Lo que la marea esconde
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Antes de ir más lejos estudiemos el supuesto teatro del crimen.
EDGAR ALLAN POE,
Los crímenes de la calle Morgue (1841)
Valentina conducía con calma concentrada, con su mente ya dentro del camarote donde había muerto Judith Pombo. Estaba deseando inspeccionar aquel compartimento del barco; ¿cómo era posible que hubiese sucedido lo que el capitán Caruso le había explicado? Desde luego, el informe forense sería recibido con el máximo interés. De momento, ya se había leído antes de salir el informe previo del SEMAR, porque el capitán había cumplido su palabra y se lo había adelantado por correo interno.
Sin apenas darse cuenta, y con su cerebro aún especulando sobre aquel nuevo caso del que casi no sabía nada, la joven comenzó a dejarse llevar por la canción que sonaba en la radio del coche. Let It Go, de James Bay. La teniente disponía de un nivel bastante bueno de inglés y entendía todo lo que decía aquel poema hecho música, gracias también en parte a su último viaje a Inglaterra con Oliver. Tal y como él mismo había bromeado, «si puedes entender mi idioma con acento escocés, entonces es que puedes entenderlo todo». De aquel viaje guardaba un recuerdo cálido e imborrable, y en él había conocido con nuevos ojos la ciudad natal de Oliver, Londres, visitando también a su familia escocesa en Stirling.
La canción de aquel tal James Bay, al que Valentina no conocía y que suponía que debía de ser una de esas nuevas estrellas emergentes del pop, hablaba de cuando llegaba el momento de alejarse de las personas que amábamos: cuando se rompían las ilusiones y lo asumíamos, cayendo de rodillas y aceptando que lo que estaba roto había que dejárselo a la brisa, porque era necesario permitir que se deshiciese como el polvo en el olvido del tiempo. En su caso, no era su relación con Oliver lo que se había resquebrajado. Quien se había roto era ella misma: su esencia y cordura, su equilibrio interior. Era ella quien se había fracturado entera, y sentía que aquella descomposición emocional era irreparable. En consecuencia, debían ser su propio cuerpo y su memoria los que se convirtiesen en polvo, en un aire sucio que se pudiese limpiar con un pequeño soplo de brisa. Era ella quien debía alejarse lo máximo posible de todo y de todos para no contaminar el ambiente con su propia oscuridad. ¿Qué sentido tenía todo aquel dolor inagotable? Sería mejor hundirse con él y desaparecer, acariciar el fondo del océano y esperar a que la marea barriese para siempre sus pasos sobre la arena.
Valentina respiró profundamente e intentó no ahondar más en aquella tristeza que la habitaba. Aparcó el coche en la Comandancia de Peñacastillo y accedió con paso firme y mecánico al interior del edificio, con el convencimiento de que había cosas y personas a las que, sencillamente, era necesario permitir que se desdibujasen en nuestros recuerdos y que se marchasen con el suave viento que sopla cuando sube la marea.
Cuando la teniente llegó a la sala de juntas anexa a su despacho, le sorprendió ver ya a gran parte del equipo reunido y estudiando la documentación del caso de Judith Pombo. Les había enviado mensajes a todos informándolos de la necesidad de la reunión a primera hora, pero no contaba con aquella inusual puntualidad.
—Buenos días, Valentina.
El sargento Jacobo Riveiro, a pesar de que le quedaba bastante tiempo para llegar a cumplir los cincuenta años, era quien más edad tenía en la Sección de Investigación, y también era el único que tuteaba abiertamente a la teniente. Los demás la trataban con la adecuación propia del rango, pero entre Riveiro y Valentina existía la camaradería más antigua, propia de los que trabajan juntos muchas horas.
—Hola, Riveiro. Buenos días a todos.
Se sucedieron saludos escuetos y todos bajaron de nuevo sus miradas hacia las copias del informe que les había enviado el Servicio Marítimo. Solo se levantó la guardia Marta Torres, que junto con Alberto Zubizarreta conformaban la parte más joven de la Sección.
—Teniente, mire… —le señaló a Valentina, acercándose a la pizarra de la sala de juntas—. Ya he hecho una lista de invitados a la cena en la goleta, y tengo también la tripulación en esta segunda columna.
—Sí, íbamos ya a revisar la información de cada uno en el SIGO —intervino el cabo Roberto Camargo, aludiendo al Sistema Integral de Gestión Operativa de la Guardia Civil, donde se guardaba la información básica de los ciudadanos españoles y de sus antecedentes e incidencias, incluidas hasta las más sencillas multas de tráfico.
—Joder, ¿qué queréis, el premio al mejor Sherlock Holmes de la semana? —les preguntó Valentina mirándolos a todos con gesto serio.
El equipo guardó silencio unos segundos y todos sus componentes la observaron expectantes. Ella resopló lentamente, como si al liberar el aire de sus pulmones se quitase un peso invisible de los hombros.
—No hace falta que hagáis esto, ¿de acuerdo? Podéis ser como siempre. Yo estoy bien, ¿vale?
—Teniente, pero si nosotros solo queríamos…
Valentina alzó la mano y detuvo las palabras de Marta Torres. Miró a todos los presentes. Al sargento Riveiro y a su metro ochenta de estatura, pues era casi tan alto como el silencioso Alberto Zubizarreta, que había bajado la mirada; al resolutivo cabo Camargo y a la propia Marta, que la miraba desconcertada. Valentina suavizó el tono.
