convertirla en aquella indefensa cáscara de piel y huesos?

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