—Solo queríais hacerme feliz, facilitarme las cosas. Ya lo sé, chicos. Pero no hace falta que seáis como yo. Es más —añadió con una sonrisa cansada y un tono que no admitía conmiseración propia ni ajena—, no os lo recomiendo. Son solo las nueve de la mañana, y tras este caso ya sabéis que vendrán otros muchos, incluso a la vez. A estas horas tendríais que estar cogiendo los cafés y los bollos para enredar un poco por aquí antes de empezar a trabajar. Dejadme a mí ser la obsesiva y cuadriculada, ¿de acuerdo?
—¡Ya estoy aquí, teniente! ¿Preguntaba por unos bollos?
Un hombre bajito y con algo de sobrepeso, vestido de paisano al igual que el resto del personal de la Sección, entró en la sala de juntas chasqueando ruidosamente la lengua y portando una bandeja repleta de cafés, dónuts y bollería variada.
Valentina lo miró con indisimulado gesto de sorpresa. Allí estaba el subteniente Santiago Sabadelle, miembro también de su sección, y que por su formación universitaria en Arte y Arqueología era el encargado del departamento local de patrimonio; un hombre que acostumbraba a llegar tarde, a hacer el mínimo esfuerzo posible en todo y a sacarla de quicio y que ahora, para su asombro, traía el desayuno para todos. Se sucedieron unos nuevos segundos de silencio, en los que la teniente se puso en jarras y bajó la mirada al suelo. Resopló otra vez y negó con un gesto de cabeza, agradecida y sin más energía para dar discursos. Su equipo sabía de su estado de ánimo tras el inevitable drama que había tenido que afrontar hacía solo unos meses, y resultaba obvio que querían hacerle la vida más fácil. Todo bien organizado y coordinado, para no alterar su trastorno obsesivo compulsivo por el orden. Todo en su sitio y a su hora, para no desquiciarla con impuntualidades injustificables. Un universo a su medida, para que le llegase el aire a los pulmones.
—Gracias.
Valentina contuvo sus emociones y las guardó tras la coraza de acero que ahora creía haber logrado por corazón. Alzó la mirada y comprobó que todos la observaban con respeto, pero también con preocupación. Fingió no percibir aquel desasosiego y cogió un café de la bandeja. Se dirigió hacia la pizarra para ver las anotaciones de Marta Torres.
INVITADOS
-Judith Pombo (víctima, presidenta de la Real Sociedad de Tenis de Santander).
-Margarita Rodríguez (secretaria de la presidenta del club de tenis).
-Basil Rallis (exjugador de tenis).
-Pablo Ramos (jugador de tenis en silla de ruedas).
-Félix Maliaño (presidente Federación Cántabra de Tenis).
-Victoria Campoamor (vocal Federación Cántabra de Tenis).
-Emilio Rojas (presidente Confederación de Empresarios de Cantabria).
-Marco Fiore (socio de honor del club de tenis). Nacionalidad italiana.
-Rosana Novoa (socia de honor del club de tenis).
TRIPULACIÓN
-Alan Alonso (capitán).
-Timoteo Comesaña (primer oficial).
-Mikaël Dubach (jefe de máquinas). Nacionalidad suiza.
-Makoto Usui (cocinero). Nacionalidad japonesa.
-Suki Ito (asistente de cocina y camarera). Nacionalidad japonesa.
—De acuerdo, ya veo que es verdad que habéis empezado a hacer los deberes —dijo Valentina, leyendo el final de la lista y comprobando que había algo parecido al croquis de un barco visto desde el aire—. ¿Y esto?
—Lo había comenzado a dibujar yo, teniente… —se apuró a explicar el joven cabo Camargo—. Pero aún tengo que realizar una fijación planimétrica global y detallada. Es que la goleta donde sucedió el incidente es histórica y ha estado en bastantes exposiciones. He encontrado sus planos en internet. No sé si los del club de tenis habrán respetado su distribución…
—¿Esos pijos? —se burló Sabadelle, enarcando las cejas y sin pronunciar correctamente por culpa de un bollo de canela que estaba masticando—. Habrán puesto una pista de tenis en cubierta.
—No creo —negó Riveiro con una sonrisa cordial—. Acabo de ver las fotos que ha conseguido Camargo de la goleta en la web del club, y parece que la han restaurado respetando su línea original.
—Anda, coño, pero ¿ya tenemos fotos? —se sorprendió Sabadelle—. A ver, a ver esa chalana.
El cabo Camargo dio la vuelta a su ordenador portátil para que todos en la mesa pudiesen ver la imagen que tenía en pantalla. Era una preciosa goleta de color azul marino y rojo inglés, que recordaba a las embarcaciones de principios de siglo XIX. El bauprés de proa era largo y estilizado, y Valentina buscó por instinto un mascarón bajo aquel mástil horizontal, aunque no encontró ninguna sirena ni animal extraordinario que adornase la embarcación. Quizás no le hiciesen falta los adornos. En la imagen, la goleta tenía desplegadas las velas, y el palo mayor e incluso el de trinquete debían de superar los veinte metros, por lo que el conjunto de la estampa era impresionante.
—¿Tienes más imágenes del barco?
—Solo hay una del salón, teniente. No he encontrado mucho más en la web del club.
El cabo cambió la imagen y apareció en pantalla otra fotografía, en la que un elegante salón les daba la bienvenida: los techos y paredes de madera blancos, el gran sofá Chester verde en forma de U rodeando la mesa y dejando su espacio abierto para acoger al visitante al entrar en aquel amplio compartimento de la nave.
—¡Qué bonito! —exclamó Marta Torres, acercándose—. ¡Y qué grande!
—Nunca hay espacios desaprovechados en la mar —replicó Zubizarreta, que al instante volvió a bajar la mirada, como si hubiese hablado por equivocación.
No solía ser un gran conversador, pero cuando opinaba lo hacía con frases habitualmente llenas de contenido y algo de filosofía de cosecha propia.
—Sí, es bonito —reconoció Valentina—. Pero ha muerto una mujer ahí dentro, así que comencemos a trabajar.
La teniente caminó de nuevo hacia la pizarra y volvió a leer la lista de invitados y de la tripulación. La señaló y se dirigió al cabo Camargo.
—A los que puedas los revisas en el SIGO, pero al italiano y al suizo échales un vistazo en el SIS —ordenó, refiriéndose al Sistema de Información Schengen, de ámbito europeo—. Y Basil Rallis… ¿Ese no era griego?
—Sí, pero está nacionalizado español; precisamente había empezado por él.
—Me ha dicho Caruso que ha venido por unas jornadas de tenis, unos cursos o algo parecido.
—Es verdad, lo vi ayer en la prensa. Las jornadas las celebran en la Magdalena, llevan con ello toda la semana, y hoy mismo por la tarde hacen la clausura; Basil creo que vive en Barcelona, y el que juega al tenis en silla de ruedas, también… Pero, teniente, para los japoneses de la lista habría que tirar de la base de datos de la Interpol. No sé si será demasiado pronto como para…
—Hazlo. Si finalmente confirmamos estar ante un homicidio vamos a necesitar tener toda la información controlada, incluyendo la del personal de cocina. Y el juez que lo lleva es Marín, de modo que no va a haber problema. Después lo llamo… Ya habréis visto en el informe que la víctima fue hallada muerta en un camarote cerrado con una herida diminuta en el pecho, así que podría tratarse de un accidente absurdo, pero también cabe la posibilidad de que nos encontremos ante un crimen muy elaborado.
—La verdad es que es un caso extrañísimo —reconoció la agente Torres.
—Sí, se presenta un poco raro. El informe forense va a resultar fundamental para esclarecer este asunto. Por cierto, Riveiro, ¿puedes llamar a Múgica, a ver si te puede adelantar algo?
—Aún es pronto… —dudó—. ¿Seguro que no prefieres ser tú quien…?
—No, no prefiero llamarla yo, si es a eso a lo que te refieres.
El rechazo de Valentina fue amable, porque la sugerencia de Riveiro no cuestionaba su autoridad, sino una costumbre asentada. En los últimos tiempos, antes de que hubiese sucedido la tragedia de la que nadie se atrevía a hablarle, era ella la que siempre solía contactar con Clara Múgica. La teniente zanjó el asunto de forma limpia.
—Además, las autopsias empiezan muy temprano, quizás ya tenga algo. Llámala al móvil, anda.
Riveiro se alejó unos metros y entró en el despacho de Valentina para hacer la llamada con tranquilidad. Sacó una pequeña libreta que siempre llevaba consigo en el bolsillo y tomó un bolígrafo de la ordenada e impoluta mesa de la teniente. Entretanto, la propia Valentina y los demás siguieron revisando el plano del barco y el informe del SEMAR y de los sanitarios que habían atendido a Judith Pombo. Las frases entrecortadas del sargento llegaron claramente a los demás.
«Ya sé, ya sé que es temprano… Ella está ocupada con el equipo, estamos todos reunidos. Claro, se lo diré… ¡Por supuesto que sé que es provisional! Me espero, sí… ¿Cómo me va a importar?» Valentina se acercó a Riveiro y entornó la puerta; después, le hizo un gesto con la barbilla, preguntando con el ademán qué le decía la forense al otro lado del teléfono. El sargento tapó con una mano la rendija telefónica por la que se suponía que tenía que hablar.
—Dice que si la dejo irse a lavar las manos, que acaba de terminar. Y que como volvamos a tocarle los ovarios tan temprano no nos coge el teléfono.
Valentina sonrió.
—Ahí está mi Clara.
Riveiro se mordió el labio inferior y negó con gestos de cabeza. Al menos Valentina sonreía. Y él sabía que Clara los apreciaba, tanto a él como especialmente a la teniente. En realidad, Clara Múgica era tan buena forense porque trabajaba por vocación, por verdadera pasión en aquella rama de la medicina, y era la primera en madrugar cuando un caso era importante. Había heredado una gran fortuna y, aunque podría haberse permitido dejarlo todo, allí estaba, soportando con bastante buen humor las preguntas de la Policía Judicial cuando apenas acababa de terminar una autopsia. Riveiro se llevaba muy bien con ella, aunque sospechaba que la forense empleaba con él términos médicos específicamente complejos solo para desquiciarlo y obligarlo a solicitarle explicaciones sencillas, como si él fuese un novato. El sargento le hizo una señal a Valentina para indicarle que Clara ya estaba de nuevo al aparato.
—Un instrumento punzante en forma de uve… Sí, lo estoy anotando. Sangre en pericardio… Taponamiento cardíaco… Sí, sí, lo entiendo. Se impide el bombeo y plas, colapso mortal. ¿Qué? ¿Y eso qué coño es? No, no lo hemos visto en ningún caso… Entonces, resumiendo, la apuñalaron en el corazón, ¿no? Ajá. Ya, ya, por supuesto… ¿Y un suicidio? Claro, entiendo. ¿Y no podría ser que…? Ah. De acuerdo, muchísimas gracias. Que sí. Ya lo sé. Se lo diré. Gracias.
Riveiro colgó y se encontró con el rostro interrogante de Valentina. Por un instante, le pareció que sus ojos tenían el mismo color, aunque cuando ella dio un paso el sargento comprobó que lo único que la mirada de Valentina mantenía uniforme era la tristeza y un punto nuevo de frialdad, de desapego autoimpuesto.
—Dice que la llames.
Riveiro aprovechó la intimidad del despacho y miró a Valentina fijamente a los ojos.
—Y creo que deberías hacerlo. Deberías hablar con ella y con… Ya sabes. Oliver también te…
Ella no apartó la mirada cuando le contestó, interrumpiéndolo.
—Gracias por el consejo paternal. No es necesario.
Valentina tocó el brazo del sargento y lo apretó suavemente, dándole de nuevo las gracias con la mirada. Riveiro supo que, de momento, no había nada que hacer. Que Valentina solo caminaría por donde ella misma decidiese. Ella suspiró y ojeó lo que el sargento había anotado en su pequeña libreta.
—Dime, ¿qué te ha dicho de la autopsia?
—Que todo lo que tiene es provisional, y que los resultados de patología y toxicología no llegarán hasta dentro de varias semanas, y que…
—Ya, ya —le interrumpió ella—, pero Múgica a estas alturas tiene sus propias conclusiones, ¿no?
Él asintió con una sonrisa resignada y le contó todo lo que Clara Múgica le había adelantado, incluyendo sus conclusiones provisionales sobre la inviabilidad de un posible suicidio; tras escucharlo con atención, la teniente puso en común la información con el resto del equipo. Comenzaron las especulaciones sobre qué podía haber sucedido, y todas terminaron enfocándose hacia la estructura del camarote.
—A ver, según este plano…
Valentina se aproximó ahora a la imagen que Camargo tenía impresa sobre la mesa en un plano que triplicaba el tamaño de un folio normal, y la clavó en un tablón de corcho al lado de la pizarra. A continuación, rodeó con un grueso rotulador rojo el camarote donde había sido encontrada Judith Pombo.

—… La víctima estaba encerrada en un espacio al que nadie más podía tener acceso. El asesino podría estar ya dentro cuando ella entró, pero ¿cómo logró salir antes de que echasen la puerta abajo? ¿Alguna idea?
Todos se levantaron y se acercaron para estudiar el plano de cerca. El camarote principal se situaba en el ala estribor del barco, y sus paredes eran contiguas a una salita abierta con biblioteca que se veía desde el salón, a un tanque de agua y a un gran camarote en proa con entrada independiente, que Riveiro opinó que debía de ser para la tripulación. Frente a su puerta, se encontraba directamente el acceso a cubierta, a la cocina y al gran salón.
—Tal vez haya una entrada oculta por alguna parte. Si acaban de restaurar el barco, quién sabe, a lo mejor dejaron algún hueco secreto por ahí —especuló Torres dándole vueltas a su larga coleta.
El hecho de que la joven guardia retorciese sin piedad su cabello castaño cuando estaba pensando sobre un caso parecía ser ya un tic automático y asentado.
—Es posible —concedió Valentina—, aunque ayer por la noche ya estuvieron allí los de Criminalística y no parece que encontrasen nada. Después iremos nosotros a inspeccionar la nave y hablaremos con Lorenzo —añadió aludiendo a Lorenzo Salvador, el jefe del equipo del SECRIM.
La teniente se concentró en el camarote donde había muerto Judith. No parecía ser gran cosa. Una cama doble, un escritorio y un sofá. Un armario empotrado y un pequeño baño privado, aquello era todo. No daba la sensación de que hubiese mucho espacio para que un asesino pudiese esconderse sin que nadie fuese capaz de detectarlo. ¿Tal vez en el armario, en el baño? El agente Zubizarreta, que también observaba el camarote con detenimiento, de pronto dejó de mirar el plano y regresó a su sitio ante la mesa de la sala de juntas. Mantuvo el ceño fruncido y la mirada concentrada en el techo, logrando sin querer que los demás lo observasen con curiosidad. Sabadelle chasqueó la lengua.
—Hostias, que está el poeta pensando. A ver, chaval, ¿qué te pasa?
—Sabadelle… —le reprendió Valentina con tono de amonestación.
El joven guardia miró tímidamente a su jefa. Carraspeó sin necesidad, como si buscase tiempo para encontrar el valor de exponer sus pensamientos en alto.
—¿Y si…? ¿Y si le clavaron un cuchillo de hielo? Eso explicaría por qué no encontraron el arma.
El silencio duró solo dos segundos de reflexión colectiva, porque la risotada de Santiago Sabadelle inundó el cuarto como si fuese una carcajada de azúcar derretido que se hubiese quedado pegada por todas partes.
—Hostia puta, pero ¿tú de qué universo paralelo vienes, chico? ¡Hielo derretido! ¿Y no has pensado que entonces la víctima tendría que tener la ropa mojada?
—Aún no tenemos el informe detallado de la autopsia ni del SEMAR, quizás…
—No creo que esa teoría sea posible —atajó Riveiro, pensativo— porque un cuchillo de hielo, aun siendo extraordinariamente sólido, dudo que pudiese atravesar el esternón para llegar al corazón.
Valentina miró al sargento con gesto admirativo. La teoría del cuchillo de hielo era fantasiosa, pero que Riveiro aplicase conocimientos de anatomía resultaba una novedad. Él se encogió de hombros.
—¿Qué pasa? —preguntó, conteniendo una sonrisa—. De tantas charlas con Múgica algo se me ha quedado.
—De todos modos —añadió Valentina—, volveríamos al principio, porque para acuchillarla con lo que fuera tendría que estar el asesino dentro del camarote, y salvo que podamos demostrar la teoría de Torres de la puerta secreta, eso es imposible. Ya habéis visto que en el informe dice que el capitán y parte de la tripulación revisaron el camarote al entrar y no encontraron nada.
—Podrían estar implicados —sugirió Camargo, releyendo de nuevo y en silencio los nombres de la tripulación.
—Puede ser —concedió ella—. De momento no podemos descartar nada, pero no olvidéis que declararon haber registrado el camarote con parte de los invitados presentes.
La teniente se mostró reflexiva y caminó unos pasos por la sala, hasta que por fin alzó la mirada de nuevo hacia el plano del barco y, después, hacia su equipo de investigación.
—Bien, hasta que no tengamos más información todas nuestras teorías son papel mojado. Vamos a ponernos en marcha. Camargo, quiero que tú, Torres y Zubizarreta investiguéis todo lo posible sobre la víctima y el club de tenis, además de sobre su empresa de eventos, Smart. Parece que su familia más próxima eran su madre y su hermana, echad un vistazo a su historial y verificad si hay algo raro en la residencia familiar de Mataleñas.
—¿Algo raro como qué?
—Como cargas hipotecarias nuevas, embargos… Lo que sea, Torres. Y sobre su exmarido, informaos de cuánto tiempo llevaban separados y de dónde estaba anoche. Y averiguad especialmente lo que podáis sobre las últimas relaciones de la víctima, si había habido algún cambio en su vida en los últimos meses… Ya sabéis.
—Sí, teniente.
—Ah —añadió Valentina, frotándose suavemente la sien derecha con los dedos, como si se ayudase con ello a dar las instrucciones adecuadas—, y organizaos para repartiros el trabajo e investigad toda la información que podáis sobre pasajeros y tripulación, ¿de acuerdo?
La pregunta había sido retórica, porque la teniente continuó hablando mientras los demás asentían y anotaban las indicaciones.
—Tú, Sabadelle, quiero que contactes con el astillero y con el responsable de la restauración de la nave y que consigas todos los planos de los camarotes. Y habla con el SEMAR, porque quiero su informe completo y no este que han enviado; quiero también el detalle sobre todos los barcos que estuviesen anoche cerca de La Giralda, y sobre el avistamiento de buzos o incidencias marítimas en el arco temporal de al menos tres horas antes y después de la comisión del homicidio… Para esto el SEMAR no podrá ayudarte, así que tendrás que hablar con Salvamento Marítimo, ¿conforme?
—¿Todo eso yo solo? Pero si…
Valentina lo miró y alzó solo una ceja, dándole a entender que las órdenes no eran cuestionables.
—Confío en ti, Sabadelle —replicó ella seria—. No dudo que como responsable de patrimonio serás el más adecuado para estudiar un barco histórico.
Si hubo ironía, nadie la apreció ni en el tono ni en el gesto de la teniente, que se volvió hacia Riveiro.
—Sargento, ¿nos vamos ya a ver esa goleta?
Riveiro asintió, y ambos salieron de la Comandancia de Peñacastillo solo unos minutos más tarde. ¿Cómo iba a imaginar Valentina que aquel extraño crimen iba a volcar su vida de nuevo, logrando que su cuerpo y su alma volviesen a ser escupidos por el viento?
La imponente goleta estaba atracada en uno de los pantalanes del Real Club Marítimo de Santander. El ambiente en toda la zona era extraordinario, a pesar de que el Mundial de Vela no comenzaría oficialmente hasta dos días después. La teniente y el sargento Riveiro avanzaron por el paseo de Pereda, pasando a la altura de las evocadoras esculturas de bronce de los raqueros, hasta llegar al singular edificio del Club Marítimo. Lo habían construido en la primera mitad del siglo XX, simulando ser parte de un trasatlántico blanco atracado en el muelle de Santander. Sus ventanas de marcos rojos y sus toldos azul marino terminaban de dibujar su silueta en la bahía, sobre la que parecía estar en suspensión, pues se sustentaba en sólidos pivotes que permitían la incesante danza del mar bajo su base.
Dos compañeros del SEMAR y el secretario del Real Club Marítimo recibieron a Valentina y a Riveiro justo en la pasarela de entrada al edificio del club. Debían de llevar ya un rato esperándolos. Ella declinó la invitación para tomar un café en el interior, y solicitó visitar directamente la goleta donde había muerto Judith. Mientras caminaban hacia los pantalanes de acceso, ella se interesó por la seguridad de las instalaciones.
—Oh, ¡tenemos un sistema de videovigilancia! —se apuró a explicar Diego Pichel, el secretario del club—. Y vigilantes desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche.
—¿Y le consta que ayer hubiese alguna incidencia?
—Ninguna.
—¿Y a lo largo de la semana?
El hombre negó sin mucha convicción y llamó a un empleado, que se acercó a paso rápido, a pesar de una cojera que le hacía arquear visiblemente el cuerpo a cada pequeño avance que realizaba. Le preguntó sobre el asunto y el hombre, que ya debía de estar a punto de jubilarse, negó convencido.
—No, no. Aquí ha estado todo controlado. Comprobamos quién entra y quién sale, y más ahora que hay tanto jaleo de gente —añadió, señalando con la mirada a los curiosos que desde el paseo del puerto admiraban los barcos, pues ya habían comenzado a llegar los que iban a competir.
—¿Y la goleta? —preguntó Valentina—. ¿Alguien pudo tener acceso a ella sin que ustedes lo viesen?
—Como no fuese nadando… Desde los pantalanes, si no está autorizado, difícil.
—¿Y ayer no vio nada inusual, algo que le llamase la atención?
El hombre arrugó la barbilla y frunció los labios, negando con seguridad.
—Señora, ayer estuvo la tripulación sacando brillo a la goleta durante todo el día, si alguien hubiese querido entrar en ella sin permiso lo habrían visto los marineros.
Valentina asintió, todavía sin descartar la posibilidad de que alguien se hubiese colado en el barco, aunque fuese nadando. Nadar… ¿Y si ese hubiese sido también el método para huir? Si hubiese algún tipo de puerta oculta, el asesino podría haber salido del cuarto tras apuñalar a Judith y tirarse al agua para llegar después nadando a algún punto de la costa. ¿Sería posible? Le pidió a Diego Pichel que conservase las imágenes de las videocámaras, pues con suerte el juez sí consideraría conveniente su revisión y en consecuencia su requerimiento.
Por fin, llegaron a la imponente embarcación. En cubierta, justo ante el acceso a la nave, los esperaban el capitán y el primer oficial, además de un agente del SEMAR que hacía guardia en el pantalán; su misión de custodia terminaría cuando el SECRIM finalizase definitivamente de inspeccionar la nave. La teniente accedió a la goleta con paso firme, como si ella misma fuese un marinero acostumbrado a flotar sobre el mar gran parte de su tiempo. Le sorprendió el buen estado de la nave, y tras saludar a Alan Alonso y a Timoteo Comesaña, admiró el gran trabajo de restauración que sin duda había supuesto que la Real Sociedad de Tenis rehabilitara La Giralda. Por dentro, la goleta olía a mar, a madera repintada y a vida. El guiso de la noche anterior de Makoto todavía ofrecía en el aire el tibio recuerdo de su aroma, y con él se impregnaba el ambiente de algo parecido a una bienvenida.
Sin embargo, los semblantes del capitán y de la tripulación no guardaban ningún ánimo festivo. Alan Alonso les mostró la nave al completo, incluyendo el camarote donde había muerto Judith, de donde tuvieron que retirar el precinto policial; allí les relató lo sucedido la noche anterior tal y como lo recordaba y como constaba en el informe provisional del SEMAR.
—Si no le importa, volveremos a hablar con usted cuando mi compañero y yo terminemos de registrar el camarote. Dígale al resto de la tripulación que los entrevistaremos esta misma mañana y que necesitaremos que estén disponibles, por favor.
—Pero ayer ya les dijimos a sus compañeros lo que…
—Lo sé, pero ahora tendrán que decírnoslo a nosotros. Comprendo que es una molestia, pero hágase cargo de que ha muerto una mujer, y de que lo ha hecho en circunstancias con grandes evidencias de criminalidad.
El capitán asintió, y ya no se molestó en preguntar por qué aquella teniente tan extraña de ojos con dos colores quería volver a registrar un compartimento que ya habían puesto patas arriba la noche anterior aquellos guardias civiles vestidos con monos blancos que habían espolvoreado todo y hecho fotografías como para una docena de álbumes de recuerdo. Dejó solos a Valentina y a Riveiro, que cerraron la puerta del camarote y se quedaron dentro en silencio, estudiándolo.
Ambos se pusieron guantes y la teniente escudriñó paredes, suelo y techo. Cada recoveco, cada ángulo. Tal vez se les hubiese escapado algo. De hecho, y por lógica, resultaba estrictamente necesario que en efecto no hubiesen caído en algún detalle revelador. Únicamente las dos diminutas manchas de sangre sobre la alfombra desvelaban que alguien había perdido allí el alma solo unas horas antes.
—¿Qué piensas? —preguntó Riveiro sin mirarla y mientras toqueteaba las paredes, buscando puertas y huecos escondidos.
—Que no tiene sentido. Hay algo que se nos escapa. Esto parece un búnker, y solo hay dos huecos al exterior… El ojo de buey, cerrado por dentro. La puerta, bloqueada desde el interior. ¿Cómo iba a escapar el asesino? A menos que…
—A menos que… —la animó Riveiro.
Ella frunció el ceño y lo miró.
—¿Y si Clara se equivoca? ¿Y si la víctima se suicidó?
—Es posible —asintió él, pensativo—, pero nos falta el arma.
—A lo mejor la tenemos en este cuarto y no nos damos cuenta.
Valentina caminó despacio por el camarote. Dio varias vueltas, entró y salió del baño privado, se agachó y puso su mejilla pegada al suelo, buscando algo indeterminado en el cuarto de aquella nave. Inspeccionó al detalle la base del armario, sólido como una piedra. Después, se levantó y se puso sobre una silla, acariciando el techo con sus manos y procurando observar aquel espacio desde otra perspectiva. Toqueteó techo y paredes buscando cambios en la acústica que le desvelasen algún hueco oculto, sin resultado. Observó e inspeccionó la cama, que era como un enorme nido bajo el que solo había espacio para almacenaje con cajones de tamaño pequeño.
La teniente se acercó al ojo de buey y revisó su mecanismo de cierre; una bisagra y dos clavijas para ajustar la ventana a presión, sin hueco para que se colase allí dentro ni una gota de océano. Las clavijas estaban tan fuertemente apretadas que, según le había explicado el capitán, hasta el equipo del SECRIM había tardado un rato en poder abrir aquel ventanuco circular, por el que apenas podría pasar un gato grande. La teniente suspiró, pero no como si estuviese acudiendo a ella la desesperación, sino como si tuviese ante sí misma un reto, una provocación a la que responder. Se acercó a la cama donde habían encontrado a Judith y miró en dirección opuesta, hacia la entrada del camarote.
—Tal vez la víctima gritó, ahuyentó al asesino y este, al cerrar la puerta con fuerza, provocó que con el impacto se cerrase solo el pestillo. Una de esas cosas que suceden fortuitamente una de cada millón de veces.
Riveiro la miró con aire escéptico, desacostumbrado a que Valentina plantease teorías tan frágiles. Comprobó en el gesto de la teniente que ni ella misma tomaba en serio aquella hipótesis, que había lanzado al aire como si se tratase de un pensamiento sobre el que aún debían trabajar. Valentina señaló con decepción el fuerte pestillo de hierro que aún decoraba la puerta ahora desgarrada, y que habría exigido mucho más que un simple movimiento fortuito para cerrar aquel compartimento.
—No… —negó Valentina, adelantándose a Riveiro—. Está claro que la víctima echó el pestillo y se aisló en este camarote, cerrando incluso con llave. Pero ¿por qué?
—¿Por qué? Querría intimidad.
—Puede ser —concedió ella sin convicción.
Aquel caso, sin duda, requeriría más imaginación de la habitual. El sargento se aproximó a la puerta y la observó con detenimiento. No era estanca ni tenía características exclusivas de la vida marinera, sino que era una preciosa y sólida puerta de pino albar con una cerradura similar a la de cualquier hotel antiguo, en la que la llave todavía estaba puesta por dentro.
Aquel era el escenario del crimen, pero a Valentina no le decía nada. Allí no parecía que se escondiesen las claves ni las respuestas. Para dar con el método del crimen, antes tendría que comenzar a trabajar con las personas, con sus finalidades y motivaciones. ¿A quién beneficiaba que Judith Pombo estuviese muerta? Y, sobre todo, ¿quién era ella? Por experiencia, sabía que para conocer a un asesino resultaba fundamental estudiar quién era la víctima. Qué la inspiraba, cuáles eran sus gustos, hábitos y preferencias. Qué la hacía feliz e infeliz, cuáles eran sus fracasos y pérdidas, y averiguar qué había hecho con ellas. ¿Esconderlas, potenciarlas para hallar el lado bueno de las cosas?
Y era preciso estar atento, porque el propio asesino, una vez que cometía el crimen, también cambiaba. Descubría un poder dentro de sí que lo volvía más temerario, más audaz. El poder de cambiar las cosas, de hacer daño. Y el miedo. El terror primitivo a ser atrapado, descubierto: aquello agudizaba su ingenio e inteligencia. Valentina miró hacia el suelo.
—¿Qué dijo el capitán que había bajo el camarote, la bodega?
—Sí. Y ya viste que no había trampillas ni nada parecido.
—O no las detectamos —dudó ella—. Así que… bajo el suelo una bodega, sobre el techo el cielo, a la derecha el mar y el resto de las paredes lindan con los demás compartimentos del barco… Voy a llamar a Lorenzo, a ver qué han hecho exactamente.
—Si hubiese habido algo relevante, ya te habría avisado.
—Sí, pero el SECRIM pudo limitarse a tomar huellas y a sacar fotografías, y yo quiero aquí un sensor térmico y otro volumétrico, un georradar o lo que haga falta para verificar que este camarote no tiene entradas ocultas.
La teniente telefoneó y habló durante unos minutos con Lorenzo Salvador, jefe del SECRIM, que le aseguró que habían revisado el camarote concienzudamente, palpando el perímetro del compartimento al completo, pero que ya habían pensado regresar aquella misma mañana al barco para verificar mediciones y hacer más pruebas con un escáner de radiografía estructural, porque el propio juez Marín había ordenado un estudio más minucioso. Por aquel motivo había todavía un agente del SEMAR custodiando la nave, para confirmar que esta se mantenía a salvo de manipulaciones e injerencias de terceros.
—Con este juez nos ha tocado el gordo —replicó ella al teléfono, sorprendida.
—Ah, ¡juventud, divino tesoro! Qué quieres, el crío viene con ganas.
—Mientras le dure, por mí perfecto… Gracias, Lorenzo. También habrá que echar un vistazo en las oficinas de la víctima, en la Real Sociedad de Tenis y en su empresa, por si allí hubiese material que pueda aclarar algo.
—¿Y en su casa?
—También. Pero vamos paso a paso, deja que hable primero con la familia; sobre la víctima, ¿crees que pudo haber alguna clase de escenografía en el cadáver, algún tipo de conciencia forense del homicida?
—No, no me lo pareció; la víctima murió donde fue hallado el cuerpo, y no había marcas de arrastre ni similar. Las dos gotas de sangre que había en la moqueta del camarote tenían un tamaño medio de un milímetro, y tampoco me parecieron propias del impacto del arma homicida, sino gravitacionales.
—¿Qué quieres decir?, ¿que la herida, simplemente, goteaba…?
—Exacto. No puedo asegurarlo, claro, pero desde luego no hay marca de salpicadura por impacto inmediato de una lesión; creo que la víctima comenzó sencillamente a sangrar después de que la hiriesen, y que terminó por desmayarse sobre la cama.
—O la ayudaron a tumbarse.
—Puede ser. Solo te digo lo que se desprende de la inspección ocular. También pasamos el luminol por todo el camarote, y te aseguro que no había nada más —añadió Salvador, aludiendo al compuesto químico que podía detectar evidencias de sangre aun cuando esta se hubiera intentado eliminar.
—De acuerdo, gracias. Vamos a terminar de echar un vistazo. Infórmame, por favor, tan pronto como tengáis el resultado de las pruebas estructurales.
Satisfecha, Valentina se despidió y colgó el teléfono; cuando ya iba a salir del compartimento tuvo una idea. Se puso tras la puerta y la abrió hacia el interior del camarote, quedando oculta tras ella.
—Se te ven los pies —observó Riveiro, que al instante comprendió qué otra teoría navegaba ahora por la cabeza de la teniente.
—Pero imagina que soy el asesino. Elimino a la víctima, pero esta grita y escucho cómo vienen en tropel la tripulación y gran parte de los invitados, por lo que no tengo tiempo para salir. Cierro con llave la puerta por dentro, buscando ganar tiempo, pero compruebo que pretenden echar la puerta abajo. Consiguen hacerlo a medias porque revientan la puerta, y al abrir de golpe me permiten quedarme oculto en esta posición. La cama donde encuentran a Judith está ahí, en el ángulo opuesto, y es el centro de atención de todos los que entran… Cuando hay un nutrido grupo de gente y esto parece el camarote de los hermanos Marx, salgo de mi escondite sin apenas moverme, haciendo ver que he sido de las últimas personas en entrar, y me giro de inmediato hacia la parte posterior de la puerta para fingir que busco si había algo o alguien oculto en ese punto.
—No sé… —dudó Riveiro—. Eran muchos ojos dentro y fuera del camarote como para que se colase algo así, ¿no?
Valentina empujó la puerta suavemente con su dedo índice y esta chirrió, como si aún le doliese el maltrato que había sufrido solo unas horas antes, tras haber sido prácticamente derribada por el robusto jefe de máquinas.
—Tal vez el asesino se había escondido en el baño, y salió solo cuando vio que había gente en el camarote, usando la misma estrategia de confundirse entre la multitud.
—Olvidas al chino y a la camarera —le rebatió el sargento, mirando los apuntes de su libreta—. Dijeron al SEMAR que se habían quedado ante la puerta todo el tiempo, desde que la reventaron hasta que salieron todos, sin que viesen nada raro y habiendo revisado ya el capitán el camarote.
Valentina sonrió y miró al sargento. A veces tenía la impresión de que trabajaba con un hermano mayor, no porque fuese paternalista ni tuviese más años que ella, sino por su previsibilidad. Lo conocía bien; su calma, su inseparable libretita y su aplastante lógica y prudencia en todo lo que hacía y decía. Era un alivio contar con alguien así en su Sección de Investigación, alguien que equilibrase la balanza hacia el sentido común.
—No me olvidaba de ellos… ¿Quién sabe?, como dijo Camargo, podrían ser cómplices del asesino. Además —añadió, mirando la libreta del sargento y dando un toque a su cubierta—, ya puedes corregir ahí que el cocinero no es chino, sino japonés… Venga, vámonos.
—¿Ya? ¿Adónde?
—A buscar respuestas. A hablar en serio con ese capitán y su tripulación. Todavía tenemos que saber quién era Judith Pombo.